Sigue al sanador: Fundamentos bíblicos y teológicos para el ministerio de sanidad
Stephen Seamands Prólogo de J. D. Walt
First Fruits Press Wilmore, KY c2026
ISBN: 781648174117 Sigue al sanador: fundamentos bíblicos y teológicos para el ministerio de sanidad Por Stephen A. Seamands - prólogo de J.D. Walt - traducido por Oscar Aguilar M. Translation of: Follow the healer: biblical and theological foundations for healing ministry. First Fruits Press, ©2026
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Seamands, Stephen A., 1949Sigue al sanador : fundamentos bíblicos y teológicos para el ministerio de sanidad [electronic resource]/ Stephen Seamands ; prólogo de J.D. Walt ; traducido por Oscar Aguilar M. – Wilmore, Kentucky : First Fruits Press, ©2026. 1 online resource144 pages ; 21cm. Translation of: Follow the healer : biblical and theological foundations for healing ministry. ISBN: 9781648174117 (uPDF) ISBN: 9781648174124 (Mobi) OCLC: 1579853479 1. Spiritual healing--Christianity. 2. Healing--Religious aspects--Christianity. I. Title.
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Traducido por: Oscar Aguilar M. Es lamentable que la mayoría de los libros sobre sanidad divina graviten hacia un extremo u otro. Algunos sostienen que los creyentes tienen derecho a una sanidad completa en la época actual, mientras que otros se muestran tan escépticos ante las a!rmaciones de sanidad que prácticamente niegan que se produzca alguna. Este excelente y perspicaz libro de Stephen Seamands es un correctivo muy necesario para ambos extremos. Es completamente bíblico, pastoralmente sensible, y hace un excelente trabajo al vincular el ministerio de sanidad de Jesús con el reino de Dios y con el ya-pero-todavía-no de la vida en la era presente. Seamands no nos ofrece respuestas fáciles y simplistas, y no elude el misterio de por qué tantas personas por las que oramos no son sanadas. Además, lo hace de un modo que llena al lector de expectativa cada vez que se imponen las manos a los enfermos y se eleva al trono de la gracia la oración por su sanidad. Si todavía estás buscando un libro sobre sanidad, detente. Consigue este. No te decepcionará. SAM STORMS, PhD, Enjoying God Ministries (Disfrutando los ministerios de Dios)
Cuando Steve Seamands habla de sanidad, lo hace desde décadas de reflexión guiada por el Espíritu, rigor académico, práctica y pruebas convincentes de que Jesús sigue en el ministerio de sanidad. Por eso supe, en cuanto abrí la tabla de contenido, que este libro no sólo me bene!ciaría a mí, sino a toda mi congregación. Quiero que todos utilicen este libro para edi!car un ministerio de sanidad vital arraigado en el amor de Dios. Qué regalo para el cuerpo de Cristo. CAROLYN MOORE, Pastora Principal de Mosaic Church y autora de When Women Lead (Cuando las mujeres dirigen)
Recomiendo encarecidamente el libro de Stephen Seamands, Sigue al sanador: Fundamentos bíblicos y teológicos para el ministerio de sanidad. No sólo es sólido bíblica y teológicamente, sino que también
ofrece sabiduría pastoral. Disfruté de su lectura y me sentí alentado por su sabiduría y perspicacia. DR. RANDY CLARK, presidente de Global Awakening Theological Seminary y creador de Christian Healing Certi!cation Program, autor de Power to Heal; Authority to Heal; !e Healing Breakthrough, !e Essential Guide to Healing (Guía esencial para la sanidad); y Annointed to Heal
Sigue al Sanador es una exploración convincente y accesible del ministerio de sanidad de Jesucristo. Cristo sanó a los que estaban quebrantados en cuerpo y alma, ¡y sigue sanando hoy! Es el amor y la compasión de Dios, entonces y ahora, lo que mueve su corazón a sanar. Dios anhela restaurar su imagen en una humanidad quebrantada. Este es el mensaje de su reino. El Dr. Seamands expone las diversas formas en que Dios sigue sanando hoy, tanto sobrenaturales como naturales. Cristo invita a la Iglesia a participar en su ministerio de sanidad mediante el poder y la autoridad del Espíritu Santo. Aunque presenta el caso de la sanidad de forma clara, concisa y convincente, Seamands reconoce la complejidad e incluso el misterio de la sanidad. ¿Por qué y cómo algunas personas se sanan y otras no? El autor no teme enfrentarse al dilema y ofrece una guía honesta y cuidadosa, así como seguridad para quienes lidian con este misterio. En general, Sigue al Sanador es un llamado equilibrado, accesible, compasivo y bíblico a comprender mejor y ministrar la sanidad de Dios a un mundo herido que la necesita desesperadamente. PETER J. BELLINI, Profesor de Renovación de la Iglesia y Evangelización\ en la Cátedra Heisel, Seminario Teológico Unido, Dayton, Ohio
Sigue al Sanador responde a las preguntas que te has estado haciendo sobre la sanidad y el ministerio de sanidad. Es bíblico, práctico y experiencial y proviene de los treinta años de participación del Dr. Steve Seamands en el ministerio de oración de sanidad con personas heridas y quebrantadas. Este libro ofrece un manual cristocéntrico para esta prioridad vital de la fe cristiana y es de lectura obligada para cualquiera que desee comprender y poner en práctica el ministerio de sanidad desde un enfoque bíblico, equilibrado y holístico. Seamands aborda nuestras interrogantes críticas sobre la sanidad y el ministerio de sanidad desde la perspectiva de un profesional, pastor
y teólogo. Sigue al Sanador es uno de los mejores libros que he leído para comprender mejor la prioridad de la sanidad en el ministerio de Jesús y nuestra responsabilidad de vivir esta prioridad hoy. MATTHEW WHITEHEAD, Obispo de la Iglesia Metodista Libre, EE.UU.
Jesús es el Sanador, ¡síguelo! El Dr. Seamands escribe un libro muy accesible y útil sobre el ministerio de sanidad. Aprecié su sólido enfoque bíblico del tema y sus historias. Me conmovió profundamente el amor y la humildad que se desprenden del libro y de sus capítulos sobre el sufrimiento y el misterio. Pienso utilizar su libro en mis clases de sanidad en el futuro. \ REV. CYNTHIA STRICKLER, directora de Presbyterian Reformed Ministries International \ y directora de los cursos de PRMI sobre sanidad y ministerio de liberación
Conociendo a Steven Seamands y habiendo leído sus libros anteriores, sabía que Sigue al Sanador tendría una base bíblica, una solidez teológica y un equilibrio completo. Lo que no anticipé fue el grado en que sería impactado personalmente por el Espíritu Santo. Sentí la presencia de Cristo vivo mientras leía, y me vi envuelto una y otra vez en el amor compasivo del Padre. Experimenté un despertar episódico, no simplemente al ministerio de sanidad, por muy importante que sea, sino al movimiento del reino de Dios. Lee este libro y descubrirás que tu fe en Cristo se enciende y sentirás una santa invitación a seguir a Jesús en su ministerio de sanidad con el !n de restaurar a las personas quebrantadas, todo para la gloria de Dios. TERRY WARDLE, presidente de Healing Care Ministries
SIGUE AL SANADOR
Fundamentos bíblicos y teológicos para el ministerio de sanidad
Sigue al Sanador
Stephen Seamands
Traducido por: Oscar Aguilar M.
A todos aquellos que a través de su amistad, influencia personal, ejemplo y escritos me han enseñado a seguir al Sanador: Dan Allender, Neil Anderson, Randy Clark, Larry Crabb, Andy Comiskey, Jack Deere, Don Demaray, Chris Dunagan, Larry Eddings, Anne Haley, Tommy Hays, Peg Hutchins, E. Stanley Jones, Charles Kraft, Frank Lake, Brad Long, Martin Mallory, Francis y Judith MacNutt, Russ Parker, Leanne Payne, Mark Pierson, David Seamands, A.B. Simpson, Frank Stanger, Myra Stradt, Cindy Strickler, Steve Stratton, Paul Tournier, Terry Wardle, John y Charles Wesley, Tom White, Smith Wigglesworth y John Wimber.
