

ATALANTA PAUL HAWKEN CARBONO
EL LIBRO DE LA VIDA



LIBER NATURAE ATALANTA

PAUL HAWKEN CARBONO
EL LIBRO DE LA VIDA
TRADUCCIÓN JORDI FIBLA

ATALANTA
En cubierta y guardas: textura macroscópica de hojas, freepik
Dirección y diseño: Jacobo Siruela
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Todos los derechos reservados, incluyendo el derecho de reproducción total o parcial en cualquier forma. Ninguna parte de este libro podrá ser utilizada o reproducida de ninguna manera para el propósito de entrenar tecnologías o sistemas de inteligencia artificial. Esta obra está reservada frente a minería de texto y datos (Artículo 4[3] Directiva [UE] 2019/790).
Esta edición se publica por acuerdo con Viking, un sello de Penguin Publishing Group, una división de Penguin Random House LLC.
Título original: Carbon: The Book of Life © 2025 by Paul Hawken © De la traducción: Jordi Fibla © EDICIONES ATALANTA, S. L. Mas Pou. Vilaür 17483. Girona. España
Teléfono: 972 79 58 05 Fax: 972 79 58 34 atalantaweb.com
ISBN: 978-84-129986-7-2
Depósito Legal: GI 510-2026
Capítulo 1
Carbono 13
Capítulo 2
Los elementos
23
Capítulo 3
El firmamento
33
Capítulo 4
Compañeros de celda
43
Capítulo 5
Comer luz de estrellas
61
Capítulo 6
Ensalada de azúcar
75
Capítulo 7
Bucky y Bing
89
Capítulo 8
Seres verdes
103
Capítulo 9
Un reino interconectado
123
Capítulo 10
La lengua
137
Capítulo 11
Ojos de papel
151
Capítulo 12
Primigenio
167
Capítulo 13
Tierra oscura
181
Capítulo 14
Un mundo no traducido
197
Capítulo 15
Consciente
213
Agradecimientos 225 Notas
Carbono El libro de la vida
Dedico esta obra a los Guardianes Tradicionales de la tierra en la que se escribió. Siete generaciones de mi familia se han beneficiado y nutrido de los animales, las plantas y las prácticas de las naciones miwok de la costa. Su conexión con el mar, los ríos, los bosques y las praderas son un recordatorio y una enseñanza constantes. Presento mis respetos a los ancianos del pasado y del presente, así como a los venideros.
También dedico este libro a Jasmine Scalesciani Hawken, cuyo amor, amabilidad y apoyo infatigable me animaron e inspiraron mientras lo escribía.
Capítulo 1
Carbono
Hay cosas que debemos hacer, expresiones que debemos decir, pensamientos que debemos pensar, y nada de ello se parece en absoluto a las imágenes de éxito que se han adueñado por completo de nuestras visiones de la justicia.
