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El Sol 2026 No. 1 Ana Lydia Vega Entre la antillanía literaria y el soneo caribeño

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Revista El Sol

ISSN 2372-9635-Print

ISSN 2372-9643-Online

Año 2026 – Núm. 1

Revista Escolar de Puerto Rico -1917-1933

Revista de la Asociación de Maestros-1942-1965

Periódico/Revista El Sol-1956

La revista El Sol es una publicación profesional y cultural fundada por la Asociación de Maestros de Puerto Rico (AMPR) en 1956, con una tradición centenaria, dirigida a los profesionales de la educación y subvencionada con las cuotas de los socios. Está rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación, la recopilación en sistema informático, la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, por registro o por otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de la AMPR. La Junta Editora y la AMPR no se responzabilizan por las expresiones emitidas por los autores.

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La Revista El Sol es un medio de comunicación, diálogo y divulgación de los hallazgos de investigaciones recientes y prácticas educativas publicadas por la Asociación de Maestros de Puerto Rico (AMPR), que promueve políticas públicas e iniciativas que adelanten las causas de la educación pública. Los trabajos recibidos son evaluados por la Junta Editorial, seleccionando los que cumplen con los requisitos de publicación.

Los trabajos de investigación deben ser inéditos, estar redactados en un lenguaje claro y reflejar el tipo de artículo que presenta, sea un informe de investigación, una reflexión investigativa, de revisión o un avance de investigación. No excederán las ocho páginas a doble espacio, en tipo de letra Times New Roman 12, siguiendo las normas internacionales de la American Psychological Association (APA), 7ma edición (www. apastyle.org). Pueden incluirse fotografías, diagramas, dibujos o cualquier otro material de ilustración. El autor debe contar con las autorizaciones para utilizar las mismas.

La forma y presentación del artículo debe contener lo siguiente: título del trabajo, el nombre del autor(es), una introducción, el desarrollo coherente del cuerpo, las conclusiones finales o cierre y las referencias bibliográficas. Los trabajos de divulgación (prácticas educativas y reseñas) deben ser inéditos. No excederán las seis páginas, siguiendo el formato antes mencionado.

El Sol no publicará trabajos que incluyan secciones que hayan sido previamente publicadas y que hayan sido tomadas de otros autores sin su autorización y sin haberlos citado. El autor interesado en someter una colaboración a El Sol debe enviar su trabajo en original, con su nombre, dirección y teléfono al correo electrónico: revistas@amprnet.org.

Nota: la foto de portada es una obra de Antonio Martorell.

El por qué de esta edición..................................................................................................................................4

Ana Helvia Quintero

Mejoramiento Educativo

Carta de presentación..........................................................................................................................................5

Ana Lydia Vega

Ana Lydia: Un boceto............................................................................................................................................9

Antonio Martorell

Si la memoria no me falla: Breves líneas acerca de Ana Lydia Vega............................................................ .10

Magali García Ramis

Ana Lydia Vega y la poesía.................................................................................................................................13

José Luis Vega

Ana Lydia Vega: Un retrato de Sosquín............................................................................................................

Vanessa Droz

Esperando a los guares: Crónica en remojo para abuelos en vilo .................................................................22

Mayra Montero..

Ana Lydia Vega: Voz narrativa que brilla en la Fiesta de la Lengua...............................................................25

Carmen Yarelli Morales

Lo que hizo Ana Lydia Vega por mí, sin ella saberlo........................................................................................29

Jean Carlos Villegas Cruz

Mirada de doble filo de Ana Lydia Vega: Trompe l’oeil puertorriqueño........................................................31

Carmen I. Pérez Marín, Ph.D.

La representación de la violencia y la criminalidad en la narrativa de Ana Lydia Vega..............................36

Laura E. Crespo González

Pulseo, treguas y otras hazañas con el idioma................................................................................................42

Omar A. Ortiz Cruz

Estrategias historicidas de Ana Lydia Vega en el cuento “Un domingo de Lilianne”...................................46

Carol B. Roche Burgos

De Ana Lydia Vega a Kinitra Brooks: Ironía y conjuro del afrofeminismo desde el Caribe.........................49

Dra. Waleska V. Castillo Crespo

El universo narrativo de Ana Lydia Vega: Herramienta indispensable en las instituciones educativas para la transvaloración africana en la identidad puertorriqueña.............................................54

Limaris Ramos Murphy

Propuesta para una lectura viva de los textos de Ana Lydia Vega................................................................58

India C. Bobonis-Pastrana

El baúl de Miss Florence: Memoria, cuerpo y poder colonial en la narrativa de Ana Lydia Vega...............63

Allison M. Torres Matos

Sinfonía del Desarraigo: El contrapunto entre La Mer de Debussy...............................................................68 y la poética de la ironía en Encancaranublado de Ana Lydia Vega

Dra. Leticia Franqui Rosario

Crucero Caribe: Cuentos selectos. México: Publicaciones de la Universidad Autónoma Metropolitana..........73

Víctor Hernández Rivera

Síntesis del Conversatorio, celebrado el 10 de abril en el Parque de las Ciencias en Bayamón, sobre la obra y el legado de Ana Lydia Vega..............................................................75

Caridad Sorondo

Daisy Algarín Ramos, ¡A celebrar su vida!........................................................................................................77

Víctor Hernández Rivera

Ana Helvia

Ph.D. - Presidenta Prof. Víctor Hernández Rivera

Prof. Caridad Sorondo

José Luis Vargas Vargas, Ed.D. Madeliz Gutiérrez Ortiz, Ph.D. - Editora y Transcriptora Asociación de Maestros de Puerto Rico

Presidente: Prof. Víctor M. Bonilla Sánchez Vicepresidente: Dr. Raúl González Colón Diseño y producción gráfica: Marangely Nieves Quiñones

Junta Editora
Quintero,
In Memoriam
Reseñas

Este número de la revista El Sol está dedicado a la reconocida escritora puertorriqueña Ana Lydia Vega. Con ello, nos unimos al homenaje que el Departamento de Educación de Puerto Rico también le ha conferido a la reconocida escritora, en la Celebración de la Fiesta de la Lengua del 2026. Distingue su portada, una obra del maestro Antonio Martorell, que expone su ingenio creativo y que honra a la Junta editora. Los escritos que le siguen se dividen en tres partes: los que conciernen a la persona de Ana Lydia Vega; los que abordan su obra; dos reseñas y un In Memoriam.

Los artículos que conforman la primera parte de la revista son: Ana Lydia: Un Boceto por Antonio Martorell; le siguen Si la memoria no me falla. Breves líneas acerca de Ana Lydia Vega por Magali García Ramis; Ana Lydia Vega y la poesía por José Luis Vega; Ana Lydia Vega: Un retrato de sosquín por Vanessa Droz. Finalmente, Mayra Montero comparte Esperando a los guares: Crónica en remojo para abuelos en vilo. Cierra este espacio, un cometario de Juan Antonio Ramos.

La segunda parte de la revista contiene los artículos: Ana Lydia Vega: Voz narrativa que brilla en la Fiesta de la Lengua por Carmen Yarelli Morales. Le sigue Lo que hizo Ana Lydia Vega por mí, sin ella saberlo del autor Jean Carlos Villegas Cruz. Continúa Mirada de doble filo de Ana Lydia Vega: Trompe l’oeil puertorriqueño por Carmen I. Pérez Marín. También se unen, La representación de la violencia y la criminalidad en la narrativa de Ana Lydia Vega por Laura E. Crespo González. Pulseo, treguas y otras hazañas con el idioma por Omar A. Ortiz Cruz; Estrategias historicidad de Ana Lydia Vega en el cuento “Un domingo de Lillianne” por Carol B. Roche Burgos; De Ana Lydia Vega a Kinitra Brooks: Ironía y conjuro del afrofeminismo desde el Caribe por Waleska V. Castillo Crespo; El

universo narrativo de Ana Lydia Vega: Herramienta indispensable en las instituciones educativas para el forjamiento de la identidad puertorriqueña por Limaris Ramos Murphy; Propuesta para una lectura viva de los textos de Ana Lydia Vega por India C. Bobonis Pastrana; El baúl de Miss Florence: Memoria, cuerpo y poder colonial en la narrativa de Ana Lydia Vega por Allison M. Torres Matos; y cierra este espacio, el artículo Sinfonía del Desarraigo: El contrapunto entre La Mer de Debussy y la poética de la ironía en Encancaranublado de Ana Lydia Vega por Leticia Frank. En la última parte de la revista se expone la primera reseña del profesor Víctor Hernández Rivera que se centra en el libro titulado: Crucero Caribe: cuentos selectos. México: Publicaciones de la Universidad Autónoma Metropolitana (2025), que es la obra más reciente de Vega. La segunda reseña es una síntesis que elabora Caridad Sorondo sobre el Conversatorio celebrado en el Parque de las Ciencias el 10 de abril del presente año. Finalmente, cierra la revista con un In Memoriam celebrando la vida y trayectoria profesional de Daisy Algarín Ramos, también de la autoría de Victor Hernández Rivera. Agradecemos a todos los autores por su valiosa aportación al homenaje que en vida le otorgamos a la polifacética escritora, Ana Lydia Vega.

CARTA DE PRESENTACIÓN*

Estimados y admirados colegas en la educación:

Aquí Ana Lydia, la hija menor de doña Ana y don Virgilio, la santurcina de la calle Feria, la riopedrense de Santa Rita. Aunque nací y me crié en la parada 20 de Santurce y llevo 48 años viviendo en Río Piedras, puedo afirmar con orgullo que soy producto biológico del sur de Puerto Rico.

En el pueblo costero de Arroyo, nació mi madre, Ana María, mejor conocida como Misis Santana, la primera mujer arroyana en completar, en 1930, (con el apoyo de mi abuela y contra la voluntad de mi abuelo) un Bachillerato en Educación en la Universidad de Puerto Rico. De una genuina vocación pedagógica, fue maestra y principal de escuelas públicas hasta después de su retiro. De las montañas de Coamo, salió mi padre, Virgilio Vega, un jíbaro poeta del Barrio Pulguillas y un autodidacta admirable. Como no pudo ir a la escuela por tener que trabajar desde niño en los cafetales para alimentar a sus hermanos, aprendió por su cuenta, ya en la adolescencia, a leer y a escribir con la ayuda de una vecina maestra. Tenía una sed insaciable de conocimiento y una verdadera pasión por la lectura y la escritura. Leía un libro cada vez que podía y escribía en papel rayado unas décimas bellísimas con una letra esmerada y un estilo impecable.

Sucede y acontece que la arroyana y el coameño se conocieron en un carro público en ruta hacia Río Piedras. Ana María abordó en la plaza de Guayama y, en una parada que hizo el chofer en el “Aquí me quedo” de la carretera de Cayey, se montó Virgilio, quien quedó flechado al instante por la guapa y simpática pasajera que tenía a su lado. Tanto así que se bajó en Caguas a comprarle una caja de dulces. El cuento de ese encuentro inesperado tuvo un final de novela: se ennoviaron y se casaron (sin el visto bueno de mis abuelos) y emigraron juntos, como tantos puertorriqueños de aquella época, a la tierra prometida de San Juan.

Como no somos una sino tantas cosas en la vida, soy también la sobrina de Titi Irma, la otra Misis Santana, la que ejerció como maestra y orientadora vocacional en la escuela superior de Guayama. Titi Irma presidía un círculo de maestras espiritistas. Si alguien se atrevía a insinuar que estaban “brujeando”, ella le aclaraba con firmeza que practicaban el espiritualismo científico y filosófico de Allan Kardec. Durante las sesiones que pude espiar, yo observaba fascinada la prodigiosa transformación escénica de las médiums que prestaban sus voces a los espíritus. Un gran taller literario.

Ana Lydia Vega

A las dos Misis Santana de Arroyo, se sumó más tarde una de mis hermanas, Minín Vega. Enseñó ciencia, matemática y economía doméstica en múltiples escuelas de Cayey. Con semejantes precursoras, a nadie le sorprendió mi preferencia por una carrera magisterial. Fui profesora de francés y de literatura del Caribe por 32 años en el recinto riopedrense de la Universidad de Puerto Rico. Me casé con el también profesor y escritor Robert Villanúa, un francés que lleva más de 50 años en Puerto Rico habla un español perfecto y se define a sí mismo como “francorriqueño”. Y tuvimos a Lolita Villanúa, la más maravillosa de todas las hijas del planeta, la galaxia y el universo (y créanme que soy objetiva). ¿Adivinan su profesión? Pues claro, profesora; de portugués, por cierto. Dirige el Departamento de Lenguas Extranjeras de la UPR, además de ser la directora de la compañía y escuela de baile Andanza. No vayan a creer que mi genuina devoción por el magisterio surge sólo de la tradición familiar. Ese factor es clave, pero no es el único. Algunas de mis vivencias más entrañables como alumna escolar tuvieron por protagonistas a tres maestras de español. Para ponerlos en contexto, les cuento que estudié en un colegio católico de monjas americanas en el corazón de Santurce. Allí todas las clases se daban en “el difícil” (o sea, en inglés) excepto, por supuesto, la de español. Aquella decisión de mis padres, quienes, como todos los padres, se sacrificaban para asegurar el porvenir de sus hijos, tuvo un lado positivo y otro muy negativo.

Lo positivo fue que, tras doce años de escolarización en inglés, aprendí, mal que bien, a defenderme en la lengua de Shakespeare y a descubrir las literaturas de Estados Unidos y de Inglaterra. Muchas de las monjas eran descendientes de familias irlandesas-americanas y nos enseñaban canciones que glorificaban a Irlanda y fustigaban al imperialismo británico. Las coreábamos cada 17 de marzo, día de San Patricio, patrono de Irlanda. Todavía me quedan algunas en la memoria.

Lo negativo tuvo dos aspectos. El primero: que, con el inglés como lengua exclusiva de la enseñanza general, se les complicaba innecesariamente a los alumnos la comprensión y la asimilación de materias tan complejas como la gramática, la ciencia y las matemáticas. Y el segundo: que, desde el primero hasta el sexto grado, ni los libros de texto ni el currículo incluían nada relativo a la historia y la cultura de Puerto Rico. Mientras cantábamos loas a la grandeza de los Estados Unidos y a la independencia de Irlanda, se tendía un espeso manto de silencio sobre las realidades de nuestra patria.

Conclusión que uno se graduaba del colegio con un manejo más o menos pasable del inglés, con un vocabulario de estudios muy limitado en español y con un enorme vacío intelectual en los temas relativos a nuestro país. Ah, pero aquí es que intervienen las tres heroínas de esta pequeña crónica escolar: mis tres inolvidables maestras de español.

La primera fue Misis Sáez, quien me enseñó a leer en mi lengua materna. Su misión no era fácil puesto que, simultáneamente, los niños estábamos, a duras penas, aprendiendo a leer en “el difícil”. La confusión, que era inevitable, ralentizaba y obstaculizaba el proceso de aprendizaje. La sapiencia y la paciencia de Misis Sáez lograron que aquel revoltillo lingüístico fuera un poco menos angustioso. Por suerte, pude contar con el apoyo de mi maestra residente, Misis Santana, quien me traía libros de la biblioteca de la Escuela Asenjo de Barrio Obrero para motivarme a aprender a leer en español.

La segunda de las inolvidables fue mi maestra de séptimo grado. Respondía al mágico nombre de Ana América Betances. Con ella como guía entusiasta, hizo su entrada triunfal en nuestras vidas la literatura de Puerto Rico. Recuerdo que el libro asignado era la Antología puertorriqueña: prosa y verso de Manuel Fernández Juncos, un verdadero tesoro de obras de los principales autores del siglo 19. Miss Betances nos transmitía su amor por nuestras letras celebrando recitales de poemas que debíamos memorizar y declamar con el debido dramatismo. En una ocasión, me tocó “A Puerto Rico: Regreso”, en el que José Gautier Benítez contempla las bellezas de la isla desde el barco que lo trae de España. Es aquel que comienza:

Por fin, corazón, por fin, alienta con la esperanza, que, entre nubes de carmín, del horizonte al confín, ya mi tierra a ver se alcanza.

Me emocioné tanto declamándolo que se me quebró la voz y se me saltaron las lágrimas. Enseguida, Miss Betances se me acercó. Yo pensaba que iba a regañarme, pero me dio un vigoroso abrazo de felicitación por haberle comunicado a la clase la emotividad del poema. La tercera maestra de español de aquel trío memorable fue la de octavo grado. Su nombre también era mágico: Ana Mercedes Palés. Su padre era nada menos que nuestro gran poeta guayamés, Luis Palés Matos. La señorita Palés (ella nos prohibía que le dijéramos Miss Palés) se dedicó a seguir cultivando en nosotros la semilla naciente de la puertorriqueñidad. Era actriz y declamadora y nos hacía leer en voz alta pasajes extraordinarios de literatura puertorriqueña, hispanoamericana y española para disfrutarlos y comentarlos juntos. Igual nos pedía que dramatizáramos escenas de las lecturas asignadas. A mí me encantaba todo eso y, en su clase, siempre tenía la mano en alto.

Bueno y, por fin, corazón, por fin, como dijo Gautier Benítez al llegar a su patria, llegué yo a mi patria intelectual, la Universidad de Puerto Rico. Durante el primer año, emprendí la ardua y a la vez gozosa aventura de enriquecer y fortalecer mi español formal en los variados cursos de Estudios Generales. Confieso que me la pasaba verificando en el diccionario el significado o la ortografía de términos que conocía en inglés, pero no en mi propia lengua. Estaba experimentando en carne propia el trauma pedagógico que representó la marginación del español como idioma de estudios en la casi totalidad de las materias escolares.

En el curso de Español Básico, me tocó una profesora ocurrente y cariñosa quien también ostentaba un nombre mágico de prócer: Carmen Muñiz de Barbosa. Nada de misis ni de señora con ella: había que decirle “doña”, como se acostumbraba a nombrar, en aquellos tiempos, a las profesoras de Estudios Hispánicos. A doña Carmen le debo mi debut público como escritora. Fue ella, quien, al devolverme con una grandiosa A una composición que yo había escrito para su clase, me animó a participar en el certamen literario del Departamento de Español. Para mi gran asombro, mi cuento, titulado “Freud y yo” ganó premio. Lo mejor de todo fue quien me lo entregó: el entonces profesor principiante Luis Rafael Sánchez.

Espero que estas breves anécdotas les hayan dado una idea de las razones por las que tanto aprecio y admiro a los maestros y, en particular, a los de español. A esas razones personales, se añade otra, de índole histórica. Como todos sabemos, durante la primera mitad del siglo 20, se impuso aquí el inglés como lengua de la escolarización pública. Los cuentos de Abelardo Díaz Alfaro documentan, con humor y agudeza, aquellos tiempos tristes. Sin el valor, el patriotismo, la tenacidad y la resistencia de nuestros maestros, estoy segura de que no se habría logrado colocar al idioma nacional de los puertorriqueños en su merecido sitial como vehículo oficial de la enseñanza. Cuenta la doctora Aida Negrón de Montilla en su libro La americanización de Puerto Rico y el sistema de Instrucción pública que, el día del trascendental anuncio, los maestros se subieron a los pupitres a dar vivas y a llorar de alegría. Por eso y por tantísimo más, los docentes de español, custodios amorosos de nuestra lengua, son héroes y heroínas de nuestra cultura. Imposible omitir de este recuento un aspecto importantísimo de mi evolución como escritora: El español popular puertorriqueño que heredé de doña Ana y don Virgilio ocupa un lugar de privilegio en mi trabajo literario. Ese hablar sabroso en el que se mezclan inflexiones canarias, andaluzas, indígenas y africanas, ese ingenio verbal chispeante que inventamos y reinventamos en la casa y en la calle, en el trabajo y en la fiesta, en la montaña y en la costa, en la isla, en la losa y hasta en la emigración, nadie jamás ni nunca nos lo podrá quitar.

Quisiera terminar esta carta con dos décimas de mi papá, Virgilio Vega Meléndez. La primera, “A mis hijos”, rememora las vicisitudes de su infancia. La segunda, titulada “Ausencia”, es un poema de amor a mi mamá en el que Papá refuta con gracia un verso famoso del poeta español Ramón de Campoamor.

A MIS HIJOS

Hijos míos, la vida es dura para quien pobre nació y en su niñez sólo vio desamparo y amargura. Senda escabrosa y oscura, calle estrecha y sin salida, cuesta empinada y torcida bordeando siempre el abismo. Hoy no comprendo yo mismo cómo evité la caída.

AUSENCIA

Dijo Ramón Campoamor que, conforme a su experiencia, es un bálsamo la ausencia que cura males de amor. Yo diría que aquel señor de amores nada sabía.

¿Cómo se le ocurriría a un hombre tal necedad? Si mientras más lejos vas, más grande es la pena mía.

Queridos colegas, gracias infinitas por su apoyo, su generosidad, su paciencia y su atención.

Con un gran abrazo colectivo, se despide su fiel fan,

Ana Lydia

*Texto leído el 21 de agosto de 2025 ante los facilitadores del Programa de Español del Departamento de Educación.

ANA LYDIA: Un boceto

Antes que ella, llega su voz que suena a sonrisa. Poco después, la carcajada demanda un eco inmediato y placentero pues anuncia la fiesta en compañía.

Asoma entonces la mirada tan intensa que hace desaparecer los espejuelos donde nos vemos reflejados sonrientes. La valiente nariz se adelanta olfateando la presa de su encanto mientras sacude coqueta la melena abanicando el aire perfumado.

Los labios, de un carmín profundo, se abren en grande para lucir dientes y lengua en danza parlanchina solicitando preguntas y respuestas que no tienen fin.

El cuerpo corresponde a la cabeza al cimbrear torso y hombros en contrapunto al caderamen zigzagueante. Toda ella es lenguaje invitando correspondencia, la palabra que no acepta el silencio.

Tal como en sus escritos, Ana Lydia Vega provoca la comunicación de modo irrenunciable. Hay que lidiar con Ana tanto en persona como en palabra.

Antonio Martorell Taller de La Playa 22 de enero de 2026

SI LA MEMORIA NO ME FALLA:

Breves líneas acerca de Ana Lydia Vega

Magali García Ramis

En enero de 1953, comenzando el segundo semestre de mi primer grado, una aparición fortuita se me presentó en un pasillo de la Academia del Sagrado Corazón en Santurce. Una niña que no había estado durante el primer semestre, y que se había unido a mi grupo, caminaba sola a la hora del recreo. De inmediato la abordé. Mi compulsiva manera de procesar reglas y procedimientos no me permitía ignorar la relación que ella pudiese tener con mi clase de unos veintitantos estudiantes, cuyos nombres y apellidos yo podía recitar de memoria, luego de escucharlos por meses todos los días cuando Sister Carol pasaba lista. Yo había notado que una niña

no había vuelto de vacaciones, y me aventuré a asociar su ausencia con la llegada de ésta. Así que, entrometida, me le acerqué y, si mal no recuerdo, pregunté: -¿Quién eres tú?- Acto seguido le dije que una nena no había regresado luego de las Navidades. Y entonces ella me contestó con mucha naturalidad: -Yo soy esa misma niña, lo que pasa es que ahora me veo así-.

Yo quedé asombrada. ¿Esta niña con ojos negros, pelo oscuro y recorte de paje a lo Príncipe

Valiente de los cómics era la misma que a mi mejor recuerdo tenía pelo más largo marrón y quizás ojos castaños? ¿Uno podía convertirse en otro? Pues de inmediato le creí, y por algún tiempo me pareció

plausible. ¿Cómo no? Al igual que cualquier niño de las sociedades occidentales de la posguerra, yo vivía rodeada de personajes mágicos, capaces de romper con las leyes de gravedad, como Superman, que podía volar, o de llevar a cabo milagros incomprensibles para la Humanidad, pero perfectamente creíbles para los que teníamos fe, en asuntos como que media docena de angelitos transportaran en hombros, por los cielos, la casa de la Virgen María desde Judea a Loretto, Italia. Yo creía en los encantamientos, y ella, ya los practicaba. Supe entonces que se llamaba Ana Lydia Vega, y hasta el sol de hoy me doy cuenta de que ese fue mi primer encuentro con la magia viva, con el hechizo que conjuran quienes nacen para fabular.

Ambas continuamos asistiendo a esa escuela, tomamos clase juntas en salones de segundo, tercero, cuarto y quinto grados, con maestras buenas, magníficas o crueles a quienes recordamos con mucho detalle. Sin embargo, no tengo un solo recuerdo de Ana Lydia durante ninguno de los otros años.

Al llegar a sexto, a mí me cambiaron de colegio, y no volví a saber de ella hasta que, andando por los pasillos de la Facultad de Humanidades unos años más tarde, oí a algunos estudiantes citando cosas geniales que ella decía, o entonando canciones con

letras satíricas que había compuesto, la estudiante de francés llamada Ana Lydia Vega. Para entonces, yo estaba en la carrera de Historia, y nunca coincidimos en clases. Un día escuché una algarabía en un salón de actos, y alguien mencionó que se estaban dando los premios de literatura de un certamen en el que había concursado Ana Lydia, pero yo estaba totalmente ajena a las actividades estudiantiles; para esos años había comenzado a trabajar como reportera del diario El Mundo, y trataba de terminar mi bachillerato.

Al poco tiempo, comenzando la convulsa década de los 1970, por razones que desconozco, me dio con concursar en el certamen literario del Ateneo Puertorriqueño y me llevé el Premio de Cuento. Todavía no sabía nada del mundo literario y resulta que a los ganadores de premios les tocaba ser jurado el próximo año. Así fue como participé del proceso que premió a Ana Lydia por su cuento “Pollito chicken”. Pero aún no la trataba. Nuestras vidas, hasta entonces, habían sido paralelas. De pequeñas vivimos a 8 cuadras de distancia, pero nunca una vio la casa de la otra. La de ella estaba en la calle Feria, más abajo de la avenida Fernández Juncos; la mía en la Robles, más arriba de la avenida Ponce de León. Estudiamos en la misma facultad universitaria y nos graduamos el mismo año, pero nunca compartimos nada. Nos fuimos a estudiar maestrías fuera de la isla; ella a París, yo a Nueva York. Más tarde cursamos doctorados; ella terminó el suyo con honores, yo todavía pienso en la tesis. Y cuando comenzamos a escribir narrativa, los estudiosos de literatura publicaban cuentos nuestros en antologías pero nuestros mundos apenas coincidían. A veces

De izquierda a derecha: Magali García Ramis, Rosa Luis Márquez y Carmen Lugo Filippi.

