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La flor y el viento

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LA FLOR VIENTO Y EL

En un vasto prado, donde el sol acariciaba la tierra, crecía una pequeña flor.

No era la más alta ni la más vistosa, y sin embargo, había algo en ella que detenía el tiempo.

Sus pétalos se abrían al sol con humildad, como quien florece sin testigos, pero con el alma despierta.

La flor vivía en calma, floreciendo sin prisa, abierta al sol y entregada a la brisa que la abrazaba.

Cada día, el viento pasaba, susurrando secretos por todo el prado.

Tocaba las hojas de los árboles, acariciaba la hierba, y sin falta, se detenía un momento para rozar la flor.

Un día, el viento, en su eterna inquietud, se acercó a la flor con una caricia traviesa y, en tono juguetón, le susurró dos preguntas:

—¿Por qué no tratas de ser más grande?

Si lo hicieras, todos te admirarían.

¿Por qué no buscas que todos vean lo especial que eres?

Podrías destacarte entre todos los que te rodean.

La flor, con el rostro sereno, permaneció en su quietud. Con una calma que sorprendió al viento, y una voz suave pero firme, le respondió:

—Querido

viento, no busco ser más grande, ni anhelo la admiración de quienes pasan por aquí.

Me lleno de gozo al ser lo que soy, y en esa autenticidad, cumplo con mi propósito y doy lo mejor de mí al mundo.

El viento, ansioso por comprender, sopló con fuerza, queriendo moverla, impulsándola a cambiar.

Pero la flor, en su quietud, permaneció erguida, sus raíces profundamente ancladas al suelo.

Su ser, en paz, resistía con suavidad, como si el tiempo mismo le susurrara que en la calma se encuentra la verdadera fuerza.

Al sentir la paz serena de la flor, el viento comprendió que no es el tamaño ni el brillo lo que da valor, sino la verdad de ser uno mismo.

La flor no anhelaba ser admirada, solo ser fiel a su esencia. Y en esa fidelidad, halló su verdadera grandeza.

Porque quien se mantiene firme en su propósito, ya ha encontrado la felicidad que muchos buscan sin saber que reside en su interior.

En la vida, el viento representa esas voces externas que nos empujan a ser algo que no somos, a buscar la admiración de los demás. Pero la verdadera grandeza no reside en cumplir las expectativas ajenas, sino en ser fieles a nuestra esencia.

La flor nos enseña que, al abrazar nuestra autenticidad, ya estamos cumpliendo nuestro propósito. Es en ese ser genuino donde compartimos lo más valioso de nosotros con el mundo, sin comparaciones ni el peso de las expectativas sociales.

En un prado bañado por el sol, una pequeña flor vive en paz con lo que es. No busca destacar ni ser admirada, solo florecer con autenticidad. Un día, el viento curioso y movedizo le sugiere cambiar, ser más, brillar más. Pero, en la calma firme de la flor, el viento descubrirá una profunda verdad: que el verdadero poder no reside en sobresalir, sino en ser fiel a uno mismo.

'La fábula de la Flor y el Viento' es una historia suave y luminosa sobre el valor de la autenticidad, contada con la simplicidad de una brisa y la fuerza de una raíz

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La flor y el viento by Axel Sifuentes Mena - Issuu