TABLA DE CONTENIDO
Prologo por J. D. Walt 1. Participando en el ministerio de sanidad de Jesús-------13 2. La sanidad y el amor de Jesús-----------------------------29 3. Las cinco maneras en que Jesús sana---------------------43 4. La sanidad y la imagen de Dios---------------------------63 5. Jesús, la sanidad y el reino de Dios-----------------------79 6. Acogiendo el misterio de la sanidad---------------------93 7. Por sus heridas fuimos sanados-------------------------109 8. El Espíritu Santo y la sanidad--------------------------- 125
PRÓLOGO Permítanme presentarles al Dr. Steve Seamands. Conocí a Steve hace treinta años, cuando yo era un estudiante nuevo en el seminario. Durante varias décadas lo he conocido como profesor de teología, mentor, pastor y amigo, y todos estos papeles se unen en la larga y !el participación de Steve en el ministerio de sanidad de Jesús y en la misión de sanidad de su iglesia. Cuando me convertí en presidente y editor de Seedbed, comencé una campaña para conseguir que Steve escribiera el libro que ahora tienes en tus manos. La mayoría de los libros sobre el ministerio de sanidad que leemos hoy en día intentan convencernos de que Jesús sigue sanando a las personas. Este libro da por sentado que eso es cierto. El objetivo de este libro es dotar a la iglesia de una teología práctica de la sanidad, para que comprenda toda la gama de formas en que Jesús sana y la manera en que nosotros, como sus agentes, podemos participar en el ministerio y la misión de Jesús en nuestras iglesias locales y a través de ellas, por el bien del mundo. Permítanme hacer una a!rmación osada y, a continuación, compartir dos historias breves y una invitación. En primer lugar, mi a!rmación osada. La Iglesia de Jesucristo es la principal agencia de sanidad en el mundo. Además, mi primera historia. Nunca olvidaré el día en que el ya fallecido Francis McNutt visitó la capilla de nuestro seminario. Vino, siguiendo la tradición de Jesús, a enseñar, predicar y sanar. El padre McNutt, sacerdote católico, había dedicado su vida y su ministerio a participar en el ministerio de sanidad de Jesús. Comenzó su mensaje con una pregunta, pidiendo que levantaran la mano: ¿Quiénes en esta capilla tiene un recuerdo de su infancia de haber estado enfermos y de que sus padres oraran directamente con y por ustedes para su sanidad? Había más de cuatrocientas personas en la sala, pero sólo unas treinta levantaron la mano. McNutt dijo que había hecho
esa pregunta en todos los lugares donde había viajado y ejercido su ministerio en las últimas tres décadas, y que la respuesta aquí fue ligeramente superior a la norma. Dijo que, en promedio, no más del 10% de las personas que asisten hoy a la iglesia recuerdan que uno de sus padres orara por ellos cuando estuvieron enfermos siendo niños. Aquí está la segunda historia. El 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud declaró o!cialmente la COVID-19 como una pandemia mundial. Unos días después, el 15 de marzo, comenzó el cierre de todas las instituciones no esenciales. Entre las primeras instituciones importantes en suspender sus operaciones normales se encontraban muchas iglesias cristianas. ¿Cómo es posible que la agencia principal de sanidad del mundo fuera la primera en cerrar ante la peor enfermedad que el mundo había visto en generaciones? Creo que es la misma razón por la que menos del 10% de los niños de hogares cristianos tienen algún recuerdo de un padre orando por ellos cuando estaban enfermos. Esto plantea una pregunta que he empezado a hacer a médicos, enfermeras y cualquier otro trabajador del sector de la salud (incluidos los profesionales de la salud mental) con los que me encuentro. ¿Has sido alguna vez identi!cado, equipado, comisionado o ungido por la iglesia como sanador a la manera de Jesús? ¿Tienes la sensación -sea regular, ocasional o de otro tipo- de que estás siendo enviado por la Iglesia para llevar a cabo tu vocación como misión de sanidad en el nombre y la autoridad de Jesús? ¿Ha orado alguna vez tu iglesia contigo y por ti como agente de Jesús de alguna manera identi!cable o designada respecto al cumplimiento de tu vocación en la profesión médica? A pesar de muchas oraciones para que Dios guíe las manos de los cirujanos, todavía no he conocido a ningún profesional de la salud que haya sido apartado y por el que se haya orado en el cuerpo de creyentes como sanador en el nombre de Jesús. Afortunadamente, hoy en día sigue existiendo la creencia generalizada de que Dios sana. Pero parece haber muy poca con!anza en que la Iglesia de Jesucristo tenga mucho que ver con esa sanidad. No nos enfrentamos a un dé!cit de fe en el poder de Dios
para sanar; nos enfrentamos a la ausencia de una teología práctica de la sanidad en la iglesia local. Aquí está la invitación. No se trata de que inicies un grupo de oración de sanidad en tu iglesia, por muy bueno que esto fuera. Mi invitación es a plantar este libro, como una semilla, en el alma de tu propio corazón, en tus esperanzas para tu iglesia y tu ciudad. Este libro pretende suscitar nuevas generaciones de cristianos que sigan a Jesús Sanador y se conviertan así en sanadores en su nombre. Así pues, se trata de que los padres oren por sus hijos enfermos (y viceversa), no como último recurso, sino como primer auxilio. Se trata de que los altares de nuestras iglesias locales se llenen con regularidad con todos y cada uno de los que trabajan en la profesión y la industria de la salud para orar, consagrar, comisionar y ungir de nuevo su participación en el ministerio de sanidad de Jesús. Sí, se trata de la recuperación de la Iglesia como agencia principal de sanidad en el mundo. Así que, cuando llegue la próxima pandemia global -y llegará-, que la Iglesia esté preparada para afrontar ese momento de manera que revele al Gran Médico dirigiendo el ministerio de su Iglesia, plenamente global y sobrenaturalmente comprometido, bendiciendo al mundo con sanidad. J. D. WALT Sembrador general, Seedbed
UNO PARTICIPANDO EN EL MINISTERIO DE SANIDAD DE JESÚS La sanidad desempeñó un papel esencial en los tres años de ministerio terrenal de Jesús. De hecho, junto con la enseñanza y la predicación, fue una de sus tres actividades principales. El Evangelio de Mateo resume así el ministerio de Jesús en Galilea: “Jesús recorría todas las ciudades y las aldeas, enseñando en sus sinagogas, predicando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia” (Mateo 9:35; énfasis añadido; cf. 4:23-24). Jesús no sólo sanaba, sino que insistía en que sus discípulos y seguidores también lo hicieran. Enviándolos de dos en dos, “les dio autoridad sobre los espíritus inmundos para echarlos fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia” (Mat. 10:1), y les mandó: “sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, echen fuera demonios” (Mat. 10:8). Y así lo hicieron. Sin embargo, ¿qué sucedió después de que Jesús muriera, resucitara y ascendiera al cielo? ¿Acabó abruptamente su ministerio de sanidad? Desde luego que no. Simplemente adoptó una forma diferente. Ahora el ministerio de sanidad de Jesús, al igual que su ministerio de predicación y enseñanza, continúa en la tierra a través de su cuerpo, la iglesia. No obstante, ¿qué signi!ca eso exactamente para nosotros hoy? ¿Cómo debe ser el ministerio cristiano de sanidad? ¿Cómo lo llevamos a cabo? ¿Qué formas y expresiones debe adoptar? Además, ¿cómo la evaluamos? ¿Y cómo determinamos si el ministerio de sanidad en el que participamos está en consonancia con lo que Jesús pretendía? Llevo más de treinta años dedicado al ministerio de la oración de sanidad con personas quebrantadas y heridas. Para compartir mis conocimientos y experiencias, he escrito un libro sobre sanidad 13
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emocional.1 Posteriormente, comencé a impartir una clase sobre teología y práctica de la sanidad en el Seminario Teológico Asbury. Mi experiencia me ha convencido de que, además de la importante formación práctica y la instrucción que necesitamos en el ministerio de sanidad, también necesitamos fundamentos bíblicos y teológicos que sustenten e informen nuestra práctica. Simon Sinek ha escrito un influyente libro sobre liderazgo que ha sido un éxito de ventas, en el que insta a los líderes a “empezar con el porqué”, porque “si no sabes POR QUÉ, no puedes saber CÓMO”.2 Creo que lo mismo es válido para los que nos dedicamos al ministerio de sanidad. Los cómo son muy importantes. Pero es imperativo empezar por los porqués ya que, en última instancia, seamos conscientes de ello o no, darán forma profundamente a los cómo. Muchas de las di!cultades, decepciones y distorsiones que se producen en el ministerio de sanidad tienen su origen en no haber empezado por los porqués. Por esa razón, este libro se enfoca en ellos. Es posible que hayas tenido una amplia experiencia en el ministerio de sanidad o que sólo seas un principiante; es posible que seas un pastor o líder laico que perciba una creciente necesidad del ministerio de sanidad en tu congregación. Puede que seas un líder de un grupo pequeño, un ministro de oración, o alguien que simplemente quiere aprender más sobre la sanidad en general. Mi deseo es presentar, de forma clara y accesible, los fundamentos bíblicos y teológicos esenciales sobre los que puedes edi!car un ministerio de sanidad, independientemente de tu nivel de experiencia o interés. Pretendo mostrarte el profundo impacto que estos porqués pueden tener en tu práctica de la sanidad. Permítanme aclarar que este es un libro sobre la sanidad cristiana, no sobre la sanidad en general. Pertenezco a la familia cristiana, la familia panwesleyana (Anglicana, Metodista, Santidad, Pentecostal, Carismática, de la Tercera Ola) que surgió del ministerio de Juan y Carlos Wesley. En esta familia, la sanidad desempeña un papel importante en la comprensión del mensaje cristiano. De hecho, muchas de sus ideas y prácticas relacionadas con la sanidad son relevantes y aplicables hoy en día. Mencionaré algunas de ellas
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a lo largo de este libro. Sin embargo, aunque escribo desde una perspectiva wesleyana, mi principal preocupación es fomentar el ministerio de sanidad entre todos los cristianos en todas partes. ¿DE QUIÉN ES ESTE MINISTERIO? Pero basta de introducción. Empecemos. Dije que el ministerio de sanidad de Jesús no terminó cuando ascendió al cielo; simplemente asumió una forma diferente. Su ministerio de sanidad, al igual que su ministerio de enseñanza y predicación, continúa a través de sus seguidores, a través de su cuerpo, la Iglesia. Pero fíjate bien en esto: es el ministerio de Jesús el que continúa. El fundamento bíblico y teológico del que hablo en este capítulo es tan crucial y esencial, y sin embargo tan obvio, que a menudo lo pasamos por alto. Aquí está: el ministerio de sanidad al que somos llamados no es principalmente nuestro ministerio, sino el de Cristo. A lo que estamos llamados es a participar en el continuo ministerio de sanidad de Jesucristo. Lucas hizo hincapié en ello al principio del libro de los Hechos. En su primer libro (el Evangelio de Lucas) dijo que escribía sobre “todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar” (Hechos 1:1, énfasis añadido). Obsérvese que no dice “todas las cosas que Jesús hizo y enseñó”, como podríamos esperar. Esto se debe a que Lucas estaba convencido de que el ministerio de Jesús en la tierra no terminó cuando ascendió al cielo. En realidad, apenas había comenzado. La razón por la que Lucas escribió este segundo libro (Hechos) fue para contar la historia del ministerio continuo de Jesús a través de sus apóstoles y seguidores. Así que esta frase aparentemente insigni!cante – “Todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar”- es en realidad extremadamente signi!cativa. Según John Stott, “distingue al cristianismo de todas las demás religiones”, las cuales consideran que sus fundadores, como Mahoma, Buda o Confucio, completaron sus ministerios en vida. Lucas, sin embargo, dice que “Jesús apenas había comenzado su ministerio” 3.
