

JUAN ARNAU A _ TMAN
PRESENCIA DEL ORIGEN




MEMORIA MUNDI

JUAN ARNAU A –
TMAN
PRESENCIA DEL ORIGEN

En cubierta: Sri Yantra sobre fondo de nubes (imagen del cielo: freepik)
En guardas: cabeza de Buda, siglos xii a xiii
Dirección y diseño: Jacobo Siruela
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Teléfono: 972 79 58 05 Fax: 972 79 58 34 atalantaweb.com
ISBN: 978-84-129986-0-3
Depósito Legal: GI 229-2026
El gurú interior
107
La radicalidad del vedānta 109
La ilusión y el olvido 115
Integración y subordinación 122
El Dios del vedānta 125
La vía del conocimiento 128
La vía de la devoción 133
La creación del mundo 136
La ilusión del mundo 139
Filiaciones budistas 143
Modelos de universo 146
Amor (bhakti) 149
Destino, belleza, moral 151
El poder de la mente 158
La ilusión fecunda 161
Ser es liberación 167
la indagación del yo 173
Una propuesta singular 175
Una teología negativa 179 ¿Quién indaga? 185
Las dos caras de la mente 189
Yo pensante y yo vivencial 194 Autoironía 202
Sueño profundo 209
Conocer sin pensamiento 217 ¿Quién? 222
Renacer: el baile de máscaras de los egos 224
Modos de estar en el Sí mismo 229 métodos 231
Fluir con el Ser 233 Ascesis 237
La meditación tradicional 240
El océano y la burbuja
242
Otros yogas
244
Mente, altruismo, erudición, corazón
247
Samādhi: inmersión en la Fuente
252
Regreso al origen
255
Poderes psíquicos y otros enredos
258
Ego y moral: la cuestión del sufrimiento
263
Dios, individuo, mundo
267 epílogo
271
Consideraciones finales
282
La meditación soleada
287 apéndice
Enéada de la meditación soleada
293 Notas
295
Índice onomástico
309
Ā tman Presencia del origen
NOTA SOBRE LA EDICIÓN
En general, se ha evitado poner en cursiva las palabras sánscritas, salvo en los títulos de obras y en los contextos metalingüísticos. También se ha evitado en estos casos la -s como marca del plural, ya que el español dispone del artículo para indicar el número.
Saberse ser sin ser nada en particular. Ese es todo el secreto.
nisargadatta
Los hindúes, primer pueblo que en bloque parece responder a lo esencial, que busca en lo esencial la satisfacción, en fin, un pueblo que merece ser distinguido de los demás.
Estas ideas no son ideas para pensar, son ideas para participar en el Ser.
Los que abandonan este mundo sin haber descubierto el ātman no serán libres en ningún mundo.
Las religiones hindúes no extraen la debilidad del hombre, sino su fuerza. La recitación y la meditación son ejercicios de fuerza.
henri michaux
Preludio
El origen está siempre presente. Esa es la solución india. Honrar el presente, que es la sede del origen. El ahora es lo divino. La nostalgia del pasado y el proyecto de futuro, el logro y la frustración, lo eclipsan. Impiden sumergirse en la presencia viva del ahora. Pero lo divino está siempre ahí, discreto, a la espera de reconocimiento. Una presencia unificadora y creativa, que se recrea con nuestra atención, que mantiene la ilusión cósmica, el pulso del mundo, el juego de la existencia. No somos todavía individuos. Lo seremos cuando nos unamos a esa presencia infinita que nos lleva y cuyo principio fundamental es el amor. Noticia admirable, divina compañía. El sentimiento de presencia es quizá el mayor logro de la contemplación. Una atención que, paradójicamente, es causa y efecto, principio y fin.
