MARIAN
¿Y SI DESCUBRIERAS ALGO NUEVO?
MADRID
¡
¡CIERRAN
El confinamiento
―¡Mamá, van a cerrar Madrid! ―me escribió mi
hija que volvía, en metro, desde el trabajo a casa. Entre nosotras las bromas son frecuentes, y yo le contesté con unos iconos a modo de risa ―No es ninguna broma ―me dijo―, lo están comentando por las «Redes», y circulan mensajes y vídeos con el eslogan «quédate en casa». Enfrente de mí se ha sentado un chino, y noto que la gente lo mira con recelo y evita sentarse a su lado. Yo le he sonreído para que no se sienta rechazado. Era jueves 12 de marzo de 2020, un día después de que la OMS declarase, oficialmente, Pandemia por Co3
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vid-19. En ese momento no podía ni imaginar que en cuestión de unos días, todos seríamos chinos y desconfiaríamos los unos de los otros. Esa misma mañana, sobre las ocho y media, yo había salido a la terraza a regar las plantas. Un extraño ruido proveniente del cielo me estremeció. Era como si todo el cielo temblara, encima y alrededor de mi casa. Entré en el salón y me di cuenta de que, con la puerta de la terraza cerrada y la televisión encendida, el ruido era casi imperceptible, y por eso mi marido y mi hija no lo habían escuchado. No dije nada a mi familia por no preocuparles y porque, en realidad, no sabía lo que significaba aquello. El sábado 14 de marzo de 2020 nuestro Gobierno decretó el Estado de Alarma, durante quince días. Se instauró el teletrabajo, en aquellos sectores donde era factible, y solo podíamos salir a la calle, individualmente, para: la compra de alimentos y medicamentos, asistir a centros sanitarios, atender a personas vulnerables, ir a entidades financieras, ir a echar gasolina, sacar al perro, etcétera. El Decreto también obligaba a los medios de comunicación social, de titularidad pública y privada, a insertar mensajes, anuncios y comunicaciones que las autoridades consideraran necesario emitir. Y así fue como, de manera repentina, me vi confinada en mi hogar. No podía entender que por 4
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culpa de un pangolín o un murciélago, animales que siempre han existido, el mundo se hubiese paralizado. Llegué a pensar que corríamos un verdadero peligro. Quizá un ataque alienígena, o tal vez la caída de un gran asteroide, y que por ese motivo, las autoridades mundiales querían protegernos, encerrándonos en casa y suspendiendo todos los vuelos. Pero mi mente no admitía que todo fuera provocado por un virus, y a partir de ese momento, me puse a buscar información por Internet. Navegué por páginas como: la Organización Mundial de la Salud, revistas médicas, Ministerio de sanidad y otras. Buscaba noticias que me ayudaran a comprender una situación que, a mis sesenta y tres años, jamás imaginé que pudiera ocurrir. Desde el primer día de confinamiento, la pequeña terraza de la casa fue mi válvula de escape. Vivo en el último piso de un bloque de cuatro plantas, lo que me permite tener una espléndida panorámica del cielo. Los bloques de viviendas más cercanos, que tengo enfrente, se encuentran separados por un colegio de educación primaria, que tiene una altura aproximada de dos plantas. Desde aquí puedo ver y escuchar los aviones que van a aterrizar al aeropuerto de Madrid-Barajas Adolfo Suárez, a unos diez o trece kilómetros por carretera, dependiendo a la terminal a la que se vaya. 5
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Estoy acostumbrada a los sonidos habituales de lo que supone tener un aeropuerto cerca, y por eso me llamaron la atención esos extraños ruidos que eran nuevos para mí. Decidí consultar en Internet a ver si, por casualidad, alguien más los estaba escuchando. Encontré testimonios, en España y en otros países, de personas que habían grabado vídeos, y que se estaban preguntando de dónde venían esos sonidos. Otros, también habían visto hileras de luces desplazándose por el cielo. Al comprobar que no era yo la única persona que escuchaba los sonidos, me atreví a decírselo a mi marido y a mi hija. Me miraron extrañados, y me dijeron que cuando volviera a suceder, les avisara. Los ruidos solían producirse a partir de las doce de la noche, hasta las ocho o las nueve de la mañana, y como me tenían bastante intrigada, me propuse indagar sobre lo que para mí era todo un misterio. Keko, el labrador de mi vecino Gustavo, había salido a pasear con su amo. Los vi cuando me dirigía a hacer la compra a un supermercado cercano. Creo que, a pesar de la bufanda que me había puesto a modo de mascarilla, el perro me reconoció, porque meneaba el rabo y quiso acercarse para que le acariciara. Pero su dueño se lo llevó en dirección contraria y ni siquiera me saludó. Posiblemente tuviera miedo de acercarse a mí, sin embargo, no entendí que evitara saludarme. Una semana 6
