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¡Sin pasaporte!

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Alberto Bargos Cucó

pasaporte!

Ilustrado por Laura Chillida Álvarez

La historia de tres niñas y sus familias en busca de un futuro mejor

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Prólogo

Ser nieta de refugiadas vascas ha hecho que me diese cuenta de que lo único que cambia con el tiempo es el origen de las personas, pero que estas siguen huyendo y migrando a lo largo de toda nuestra historia. Ellas buscaban refugio hace más de 80 años, y a día de hoy yo intento dar refugio a aquellos que siguen buscándolo. Mis manos han tenido la suerte de trabajar y mis ojos la de ver a personas de diferentes partes del planeta tierra que arriesgan su vida huyendo de algo o de alguien. Mediante varias experiencias laborales en comités internacionales de ayuda al refugiado y voluntariados a los que he dedicado mi tiempo libre, las personas migrantes me han dado la mejor lección de vida: luchar por la justicia. En el año 2019 fundé un grupo de activismo a nivel mundial, Hijos de las nubes, el cual se centra principalmente en el pueblo saharaui aunque defiende y trabaja 3


por los derechos humanos de todas las personas del mundo que se han visto sometidas al refugio y la migración. Es importante que recordemos cuando parece que hemos olvidado, porque fuimos refugiados y no estamos siendo refugio. Sin pasaporte es una obra que describe a la perfección la situación a la que las personas refugiadas se ven sometidas. Tres historias de 70 millones que existen, las cuales transmiten desde los ojos de unas niñas lo que ningún niño de este mundo debería de vivir: el infierno de huir de tu propia tierra. Maider Saralegi

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SENDOU (SENEGAL) SUR DE EUROPA


Capítulo I

La marcha

Bay* se fue.

Desapareció de nuestras vidas un día al atardecer. Cogió un hatillo con cuatro ropas, comida para una semana, una botella de plástico llena de agua y se lo cargó todo al hombro tras despedirse de nosotras dos. Marchó. Yo no sabía hacia dónde encaminó sus pasos pero, la única verdad era que ya no estaba junto a mí, dejé de verle, de oírle, de olerle, de sentirle a mi lado dándome siempre seguridad y amor. No podía creer lo que estaba sucediendo pero sucedió, y la tristeza se apoderó de mi pecho. Cuando le pude observar dando sus últimos pasos antes de perderse tras la línea del horizonte, allá por donde 7


veíamos desde casa desaparecer el sol a diario, un manantial de lágrimas me inundó la cara y empezó a gotear hasta encontrarse con la arena del suelo. Lloré tanto que creo que no hice pis en los dos o tres días siguientes a su marcha. Recuerdo que le encharqué el pecho a ndey*, mi madre. Ella no cesó de darme ánimos, besos y abrazos. Me decía una y otra vez que debía tener confianza. Él, bay, volvería pronto y su hatillo estaría rebosante de regalos y amor. Descorrería con su fuerte mano la cortina de entrada de nuestro hogar y nos abrazaría de nuevo con fuerza. Jamás volvería a dejarnos sin su presencia. Algo me decía por dentro que sus palabras eran mensajes para salir del paso. Quizás ni ella se los creía pero necesitábamos, ambas, el asidero de la esperanza. Al fin, la luna se apoderó del cielo. Nos avisó con un escalofrío que sentimos a la vez. Ndey tomó una manta, me tapó, y agotadas sobre una estera, nos dormimos las dos abrazadas. Solas. Los sueños me devolvieron a bay y a ndey cuando éramos felices, cuando todavía vivíamos juntos, antes de que él decidiera marchar. * Bay-Ndey: papá-mamá

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Capítulo II

Un día de pesca

—Entra dentro de las olas, sin miedo, hasta que te lleguen

al pecho, cuidado que cada seis o siete viene una un poco más fuerte, no te vaya a tapar la cabeza y te asustes —me decía con un mezcla de seriedad y dulzura—. Coge la red con las dos manos, abre los pies e intenta no moverte nada para que los peces no se den cuenta y se espanten, luego respira hondo y aguanta con toda tu fuerza frente al empuje del mar. A veces el peso de la pesca es grande, y si se te doblan las muñecas, escaparán. Recuerda que si no pescas, no comeremos hoy —me recordaba sonriendo, a sabiendas que cuando él lo intentase atraparía unos cuantos. Siempre era así. Me acuerdo que metí la red bajo las olas. Primero despacio para que los peces no notaran su presencia y, con 9


el impulso de la siguiente rompiente, la bajé con toda mi energía pero… no pude atrapar ningún maldito pez. «Si no fueran tan rápidos…», pensé. —¡No puedo! —grité a punto de que me atraparan las olas. Entonces llegó él, bay. Noté su fornido cuerpo contra mi espalda, y tomó la red por encima de mis manos. Su presión me hizo un poco de daño en los nudillos pero no me quejé. Era bay y lo hacía para que aprendiera. Me miró por un instante a los ojos y me transmitió una sensación de tranquilidad, también de calor. Cuando el siguiente golpe de mar se estrelló contra nuestros cuerpos nos balanceamos hacia atrás, pero aguantamos con los pies firmes en la arena del fondo. —¡Ahora! —me susurró al oído. Agarré el aparejo con todas mis fuerzas y lo hundí todo lo que pude. Mi negro pelo se llenó de espuma. Sentí el escozor del agua salada en los ojos y los cerré unos instantes. —¡Sácalo, rápido! —vociferó. Subimos la red hasta la altura de nuestras cabezas. Pesaba mucho más que cuando la habíamos bajado y pensé que era una buena señal. Cuando pude ver nuestra pesca, solté un grito de satisfacción a la vez que la siguiente ola se estrellaba en nuestros pechos. Me pareció tragar un litro de aquel líquido, mezcla de arena y agua, pero aguanté como pude. 10