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Jesús resucitó de entre los muertos. Ahora está más vivo que nunca. Su resurrección no solo signi!có la resurrección de su cuerpo, sino también la resurrección de su ministerio. También ha ascendido al cielo para que ahora, por medio del Espíritu Santo, pueda llenar todos los tiempos y lugares con su presencia real 4. De ninguna manera, entonces, Jesús ha sido relegado a un segundo plano. Él es mucho más que nuestro animador en el cielo, esperando que hagamos bien el ministerio. Jesús, resucitado y ascendido, tiene su propio ministerio de enseñanza, predicación y sanidad que llevar a cabo. Y pretende hacerlo a través de nosotros: su cuerpo, la iglesia. Pero no olvidemos nunca que Jesús es el actor principal del ministerio. Somos llamados a participar en su continuo ministerio de sanidad, a unirnos a él en su ministerio en lugar de pedirle que nos ayude a llevar a cabo el nuestro. Él es el sanador, no nosotros. Nuestro trabajo es seguir al Sanador. Debido a nuestra arraigada tendencia, como seres humanos caídos, a ponernos en el centro de todo, a hacer que las cosas giren en torno a nosotros mismos, tenemos que recordárnoslo constantemente. Así que lo diré de nuevo: el ministerio de sanidad no es principalmente tu ministerio. No se trata de que Jesús te ayude mientras ministras a otros; se trata de que te unas a Él mientras continúa su ministerio de sanidad a través de ti. Después de más de treinta años de participar en el ministerio de la oración de sanidad, estoy más convencido de ello que nunca. Sin embargo, a menudo lo olvido y necesito que me lo recuerden. POR QUÉ ESTO IMPORTA TANTO Esta verdad fundamental sobre el ministerio de sanidad tiene profundas implicaciones prácticas. Les hablaré de cuatro de ellas. En primer lugar, da forma a nuestra manera de orar cuando ejercemos el ministerio de sanidad. Cuando nos preparamos para el ministerio de sanidad, a menudo oramos “Señor, ayúdame”. Por ejemplo: “Señor, me han pedido que ore con las personas que se acerquen a pedir
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oración por su sanidad durante el servicio de comunión de este domingo en la iglesia. ¿Me ayudarías a orar por ellos?”. Sin duda, no hay nada malo en oraciones del tipo “Señor, ayúdame”. Hay muchas en la Biblia, especialmente en los Salmos. Pero cuando te das cuenta de que se trata más de que te unas a Jesús que de que él te ayude, entonces es mejor orar: “Señor, sírvete de mí. Señor, utilízame. Tú estás aquí obrando. ¿Qué quieres decir o hacer? Deja que me una a ti. No dejes que me interponga en lo que estás haciendo”. Alguien preguntó una vez a la Madre Teresa el secreto de su asombroso e inspirador ministerio entre los enfermos y moribundos de Calcuta. “No soy más que un pequeño lápiz en manos de Dios”, respondió inmediatamente. “Él piensa. Él escribe. Él lo hace todo y a veces es difícil porque se trata de un lápiz roto, y tiene que a!larlo un poco más”5. La Madre Teresa comprendió que su trabajo consistía en ser un lápiz y notemos que dijo un lápiz pequeño, no grande. Estaba dispuesta a ser lo su!cientemente pequeña. Además, también entendió que era el trabajo de Dios pensar y escribir. Al igual que la Madre Teresa, comprender de quién es el ministerio da forma a la manera en que oramos para prepararnos para el ministerio de sanidad. Oremos: “Señor, sírvete de mí. Ayúdame a ser simplemente un pequeño lápiz. Aunque estoy deslucida y rota, úsame para que realices tu obra a través de mí”. En segundo lugar, y quizá lo más importante, comprender de quién es el ministerio nos libera de la carga del ministerio. Porque si, de hecho, es el ministerio de sanidad de Cristo, entonces, en última instancia, él es el responsable. Es su carga, no la nuestra. No tenemos que hacer que suceda. Él lo hace. Nuestra tarea es simplemente dejar que suceda. Somos propensos a echarnos encima la carga del ministerio, asumiendo que todo depende de nosotros. Siempre que lo hacemos, nos cargamos con una pesada carga para la que nunca fuimos
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diseñados. El yugo de Jesús es fácil y su carga ligera (Mateo 11:30). Saber que el ministerio de sanidad es su carga, no la nuestra, trae gozo y descanso a nuestras almas (Mateo 11:29). Una líder cristiana que asistió a una clase que impartí hace varios años me contó la diferencia que supuso para ella empezar a entender esto. Así es como describió lo que sucedió: Trabajo en un hospital de salud mental como consejera clínica. En el pasado, mi oración, al entrar a trabajar, era siempre pedirle a Cristo que me condujera y guiara a través de mi ministerio, ayudándome a ser un vehículo en lugar de una barrera. Durante una semana, oré en cambio para que Cristo me permitiera acompañarle, pidiéndole que me llenara del Espíritu Santo y me permitiera sumarme a su ministerio. Fue el ministerio más emocionante con los resultados más sorprendentes. La ansiedad que solía sentir al entrar en el edi!cio había desaparecido. Sonreía y sentía un poder imparable a mi alrededor. Mis colegas me respondían de forma diferente, a menudo pidiéndome orientación o consultas. Y los clientes prosperaban. Mis días estaban llenos de algo más grande de lo que jamás hubiera imaginado. Me gustaba venir a trabajar. Mi jornada se hizo más grande que yo porque era más grande que yo. Estaba acompañando a Jesús por medio del Espíritu Santo. Esta jornada externa estaba haciendo una diferencia increíble en mi propia vida y haciendo una diferencia increíble en las vidas de mis clientes. Todo este cambio me llevó a un ascenso a supervisora. Mis siete días se han convertido en un enfoque continuo hacia el ministerio. Desde luego, no puedo garantizarte un ascenso, pero sí puedo garantizarte que tu carga será más ligera y que será más agradable pasar tiempo contigo. Saber de quién es el ministerio signi!ca saber de quién es la carga: de Jesús no es nuestra. En última instancia, no somos nosotros los responsables. No tenemos que liderar ni sanar. Sólo debemos seguir al Líder y al Sanador. En tercer lugar, comprender que la sanidad es una participación en el continuo ministerio de sanidad de Cristo aumenta nuestra confianza y denuedo al ministrar. Piénsalo de este modo: cada
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vez que entramos en un lugar para participar en el ministerio de la oración de sanidad con alguien, podemos estar seguros de que Cristo resucitado está allí con nosotros. En realidad, llegó antes que nosotros y está esperando a que nos unamos a él. El ángel en la tumba vacía en la mañana de Pascua les dijo a las mujeres que avisaran a los discípulos: “él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo” (Marcos 16:7). Algo similar ocurre al participar en el ministerio de la oración de sanidad. Aprendemos a reconocer la presencia de Aquel que ya está ahí. En su maravilloso libro !e Healing Presence (La presencia sanadora), Leanne Payne captura bien esta idea: Es Él quien viene y sana. Es Él quien se hace amigo del pecador, libera al cautivo y sana al cojo de mente y cuerpo . . . Aprendemos a practicar la Presencia de Jesús interiormente (nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo), exteriormente (Él camina a nuestro lado como Compañero y Hermano), y en todas partes (Él es Alto y Sublime, y nosotros lo exaltamos como Dios Soberano. Y le pedimos que ame al mundo a través de nosotros. Aprendemos a colaborar con Él. Hacemos lo que vemos que Él hace . . . simplemente con!amos en Su Presencia con nosotros.6
Saber que Jesús está presente con nosotros y que saldrá a nuestro encuentro también nos permite abordar el ministerio con mayor confianza, no en nosotros mismos, sino en quién es Jesús y en lo que desea hacer. Hace años, cuando empecé a dedicarme a la oración de sanidad, estaba ministrando a la esposa de un seminarista. Mientras la escuchaba relatar la complicada y sórdida historia de su vida, me sentí abrumado. Había tanto trauma, dolor y carga, tantos problemas complicados y cuestiones emocionales con las que lidiar, tantas áreas que necesitaban sanidad. Como resultado, comencé a orar desesperadamente: “Señor, no tengo ni idea de por dónde empezar. Pero sé que tú sí. Has estado obrando en su vida, y estás aquí ahora. Ven ahora y revélate, y revela tu presencia entre nosotros”.
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No recuerdo qué dije, qué preguntas hice o incluso si dije algo, pero antes de darme cuenta, Jesús había respondido mi oración. Él intervino, se reveló a ella y le indicó el lugar exacto donde necesitaba comenzar su proceso de sanidad. Cuarenta y cinco minutos más tarde, cuando salía de mi o!cina, me daba las gracias una y otra vez por lo mucho que la había ayudado. Cuando ella se marchó, me quedé atónito y en silencio, sacudiendo mi cabeza con asombro ante lo que acababa de ocurrir. “Señor”, pregunté, “¿cómo pudo ocurrir? ¡Yo no hice nada!” “Sí, lo hiciste”, pareció susurrar Jesús. “Te pusiste a mi disposición. Me invitaste a venir y cuando lo hice, no te interpusiste”. La clave para un ministerio fructífero de oración de sanidad es estar tan abierto y disponible al Cristo resucitado, que él sea libre de manifestarse mientras escuchas, aconsejas y oras con las personas. Saber que es el ministerio de Jesús al que hemos sido invitados a participar, aumenta nuestra con!anza y expectación. ¡Él realmente quiere manifestarse! Muchas veces, después de orar con alguien, he salido pensando: Jesús, ¡nuestro equipo de oración no sabía lo que estábamos haciendo hoy! Pero, de alguna manera, nos decidimos a hacer exactamente lo que era correcto. La manera en que nos revelaste cómo orar, la manera en que manifestaste tu presencia en medio de nosotros, ¡querías que esa persona experimentara sanidad mucho más que nosotros! En cuarto lugar, comprender de quién es el ministerio determina nuestro llamado principal. Permanecer en Cristo, no el ministerio de sanidad, es lo más importante. Como subrayó Jesús en su parábola de la vid y los pámpanos (Juan 15:1-8), los pámpanos sólo dan fruto en la medida en que permanecen en la vid. “El que permanece en mí y yo en él, este lleva mucho fruto. Pero separados de mí nada pueden hacer” (RVA2015). Cuando hagamos de la permanencia en él nuestra principal prioridad, Jesús mismo vendrá y habitará en nosotros. Entonces realizará su ministerio de sanidad a través de nosotros.