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antes del confinamiento, Eli, su novia, había tenido que viajar a Londres por motivos de trabajo, y me hubiese gustado preguntarle si había podido regresar a tiempo antes de que cancelaran todos los vuelos. Llegué al supermercado. En el exterior, había siete personas guardando la cola con la distancia interpersonal que nos habían dictado. Un hombre y dos mujeres llevaban mascarilla, el resto nos conformábamos con taparnos la nariz y la boca como buenamente podíamos porque, en los comercios, los guantes y las mascarillas se habían agotado. Tuve la impresión de que el hecho de taparnos la boca nos impedía intercambiar saludos o hacer algún comentario sobre lo que estaba pasando. Nadie hablaba ni se saludaba, y caminábamos como zombis guiados por un ente invisible. Una vez que me llegó el turno, cogí una bolsa de plástico, que usé como guantes, para poder coger los productos que necesitaba. El aforo en el establecimiento era reducido, y hasta que no salía una persona, no dejaban entrar a otra. Aligeré todo lo que pude porque no quería permanecer mucho tiempo dentro, y terminé mis compras sin poder coger papel higiénico, porque las estanterías estaban vacías. Menos mal que tenía servilletas y pañuelos de papel en casa, y con eso nos apañaríamos. En el camino de regreso observé que las pocas personas que circulaban por la calle caminaban a paso lento y cabiz7
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bajas, era como si de golpe y porrazo hubiesen perdido toda la energía. Al entrar en mi domicilio, me lavé las manos, limpié el carro de la compra y me volví a lavar las manos antes de colocar todo en su sitio. Como me sobraba tiempo, antes de hacer la comida, encendí el ordenador para buscar información. Encontré una noticia del 15 de marzo de 2020, del Diario 16, que hablaba sobre «Defender Europe 2020», un ejercicio militar con el mayor despliegue de tropas estadounidenses, en Europa, en los últimos 25 años. Por lo visto habían llegado alrededor de veinte mil soldados estadounidenses a siete aeropuertos de Europa, a los cuales se sumarían otros siete mil de otros países europeos. En otra web denominada Iniseg.es, de fecha 13 de marzo de 2020 había una fotografía en Nuremberg, donde el ministro bávaro de interior, Joachim Herrmann, el día 3 de marzo, hacía el recibimiento, estrechando la mano uno por uno, a los primeros soldados que llegaban a Europa para participar en el ejercicio transnacional. Aunque la noticia no tenía nada que ver con la covid-19, me preguntaba qué hacían tantos soldados, en Europa, en plena pandemia. Me los imaginaba haciendo maniobras militares con mascarilla, guantes y echándose gel hidroalcohólico cada vez que tocaban un arma. Estuve un rato más en el ordenador visitando páginas, y como noté que la vista se me can8
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saba, lo cerré y me senté a descansar un rato. Ya continuaría al día siguiente con mis indagaciones. La mayor parte del tiempo nos entreteníamos viendo películas y series en las distintas plataformas, y también leíamos y contestábamos múltiples Whatsapp de amigos y familia. Afortunadamente todos nos encontrábamos bien de salud, de momento. La persona de mayor edad, la madre de mi marido estaba confinada con otro de sus hijos y se encontraba bien atendida. Pero mi mayor preocupación era nuestro hijo, que se encontraba a miles de kilómetros en otro continente. Vivía solo, y me angustiaba pensar que si enfermaba de cualquier cosa, nadie se atrevería a ir a atenderlo, por miedo al virus. Lo único que nos reconfortaba eran las videoconferencias que hacíamos a diario, porque veíamos que estaba bien, El confinamiento le había cogido sin trabajo, justo cuando iba a cambiar de empresa, pero ahora con la pandemia sería imposible hacerlo. Así que la única esperanza era que terminara pronto el confinamiento. Llevábamos varios días encerrados y había que buscar distracciones. Nuestra hija solía hacer gimnasia en su habitación. Mientras tanto, mi marido y yo procurábamos andar por el salón para que las piernas no se nos entumecieran. Las horas se hacían pesadas, pero yo me sentía afortunada por tener esa pequeña 9