báyò akómoláfé
El carbono se mueve incesantemente entre los cuatro reinos: la biosfera, los océanos, la tierra y la atmósfera. Fluye por los ríos y las venas, el suelo y la piel, el aire que respiramos y el viento. Es el narrador de vidas creadas y perdidas, de futuros temidos e imaginados. Es el mensajero que se desplaza a través de cada partícula de nuestra existencia, el entramado que sostiene culturas, lagos, mentes, praderas, organismos y nuestra vida temporal. La danza de la vida del carbono no toma partido, jamás acierta ni se equivoca. Es un camino eterno que se extiende sin fin ante nosotros. Al igual que el hilo de Ariadna, el flujo del carbono es un relato que nos permite escapar del laberinto de ansiedad, ignorancia y temor que nos lega el mundo. El aumento del carbono en la atmósfera se produce a la vez que la pérdida del mundo viviente. El libro de la vida rodea lo que siempre ha regulado el clima, el manto vivo y pulsante que llamamos Tierra. Como te ocurre a ti, también yo absorbo las noticias, la ciencia, la confusión, el derrumbe de la política: un mundo que se despliega temeroso, al límite de la paciencia, envuelto
en certezas superficiales. Para comprender mejor los enigmas y la luminosidad de la vida, decido alejarme corriente arriba, hasta la cabecera del río, y contemplar el flujo de la vida a través de la lente del carbono. En vez de lamentar el drama del mundo con malos augurios, atiendo a voces que ven el planeta sin la superposición de las amenazas. ¿Podrían existir cúpulas de sabiduría de la misma manera que existen cúpulas de calor? Hay mujeres y hombres que mezclan la sabiduría que muestran los indígenas en sus observaciones con la ciencia occidental para obtener una mejor comprensión de nuestro lugar en la Tierra, perspectiva que revela lo que no sabemos. Las certidumbres se disuelven para dar paso a una complejidad insondable. Aunque el carbono comprende una minúscula fracción de la Tierra, un planeta que carezca de él será una roca muerta en el espacio, como un cielo sin estrellas o una sinfonía sin sonido. Hemos reducido el carbono a un elemento errante y le hemos echado la culpa en una civilización que se empeña en destruirse. La crisis de un planeta que se calienta, el desenfreno de la injusticia y el desplome de la biodiversidad forman un todo. El carbono, las personas y la naturaleza se consideran por separado, como si fuesen independientes. El carbono es una ventana que da al conjunto de la vida, con toda su belleza, sus secretos y su complejidad. Al hablar del carbono, la gente se refiere a átomos y no a su magnificencia, a leyes físicas más que a lo sintiente. La vida es un flujo, un río, no unos componentes aislados. Las creencias a las que nos aferramos, las nimiedades a las que atendemos y la irrelevancia de muchos de los medios de comunicación que seguimos pueden hacer añicos nuestra concienciación. El flujo del carbono proporciona mejores relatos, otras perspectivas, unas visiones de lo posible que difieren de los discursos inconexos y caóticos que nos envuelven.
Desde un punto de vista planetario, el calentamiento de la atmósfera es una respuesta, un ajuste, una enseñanza. El clima de la Tierra no se está descontrolando como algunos creen, sino que está cambiando tan rápido que los seres humanos se ven incapaces de adaptarse a la nueva situación. El calentamiento global augura un futuro tumultuoso. Si las emisiones de gas que causan el efecto invernadero, inducidas por el ser humano, no se reducen, lo que se reducirá será la civilización. Tras décadas de un asesoramiento constante por parte de los científicos del clima, el mundo ha cobrado consciencia de la dinámica climática. La atmósfera cambiante ocupa el primer plano para empresas, países, escuelas y universidades. Los inversores están movilizando la mayor cantidad de recursos financieros de la historia de la humanidad. En el transcurso de las próximas décadas, el clima será el punto de apoyo de la economía. Aunque en otro tiempo bancos, inversores y fondos de pensiones se mostraron apáticos para financiar un futuro habitable, la perspectiva de descarbonizar los 110 billones de dólares de la economía global ha cambiado muchas mentalidades. ¿Qué tenemos en el orden del día? Cada hogar, automóvil, ferrocarril, avión, camión, ciudad, barco, producto, granja, edificio y servicio público del mundo. En cuanto a los recursos, la totalidad de la madera, el acero, el hormigón, la fibra, los plásticos y los minerales.
En el ámbito industrial, el clima cambiante se considera un problema de ingeniería, no una crisis debida al comportamiento, el consumo o la desconexión. Se da por sentado que es posible sustituir el actual sistema energético basado en combustibles fósiles por fuentes de energía renovable y que los privilegiados podrán seguir viviendo como siempre. Eso es pensamiento mágico. A fin de poner remedio al calentamiento global, las compañías petrolíferas se esfuerzan
por capturar y extraer el carbono de la atmósfera como si esta fuese un depósito de almacenamiento inagotable. Una muestra de cómo el mundo empresarial ha llegado a percibir la Tierra: como un artilugio que los humanos pueden mantener, modificar y reparar a su antojo. Esto da a entender que una economía colosal puede domesticar la atmósfera, alegando que es neutra respecto al carbono. El actual estilo de vida se mantiene a expensas de un futuro aterrador. Nuestra conducta equivocada y la desintegración del mundo viviente son absolutamente indefendibles.