—¡Menuda suerte la tuya, Adama! —me dijo bay—. ¡Impresionante! Permanecí callada, consciente de que él había sido el responsable de aquella maravilla. Pusimos la red en paralelo sobre el agua y pudimos ver los tres enormes peces. Al menos eso me pareció. Cuando los vi saltando, agarrándose a la vida, un sentimiento de lástima recorrió mi cuerpo. Sí, sentí pena por aquellos animales que la naturaleza nos brindaba, y le di gracias a ella con sinceridad. Creo que cerré hasta los ojos en señal de agradecimiento. —Es suficiente, dejemos que las demás criaturas sigan viviendo en paz —comentó bay. Cuando alcanzamos la orilla, se quedó observando la inmensidad del mar. Tras unos segundos miró al sol, se llevó la mano derecha al pecho y la puso sobre el corazón. No dijo nada pero yo sabía que se encontraba agradeciendo a la naturaleza el regalo de aquellos peces que nos servirían de almuerzo. En ese instante nos llegó olor a humo. La fogata chisporroteaba entre llamas, debido a que parte de la leña que utilizaba ndey se encontraba húmeda. Mientras nosotros pescábamos, ella se dedicó a recoger maderas traídas por las mareas, y tras trocearlas, hizo una hoguera delimitada con unas piedras. A su alrededor había colocado dos troncos que nos servirían de asiento. Bay trajo los pescados limpios desde la orilla del mar 11


y entre los tres los trinchamos en maderas verdes que luego clavamos en la arena alrededor del fuego. Solo había que esperar un rato para llenar el estómago. Yo pensé que el paraíso no debía ser muy diferente a aquel momento, pero me equivoqué porque todavía podía ser mejor. Sin esperarlo, se acercaron dos chicos algo mayores que yo, tendrían doce o trece años. Estaban empapados y, por lo visto, no habían conseguido nada de pesca. Ndey les invitó a que se sentaran con nosotros. Repartiríamos entre los cinco la copiosa comida, a diario bastante más escasa, y la compañía. Ellos se mostraron un tanto vergonzosos pero, en cuanto cogieron algo de confianza, resultaron ser los niños más simpáticos que había conocido hasta el momento. No pararon de hacer comentarios graciosos, y nos reímos muchísimo junto a ellos. Cuando el ambiente se impregnó de un sabroso aroma, todos nos quedamos en silencio mirando fijamente la brasa que parpadeaba como las estrellas por la noche. Se nos hacía la boca agua, pero éramos conscientes de que debíamos esperar hasta que estuvieran asados también por el interior. Cuando ndey consideró que estaban en su punto, colocó los peces sobre una hoja de palmera colocada en la arena. ¡Estaban sabrosísimos! No sobró nada, pero todos quedamos más que saciados. Al terminar de comer, los jóvenes lo agradecieron con una gran sonrisa. No fue necesario decir nada más. Antes 12


de irse nos invitaron a acercarnos a su poblado cuando quisiéramos. Yo sabía que no era para quedar bien, no, lo decían con el corazón, y la invitación sería para siempre. Ndey y bay buscaron la sombra de una palmera cercana y se adormilaron tan juntos que desde lejos parecían ser un solo cuerpo. Se querían y me querían. Yo anduve jugando en la playa, construyendo chocitas con trozos de cañas y arena mojada. El tiempo corrió como solo lo hace cuando eres feliz, y el sol comenzó su descenso en busca del descanso. Cuando bay y ndey despertaron, me dieron un beso y sentí sus manos calientes que tomaban las mías. Una rugosa, la otra, también encallecida por los trabajos diarios, pero más suave y sensual. No podía esperar más de la vida. Me sentía radiante.

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GINKGO BILOBA

Adama vive en Senegal, y no entiende la razón de la marcha de su padre hacia el sur de Europa. Baasima reside en la ciudad siria de Alepo, pero debe emigrar con su familia hacia el centro de Europa, escapando de la guerra que ha destrozado su casa. Carmen, salvadoreña, se ve en la necesidad de marchar junto a los suyos hacia América del Norte, debido a una sequía que les hace abandonar sus tierras. Las tres niñas nos cuentan en primera persona sus sentimientos, vivencias y recuerdos ante los peligros y los cambios que se dan en sus respectivas huidas hacia un futuro que creen será mejor. Pero quizá no saldrá todo como ellas piensan…

ISBN 978-84-18789-13-7

www.babidibulibros.com 9

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