ANA LYDIA VEGA

y la Poesía

éramos invitadas a la vez a alguna mesa redonda de esas que siempre son rectangulares, y las dos obtuvimos plazas en el recinto de Río Piedras de la UPR, ella en Lenguas y Literatura, yo en la Escuela de Comunicación. Todo auguraba que continuaríamos con nuestras vidas paralelas, dándonos breves saludos de esos que uno da a quien labora cerca de uno, pero no es de uno. Pero en algún momento, quizás nos encontramos luego de una conferencia, y yo acababa de leer una de esas columnas revestidas de su humor inigualable o de su denuncia certera; o uno de esos cuentos que ella urde con ese idioma depurado y su privilegiada imaginación, y nos pusimos a hablar, y, si la memoria no me falla, con las palabras nos hicimos amigas.

Así conocí poco a poco de su vocación por la enseñanza, que le hizo legendaria entre varias generaciones de alumnos, y viví junto a ella los avatares de los encuentros literarios en el extranjero, las falsas lealtades de algunas

editoriales, las exigencias con que nos atizan a las mujeres literatas de una colonia, el placer de las amanecidas llorando de risa con sus ocurrencias luego de unas lecturas en público, su amor incondicional por algunos literatos, comenzando por Lord Byron, su entrega absoluta y seria a la creación literaria, y su inalterable pasión por el país que nos tocó.

Si la memoria no me falla, conocí a Ana Lydia Vega a los seis años cuando ella me dijo algo absolutamente imposible de creer, y yo, le creí. Ahora, tantos decenios después, ella aún me cuenta a veces hechos inverosímiles y yo, todavía le creo.

Algunos recuerdos remotos van cobrando, con el tiempo, la misma calidad de los sueños persistentes y recurrentes. Cierta incertidumbre creciente sobre su realidad los acompaña. ¿Cuánto tienen de verdad, cuánto de invento? ¿Ocurrieron los hechos? Y si ocurrieron, ¿lo hicieron tal como persisten en nuestra memoria o se componen de fragmentos evanescentes cuyos vacíos la imaginación rellena? Todos tenemos, me parece, una buena dosis de recuerdos remotos, pero esas imágenes que oscilan entre lo onírico y lo histórico son frecuentes entre los que hemos tenido la buena fortuna de haber vivido más. Y digo “buena”, sin resabio, apoyándome en la autoridad de la poesía y en la de César Vallejo que escribió: “Me gustaría vivir siempre, así fuese de barriga”.

Uno de mis recuerdos ambiguos y lejanos sucede en la década de los años sesenta del siglo pasado, hacia 1965 o 1966, quizás. No es la primera vez que lo evoco. Soy estudiante novato en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, que era entonces algo así como la Universidad, por antonomasia. Estoy sentado en el antiguo Anfiteatro de Estudios Generales, hoy Julia de Burgos, a donde los prepas acudíamos en sesiones diurnas a escuchar las conferencias que complementaban los cursos básicos de Ciencias y Humanidades, que el viento se llevó y por la noche a ver las películas, casi siempre italianas, de los ciclos de cine de arte, que el viento también arrastró consigo.

De izquierda a derecha: la Dra. India Bobonis Pastrana, la cineasta y educadora Caridad Sorondo, el Dr. José Luis Vega poeta y director de la Academia de la Lengua en Puerto Rico, la escritora Ana Lydia Vega y su hija Lolita Villanua Vega.
De izquierda a derecha: Magali García Ramis, Ana Lydia Vega, Wico y Olga.

Al Anfiteatro acudíamos, en ocasiones especiales, a escuchar la conferencia de algún profesor visitante o a la representación ocasional de una obra de teatro. Pero en el recuerdo remoto al que me refiero, aparezco sentado en aquella aula porque se van a anunciar los nombres de los ganadores de un certamen literario estudiantil. Aquí la memoria pierdo, como dijo el bardo. No recuerdo si había presentado a concurso algún poema adolescente y albergaba la esperanza ilusa de un premio o mención o si, sospechando mi infortunio, había acudido sólo por la curiosidad de ver las caras de los ganadores para envidiarlos y constatar que en aquel recinto universitario había otros que, como yo, escribían en secreto. La imagen más vívida de aquel recuerdo es la de la estudiante que recibió el primer premio de cuento. Flota en la bruma remota su basta melena oscura rematada por un par de pantallas combativas que sostenían una sonrisa plena tras los cristales de alegres espejuelos. Tal vez leyó la pieza laureada, porque recuerdo el regocijo del público y las chispas del tímido desparpajo que emanaba de su personalidad y la cultivada irreverencia que, desde entonces, constituyen la marca de fábrica de su estilo literario y de su personalidad. Su nombre, Ana Lydia, y su apellido, para colmo, Vega. Recientemente, sesenta años después, tuve el inesperado privilegio de escucharla evocar aquel día de entrega de premios literarios estudiantiles y me percaté de que para ella, la ocasión también es un remoto recuerdo, sin duda, más fiel a la verdad que el mío. Escuchándola supe (o recordé) que el cuento premiado se titulaba “Freud y yo”, aunque otras fuentes, no menos fidedignas, afirman que el título era “Yo, la Celestina”. Cuenta la premiada que quien entregó los galardones fue un joven profesor llamado Luis Rafael Sánchez, y que, tal vez, Edgardo Rodríguez Juliá, aunque opacado por la radiación de su competidora, también fue premiado.

Ahora sé que fui testigo de un rito de iniciación. Luis Rafael Sánchez, arúspice de la renovación de la palabra, ungía, sin saberlo, a dos nuevos escritores que se iniciaban en la búsqueda de sus propias voces. Sánchez, ya había escrito o estaba

puliendo los cuentos de En cuerpo de camisa, de la primera edición dominicana de 1966, que José Emilio González -¡qué falta nos hace su honestidad crítica!- catalogó como “una verdadera fiesta de la lengua” con la cual (y gloso a José Emilio) su autor levantaba bandera propia en el renacimiento de la narración breve en Puerto Rico; renacer del cual había sido precursor Emilio S. Belaval, con sus Cuentos para fomentar el turismo y que, veinte años antes de la publicación de En cuerpo de camisa, habían iniciado Abelardo Díaz Alfaro y José Luis González, seguidos ambos por la pléyade de René Marqués, Pedro Juan Soto y Emilio Díaz Valcárcel, entre otros.

A partir de aquel día seguí con atención y platónico interés la carrera literaria de aquella muchacha engafada de melena oscura y grandes pantallas. Todo fue como en las Vidas paralelas de Plutarco, uno de los textos que leí en aquella Universidad. Yo divagaba por los pasillos de la Facultad de Ciencias Sociales, ella, por los de la Facultad de Humanidades. Nuestros compinches literarios no fueron los mismos. Mi vida fue más local que la suya. Ella marchó a Francia, de donde volvió casada, como el José Martí de “La niña de Guatemala”. Yo me dediqué al verso, ella siguió puliendo su prosa magnífica. Creo, sin embargo, que algunas cosas nos unen, además del apellido: por ejemplo, la soterrada vocación literaria de nuestros padres por la poesía, el suyo componía e improvisaba décimas, el mío escribía y cantaba boleros y guarachas. Compartimos, aunque cada cual por su lado, la experiencia generacional de los intensos años de la década del setenta. Nuestras infancias transcurrieron en pleno Santurce, pero en suburbios distintos, sin coincidir nunca. Ella iba a la Academia del Sagrado Corazón, yo a la Escuela Superior Central. Pero sobre todo sospecho que nos une el respeto de ella hacia la poesía y mi devoción por los cuentos bien escritos. También creo que nos une nuestra condición de maestros, no en el sentido procero de la palabra, sino en el de maestros, y punto, maestros de salón de clases, de esos a los que les gusta enseñar.

En 1983 publiqué una antología de cuentos puertorriqueños titulada Reunión de espejos, que se niega a morir, supongo que para beneplácito del bolsillo del editor. El volumen abre con dos relatos de Luis Rafael Sánchez y cierra con dos de Ana Lydia Vega, como si el arco providencial que auguraba aquella entrega de premios estudiantiles a la que ya aludí, se hubiera cumplido. Todavía suscribo, a grosso modo, las decisiones de antólogo apresurado que tomé entonces, excepto porque en vez de trece cuentistas, hoy hubiera incluido solo a doce. En cuanto a Ana Lydia, mantengo lo que entonces escribí, e incurro, sin pudor, en el pecado de la autoglosa. Su escritura es un registro sabroso de la variedad dialectal puertorriqueña y antillana. Irrumpen y hacen fiesta en sus textos el habla urbana y popular puertorriqueña, la recreación de las formas del espanglish, la jerga del lumpen y un saludable porcentaje de plurilingüismo léxico, fonético y morfológico que le recuerda al lector puertorriqueño su olvidada condición de caribeño. Los relatos de Ana Lydia exploran la actualidad, la historia y la dimensión legendaria del mundo antillano, lo que inscribe su trabajo creativo en la casi solitaria tradición que Luis Palés Matos propuso para nuestras letras. Pero la voz narrativa de Ana Lydia Vega no es solo registro lingüístico, también es conciencia social y política activa, que nunca rinde la creatividad. Hoy releo “Cráneo de una noche de verano”, uno de los cuentos de Ana Lydia que incluí en Reunión de espejos, y me

parece que debiera ser lectura obligada para todos los puertorriqueños, particularmente para aquellos que aún se avergüenzan de la riqueza múltiple de nuestro español. Debiera ser también lectura obligada en cualquier improbable taller de escritura de “líricas” urbanas.

Me hubiera gustado escribir un ensayo amplio sobre Ana Lydia Vega, pero la ocasión y la premura solo me permiten esbozar estas líneas. Dejo anotado, para beneficio de futuros exégetas, su confesado respeto por la poesía, lo que no es frecuente entre narradores, excepto por algunas luminosas excepciones como Gabriel García Márquez, Luis Rafael Sánchez, Julio Cortázar y otros, como el propio Cervantes, que nombró a la poesía como “la gracia que no quiso darme el cielo”.

Tomo de una entrevista palabras de Ana Lydia Vega sobre su relación con la poesía. Advierto que el entrevistador pertenece a esa casta de entrevistadores que no pulen ni editan las palabras del entrevistado. Publican crudo el texto oral, tal como quedó grabado, sin atemperarlo a la forma escrita, lo que tiene sus pros y sus contras, entre los primeros, la conservación de la espontaneidad. Dijo entonces Ana Lydia: (…) a veces me han acusado de que para mí el estilo es más importante que el contenido y yo digo que sí, es verdad. Eso es cierto, yo lo trabajo mucho y de manera obsesiva, a veces estoy meses y años trabajando en cuentos porque hay palabras que no están bien, tienen que sonar bien y tiene que haber una rima interna, eso me preocupa mucho. Yo creo que esa preocupación viene, originalmente, de que mi vocación es poética más que de prosa. Originalmente yo escribía poesía y mi padre, que era un hombre sin ninguna educación formal, era un poeta popular de la improvisación de décimas que son tradicionales en Puerto Rico. (…) Así que desde pequeña estuve en contacto con Ia poesía popular y las décimas fueron lo primero que escribí por muchos años. En Puerto Rico hay poetas excelentes, hay una gran tradición poética y yo creo que siempre tuve miedo

José Luis Vega y Ana Lydia Vega

de publicar poesía porque pensaba que esa tradición poética era tan excelente que no me quería medir con ella. Pensando que era más humilde escribir en prosa empecé a escribir prosa, pero creo que en esa prosa integro todos los mecanismos de Ia poesía, que están bien presentes ahí: Ia condensación, el uso de símbolos, la rima, Ia sonoridad del lenguaje, la importancia de cómo se dice más de lo que se dice.

Las cursivas son de mi responsabilidad porque esbozan un aspecto importante de la poética de Ana Lydia Vega, entendiendo por “poética” el conjunto de reglas y preceptos necesarios para hacer algo. La poesía es un aspecto central en la poética del relato de Ana Lydia Vega. Cualquier segmento de prosa afortunada escrita por ella podría confirmar los dones poéticos de su escritura. Repárese en el primer párrafo del cuento “La otra maldad de Pateco”, un verdadero modelo de condensación. (Lo transcribo y resalto, de paso, las rimas internas).

Los Monteros eran dueños de un próspero ingenio azucarero. Veinticinco esclavos negros se estostuzaban de sol a sol para cebarle la panza y el bolsillo a la familia. La casona de los Monteros se alzaba cada vez más alta, blanca y orgullosa por encima de las guajanas (Vega, 1983, p. 107).

Basta un símbolo (la casona cada vez más alta de los Monteros) para denunciar la explotación y el sistema esclavista que imperó en las Antillas. Bastan tres oraciones precisas que cautivan al lector con la resonancia y la reverberación de sus rimas interiores. En la oración de engarce, la segunda, las palabras negros y panza remiten, respectivamente, a las series sonoras que las preceden (con rimas en las vocales e,o: Monteros, dueños, ingenio, azucarero, negros) y a las que las suceden (con rimas en a,a: panza, alzaba, alta, blanca, guajana). Y más podría añadirse sobre las cualidades poéticas del parrafito, si evocáramos la sombra olvidada de Roman Jakobson, como, por ejemplo, la semejanza metafórica entre “la panza” y “el bolsillo” de los Montero y el golpe al hígado semántico que la palabra “estostuzar” inflige a la denuncia con sus significados criollos: “castigar, explotar, golpear”.

Es solo un ejemplo de la importancia que Ana Lydia Vega, según su propia confesión, le atribuye al “cómo se dice” sobre el “qué se dice”. Creo que a esto se le solía llamar Arte, y también Poesía. La pregunta siempre se impone: ¿Pero la escritora estableció a propósito esos puentes sonorosos entre palabras y aplicó a conciencia la fórmula alquímica de la “condensación” del discurso? Tal vez sí, tal vez no. Pero en poesía la verdadera Musa no es la intención deliberada del poeta o la poeta, la verdadera Musa es la Lengua que le dicta al oído las palabras y le dice “quita aquí”, “pon allá”, “así suena mejor” y a la postre es Ella --la Musa, la Lengua-- quien de verdad guía la escritura. La Musa de Ana Lydia Vega, como la de Luis Rafael Sánchez, habla en puertorriqueño, pero no olvida nunca las resonancias ancestrales del idioma.

Sospecho que Ana Lydia Vega debe tener alguna carpeta con poemas inéditos, entre ellos las décimas que de muchacha escribió. Sospecho también que nunca los publicará, al menos mientras estemos de romería por este planeta. Una lástima, porque entre las espinelas y otras formas ceñidas se debe de sentir muy cómoda, no solo porque la décima fue la estrofa en que su padre improvisó y compuso, si no porque en las formas ceñidas y apretadas de la poesía la lengua del pueblo, su humor, sus guiños, su ironía, su irreverencia, pero también su dolor, caben muy bien.

Referencia

Vega, A. L. (1983). Otra maldad de Pateco. En Encancaranublado y otros cuentos de naufragio (pp. 105-113). Río Piedras: Editorial Antillana.

ANA LYDIA VEGA:

Un retrato de Sosquín

(cuatro tomas con flash y una coda)1

Mirar el cielo

Escribo estas líneas y comienzo por pedir disculpas a Ana Lydia Vega. En primer lugar, por las libertades que, en aras de la amistad, me tomaré. En segundo lugar, porque no se me hace fácil esto de escribir sobre alguien que todavía está vivo (siempre se me ha dado mejor escribir sobre los muertos, que no pueden quejarse ni hacer reclamaciones). Además, no quiero que piense que ésto es un anticipo de lo que viene temiendo Vega desde que se acerca su cumpleaños número 80: que, al igual que a otros familiares suyos, La Pelona venga a buscarla justo cuando cumpla las 8 décadas de vida en diciembre de este año. Justo también es que —en este punto precisamente— se diga que Ana Lydia Vega vino a deslumbrar. Yo no sé si nació, como se decía antes, “mirando al cielo” (lo que augura una vida llena de bondades y bienandanzas, según las parteras y las comadronas), pero de lo que sí puedo “dar fe” es de que nació bajo Sagitario, un signo de fuego con la honestidad como una de sus características principales, donde el fuego convierte a los signos bajo su poder en los más inspiradores del zodiaco. Por si eso fuera poco, Vega es ahora — según la astrología china— del signo del Perro, pero del Perro de Fuego (por los cambios esos que los chinos, siempre tan meticulosos, les hacen a las fechas de término de los años). Este signo encarna la lealtad y la honestidad, virtudes que, como

se puede ver, coinciden en ambos cuadrantes astrales. Quienes conocen a Ana Lydia Vega saben que ella —quien no repara en estos asuntillos intrascendentes— encarna las virtudes antes mencionadas; más aún si son ejercidas en el marco de la amistad profunda.

Lo jocoso no quita lo mordaz…

Lo jocoso no quita lo mordaz, al contrario, lo acentúa. Escribía yo recientemente sobre el extraordinario artista puertorriqueño José Rosa Castellanos2 en ocasión de un homenaje luego de su fallecimiento (no pienses, Ana Lydia, que voy por el camino de tus temores) que el humor que esgrime en su obra —tanto en la gráfica como en la pintura— constituye el recurso más eficaz para sacarnos el piso de debajo de los pies, para descolocarnos, para perturbarnos. No en balde son la ironía y el sarcasmo, parientes cercanos del humor, herramientas tan utilizadas en el campo de la política para desarmar, en medio de los debates, al enemigo.

Escribía yo: “José Rosa decide oponer al mundo, igualmente desapacible y perturbadora, su particular mirada, que es mucho más que humor: es una guasa subterránea, por lo bajo (aunque nos la ponga en primer plano), una sorna que requiere mayor complicidad por parte del espectador y que es posible porque compartimos los mismos códigos culturales, esas mismas

1. Trato de emular aquí, como un homenaje a su escritura, el estilo de titulación de Ana Lydia Vega.

2. Abril de 2025.

José Luis Vega

profundidades…”. Se trata de un humor corrosivo, mordaz, como excelente arma para jamaquearnos y contra la estulticia que invade nuestro país. Propongo que —en este sentido y durante las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI— son Ana Lydia Vega y José Rosa de un pájaro las dos alas; que Ana Lydia es a la literatura puertorriqueña lo que José Rosa a las artes plásticas. Como si eso no bastara, estoy convencida de que comparten otra característica: esa campechanía iluminada que “refiere a la fidelidad a sus raíces”, como ha dicho Arcadio Díaz Quiñones sobre José Rosa. Quien conoce o ha visto a Vega en sus intervenciones —ya sea en la esfera académica o en actividades literarias informales— puede dar fe de su espontaneidad y familiaridad, de su naturalidad y trato cordial. En tiempos de egos y narcisismos disfrazados de bonachonería, una personalidad, inteligencia y aportaciones como las de Ana Lydia Vega son de respetar y exigir en todos los ámbitos.

Hablar el mundo y las conversaciones turcas

Decía Hannah Arendt al hablar de la amistad entre los ciudadanos —la philia— (fundamentándose en Aristóteles) que ésta es uno de los requisitos fundamentales del bienestar de la ciudad. No obstante, continúa la teórica alemana, “para los griegos la esencia de la amistad consistía en el discurso; sostenían que sólo el continuado intercambio de palabras unía a los ciudadanos en las polis; que en el discurrir conjuntamente quedaban manifiestos la importancia política de la amistad y su peculiar humanidad. (…) Pues el mundo no es humano simplemente porque está hecho por seres humanos y no se vuelve humano puramente porque la voz humana resuene en él, sino sólo cuando se ha convertido en objeto de discurso.”

Seres afortunados los que contamos con amigos y amigas con quienes hablamos el mundo. Y si bien podemos hablar de esa mágica prolongación de la

amistad que es leer mutuamente textos literarios —más si están excelentemente escritos—, queda por sobre ello el diálogo real y humano, el de la palabra directa, ése que —ya sea por el encuentro real, por teléfono, por mensaje de texto o por las redes sociales— nos permite analizar tiempos difíciles para mejor poder sobrellevarlos, para resistirlos informados y acompañados, para cuidarnos gozando la conversación en el presente y apostando, siempre, a la conversación futura, a todas las utopías alcanzables.

Si, además del análisis literario, el examen fiero de la vida cotidiana, el desmontaje de los enredos culturales, el fortalecimiento de la guardia contra la corrupción política, el dolor y la esperanza por Puerto Rico, esa conversación incluye comentar con sumo rigor, pero también con entusiasmo travieso, con secreta confabulación y ansiedad expectante la telenovela turca del momento… demás está decir que esa amistad, construida sobre estas complicidades, no solo mantiene el mundo erguido y cuidado, sino también humanizado. He confirmado, a lo largo de la lectura por décadas de los textos de Ana Lydia Vega, su inteligencia, cultura y sagacidad, su maestría como narradora, su dominio del lenguaje y del género del cuento. Sin embargo, confieso que ha sido a través de estas conversaciones turcas en las que, fuera del marco del análisis académico, Ana Lydia Vega se “explaya” y me ha demostrado su astucia narrativa, algo que, a mí, en ese limbo poético en el que usualmente me ubico, se me escapa. Ante el anuncio de una verdad oculta por demasiado tiempo en la oscura y enrevesada historia de la telenovela, Vega anticipa cuál de los personajes —dados los rasgos construidos a lo largo de la trama— será quien suelte la bomba. Cuando le anticipo algún suceso que suena lógico en mi cabeza de poeta, Vega me recuerda cómo es que funciona la cabeza de los libretistas turcos y su perversa afición al enredo descabellado, a los “flashbacks” tardíos y a las escenas presentadas

como reales, pero que después resultan en delirios de la cabecita de alguno de los personajes más angustiados, ya sean ingenuos o perversos. Cuando creo que le voy cogiendo el golpe a las enseñanzas de Madame Vega, suspende la telenovela de los afanes y la sustituye por otra que también creará adicción poco a poco hasta que el canal que sea, rescate con las temporadas subsiguientes, de la puesta anterior. Algo peor que aquella “pasión turca” de los noventa, pero siempre incondicional al género y a al diario conciliábulo.

Travesuras, el cielo (otra vez) y dimensiones desconocidas

La primera vez que vi a Ana Lydia Vega fue en los setenta en el icónico pasillo de Humanidades del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, década y pasillo tan determinantes para la literatura puertorriqueña. La vi bajo el manto exótico de su llegada a Puerto Rico con marido francés. Más que guapo Robert Villanua; galante paladín que todavía acompaña a su media naranja a cuanto bautizo de muñeca hay, aun cuando ambos, prefieren la reclusión.

Años más tarde, tuve el privilegio, en la recién inaugurada revista Reintegro (1980), de contar con la primera publicación de un cuento de Vega: “Letra para salsa y tres soneos por encargo”, cuento de enorme impacto en aquel momento. Al releerlo hoy día3, hace patente su total vigencia.

En este relato, en el que los “tipos” narrativos son convertidos en verdaderos personajes (el Tipo y la Tipa), Ana Lydia Vega ya va dando muestra de rasgos ineludibles de su invención literaria, estos son: los giros sorpresivos mediante la asociación de elementos (supuestamente) inasociables, las expresiones con una carga poética impresionante (que le vienen de su padre), el ritmo narrativo, y las descripciones que le confieren estructura y velocidad cinematográfica. Todo ello, ajeno a la solemnidad. En consecuencia, desde ese primer cuento, ella funge como reina del símil y la personificación, estableciendo literatura para un público más amplio. Ello lo logra sacando la invención cuentística de las historias de familias de abolengo y de la ruralía lóbrega; alejando la narrativa del melodrama lacrimoso o seco para traerla al espacio del drama duro, pero real. A ello le añade, el uso magistral del habla popular urbana —que provoca una inmediata identificación por parte del lector— manejada en parlamentos de gran fuerza teatral. En este punto, me atrevo a decir: Excusez-moi, Madame Vega, Usted ha sido reguetonera antes del reguetón.

Desde entonces hemos coincidido en múltiples eventos que han afianzado nuestra amistad, entre los que hago sobresalir el encuentro organizado en Nueva York por Manuel Ramos Otero en los ochenta y al que asistimos Vega, Juan Antonio Ramos, Magali García Ramis y yo; el que coordinó posteriormente nuestra Biblioteca Nacional con la de Santo Domingo y en el que participamos los mismos; también Olga Nolla (Fig. 1). Ambos viajes, si bien sustentados en el compromiso y la seriedad de nuestras presentaciones, también estuvieron salpicados de nuestras travesuras y conspiraciones extraliterarias, ingredientes fundamentales para la cohesión amistosa. Durante el viaje a Santo Domingo, en época muy difícil para ese país, tuvimos hasta escolta armada (“La matona” la bautizó Ana Lydia), Don Pedro Mir acudió a escucharnos, nos robábamos los sobrecitos de azúcar del restaurante del Hotel Hispaniola — donde nos hospedaron— para poder dárselos a nuestros guías y anfitriones, pues no había acceso al azúcar. Tan decentes éramos que incluso

3. Incluido en Crucero Caribe, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana de México y presentado en la pasada (2025) Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

De izquierda a derecha en el plano superior se encuentran Magali García Ramis, Gloria Vega (la directora de la Biblioteca Nacional de Puerto Rico) y Ana Lydia Vega. Siguiendo la misma direccionalidad, en el plano intermedio se encuentran Don Pedro Mir, Vanessa Droz y Olga Nolla (QEPD). En el plano inferior se encuentra Juan Antonio Ramos (circa 1988 u 1989 en Santo Domingo).

le planteamos a nuestros anfitriones que, ante las terribles dificultades del país, podíamos regresarnos a Puerto Rico para que no se incurriera en el gasto que representábamos.