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Frecuentemente, cuando me tomo un tiempo por la mañana para permanecer en Cristo a través de la oración, la lectura devocional y la meditación en las Escrituras, comienzo a pensar en una cita de oración de sanidad que tengo con alguien más tarde en el día. Cuando eso sucede, mi tendencia natural ha sido orar: “Señor, ayúdame al reunirme con tal persona. Dame tu estrategia para nuestro tiempo juntos. ¿Tienes algo que quieras que le diga? Habla, Señor, te escucho ahora. Muéstrame qué quieres que haga y diga”. La mayoría de las veces no oigo nada. En lugar de responder a mi oración, Jesús parece decir: “Steve, no te preocupes por esa cita en este momento. Concéntrate en mí y en tu relación conmigo. Permanece en mí. De hecho, eso me importa más que cualquier cosa que puedas hacer por mí, Steve. Así que mora en mí, adórame y ámame. Recibe el amor que tengo por ti. Entra en el gozo de mi descanso”. He descubierto que cuando me concentro en esto -cuando me concentro más en permanecer en Cristo y menos en pedir ayuda con respecto a lo que me espera- entonces cuando estoy en la sesión de oración de sanidad, Él tendrá más libertad y vendrá y realizará su obra de sanidad a través de mí. Como Pablo lo expresó tan hermosamente en su carta a los Colosenses: “El secreto es: Cristo vive en ustedes. Eso les da la seguridad de que participarán de su gloria” (Col. 1:27, NTV). Permanecer en Cristo es nuestro llamado principal; y Jesús prometió que si permanecemos en él, él permanecerá en nosotros (Juan 15:4) y que llevaremos fruto (v. 5). Esta, por supuesto, es la razón por la que las diferentes prácticas o disciplinas espirituales o “medios de gracia”, como le gustaba llamarlos a Juan Wesley, son tan vitales e indispensables. Por muchas y variadas que sean, todas son formas de permanecer en Cristo. Confío en que estés empezando a darte cuenta de la razón por la que es tan importante que entiendas de quién es el ministerio en el que estás entrando. Saber que se trata esencialmente del ministerio de Jesús y no del nuestro moldea nuestra manera de orar, nos libera
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de la carga del ministerio, aumenta nuestra con!anza en su presencia sanadora y determina nuestro llamado principal. EL PATRÓN TRIPLE DEL MINISTERIO DE JESÚS El ministerio de la oración de sanidad es realmente un ministerio de colaboración en el que Jesús dirige y nosotros seguimos. Nos asociamos con Él en su ministerio de sanidad en la actualidad. Es más, al seguir al Sanador, los tres movimientos principales en el ministerio terrenal de Cristo nos proporcionan un patrón general básico que de!ne y da forma a nuestra práctica de la sanidad. El apóstol Pablo describió sucintamente estos movimientos en Filipenses 2:5-11. La mayoría de los eruditos coinciden en que se trata de uno de los pasajes más signi!cativos del Nuevo Testamento en relación con la vida y el ministerio de Jesús. Los tres movimientos descritos por el apóstol , encarnación, cruci!xión y resurrección, son tan fundamentales para nuestra fe que las principales estaciones del año eclesiástico , Adviento, Cuaresma y Pascua, giran en torno a ellos. También nos proporcionan un patrón general para la práctica de la oración de sanidad. El ministerio de Cristo continúa en el mundo de hoy y, por lo general, sigue el mismo patrón ahora, en el presente, que entonces, en el pasado. Consideremos los tres movimientos que Pablo expone en este pasaje y la forma en que estos movimientos se desarrollan en el contexto del ministerio de sanidad. 1. ENCARNACIÓN Existiendo en forma de Dios, Él no consideró el ser igual a Dios como algo a que aferrarse; sino que se despojó así mismo, tomando forma de siervo, semejante a los hombres. (Fil. 2:6-7) Pablo dijo que Jesús, el Hijo eterno de Dios, se despojó de su legítimo derecho a la divinidad. Asumió un cuerpo humano y experimentó todas nuestras limitaciones humanas, con el !n de
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identi!carse plenamente con nosotros en nuestra humanidad. Habitó entre nosotros (Juan 1:14), compartiendo nuestra culpa y nuestro sufrimiento. Se convirtió en Emmanuel, Dios con nosotros, cara a cara, corazón a corazón. Como resultado, por medio de la encarnación de Cristo, se ha revelado toda la extensión y a!rmación del amor de Dios por la humanidad. Al asumir la semejanza de la carne pecaminosa (Rom. 8:3) y unirse a la humanidad caída en la persona de su Hijo, Dios estaba declarando en efecto: “Aunque sean pecadores y estén caídos, elijo no rechazarlos ni destruirlos. Creo tanto en ustedes que me estoy convirtiendo en uno de ustedes. Estoy comprometido con ustedes y los redimiré”. A través de la encarnación, entonces, nos enteramos de la a!rmación de Dios, de su rotundo sí a la humanidad. Y a través del ministerio de la oración de sanidad, Dios desea transmitir esa a!rmación a las personas necesitadas de sanidad. Jesús obra a través de nosotros para estar al lado de las personas, creando una atmósfera de con!anza y seguridad, y alimentando una relación de amor y aceptación. Construir un puente relacional positivo, de corazón a corazón, entre Jesús, nosotros y la persona, proporciona el contexto necesario para el ministerio de sanidad. Sin este primer paso vital y esencial, no se producirá una obra profunda de sanidad. Como bien insisten Brad Long y Cindy Strickler: “todo comienza con una relación entre Jesús y la persona. Sin esta relación, todo el amor y el poder de Dios son impotentes para sanar las heridas ocultas en el corazón humano”.7 Dedicar tiempo a las personas, entablar conversación con ellas, mirarlas a los ojos, escucharlas activamente, ofrecerles aceptación incondicional y sin prejuicios, expresar una empatía auténtica, hacerles saber que las valoramos, son los componentes básicos de ese puente relacional indispensable. A través de nosotros, Jesús dice: “Estoy aquí a tu lado y te escucho. Te amo y te acepto; te valoro y quiero ayudarte”.
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2. CRUCIFIXIÓN Y, hallándose en condición de hombre, Se humilló a sí mismo Haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! (Fil. 2:8). Jesús se identi!có con la condición humana hasta el punto de morir de forma vergonzosa, espantosa y violenta en una cruz; y según el profeta Isaías, murió a causa de nuestro pecado. Fue herido por nuestras transgresiones y molido por nuestros pecados. Cargó con nuestros sufrimientos y dolencias, con la culpa y la maldición de nuestro pecado (Is. 53:3-5). Además, mediante su muerte, la gravedad de nuestro pecado queda plenamente expuesta. Nuestra rebelión contra Dios es tan profunda e intensa que lo mataríamos si pudiéramos. El juicio de Dios sobre el pecado humano —separación y muerte— también se revela claramente en la cruz. En contraste directo con la encarnación de Cristo, que revela el sí de Dios a la humanidad, su cruci!xión revela el no de Dios a la rebelión y al pecado humanos. En su abandono, cuando clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34), Jesús mismo experimentó la profundidad y la fuerza de ese no, de la condena de Dios a la humanidad pecadora y caída. A través del ministerio de la oración de sanidad, Jesús también nos invita a confrontar la realidad y afrontar la verdad sobre los no del pecado y el sufrimiento que hemos experimentado personalmente. Jesús no sanará aquello que insistamos en ocultarle. Insiste en que confrontemos el dolor y acojamos el sufrimiento como hizo él al soportar la cruz. Sin embargo, no tendremos que recorrer ese camino solos, porque Jesús mismo promete caminar con nosotros, por doloroso y oscuro que sea el camino de la sanidad. Ese camino puede incluir una serie de pasos difíciles pero necesarios, como superar la negación, revisar recuerdos dolorosos, asumir nuestra ira más profunda, superar nuestros miedos, admitir
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nuestros fracasos y nuestra culpabilidad, abandonar estrategias protectoras cómodas, lamentar nuestras pérdidas, perdonar a quienes nos han hecho daño e incluso caer en la depresión. En la oración de sanidad, mientras caminamos con las personas, ayudándolas a entrar lentamente en esos lugares oscuros, Jesús camina con ellas y les transmite su fuerza y su presencia a través de nosotros. 3. RESURRECCIÓN Por lo cual, también Dios lo exaltó hasta lo sumo y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla . . . y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios el Padre. (Fil. 2:9-11). Jesús, que fue condenado a muerte, ha sido resucitado por Dios a una vida nueva y se le ha dado un nombre sobre todo nombre. El amor de Dios por la creación caída y por la humanidad es, por tanto, más fuerte que la muerte. Mediante el milagro de la resurrección, Dios sana y vuelve a crear. Lo viejo ha pasado, todo es nuevo. Por la resurrección de Cristo, brota la nueva creación. Así se revela claramente la voluntad de Dios para el mundo caído. Desea sanar su creación quebrantada y hacer nuevas todas las cosas. En medio del viejo mundo de decadencia y muerte, la resurrección ha despuntado como una realidad viva en el presente y como el futuro prometido de un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap. 21-22). En el ministerio de la oración de sanidad, a menudo somos testigos de la forma en que se desata el poder de resurrección de Cristo. Así como se les apareció a los dos hombres en el camino a Emaús (Lucas 24:13-35), el Cristo resucitado sale a nuestro encuentro de manera profunda. La sanidad física, emocional y espiritual se produce ante nuestros ojos. Se producen grandes transformaciones. La luz de la sanidad entra en los lugares oscuros de nuestras almas. Las cadenas espirituales y emocionales caen. Los corazones quebrantados se reparan. Se rompen las fortalezas demoníacas. Llega liberación a quienes que están atados. Se imparte fuerza para
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perseverar. Se reparan las relaciones rotas. Se establece la identidad. Se descubren los llamados. Se liberan los cánticos. La tristeza y el gemido huyen (Isaías 35:10). RESUMEN En la oración de sanidad, cuando participamos en el ministerio de sanidad de Jesús, encontramos que estos tres movimientos se despliegan constantemente y nos proporcionan un patrón para nuestro ministerio. Ese patrón es el mismo ahora que entonces: encarnación (a!rmación), cruci!xión (confrontación) y resurrección (nueva creación). Mencioné el encuentro del Cristo resucitado con los dos hombres en el camino de Emaús. Como es un ejemplo tan vívido de este triple patrón, al terminar este capítulo describiré brevemente cómo se desarrolló ese encuentro. ENCARNACIÓN (AFIRMACIÓN) Jesús se acercó a los dos discípulos abatidos y caminó con ellos, aunque no le reconocieron. Se unió a su conversación y, al ver sus rostros abatidos, les preguntó qué les había entristecido. Escuchó con empatía la manera en que relataban con dolor cómo se habían frustrado sus esperanzas cuando cruci!caron a Jesús de Nazaret, el hombre del que estaban convencidos que era el Mesías (Lucas 24:1524). CRUCIFIXIÓN (CONFRONTACIÓN) Pudo haber sido doloroso e inquietante, otro golpe para sus corazones ya decepcionados, pero Jesús consideró necesario confrontarlos. Los guio a través de las Escrituras del Antiguo Testamento y cuestionó sus falsas expectativas sobre el Mesías: “¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer . . . . ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y que entrara en su gloria?” (Lucas 24:25-26).
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RESURRECCIÓN (RE-CREACIÓN)
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Más tarde, cuando se detuvieron a comer, llegó ese momento, al partir el pan, cuando Jesús se les reveló: “Entonces fueron abiertos los ojos de ellos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista” (Lucas 24:31). En ese instante, todo cambió y exclamaron: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos abría las Escrituras?” Inmediatamente dieron media vuelta y regresaron a Jerusalén para decir a los discípulos: “¡Verdaderamente el Señor ha resucitado”. Y, “contaron las cosas que les habían sucedido en el camino” (vv. 34-35). Se apresuraron a regresar para contarles a los demás sobre su encuentro con el Cristo resucitado. Como resultado, sus corazones agobiados se transformaron en corazones ardientes, corazones ardientes que luego se transformaron en corazones valientes. En el ministerio de la oración de sanidad, Jesús nos invita a acompañarlo mientras él acompaña a quienes sufren para a!rmarlos, confrontarlos y restaurarlos con su poder de resurrección. ¡Qué privilegio es estar presente cuando eso sucede!