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terraza donde podía salir a fumar y a ver la calle. Precisamente, en una de esas salidas vi a un vecino que vive dos portales más arriba del mío. Era don Andrés, un médico de familia, que se había jubilado, haría como dos años, según me había comentado su esposa Isabel. Desde entonces solían ir juntos de compras y de paseo. Pero ese día, como no se permitía salir más que a una persona por familia, iba él solo. «Ojalá su mujer se encuentre bien y no haya enfermado», pensé. Volví al interior de la vivienda y me aislé en una habitación con el ordenador. Seguía intrigada con los ruidos del cielo. Visité algunas páginas donde decían que se trataba de un «cielomoto», una palabra que nunca había oído ni sabía que existía. Respecto a las hileras de luces, comentaban que se trataba de los satélites starlink, lanzados al Espacio por Elon Musk, el mismo hombre que en 2018 lanzó un coche Tesla al espacio y que todavía está dando vueltas por ahí. Su propósito es crear una constelación que proporcione internet a todo el planeta. Según me informé, estos satélites, son lanzados al espacio en paquetes de sesenta, y a una altitud orbital de unos 550 km. Desde enero hasta marzo de 2020 ya se habían llevado a cabo cuatro lanzamientos. «¿Estarán relacionados los ruidos que estábamos escuchando, con el lanzamiento de satélites?», me pregunté. Además, en esos días, 10
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a nuestra hija le daba calambre todo lo que tocaba, y en la cabeza notaba la sensación de como cuando dos imanes se repelen, según nos contó. Me asusté tanto que desconecté los superwifi que nuestra compañía telefónica nos había traído, un par de semanas antes, por si acaso guardaban relación con lo que le estaba ocurriendo. Todo era confuso. Por un lado, la pandemia, y por otro lado todos esos sucesos añadidos que me iba encontrando por el camino y, a los que no encontraba explicación. Así que era preciso seguir buscando información que me ayudara a comprender. En el Foro Económico Mundial, de enero de 2016, había nacido un proyecto que se gestó en el seno de la Organización Mundial de la Salud, y que se concretó en la CEPI (coalición para las innovaciones en preparación de epidemias). Fue presentado, decía el periódico, en enero de 2017 en Davos (Suiza) y sus impulsores iniciales fueron: la Organización Mundial de la Salud; los gobiernos de Noruega e India; Welcome Trust; La fundación Bill y Melinda Gates y el Foro Económico Mundial. Hacían referencia al desarrollo de nuevas vacunas, durante los próximos cinco años y serían financiadas por la coalición para innovaciones de preparación de epidemias. Todos los intervinientes compartirían riesgos y beneficios, eso sí, bajo una política de precios razonables. 11
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En otro periódico digital hablaban de GAVI, una Alianza público-privada para la vacunación y la inmunización a nivel global, se creó en el año 2000 y tiene su sede en Ginebra. Ocho años después, la fundación la Caixa se convirtió en su primer socio privado, en Europa, y juntos crearon la Alianza empresarial para la vacunación infantil, donde también participan muchas empresas españolas, entre ellas, ISGLOBAL como colaborador estratégico. Esto último, me llamó la atención pues algunos médicos de los que salían hablando sobre la pandemia, en televisión, pertenecían a Isglobal. Dediqué un rato más a leer artículos hasta que cambié de tema, y me puse a buscar floristerías con servicio a domicilio. Se aproximaba el cumpleaños de una persona muy querida en la familia, y queríamos sorprenderla con un ramo de flores que era lo único que le podíamos regalar, puesto que todo lo demás se había paralizado. Encontré una floristería cerca de su domicilio. Elegí varios ramos y los compartí, por WhatsApp, con las personas que íbamos a participar en el regalo. Cuando nos pusimos de acuerdo, rellené el formulario y dejé hecho el pedido. Apagué el ordenador, y el resto del día lo dediqué a otros asuntos que tenía abandonados. A las ocho de la tarde, salíamos a homenajear a los sanitarios y demás cuerpos de seguridad del Estado, 12
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que se entregaban a diario a una dura labor para tratar de salvar vidas. «Resistiré» fue la canción que se instauró como himno, para darles y darnos ánimo. Sin embargo, no nos dábamos cuenta de que, al cantar, podíamos contagiar a los vecinos del piso de abajo, con las gotículas que caían de nuestra boca. Los aplausos duraban alrededor de cinco minutos y, además, nos servía como desahogo a tantas horas de encierro. Después, volvíamos al interior de la vivienda, y cada uno de nosotros nos buscábamos otras distracciones hasta que llegaba la hora de la cena. Uno de los días por la tarde, oí ladrar al perro de Gustavo. Su puerta daba enfrente de la mía, y aunque no me considero cotilla, me asomé por la mirilla a ver qué pasaba. Pero justo en ese momento se cerraba su puerta y no pude ver nada. Me pregunté si habría enfermado y le visitaba el médico, aunque lo descarté porque por la mañana le había visto sacar al perro. También podría ser que su novia hubiese vuelto de Londres en algún vuelo humanitario, no sé, todo eran suposiciones. Hacía como ocho meses que habían venido a vivir al edificio y no tenía su número de teléfono, así que no podía comunicarme con él. Tampoco era cuestión de llamar a su puerta, pues aunque a mí no me importaba, quizá a él sí. Necesitaba un poco de aire y salí a la terraza. Aún faltaba un rato para 13