La palabra ā tm a n tiene su origen en las palabras sánscritas para «aliento» y para «corazón». Puede significar «esencia», «naturaleza», «carácter». En las upani ṣad pasa a significar el espíritu inmanente: el Sí mismo, que reside en el interior de cada ser. El ātman es el núcleo de la persona,
aunque no puede identificarse con el cuerpo ni con la mente. El ātman no se ve afectado por el placer ni por el dolor, tampoco por el pecado o la virtud, la alegría o la tristeza. El ātman no es ni siquiera el alma, que es la que disfruta o carga con los efectos de las acciones pasadas. El ātman está ahí, y, aunque no es posible conocerlo, sí se puede vivenciar. Esa es la respuesta india al enigma de la existencia. Los sabios hindúes creen en la identificación plena con lo divino. Los esclarecidos védicos mostraron el camino, y ese camino sigue abierto en la India de hoy. Aunque es inefable, los que lo han vivenciado han tratado de describirlo. Un espíritu inmanente que está en todas las cosas. Un espíritu envolvente que las abraza (y entonces se llama bráhman). Las upaniṣad enseñan la identidad última de ātman y bráhman. Bráhman trasciende la noción de ser y no ser, de mente y materia. Śaṃkara lo describió con palabras eternas: es la consciencia no dual e incondicionada, lo único plenamente real, consciencia pura y sin imperfecciones, dichosa, sin principio ni fin. Participar del ātman es gozo interminable, eterno, feliz, más allá de las distinciones de lo manifiesto, innombrable, imperecedero, indiviso, más allá de la elucubración mental. Es la luz que se ilumina a sí misma e ilumina el resto de las cosas. No está en el séptimo cielo ni en un lugar lejano. El ātman está en el ahora. Y la vida se nos escapa sin reconocerlo.
La India aspira a liberar la mente y alcanzar un estado de consciencia serena y sin ataduras. Un estado de pureza, sabiduría y paz interior que permita unirse con el ā tman y participar plenamente de él. Según una creencia antigua del yoga, solo podemos conocer lo falso. Lo que solemos llamar «conocimiento» no son sino imaginaciones. Imaginaciones útiles, imaginaciones humanas, representaciones que crean la ilusión del significado. La palabra sánscrita que da cuenta de ese tipo de conocimiento es vikalpa . Un tér-
mino esencial que puede significar: (1) «opción, alternativa»; (2) «variedad, multiplicidad»; (3) «duda, indecisión; (4) «conceptualización, pensamiento, elucubración, construcción mental»; (5) «imaginación». Para el yoga, vikalpa es un proceso mental que no tiene correlato real y depende del lenguaje que utilicemos. Apunta a algo que no existe y, sin embargo, es fundamental para cualquier disciplina de conocimiento. El tiempo mismo es vikalpa, como lo son el espacio o la causalidad; también las matemáticas o la filosofía, ciencias creadoras de conceptos. Vikalpa establece diferencias donde, en el fondo, no las hay. Es la magia del lenguaje. Todas las ciencias viven de esa magia. Dicen los físicos que un quark no puede vivir aislado. Pero ¿hay algo que pueda hacerlo? Hoy vivimos una nueva fe, la creencia en la literalidad de las ciencias. Se considera que lo que las ciencias descubren no son híbridos «naturaleza-cultura», como diría Latour, sino que existe un correlato real (natural) con sus enunciados (cultura). Para el sentido común moderno, decir que las ciencias son imaginaciones sería un disparate. Ese es el mito en que vivimos. Pero la noción de vikalpa (como advirtieron Schopenhauer, Niels Bohr y Bruno Latour) apunta a una idea esencial de este libro: cada teoría crea su propia base empírica. Y esa base la sostiene. He ahí la magia circular de las ciencias, que se construyen, por así decir, desde el tejado. Ese tejado es la imaginación. De la imaginación a la teoría, de la teoría a los datos empíricos (yendo hacia abajo) y de los datos empíricos a la teoría (yendo hacia arriba). El círculo perfecto. Los sabios hindúes llevan siglos ejercitándose en una contemplación sin vikalpa. Donde la ciencia y el arte, hijas de la imaginación, no estén presentes. Y no porque estas no sean valiosas, sino por la aspiración de vivenciar aquello que las ha hecho posibles. De esa búsqueda habla este libro.