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Endnotes
1 Stephen Seamands, Wounds !at Heal: Bringing Our Hurts to the Cross (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2003). 2 Simon Sinek, Start with Why: How Great Leaders Inspire Everyone to Take Action (London: Penguin, 2009), 70 (énfasis en el original). 3 John R.W. Stott, !e Message of Acts (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1990), 34. 4 Escribí sobre esto en !e Unseen Real (Franklin, TN: Seedbed, 2016). 5 Mother Teresa, !e Joy in Loving (New York: Penguin Compass), 1996. 6 Leanne Payne, !e Healing Presence (Westchester, IL: Crossway, 1989), xv– xvi. 7 Brad Long and Cindy Strickler, Let Jesus Heal Your Hidden Wounds (Grand Rapids: Chosen, 2001), 37.
DOS LA SANIDAD Y EL AMOR DE JESÚS En el capítulo 1, señalamos que la predicación, la enseñanza y la sanidad fueron las principales actividades de Jesús durante su ministerio terrenal en Galilea (Mat. 4:23-24; 9:35). También enfatizamos que su ministerio no tuvo un !nal trágico después de su cruci!xión. De hecho, apenas había comenzado. Tras su resurrección y ascensión, el ministerio de Jesús continúa y se expande por todo el mundo a través de su cuerpo, la iglesia. Por lo tanto, nuestro involucramiento en el ministerio de la oración de sanidad es una participación en su ministerio permanente y, en particular, en su ministerio de sanidad. Pero, ¿qué movía a Jesús a sanar a los enfermos y a vendar a los quebrantados de corazón? ¿Cuál era la motivación de sus obras de sanidad? ¿Por qué sanaba Jesús? Esa es la pregunta en la que queremos enfocarnos en este capítulo. Para responderla, comenzaremos considerando uno de los mayores milagros de sanidad de Jesús: la resurrección de Lázaro, tal como se relata en Juan 11. Al principio de esta historia, María y Marta, las hermanas de Lázaro, envían un mensaje urgente a Jesús, haciéndole saber que su hermano le necesita desesperadamente: “Señor, he aquí el que amas está enfermo” (Juan 11:3). En pocas palabras, ese breve mensaje responde a una pregunta clave: el ministerio de sanidad de Jesús brota de su amor. Como María y Marta lo comprendieron, apelaron a su amor. La versión de la Biblia El Mensaje, lo capta muy bien: “Maestro, el que tanto amas está enfermo” (v. 3). Como Jesús amaba a su hermano, sabían que se preocuparía y, sin duda, querría hacer algo por la enfermedad de Lázaro. ¿Por qué entonces Jesús sana? Porque ama. Y como Hijo de Dios, el amor que lo mueve a sanar es también un reflejo del amor del Padre, porque hace “lo que ve hacer al Padre” (Juan 5:19). En 29
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última instancia, el ministerio de sanidad de Jesús está arraigado en la comunión de la Trinidad. En última instancia, el ministerio de sanidad de Jesús está arraigado en la comunión de la Trinidad. Gracias al desbordante amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, el Dios trino obra para restaurar la creación quebrantada. La sanidad brota del amor y la compasión divinos. Ciertamente, la sanidad es una expresión del poder de Dios, pero tiene más que ver con el amor de Dios que con su poder. Así que Jesús sanó a Lázaro porque lo amaba. Tres veces en esta historia se menciona explícitamente el amor de Jesús por Lázaro (Juan 11:3, 5, 36). Ya hemos visto el primer caso en el mensaje que las hermanas enviaron a Jesús. Más adelante hablaremos del segundo (v. 5). Por ahora consideraremos el último caso (v. 36) cuando, cuatro días después de la muerte de Lázaro, Jesús !nalmente llegó a la escena. En ese momento, Jesús estaba tratando de consolar a las dos hermanas angustiadas y afligidas que no podían entender por qué no había llegado antes. En medio de todas sus lágrimas y agonía, los dolientes que habían acudido a llorar con María y Marta se maravillaron de la intensa respuesta emocional de Jesús y exclamaron: “Miren cómo [Jesús] le amaba” (Juan 11:36). El versículo inmediatamente anterior describe lo que observaron, lo que hizo que Juan dijera: “Jesús lloró”. Juan 11:35 es el versículo más corto de la Biblia, como lo saben todos los niños en la escuela dominical. Sin embargo, ¡estas dos palabras dicen tanto! “Jesús se puso a llorar”, como dice la Versión Traducción en Lenguaje Actual. Lloró tan abiertamente, tan intensamente y con tanta vulnerabilidad que los que lo vieron se maravillaron y concluyeron: “Se ve que Jesús amaba mucho a su amigo Lázaro”. Mi serie favorita de libros para niños son las Crónicas de Narnia, de C. S. Lewis. Digo que son para niños, pero están escritos para cualquiera que sea verdaderamente joven de corazón. En uno de ellos, El sobrino del mago, hay una escena en la que Digory, un niño pequeño, se acerca al león Aslan, que es el rey de la tierra de Narnia
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donde transcurren estas historias. Por si aún no lo sabías (aunque nunca se nos dice explícitamente), siempre que te encuentras con Aslan, te estás encontrando con otro león: Jesús, el gran León de Judá. Digory acude a Aslan porque ha descubierto que en Narnia, cuando alguien se enferma, le dan de comer un trozo de fruta mágica que hace que mejore. Quiere llevarse un trozo de la fruta a casa porque su madre está muy enferma y quiere que se recupere. Pero Digory debe obtener permiso para hacerlo, así que viene a hacer su petición al rey león. Sin embargo, al principio, cuando pregunta, no obtiene respuesta alguna. Aslan guarda silencio. Parece indiferente. Digory se queda atónito: ¿acaso el león no se preocupa por su madre? Se le llenan los ojos de lágrimas y, desesperado, se acerca y vuelve a preguntar a Aslan. Así es como C. S. Lewis describe lo que vio Digory: Hasta entonces había estado mirando las grandes patas delanteras del león y las enormes garras que tenía; ahora, desesperado, miró su rostro. Lo que vio lo sorprendió más que cualquier otra cosa en su vida. Pues el rostro amarillo rojizo estaba inclinado cerca del suyo y (maravilla de maravillas) grandes lágrimas brillantes asomaban de los ojos del león. Eran lágrimas tan grandes y brillantes comparadas con las de Digory que por un momento sintió como si el león realmente estuviera más apenado por su madre que él mismo1 .
A partir de ese momento, Digory nunca más dudó del amor de Aslan. “Cada vez que recordaba las lágrimas brillantes en los ojos de Aslan, su corazón se sentía seguro”2 . Jesús lloró ante la tumba de Lázaro. Cuando vio la angustia de María y Marta y de los demás reunidos junto al sepulcro, grandes lágrimas brillantes brotaron de sus ojos. Jesús lloró. La sanidad de su amigo Lázaro surgió de su corazón desgarrado y lloroso de amor. Antes de sanar nuestras heridas humanas, ¡Jesús las siente! LA COMPASIÓN DE JESÚS Cuando acudimos a los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), también encontramos la íntima conexión entre el amor de
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Jesús y la sanidad. Estos tres evangelistas subrayan repetidamente cómo el ministerio de sanidad de Jesús brota de su compasión. Por ejemplo, Mateo 9:36 dice: “Y cuando vio las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban acosadas y desamparadas como ovejas que no tienen pastor” (énfasis añadido). Por cierto, este versículo sigue inmediatamente al que ya he mencionado varias veces, en el que se describen las tres principales actividades ministeriales de Jesús en Galilea. Después de decirnos lo que Jesús hizo (predicó, enseñó y sanó), Mateo también quiere que sepamos por qué (porque tenía compasión). Nueve veces en los evangelios sinópticos se describe a Jesús como movido a compasión. Cuatro de estos sucesos están directamente relacionados con su ministerio de sanidad. Por compasión, sanó a los enfermos de que estaban en una multitud (Mat. 14:14), limpió a un leproso (Mr. 1:41), resucitó al hijo muerto de una viuda afligida (Lc. 7:13-14) y devolvió la vista a dos ciegos (Mat. 20:34). En los nueve casos, los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas utilizan splanchnizomai, el verbo griego más fuerte del que disponían, para transmitir la profundidad e intensidad de la compasión de Jesús3. Ninguna traducción al español puede captar plenamente el signi!cado de esta palabra. Se deriva del sustantivo splanchna, que en griego clásico se refería a los órganos internos, como el corazón, los pulmones, el hígado y los intestinos. La palabra en español esplín se deriva de este término. Los griegos creían que nuestros órganos internos eran el asiento de nuestras emociones más profundas como: el enojo, el temor y el amor. Basándonos en su derivación, el verbo splanchnizomai no transmite una piedad o compasión ordinaria, sino una profunda emoción visceral que emerge de lo más profundo del ser, como el jadeo de un hombre abrumado por el dolor o el gemido de una mujer en parto. Decir que Jesús fue “movido a compasión” signi!ca que se le desgarraron las entrañas, se le desgarró el corazón y quedó expuesta la parte más vulnerable de su ser.
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Sin duda, los milagros de sanidad de Jesús tienen más de un propósito. Como veremos en el capítulo 5, son señales inequívocas de que el reino de Dios está cerca. También revelan que Jesús es de hecho el Mesías y el Hijo divino de Dios. Así pues, debemos reconocer los diversos propósitos de los milagros de sanidad. Sin embargo, aunque cada uno de ellos es importante, lo que mueve a Jesús a sanar, ante todo, es su amor y su compasión. Sus milagros de sanidad son una expresión de su amor y del amor del Padre y del Espíritu Santo hacia los más necesitados.