A lo largo de todas esas experiencias y muchas otras, hay rasgos de Ana Lydia Vega que he podido observar: uno no tan notorio y otro que ya es su sello. El primero: su costumbre, como si se colara en la iconografía de San Juan Bautista, de sostener —cuando lee en público alguno de sus textos— su mano derecha con el dedo índice en alto. Si bien San Juan Bautista (observémoslo en la escultura frente al Capitolio sanjuanero) señala simbólicamente hacia “lo divino” (hacia donde se supone que esté el cordero-Jesús). En el caso de Ana Lydia señala hacia el conocimiento. Este gesto no es constante, pero sí, poderoso. Ella apunta literalmente a alguna idea o detalle que destaca con precisión para que no pase desapercibido. Su pasión magisterial siempre presente. El otro rasgo, es su impenitente costumbre de vestirse de negro de arriba-abajo, mangas largas incluidas. Nunca le he preguntado sobre tal

asunto y jamás lo haré. Dudo que sea para verse más delgada, pues Ana Lydia siempre ha estado en “buen peso”. Sin embargo, ello me trae mucha sospecha y no puedo evitarlo. En Crucero Caribe, la que más conservo en la memoria por lo reciente, es innegable que muchos de sus cuentos pudieran ser libretos para La dimensión desconocida (The Twilight Zone), aquella serie en blanco y negro de nuestra infancia y juventud que mezclaba relatos de terror con situaciones insólitas y ciencia ficción, que provocaban desvelo. No quiero pensar, qué sucedería si Ana Lydia Vega llegara de pronto a una actividad vestida con estampados tropicales y piezas de colores brillantes. Creo que sería un aviso de que el juicio final se acerca. De todos modos, en cuanto a la vestimenta negra, dejo esas adivinaciones a las nuevas generaciones de autores que han convertido —que para bien sea— la ciencia ficción en su campo literario. Me retiro con un fragmento del hermoso poema Coda de Juan Gelman que resume lo que vivimos en los setenta, es decir, una ética que todavía nos rige:

Yo vengo del fragor de los setenta, de un siglo que pasó pero me habita tronando con rumores de tormenta que no amaina del todo, que se agita. Yo vengo del setenta, de esa raza que se atrevió a vivir en rebeldía y que quemó sus días como brasas en el pagano altar de la utopía. Mis locos, mis valientes compañeros viven en mí, porfiadamente bellos ya nunca he de tapar este agujero: la culpa de no haberme ido con ellos. No sé si fueron dioses o suicidas los que dejaron su piel a jirones y frente a un mar de balas homicidas usaron como escudo corazones. En cambio, sé que fueron los mejores porque quisieron darnos otro mundo y aun con su inocencia y sus errores brillaron como el sol por un segundo.

Referencia

Gelman, J. (1973). Coda. Relaciones. Buenos Aires: Editorial La Rosa Blindada.

Yo vengo de ese tiempo ya lejano en que a pura ilusión y a puro huevo creímos al alcance de la mano la gloria de inventar un hombre nuevo. Comparto su pasión, su rebeldía, su desprecio feroz por la codicia, y guardo como brisas de alegría sus voces, que de noche me acarician. Yo vengo del fragor de los setenta soy ese dinosaurio que no ha muerto pero sin ellos no me dan las cuentas voy solo como un loco en el desierto. Si hay algo en mí de cálido y humano si hay un resto de amor que no está en venta seguro lo aprendí de mis hermanos: los locos, los suicidas, los cuerdos de la vida, valientes y porfiados, esos iluminados, sembraron el amor que me alimenta y ofrendaron su vida en los setenta…

ESPERANDO A LOS GUARES:

Crónica en remojo para abuelos en vilo

Mayra Montero

Allá para el año 1989, Ana Lydia Vega publicó un desternillante ensayo sobre las tribulaciones de los padres de una hija única, cuando ésta, en plena adolescencia y en la intimidante noche de los viernes, anunciaba que iba a salir con los amigos. El ensayo, por supuesto, era fervientemente autobiográfico.

“Esperando a Loló: lloriqueo ambivalente para padres cuarentones” fue un texto en el que se reconocieron muchos padres que venían de “acabar” en los años setenta, tiempo aquel en el que se juraron independencia, tolerancia, rebeldía y, todo hay que decirlo, bastante autodeterminación sexual. El ensayo de Ana Lydia discurre entre una serie de remembranzas de sus años mozos, y las interminables pesadillas en las que imagina puede estar atrapada su hija Loló, que no es otra que la gran bailarina y coreógrafa Lolita Villanua, a la que, afortunadamente y a pesar de los presagios que rondaban la calenturienta cabeza de su madre, nunca le pasó nada.

Lolita se casó con Romar, joven y apuesto caballero, y en su momento dio a luz a los que hoy la abuela se refiere como “sus guares”, gemelos fraternos que, como tienen a quien salir, son amantes de la música, la literatura, el deporte y los animales. De modo que aquellos que antaño se desvelaban esperando por la escurridiza Loló, ahora se derriten con cada ocurrencia de esos nietos que crecen a una velocidad vertiginosa y, cuando menos se lo esperen, dentro de poquitos años, pedirán permiso para salir a “janguear”. No le he puesto jamás ese tema a mis queridos amigos, Ana Lydia y su esposo Robert, pero si ellos le exigían a su hija llegar a las dos de la mañana

hace más de treinta años —que luego transaban por las tres menos cuarto en que insistía Lolita—, ¿quién les va a poner hora a dos muchachones intensos, viajados y leídos en pleno siglo XXI?

¿Las cuatro, las cinco, las seis de la mañana? Claro que en estos tiempos hay una ventaja que apenas existía en el 89: el celular, y apuesto a que Ana Lydia, teléfono en mano, pasará en vilo incontables noches —noches en las que, una vez más, arrastrará a Robert—, mirando fijamente la pantalla del teléfono, que para entonces quién sabe cuánto se habrá modernizado, esperando esta vez no a que llegue Loló, sino a que se reporten Máximo y Marcel, y así poder preguntarles dónde están, en compañía de quién, a qué hora piensan regresar y, sobre todo, en dónde quieren que los recojan.

Es posible que los jóvenes hayan salido en su propio vehículo y cada uno por su lado, con lo que no solo se complicaría el panorama, sino que se ganarían otras cien mil recomendaciones que sería prolijo enumerar aquí. ¿Se atreverá Ana Lydia a pedirle a Robert que los escolte? Sí, apuesto mis zapatos a que se atreverá. ¿Se atreverá a ponerles un rastreador en el carro o en los celulares para seguirlos en tiempo real? Eso nadie lo dude. Me temo además, que la sufrida Loló de los años ochenta va a seguir suspirando como cuando era adolescente y tenía que negociar con su madre, pero esta vez por otra razón: la escritora que nos ocupa, si sus nietos no le contestan al primer timbrazo (ni al primero ni al último, cosa absolutamente previsible), se pasará la noche llamando a Romar y a Lolita para preguntarles si han sabido de sus hijos y suplicarles que se mantengan despiertos y en guardia hasta que los oigan llegar.

La escena de terror que imaginó Ana Lydia en el parking de Doña Fela, con la pobre Loló como protagonista involuntaria, es solo comparable con las más cruentas y despellejantes películas de Halloween, y a fe mía que la reeditará para sus nietos. Admite la talentosa escritora en “Esperando a Loló”, que ella no pegaba ojo hasta que sentía “el traqueteo metálico de la llave” abriendo el portón, lo que auguraba la entrada triunfal de la nena, ilesa

y feliz. Me pregunto, con lo imaginativa que es nuestra Ana Lydia, cómo no se le ocurría pensar que el del traqueteo metálico era un pillo que le había robado la llave a la hija de sus entrañas y venía a ajustarles cuentas a los padres, y de paso al perro, un tal Mimo que tampoco pegaba

De todas formas, en la esforzada tarea de esperar a los guares, hay un pequeño inconveniente que distancia a la protagonista de lo que fue la espera de Loló: los muchachos no viven con sus abuelos, sino con sus padres, con lo cual, ¡oh catástrofe!, Ana Lydia no podrá oír el traqueteo metálico cuando lleguen. Como también soy imaginativa, pienso en Maxim y en Marcel entrando a su casa, llamando a la habitación de sus padres para avisar que regresaron de la fiesta, y a continuación oír la voz adormilada de Loló pidiéndoles que, por caridad, por el amor de Dios, por lo que ellos más quieran, llamen a sus abuelos y les digan que han vuelto sanos y salvos.

Los muchachos obedecerán, y al escucharlos, Ana Lydia Vega hará “un esfuerzo relámpago para arrancarse la careta de Mater Dolorosa”, más bien arrancarse la voz ronca, nerviosa, adolorida de tanto haberse impacientado a la espera de sus guares hechos y derechos. Le bastará con oír sus voces para que se le descongele el corazón, como se le descongelaba cuando llegaba Lolita y le contaba de “la magia de los encuentros fortuitos”. Solo que los guares, que son de esta generación y no aquella, la atajarán con una simple frase: “Mimi”, porque le dicen Mimi, “nos caemos de sueño, hablamos mañana”. Y, en efecto, como bien dijo la escritora, “cada generación tiene su karma”, y, como bien digo yo, a la rueda de la vida nunca le falta una inconmensurable espera.

Con su hija Lolita y su esposo Robert Villanúa. Al fondo parte de la torre de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras.
Foto Con sus nietos. ojo.

Ana Lydia Vega es una de las mejores escritoras (o escritores) que ha dado Puerto Rico. Pocos exponentes de nuestras letras poseen su dominio de la palabra. Pocos narradoras (o narradores) utilizan en su prosa el humor y la sátira con tanto acierto. Sus

cuentos y columnas periodísticas reivindican a la mujer y profesan su amor por la patria.

Ana Lydia Vega es la escritora (o escritor) más admirada(o) y querida(o) de Puerto Rico. Abrazos y bendiciones para mi amiga de siempre.

ANA LYDIA VEGA:

Voz narrativa que

brilla en la Fiesta de la Lengua

Introducción

En su 40ª edición de la Fiesta de la Lengua, el Departamento de Educación de Puerto Rico rinde homenaje a Ana Lydia Vega, una de las escritoras más influyentes de Puerto Rico y el Caribe por su extraordinaria obra literaria. Su contribución con la literatura puertorriqueña se evidencia en la creación de relatos que invitan a la reflexión sobre la historia, la identidad y los conflictos sociales del Caribe, desde un punto de vista auténtico y humorista.

Biografía e influencias

Ana Lydia Vega nació en San Juan, Puerto Rico, el 6 de diciembre de 1946, hija de Virgilio Vega y María Santana. Su padre fue trovador y repentista.

De él aprendió desde muy niña, la rima, la métrica y el arte de improvisar versos. Las fiestas familiares en el patio de su casa y los momentos en que improvisaba junto a su padre formaron parte de su desarrollo literario.

Su madre, por otro lado, fue la primera mujer en su pueblo en ir a la universidad. Además, fue una lectora apasionada, lo que fomentó en Ana Lydia su amor por los libros y la escritura más adelante.

Gracias a sus padres, comenzó a escribir desde temprana edad. El primer género con el cual experimentó fue la poesía, donde aplicó lo aprendido de su padre. Más adelante, cultivó el género del ensayo, la novela y el cuento. Es el cuento el género que le abrió las puertas en

Juan Antonio Ramos
Carmen Yarelli Morales

el mundo literario y donde obtuvo grandes reconocimientos.

El francés fue una de sus grandes pasiones. Esto la llevó a estudiar en la Universidad de Puerto Rico la carrera de pedagogía en lenguas extranjeras. Posteriormente, obtuvo la beca Fulbright para estudiar francés y se trasladó a Francia. Allí obtuvo una maestría en Literatura francesa en 1971 y un doctorado en Literatura en 1978, ambos en la Universidad de París.

Al regresar a Puerto Rico comenzó a trabajar como profesora de Literatura francesa y Estudios del Caribe en la Universidad de Puerto Rico. Es ahí donde conoce a Carmen Lugo Filippi y a Ruth Hernández, con quienes escribió, junto a su pareja, Robert Villanúa, Le francais Vécu (1981), un manual para aprender francés. Con Lugo Filippi fue coautora, ese mismo año del libro Vírgenes y mártires

Estilo literario y temáticas principales

Ana Lydia Vega se ha distinguido por un estilo que combina humor, ironía, sátira social y un vocabulario muy pintoresco. Sus textos han sido muy estudiados y reseñados, ya que encierran mensajes actuales con su estilo propio y muy auténtico. Entre los temas que más resaltan en sus textos se encuentran:

• El uso del “splanglish “y la identidad lingüística puertorriqueña.

• El rol de la mujer dentro de una sociedad machista.

• La identidad cultural y el insularismo.

• Las luchas históricas del puertorriqueño ante las luchas que han intentado arrancar su esencia.

• La realidad sociopolítica de los países caribeños.

Cada uno de estos temas son abordados de una manera poco convencional y muy particular. Tiene la capacidad de enganchar al lector con su humor y estilo.

Obras literarias destacadas

Su obra es extensa y está recogida en varios libros que le han merecido reconocimientos y premios importantes. Entre sus obras más destacadas se encuentran:

Vírgenes y mártires (1981)

Esta es su primera publicación junto a Carmen Lugo Filippi. La misma es una selección de cuentos, donde al final, se incluye uno escrito entre ambas: Bolero a dos voces para machos en pena. En este se presenta la historia de cuatro hombres, dos creados por cada escritora, que enfrentan sus penas. Su tono irónico y el estar redactado desde el punto de vista femenino fue muy aceptado por los lectores.

Pollito chicken (1981, pp. 73-79)

El cuento Pollito chicken aparece publicado dentro del libro Vírgenes y mártires. Es uno de los cuentos más comentados y analizados de Ana Lydia. La sexualidad, es uno de los temas presentes en el texto, y se aprecia de manera tangible en el personaje de Suzie. Ella es una joven puertorriqueña que ha vivido diez años en Nueva York, donde adopta una mentalidad muy americanizada, renegando de su cultura y viendo

a los puertorriqueños como “lazy, dirty, no – good bums”. Sin embargo, regresa a la isla motivada por imágenes turísticas idealizadas: playas, gente hermosa y un ambiente paradisiaco. Finalmente, se enamora del “BarTender” puertorriqueño y es ahí donde todo cambia para ella. El “spanglish” es utilizado para darle voz a su protagonista, aunque le valió de muchas críticas, ya que no fue bien visto por algunos estudiosos el hecho del “cambio de código” artificial y estático.

Encancaranublado y otros cuentos (1982)

Encancaranublado y otros cuentos (1982), es uno de sus libros más famosos. Es el libro que le hizo merecedora del premio Casa de las Américas en 1982. En estas historias hace un despliegue de críticas sociopolíticas y culturales no sólo de Puerto Rico, si no de otros países del Caribe. Aquí se expone la situación de los haitianos, un país que ha pasado por tantas injusticias humanas y que, a pesar de hablar otro idioma, no es ajeno a nuestros suelos caribeños. Explora, además, tensiones culturales y la identidad caribeña con su estilo humorístico, de crítica social y reflexiva.

Pasión de historias y otras historias de pasión (1987)

Pasión de historias y otras historias de pasión (1987) es una serie de relatos de corte policial- humorísticos. En éstos la autora hace una crítica social a través de la sátira y la parodia literaria. Por otro lado, explora, la violencia en las relaciones de parejas, el diálogo entre literatura y cine de suspenso, y, las conflictivas conexiones entre la ficción y la realidad histórica. Este libro, juega con el estilo detectivesco, pero se distancia de los finales convencionales del género por preferir finales abiertos, con una perspectiva feminista, lo cual le ha generado críticas, pero también admiración. Es con esta colección de cuentos, que había recibido el premio Juan Rulfo en 1984.

En Falsas crónicas del sur (1991) presenta ocho cuentos que combinan realidad e imaginación. Los mismos son inspirados en la historia y la tradición oral de la costa de Puerto Rico. Entre el chisme y el chiste se enmarcan una serie de sucesos junto con la reinvención de sucesos, lugares y personajes.

Historia de arroz con habichuelas (1983, pp. 131-140)

En el libro Encancaranublado y otros cuentos de Naufragio (1983), el 13vo cuento Historia de arroz con habichuelas, incluido en la tercera parte del libro titulada Ñapas de vientos y tronadas (p. 131), es sin lugar a duda uno de sus mejores textos. Ello debido a que es uno de los más trabajados con estudiantes tanto en la escuela intermedia como superior. En éste se hace un uso magistral de la alegoría para plasmar la historia de Puerto Rico. Es un cuento muy simpático y que los estudiantes disfrutan mucho. La forma en la que se narra la historia utilizando el lenguaje coloquial del puertorriqueño provoca risas y aceptación por parte de los estudiantes. A continuación, se esbozan algunos lineamientos en torno al legado literario de Ana Lydia Vega.

Conclusión

La obra de Ana Lydia Vega ha sido esencial para comprender la cultura puertorriqueña, el contexto sociopolítico del Caribe y la voz de la mujer en la literatura contemporánea. Sus letras no solo son atractivas y divertidas, si no que han sido motivo de estudio y de análisis en diferentes universidades, tanto por su estilo como por su temática. Con su estilo único ha logrado enamorar a muchos con sus letras cargadas de sabiduría y de humor. La literatura ha sido su voz para gritarle al mundo sus pensamientos y su ideología desde una visión humorística y atractiva.

Sin duda alguna, Ana Lydia Vega ha dejado un legado en la literatura puertorriqueña, resaltando los valores propios del puertorriqueño, su identidad cultural y la de los países caribeños. Finalmente, le dio voz a la mujer al atreverse a hablar sobre temas que nadie hacía. Es por todas estas razones y muchas más que, homenajeamos a Ana Lydia Vega en la Fiesta de la Lengua, como una de las escritoras más importantes de Puerto Rico y del Caribe.

Bibliografía

Aguiló Mora, F. (5 de septiembre de 2018). La imposibilidad del spanglish en Pollito Chicken de Ana Lydia Vega. Revista Glosas 9(5), 12-27.

CUNY TV. (10 de junio de 1997). Charlando con Cervantes - Ana Lydia Vega [Entrevista grabada]. J. M. Conget del Instituto Cervantes y R. Chang-Rodriguez de City College and the Graduate Center, CUNY (Anfitriones). https://www.youtube.com/ watch?v=zsFJv9a10d8

Lugo Filippi, C. y Vega, A.L. (1981). Vírgenes y Mártires. Rio Piedras: Editorial Antillana

Moreno, V., Ramírez, M. E., de la Oliva, C., Moreno, E. et. al. (21 de diciembre de 2018). Ana Lydia Vega. Buscabiografias. https:// www.buscabiografias.com/biografia/ verDetalle/10254/Ana%20Lydia%20Vega

Ostrov, A. (2006). Cuerpo, género y escritura en “Pasión de historia” de Ana Lydia Vega. Revistas de Estudios Hispánicos U.P.R. XXXIII(1), 81-96.

Vega, A. L. (1983). Historia de arroz con habichuelas. En Encancaranublado y otros cuentos de Naufragio (pp. 131-140). Rio Piedras: Editorial Antillana.

LO QUE HIZO

Ana Lydia Vega por mí, sin ella saberlo

Introducción

Hay guerreros que se visten de espadas y armas para luchar. Otros que utilizan armas más poderosas para combatir, denunciar y deconstruir aquello que nos aqueja y lacera. Ana Lydia Vega es un perfecto ejemplo de estas voces que, con su pluma como garrote, se han encargado de luchar y de encararnos ante realidades incómodas o realidades escondidas. Realidades tatuadas en el ser, en la cultura, en la puertorriqueñidad. Por su magistral humor y muchos otros recursos estilísticos es la homenajeada en la Fiesta de la Lengua, considerada por la crítica como la mejor en su clase, tanto en el siglo XX como en el presente. Antes de compartirles lo que Ana Lydia Vega hizo por mí, me gustaría que analicemos cómo ella nos invita a reflexionar sobre lo que somos y cómo deconstruye eso que somos.

La invitación de Ana Lydia Vega para reflexionar sobre lo que somos

Con un lenguaje coloquial, Vega nos presenta a El Tipo en en el cuento: Letras para salsa y tres soneos por encargo. Este se ve rodeado de nalgas, nalgas rotundas, imponentes y en el perfil de falda tubo; nalgas abismales, olímpicas y nucleares que abundan en la de Diego en Río Piedras. Como todo macharrán, de esos que manda y va, se ve en la necesidad de aplicar frases románticas, aquellas que enamorarían a la misma Sofía Lorén: “mamichulin, qué bien te ves, que ricos te quedan esos pantaloncitos, qué canto e silán, tanta carne y yo comiendo hueso” (1988, p. 83). Podemos estar

de acuerdo con que El Tipo no solo es producto de la imaginación de Ana Lydia, es un reflejo del machismo y el acoso que ha imperado, porque aún existe en nuestra sociedad. Continuando en nuestro análisis ante el mar de comentarios, El Tipo no esperaba recibir respuesta de La Tipa. Cual león, rey de la selva es quien tiene la última palabra. Sin embargo, como mencioné anteriormente, Ana Lydia Vega es diestra en la deconstrucción de realidades. El Tipo se transformó en un ciervo frágil cuando su foco de ataque lo embistió con un simple: “¿vamos?” De líder, El tipo, pasó a seguidor. La mujer, que siempre se ha mal dicho ser sumisa y dominada, pasó a ser cabeza, la líder, ahora es ella la que manda y va. Ella es la que conduce, la que paga, la que toma las riendas al momento del encuentro coital, aclaro, el cual fue fallido ya que El Tipo no pudo cumplir con tal empresa. Ana Lydia Vega nos pinta un jaque mate al machismo, sin necesidad de análisis mayores ni planteamientos filosóficos complicados.

La impronta de Ana Lydia Vega en mi vida Ahora bien, más allá de analizar la obra de Ana Lydia Vega vengo a compartir con ustedes lo que esta escritora hizo por mí sin ella saberlo. Fue en el año 2014 cuando llegué a la entonces Universidad Metropolitana a culminar mi bachillerato. Durante el curso de Comunicación Oral, el profesor Alan Figueroa Cruz asignó la tarea de analizar un texto literario. Al recibir mi tarea de vuelta, observo que en la última página iba adjunto una hoja que leía, “Colectivo Literario Ana Lydia Vega: hoja de inscripción”. Algo descubrió el profesor Figueroa en mí; vio que tenía el perfil de ser uno del CLALV. Así que me inscribí, me entrevisté y me volví parte de ellos.

Falsas crónicas del sur (1991)
Jean Carlos Villegas Cruz

El profesor Figueroa Cruz, fiel seguidor de la obra ensayística y narrativa de Vega, fundó el Colectivo junto a varios de sus estudiantes más destacados, en homenaje a su entrañable profesora de francés, cuando éste, fue su estudiante en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Un jueves, 12 de abril del 2012, en la Sala Puertorriqueña Olga Nolla de la UMET, se presentó el Colectivo Literario Ana Lydia Vega, la primera asociación estudiantil de su clase y nivel. Su actividad inaugural se tituló A la página en negro con la Gurúa Talía Cuervo. Allí se dio cita la célebre escritora junto a su esposo Robert Villanúa.

El colectivo literario Ana Lydia Vega representó para nosotros un espacio fundamental de formación, exploración y crecimiento dentro del quehacer literario. A través de este colectivo tuvimos la oportunidad de conocer, estudiar y experimentar las distintas áreas de la literatura, como la poesía, el ensayo y el cuento, lo que nos permitió identificar afinidades, reconocer fortalezas y, sobre todo, encuadrarnos progresivamente en un estilo propio. Este acercamiento a los géneros literarios no sólo amplió nuestro conocimiento teórico, sino que fortaleció nuestra voz creativa y crítica. Nuestros encuentros servían como espacios de creación y como fueron puertas del saber. Asimismo, el colectivo funcionó como una guía en el proceso de creación de obras literarias. Nos brindó recursos, estrategias y herramientas que facilitaron nuestro ingreso al arte literario no solo desde la escritura, sino también desde el ámbito administrativo y organizativo. Aprendimos a manejar proyectos culturales, coordinar actividades, planificar publicaciones y asumir responsabilidades que van más allá del acto creativo individual. Estas experiencias nos permitieron comprender la literatura como un trabajo colectivo y comprometido con la comunidad. Sin saberlo, Ana Lydia Vega nos dio voz y nos ayudó a despejar el camino para poder luchar y transformar a través de la pluma, tal y como ella lo ha hecho. “Tú eres pieza clave del avanzar de nuestro país, eres el motor que hace que esta, nuestra nación, nuestro terruño, siga caminando sin mirar atrás. Anuncia a los tuyos que ha llegado el momento de unirnos por lo que pasó, por lo que pasa y lo que pasará”.

Ese fue mi llamado a los jóvenes universitarios hace diez años, para apostar por nuestro país; lo que hoy día llamaría: un canto a la esperanza. Sin embargo, uno de los momentos más importantes para mí y que Ana Lydia Vega hizo sin saberlo, fue escuchar mi ensayo titulado “Un encanto estrellado” en voz de la insigne actriz y directora del Departamento de Drama de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, Idalia Pérez Garay en la Semana de la Conciencia Social de la Escuela de Ciencias Sociales, Humanidades y Comunicaciones de la Universidad Metropolitana en el 2015. Un momento que recordaré, siempre. También fueron insignes las entregas de Versos a dos pesos, el compendio de las obras creadas por el colectivo. Versos a dos pesos significaba la culminación de procesos de creación, aprendizaje y reflexión de todo un año académico.

De igual manera, el colectivo nos ofreció espacios para ejercer tareas que pusieron en práctica la toma de decisiones y el trabajo en equipo. Cada proyecto requirió diálogo, consenso y respeto por la diversidad de ideas, fomentando un ambiente de colaboración y apoyo mutuo. En este proceso se reforzaron valores esenciales como el respeto hacia las distintas voces y perspectivas, así como la responsabilidad cívica, entendida como el compromiso con nuestra cultura, nuestra lengua y nuestra sociedad.

Conclusión

En consecuencia, esta experiencia en el Colectivo Ana Lydia Vega, en definitiva, impulsó a un profesional comprometido con la transformación de nuestro país desde la dimensión más importante que tenemos: la educación. Y a través de la defensa de nuestra vernácula, estoy dispuesto a transmitir lo que ella lleva consigo, nuestra cultura, nuestra identidad y nuestra mancha de plátano. Siempre, recordando todo lo que hizo Ana Lydia Vega por mí, sin ella saberlo.