Ciertos emprendedores han creado mercados de dióxido de carbono, como se hizo antiguamente con los seres humanos esclavizados y los colmillos de marfil. Hoy en día existe un mercado de créditos de biodiversidad. El Fondo Monetario Internacional ha calculado el valor de una ballena azul en dos millones de dólares, solución que se estima basada en la naturaleza y supone que es posible arreglar el mundo natural de la misma manera que estamos tratando de reparar la atmósfera. ¿Qué podría significar la rentabilización de una ballena? La historia desmiente la inquebrantable creencia de que el mercado es un medio para crear un mundo mejor. Extraer la biosfera y venderla al mejor postor es la causa del calentamiento global y de la injusticia social. Si nos apartamos de la obsesión desorbitada por la riqueza, observamos que el comercio está eliminando la vida en la Tierra a fin de pagar los dividendos de los accionistas.
Cuando el príncipe Hamlet se lamentaba y decía «esa es la cuestión», estaba contemplando la idea del suicidio y se daba cuenta de que para eso debía abandonar el cuerpo mortal. La cuestión para la civilización son las curiosas y engañosas creencias del comercio. La bióloga Robin Wall Kimmerer, miembro de la nación nativa norteamericana
Citizen Potawatomi, explica el obstáculo: «Necesitamos más que un cambio de reglas; necesitamos un cambio en la visión del mundo, pasar de la ficción de que los seres humanos somos excepcionales a la realidad de nuestro parentesco y reciprocidad con el mundo viviente. El planeta nos pide que renunciemos a una cultura de adquisición interminable para que el mundo pueda continuar». No es posible que esto suceda si los poderes político, financiero y empresarial piensan únicamente en los beneficios futuros. La tarea de la modernidad consiste en reconocer que nuestra existencia se apoya en la totalidad de la vida planetaria. La economía global está atravesando una gigantesca transición energética; una civilización basada en la quema de combustibles fósiles se está transformando en otra impulsada por la energía solar: placas solares, turbinas eólicas y energía hidroeléctrica. La necesidad de todo ello es evidente. Las instituciones gubernamentales y financieras han tardado décadas en aceptar que hay una crisis climática. Sin embargo, ahora que por fin lo han hecho, el discurso dominante sobre la crisis coloca al mundo viviente en una posición subordinada, lo reduce a una categoría diferente, esencial, desde luego, pero no tan apremiante y, en general, referida a la biodiversidad. Es bien sabido de qué modo los gases de efecto invernadero cambian la atmósfera, pero no se entiende cómo billones de seres vivos regulan la atmósfera y generan la abundancia del planeta que nos cobija. La bioeticista Melanie Challenger explica cómo «intentamos diseñar la vida a nuestra manera mientras la matamos tal cual es». Las necesidades humanas siguen desarmando la capacidad del planeta para regenerarse, por lo que nos enfrentamos a un futuro inimaginable de pobreza biológica en el que nuestros intentos de reparar la atmósfera serán irrelevantes. Durante los miles de millones de años que abarca
la historia de la Tierra, aquello que no servía para la vida era descartado. ¿Por qué nos hemos puesto a la cola?
En los dos últimos siglos se han consumido millones de años de riqueza terrestre. Los arrecifes perecen, los polinizadores están en declive, los océanos se acidifican, los caladeros son saqueados, los bosques se vienen abajo, los suelos se erosionan, las tierras se desecan, las aves desaparecen y las tierras vírgenes disminuyen. El futuro solo se puede vislumbrar si se tiene una comprensión exacta del presente. Estamos tratando de separar el mundo humano del mundo natural, como si fuese posible tal cosa. El sistema actual de producción y consumo devora a su anfitrión. Las prácticas económicas consagradas causan y aseguran las pérdidas. Challenger escribe: «Nuestras ciudades e industrias han dejado sus huellas en el suelo, en las células de las criaturas abisales, en las partículas más lejanas de la atmósfera. El problema reside en que desconocemos la manera correcta de comportarnos con la vida. Esta incertidumbre existe, en parte, porque no podemos decidir qué es lo que hace que importen otras formas de vida o incluso si realmente importan».