La peculiaridad india
La solución india nos desconcierta. No es de extrañar. La India ya lo ha pensado todo, pero nosotros debemos seguir nuestro propio camino. Eso decía Borges. Otro poeta, T. S. Eliot, tuvo una intuición parecida. La tradición es un organismo vivo y mutante. El arte despierta emociones, y muchos creen que estas se originan en las experiencias o la personalidad del artista. Se equivocan. Hay un efecto pernicioso en la emoción: nubla la vista. Ahora bien, solo quienes tienen personalidad y emociones pueden liberarse de ellas. Eliot habla como un hindú cuando dice que el arte es un despojarse de la emoción, y entonces «la experiencia personal se amplía y consuma en lo impersonal». El Sí mismo está en todas las cosas (individualidad), pero todas las cosas están en el Sí mismo (incorporación al Uno). Eliot pasa dos años estudiando sánscrito en Harvard y un tercero dedicado a los Aforismos del yoga, de Patañjali. Queda en un estado de «iluminada perplejidad». Buena parte del esfuerzo por entender ese otro mundo, explicará más tarde, consiste en deshacerse de las categorías del pensamiento
occidental. Por eso el conocimiento de la filosofía europea es un obstáculo. Además, la influencia védica en Schopenhauer, Hartmann y Deussen se ha dado a través del malentendido romántico. Penetrar en ese mundo supone dejar de «pensar y sentir como europeo y americano». Un paso que, por razones prácticas y sentimentales, Eliot no está dispuesto a dar. Como en el caso de Octavio Paz (otro americano europeo), el vértigo y la lealtad le obligan a hacerse a un lado. Sin embargo, las ideas de la literatura sánscrita seguirán nutriendo la poética de Eliot. El presente desnudo exige distanciarse de las propias emociones. Las emociones pertenecen al ego (al alma, si se quiere), pero el espíritu es capaz de verlas desde fuera. Esa es la médula de la enseñanza de Kṛṣṇa a Arjuna. Eliot lo sabe sin saberlo, y lo menciona en «The Dry Salvages». No se trata tan solo de actuar en cada momento sin pensar en el futuro (de buscar un presente sin deudas con el pasado), sino de que «ser consciente es no estar en el tiempo». Pero, y esto no hay que olvidarlo, «solo en el tiempo puede crecer la rosa» («Burnt Norton»). El espíritu (fuera del tiempo) no es la naturaleza (el tiempo), pero se mantiene atraído por ella. Lo eterno cae en el tiempo (por Amor) para salir de nuevo de él. La atención consciente al instante permite liberarse tanto del pasado como del futuro. Una idea que reaparece en uno de sus versos favoritos de la Divina comedia: «Hora tras hora, me enseñabais cómo el hombre se hace eterno», dice Dante en el «Infierno» a su maestro Brunetto Latini. El último ejemplo es Henri Michaux. De muy joven hace una estancia en la India, de la que saldrá un breve y certero volumen: Un bárbaro en Asia. Michaux, que tiene la visión afilada del poeta, comprende enseguida qué es un brahmán. En Calcuta, ciudad de clérigos, tiene un gurú. Tiempo después, en una de sus breves autobiografías, escribe: «Los hin-
dúes, primer pueblo que en bloque parece responder a lo esencial, que busca en lo esencial la satisfacción, en fin, un pueblo que merece ser distinguido de los demás». Michaux tampoco realiza ningún tipo de «conversión», pero su experiencia india estará siempre tanto en su arte como en sus experiencias psicodélicas, ampliamente documentadas. La experiencia con psicoactivos proporciona dos enseñanzas fundamentales: por un lado, la muerte del ego, a cuya descomposición asiste horrorizado el psiconauta; por otro, la unidad de todas las cosas. Ambos aspectos son esenciales en el pensamiento hindú, y no sería muy atrevido decir que de la mayoría de las sociedades indígenas.
¿Qué distingue la filosofía india del resto de las filosofías del mundo, incluidas las del Lejano Oriente? Diría que la distinción entre mente y consciencia. Para ser más precisos, la posibilidad de distinguirlas y separarlas. La mente en la India no es una propiedad de la materia. Mente y materia forman un continuo. Y la mente se encuentra en un nivel ontológico superior al de la materia, que puede entenderse como un sedimento de la actividad mental. La mente se crea un cuerpo, dirá después Leibniz. Pero lo decisivo no es esto. Lo decisivo es que la consciencia no es una propiedad de la mente ni de la materia. La consciencia no solo no emana del cerebro, como consideran las corrientes dominantes de la neurociencia actual, sino que disfruta de una vida independiente a la vida mental. De hecho, la consciencia permite que haya vida mental y puede existir sin esta. Mientras que la mente depende de la consciencia para desarrollar su actividad representativa e ilusionante, la consciencia es independiente de la mente (aunque ambas existan en continuidad). La vivencia directa de la consciencia pura es la salida hacia lo Real. Eso que los hindúes llaman mokṣa, la «liberación definitiva».