Referencia

Vega, A. L. (1988). Letras para salsa y tres soneos por encargo. En C. Lugo Filippi y A. L. Vega Vírgenes y mártires (pp. 81-88). Río Piedras: Antillana.

MIRADA DE DOBLE FILO DE ANA LYDIA VEGA:

Trompe l’oeil puertorriqueño

En todas partes vivimos en un universo extrañamente similar al original--- las cosas están duplicadas por su propio argumento o guión. Pero este desdoblamiento no significa, como ocurría tradicionalmente, la inminencia de su muerte--- éstas ya están purgadas de su muerte, y se encuentran mejor que cuando estaban vivas, más alegres, más auténticas, a la luz de su modelo, como las caras en las funerarias. Jean Baudrillard, (1994, p. 11)

Teatro, lo tuyo es puro teatro/falsedad bien ensayada/ estudiado simulacro. Tite Curet Alonso (cantada por La Lupe)

Introducción

En una sociedad regida por la simulación y en la que los signos de lo real se sustituyen por la realidad (al decir de Baudrillard, 1994) la labor del cronista consiste en buscar la verdad oculta escudriñando con su mirada afilada detrás de las apariencias y los rituales. Los textos de la escritora puertorriqueña, Ana Lydia Vega, publicados originalmente en el periódico y recogidos en el

libro titulado: Mirada de doble filo (2008), cumplen esta función. Por medio de estas breves crónicas urbanas el “ojo errante del cronista” se acerca, seduce, y en ocasiones, hiere “la pupila indócil del lector” para llamar su atención a los problemas de la violencia, la injusticia y la desigualdad en la sociedad contemporánea en general y en particular, en la puertorriqueña.

Síntesis y análisis de la obra Mirada de doble filo recoge sesenta y una crónicas publicadas en un periódico local en un periodo de diez años (1997-2007). A la inmediatez de los hechos que dan pie a que se escriba una columna de opinión publicada en un diario, la autora opone la fijeza de una colección en la cual opera el criterio de selección y ordenación. Los textos reunidos en el volumen, agrupados en secciones temáticas que llevan títulos ligados al acto de mirar, dialogan entre sí con los lectores de un modo distinto a como lo hacen en un periódico. A pesar de sus diferencias, comparten un tono crítico que revela la voz de un cronista cuya mirada en ocasiones funciona como un escalpelo. En esos casos, el ‘doble filo’ al que alude el título nos hace pensar en un cierto tipo de navajas y cuchillos que al ser manejados con cuidado tendrían la capacidad de cortar limpiamente, separando así lo real de lo ficticio, lo verdadero del simulacro. No obstante, el texto que cierra el libro y que le da título tiende a sugerir otras posibilidades. No se trata de asumir una postura única. Propone al lector que practique “algo así como una mirada de doble filo” que le permita llevar a cabo dos funciones simultáneamente, a saber: “la detección del daño” y “el rescate de lo constructivo.” Cito del texto: “[e]l verdadero reto sería reunir ambas funciones en un mismo golpe de pupila. La capacidad para transformar la vida comienza precisamente ahí, en el ojo que penetra la opacidad de lo real para atisbar el asomo de lo posible” (Vega, 2008, p. 332). Esa mirada aunaría la crítica y el proyecto de futuro: “[q]ue un filo sirva para punzar la verdad y el otro para tallar la esperanza.” (Vega, 2008, p. 333).

Esa mirada doble a la que nos conmina el título propone una lectura crítica de la sociedad puertorriqueña contemporánea que en ocasiones resulta demoledora, pero que a la vez descansa en una esperanza de cambio. Es por esa razón que al rescatar el libro que ha sobrevivido cien años en circunstancias extraordinarias, el joven personaje del siglo XXII imaginado por Magali García Ramis en la reseña que escribió para la presentación,

destaca que la escritora no tenía miedo alguno a la represión o a la burla al expresar sus opiniones. Éste declara además que: “estas crónicas como ella las llamaba, tienen un carácter aleccionador, sin caer en la cursilería o en la intransigencia” y confiesa que al leerlas: “no sólo leí, sentí, pensé, recordé, crecí, me propuse… es decir, aprendí” (2008). Muchos de los textos que incluye la colección toman como punto de partida algún evento contemporáneo reconocido por los lectores del periódico y lo examina colocándolo en un contexto histórico, social, político, económico y cultural con el propósito de motivar a los lectores a que a su vez reflexionen sobre el mismo. En el texto que abre el volumen titulado “Crónicas del ojo errante”, y que funciona como una especie de declaración de principios, la autora indica que con sus crónicas propone un “proyecto de aproximación a las realidades puertorriqueñas” y que en ella intenta compartir con nosotros “las errancias de un ojo empeñado en explorar la enigmática configuración del país” (Vega, 2008, p. 16). Vale la pena destacar el carácter plural de las realidades puertorriqueñas, que niega la posibilidad de que se trate de una sola (la que percibe el cronista) y el gesto errante, inestable, móvil del ojo del cronista para quien el país se presenta como un enigma. Ello hace de la lectura un ejercicio del juicio propio, más que un acto de aceptación o rechazo de lo que plantea la autora. Estas crónicas abordan principalmente aspectos de la realidad puertorriqueña, aunque en ocasiones, como en el caso de “Destellos fúnebres” en el que se describe el cementerio de Montparnasse, se sitúen fuera del ámbito insular. Temas como la violencia contra las mujeres, los niños y los grupos marginados, la guerra, la destrucción de la naturaleza, el colonialismo y la imagen falsa que ofrece la sociedad de consumo a sus ciudadanos empleando los medios de comunicación, vertebran el libro. La sociedad del espectáculo, notablemente descrita por Guy Debord, parece ser el objeto de estudio de la cronista. Para el teórico francés el espectáculo no es meramente “el engaño de un mundo visual,

producto de la difusión masiva de imágenes” (2000, p. 38), sino que se convierte en una visión de mundo y define la relación entre las personas:

El espectáculo se presenta como la sociedad misma y, a la vez como una parte de la sociedad y como un instrumento de unificación. En cuanto parte de la sociedad, se trata explícitamente de aquel sector que concentra toda mirada y toda conciencia. Por el hecho mismo de estar separado, este sector es el lugar de la mirada engañada y de la falsa conciencia; y la unificación que realiza no es más que el lenguaje oficial de la separación generalizada (2000, p. 38).

Si el espectáculo es la apariencia que se presenta como la verdad, la mirada del cronista intenta desarmar la multiplicidad de imágenes que funcionan como modelo de la sociedad actual y enmascaran lo real. Los textos de la primera sección titulada: “Vuelos de reconocimiento” examinan el falso desarrollo del país que se caracteriza por la destrucción del medio ambiente, la ausencia de una planificación que responda a las necesidades de los habitantes en lugar de ser producto del egoísmo y del afán de lucro de desarrolladores, inversionistas, especuladores y políticos.

En “La isla genérica” la cronista decide dar un paseo dominical en automóvil para salir del espacio urbano, aproximarse al espacio natural y disfrutar de la contemplación del paisaje. Descubre, sin embargo, que el entorno, ha perdido todo atractivo y se ha vuelto feo: “Es casi imposible encontrar un llano sin construcción, un río sin basura, una playa sin contaminación. Sembradíos de chatarra rellenan las hondonadas. Kilómetros de desperdicios plásticos ribetean las carreteras” (Vega, 2008, p. 36). La naturaleza se ha estropeado y las nuevas construcciones muestran un carácter precario e inacabado que podría representar las maneras en que los puertorriqueños se sitúan en su medio: “Todo adquiere un carácter provisional, descartable, perecedero. Estamos en el reino del simulacro donde los súbditos hacen alarde simultáneo de abundancia y de carencia” (Vega,

2008, p. 37). Para Debord (2000), como para Marx, la sociedad capitalista sustituye el ser por el tener, pero de acuerdo con el primero al no ser posible tener se le suplanta por aparentar que se tiene. Las apariencias encubren la ausencia de lo real. El desplazamiento en automóvil le permite visitar varios cascos urbanos que han sido rehabilitados, pero nuevamente su intento de encontrar belleza fracasa. Nota su monotonía ya que todos parecen iguales: “Para desdicha de los ojos, todo ha comenzado a lucir atrozmente igual. La estética de la uniformidad ha secuestrado la inventiva. Es como para maliciar que los contratistas encargados de la magna tarea restauradora son siempre los mismos. Y que su codicia es rebasada únicamente por su mal gusto” (autor, año, p. 38). Lo genérico de la construcción obedece al afán de lucro producto de la sociedad capitalista y el propósito de emprender la obra pública respondería a la rehabilitación de “la reputación decadente de algún alcalde ratero”, es decir a la corrupción de los funcionarios gubernamentales.

En esta crónica, el deseo de encontrar belleza en el lugar en que se habita, uno de los placeres que reclama la vista y que se repite en varias otras crónicas (por ejemplo, en “Mi país es el mar”) se frustra. El viaje real (el intento de huida de la realidad artificial hecha de cemento y la búsqueda de lo natural) termina sustituyéndose por el viaje virtual que provee la literatura. El gesto de la cronista de regresar a su casa después de haber padecido tanta agresión visual y de “arrellanarse en el sofá con un buen libro entre las manos” ya que “los viajes imaginarios aumentan la curiosidad y aúpan el ánimo” parece indicar que los signos emblemáticos del progreso: el automóvil, las autopistas, el tiempo de ocio para la diversión conducen a un callejón sin salida del que es necesario escapar por medio de la imaginación. En el texto titulado “Crímenes urbanos” el tono se vuelve amargo y un tanto apocalíptico. Intenta sacudir la conciencia de los ciudadanos cuya indiferencia ha permitido que se cometan abusos en contra de los vecindarios históricos.

Duele pensar que, en un país tan vulnerado como el nuestro, todo, absolutamente todo, sea negociable. So pretexto de densificación poblacional, de la noche a la mañana se desalojan habitantes y se erradican comunidades. Con la excusa de incentivar la economía deprimida, se bendice el saqueo del paisaje y la profanación de monumentos. La arrogante cantaleta del progreso a como dé lugar y la burlona devaluación del apego a las raíces fortalecen la impunidad de los criminales urbanos (Vega, 2008, p. 68).

A pesar de los ejemplos citados, al examinar la totalidad de los textos notamos que la autora no adopta una postura que sólo valora el pasado y que desdeña el innegable avance del progreso. Es cierto que en varias crónicas se mira con nostalgia los lugares en los cuales transcurrió su infancia: su calle, su vecindario, Santurce, su pueblo natal y Río Piedras, su pueblo adoptivo. Pero más que una añoranza romántica de un tiempo pasado se echa de menos un sentido de comunidad que ha desaparecido en Puerto Rico y que se recupera brevemente en momentos límite como es el caso del texto “Huracán a la vista”. Por un corto lapso de tiempo se practica entre los vecinos la solidaridad y reconciliación que se disipa tan pronto como pasa el peligro. Se vive una experiencia colectiva como la que presentan los cuentistas José Luis González y Julio Cortázar en “La noche que volvimos a ser gente” y “La autopista del sur” respectivamente. De otra parte, un texto como “La estación Río Piedras” exalta la belleza de la recién estrenada estación del tren urbano. En este caso, el avance tecnológico se pone al servicio de la gente y no se desprecia el criterio estético. Es por ello por lo que la autora, a pesar de que reconoce sus problemas, lo celebra como un aporte significativo a la calidad de la vida urbana.

En la sección titulada “Ronda de velorios” que recoge textos que se relacionan por el tema de la muerte, vale la pena destacar el siguiente porque pone de manifiesto cómo opera la simulación en

la sociedad en uno de sus ritos más reveladores. Se trata de la crónica “Muer-TV” cuyo título recoge el carácter espectacular del ritual. El texto insiste en la hipocresía que subyace en los rituales mortuorios que espectaculariza la muerte y la separa de la realidad creando lo que denomina “la farandulización del luto”. El texto descansa sobre el recurso de la hipérbole y cierra con la inversión. Lo hace de un modo parecido al que emplea Baudrillard en el libro Simulacra and Simulation (1994), en el que plantea que Disneylandia es una simulación cuya única función es ocultar el hecho de que el país entero es un parque de diversiones. La propuesta final del texto que paradójicamente le restituiría autenticidad a la muerte y purgaría la necesidad colectiva de recurrir al espectáculo falso, consistiría en crear un canal de televisión que sólo transmitiera funerales las veinticuatro horas del día. Ese mecanismo espectacular que a primera vista podría parecer absurdo lograría: “confiarle el espectáculo a la vida y devolverle a la muerte su solitaria dignidad” (Vega, 2008, p. 135).

Otro texto de esa sección, “Muerto pero decente” apunta a que son los medios de comunicación los que tergiversan la verdad respecto a la víctima por medio de insinuaciones que tienden a sugerir que de algún modo tuvo la culpa de lo sucedido. “A menudo, esas implicaciones contaminan de entrada el texto periodístico. Al infortunio del crimen se añade el agravio de la censura. Alusiones a la preferencia sexual, la vestimenta reveladora, el estado civil o las costumbres inusuales de la víctima van conformando la moraleja insidiosa que acompañará su biografía definitiva. La nota roja se convierte así en advertencia aleccionadora” (Vega, 2008, p. 156). En este texto es el criminal quien tiene la voz que le proporcionan los medios: “Aprovechando sus quince minutos de infamia, ventea los detalles de la cita sangrienta” La policía también participa del espectáculo que será consumido por la ciudadanía: “La policía co-escribe y co-produce el libreto para consumo de los medios. Comparte ángulos teóricos. Ofrece pormenores jugosos”. La escena

del crimen, es decir la casa de la víctima, también se expone al escrutinio público para inculparla. Ante la imposibilidad de mostrar una versión distinta a la que han presentado los medios de comunicación, la única alternativa que tiene la víctima para salvar su dignidad atropellada por segunda vez es gritar desde su tumba la frase que da título al texto. “¡Muerto, señores, sí, pero decente!” La versión que ofrecen los medios es falsa y prejuiciada, pero cumple una función dentro de la sociedad del espectáculo, obliga a distraer la atención del verdadero problema social que es la violencia o, como señala la autora: “la guerra civil no declarada que asola al país”. Mientras se siga optando por culpar a la víctima por su desgracia, las verdaderas causas de los males que aquejan a la sociedad permanecerán ocultas o escondidas bajo una lógica defectuosa y un juicio mal informado. Hasta aquí hemos privilegiado en acercamiento la mirada que intenta destruir lo falso mediante en cuestionamiento crítico. No sería justo concluir el trabajo sin mencionar su reverso, la mirada que se deleita en el goce estético, en la contemplación del paisaje o de los objetos artísticos que producen los seres humanos. Esa mirada es capaz de construir, transformar la realidad o imaginarla de otra manera, está (o debería estar) democráticamente al alcance de todos como la contemplación del mar que se propone en la primera crónica. Es un punto de partida liberador que permite sospechar la existencia de otras posibilidades.

Conclusión

El libro se presentaría como un trompe l’oeil, un objeto que se crea con el propósito de obligarnos a mirar de nuevo, a examinar lo que puede permanecer oculto después del primer golpe de vista. El equívoco que puede propiciar “la prosa dúctil, pulcra y enérgica” que destaca Luis Rafael Sánchez (El doble filo de la mirada) como característica del texto y la claridad de expresión y economía de medios propias de la crónica periodística, podría hacernos pensar que se trata de piezas fáciles que

se abarcan con un primer vistazo. En cambio, al acercarnos a ellas con detenimiento notamos que tocan algunas de las bases más significativas sobre las cuales descansa nuestra vida en sociedad. En ello reside su valor perdurable.

Referencias

Baudrillard, J. (1994). Simulacra and Simulation (S. F. Glaser, Trad.). Ann Arbor: The University of Michigan Press. https://dn720006. ca.archive.org/0/items/baudrillard.-1970.the-consumer-society/

Debord, G. (2000). La sociedad del espectáculo. (J. L. Pardo, Trad.). Valencia: Editorial Pre-textos. García Ramis, M. (2008). Sin temor de quemarse las alas. Claridad. Sánchez, L.R. (16 de abril 2008). El doble filo de la mirada. Sección Perspectivas, El Nuevo Día, p. 55.

Vega, A.L. (2008). Mirada de doble filo, San Juan: Editorial de la UPR.

LA REPRESENTACIÓN DE LA VIOLENCIA Y LA CRIMINALIDAD

violencia y la criminalidad dentro de un contexto colonial como el de Puerto Rico y otras zonas del Caribe. El análisis estético de la obra refiere a los estudios de Bajtin (1986, 1988) en la visión carnavalesca y las estructuras polifónicas. En la obra de Vega, la sátira carnavalesca y la polifonía estructuran un mundo de violencia en donde los mecanismos de supervivencia desnudan los comportamientos ante el miedo, la religión y la ley.

Intoducción

La investigación sobre La violencia y la criminalidad en la narrativa de Ana Lydia Vega se deslinda de los textos Vírgenes y mártires (Vega y Lugo Filippi, 1981), Encaranublado y otros cuentos de naufragio (Vega, 1983) y Pasión de historia y otras historias de pasión (Vega, 1987). Se utiliza el método sociológico de la literatura de Goldmann (1968), especialmente lo que concierne a la comprensión y explicación, junto a los textos de sus discípulos Leenhardt (1975) y Méndez (1974, 1982, 1983). Además, partimos del marco conceptual sobre el triángulo de la violencia de Galtung (2003) y los estudios sobre el poder y la violencia de Foucault.

Los textos de Frantz Fanon (1970, 2009), Albert Memmi (1975) y Madeline Román (1994) sustentan la comprensión y explicación del fenómeno de la

La hipótesis central de esta investigación se basa en analizar los mecanismos y reproducciones de los conflictos sociales utilizados para mantener el poder colonialista justificado por el patriarcado y sus secuelas sociales e individuales mediante las representaciones institucionalizadas y reafirmadas a través de la violencia. En esta producción literaria, la risa estructura la obra y tiene el propósito de subvertir las violencias y los poderes tanto culturales como políticos que entrampan la vida puertorriqueña y caribeña como se muestra a continuación.

Conflictos sociales que mantienen el poder colonialista en la obra de Ana Lydia Vega En primer lugar, se reconoce al texto Vírgenes y mártires (Lugo Filippi y Vega, 1981). Esta obra fue analizada por la violencia entre los géneros en un contexto colonial, y las representaciones de la violencia y la criminalidad en las que se manifiestan la marginalidad política y social de amplios sectores de la población. Además, representa una

violencia estructural que trae como consecuencia la alienación y la anomia en los grupos sociales, especialmente las mujeres. Vírgenes y mártires (Lugo Filippi y Vega, 1981) plasma las diferentes violencias de la que es objeto la mujer y su presencia en el contexto histórico de Puerto Rico como país colonizado. La cultura de la violencia, institucionalizada por el patriarcado junto a la violencia estructural, construye manifestaciones de desigualdad como lo son la división de clases, el racismo y la exclusión de género. A pesar de que en Vírgenes y mártires (Lugo Filippi y Vega, 1981) se representa la conducta machista manteniendo las desigualdades de género. También se puntualiza la representación del hombre de la calle, generalmente excluido de las estructuras de poder en estos cuentos. La obra se estructura desde la visión carnavalesca en la creación de un universo que subvierte las estructuras de poder, para ridiculizarlos y desinflar el miedo mediante la risa carnavalesca.

Segundo, Encancaranublado y otros cuentos de naufragios (Vega, 1983) simboliza la relación histórica de la violencia del Caribe antillano desde una perspectiva étnica, con sus particularidades nacionales. En la colección Encancaranublado y otros cuentos de naufragios (Vega, 1983), se expone la violencia y la criminalidad enmarcada en la violencia estructural y la violencia cultural, producto de las colonizaciones e invasiones compartidas en la historia de las Antillas. Existen las diferenciaciones por nación, raza y clase social entre los mismos excluidos son risibles; pero, aún así, el compartir una realidad igual de despojo y privación los lleva a establecer lazos de solidaridad. Eso no quiere decir que no tengamos que mirarnos en la radiografía de esta narrativa audaz que, como pocas en nuestra historia literaria, se ha atrevido a meter el dedo en la llaga de nuestra realidad no sólo puertorriqueña, sino caribeña. Cabe destacar, que los personajes, muchas veces tipificados, representan la marginación y sus circunstancias límites, en las cuales los conflictos por la supervivencia, la sexualidad conflictiva, la delincuencia, el crimen, el desarraigo, entre otras. Y ello, demostrará, como la verdad hegemónica

oficializa la exclusión de éstos. Los poderes al servicio de la sujeción de los gobernados son utilizados para mantener la explotación de los pueblos oprimidos. No obstante, todo este universo literario de Encancaranublado y otros cuentos de naufragios (Vega, 1983) es elaborado desde la sátira y el humor dentro de la visión carnavalesca del mundo. La autora devela estas verdades y sus poderes por medio de la risa liberadora. El lenguaje, el dialogismo, la polifonía, la presencia de la historia no oficialista ofrecen una amplia amalgama de situaciones enfrentadas al poder y vueltas al revés denunciadas con humor.

El último texto seleccionado, Pasión de historia y otras historias de pasión (Vega, 1987), fue examinado por la violencia patriarcal y la violencia histórica. La autora lo expone mediante una exploración del género policial para denunciar el mundo violento; aún sin abandonar su estilo humorístico y su tendencia a satirizar, empleando los recursos del realismo grotesco. Igualmente, la autora muestra su preocupación por la situación de la mujer y por la historia. Por eso, intenta construir la historia de las mujeres del País, tomando como base lo autobiográfico y lo testimonial. La visión carnavalesca permanece en sus juegos de subvertir las estructuras establecidas y confrontar la historia oficial.

Asimismo, el rescate de un pasado histórico distorsionado, cuando no silenciado, demanda la recuperación de la memoria, como bien Vega ha expresado en su ensayo, Nosotros los historicidas (Vega, 1994). La primera es la violencia producida por los sistemas patriarcales y la segunda cuando los pueblos se rebelan ante la explotación y la represión y son criminalizados por la búsqueda de su liberación. También amplía la visión sobre comportamientos no tradicionales en un mundo moderno y las dimensiones psicológicas ante las vivencias represivas que generan violencia, ya sea hacia el otro o contra sí mismos.

Se ha encontrado en la producción literaria de Ana Lydia Vega, al igual que en la visión carnavalesca, la elaboración del miedo como generador de violencia y mecanismo de control para los grupos sociales. El miedo, a su vez, entrelazado

Laura E. Crespo González
en la narrativa de Ana Lydia Vega
Contraporta del Libro Vírgenes y mártires (1981).

a las técnicas de poder es una de las manifestaciones más importantes en la coherencia de la obra. Los textos estudiados demuestran una estructura de la cual la subversión del miedo por medio de la risa se convierte en mensaje contestatario en contra del régimen establecido y las estructuras de violencia. La preocupación de Vega entraña desde la problemática política del colonialismo hasta las manifestaciones sociales conflictivas de las relaciones de clase, de raza y de género dentro del contexto histórico principalmente puertorriqueño, pero que también se ha extendido al Caribe. La violencia y la criminalidad en esta investigación son analizadas como control y dominación. Esta narrativa representa esa realidad mediante un universo imaginario que intenta darle una coherencia significativa. No obstante, a veces, en la necesidad de representarlos y enfrentarnos se recurre a los mismos mecanismos utilizados por la violencia. Además, las representaciones de la violencia y la criminalidad en la narrativa de Ana Lydia Vega se interrelacionan en muchos de estos textos estudiados, aunque se encuentran diferentes representaciones que se elaboran con mayor preeminencia, conforme a la temática narrativa. Por tanto, en el próximo rubro se establece una tipología en torno a las representaciones de la violencia y la criminalidad presente en la obra de Ana L. Vega.

Tipología de las representaciones de la violencia y la criminalidad presente en la obra de Vega Los cuentos, aunque a veces se entrecruzan, se han clasificado a partir de los siguientes temas: la violencia racista, la criminalización de la ideología independentista, la violencia de la miseria, la delincuencia y la criminalidad, la violencia de estado y el militarismo, la violencia en la historia, la violencia de la emigración, la violencia hacia la mujer y la liberación femenina dentro de la violencia.

La violencia racista se refleja en cuentos como “Pollito chicken”, “Puerto Príncipe abajo”, “Encancaranublado”, “El tramo de la Muda” y “Otra maldad de Pateco”, aunque también traten otras manifestaciones de la violencia y del poder.

Asimismo, la violencia de la emigración también muestra sus estragos en “Pollito chicken” y “Encancaranublado”, “El jueguito de La Habana”, “Trabajando pal inglés” y “Contrapunto haitiano”. Un sentimiento de exclusión y alienación permea todos los personajes que viven la experiencia de la partida de su país natal. El estado de miseria en que se mantiene a la población retrata la violencia estructural en “Puerto Príncipe abajo” y “Encancarnublado”. “La alambrada”, representa la criminalización de estos seres desposeídos que son encarcelados e incomunicados por el imperio norteamericano.

La violencia de Estado y el militarismo representada por el Estado colonial y su poder gubernamental para ejecutar la violencia directa se muestran en “El Senador y su justicia” y “Despedida de duelo”. Por otra parte, “La alambrada” denuncia la realidad del País colonial como bastión militar de los Estados Unidos. Asimismo, la criminalización hacia los grupos independentistas es representada, en “Despedida de duelo”, “Ahí viene Mamá Yona” y “El Senador y su justicia”. La delincuencia y la criminalidad son puestas en escena en “Despedida de duelo”, “El día de los hechos” y “Jamaica Farewell”.

El pasado de la violencia histórica se introduce en el cuento “El tramo de la Muda” y luego se amplía en “Sobre tumbas y héroes”, con el crimen perpetrado contra dos héroes de la insurrección de Lares en que también incluye los asesinatos de la Masacre de Río Piedras y del Cerro Maravilla. Asimismo, el presente histórico de violencia entre dominicanos y haitianos es consecuencia del pasado, como sucede en “El día de los hechos”. Por otro lado, la violencia machista contra la mujer, aunque recorre mucho de los cuentos estudiados, es temática principal en “El jueguito de La Habana”, “Pasión de historia” y “Caso omiso”. “Pasión de historia” penetra en la violencia criminal que padecen las mujeres y de la cual son responsables no sólo los hombres, sino también las mismas mujeres. Parecido a éste por su temática es “Caso omiso” en que se cree que el marido asesina a la esposa y, a su vez, la protagonista, como en “Pasión de historia”, está sometida al mismo riesgo de ser asesinada.