Sustituir los combustibles fósiles por energías renovables es crucial pero insuficiente. La humanidad depende de su relación con todos los hábitats y todos los moradores de la Tierra, aunque no lo creamos así. La sociedad, el comercio y los Gobiernos deben concentrarse en lo que el periodista Eric Roston denomina la «danza del carbono», la constante regeneración inherente a la vida, lo cual no excluye las innovaciones e invenciones técnicas. Necesitamos tecnologías que crucen un umbral esencial: tal solución, tal estratagema o tal propuesta, ¿crean más o menos vida? Nos hemos inclinado por la segunda opción, que nos ha conducido a la situación actual. ¿Cómo es la primera? Agua pura, alimen-
tos saludables, culturas vibrantes, gente honrada, bosques antiguos, personas sanas, equidad, educación, abundancia de caladeros, naturaleza virgen, ciudades tranquilas y verdes, suelo fértil, salarios que permitan vivir y trabajos dignos.
Aunque los medios de comunicación y las fuentes de noticias lo ignoren en gran medida, existe un movimiento para regenerar el mundo viviente encarnado en millares de organizaciones y millones de personas. Las comunidades vivificantes son más pequeñas, están cubiertas por un velo de discreción y pasan desapercibidas para las gigantescas instituciones que dominan nuestras vidas mediante el marketing, la publicidad y las redes sociales. Existen comunidades dirigidas por ciudadanos e indígenas cuyas acciones se basan en la reciprocidad, el mutualismo y la reconciliación con el mundo natural, cualidades que no se prestan al ciclo informativo. Su trabajo refleja lo que el biólogo evolutivo
Piotr Kropotkin observó a comienzos del siglo pasado: que la cooperación y la colaboración son mucho más eficaces que la competencia cuando el entorno es cambiante y los recursos son escasos. Kropotkin pensaba en los trigales y el mal tiempo de Rusia, pero su perspicacia también es aplicable al mundo actual.
La Tierra es sensible. Los cambios en los gases atmosféricos afectan a todos los sistemas planetarios. Si en la atmósfera no hubiera carbono, la Tierra sería un Marte helado, y si hubiera demasiado, sería la caldera de Venus. No somos más que una entre 8700 millones de especies en un planeta asombroso y delicado. En lo que a biomasa pura se refiere, los seres humanos representamos el 0,01 % de todos los seres vivos. Todas las demás formas de vida crean generosas comunidades entrelazadas que no recubren la atmósfera con una doble capa de dióxido de carbono. Para comprender mejor la vida de la comunidad, basta con observar la comu-
nidad de nuestro cuerpo, que perecería sin los innumerables billones de microorganismos que viven dentro y fuera de nosotros. Cada célula realiza millones de actividades en cualquier momento dado, y esto sucede porque flujos de carbono conectan, integran e interactúan de forma impecable. Este es nuestro planeta y este es nuestro cuerpo, que se encuentra inextricablemente fusionado con su complejo hogar. El conjunto de las células del cuerpo experimenta en un segundo diez veces más procesos que el número de estrellas que pueblan el universo. Charles Darwin lo pronosticó al predecir poéticamente que la ciencia descubriría que cada criatura viviente es un «pequeño universo constituido por una gran cantidad de organismos que se propagan por sí solos, inconcebiblemente diminutos y tan numerosos como las estrellas del cielo». La vida solo existe en las células, y cada comunidad celular alberga cien billones de átomos que se organizan en moléculas que crean y mantienen las condiciones esenciales para la existencia. Cuando las células se agrupan, cosa que tanto les gusta hacer, forman la galaxia biológica del cuerpo humano y las especies con las que compartimos el planeta, desde las codornices hasta los protozoos, los eperlanos o los grillos, pasando por las ballenas azules o las caléndulas.