Ken Blue lo resume bien: “Los escritores de los evangelios a!rman que Jesús sanaba a las personas porque las amaba. Sencillamente, sentía compasión por ellos; estaba de su parte, quería resolver sus problemas”. Añade: “Dios mismo [en la persona de Jesús] está afligido por nuestra situación y su respuesta emocional es poderosa. De su compasión brotan poderosos actos de rescate, sanidad y liberación”4 . EL AMOR DE JESÚS DETERMINA NUESTRO ROPÓSITO Esta conexión vital entre la sanidad y el amor de Jesús tiene muchas implicaciones prácticas para la manera en que nos involucramos en el ministerio de sanidad. Por eso es tan importante que lo comprendamos. En el resto de este capítulo hablaré de cuatro de estas implicaciones. Empecemos por la forma en que moldea nuestra comprensión del propósito del ministerio de sanidad. En el ministerio de sanidad, sobre todo en el caso de la sanidad física, es fácil obsesionarse con el poder divino y el espectáculo, entusiasmarse demasiado con los milagros, las señales y los prodigios. Además, es emocionante presenciar una sanidad física instantánea ante nuestros ojos. Cuando los sordos oyen, los ciegos ven o los paralíticos caminan, ¿cómo no vamos a asombrarnos, alegrarnos y alabar a Dios? Dada nuestra propensión al desánimo y a la incredulidad, necesitamos ver milagros de vez en cuando. Como sugiere Raniero Cantalamessa, Dios se sirve de los milagros “para romper y deshacerse tanto del ritualismo muerto como del árido
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racionalismo”5. Tales manifestaciones del poder divino encienden nuestra fe y profundizan nuestra convicción de que Dios es real. Sin embargo, el ministerio de sanidad tiene más que ver con el amor que con el poder. El poder sanador de Jesús es una expresión de su amor, un amor que se preocupa profundamente por las necesidades inmediatas y sentidas de las personas heridas y quebrantadas. El poder sanador es necesario porque el amor de Jesús es eminentemente práctico y realista. Ante la enfermedad, el dolor y el sufrimiento, ¡no basta con enviar una tarjeta de Hallmark! Pero el poder sanador de Jesús radica en su amor. Es el poder del amor. El amor busca el bienestar del otro, se propone profundizar la relación con el otro y quiere ver florecer al ser amado. El poder por el poder, el poder que busca manipular y controlar, es una noción pagana, no una comprensión cristiana del poder basado en el amor. Dan Wilt es un pastor sabio que ha pasado varias décadas dedicado al ministerio de sanidad en un contexto eclesiástico que acoge de todo corazón el ministerio de sanidad y los dones espirituales. Ha experimentado de primera mano lo que ocurre cuando el ministerio de sanidad se enamora del poder, y ha aprendido lo importante que es mantener el enfoque en el amor de Dios: A veces he visto una !jación en la experiencia de poder y el espectáculo como objetivos. Cuando se sana alguna parte del cuerpo allí mismo, ¡es emocionante! Cuando se sana la ceguera y una persona ve por primera vez en años, ¡es maravilloso! Pero la sanidad no es el objetivo de lo que ocurre en ese momento. Nunca lo es. El amor de Dios por la persona es lo más asombroso que sucede en ese momento. Cuando los ojos de alguien se iluminan con el amor de Dios, expresado en lágrimas silenciosas o en un fuerte regocijo por lo que Dios ha hecho, estoy seguro de que los ángeles del cielo están danzando, ¡tanto si se produce un “milagro” como si no! Estoy muy agradecido con quienes fueron mis mentores en la oración por los enfermos y necesitados. Esos hombres y mujeres siempre me recordaban que lo mínimo que una persona debe llevarse después de que yo orara por ella era una experiencia más profunda del amor de Dios. Cuando una persona siente que Jesús la ve y la conoce, puede desencadenarse una profunda sanidad interior ante la cual incluso una
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sanidad física puede parecer secundaria. El amor de Dios produce un milagro eterno de unión con la persona. Ése es siempre el objetivo del Padre 6.
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A lo largo de los años, cuando he dirigido numerosos cultos públicos de sanidad en iglesias locales, mi experiencia ha sido similar. A menudo, en esos cultos, al imponer las manos y orar por las personas, especialmente por aquellas con necesidades físicas, las he visto envueltas en el profundo amor y compasión de Jesús por ellas. Como resultado, ya sea que experimenten la sanidad física o la sanidad que esperaban, se regresan lentamente, atónitos, con expresiones de alegría en sus rostros, invadidos por una profunda sensación de gozo y paz que supera todo lo demás. Ver esto suceder ante mis ojos me ha producido gran gozo y satisfacción. Muchas veces me he marchado eufóricamente pensando: Esto es tan maravilloso que quiero seguir haciéndolo el resto de mi vida, ¡aunque nadie por quien oro se sane físicamente! A menudo, cuando las personas acuden a nosotros en busca de oración de sanidad, lo que desean principalmente es una solución a un problema y esperan que podamos ayudarles a solucionarlo o hacerlo desaparecer. Por supuesto, Jesús se preocupa por sus problemas; llora por ellos. Pero más que resolver sus problemas o darles consuelo y alivio, quiere que conozcan y experimenten su gran amor por ellos. Él anhela una comunión más íntima con ellos y les invita a una relación más profunda consigo mismo. El hecho de reconocer que ésta es la preocupación máxima de Jesús arroja luz sobre cuál debe ser nuestra principal preocupación en la oración de sanidad: no resolver problemas, sino comunicar el amor de Cristo. De nuevo, Dan Wilt lo explica bien: “No nos obsesionaremos con si nuestras oraciones por ellos ‘funcionaron’ o no. Nos enfocaremos en el amor de Dios por la persona mientras oramos. Ese enfoque nos hará ser sensibles al orar, en lugar de distraernos con una mentalidad de arreglarlo todo, o con un dramatismo excesivo que intenta despertar las emociones” 7.
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EL AMOR DE JESÚS MOLDEA NUESTRA PRÁCTICA Además de determinar nuestro propósito, comprender que la sanidad consiste más en transmitir amor que en demostrar poder, también moldeará nuestra práctica y tendrá importantes repercusiones en la forma de llevar a cabo el ministerio de sanidad. Una antigua estudiante del seminario me contó hace poco su experiencia cuando fue a una iglesia de su comunidad para asistir a un servicio de sanidad. Nunca había estado en esa iglesia y sabía poco de ella, pero estaba cansada y había sido herida en el ministerio. Así que cuando supo que iban a tener un servicio de sanidad, anhelaba estar allí y esperaba recibir oración de sanidad. Lamentablemente, la forma en que se llevó a cabo el tiempo de oración la hizo sentir muy incómoda. Después de un momento de cantos de adoración y un breve mensaje del pastor, se invitó a quienes deseaban sanidad a pasar al frente para recibir oración. Entonces, mientras las personas que habían respondido se quedaban allí de pie, les golpeaban en la cabeza y las empujaban hacia atrás mientras los ministros de oración declaraban: “Sean sanos en el nombre de Jesús”. “Cuando vi lo que hacían”, me dijo, “me quedé en mi asiento y no fui al frente”. Un pastor amigo me contó una experiencia similar que tuvo hace muchos años. Hacía poco que se había convertido en seguidor de Cristo y estaba apasionado por la fe que tenía, buscando sinceramente más de Cristo. Cuando en un culto se hizo la invitación para orar por sanidad, acudió gustoso. “Cuando empezaron a orar por mí”, me contó, “literalmente me dieron un golpe de karate en ambos lados del cuello y luego me empujaron. Estaba aturdido y confundido, preguntándome qué estaba pasando”. Estos, por supuesto, son ejemplos extremos de lo que yo llamaría abusos de poder en el ministerio de sanidad. Sin embargo, son demasiado comunes y a menudo dan mala reputación al ministerio de sanidad. Reflejan lo que puede suceder cuando la sanidad se convierte demasiado en una cuestión de poder.
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A los cristianos de Corinto que estaban demasiado enamorados del poder espiritual, el apóstol Pablo les insistió repetidamente que “todas sus cosas sean hechas con amor” (1 Cor. 16:14; véase también 8:1; 13:1-13). Lo que Pablo aconsejaba se aplica sin duda a la forma en que llevamos a cabo el ministerio de sanidad.
Siempre tenemos que salvaguardar y preservar la dignidad de las personas. No tocamos ni ponemos las manos sobre nadie sin su permiso. No obligamos a nadie a hacer o decir algo si no está dispuesto o se siente incómodo. Si necesitan perdonar a alguien, por ejemplo, podríamos decirles: “¿Estás dispuesto a orar y perdonarle por el mal que te hizo?”. Si nos dicen que no, respetamos su decisión y no intentamos forzarlos, manipularlos ni avergonzarlos. Esperamos hasta que estén listos y dispuestos. Jesús nos ha dado autoridad para sanar en su nombre (Lc. 9:12; Mat. 28:16-20), y hay ocasiones en las que se nos pide que oremos con autoridad para orar por sanidad. Pero recordemos que una oración valiente, fuerte y autoritativa no tiene por qué ser ruidosa, bulliciosa, dramática o abrumadora. Como una vez escuché decir a un sabio veterano del ministerio de sanidad: “El amor es el músculo del brazo de la autoridad”. Por lo tanto, todo debe llevarse a cabo con amor. Esto signi!ca que los que participamos en el ministerio de la oración de sanidad debemos seguir creciendo en nuestra propia capacidad, tanto para recibir el amor de Cristo como para transmitir su amor a los demás. Pablo oró para que “siendo arraigados y cimentados en amor” seamos “capaces de comprender, junto con todos los santos, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo” (Ef. 3: 17-19). Esa debería ser nuestra oración: “Señor, profundízame y ensánchame en el amor”. Tilda Norberg, autora de varios libros profundos y útiles sobre sanidad, lo dice muy bien: “Gran parte de la preparación emocional y espiritual para hacer esta obra tiene que ver con ser capaz de amar más plenamente . . . Amar signi!ca invitar a Dios -cada día, cada
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hora- a amar a través de nosotros. Dado que nuestro propio amor es incompleto y está sujeto a distorsiones, dependemos de Dios para que nos llene del amor que necesitamos para caminar con otra persona . . . Amar no siempre es fácil. Tenemos que trabajar constantemente para librarnos de juicios, agendas, resentimientos y temores”8 . EL AMOR DE JESÚS NOS MANTIENE PACIENTES Comprender que el ministerio de sanidad de Jesús fluye de su amor, no solo determina el propósito de nuestro ministerio de sanidad y moldea nuestra práctica; también nos mantiene pacientes y !rmes cuando nos enfrentamos al misterio y las complejidades de la sanidad. En la historia de Lázaro que analizamos anteriormente, Jesús no sanó inicialmente a Lázaro de la manera que María y Marta querían o esperaban. Apareció cuatro días tarde, cuatro días después de la muerte Lázaro. Y cuando llegó a la escena, ambas hermanas, primero Marta y luego María, le hicieron saber a Jesús lo frustradas y decepcionadas que estaban con él. “Señor”, se quejaron, “si hubieras estado aquí, [nuestro] hermano no habría muerto” (Juan 11:21, 32). Al igual que María y Marta, cuando participamos en el ministerio de oración de sanidad por alguna persona, nosotros, también, podemos confundirnos y frustrarnos con lo que Jesús está haciendo. ¿Por qué no interviene y hace algo? ¿Por qué no nos da una guía más clara sobre cómo orar? ¿Por qué no responde a nuestras oraciones? A menudo, durante el proceso, las personas que buscan sanidad empiezan a dudar y a desesperarse. Se preguntan por qué a Jesús no parece importarle. Mantenernos enfocados en el amor de Jesús nos mantiene !rmes y pacientes. Aunque no podamos percibir su mano, sabemos que podemos con!ar en su corazón. Interesantemente, en el caso de Lázaro, la razón por la que Jesús no vino de inmediato, como esperaban las hermanas, estaba ligada a su amor por ellas. Como dice el texto: “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó aún dos días más en el lugar
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donde estaba y luego, después de esto, dijo a sus discípulos: Vayamos a Judea otra vez” (Juan 11:5-7). Fue el amor de Jesús, pues, lo que hizo que se presentara cuatro días tarde. Oswald Chambers dijo, al reflexionar sobre lo que hizo Jesús, que a veces “los silencios de Dios son sus respuestas” 9 . Sin embargo, cuando !nalmente llegó, ese mismo amor le hizo llorar por el dolor de las hermanas y clamar ante la tumba: “¡Lázaro, ven fuera!” (Juan 11:43). Vemos que su amor puede manifestarse de diversas maneras. Ciertamente, no es una expresión única.