El enfrentamiento de la mujer buscando su liberación de la sujeción patriarcal es simbolizado por el magnífico cuento “Letra para salsa y tres soneos por encargo”. La violencia contra el cuerpo erótico de la mujer y su derecho a liberarse de esta violencia es un paso fundamental en la recuperación de su subjetividad. “Despedida de duelo” es un profundo cuento en el que la narradora recuerda el momento crucial de niña por el que consigue su liberación como mujer. “El Senador y su justicia” muestra al personaje femenino liderando un secuestro político. La caracterización de la mujer cancela toda la tradición de debilidad y sumisión adjudicada a su comportamiento. “Despojo” enfrenta dos vías posibles de liberación de la mujer: una utilizando la misma violencia contra la mujer que tradicionalmente es ejercida por las estructuras patriarcales y la otra estableciendo la empatía, base necesaria para la liberación y detención de la violencia.

Conclusión

A pesar de la preeminencia de los temas ya mencionados, se afirma que en Ana Lydia Vega hay una voluntad de enfrentar, de desmitificar y de subvertir la compleja realidad puertorriqueña desde una posición vitalista de la existencia que canta a las posibilidades del pueblo como productor de cultura. Vega tiene la visión de que el pueblo desarrolla estrategias y mecanismos liberadores que detienen el proceso hegemónico de las estructuras jerárquicas y autoritarias del poder desde arriba, conforme al principio carnavalesco. La fuerza del pueblo, aunque espontánea, elabora los canales de comunicación e interrelaciones que generan nuevas formas creativas de mantener su existencia.

Referencias

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PULSEO, TREGUAS

y otras hazañas con el idioma

se asoma el que frunce el ceño, otros los que aumen oronda indiferencia y y ese “conmigo no es la cosa”. O quizás aparezca algún gallito boricua que infle el pecho y responda: “dígame Mister” para marcar territorio y no dejarse amilanar. La realidad es que a muchos nos vuelve el alma al cuerpo cuando aparece, cual redentor iluminado, ese que tiene dominio del difícil y puede entablar el diálogo con el non grato interlocutor.

Portada de la revista Diálogo de la Universidad de Puerto Rico (1989) en donde se público el ensayo Pulseando con el difícil.

Intoducción

Cuando en la búsqueda de unas merecidas vacaciones nos vemos obligados a someternos al tedioso proceso en un aeropuerto o incluso si en nuestro escenario doméstico nos topamos con algún interlocutor que solo se comunica en inglés, no será difícil reconocernos en la siguiente estampa. Está el que pone cara de miedo con el “tierra trágame” rumiando en su mente. También

Sobre este asunto, pueden surgir versiones encontradas. Unos replicarán el discurso gubernamental del abrazo, dominio y cómoda relación entre el español y el inglés. No faltará quien eleve la mirada al cielo y dé gracias por haber matriculado a sus hijos o nietos en la escuela bilingüe del barrio. Tampoco en la escena puede faltar la madre orgullosa de que su niño o niña se sepa los números y colores en español e inglés “desde los tres añitos muchacha” para anticipar el diagnóstico que apunta a genio seguro. Si a la sazón nos encontramos con los que habitan en las ciudades que combinan el topónimo taíno con el apellido city, apaga y vámonos. Pero la realidad es que son muchas las razones para afirmar que en nuestro país el dominio de ambas lenguas en cifras estadísticas y evidencias no es, precisamente para tirar cohetes.

Pulseando con el difícil (1989) y Pollito “chicken” (1981) Para ahondar en el tema del idioma, que nos ocupa, es imposible no recordar el ensayo Pulseando con el difícil (1989) de Ana Lydia Vega. Un texto con un tono jocoso, pero no por ello adolece de reflexión profunda, sobre un tema conflictivo en varias dimensiones de nuestra experiencia como pueblo. En la academia y en la política el debate sobre el idioma cobra notoriedad toda vez que a este se suman otras perspectivas que son y serán parte de la encrucijada a la que estamos expuestos los habitantes de este país: identidad, nacionalidad, cultura o cómo el idioma nos acerca o aleja de aspiraciones políticas (todas legítimas para no ofender a nadie y tener la fiesta en paz). El “difícil” sofoca los discursos por su controvertible presencia, pero necesaria, en las esferas oficiales, económicas y educativas. Sobre todo, porque la lengua tiene gran influencia sobre la capacidad del hombre para actuar, comunicarse, integrarse y formarse una imagen de identidad sociocultural. Después de la raza es lo que más identifica a las

personas, ya sea para darles privilegios o hacerlos parte de la lastimosa discriminación. Pulseando con el difícil utiliza la imagen de dos púgiles enfrascados en un ring de boxeo para dar la batalla teniendo como espectadores, promotores y agitadores a políticos, empresarios, educadores, gestores culturales, ciudadanos de a pie y un largo etcétera. Cada uno manejando sus fuerzas para el suyo, ya sea el nativo o el extranjero y lograr que salgan victoriosos en la contienda. El primer “round” o asalto que nos presenta la autora tiene como marco histórico la aparición del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. En 1952, los logros políticos de un sector despertaron un desarrollo económico y a la vez una política cultural en la que se favoreció la integración de valores de la metrópoli, y entre ellos, por supuesto, el idioma. En este asalto boxístico e histórico, podemos rescatar un referente de uno de los textos de ficción de Ana Lydia, Pollito “Chicken”. En este relato, Suzie Bermúdez (probablemente una hija del país post ELA) lareña que se vio en la necesidad u obligación de emigrar a Nueva York y asume el rol de una asimilada que trata con desdén a los suyos. La protagonista cree ser una auténtica anglosajona en sus gustos, intereses, pareceres, visión de mundo y cuando le toca regresar a la isla para unas vacaciones en el trópico, al más puro estilo del “establishment” norteamericano, niega su identidad hasta el momento en que afloran las pasiones sexuales. En el auténtico gozo se sacuden los cimientos de su identidad y sale a relucir lo que es. Pues bien, para vincular un texto y el otro, en el caso de Suzie el pulseo lingüístico lo gana un difícil que abre oportunidades, encubre una necesidad, posibilita el “acceso” o la “aceptación” del otro, pero con un explícito desprecio por la identidad nativa, la cultura y todo lo que representa. Suzie es una alegoría del adoctrinamiento de una política de panfleto en el que el idioma se convirtió en una posibilidad para adentrarse en la metrópoli y lograr cambiar las circunstancias bajo el palio del progreso y bienestar. Habría que cuestionarnos si en nuestro modelo educativo se siguen replicando esas ideas de que un idioma solo sirve en tanto

Omar A. Ortiz Cruz

y en cuanto ofrece oportunidades de progreso material. Cabe aclarar que no hay nada censurable en desear conquistas económicas, pero es necesario explorar otras bondades de la riqueza lingüística para que el proceso cobre sentido y significado. Es importante hacer una merecida mención de que previo al 1952, el pulseo estuvo en manos de otros sectores. Recordemos que una década anterior, tuvimos al maestro rural Peyo Mercé batallando contra Mister Johnny Rosas de cara a unas estrategias pedagógicas para lograr que un grupo de niños campesinos comenzaran su aprendizaje del inglés. El difícil, como lo califica Vega, también tuvo objetores en otras tribunas. No olvidemos la batalla de Nilita Vientós Gastón en los tribunales para que el español se fijara como lengua en los aspectos procesales. Este detalle de nuestra historia, en la que un letrado podía emplear la lengua extranjera en las alocuciones ya sea como acusador o defensor, tiene bien merecido un argumento para telenovela. Imaginemos cuanta injusticia pasaría frente a los ojos de la esfinge con la sempiterna mirada cubierta. Así que este primer “round” del ensayo de Ana Lydia se da un momento de una aparente calma. Los asuntos del idioma no fueron precisamente los más que levantaron pasiones en una época en que todo estaba supeditado a la promesa de progreso y estabilidad. Sin embargo, algo que no se descuida en el ensayo es que, tras esa apariencia, existía todo un andamiaje ideológico en el que el inglés superaba en la escala de valores al español por lo que representaba en términos de progreso, accesos y estatus frente a la sociedad. ¿Podríamos decir que esa realidad ha cambiado con el curso de los años? La respuesta es un no mayúsculo. Basta con que repasemos las políticas lingüísticas que se han gestado en el seno del Departamento de Educación para advertir que detrás de toda esa normativa, proyectos y asignación de fondos está la idea de una necesidad de lograr ese acceso, dominio y valoración del difícil como el idioma de las posibilidades.

Una digresión necesaria: El bilingüismo a la luz del Departamento de Educación de Puerto Rico En una de las cartas circulares vigente del Departamento de Educación en la que se discuten las bondades del bilingüismo se menciona la siguiente frase: “la oportunidad de ser sumergidos en ambas culturas”. La imagen no tiene desperdicio para una poesía. No obstante, debemos subrayar que además de estar sumergidos y recrearnos con en el celuloide, la música y toda la seducción que acompaña a esta lengua también es importante zambullirnos en buen puertorriqueño para reconocer las circunstancias de una emigración forzada, el discrimen, las presiones económicas y sumar otras variables como la realidad de una formación escolar con un lastre de deficiencias por generaciones.

El bilingüismo además de estar justificado por unas presiones sociales y económicas debe estar respaldado por una conciencia cultural. ¿Qué nos aporta el bilingüismo a nuestras vidas? Además de conocimiento, nos aporta vínculos, acceso a otras perspectivas, visiones de mundo, caracteres, formas de pensar y actuar que se conocen en tanto y en cuanto nos acercamos al universo de palabras que no son otra cosa que una forma de percibir y entender la realidad. Así que, además del discurso de las oportunidades, que está solapando un estado de necesidad, para llegar allá con herramientas suficientes y labrarse una seguridad económica, debemos añadir lo que posibilita un idioma bien aprendido para sentarnos a la mesa y sostener un diálogo productivo conociendo el aparato y sus entrañas.

De nueva cuenta: Pulseando con el difícil (1989) De regreso a Pulseando con lo difícil, en el segundo “round”, la autora explora la vida universitaria y entre clases, la rica enseñanza que se teje en las discusiones de pasillos, el contacto con lecturas y otras aventuras igualmente memorables, descubre la riqueza de la lengua nativa. Se debe subrayar, que esta experiencia de la autora es la de unos pocos, esos que pudieron en cierta época insertarse en una educación privada y llegaron

a la universidad con un perfil muy distinto al del resto del país en cuanto a competencias lingüísticas se refiere. En esa vivencia marcada por el descubrimiento, la ruptura con la imposición ideológica, el debate que aviva el combate y el espíritu tirapiedras, resulta favorecido ese español que logra superar la marginalidad a la que fue sometido por una ideología que marcó a varias generaciones y que siendo honestos aún persiste. Sobre todo, cuando se asoman las comparaciones odiosas con el castellano de otras latitudes. Ese que conocimos por el contacto con la televisión, el que hacía suspirar en las telenovelas y afirmar “¡qué bien hablan el español esos colombianos!”.

En el título del ensayo en cuestión, el gerundio en pulseando, presenta una tensión que no se ha acabado; la batalla continúa. De un lado están quienes consideran las bondades de un bilingüismo sin mediar otras consideraciones de tipo cognoscitivo, histórico, cultural y socio económico; del otro lado, los que bajo el apasionamiento patriótico con sus legitimaciones ideológicas siguen viendo en estas políticas educativas una intención imperialista, aunque las decisiones no tengan como origen la metrópoli sino un despacho burocrático encapsulado en una calle de Hato Rey.

En el empate por decisión que propone la autora hay una reflexión que bien merece la pena. Se nos presenta su reconciliación con el inglés justo cuando tuvo la oportunidad y el deseo de conocer un tercer idioma. Fue en ese escenario y bajo esas circunstancias que se asomó una valoración distinta del conocimiento de una lengua y se trata precisamente de las posibilidades que ofrece para apreciar una cultura, acercarse a una visión de mundo, entablar un diálogo fructífero y edificante, promover el respeto por otras maneras de sentir y pensar; en fin, ampliar las perspectivas.

Conclusión

Ana Lydia pone el dedo en la llaga al cuestionar las prácticas educativas que se han perpetuado en el país fruto de la improvisación, los vaivenes políticos, los encarnizados debates plebiscitarios,

el protagonismo panfletario y la chapucería; y presenta un modelo de enseñanza, que lejos de imponer un idioma, se ocupe de proponer. Quizás en esa propuesta conciliatoria se logre imitar esa convivencia perfectamente recreada en la ficción. Ya para finalizar, en Encancaranublado y otros relatos de naufragio (1982), otro texto de Ana Lydia, tres hijos de Haití, Cuba y República Dominicana hacen malabares para sobrevivir en altamar. Uno de los sesgos que surge en esa relación provocada por la necesidad, es el idioma. El relato concluye cuando llegan a Miami y escuchan al boricua presentarle la realidad tal como la ha tenido que sufrir y sudar. Quizás, para que esa relación antillana supere las limitaciones impuestas por la cultura, la economía y la política, tendría o debería promover un conocimiento de los idiomas que nos permita rescatar lo esencial de la comunicación, esto es, vincularnos. Será así y no de otra manera, que esta babel antillana haga posible mejores circunstancias que logren librarnos del naufragio.

Referencias

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Vega, A.L. (2024). Pulseando con el difícil. English Studies in Latin America, (27), 1-10. (Trabajo Original publicado en 1989).

ESTRATEGIAS HISTORICIDAS DE ANA LYDIA VEGA EN EL CUENTO

“Un domingo de Lilianne”

Introducción

Ana Lydia Vega se ha consolidado como una de las escritoras contemporáneas más reconocidas de la literatura puertorriqueña e hispanoamericana. En su obra Falsas crónicas del sur (1991), la autora reúne ocho relatos que se nutren de la historia y la tradición oral de los pueblos sureños de Puerto Rico. Arroyo, Ponce, Guayama y Patillas sirven de escenarios para narraciones que transitan entre la ficción y la historia, entre lo individual y lo colectivo, entre lo cotidiano y lo extraordinario. A cada texto le precede una nota breve en la que Vega explica su proceso de investigación y de creación literaria, ofreciendo al lector una mirada al origen de cada relato. A continuación, se profundizará en el manejo del concepto historicida en la obra de Vega.

Manejo del concepto historicida en la obra de Vega

La escritora santurcina reveló su fascinación por la historia a través de toda su obra. En el ensayo “Nosotros, los historicidas”, afirmó que la reescritura de la historia fue para ella y otros escritores de los setenta una manera de apropiarse de un legado que se les había negado. También fue una forma de asumir su identidad personal. La juventud de estos autores transcurrió en la década del 1950, un periodo marcado por la creación del Estado Libre Asociado, el discurso del progreso de la era muñocista y la represión política. Es por eso, que la escritora se consideró una de las “historicidas” que redescubren un pasado que no les fue enseñado en las escuelas, que hacen suyo y que lo reinterpretan en narraciones de carácter histórico (Vega, 1996). Y ello es precisamente lo que expuso en el cuento “Un domingo de Lilianne”, como se profundiza a continuación.

Nuevas voces narrativas en “Un domingo de Lilianne”

El cuento “Un domingo de Lilianne” presentó una multiplicidad de voces narrativas y perspectivas para exponer diversas versiones de uno de los eventos más sangrientos de la historia de Puerto Rico: la Masacre de Ponce. El 21 de marzo de 1937, el Partido Nacionalista Puertorriqueño, organización que abogaba por la independencia de la isla, realizaría una manifestación política para conmemorar la Abolición de la Esclavitud y protestar por el arresto de su alto liderato. Sin embargo, ese Domingo de Ramos la policía

canceló la autorización para la parada, rodeó a los nacionalistas y abrió fuego para impedir la marcha. El saldo de este terrible suceso fue de 19 personas muertas y hasta 200 heridos. Entre las víctimas se contaban tanto militantes nacionalistas como personas ajenas a la manifestación. El gobernador militar de Puerto Rico para ese momento, Blanton Winship, afirmó que los nacionalistas iniciaron el tiroteo en contra de la policía. Incluso alegó que dispararon tanto desde la calle como desde balcones y azoteas. Once nacionalistas fueron enjuiciados por la muerte de uno de los policías (Moraza, 2001).

Las estrategias historicidas contenidas en el cuento

En “Un domingo de Lilianne”, Elissa L. Lister pudo apreciar una serie de estrategias que han utilizado los escritores caribeños contemporáneos para reescribir lo histórico y dotarlo de nuevos significados. Para Lister, en este tipo de narrativa, el cuento de Ana Lydia Vega cuestionó, diluyó y transformó la versión impuesta de la historia a través de un relato fragmentario, la ficcionalización de personajes históricos, la pluralidad de voces y perspectivas, y el enfoque en lo cotidiano (2002).

Vega estructuró esta crónica mediante cuatro secuencias, tres de las cuales se entrelazaron y se desarrollaron en tiempos simultáneos, y una última, cerró el relato. La principal documentaba la historia de Lilianne, quien rememoraba un día de su infancia, de aquel fatídico domingo de 1937. Ella se encontraba recorriendo el trayecto para llegar a la finca de sus abuelos, cuando su día de campo, se vio interrumpido por la llegada de un auto de la policía que buscaba a su padre.

La segunda secuencia trató de Ángel, un curioso que se escabulló al área restringida por las autoridades para observar la parada de los nacionalistas y que cayó agonizante durante el tiroteo de la fuerza policial. La tercera secuencia presentó a Carlos, un fotógrafo del periódico El Imparcial, quien se vio obligado a interrumpir su coqueteo con una muchacha y a tirarse al suelo para salvar su vida, no sin antes, retratar los hechos.

La secuencia final abordó la injerencia del padre de Lilianne como Fiscal en los acontecimientos de

ese día. Él fue quien recorrió horrorizado la escena de la masacre y se topó con las palabras escritas con sangre en la pared: “Viva la república, Abajo los asesinos” (Vega, 1997, p. 120). En estas secuencias, la mayoría de los personajes, así como los sucesos narrados, fueron históricos.

La protagonista del relato correspondió a la distinguida poeta, profesora y gestora cultural Lilianne Pérez-Marchand, que para ese entonces, era una niña. El Fiscal se basó en el Lcdo. Rafael PérezMarchand, padre de Lilianne y el primer fiscal que investigó la Masacre de Ponce. Éste renunció a su cargo ante las presiones del gobernador Winship, quien buscaba encubrir la masacre. Por otro lado, el fotógrafo que protagonizó una de las secuencias fue Carlos Torres Morales, cuyas fotos ayudaron a esclarecer los sucesos de aquel 21 de marzo. Otro personaje histórico, apenas identificado en la secuencia final como el Coronel, fue Enrique de Orbeta, jefe de la Policía Insular. El único personaje ficticio fue Ángel, quien representaba a las víctimas ajenas a la parada nacionalista que murieron durante el ataque de los policías.

Además, dos tipos de narradores intervinieron en el cuento: el protagonista y el omnisciente. El narrador predominante estaba en primera persona y respondía a la focalización o perspectiva de Lilianne. A través de las travesuras que ella tuvo en la hacienda, mostró la interacción con su familia, y el grado de complicidad que sostenía con su padre. También ofreció una visión edénica del campo con abundantes animales y frutos. Finalmente, registró eventos cotidianos de la década del 1930, como la celebración del Domingo de Ramos, los paseos de las muchachas por la plaza de Ponce y el hombre transportado en la hamaca, seguramente con destino al hospital o al cementerio.

La segunda voz correspondía a un narrador omnisciente en tercera persona. La focalización o perspectiva cambió según el personaje principal de cada secuencia: Ángel, Carlos o el Fiscal. Los primeros dos fueron testigos oculares del evento. Ángel proporcionó indicios sobre la amenaza latente de la policía como representante de las fuerzas opresoras de la colonia. Por otro lado, mediante la perspectiva de Carlos, dicha amenaza se manifestó en la descripción de la encerrona

Carol B. Roche Burgos Programa de Español
Escuela Superior Luis Llorens Torres
Foto extraída del libro Falsas crónicas del sur (1991).

a los nacionalistas. Este focalizador resaltó la indefensión de los Cadetes de la República y del Cuerpo de Enfermeras. Sin embargo, es contra Ángel, que se desató la violencia contenida. Si las fotos de Carlos rescataron para la posteridad los asesinatos perpetrados por la policía, el cadáver de Ángel era la evidencia concreta de las fuerzas destructoras del régimen colonial.

Finalmente, la perspectiva del Fiscal reveló la magnitud y el horror de la masacre. El narrador omnisciente adoptó un tono trágico para recrear, mediante imágenes sensoriales, un ambiente infernal: “Un velo de humo gris”, “una tarde oscurecida antes de tiempo”, “sirenas chillonas”, “el olor avasallante de la muerte” y “los adoquines manchados“. La exhumanización de los policías se expresó en la siguiente metonimia: “Las carabinas largas vigilaban las calles” (Vega, 1997, p. 120). En esta última secuencia, el Coronel intentó presentar la versión oficial de los hechos: los nacionalistas realizaron un atentado. Sin embargo, esta versión quedó ahogada o apabullada por el efecto que tienen en el Fiscal las imágenes de la escena del crimen, el mismo efecto que produjeron las versiones de los dos testigos, Carlos y Ángel, en el lector.

En consecuencia, resultó evidente el contraste entre las perspectivas presentadas por el narrador omnisciente y la voz predominante: la de Lilianne. La autora atribuyó a “la arbitrariedad autoril” su predilección por el relato de la niña (Vega, 1997, p. 120). Haciendo uso de la ironía tomó el punto de vista principal de un personaje que no estuvo presente y que para esa época era una niña. Si bien Ángel y Carlos experimentaron directamente la masacre, Lilianne presintió que la llegada del auto de la policía a la finca de sus abuelos alteró la armonía de aquel domingo cotidiano, sin entender realmente las dimensiones del cómo. La inocencia de la niña y la aparente tranquilidad del campo contrastaban con los sangrientos sucesos de las calles Marina y Aurora. En un nivel simbólico, la interrupción del día de campo de Lilianne representó la violencia que, como onda expansiva, invadía su mundo infantil. Más hubo una repercusión colectiva donde la violencia del régimen colonial hizo que por medio de un hecho

de sangre, la inocencia de Puerto Rico se perdiese. Así lo afirmó el Fiscal, cuando lamentó el trastoque de un orden paradisíaco, de esa vida que “ya nunca más transcurrir[ía] plácida como su día de campo todos los domingos” (Vega, 1997, p. 120).

Conclusión

Como ya se ha expuesto, el cuento “Un domingo de Lilianne”, de Ana Lydia Vega, se inspiró en la Masacre de Ponce para brindar un texto rico en voces y versiones de este suceso histórico. En él, la autora retó la historia oficial, empleando estrategias historicidas que le permitieron crear una ficción capaz de sorprender por su originalidad y capacidad para cuestionar los discursos del poder. Al presentar una narración fragmentaria, incluyó eventos y personajes históricos, y plasmó las múltiples perspectivas de los narradores y la mirada inocente de Lilianne. Con ello, Vega reconstruyó uno de los sucesos más violentos de la historia puertorriqueña, reescribiendo el pasado e invitando a nunca olvidar dicha masacre.

Referencias

Lister, E. L. (13 de octubre de 2002). Resemantización de lo histórico en la narrativa caribeña contemporánea. Hoy. http://www.hoy.com. do/octubre2002/13102002/islaabierta1.htm.

Moraza Ortiz, M. E. (2001). La masacre de Ponce. Hato Rey: Publicaciones Puertorriqueñas.

Olazagasti-Segovia, E. (2016). Ana Lydia Vega y la re-escritura de la historia. https://www. jstor.org/stable/23022483

Vega, A. L. (1996). Esperanto a Loló y otros delirios generacionales. Editorial de la Universidad de Puerto Rico. San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico.

Vega, A. L. (1997). Falsas crónicas del sur. San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico.

DE ANA LYDIA VEGA A KINITRA BROOKS:

Ironía y conjuro del afrofeminismo desde el Caribe

Dra. Waleska V. Castillo Crespo

Introducción

La narrativa de Ana Lydia Vega en Puerto Rico se ha destacado como símbolo del feminismo, pero más aún de la escritura experimental escrita por mujeres caribeñas. Entre sus características se identifican la ironía, la sátira y el humor. Su estilo es directo y mordaz. Vega insiste en el antillanismo como parte de la identidad puertorriqueña. Este es un aspecto muchas veces pasado por alto, ya que no se recalca en la enseñanza de historia fuera de su mención en los cursos en niveles elementales. Entre sus personajes podemos encontrar migrantes, haitianos, dominicanos e independentistas, etc. Sus personajes presentan la marginación y su lenguaje muestra la hibridez que los compone. A continuación, un insumo relevante de su obra donde se aprecia lo ya mencionado.

Ana Lydia Vega incluye el ensayo Gimnasia para una noche en vela en el libro de ensayos del cual es editora, El tramo ancla (2009). Comienza con una dedicatoria a Manuel Moraza, a Coqui Santaliz y Tati Fernós. Luego en su exposición equipara el uso de los rolos para el cabello con sus otras preocupaciones sobre la escritura. Ya desde ese momento, Vega entrelaza el mundo de lo que resulta ser importante para la mujer como es el caso del arreglo del cabello con la producción literaria. Menciona la creación de un nuevo manuscrito para un libro y el miedo de que se lo confisquen en los allanamientos que están ocurriendo. Para evitar esto, lo escondía debajo de la almohada. Desde el inicio, Vega sitúa al lector en la situación difícil que pasaban los escritores de la época para escribir y para publicar sus textos. Sin embargo, tales dificultades en mujeres negras, a través del tiempo, se han perpetuado con mayor ahínco. Tan reciente como el 2017 y 2021 Kinitra Brooks ventila las luchas que estas mujeres negras, líderes feministas, han enfrentado para alcanzar un reconocimiento en el canon literario y sobre este tópico en particular, se profundizará a continuación.