La vanidad del individuo solitario y autosuficiente solo existe en los cómics y en las películas del Oeste. Amplían este engaño muchos aspectos de la modernidad, como los derechos legales, las escrituras, la teoría económica o el derecho de poseer un fusil de asalto. Se nos insta a combatir el cambio climático, una repetición delirante de Don Quijote, un crudo ejemplo de cómo encasillamos en la otredad al mundo viviente. Para cambiar la atmósfera debemos imitar los intrincados flujos del carbono planetario. Las relaciones sociales y económicas han de integrarse en ecosistemas
sociales y naturales rejuvenecidos, de modo que no se vean anuladas por las formas del poder económico concentradas en unas pocas manos.
En la era de la Ilustración, la ciencia occidental se convirtió en la piedra de toque para clasificar el mundo viviente. Las plantas eran objetos, los bosques eran celulosa, los hongos eran alimento, el suelo era suciedad, los animales carecían de sentimientos y la naturaleza estaba ahí para que la exprimiéramos, la tratáramos como una mercancía y la vendiéramos. Fue un profundo fracaso de la imaginación y la percepción. La curiosidad y el ingenio que alumbraron la era de la Ilustración se transformaron en cientifismo, un racionalismo férreo que rechazaba otras formas de conocimiento. Se observaba la naturaleza y se desarrollaban modelos comprobables que presuntamente explicaban el mundo natural, cuando en realidad no hacían tal cosa.
Los habitantes primigenios que han vivido siempre en el mismo territorio, en algunos casos durante períodos de hasta cincuenta mil años, ven la naturaleza de un modo distinto. El mundo viviente es una familia y, como sucede con todas las relaciones, una vida que nunca se repite. La presencia y supervivencia de unas cinco mil culturas indígenas dependía de que sus miembros se volvieran expertos en el reconocimiento de patrones para comprender cómo prosperaban los bosques, los desiertos, el Ártico, las islas y las praderas. Sus maestros incluían todo aquello que se desarrollaba: plantas, animales, ancianos de la tribu, niños y antepasados. Los nativos norteamericanos recolectaban, cazaban y cultivaban siguiendo métodos que producían alimento y recursos abundantes para sus sucesores. Que los occidentales no actuemos de ese modo ni nos veamos así a nosotros mismos refleja lo que creemos, lo que hemos hecho y lo que terminaremos por lamentar.


El carbono es el único elemento del planeta que anima la totalidad del mundo vivo. Aunque comprende una pequeña fracción de la composición terrestre, es esencial para el desarrollo de la vida al constituir la base de las moléculas orgánicas y desempeñar un papel primordial en la estructura celular de los seres vivos. Sin embargo, se le culpa del cambio climático por su presencia en los principales gases de efecto invernadero.
Paul Hawken contempla el flujo de la vida bajo la óptica del carbono y explora cómo este elemento ubicuo y fundamental se extiende por cualquier forma de existencia, modelando la entera fábrica de la vida. Hawken traza un itinerario a través de la historia de nuestro planeta, guiándonos por los dominios de plantas, animales, insectos, hongos y alimentos, para ofrecernos una innovadora descripción que reúne todo el poder vital del carbono y las posibilidades para un futuro sostenible.
Este emocionante, esperanzador y profundamente humano libro nos ilustra sobre las sutiles conexiones entre el carbono y nuestra experiencia colectiva, y nos incita a contemplar la naturaleza y la humanidad como un mismo tejido interconectado.
Paul Hawken es un reconocido ambientalista estadounidense. Fundador de importantes proyectos regenerativos –como Drawdown, organización sin ánimo de lucro cuyo objetivo es revertir el calentamiento global–, trabaja como consultor de empresas y gobiernos en asuntos de ecología industrial y políticas ambientales. Además de Carbono: el libro de la vida , ha escrito numerosos ensayos, entre los que destacan The Next Economy (1983), Growing a Business (1987) , The Ecology of Commerce (1993) y Blessed Unrest (2007) .