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que dieran las ocho, la hora de los aplausos. El cielo estaba muy nublado y más oscuro de lo habitual, y hacía días que no se veían los famosos «chemtrails» que a finales del año anterior habían sido bastantes frecuentes. Según algunos, los chemtrails, son estelas químicas que aviones, no comerciales, dejan en el aire. Yo no sé lo que son, pero los veo desde mi terraza. Son estelas que en lugar de ir desapareciendo, como hacen las estelas de condensación, se van ensanchando hasta juntarse unas con otras, y dejan el cielo cubierto de capas blancas que parecen nubes. Otro día me asomé a la terraza, y vi que en la farmacia de la esquina había más cola de lo habitual. Me entretuve observando la fila. La gente mantenía la distancia y apenas se atrevían a moverse de su sitio, y tampoco hablaban entre ellos, daba la sensación de que nos habían prohibido comunicarnos. De vez en cuando, pasaba alguien paseando a su perro, los únicos que parecían felices. En realidad, ellos habían salido ganando pues pasaban más tiempo con sus amos, no llevaban bozal y salían más veces a la calle al cabo del día. Sonó el teléfono, era una videollamada de nuestro hijo. Estuvimos hablando un buen rato, y tanto él como nosotros procurábamos poner la mejor de las sonrisas para no preocuparnos mutuamente. El resto de la tarde trascurrió como los 14
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demás días, y entre mandar y contestar WhatsApp, homenajear a los sanitarios y cenar, llegó la hora de irse a la cama. No sé si fue por el café o porque había cenado demasiado, el caso es que me desvelé a medianoche y me tuve que levantar. Me fui al salón y estuve un buen rato leyendo, hasta que me cansé y salí a respirar un poco de aire, antes de volver a acostarme. Esa noche, los ruidos del cielo eran más intensos y desiguales, se escuchaba como una especie de turbinas que de golpe se oían por la izquierda, y de repente cambiaban y se oían por la derecha. Me tenían intrigada esos sonidos, pero no tenía medio de saber lo que eran. Volví a la cama y retomé mi lectura hasta que conseguí coger el sueño. Había días en que no necesitaba comprar nada más que el pan, y me daba mucha rabia tener que arreglarme para salir a la calle, así que miré recetas en internet para hacer pan casero. Elegí una que parecía fácil y, además, disponía de casi todos los ingredientes, lo único que me faltaba era levadura. Bajé a comprarla y, de paso, me traje dos barras de pan, una para consumir ese día y otra para el congelador, por si acaso mi «invento» fracasaba. La tienda estaba cerca y, a primera hora de la mañana, no había demasiada gente. Era la segunda vez que me encontraba con mi vecino Gustavo. Me lo crucé al volver a casa, y en esta ocasión no 15
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por Eli, y me miento, Mara, se resigna y buscapero que se encontradijo que aún no seguía en Londres, información, en internet, que lanada llevaen casa de una amiga ba bien y que estaba confi a que sospechar nuevo viviendo mundo al yque llevabadeltiempo trabajando allí. Me prela humanidad se dirige. guntó si estábamos bien toda la familia, le contesté que sí, acaricié a Keko y me despedí. Hacia finales de marzo, en mis investigaciones, leí una noticia sobre «el evento 201», un simulacro de pandemia a nivel global, que se había llevado a cabo el 18 de octubre de 2019, en Nueva York. La Cumbre fue organizada por el Foro Económico Mundial, La Fundación de Bill y Melinda Gates y el Centro para la Seguridad de la Salud de la Universidad Johns Hopkins. En la reunión participaron quince expertos en el ámbito de los negocios, los gobiernos y la salud. Eran varios los periódicos digitales que habían dado esta noticia, pero lo que me sorprendió fue que se hubiese llevado a cabo a las puertas de la pandemia de la covid-19. En la televisión se repetían las mismas imágenes en hospitales y residencias, y continuaban dando unas altas cifras de fallecimientos y contagios. Sin embargo, seguíamos sin tener certeza del origen del virus. Estaba hecha un lío, oía hablar del coronavirus, del sars-cov2 y de la Covid-19 y quise saber cuál era la diferencia. Busqué información, y según entendí, La Covid-19 es el nombre que le dan a la enfermedad y el Sars-Cov2, un ISBN 978-84-19228-43-7
me esquivó. Aproveché preguntarle Ante la incredulidad del para confina-
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