Kinitra Brooks y su lucha afrofeminista literaria

Kinitra Brooks trabaja el tema de la literatura escrita por mujeres negras, su lucha por la publicación, por adquirir el respeto y la consideración de la crítica literaria. Ella forma parte de una corriente teórica afroamericana que surge en el siglo XXI. Propone la reivindicación de las espiritualidades afrodescendientes como prácticas de resistencia feminista y anticoloniales. Coloca el cuerpo y el espíritu de la mujer negra en el centro de la producción del conocimiento y deja atrás el eurocentrismo y el blanqueamiento. Brooks explica en el ensayo Black feminism and the struggle for literacy respectability, que existe una búsqueda de respeto por parte de las escritoras negras y colonizadas, además de aquellas que trabajan temas no usuales como la experimentación del lenguaje y el horror. Brooks forma parte de la

corriente teórica afroamericana y con el libro Searching for Sycorax: Black Women’s Hauntings of Contemporary Horror (2017), cuestiona el considerar la crítica feminista negra como un problema y no como una solución. Para Brooks, la mujer negra ha sido condenada por su escritura, por tener características y manifestaciones monstruosas. Para ella, hay una falta de espacio que reconozca las complejidades de las mujeres negras creadoras. Según Brooks, las mujeres negras en las artes se exhiben a través de muchas áreas, pero no tienen un espacio de marco definido que esté aceptado, esto se complica en manifestaciones artísticas como la literatura, las películas y la construcción de personajes que no son tradicionales. De acuerdo con Brooks, la teoría negra feminista comenzó como una parte del movimiento abolicionista y sufragista. No obstante, hubo una lucha para alcanzar una representación adecuada porque las mujeres negras requerían un espacio para establecer sus necesidades y particularidades, tanto literarias como corporales, refiriéndonos a su ser. Estaban conscientes de que sus oportunidades eran limitadas y sufrían varias

opresiones a la vez. Las mujeres negras poseen una personalidad única, que se gesta en sus múltiples identidades que operan simultáneamente. Las definen una multiplicidad de influencias y fisuras de identidad, que a su vez, logran que se infiltren incongruencias. Sin embargo, esas incongruencias no son vistas negativamente, sino que son parte del crecimiento, según Brooks. Las escritoras negras querían convertirse en respetables dentro de la comunidad literaria. Sin embargo, Brooks explica que no encajaban o no se amoldaban a la meta que habían delimitado las líderes teóricas feministas negras. Fueron ágiles al establecer una tradición y una crítica literaria negra feminista insertada al canon. Otros consideraron que esa lucha por la aceptación en el canon es lo que hace que fuera antiético y que iba en contra de lo que eran o representaban. Las líderes teóricas feministas negras querían participar y dar a conocer o declarar que los escritos de las mujeres negras eran dignos de ser llamados literatura y de formar parte de los autores. Ellas establecen otros subgéneros entre los cuales están los espacios marginados, que ya con antelación Ana Lydia Vega había vislumbrado. Para Brooks, las escritoras negras presentan la casa como el espacio desde el cual le llega la fuerza, tanto cultural como la de su construcción literaria. La mujer siempre es líder de su casa, el lugar donde es necesitada y donde cabe.

No obstante, el acto de cambio se gesta cuando la mujer sale del espacio de esa casa y lo que logra con esa salida. La casa se va transformando de un espacio de confinamiento a un lugar de liderazgo.

El ámbito de la casa y la crítica política en la narrativa de Vega

En 2009, Ana Lydia Vega escoge un espacio puntual del hogar, su cuarto. En él, busca quedarse dormida, expresa la pobreza de su casa, ejemplificada por plafones sucios y gotera que se escucha como un solo de música. También menciona su proceso de insomnio, en el que lo que hace es contar ovejas negras. Además, indica que está pensando en viejas tensiones y medita

en las situaciones que estaban sucediendo con el FBI. Según Vega, el pasatiempo de la agencia federal es ser críticos literarios. Establece que la agencia descubre tardíamente tal oficio y compara con otros momentos en que, tanto en la literatura como en la historia, se han producido tensiones en los gobiernos. Estas tensiones han suscitado la quema de libros en la Inquisición o mediante mandatarios como Hitler, Duvalier, Pinochet, etc. Vega describe dichas intervenciones de las autoridades con los escritores o las librerías, con los adjetivos eficiencia y elegancia, usando la ironía. Indica que hay un vacío crítico en lo que le llama el país desarrolladito, refiriéndose a la Puerto Rico, ya que no considera que haya personas que se puedan denominar críticos literarios, al momento en que escribe este ensayo. Es palpable, que tanto Vega como Brooks, resalten que muchas de las escritoras, negras o no, han entrado al marco histórico literario en disposición, pero muchas otras, no logran integrarse porque sus diferencias no caben en tales esquemas, ya que siguen siendo limitantes y excluyentes.

Puntos de encuentro entre Brooks y Vega Como se ha podido apreciar, ambas escritoras han buscado revisar imágenes negativas establecidas para la mujer y se han esforzado por construir un mapa para sus descendientes, con la idea de lograr un acercamiento con nuevas generaciones. Para Brooks, por ejemplo, la meta es colapsar las paredes del canon literario centrado en el género, el racismo y el clasismo. Presenta evidencias de que las mujeres negras han sido invisibilizadas por la historia. Manifiesta que ellas buscan un marco laboral no hostil que las respete, donde finalmente puedan ejercer un análisis literario que les permita publicar tanto en la prensa como en las revistas académicas. Por su parte, Ana Lydia Vega, con su acostumbrada ironía, destaca que se pudiera utilizar la prensa para trabajar columnas escritas por el FBI, tanto en el San Juan Star como en El Nuevo Día. En dichas columnas, la agencia

respaldaría o recomendaría los libros que las personas pueden leer. Vega expresa que los escritores puertorriqueños están en un ghetto independentista, que no llega a las grandes masas de lectores y que esas columnas serían una fórmula para poder llegar a dichos lectores. Con su acostumbrada sátira, destaca que los escritores tendrían el privilegio de contar con un grupo editorial, que sería la agencia federal. Esto, con el propósito de que revisen los trabajos y manuscritos, y se elimine todo lo que es superfluo y panfletero, que según ella, corresponde a las maldiciones taínas de las letras puertorriqueñas. Vega destaca el uso del Freedom Act, para que el escribir en puertorriqueño se pueda extender fuera del ámbito literario insular y tenga un alcance internacional.

En su acostumbrado uso del humor, la ironía y cierto cinismo, la escritora expresa que hay que establecer un comité de lectura para evaluar la peligrosidad que van a tener los manuscritos y ofrecerle una fuente de empleo a quienes salen de la Facultad de Humanidades, víctimas predilectas del desempleo. Según Vega, para darles trabajo y que puedan ser los correctores o parte del comité. Ella revela que la mayoría de los escritores puertorriqueños son independentistas que tienen la mayor parte de su obra inédita. Advierte que puede haber un sistema que contabilice las palabras claves como patria, pueblo, nación, yanqui, lucha y libre. También indica que hay escritores que van a burlar la censura y los códigos simbólicos, con obsesiones ancestrales, por lo que habría que buscar decodificadores. Señala la creación de unos cursos en la Universidad de Puerto Rico que se llamen de acuerdo con el código establecido por el FBI, para evitar que desaparezcan. Dice que la literatura debe alcanzar la sofisticación de metáforas que sean subliminales. Esto guarda semejanza con Brooks, quien expresa que las literatas feministas negras respetaron las normas del canon en el lenguaje para entrar, y luego, cuestionaron lo unidimensional y la estrechez. Tenían que revolucionar el canon desde el interior,

ya que su lenguaje y su fórmula eran opuestas. Igualmente, advirtieron que no todos los textos afroamericanos son el mismo.

Vega dispone que el llamado Big Brother o el FBI sería el encargado de nuestra cultura y serían quienes dan valor a las obras, los personajes y a la clase social. Terminaría todo atado hacia el optimismo y daría un paso hacia la reconsideración de que todo sea establecido en vías de arreglar un asunto irónicamente político.

Por otro lado, expone que los puertorriqueños se deben sentir halagados de que el FBI le dedique tiempo a su literatura. Esto, porque es difícil publicar en Puerto Rico, hay un puñado de editoriales que publican solo el 5% de los manuscritos sometidos. Hay escasez de derechos de autor, los escritores locales no pueden vivir de sus textos y hay pobreza de circulación. Poca gente lee y escribir es un acto solitario, sacrificado y heroico. Según Vega, la escritura no deja nada ni en términos monetarios, ni de exposición. Ella, denuncia la preocupación de las redadas, ya que el FBI ha ido a librerías, imprentas y a algunas actividades, buscando textos y escritores para censurar.

En un epílogo amanecido, la escritora menciona a un colega dominicano a quien le extraña la indignación de los puertorriqueños ante los allanamientos a la vivienda de los independentistas. Explica a modo de excusa que allá se allanan todos los días, pero en Puerto Rico, es más o menos cada 30 años. Vega siempre se ha caracterizado por mencionar a las Antillas y decretar que Puerto Rico es parte de ellas, aunque no se tenga la costumbre de mencionarlo. Le aclara situaciones políticas del Nacionalismo, de la Universidad de Puerto Rico y del Cerro Maravilla como ejemplos de esos allanamientos. Señala que no ha podido dormir y se puso a escribir el ensayo por estar indignada. También explica que se levantó a cerrar las puertas y candados por la criminalidad y el FBI, instituciones que coloca en el mismo nivel. Acaba mencionando el olor al pan que se hace cerca de su casa y que mientras escribía

sintió sueño y la sonrisa de los demás. Vega escribe este texto como si fuera un diálogo frente a otras personas, en estilo y lenguaje personal desde el espacio íntimo de su habitación en la casa. Por su parte, Kinitra Brooks, dice que las feministas negras dejan un legado para que otras escritoras puedan continuar en el futuro. Explica la potencialidad de la crítica con miras hacia las generaciones que se van añadiendo al marco analítico de los trabajos que decidan privilegiar. Las feministas negras anteriores establecieron el canon para introducir los textos, pero las próximas tienen el deber de expandir ese canon y dar respetabilidad a los textos que poseen aspectos ghettoizados o considerados de horror dentro de la política del canon. Ya para finalizar, se esbozan lineamientos a manera de conclusión como se aprecia en el próximo rubro.

Conclusión

Los procesos históricos del sistema esclavista y el sistema de plantación, aunado a la conformación de la sociedad contemporánea han nutrido la narrativa crítica de Ana Lydia Vega. Dicha narrativa, a su vez, ha servido de antesala para establecer un diálogo, con las nuevas teorías de escritoras afroamericanas o el llamado Conjure Feminism. Su punto de encuentro es el humor, la ironía, la hibridez del uso del lenguaje, la sátira caribeña, el espacio de la casa como el lugar de fuerza y resistencia de la escritora y la memoria corporal. La marginalidad de Vega y su texto nos remonta al ghetto o a lo que es rechazado por el canon por su marginalidad. Es un desafío para el patriarcado y el colonialismo. Existe en Brooks como en Vega, el deseo de rescatar lo que se les ha negado, darle espacio a lo marginal y a lo que no ha podido ser colocado dentro del canon por ser diferente.

Hay en ambas una valorización de lo anterior, pero también necesidad y deseo de mejorar y de cambiar, de añadir lectores y de transformar las artes y los medios. Ambas forman parte de grupos ancestrales a los que mencionan y honran. La

espiritualidad se representa en el reconocimiento de lo anterior como una forma de desafío a la opresión. Comparten la descolonización feminista a través de la memoria corporal, de las fuentes de conocimiento y sus manifestaciones a través de la escritura con personajes marginados y situaciones de opresión en que las escritoras buscan respeto e inclusión. Tanto la mujer afrocaribeña como afroamericana, adoptan múltiples estrategias desde la ironía hasta el conjuro, en formas válidas y necesarias para construir un futuro más libre y accesible para las próximas escritoras marginadas y colonizadas.

Referencias

Brooks, K. D. (2017). Searching for Sycorax: Black Women’s Hauntings of Contemporary Horror. New Jersey: Rutgers University Press. _____(2021). Conjure Feminism: Toward a Genealogy. Hypatia, 36(1), 452-461. Chireau, Y. (2003) Black magic: Religion and the African American Conjuring Tradition. Berkeley: University of California Press. Vega, A. L. (2009). El tramo ancla: Ensayos puertorriqueños de hoy. Río Piedras: Editorial Antillana.

EL UNIVERSO NARRATIVO DE ANA LYDIA VEGA:

Herramienta indispensable en las instituciones educativas para la transvaloración africana en la identidad puertorriqueña

Intoducción

Las expresiones de estupor en los rostros de algunos de mis estudiantes no esperaron a asomarse cuando describí a Pateco Patadecabro como un ente demoniaco con pezuñas cuyos poderes sobrenaturales eran destinados a

jugar bromas que repercutían en la vida de los demás. Algunos abrieron los ojos como si hubiese proferido una blasfemia, otro exclamó:

“¡Uy, el diablo!” y una joven se persignó. En ese momento supe que me había sumergido en aguas profundas por traer a colación un tema que suscita prejuicios anquilosados en la conciencia ingenua del puertorriqueño. Las creencias religiosas de antepasados africanos cargan un estigma, hasta cierto punto negativo, que ha convertido su estudio y su disertación en un tabú para una población que es generalmente cristiana. Esto ocurre debido a la desinformación y a la manipulación del pensamiento colectivo. Continué la discusión del cuento Otra maldad de Pateco con mucha discreción y sin abundar en deidades como Ogún y Papá Changó, dios de la religión yoruba, a quien se le describe en el cuento como Todopoderoso, con el fin de no causar revuelo en las sensibilidades de estos jóvenes. Luego de terminar el día escolar, no me sentía satisfecha. Me negaba a tratar estos temas de manera superficial porque son una parte fundamental del legado cultural de Puerto Rico. Me senté con una taza de café a preguntarme cuál era mi rol como educadora en este caso y qué podía hacer para proveer a mis alumnos una visión cosmopolita con el propósito de fomentar la tolerancia sin que este objetivo fuera tergiversado. La erradicación de percepciones erróneas que figuran de otras culturas y de

la propia herencia, es una labor inherente del sistema educativo. El puertorriqueño es una mezcla de razas y de influencias culturales muy diversas y cada una de ellas ha aportado aspectos esenciales para forjar la puertorriqueñidad, pero las verdades a medias han generado en una crisis de identidad.

Superando el miedo a las narrativas que abordan la raíz africana

Al terminar mi café, decidí superar ese miedo inconsciente que tapa la boca y llevar al salón de clases más ejemplos del acervo cultural africano que brindara otras perspectivas. Para ello, decidí profundizar y compartir las aportaciones de Ana Lydia Vega, una destacada escritora puertorriqueña perteneciente a la generación del setenta, a quien se le dedicará la Fiesta de la Lengua en 2026. A través de sus narraciones y ensayos, sistemáticamente ella ha develado, cuestionado, denunciado y reivindicado, la africanidad del puertorriqueño. Aunque en los mapas curriculares existen lecturas alusivas a la cultura africana, no se manejan como un pilar de

la puertorriqueñidad, son lecturas que fungen más como suplemento y no como complemento. En contraste, Vega se ha encargado de visibilizar ese mundo antillano no hispano, que en Puerto Rico se ha visto relegado por la falta de un currículo antirracista desde grados primarios, que responda a la pertinencia de resaltar dicha herencia. Por ejemplo, en el icónico cuento, Otra maldad de Pateco (1996), Pateco Patadecabro representa un personaje folclórico de la tradición caribeña que combina la superstición y lo mítico con el humor. Vega lo representa como una deidad menor que necesita la aprobación de sus superiores para jugarle una broma a los Montero, dueños de un ingenio azucarero. La artimaña consta en convertir al primogénito del matrimonio en una criatura con la cabeza negra y el cuerpo blanco, a quien luego Mamá Ochú (su madre de crianza), nombró José Clemente. Pateco constituye, por tanto, un pequeño demonio travieso que vincula la realidad con la mitología, que le otorga un matiz satírico y un carácter lúdico a la narración. Es descrito como una criatura pagana que posee características humanoides y de cabro. De acuerdo con la tradición cristiana, sus patas pudieran considerarse como símbolo distintivo del diablo.

Limaris Ramos Murphy

Sin embargo, a pesar de ser un agente catalizador de los conflictos de los demás personajes, suele gozar de simpatía por parte del lector. Su carisma se logra con efectividad, pues responde al estereotipo del pícaro de la literatura española, es decir, un personaje que “ofrece un modelo de resistencia y adaptación frente a la adversidad” (Pereira, 2025). Ello se ve reflejado en el abordaje de los temas en torno a la inocencia, el racismo y la esclavitud que sufre José Clemente en la obra, y que hoy día, siguen teniendo vigencia en un Puerto Rico amalgamado cultural, histórica y políticamente.

De hecho, Vega logra una transvaloración de los valores no cristianos, al estilo de Nietzsche en la obra Genealogía de la moral: Un escrito polémico (cf. 2025), al reivindicar a Ogún, a Papá Changó y a Pateco, como entes que buscan la justicia divina para los negros esclavizados y no, como entidades mezquinas o fuentes de poder destructivo. El cuento enseña a ver más allá de los límites cognitivos tradicionales. El acceso a otros conocimientos conduce a la libertad. La simbología en la historia, por ejemplo, es también un elemento para evaluar. La casita de Mamá Ochú, representa un estado de enajenación, mientras que el mundo exterior representa el conocimiento. Por tanto, el cuento Otra maldad de Pateco es una herramienta eficaz para trabajar desde las instituciones educativas, la erradicación de prejuicios raciales, al concienciar sobre otras ideologías, y fomentar tolerancia y respeto en torno a éstas.

Otro anclaje de transvaloración

El cuento Historia de arroz y habichuelas (1983), es otra obra, que puede crear conciencia en torno al rol de los negros esclavizados en la prosperidad económica del Puerto Rico por más de cuatro siglos y cómo fueron abusados pese a su aportación e importancia en el desarrollo económico del país. Ello abre una discusión socializada sobre lo correcto versus lo incorrecto, lo moral versus lo inmoral, y el bien versus el mal.

Todos estos conceptos requieren ser definidos y contextualizados históricamente, porque su significado puede variar con el paso del tiempo. Más allá de la polivalencia de tales conceptos también es relevante considerar aportaciones recientes del campo de la epigenética que sugieren que el trauma puede ser heredado de generación en generación, por lo que es muy probable, que en la información genética de gran parte de la población puertorriqueña persistan secuelas del maltrato sufrido por afrodescendientes (Cooper 2025). Profundizar en el análisis del cuento puede utilizarse como un tipo de terapia para menguar los efectos de estos traumas generacionales que también inciden en la identidad colectiva.

Además de ahondar en los elementos significativos de la raíz africana, a Vega, siempre le ha gustado indagar con un tono de humor y sátira, cómo el estatus político de Puerto Rico y la influencia de Estados Unidos jamaquean los cimientos de la cultura. En el cuento Historia de arroz y habichuelas presenta la confrontación entre ingredientes y platos típicos de la gastronomía puertorriqueña con el famoso “Jordó” (hot dog) proveniente de la cultura estadounidense. Arroz,

blanquito finudo y empolvado, era enemigo ancestral de Habichuelas, un mulato avispao y sabrosón. Convivían en una guerra perpetua en la cocina de la Fonda Feliz, hasta el punto de espiarse y sabotearse el uno al otro. El desprecio mutuo tiene que dejarse a un lado cuando llega “una cosa fea y jincha” a la cual le llaman Jordó. Sólo bajo estas circunstancias y al verse amenazada su existencia ante aquel alimento extranjero que todos deseaban, Arroz y Habichuelas unen fuerzas para derrotar al intruso. Esta trama es una clara alegoría del riesgo que corre la cultura isleña ante la injerencia educativa y social de un poderío económico y mediático como el de Estados Unidos. Puerto Rico se ha mantenido sometido al coloniaje. Por tanto, la perspectiva en el salón de clases debe ser afianzar el patrimonio cultural, no necesariamente rechazando la cultura americana, que también forma parte de la cotidianidad criolla, sino contemplar la multiplicidad de realidades históricas que conforman el amalgamiento multicultural. Ningún elemento del legado histórico cultural debe ser invalidado.

Conclusión

Sin duda alguna, Ana Lydia Vega, es una de las voces más representativas de la literatura puertorriqueña del siglo XX que se ha alzado en defensa de una identidad puertorriqueña diversa. En su universo narrativo siempre existe una enseñanza para no olvidar la esencia pluralista del país. Su obra combina elementos esenciales como el lenguaje, los problemas sociales y rasgos del mundo antillano. En cuanto al uso del lenguaje, exalta refranes, modismos, expresiones populares y el spanglish que también ayudan a redefinir al pueblo. El uso de sus producciones literarias en el salón de clase resulta útil para abordar temas como el machismo, el sexismo, el feminismo, la desigualdad social, la migración, las creencias religiosas y otros aspectos pertinentes en la Isla. Es importante destacar que pese a su crítica y denuncia de manera incisiva, su meta es invitar al lector a reflexionar sobre los valores

tradicionales y confrontar los temores de la conciencia ingenua para erradicar complejos históricos. Su invaluable aportación debe ser celebrada, honrada y estudiada en los salones de las escuelas de Puerto Rico porque su legado debe continuar vivo en las mentes de quienes construirán el futuro de este hermosa país. Ojalá que en un futuro cercano reverbere el respeto dentro de un discurso generalizante que insiste en homogeneizar a un puertorriqueño plural y amalgamado.

Referencias

Cooper, A. (23 de julio de 2025). ¿Pueden heredarse los traumas a través de los genes? National Geographic España. https:// www.nationalgeographic.com.es/ciencia/ pueden-heredarse-los-traumas-a-traves-delos-genes_25639

Pereira. R. (2025). Entre pícaros y nobles: La sátira social de la España del Siglo de Oro. Revista literaria El Candelabro. https:// revistaliterariaelcandelabro.blog/2024/11/ auge-literatura-picaresca-espana-siglo-deoro/

Vega, A. L. (1983). Historia de arroz con habichuelas. En Encancaranublado y otros cuentos de Naufragio (pp. 131-140). Río Piedras: Editorial Antillana.

Vega, A. L. (1996). Otra maldad de Pateco. En M. Vaquero, J. Vega y H. López (Eds.). Antología de lectura 7º grado (pp. 99-103). San Juan: Plaza Mayor.

Nietzsche, F. (2005). La genealogía de la moral: Un escrito polémico. A. Sánchez Pascual (Trad.). Madrid: Alianza Editorial.

Wigington, P. (2024). Yoruba Religion: History and Beliefs. Learn Religions. https://www. learnreligions.com/yoruba-religion-4777660

PROPUESTA PARA UNA LECTURA VIVA

de los textos de Ana Lydia Vega

“La lectura es una patria íntima donde caben todos los mundos, donde la imaginación levanta sus alas y el espíritu encuentra cobijo.”

Intoducción

Era la rutina de cada día laboral; una rutina agradable, cargada de risas, buenos días y el saludo particular personalizado que el ingenioso maestro de arte inventaba para cada uno de nosotros para hacernos comenzar el día de la mejor manera. De camino a la sala de clases, la directora me detuvo en el pasillo.

—¡Buenos días, maestra! Necesito hablar con usted a la hora de capacitación. Pase por mi oficina, por favor.

¡Bandera roja! Esas llamadas siempre equivalen a regaño, a llamada de atención. ¿Qué habré dicho? ¿Qué hice? Tanto que pesan esos “jalones de oreja” cuando somos grandecitos. Reconocía en esta directora una mujer imparcial y con un “neutro” indescifrable ― así llamo a la cara de un principal que no te deja leer: qué está pensando, qué está sintiendo, y que no deja entrever a favor de qué o de quién está —.

La directora había recibido la visita de la madre de uno de los estudiantes de un grupo de duodécimo grado a quienes esta servidora había presentado una lectura que ― según ella — era “poco apropiada para su hijo”. Subrayo duodécimo grado, porque se entiende que en este nivel los estudiantes poseen la madurez literaria y emocional para enfrentarse y analizar una narración con mirada crítica. Se refería al cuento Pollito-chicken de Ana Lydia Vega (1981). Posteriormente, la decisión de la administración fue eliminar el texto.

Y aunque con este escrito no busco entrar en su análisis, ni en el análisis de ningún otro cuento de Ana Lydia Vega, entiendo es importante justificar la presencia de voces tanto femeninas como masculinas en el canon literario que componen el currículo de español de las instituciones educativas públicas y privadas de Puerto Rico. Si Patria “son tantas cosas bellas”, Patria también son los libros, que fungen como andamio para llevar a los lectores a un lugar elevado y fomentan el desarrollo de un pensamiento complejo como se ausculta en el próximo rubro..

La construcción del pensamiento complejo

Una forma de construir pensamiento complejo es mediante la adquisición de vocabulario. Este, permite al individuo interactuar social y académicamente. Para adquirir vocabulario es indispensable leer, pero no basta con ello. También hay que conversar, aprender palabras dentro de frases, practicar, escuchar, anotar y usar el diccionario. En los grados primarios del sistema educativo de Puerto Rico, se encargan de que los estudiantes aprendan a leer. Ya en los grados secundarios, las obras literarias van a fungir como testimonios de la experiencia humana, abriendo espacio para la reflexión sobre aspectos personales, humanos y sociales. Por tanto, la lectura literaria, sea en el ámbito escolar o más allá de la escuela, remite a una experiencia lingüística, cultural y artística (Bombini, 2006). Supone, además, un tipo de práctica que habilita la relación con ciertas

formas retóricas de trabajo lingüístico. Ello implica desafíos cognitivos y estéticos. Por ejemplo, una metáfora o cualquier figura de estilo, requiere una operación compleja que debe ser mediada y explicada mediante la enseñanza tanto en la escuela, como en otros espacios culturales donde la literatura represente objeto y centro de interés. El maestro como mediador, promueve inicialmente la lectura, que genera una experiencia cultural, lingüística, artística, política, social y subjetiva diferenciada, para luego entablar una comunicación con sus estudiantes. No hay mejor forma de manejar el texto que exponiendo las ideas que crecen en las mentes y emociones de los estudiantes; pero ¡cuánto les cuesta expresarse, argumentar, defender sus puntos, encontrar la palabra justa! Advierte Cassany (2012) que el profesor, con el canal o metodología, y el estudiante, con su disposición participativa y enriquecedora,

Tabla 1. Autores presentes en el currículo 1970-2000

se constituirán en agentes activos y dinamizadores de la acción docente en torno al eje de las obras. Es, por tanto, un proceso bidireccional donde se aprende conjuntamente el significado de los textos. ¡Conjuntamente! Sin embargo, la selección de textos que se genera en el Departamento de Educación de Puerto Rico conlleva una importancia de igual peso, por las implicaciones jerarquizadas que por uso y costumbre había normalizado.