En general, la filosofía occidental desde Descartes considera que la consciencia no existe como algo separado de los objetos representados en ella. Es decir, el pensamiento occidental admite la realidad de la consciencia, pero no reconoce la posibilidad de experimentar una consciencia sin objetos. La consciencia va siempre acompañada de su objeto. De ahí que Husserl definiera su naturaleza como «intencional». El gran descubrimiento, o mejor, la gran aportación del pensamiento indio al pensamiento universal es la idea o aspiración (corroborada por sabios antiguos y modernos) de que la consciencia puede experimentarse en estado puro, es decir, desprovista de objetos e intenciones, desprovista del sujeto. Y de que esa consciencia pura es el fundamento de lo Real. Lo que llamamos «individuo», «mundo» o «Dios» no son sino representaciones de la actividad mental (de la mente del mundo). Y esa actividad mental, aunque solo es posible gracias a la luminosidad de la consciencia, no debe identificarse con ella. Distinguir la mente de la consciencia, aislar la consciencia en su pureza, es el objetivo último de la sabiduría india. Un objetivo solo accesible a un número ínfimo de sabios: aquellos que han trazado los diversos mapas de acceso a dicha experiencia, de acuerdo con los diversos temperamentos con los que se expresa la condición humana.
El nirvikalpa samādhi es para el vedānta la realización suprema, el grado máximo de identificación o participación de lo divino. Entonces, y solo entonces, se cumple eso que nos suena tan vanidoso de «yo soy bráhman» (ahaṃ brahmāsmi), la célebre frase de las upaniṣad. Quien habla del nirvikalpa sin haberlo probado es un necio o un charlatán. Los que nos encontramos todavía lejos de ese estado hemos de conformarnos con la meditación soleada (de la que nos ocuparemos en los capítulos finales).


Tres son los actores de la representación cósmica: consciencia, mente y cuerpo. La consciencia, una y vacía, es cósmica. De ella participan todos los seres. La mente se extiende a lo largo y ancho del universo y se arremolina dando forma a infinitos cuerpos. Cada individuo, cada organismo psicofísico, es el centro del mundo y descansa sobre el fundamento sólido de una consciencia inmaterial. Esa es la presencia del origen (a – tman) de la que habla este libro. Los seres son la expresión de la consciencia original, que ha deseado manifestarse y vivir la aventura de la diversidad a través de diferentes mentes y cuerpos. Consciencia, mente y cuerpo forman una unidad indisoluble, un continuo dinámico en perpetua transformación que llamamos «evolución cósmica» y cuya creatividad solo es posible gracias a la presencia del origen en cada célula, en cada átomo del universo.
El universo es el conocimiento que se conoce a sí mismo. Dios no es el creador del universo, sino su único actor, el único obrero (bráhman). Vive el universo a través de todos los seres (y entonces se lo llama a – tman). Cada ser vivo oculta un brillo, una semilla de eternidad, propensa tanto a la luz como a las tinieblas. Para acceder a lo Real, el individuo debe recorrer el camino inverso al de la manifestación cósmica: del cuerpo a la mente y, de esta, haciéndola diáfana, a la consciencia. Ese es el itinerario del conocimiento genuino, la « solución india » . Un legado universal que la India ofreció al mundo.
Juan Arnau, astrofísico y filósofo, especialista en el pensamiento oriental, ha sido investigador en las universidades de Míchigan, Benarés y Barcelona, y en la actualidad lo es de la Universidad Complutense de Madrid. Defensor del humanismo en la era de la distracción tecnológica, ha escrito, entre otros libros, Manual de filosofía portátil (Premio de la Crítica Valenciana y finalista del Premio Nacional de Ensayo en el 2015), La fuga de Dios , La meditación soleada y Materia que respira luz. Para Atalanta ha traducido del sánscrito la Bhagavadgī t a – y las Upanis . ad. www.atalantaweb.com