Conocer el corazón compasivo y amoroso de Jesús nos ayuda a mantenernos pacientes, !rmes y en el camino correcto. Independientemente de lo que esté sucediendo, podemos declarar con con!anza: “Señor, parece que no podemos percibir tu mano en este momento, y no estamos seguros de cómo ni cuándo vas a obrar en esta situación. Pero Señor, sabemos que podemos con!ar en tu corazón. Estamos seguros de ello. Sabemos que lloras por esta situación. Sabemos que amas a esta persona. Tu compasión nunca falla. Independientemente de cómo decidas actuar en esta situación, sabemos que nada puede separarnos de tu amor”. Cuando Digory “recordó las lágrimas brillantes en los ojos de Aslan, se sintió seguro”10 . Mantener nuestros ojos en el amor de Jesús y en las lágrimas brillantes de sus ojos nos mantiene pacientes y con!ados mientras nos dedicamos al ministerio de la oración de sanidad. Independientemente de lo que suceda o no parezca suceder, sabemos que podemos contar con ello. EL AMOR DE JESÚS Y LA PERSISTENCIA Hemos hablado de cómo arraigar y cimentar el ministerio de sanidad en el amor de Jesús determina nuestro propósito, moldea nuestra práctica y nos mantiene pacientes cuando el proceso es confuso y complicado. Permítanme concluir este capítulo subrayando cómo también fundamenta nuestra persistencia en el ministerio de sanidad.
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Como pastor de una iglesia local, profesor de seminario y ministro de oración de sanidad, durante los últimos cincuenta años he participado en las tres actividades principales del ministerio de Jesús: predicar, enseñar y sanar. ¡Pero debo decir que me he metido en muchos más problemas y he experimentado más resistencia por la sanidad que por las otras dos actividades juntas! Muchos cristianos se muestran críticos y escépticos respecto al ministerio de sanidad, y ciertamente, puedo entender la razón. Algunas personas que se sienten atraídas por el ministerio de sanidad se enamoran demasiado del aspecto sensacional y milagroso. Otras, en su celo, llegan a extremos peligrosos y malsanos en su enseñanza y práctica. Al igual que Simón el mago (Hechos 8:9-24), siempre habrá charlatanes que intenten aprovecharse de la gente desesperada. En consecuencia, el ministerio de sanidad ha adquirido mala reputación, lo que hace que muchos pastores y líderes le rehúyan. Para evitar sus trampas y peligros, pre!eren evitarlo por completo. A menudo miran con desprecio a los que están llamados al ministerio de sanidad. “¿Por qué querrías involucrarte en un ministerio como ese?”, preguntan críticamente. “Es tan complejo, ambiguo y controversial. ¿Y qué pasa con las personas que no se sanan cuando oras por ellas? ¿No acabarás desilusionándolas?”. No cabe duda de que todas estas preguntas son importantes y legítimas. En el capítulo 6 me ocupo de ellas al hablar del misterio de la sanidad. Pero cuando me han preguntado sobre mi participación en el ministerio de sanidad, después de haber reconocido las válidas preocupaciones de la persona, esto es lo que suelo decir: “Permítanme ser claro: no estoy involucrado en esto porque esté enamorado de la sanidad. Tampoco me interesa lo más mínimo ser conocido por tener un ministerio de sanidad. Pero me interesa participar en el ministerio de Jesús. Quiero que mi corazón se quebrante por las cosas que le quebrantan el corazón a él, y llorar por las cosas que lo hacen llorar. Quiero ser atraído a su amor y compasión. Y luego quiero seguirlo y unirme a él en todo aquello que decida hacer como resultado. Por eso me dedico al ministerio de sanidad”.
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En la primera estrofa de lo que muchos consideran su himno más importante, “Oh amor que excede a todos”, Carlos Wesley lo resumió sí: “Eres tú, Jesús bendito, todo amor y compasión; baja al corazón que sufre, tráenos tu salvación” 11.
Esto es lo que me hace persistir en el ministerio de sanidad a pesar de las preocupaciones y críticas de los demás. Por medio del Espíritu Santo, quiero conectarme con el amor de Jesús, que, a su vez, refleja el corazón de amor y compasión del Padre. Y luego quiero ser un canal abierto a través del cual este amor trinitario pueda entrar en los corazones quebrantados y temblorosos de los demás. Según Juan Wesley, el famoso hermano mayor de Carlos, ese amor divino, del que brota toda sanidad, es “el remedio soberano para todas las miserias”12 .
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Endnotes 1 C.S. Lewis, !e Magician’s Nephew (New York: Collier, 1955), 2 Lewis, 164.
3 Véase el excelente análisis de esta palabra que hace William Barclay en: New Testament Words (London: SCM, 1964), 276–80. Para un análisis más reciente, véase F. Scott Spencer, Passions of the Christ (Grand Rapids: Baker Academic, 2021), 184–90. 4 Ken Blue, Authority to Heal (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1987), 78. 5 Raniero Cantalamessa, Come, Creator Spirit (Collegeville, MN: Liturgical Press, 2003), 198. 6 Dan Wilt, Receive the Holy Spirit (Franklin, TN: Seedbed, 2022), 113. 7 Wilt, 114. 8 Tilda Norberg, Consenting to Grace: An Introduction to Gestalt Pastoral Care (Staten Island, NY: Penn House, 2006), 38– 39. 9 Oswald Chambers, If Ye Shall Ask (New York: Dodd, Mead, 1938), 47. 10 Lewis, Magician’s Nephew, 164. 11 Charles Wesley, “Love Divine, All Loves Excelling,” Hymnary .org, https://hymnary.org/text/love_divine_all love__excelling_joy_ of_he. Public domain (1747). Para la traducción al español, se ha usado: Carlos Wesley, “¡Oh, amor que excede a todos!”, 339, Cántico Nuevo: Himnario evangélico (Buenos Aires, Argentina: Methopress Editorial, 1962). 12 John Wesley, “Primitive Physic,” in !e Works of John Wesley, vol. 32, Medical and Health Writings, ed. James Donat and Randy Maddox (Nashville: Abingdon, 2018), 119.
TRES LAS CINCO MANERAS EN QUE JESÚS SANA No esperaba encontrar lo que encontró. En la introducción a su estudio en profundidad, La sanidad en la historia del cristianismo, Amanda Porter!eld reconoce: “Cuando inicié este libro, no preví hasta qué punto llegaría a ver el cristianismo como una religión de sanidad”1. Al examinar detenidamente dos mil años de historia cristiana, quedó impresionada por la gran variedad de maneras en que los cristianos han participado en el ministerio de sanidad. Al orar por la sanidad sobrenatural, ofrecer atención pastoral, aliviar el sufrimiento con la medicina, visitar a los enfermos, atender a los moribundos, fomentar comunidades sanas, construir hospitales, capacitar a médicos y enfermeras, enviar misioneros médicos, abogar por el acceso a la atención sanitaria y su reforma, y fomentar prácticas que promuevan la salud física y mental, los cristianos llevan dos milenios participando, de una forma u otra, en diversas maneras en el ministerio de sanidad. Como descubrió Amanda Porter!eld, la sanidad es parte integral del ADN cristiano; y colaborar con Jesús en su continuo ministerio de sanidad puede tomar muchas formas. Según el Nuevo Testamento, Jesús es aquel por medio de quien todas las cosas fueron hechas (Juan 1:3; Col. 1:16; Heb. 1:2), todas las cosas permanecen unidas (Col. 1:17; Heb. 1:3), y todas las cosas están siendo hechas nuevas (2 Cor. 5:17; Apoc. 21:5). Como Señor de la creación y de la nueva creación, puede sanar de diversas maneras. Habiendo establecido por qué Jesús sana -porque ama-, ahora quiero centrarme en cómo sana Jesús, considerando las cinco maneras en que Jesús sana -lo que a veces se ha llamado “los cinco milagros de sanidad”2 . Podemos describirlos sencillamente de la siguiente forma: 43
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• Jesús sana directa y sobrenaturalmente: el milagro del toque sobrenatural. • Jesús sana a través de los médicos y la medicina: el milagro de la medicina moderna. • Jesús sana a través del poder de sanidad del cuerpo humano: el milagro de la naturaleza. • Jesús sana a través del otorgamiento de gracia en el sufrimiento: el milagro de la gracia su!ciente. • Jesús sana a través de la muerte victoriosa: el milagro de la travesía victoriosa.