El peso de la selección literaria en el Departamento de Educación

Una mirada crítica al currículo literario que se ha manejado entre el 1970 y el año 2000 muestra el dominio de autores varones puertorriqueños, hispanoamericanos, españoles y de la India cuya calidad literaria, aunque incuestionable, ponía en evidencia el sesgo patriarcal del sistema (Tabla 1).

Puerto Rico Hispanoamérica España India

Manuel Alonso Eduardo Barrios -Chile Manuel García Gutiérrez Rabindranath Tagore

José de Diego Pedro Prado - Chile José Ortega y Gasset

Nemesio Canales Fernando Alegría - Chile Miguel de Cervantes

Enrique Laguerre Rómulo Gallegos – Venezuela Lope de Vega

Salvador Tío José Hernández - Argentina Calderón de la Barca

Luis Palés Matos Jorge Isaac - Colombia Tirso de Molina

René Marqués Ricardo Güiraldes- Argentina Hermanos Álvarez Quintero Luis Llorens Torres Mariano Azuela- México Federico García Lorca

Abelardo Díaz Alfaro Horacio Quiroga - Uruguayo Benito Pérez Galdós

Miguel Meléndez Muñoz José Enrique Rodó - Uruguayo Miguel de Unamuno

Manuel Méndez Ballester Gabriel García Márquez –Colombia José Ortega y Gasset

José Luis González Ernesto Sábato - Argentina Alejandro Casona

Fortunato Vizcarrondo Juan Boch – República Dominicana Jacinto Benavente

Virgilio Dávila José Martí - Cuba Gustavo Adolfo Bécquer

Cayetano Coll y Toste Juan Ramón Jiménez

Manuel Zeno Gandía Anónimo con obra Cantar de Mío Cid

Alejandro Tapia y Rivera Anónimo con obra El lazarillo de Tormes

Francisco Arriví

José Alegría

Evaristo Rivera Chevremont

Antonio S. Pedreira

Wilfredo Braschi

En consecuencia, denotaba los aportes de las voces femeninas en textos literarios como subalternos, lo cual, requería de una mirada crítica.

India C. Bobonis-Pastrana

Voces femeninas en la obra literaria del país Los textos de escritoras hispanoamericanas y españolas, que formaron parte de esta producción “subalterna”, lograrían convertirse en lecturas obligatorias del currículo del Programa de español. Entre ellas se encontraban: La amortajada, María Luisa Bombal; La canción verde, Doris Truman Plenn; El polizón del Ulises, Ana María Matute; Fantasía boricua, María Teresa Babín. Otras escritoras de poemas tenían algunos poemas o fragmentos de su obra en los libros de textos o manuales escolares como fueron: Amelia Agostini del Río, Lola Rodríguez de Tió, Trina Padilla de Sanz, María Bibiana Benítez, entre otras. En 1968, el entonces Departamento de Instrucción Pública de Puerto Rio, publica la Antología Poética de Julia de Burgos, con cinco ediciones más hasta 1979. Sin embargo, es en la época de los ochenta es que se va a gestar un impasse en las consideraciones curriculares, que marcaría el boom de la influencia de voces femeninas en la literatura del país, como se profundiza a continuación.

(1996).

El impasse de voces femeninas en la literatura puertorriqueña

En 1987, el Departamento de Educación y el Programa de Español publican el Manual de Lectura y redacción para el duodécimo grado en donde se integran los cuentos Otra maldad de Pateco y Cupido y Clío en el Bazar Otero de la escritora Ana Lydia Vega. Más adelante, la Antología de lecturas de la Serie Pensamiento y comunicación (1996) de la Editorial Plaza Mayor para el séptimo grado recoge los textos de Historia del arroz con habichuelas y Otra maldad de Pateco. Estos escritos de Ana Lydia Vega están presentes en otras antologías y textos. Sin embargo, durante el último cuarto del siglo pasado, Ana Lydia Vega no fue la única que irrumpió en el currículo de español de Puerto Rico, también lo hicieron Rosario Ferré, Mayra Montero, Magali García Ramis. Carmen Lugo Filippi, Olga Noya con el respaldo de Nilita Vientós Gastón. Ello, ayudó a mermar la oferta patriarcal literaria que por uso y costumbre prevalecía en el sistema educativo de la isla.

La particularidad de los textos de Vega Como leer equivale a sacar carta de ciudadanía en el mundo de la cultura escrita, mueve a indagar en la realidad para comprenderla, e invita a distanciarse del texto y a asumir una postura crítica frente a qué se dice y qué se quiere decir. Ello obliga a su vez, a que el lector se adentre en otros mundos posibles (Lerner, 1996, p. 2). Precisamente por ello, los escritos de Vega han despertado interés en los lectores. Sus textos traen una prescripción para enseñar un tema, un momento, una destreza o una vivencia, exponiendo testimonios humanos que resistían una interpretación sociocultural limitada.

En el ensayo Pulseando con el difícil1, por ejemplo, Ana Lydia comparte la experiencia de estudiar toda su vida en un colegio de monjas con la enseñanza en inglés. Ella esboza que “al llegar a la Universidad de Puerto Rico y cruzar el

1. El texto fue publicado originalmente en el periódico Diálogo en 1989 (Vega, 2004, p. 10)

umbral de la Facultad de Humanidades se topa cara a cara con la noción devastadora del ridículo al no encontrar el término buscado en español”.

La enseñanza, la vida, las canciones en el idioma de Shakespeare que formaron su educación, limitaron su manejo y conocimiento del idioma español. Sugiere Ana Lydia llamar al inglés como lo que es: una lengua extranjera. Es decir, presenta una propuesta para dialogar, discutir, reflexionar, tomar posición, y, analizar la sociedad y el país.

La dinámica en el presente, sin embargo, valida aprender en ambas lenguas: español e inglés. Ello constituye el sueño de muchos padres y dirigentes políticos y educativos en Puerto Rico. Las escuelas bilingües, públicas o privadas, ofrecen todas las clases en inglés, menos la de español. Y aunque aducen el uso y práctica de la lengua materna fuera de la escuela, ello contribuye a que la construcción del mundo y del espíritu continúe empobreciéndose. El escritor José Luis Vega en el prólogo del libro Reunión de espejos, expresa que:

El texto es el espejo. Pero el espejo habla y fluye como la tradición, como el discurso de las palabras en el tiempo. El texto es el espejo y en él nos contemplamos como fuimos, como somos, quizás como debemos ser. La realidad es el cristal y las palabras son azogue y plata (1988).

Siguiendo lo esbozado por José Luis Vega, en los textos de Ana Lydia nos reflejamos en Pateco. Y mientras algunos ocupan el Pateco que se encuentra con su raza, otros no saben qué decidir, cuando en los papeles del censo se suman “blancos” porque no han visto sus caras. Ahora, se “jartan” de “hot dogs” y olvidan las habichuelas al sucumbir al kétchup HEINZ que desde la década de 1950 los tiene comiendo pasteles y arroz con habichuelas arropados de salsa dulce. Perturba ver seres reflejados en los tripulantes del tanquero gringo que desdeña los habitantes de las islas caribeñas. Los jóvenes salen a “janguear” de madrugada mientras las madres confían angustiadas por sus hijos esperando a su Loló. La matriarca mamá Yona sigue siempre presente en muchos espejos

de familias puertorriqueñas. Los mangles son protagonistas, hoy como nunca, de la historia que escribimos en el presente para proteger la fauna. Historias de pasión reescriben pasiones de historia. Observamos hacia el norte un horizonte encancaranublado mientras buscamos alegrarnos soñar - con Wilkins (o con el cante que te en-cante) para suavizar la incertidumbre de tanta realidad que agobia. La Patria íntima peligra. ¡A ver quién nos socorre en caso de censura!

Empero el Manual de remedios literarios: Cómo curarnos con libros asevera que ¡La literatura cura, la literatura sana! Y dice que a veces nos cura el argumento; otras veces el ritmo de la prosa tiene un efecto calmante o estimulante sobre el alma. En ocasiones es una idea o una actitud sugerida por un personaje que se encuentra en un dilema o un aprieto parecido. Sea como sea, añade Petit, que la literatura tiene la capacidad de transportarte a otra vida y hacerte ver el mundo desde otra perspectiva. Argumenta, además, que: La literatura está en juego con la transmisión cultural y en particular con la lectura: construir un mundo habitable, humano, poder encontrar un lugar y moverse en él; celebrar la vida todos los días, ofrecer las cosas de manera poética; inspirar los relatos que cada uno hará de su propia vida; alimentar el pensamiento y formar el “corazón inteligente (2016, p. 27). Otra sugerencia para sanar a través de la lectura la expone Pedro Salinas, el cual sugiere que el maestro ha de ser mediador entre el estudiante y el texto. Todo escrito lleva su secreto consigo, que se encuentra, adentrándose en él. Si se respalda la idea de restaurar el aprendizaje del bien leer en la escuela poniendo al estudiante en contacto con los mejores profesores de lectura y los buenos libros. Él asegura que se aprende, avanzando gradualmente en una escala que va desde la selección de los textos, corroborar la interpretación del maestro y auscultar la emoción que genera: reír, llorar, indiferencia, etc. Sin esa construcción, aumenta la posibilidad de que alguien engañe o manipule.

Portada Antología de lecturas de la Serie Pensamiento y comunicación

Conclusión

Por todo lo anterior, se entiende que poner la literatura a disposición del lector (en sentido material y en sentido simbólico) es tarea de la escuela y de las políticas culturales. La literatura como derecho exige una tarea constante de revisión de las estrategias y tácticas para su mediación (Bombini, 2014, p. 45). Los libros como memoria de la humanidad cuidan el archivo más grande existente de ideas y emociones. Por eso, la literatura es imprescindible para la maduración personal e intelectual de los jóvenes; los hace empáticos a las emociones de otros. En la adolescencia se consolida el hábito lector y comienza el desarrollo del sentido crítico. La literatura es refugio, espejo de la identidad. La figura del maestro como mediador, ayudará a cuestionar y guiará para entender diferentes puntos de vista, para que la letra escrita cobre sentido en la formación crítica de nuevos ciudadanos.

Referencias

Cassany, D. (2012). Leer y escribir en la red. Barcelona: Editorial Anagrama. Bombini, G. (2006). Reinventar la enseñanza de la lengua y la literatura. Buenos Aires, Libros del Zorzal.

________ . (2014). Aprendizaje de la lectura literaria. Textos de Didáctica de la Lengua y de la Literatura, (66), 42-49. Lerner, D. (1996). Es posible leer en la escuela. Lectura y Vida. Revista Latinoamericana de Lectura, 17, 1-20. https://dn721209.ca.archive. org/0/items/EsPosibleLeerEnLaEscuela Lerner11/es_posible_leer_en_la_escuela_ lerner%20%281%29%20%281%29.pdf

Lugo Filippi, C. y Vega, A. L. (1987). Pollito chiken. En Vírgenes y mártires. Río Piedras: Antillana. Petit, M. (2016). Leer el mundo: Experiencias actuales de transmisión cultural. (2ª ed.). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Salinas, P. (1981). El Defensor. S. Salinas de Marichal (Ed.). En Ensayos completos II. Vol. 2. Madrid: Taurus Ediciones. Trabajo original publicado en 1948.

Vega, J. L. (1988). Reunión de espejos. (2ª ed.). San Juan: Editorial Cultural, Inc.

__________. (1996). Esperando a Loló y otros delirios generacionales. (2ª ed.). San Juan: La Editorial Universidad de Puerto Rico.

__________. (1996). Otra maldad de Pateco. En M. Baquero, J. Vega y H. Lopaz (Eds.) Antología de Lectura 7o grado (pp. 99-103). San Juan: Plaza Mayor.

__________. (1997). Historia del arroz con habichuelas. En Encancaranublado y otros cuentos de naufragio (6ª ed.) (pp. 133-140). Río Piedras: Editorial Antillana. Trabajo original publicado en 1982.

__________. (2004). Pulseando con el difícil. English Studies in Latin America, (27), 1-10. Trabajo Original publicado en 1989.

EL BAÚL DE MISS FLORENCE:

Memoria, cuerpo y poder colonial en la narrativa de Ana Lydia Vega

Allison M. Torres Matos1 Estudiante Doctoral | PhD en Literatura Puertorriqueña y del Caribe

del

1.

Introducción

La narrativa caribeña contemporánea ha establecido una relación crítica con el pasado colonial, alejándose de las versiones historiográficas que privilegiaron la mirada del poder imperial. En lugar de reproducir una visión lineal o épica de la historia, numerosos textos recurren a la reescritura literaria como espacio de cuestionamiento del archivo y de los silencios que ésta produce.

En El baúl de Miss Florence, novela corta ambientada en el Puerto Rico del siglo XIX, y primer relato de su libro Falsas crónicas del sur (1991), Ana Lydia Vega despliega una estrategia narrativa basada en la ironía y la fragmentación para cuestionar los discursos que sostuvieron el orden colonial. El relato problematiza, en particular, el saber europeo, la autoridad patriarcal y las formas de administración de los cuerpos en el espacio doméstico, abriendo una reflexión sobre la relación entre memoria, cuerpo y poder colonial, y sobre la autoridad misma del archivo histórico.

Cuenta con Bachillertato en Artes en Literatura Comparada y una Maestría en Educación en Curriculo y Enseñanza (Especialidad en Español).
Foto extraída
libro Falsas crónicas del sur (1991).

Reescritura del pasado colonial y archivo

El baúl de Miss Florence se sitúa en el contexto de la sociedad esclavista y posabolicionista del siglo XIX en Puerto Rico, marcada por jerarquías raciales, patriarcales y coloniales que organizaban tanto el espacio público como el doméstico. Lejos de ofrecer una reconstrucción histórica tradicional, el relato se articula como una indagación crítica sobre los discursos que legitimaron ese orden, revelando la violencia estructural que lo sostuvo.

Desde esta perspectiva, la escritura literaria no se presenta como un complemento de la historiografía, sino como un espacio de intervención crítica sobre el pasado colonial. La ficción explora los vacíos del archivo histórico —sus omisiones, silencios y sesgos— y pone en evidencia el carácter parcial de los relatos que han configurado la memoria histórica, sin aspirar a restituir una verdad definitiva.

El baúl funciona como símbolo central de ese archivo colonial: un contenedor de memorias reprimidas, secretos íntimos y violencias históricas ocultas. Como objeto material, condensa la tensión entre lo que se conserva y lo que se silencia, y revela que toda memoria histórica responde a operaciones selectivas de poder. En consonancia con lecturas caribeñas que han subrayado la fragmentación de la memoria y los silencios constitutivos del archivo colonial (Díaz Quiñones, 1993), el relato muestra que la abolición legal no clausura las jerarquías raciales, sino que las reacomoda en prácticas sociales y domésticas que naturalizan la desigualdad. En este marco, la fragmentación narrativa adquiere un valor epistemológico. La alternancia de registros, la incorporación de documentos íntimos y la discontinuidad temporal refuerzan la imposibilidad de narrar el pasado colonial como un proceso cerrado y coherente. El relato sugiere que la memoria histórica del Caribe se construye desde restos, huellas y versiones parciales, y que es precisamente en esa condición fragmentaria donde reside su potencia crítica.

Cuerpo femenino y poder patriarcal

Situado en la región del sur de Puerto Rico durante la segunda mitad del siglo XIX, El baúl de Miss Florence se desarrolla principalmente en el espacio cerrado de la hacienda La Enriqueta, propiedad del hacendado esclavista Edward Lind. La narración se articula a partir de los diarios y memorias de Miss Florence Jane, institutriz inglesa contratada para educar a Master Charlie, hijo del matrimonio Lind. Como empleada letrada y extranjera, Miss Florence ocupa una posición ambigua dentro del orden doméstico: participa del proyecto civilizatorio europeo, pero carece de la autoridad social y familiar que ostentan sus patronos. El núcleo doméstico se completa con Miss Susan, esposa de Edward Lind e hija de Samuel Morse, cuya subjetividad revela las tensiones del encierro patriarcal, y Bela, mujer esclavizada que sostiene la vida cotidiana de la casa desde una posición de subordinación racial y afectiva. A través de una sucesión fragmentaria de escenas que recorren viajes, rituales sociales, episodios de conflicto y violencia, el relato expone la progresiva descomposición del orden familiar y culmina en un desenlace que evidencia las consecuencias extremas de un sistema fundado en la dominación colonial, patriarcal y racial. Uno de los ejes más significativos del relato es la representación del cuerpo femenino como territorio colonizado y disciplinado. Miss Florence encarna la figura de la respetabilidad europea trasladada al espacio colonial, asociada a la autoridad moral y al ideal civilizatorio.

En lugar de un retrato psicológico tradicional, el relato organiza un sistema de figuras que encarnan posiciones dentro del orden colonial. Florence concentra la máscara moral del proyecto civilizatorio; Susan funciona como continuidad y reproducción cotidiana de normas; Bela evidencia la explotación afectiva que sostiene la casa; y Edward articula la racionalidad patriarcal que convierte el control en necesidad. El sentido emerge de esa red relacional, no de cada personaje aislado. Sin embargo, esta imagen se

ve progresivamente erosionada por el encierro, la represión del deseo y la fragilidad emocional, revelando las contradicciones internas del orden que pretende sostener.

El cuerpo femenino aparece como un espacio donde se inscriben las tensiones del poder colonial y patriarcal. La vigilancia, la normalización y el control no operan únicamente desde instituciones externas, sino que se internalizan en el ámbito doméstico, configurando formas de dominación que se reproducen de manera cotidiana. Esta configuración desplaza el eje de la dominación hacia el espacio doméstico, entendido como un margen activo del sistema colonial, donde se reproducen y naturalizan jerarquías raciales y de género (Faye, 2021).

Miss Susan, por su parte, representa la continuidad ideológica del proyecto civilizatorio.

Su función dentro del entorno doméstico no se articula desde la imposición directa, sino desde la administración cotidiana de normas morales, afectos y silencios. A través de su personaje, el relato muestra cómo el poder patriarcal se sostiene mediante prácticas aparentemente benignas que garantizan la reproducción del orden colonial sin recurrir necesariamente a la violencia explícita.

En contraste, la figura de Bela, esclavizada y vinculada de manera íntima al cuidado del hijo de la familia, pone en evidencia una dimensión fundamental del régimen colonial: la explotación afectiva. Aunque carente de poder social y autonomía, Bela sostiene la vida emocional del núcleo familiar, revelando cómo los cuerpos racializados cargan no solo con el trabajo físico, sino también con el trabajo emocional que permite la estabilidad del sistema. Su imposibilidad de abandonar ese espacio subraya la persistencia de relaciones de dominación que sobreviven incluso en el ámbito íntimo.

La tensión entre poder y silencio atraviesa, además, el estatuto mismo de la escritura. El relato sugiere que el archivo no solo conserva, sino que administra: decide qué memorias se legitiman y cuáles quedan fuera del relato histórico. Lo íntimo, lo doméstico y lo corporal aparecen entonces como un campo donde se disputa la memoria, no como un margen anecdótico. De este modo, el relato evidencia que la colonialidad no se limita al plano económico o político, sino que atraviesa de manera profunda la experiencia corporal y afectiva de los sujetos, inscribiendo la violencia histórica en el cuerpo femenino y racializado.

Espacio doméstico y memoria colonial

El espacio de la hacienda en el sur de Puerto Rico se configura como un cronotopo, esto es, un espacio temporal cerrado, marcado por el encierro, la enfermedad y el desgaste moral. Este espacio no funciona como un simple telón de fondo, sino como una extensión simbólica del régimen colonial, donde las jerarquías sociales y raciales se reproducen y naturalizan. La casa organiza la experiencia de los personajes y delimita sus posibilidades de acción. El aislamiento geográfico, el clima opresivo y la arquitectura de la mansión refuerzan la sensación de encierro físico y simbólico, convirtiendo el espacio doméstico en un dispositivo de control. En este entorno, la autoridad patriarcal de Edward Lind se ejerce de manera constante y naturalizada, legitimada por el saber europeo y por una racionalidad que presenta la dominación como orden y progreso.

Edward Lind encarna así una figura central del poder colonial masculino, cuya violencia no se manifiesta únicamente en actos explícitos, sino en la administración cotidiana del orden familiar. Su autoridad se sostiene en la disciplina, la racionalidad instrumental y la normalización del sometimiento, lo que permite comprender la violencia extrema del desenlace no como una

anomalía, sino como la consecuencia lógica de un sistema que prioriza la preservación del control por encima de los vínculos afectivos.

La progresiva ruina de la mansión y la descomposición del núcleo familiar operan como metáforas del derrumbe del proyecto colonial. A través de esta representación espacial, el texto sugiere que el orden imperial, aunque pretende ser eterno, deja tras de sí rastros de violencia, fractura y deterioro que desmienten su supuesta superioridad moral.

Estrategias narrativas y autoridad del relato Uno de los aspectos más significativos de El baúl de Miss Florence es la manera en que la organización narrativa contribuye a la problematización del pasado colonial. El relato se construye a partir de una estructura fragmentaria que alterna registros discursivos y quiebra la progresión lineal del tiempo histórico. Esta fragmentación no responde únicamente a una elección estilística, sino que funciona como una estrategia crítica que pone en evidencia la imposibilidad de acceder a una verdad histórica única y coherente.

La variabilidad de la perspectiva narrativa y la distancia irónica del discurso refuerzan esta operación. La voz narrativa, aunque extradiegética1, no se presenta como una instancia neutral, sino como una mirada que observa y expone los mecanismos de autoridad que organizan el mundo colonial representado. La ironía opera como un recurso fundamental para desestabilizar los discursos de respetabilidad, progreso y civilización, revelando su carácter ideológico y su función legitimadora del poder. La incorporación de documentos íntimos y registros personales introduce una tensión entre escritura privada e historia pública. Estos materiales no garantizan una mayor transparencia del pasado, sino que subrayan su carácter

mediado y construido. La escritura aparece como un espacio de disputa donde se decide qué versiones del pasado adquieren legitimidad y cuáles permanecen en los márgenes.

En el nivel del lenguaje, el relato retoma registros morales propios del siglo XIX para someterlos a un proceso de resignificación irónica. La construcción sintáctica y los campos semánticos asociados al cuerpo, al encierro y al desgaste contribuyen a crear una atmósfera opresiva que evidencia el deterioro ético de un orden sostenido por la desigualdad. La ironía, lejos de cumplir una función complementaria, opera como un recurso crítico que socava desde dentro el discurso civilizatorio.

Memoria, escritura y reescritura histórica

La reflexión que propone El baúl de Miss Florence trasciende la reconstrucción de un episodio específico del siglo XIX para interrogar los modos en que la historia del Caribe ha sido narrada, conservada y transmitida. Desde esta lógica, la escritura literaria se configura como una práctica critica que no busca completar el archivo, sino exponer sus límites y cuestionar los criterios que han determinado qué experiencias merecen ser recordadas.

El gesto de escritura que articula el relato se inscribe en una tradición caribeña que entiende la memoria como un proceso fragmentario, atravesado por silencios, omisiones y versiones contradictorias. La ficción no reemplaza el discurso histórico, pero interviene en él al hacer visibles las voces y los cuerpos que han quedado fuera de los relatos oficiales. De este modo, el texto propone una reescritura del pasado que no clausura el sentido, sino que lo mantiene abierto a la revisión crítica.

Al desplazar el foco hacia el régimen doméstico y los cuerpos que lo habitan, la narración revela que las estructuras coloniales no operan únicamente en el plano institucional, sino también en las prácticas cotidianas, afectivas y discursivas. La escritura se convierte así en un medio para interrogar la persistencia de esas estructuras en el presente y para repensar la relación entre memoria, poder y representación histórica.

Conclusión

1. Significa lo que no pertenece al mundo de la historia narrada.

Desde esta perspectiva, la literatura se configura como un espacio privilegiado para interrogar la memoria, el archivo y las formas de poder que continúan modelando la experiencia caribeña. La reescritura histórica que propone Vega no busca cerrar el pasado, sino abrirlo a nuevas lecturas críticas que permitan reconocer la persistencia de sus huellas en el presente y repensar la lectura crítica de la historia colonial en contextos educativos y culturales contemporáneos.

Referencias

Díaz Quiñones, A. (1993). La memoria rota: Ensayos sobre cultura y política. Río Piedras: Ediciones Huracán.

Faye, A. (2021). Habitar los márgenes: Un análisis del descentramiento en «El baúl de Miss Florence» de Ana Lydia Vega. Cuadernos del Hipogrifo. Revista de Literatura Hispanoamericana y Comparada, (17), 17–30. Roessner, M. (2008). Sobre la aplicabilidad de teorías “poscoloniales” a las culturas centroeuropea y latinoamericana. Valenciana, (2), 9–24.

Vega, A. L. (1991). El baúl de Miss Florence. En Falsas crónicas del sur (pp. 3–84). Río Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico.

El baúl de Miss Florence se afirma como una de las obras más elaboradas de Ana Lydia Vega en su revisión crítica del pasado colonial puertorriqueño. Mediante una narrativa fragmentaria, un entramado simbólico denso y una mirada irónica sobre los discursos de autoridad, el relato cuestiona las bases morales, históricas y civilizatorias del orden imperial. Este cuestionamiento se apoya en herramientas críticas asociadas a la teoría poscolonial, utilizadas desde una perspectiva situada que evita su aplicación mecánica a contextos históricos y culturales distintos al caribeño (Roessner, 2008).

Foto extraída del libro Falsas crónicas del sur (1991).

SINFONÍA DEL DESARRAIGO:

El contrapunto entre La Mer de Debussy y la poética de la ironía en Encancaranublado de Ana Lydia Vega

Dedicada al malecón de Cuba, para que no llegue el tiburón.

