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Diario de sanación (primera páginas)

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(veinte textos en diez años de sanación)

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En este libro les dejo veinte textos escritos durante mis primeros diez años de sanación. (2015-2025). Cada texto nació en el formato que, la idea a ser volcada, pedía. Se encontrarán con reflexiones, textos autobiográficos, sanaciones personales, escenas teatrales, cuentos, versos... Si son seguidores de mi camino de sanación por las redes, de seguro se habrán cruzado con algunos de estos textos publicados en mi muro. Cumpliendo estos diez primeros años de sanación, me pareció buena idea, la de aunar estos textos en un libro, para que juntos podamos seguir resonado, llorando y sanando. Ya saben, esto recién empieza. Quiero dedicar este libro a mi esposa, Ana Julia Vigo, y a nuestros hijos, Frida y Ovidio. Mis eternos aliados de sanación. Los amo.

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01 —Una vez necesité ser más que otros 02 —Estás proyectando, papá 03 —Un trámite innecesario 04 —Las manos vacías 05 —Él vive en ti 06 —Acá no vendemos milanesas 07 —¿Y ahora? 08 —Mi hija me está por desaprobar 09 —Vamos a jugar un juego 10 —Te amo, te rechazo 11 —Crear por crear 12 —El daño fue mucho 13 —En el espejo del botiquín 14 —Cumplir la función de creador 15 —Siento olor a humo 16 —Soltar el machete 17 —El cielo siempre fui yo 18 —¿Estamos dispuestos a saltarnos? 19 —Ahogado sin tu amor 20 —Lo único permanente

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Una vez necesité ser mejor que otros (Reflexión) Una vez necesité ser mejor que otros. Una vez necesité ser más que los demás. Más creativo, más simpático, más inteligente... Hubo una vez en que me sentí “tan poca cosa” que necesité ser más que los demás. ¿Acaso no es la historia de todos nosotros? ¿Acaso no todos creemos necesitar ser más que los demás? Soy el empleado que más trabaja, todos los demás son vagos... Soy el más inteligente de mi clase, todos los demás son ignorantes... Soy la más atractiva de mis amigas, todos los hombres me desean… Soy el que mejor sueldo merece cobrar… Soy la mejor en la cama… Soy el que puede con todo… Soy la que nunca se rinde… Soy el que merece ganar… Soy la más capacitada, si no lo hago yo no lo hace nadie. Siempre necesitamos ser más que alguien. Y yo también lo necesité. Y para que uno sea el mejor es necesario que haya peores. Muchos peores. ¡Y cuánto tiempo invertimos descubriendo y hablando acerca de aquellos “necesarios peores”! Los encontramos en todos lados: en la calle, en el colectivo, compañeros de trabajo, amistades, familia… Y entonces nos la pasamos señalando, humillándolos… Nos la pasamos separándonos de los demás al grito de “¿Cómo puede ser que no seas como yo? ¿Cómo es que no ves lo que a mí me resulta tan obvio?”. ¡Porque, no olviden, que nosotros somos los mejores, y ellos, lógicamente, son los peores! ¡Y si los demás no ven las cosas como las vemos nosotros… es porque son estúpidos! ¿Cómo pueden ser tan estúpidos? ¿Cómo?

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Insisto en que una vez necesité ser mejor que los demás. Y lo fui…, hasta que me harté. Me harté de echar culpas, me harté de mis excusas, me harté de justificar mis lastimeras carencias... Porque creemos que siempre hay un culpable, alguien que es responsable de nuestros fracasos, de nuestro sufrir, de nuestros sueños sin cumplir... Si no es la castradora de mamá, es papá que no estuvo… Si no es mi esposa, serán mis hijos que vinieron en el peor momento… Si no es mi jefe, será mi compañero de trabajo que me quiere pisar la cabeza… Siempre hay un culpable. Siempre hay una excusa. Pero yo me harté. “Me harté de ser yo mismo”. Entonces puse punto muerto. Y allí me quedé. Esperando a ver qué sucedía, si dejaba de ir tras lo que yo consideraba... que era lo mejor para mí. Y en ese lugar, en esa tremenda quietud, comprendí que todo dependía de mí. Tan sólo de mí. Y ese descubrimiento me trajo una inmensa paz. Una paz que aún... me sorprende. Comencé a investigar, a estudiar y a experimentar. Comencé a descubrir que todo estaba en mí. Ya no había que esperar por nadie. Ya no había culpables. Descubrí que era yo quien me había saboteado en cada cosa que había emprendido. Me crucé con muchos maestros, maestros que ya conocía pero que aún no los había considerado maestros; después de todo, como dice aquella iluminada frase, “el maestro aparece cuando el alumno está preparado”. Y así fue. Leí, estudié y comprendí, entre otras cosas, que “para el inconsciente el otro no existe”; por ende, todo lo que rechazamos de los demás, es lo que no estamos dispuestos a ver en nosotros mismos. Si me habré llenado la boca juzgando de ignorantes a quienes me rodeaban... Hoy entiendo que, el que siempre se sintió ignorante, el que siempre sintió estúpido, fui yo. Pero como no 5


estaba dispuesto a verlo, puesto que me resultaba demasiado doloroso, lo escondía en la sombra. Y como rechazamos de los demás, aquello que no estamos dispuestos a ver que somos, nos la pasamos proyectando, nos la pasamos rechazando, y vivimos en eterno conflicto con quienes nos rodean. Les informo que grande fue la sorpresa cuando descubrí, a través de la proyección, que, el que siempre se había sentido un ignorante, era yo. Entonces pude identificar y hacer consciente cuál era la creencia que me hizo rechazar mi propia ignorancia, rechazarla como algo negativo, como algo doloroso. Pude comprender el por qué necesité sentirme siempre más inteligente que los demás, el porqué de la necesidad de andar siempre con aquella excesiva máscara de superioridad. Hoy ya no me siento ignorante, pero tampoco me siento inteligente. Hoy entiendo que ser ignorante o inteligente es tan solo percepción; es tan sólo una interpretación. Y hay tantas interpretaciones del mundo como personas que lo observan. Y cada interpretación está condicionada por creencias, por programas, por valores… Por ende, lo que hay que sanar, es nuestra percepción, nuestra interpretación de la realidad. Hace ya años que transito incesantemente el camino hacia el cambio de consciencia. Ya he dictado talleres, realizado seminarios, guiado sesiones personales, y guiado cuantísimas sesiones en línea; y quiero confesar que, aún no dejo de asombrarme, al observar las facciones de cada consultante a la hora de la toma de conciencia; a la hora de descubrir cuáles eran aquellos programas que los esclavizaban… Y esa sagrada mirada de emoción, de alivio al sabernos conectados, al sabernos en el mismo camino. 6


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Diario de sanación (primera páginas) by Augusto Godachevich - Issuu