“La poesía recuerda con melancolía cuando era música.”

Intoducción

Aproximarse a la narrativa de Ana Lydia Vega exige, ante todo, una hermenéutica que nazca del roce dialéctico entre la inmanencia semiótica y la trascendencia del discurso. No se trata simplemente de una lectura sociológica, sino de adentrarse en lo que Yves Bonnefoy

denomina, en su obra L’Improbable, la “presencia”.

Para la crítica literaria, la ontología del texto — el estudio del “ser” del lenguaje y el modo en que la obra sostiene su propia realidad— no es una abstracción, sino la urgencia de la palabra poética reclamando su capacidad de presentar la cosa misma. Bonnefoy (1959) sostiene que la palabra debe ser “presencia antes que signo”, y en Encancaranublado, esta ontología se manifiesta de forma vibracional, donde el lenguaje no es solo vehículo, sino percusión. Cabe destacar que este estudio es apenas el embrión de un trabajo más amplio que busca cartografiar estas resonancias en la cuenca escritural del Caribe.

La arquitectura del relato literario como denuncia del “otro” colonial en el Caribe

La arquitectura del relato se erige sobre una advertencia rítmica desde su título y su epígrafe, situándonos en un movimiento de desarraigo: esa acción violenta de la raíz que es arrancada de su tierra madre para ser sometida a los vaivenes de un mar que ha sido secuestrado por la lógica colonial. En este evento, apertura del relato y motor de la transformación de una “situación inicial” innombrada, late la herida abierta de la

historia neocolonial brutal y avasallante que ha vivido Haití desde su revolución a manos de un Occidente racista, depredador y vengativo. Si bien Thierry Mézaille señala que resulta imperativo interesarse en “la obra en sí misma, despojada de toda consideración externa”, en el Caribe de Vega esa clausura es violentada por una “pasión de historia” que obliga a los significantes a juntarse por su peso existencial y político, anudándose melódicamente. La relación entre la música y la literatura, que parece haberse perdido en la noche del ditirambo mítico, encuerda aquí la forma de la escritura moderna caribeña. Esta historia no es lineal, sino espiralada, recordándonos que la poesía es, en esencia, una música que busca recuperar su centro.

Para comprender esta amalgama, es preciso definir el impresionismo. En música, este estilo (liderado por Claude Debussy) busca capturar la atmósfera, el color y el movimiento del instante a través de armonías fluidas que no se resuelven de forma tradicional, sino que evocan sensaciones matizadas. En literatura, el impresionismo se traduce en una prosa que privilegia la percepción sensorial y el “clima” emocional por encima de la

descripción objetiva. En Vega, esto se manifiesta en la musicalidad del texto: desde el siseo aliterado del mar (sssss) que mimetiza el oleaje hipnótico, hasta el estruendo rítmico del huracán (rrrrr) que anticipa la catástrofe. La arquitectura del relato despliega un juego neobarroco de prolongaciones sensoriales entre el cielo y el mar, donde la pregunta retórica inicial funciona como un vacío acústico que denuncia la ausencia del “otro” colonial que ha expropiado nuestra mar y nuestro derecho a la tierra.

El antecedente estético en el itinerario musical del escrito literario caribeño

Este itinerario musical encuentra un antecedente fundamental en la estética sorjuanesca. Para la Décima Musa, en obras como Primero Sueño y sus Villancicos, la relación entre el pentagrama y la lengua es una arquitectura de la razón donde la palabra busca la precisión del sonido puro para nombrar la estructura del universo. Sor Juana (1951) utiliza la polifonía para reclamar un espacio de saber en el orden colonial; su ontología es de orden, luz y ascensión intelectual hacia el conocimiento. Vega retoma esta precisión arquitectónica, pero invierte su verticalidad. Mientras la “pirámide” sorjuanesca busca las alturas, la travesía caribeña de Vega es una pesadilla marcada por la horizontalidad forzosa de la balsa. La luz en el Caribe no ilumina la verdad absoluta, más bien, es fuego que “calcina los significados” bajo una ironía solar que desnuda la precariedad de nuestra historia. La transición del rigor barroco sorjuanesco hacia el “neobarroco” del desorden caribeño marca el inicio de una estética donde la música ya no busca el orden celestial, sino que preludia el desastre humano en la “celda” de una yola, en la que la vela, con toda su carga semántica (vigilia, velorio, flama humilde y sagrada) es una guayabera. Camisa sin cuerpo que nos recuerda la guayaba dulce de nuestras tierras y la etimología textil del texto y, por supuesto, que lleva el bordado de la otra Antilla castigada por las potencias imperiales: la Cuba Revolucionaria.

Dra. Leticia Franqui Rosario Universidad de Puerto Rico en Cayey
Foto extraída del libro Encancaranublado y otros cuentos de Naufragio (1982).
Foto extraída del libro Encancaranublado y otros cuentos de Naufragio (1982).

El mar encapotado no es aquí un espacio de contemplación, sino la “concavidad plena y cálida” de la que hablaba Hélène Cixous: una matriz que en el naufragio adquiere una doble faz de tumba y trampa rítmica. La propuesta de Vega se nutre de una escritura femenina que dialoga con Le Rire de la Méduse, donde se aboga por inscribir el cuerpo en el texto para desarticular el logos falocéntrico. Vega “vuelve al otro cuerpo” caribeño: el hambre, el sudor y la náusea de los personajes no son meros detalles naturalistas, sino una forma de escritura donde la ironía funciona como una marca de resistencia. Es el cuerpo riendo de su propia tragedia para no ser devorado por ella, convirtiendo la vulnerabilidad en una potencia narrativa que desborda los márgenes de la historia oficial y nos permite habitar el texto desde la piel.

En este mosaico de sinestesias, la figura de Antenor emerge como el eje semiótico y ontológico central. Su nombre es ya una polifonía: en él resuena el tenor lírico, pero también la antena del espiritismo, aquel receptor capaz de captar las voces silenciadas de la historia. Antenor funciona como un corifeo créole, un jefe del coro trágico que es escamoteado y espoliado por sus propios hermanos de naufragio, oportunistas que corren hacia “el u.s.a. dream” pisoteando al más frágil de la cuenca caribeña. Su relación con la música es átona, carente de un centro tonal estable. De alguna manera evoca la “monotonía” de la miseria y la violencia impuestas a Haití, la primera República Negra, como un eterno castigo “ejemplarizante” por atreverse a proclamarse libre y negra. Ahora bien, Vega, heredera también de la literatura engagée, nos deja entrever que la fabulación de la tragedia de Antenor puede exorcizar el dolor sempiterno de nuestras aguas vivas. En la dedicatoria del cuento —”A LA CONFEDERACIÓN CARIBEÑA DEL FUTURO PARA QUE LLUEVA PRONTO Y ESCAMPE”— la autora proyecta un deseo de sanación política y de fuerza para cristalizar el proyecto betancino. Antenor es el receptor espiritual que anuncia la

urgencia de una nueva partitura ante el fracaso de los populismos de las clases dominantes y voraces que solo conducen al desarraigo.

El Caribe: lienzo textual multidimensional y dialéctico ante el despojo y el silenciamiento neocolonial

Es en este punto donde la crítica cubista alcanza su expresión máxima como herramienta de análisis. Esta técnica consiste en romper la perspectiva única para presentar múltiples planos de realidad simultáneamente, tal como en un lienzo de Picasso. Mientras el impresionismo de Claude Debussy en La Mer (1905) busca la disolución de la forma en el matiz, la mirada de Vega propone una reconstrucción analítica del objeto Caribe. Al igual que en un lienzo cubista, la autora presenta diversos ángulos en un mismo espacio textual: observamos a los personajes desde su miseria, sus prejuicios interiorizados, su dignidad herida y su esperanza. Esta mirada en perspectivas múltiples desarticula la falsa “unidad” del Caribe para mostrar una ontología plural y contradictoria. La prosa de Vega funciona como un bisturí que corta la realidad para entender sus capas; es una pincelada de luz que es, al mismo tiempo, un corte profundo en la conciencia nacional.

Bajo este lente cubista, Vega desarrolla su propia “Comedia Humana”, clasificando tipos sociales mediante una dialéctica del hambre. Al igual que Honoré de Balzac quien afirmaba ser el “secretario de la sociedad”, Vega clasifica al haitiano Antenor, al dominicano Diógenes y al cubano Carmelo. Pero su método no es el realismo denso, sino un cruce técnico con el impresionismo musical. La estructura narrativa orquesta este inventario humano siguiendo fielmente los movimientos sinfónicos de Debussy:

1. De l’aube à midi sur la mer: El relato comienza con una calma tensa donde el lenguaje es un “erotismo de los significantes” (recordemos la orgía de Paz). El crescendo de la luz en Debussy se convierte en Vega en un crescendo de desesperación y en la acumulación de cuerpos en la yola. La luz aquí no es epifanía, sino el castigo de la “nada” compartida.

2. Jeux de vagues: El scherzo caprichoso de Debussy se traduce en un contrapunto de desprecios. La inestabilidad de las olas mimetiza la inestabilidad de las alianzas entre los náufragos. El racismo interno es la disonancia que rompe la melodía de la solidaridad antillana, creando una “conga encojonada” – “encancaranublada” con la que las voces orilleras irrumpen en el proscenio en un ritmo sincopado.

3. Dialogue du vent et de la mer: El clímax coincide con la irrupción violenta de la historia: la llegada del guardacostas, el “tiburón de Rubén Blades”. El choque de fuerzas elementales en Debussy se traduce aquí en el conflicto entre la fuerza de la historia y los cuerpos resistentes. Es aquí donde naufraga la utopía de Ramón Emeterio Betances. Esta sinfonía del desarraigo nos lleva a identificar, mediante un análisis lexicométrico inspirado en Thierry Mézaille, las “palabras polo” que actúan como centros de gravedad semántica. El término MAR no atrae conceptos

de infinitud o libertad, sino redes de “garras”, “tumba” y “salitre”. El término NORTE funciona como un polo magnético deformado que promete un “boarding pass al cielo” (Pulseando con el difícil) pero entrega el encierro. Estas palabras demuestran que la inmanencia del texto está habitada por la memoria del despojo neocolonial, rompiendo la clausura estética para forzar una trascendencia política que denuncia el secuestro de nuestra geografía.

El vínculo con la Divina Comedia de Dante Alighieri vertebra la pesadilla final. El Canal de la Mona se configura como el círculo de los condenados, un espacio infernal donde no hay ascenso al Paraíso. La nave impostora actúa como un Caronte moderno que traslada a los hijos de la “hermana mayor” al limbo del Fuerte Allen. En este universo, la justicia es impartida por un sistema que invisibiliza al sujeto antillano bajo la etiqueta de “alien”. La aparición del oficial anglohablante marca la resolución falsa de esta partitura. Siguiendo a Frantz Fanon (2009) en Piel negra, máscaras blancas, los náufragos descubren que su identidad ha sido construida bajo la mirada del “Amo”. La fragmentación interna, revelada por la crítica cubista, les impide reconocerse como hermanos, pues el colonizado, en su alienación, sueña perpetuamente con hacerse perseguidor, es un Calibán desfigurado.

Como señala Albert Memmi (1968) en su Retrato del colonizado, la colonización es, ante todo, una alienación económica y espiritual. El rescate es, en realidad, una captura que borra la polifonía caribeña. El oficial del guardacostas silencia la música interna de los personajes, reduciéndolos a una masa informe de “vencidos”. Aquí es donde el desarraigo alcanza su nota más amarga: el despojo del derecho a la tierra y al mar propio. La poética de la ironía en Vega se revela entonces como un acto de realismo radical. La ironía no es un simple recurso humorístico, sino un “juego metalingüístico” o “enunciación al cuadrado” que descontextualiza los elementos históricos para despertar la conciencia ética del lector.

Conclusión

Finalmente, habrá que afirmar que la prosa de Ana Lydia Vega es el revés de un largo poema narrativo; es un acto de magia y belleza consciente que nos permite tener un lugar en el mundo frente a “esta nada tan ruidosa que nos cerca”. Su escritura es la “chistera” que organiza lo disperso, devolviéndole a la palabra su peso de “presencia”. Antenor queda como el eco de una nota suspendida, una antena que espera la lluvia de la Confederación para que, finalmente, la mar deje de estar secuestrada y escampe sobre nuestra ontología. La poesía recuerda con melancolía que fue música, mientras la mirada de Vega nos obliga a reconocer que el naufragio no ha terminado, pues esos tiburones aún acosan al Caribe. El desarraigo solo podrá sanar cuando el Caribe logre ejecutar su propia partitura, libre de la mirada del Otro, en una tierra donde la raíz pueda, por fin, encontrar su propio suelo.

Referencias

Alighieri, D. (2004). La Divina Comedia. Madrid: Akal.

Balzac, H. (1968). En R. Cansinos Assen (Ed.). La comedia humana (Vol. 1). Madrid: Editorial Aguilar.

Betances, R. E. (2001). Las Antillas para los antillanos (2ª Ed.). San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña. Trabajo original publicado en 1975.

Bonnefoy, Y. (1959). L’Improbable et autres essais. Paris: Mercure de France.

Bonnefoy, Y. (2001). La parole de poésie. Paris: Mercure de France.

Cixous, H. (1975). Le Rire de la Méduse. L’Arc, (61), 39-54.

Cixous, H. (2001). Lecturas de Clarice Lispector. Barcelona: Ediciones Destino.

Debussy, C. (1905). La Mer, trois esquisses symphoniques pour orchestre [Partitura]. Paris: Durand.

Fanon, F. (2009). Piel negra, máscaras blancas. En I. Álvarez Moreno, P. Monleón Alonso y A. Useros Martín (Trads.). Madrid: Ediciones Akal.

Franqui Rosario, L. (2015). Las máscaras de la ironía en Pulseando con el difícil de Ana Lydia Vega. Revista de Estudios Hispánicos.

Franqui Rosario, L. (Ed.). (2025). Funámbulas: escritos sobre ELLAS. San Juan: Editorial Isla Negra.

Inés de la Cruz, S. J. (1951). Obras completas. En A. Méndez Plancarte (Ed.). Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Memmi, A. (1968). Retrato del colonizado. M. de Amilibia (Trad.). Buenos Aires: Ediciones de la Flor.

Mézaille, T. (2010). Inmanencia literaria y temática. Tópicos del Seminario, 1(23), 57-95. https:// www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_ arttext&pid=S1665-120020100001000

Starobinski, J. (1970). La imagen y su lieutenance. Seuil.

Vega, A. L. (1982). Encancaranublado y otros cuentos de naufragio. Río Piedras: Editorial Antillana.

Víctor Hernández Rivera ORCID: 0000-0001-8347-6626

Para reseñar un libro de Ana Lydia hay que romper moldes y estructuras que tradicionalmente rigen estos procesos de análisis y de valoración crítica. La novedad, la originalidad y la sorpresa que caracterizan a la autora así lo demanda. Por ser un libro de carácter antológico la autora ha seleccionado cuentos que han sido publicados previamente y otros que son trabajos inéditos que ha elegido para este proyecto editorial. Hay que destacar, de entrada, cuáles son las sensaciones que experimentamos cuando emprendemos el viaje con Ana Lydia Vega. Sentir una sensación de disfrute, de gozo y alegría marcan la ruta. Tal vez sin pretenderlo captura al lector hacia una experiencia casi terapéutica en la que el andamiaje de elementos conductuales positivos sirve de marco al escenario de posibilidades a las que nos enfrentamos. A eso se añade el paisaje de humor y de ironía con el que se recrea su narración. El texto constituye un homenaje al Caribe como espacio y como región dinámica y amorosa.

La autora identifica los valores de unas islas ardientes con una riqueza espiritual y cultural que sorprende tanto a los que allí vivimos como a los que practican la ruta ya sea por placer o por necesidad. El libro está dividido en seis partes: Boleto de abordaje, Olas cruzadas, Alerta Noir, Escala micro, Todos a cubierta y Puerto cerrado. Acompaña al texto, a

Vega, Ana Lydia (2025). Crucero Caribe: Cuentos selectos. México: Publicaciones de la Universidad Autónoma Metropolitana.

manera de prólogo, un extraordinario ensayo de Manolo Núñez Negrón desde el que resalta los momentos relevantes de la producción literaria de Ana Lydia Vega y a partir de la metáfora del viaje traza también su Mapa de navegación. Estamos ante un libro que se invita a mirar al Caribe a través de nuevas ópticas y a comprenderlo desde el perfil de su geografía y de las dinámicas sociales, políticas, económicas y culturales que en el archipiélago antillano se desarrollan con toda su riqueza y esplendor.

No estaría completa una aproximación a Crucero Caribe: cuentos selectos desde la Revista El Sol, de la Asociación de Maestros de Puerto Rico, si no resaltamos su valor pedagógico. El libro tiene ejemplos de diferentes tipos de cuentos desde el que constituye un paradigma de una obra más extensa con múltiples elementos literarios como es Pasión de historia hasta los cuentos cortos o microrrelatos que a nuestro juicio constituyen extraordinarios ejemplos para emprender un proyecto didáctico con alumnos del nivel secundario. Estos aparecen en la sección IV del libro bajo el título: Escala micro. Los microrrelatos o microcuentos son narraciones breves, o historias relámpago. Los elaborados por Ana Lydia Vega, con extraordinaria maestría, pueden ser trabajados con los alumnos en la sala de clases con múltiples objetivos. Uno, para analizar y discutir en el aula sus características, apreciar y valorar el dominio de la autora para construir una narración muy breve. Así también, para invitar a los alumnos a que utilizando los ejemplos de los microcuentos de Ana Lydia Vega puedan desarrollar sus propios microrrelatos. El mejor aprendizaje se produce a partir de buenos modelos. El modelaje constituye una estrategia fundamental de enseñanza tanto de ayer como de hoy. El educador o educadora puede solicitarles a sus alumnos que escojan un microrrelato de Ana Lydia Vega que le llamó la atención por sus peculiaridades literarias y el dominio de la autora en su construcción. Y que a partir de ese ejemplo o modelo que cada alumno construya el propio. La sala de clases

se habrá de convertir en un taller de creación literaria. La experiencia de los educadores que nos hemos comprometido con las posibilidades creativas de nuestros alumnos quedamos siempre sorprendidos por los descubrimientos que hacemos y por los talentos con los que trabajamos. Invito a que emprendamos la ruta y navegar junto a Ana Lydia Vega. Estoy plenamente convencido que llegaremos a puerto seguro.

Síntesis del Conversatorio, celebrado el 10 de abril en el Parque de las Ciencias en Bayamón, sobre la obra y el legado de Ana Lydia Vega.

“Éxito rotundo el CONVERSATORIO sobre la obra de Ana Lydia Vega: la palabra como resistencia, libertad, identidad y educación”. Para que tengan una idea de este extraordinario encuentro. Tuvimos un excelente maestro de ceremonia y moderador el Dr. Freddie Natal, especialista en la obra de Ana Lydia Vega. Comenzamos con Rubén Aquiles, maestro de español y cantautor, quien le escribió y cantó unas hermosas décimas a la escritora Ana Lydia Vega (palabras que comparto). Luego los escritores Mayra Montero y José Luis Vega quienes comparten el fervor por la literatura y muchas décadas de amistad con la homenajeada,

disertaron con humor, profundidad y belleza sobre la obra de una de las mejores escritoras del país, ambos estuvieron magistrales. La Dra. Leticia Franqui, especialista y crítica literaria, presentó su ponencia sobre la música en la obra de Ana Lydia Vega. Un excelente acercamiento minucioso y erudito.

El momento más esperado, nuestra Ana Lydia Vega, lee su “Carta de presentación” a una audiencia de más de 300 maestros de español emocionados y atentos. Aplausos de pie y rotundo. En la tarde sus aventajados alumnos y escritores: Cezanne Cardona y Manolo Núñez Negrón, comparten anécdotas de su maestra y

como este encuentro de alumnos y lectores de su obra, ha inspirado su vocación de maestros y escritores. Un emotivo encuentro, el cual provocó que Ana Lydia Vega, con la complicidad de la Dra. Jeanette Ramos Ramos, Gerente del programa de Español, les entregara la medalla del programa de Español. Como dice el refranero popular “nunca es tarde cuando la dicha es buena”.

COMPARTO las Palabras de Rubén Aquiles

Rodríguez:

Hay días que tienen una magia especial, como si se pudiese percibir a todas luces que estamos siendo testigos de un momento histórico. Así fue ayer. Durante las pasadas semanas, me estuve preparando para una presentación en el conversatorio y homenaje a la grandiosa escritora puertorriqueña Ana Lydia Vega, para la celebración del 40 aniversario de la Fiesta de la Lengua, del Departamento de Educación de Puerto Rico.

De sus memorias, ella cuenta que el escribir también le vino por su padre, a quien (aunque no pudo estudiar por hacerse cargo de su familia) le gustaba hacer décimas. En mi presentación, tuve el honor de cantarle unas que le escribí a ella, acompañado del cuatro de papi, la guitarra de un tío de la vida y el güiro de un nuevo amigo. Maravillas.

Además, debo mencionar, que compartí con personas que admiro muchísimo (de mis hobbies favoritos por siempre), con esa sensación efervescente de querer aprender, sacar fotos y vídeos con los ojos (para guardarlos en un rincón del alma) y seguir descubriendo que siempre hay muchísimo más. Doy gracias por Ana Lydia y su familia, por nuestros escritores puertorriqueños, por los profesores y maestros del idioma, por todo aquel que fue partícipe de la planificación y elaboración de este homenaje (especialmente a mis queridas India, Caridad y Jeanette), a mi amiga y colega Berlisse y a todos los que estuvieron allí presentes, sumándole a un día que, de seguro, ninguno olvidará.

DAISY ALGARÍN RAMOS,

¡A celebrar su vida!1

Conocí a Daisy Algarín Ramos y a su esposo Santiago Mejía Domenech hace cuarenta años. Claro está, nos habíamos cruzado previamente con frecuencia por los pasillos y el amplio entorno del Recinto de Río Piedras, de la Universidad de Puerto Rico, por lo que se añaden años adicionales. Recuerdo cuando Chago la esperaba a la salida del salón de una clase de horario vespertino, a la cual yo entraba con la misma profesora que tenía dos secciones consecutivas.

Desde ese instante registro en mi memoria valores: dedicación, responsabilidad, sacrificio y voluntad para alcanzar metas superiores. Luego de conocerles me entero que en aquel momento ya era maestra y seguía estudiando simultáneamente hasta completar los requisitos del Bachillerato en Educación Secundaria con especialidad en Español. Daisy prefirió trabajar primero como Maestra Normalista para así poder contribuir al hogar de una familia numerosa. Lo hizo con amor como lo hizo siempre en todas sus responsabilidades. Daisy conoció muy joven lo que es el sacrificio y la dedicación plena para el logro de aspiraciones personales y profesionales.

Contextualicemos el momento histórico en el que Daisy se forma. A mediados del siglo XX Puerto Rico pasaba por un proceso de transformación social, política y económica. El país fue escenario de lo que se denomina como modernización económica en el cual una sociedad se transforma de mayormente agrícola a una sociedad fundamentalmente industrial, así también, de una población fundamentalmente rural a una sociedad de expansión urbana. En el ámbito de la educación Puerto Rico recuperaba mayor control de su sistema educativo. El magisterio puertorriqueño celebra la incorporación del español como la

1. Texto presentado por Víctor Hernández Rivera en acto fúnebre de Daisy Algarín Ramos, celebrado en Carolina, el día 4 de abril de 2026.

lengua de enseñanza en las escuelas públicas. Ese mismo magisterio se había convertido en protagonista de una dura cruzada para lograrlo. En ese entorno de circunstancias históricas se formó Daisy. De ahí que no sea casualidad que haya elegido como profesión convertirse en maestra. Y, más aún, con una especialidad en la enseñanza de la lengua. Daisy se incorporó a un ejército de patriotas que entendieron con mucha claridad que la mejor manera de hacer patria era ejerciendo como maestra de español en el momento que más el país lo necesitaba. Daisy fue maestra de vocación. En el intercambio de experiencias que compartíamos en reuniones tanto en su casa como en la mía, Chago y Daisy resaltaban sus vivencias en la escuela pública puertorriqueña que, sin duda, ha sido el motor del desarrollo social del país. Jamás olvidaré experiencias que narraba y que disfrutaba cuando un alumno la sorprendía con un análisis certero de una poesía o un cuento en la clase que impartía. Insisto, Daisy fue maestra de vocación. El aula para ella era un espacio de inspiración, de iluminación y de sosiego espiritual. La sonrisa permanente de su rostro era el mayor testimonio de su entrega cabal a la tarea de enseñar, de sembrar y cosechar, de esculpir y hacer brillar. No sólo le bastó con hacer la mejor contribución al país a través de la educación de su pueblo. Fue una hija y hermana ejemplar.

Profesó admiración extraordinaria por su madre, quien, según ella, metió pecho en la crianza de una familia numerosa. De esa gesta familiar en la que su madre y sus hermanos lograron vencer obstáculos hablaba con orgullo y admiración. Como madre y esposa fue tierna e inspiradora. Su legado en este renglón brillará para siempre. Sus hijos son profesionales honestos, ejemplos cabales de lo que es el buen ciudadano, el fecundo servidor, especialistas de primer orden en sus respectivos campos. Esto para ella representó placer, satisfacción y orgullo en los últimos años de su vida, al igual que sus nietos despertaron en ella alegría y esperanza. Así lo testimoniaba, una y otra vez.

Yo como amigo de la familia, no puedo menos que agradecerle a Daisy y a Chago la hospitalidad que siempre tuvieron para conmigo. Quedará siempre en mi recuerdo los buenos momentos, las alegrías compartidas y los juicios y valoraciones que hacíamos de las cosas que pasaban, de los aciertos y desaciertos y de la nota de humor que alguien imprimía y que ella disfrutaba a plenitud. Hoy nos congregamos para testimoniar sobre tus valores, para afirmar tu legado a Dios, a tu patria y a tu familia. Daisy, misión cumplida y vida celebrada. Yo te aplaudo. Todos te aplaudimos.

ASOCIACIÓN DE MAESTROS DE PUERTO RICO PO BOX 191088

SAN JUAN PUERTO RICO 00919-1088

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