Al dedicarnos al ministerio de sanidad, es imperativo que reconozcamos y a!rmemos estas cinco maneras en que Jesús sana. En este capítulo reflexionaremos brevemente en cada una de ellas, una por una. Una vez hecho esto, ofreceré a Juan Wesley como modelo para nosotros hoy de alguien que acertadamente las tuvo todas en cuenta. JESÚS SANA DIRECTA Y SOBRENATURALMENTE Como enfatizo particularmente en el capítulo 5, los milagros de sanidad de Jesús demuestran que el reino de Dios ha llegado. En la persona de Jesús el Mesías, lo que se esperaba que sucediera en el futuro, al !nal de los tiempos, cuando todas las cosas fueran hechas nuevas, ha irrumpido en el presente. ¡Incluso ahora los cojos andan, los sordos oyen, los ciegos ven, los muertos resucitan y los cautivos son liberados! Además, cuando Jesús envió a sus apóstoles y discípulos a predicar el evangelio del Reino, también les dio autoridad para sanar en su nombre (Mateo 10:1-8; Lucas 9:1-2). Vemos que siguieron ejerciendo esa autoridad después de la resurrección y ascensión de Jesús en el libro de los Hechos. Desafortunadamente, a lo largo de los siglos los cristianos a menudo no han ejercido la autoridad que Cristo nos dio para orar por la sanidad sobrenatural directa de los enfermos. En ocasiones, incluso sus líderes los han disuadido de hacerlo. Por ejemplo, Martín
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Lutero y Juan Calvino no veían con buenos ojos la sanidad divina milagrosa. En reacción contra los excesos y supersticiones asociados a las prácticas de sanidad de la iglesia católica romana medieval, estos líderes protestantes sostenían que los milagros de sanidad habían cesado después los primeros siglos del cristianismo. Sin duda, en la época de los apóstoles se necesitaron milagros y sanidades para poner en marcha la Iglesia. Sin embargo, una vez establecida la iglesia y completado el Nuevo Testamento, los milagros dejaron de ser necesarios. La predicación de la Palabra de Dios era su!ciente para la extensión del evangelio.
La influencia de esta enseñanza, conocida como cesacionismo, persiste hoy en muchas iglesias norteamericanas. Afortunadamente, durante los últimos 150 años ha habido una creciente participación de los cristianos en la sanidad sobrenatural. Lo que comenzó como un goteo lento con el avivamiento de santidad sanadora de !nales del siglo XIX (1875-1900) se convirtió en una corriente cada vez mayor en los movimientos pentecostales, carismáticos y de la Tercera Ola (1900-2000), y ahora se ha convertido en un desbordamiento con el auge del cristianismo global en África, Asia y América Latina (19852023). Como resultado, hemos sido testigos de lo que el ya fallecido Francis MacNutt denominó un “nuevo despertar de la sanidad”3 . En su introducción a Global Pentecostal and Charismatic Healing (Sanidad carismática y pentecostal global), Candy Gunther Brown resume así este nuevo despertar: “Las prácticas de sanidad divina son un marcador esencial del cristianismo pentecostal y carismático como fenómeno global . . . En los países latinoamericanos, asiáticos y africanos . . . hasta un 80-90% de los cristianos de primera generación atribuyen sus conversiones principalmente a haber recibido sanidad divina para sí mismos o para un miembro de la familia . . . y como los cristianos del Sur global influyen cada vez más en el cristianismo norteamericano, es probable que la sanidad divina adquiera aún más importancia en las iglesias de los EE.UU. en el siglo XXI” 4. Nadie ha defendido los milagros con tanta contundencia como el erudito del Nuevo Testamento Craig Keener. En 2011, publicó
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una obra exhaustiva de dos volúmenes y 1100 páginas titulada Miracles: !e Credibility of the New Testament Accounts 5 (Milagros: la credibilidad de los relatos del Nuevo Testamento) y, diez años después, publicó un libro más breve titulado Miracles Today: !e Supernatural Work of God in the Modern World6 (Milagros hoy: La obra sobrenatural de Dios en el mundo moderno), en el que relata las experiencias milagrosas veri!cadas de decenas de personas en todo el mundo. Nunca en la historia había habido tantos cristianos experimentando sanidades milagrosas y ejerciendo autoridad para sanar en el nombre de Jesús. Sí, ¡el reino de Dios está cerca! Jesús sigue sanando de forma sobrenatural a través de su cuerpo, la Iglesia. Es cierto que la mayoría de las personas por las que oramos no serán sanadas de forma directa y sobrenatural. Como subrayo en el capítulo 5, el Reino de Dios es a la vez ya y todavía no. Sin embargo, debemos orar activamente por milagros y esperar irrupciones sobrenaturales del reino. Ciertamente, ésta es una manera signi!cativa en que Jesús sana hoy. JESÚS SANA A TRAVÉS DE LOS MÉDICOS Y LA MEDICINA Sin embargo, Jesús también sana a través de los médicos y la medicina. Por eso los cristianos siempre han tenido en alta estima a los médicos y la práctica médica. Según Amanda Porter!eld, arraigados en su preocupación por la sanidad y su deseo de aliviar el sufrimiento humano, “los cristianos se han visto constantemente involucrados con la medicina y preocupados por la relación entre la práctica médica y la fe religiosa”7 . En general, las creencias y prácticas cristianas tienen sus raíces en el Antiguo Testamento. No obstante, por si no nos hemos dado cuenta, allí rara vez se menciona a los médicos. Como observa Michael Brown en su meticuloso estudio sobre la sanidad en el Antiguo Testamento, hay “pocas pruebas de una actividad médica generalizada y especializada en el antiguo Israel”8 . Pero resulta que hay una buena razón para ello. Dado que los sacerdotes paganos eran también los médicos del mundo antiguo,
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acudir a ellos en busca de ayuda se consideraba una violación del primer mandamiento, una forma de idolatría, equivalente a consultar a un dios pagano y hacer magia.
Eso es precisamente por lo que Asa, rey israelita, fue criticado. Al !nal de su vida, cuando la enfermedad de sus pies se agravó, se nos dice que “no consultó al Señor, sino a los médicos” (2 Cr. 16:12). Desafortunadamente, este versículo ha sido utilizado a veces por cristianos bienintencionados como texto de prueba para no ir al médico cuando se está enfermo, sino tener fe sólo en Dios para sanarse. Sin embargo, como explica Brown: “El pecado fatal de Asa, rey de Judá, no fue principalmente recurrir a médicos. Más bien, fue culpable de consultar a médicos paganos o al menos a magos o idólatras en su momento de mayor necesidad, en lugar de recurrir al Señor”9 . Por dicha, gracias a la influencia de Hipócrates (c. 460-370 a.C.) y otros, la práctica de la medicina se desarrollaría en el mundo grecorromano como una disciplina propia y diferenciada de la religión pagana y las artes mágicas. En consecuencia, los judíos del periodo helenístico tenían una opinión mucho más positiva de los médicos y la medicina. Ben Sira, un escriba judío helenístico (siglo II a.C.), lo expresó así: Respeta al médico por sus servicios, pues también a él lo instituyó Dios. El médico recibe de Dios su ciencia y del rey recibe su sustento . . . Dios hace que la tierra produzca sustancias medicinales, y el hombre inteligente no debe despreciarlas. Dios endulzó el agua con un tronco para mostrar a todos su poder. Él dio la inteligencia a los hombres, para que lo alaben por sus obras poderosas . . . . Hijo mío, cuando estés enfermo no seas impaciente. Pídele a Dios y él te dará la salud. Pero llama también al médico, no lo rechaces; pues también al él lo necesitas. (Eclesiástico 38:1-12 DHH)
El Nuevo Testamento refleja esta perspectiva positiva de los médicos, así como de la medicina. Lucas, el autor gentil de más del 25% del Nuevo Testamento, era médico. Los eruditos del Nuevo Testamento han señalado la frecuencia con la que Lucas utilizó en sus escritos terminología médica griega especí!ca para describir
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enfermedades y afecciones físicas. Cuando acompañó a Pablo en sus viajes misioneros, actuó como su médico personal. De hecho, Pablo llamó a Lucas “el médico amado” (Col. 4:14). Amanda Porter!eld muestra cómo esta visión a!rmativa de los médicos y la medicina ha continuado a lo largo de dos mil años de historia cristiana. En Healing in the History of Christianity (La sanidad en la historia del cristianismo), incluye un capítulo entero sobre “El cristianismo y el desarrollo global de la medicina cientí!ca”10, en el que subraya el importante papel que desempeñaron los misioneros cristianos de los siglos XIX y XX en este proceso. “Fueron los primeros en introducir la medicina cientí!ca en muchas partes del mundo y su liderazgo como profesionales practicantes y defensores de la medicina cientí!ca jugó un papel histórico al hacer de la atención de la salud un componente importante del desarrollo global”11. Era típico, dondequiera que iban, que los misioneros construyeran iglesias, escuelas y hospitales. Sí, Jesús sana de manera sobrenatural, pero también sana a través de los médicos y la medicina. Conscientes o no de ello, colaboran con él en su obra de sanidad. Por eso debemos orar por nuestros médicos, pidiendo a Jesús que los guíe y actúe a través de ellos, tanto en el diagnóstico de nuestras enfermedades como en la prescripción del tratamiento y la medicación adecuados. Los que nos dedicamos a la oración de sanidad debemos trabajar en colaboración con médicos y profesionales de la salud mental. Por lo tanto, debemos animar a las personas a visitar a sus médicos y asegurarnos de seguir sus consejos. Es lamentable que cristianos bien intencionados comparen erróneamente la sanidad sobrenatural con la sanidad a través de los médicos. Recientemente, un líder cristiano me contó que visitó a una anciana que había sufrido toda su vida con problemas en los pies. Sin saberlo, mientras oraba por ella al !nal de la visita, Jesús le dijo claramente: “Sujétala de los pies”. Estaba muy indeciso y empezó a discutir mentalmente con el Señor mientras seguía orando. Después de resistirse varias veces,
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obedeció renuentemente. “Cuando puse mis manos sobre sus pies”, me dijo, “fue como si una descarga eléctrica pasara por mis manos y sus pies se sanaron completa y dramáticamente”.
“No lo sabes”, le explicó ella con alegría a mi amigo después, “pero cuando era niña, el Señor me dijo que algún día me sanaría los pies. ¡Y hoy lo ha hecho!” Este encuentro dio lugar a una amistad genuina y a una colaboración en el evangelio que duró hasta su muerte algunos años más tarde. Lamentablemente, ella murió prácticamente ciega e incapaz de leer la Biblia o tocar el piano y el órgano (era una profesional de la música consumada), todo porque se negó a someterse a una operación de cataratas. “El Señor es mi sanador”, insistía. “Sólo confío en él para que sane mis ojos”. Ella tenía razón, el Señor era su sanador, pero Jesús, que sana tanto directa como indirectamente, a menudo también utiliza a los médicos y la medicina para sanar. Allen Verhey lo resumió bien: “La medicina es una buena dádiva de Dios el creador, una provisión de gracia de parte Dios el proveedor y un reflejo y servidora de Dios el redentor. Condenar la medicina porque Dios es el sanador sería como condenar al gobierno porque Dios es el gobernante, o condenar a las familias porque Dios es ‘Abba’”12 . JESÚS SANA A TRAVÉS DEL PODER DE SANIDAD DEL CUERPO HUMANO Cristo Jesús, en quien “vivimos, nos movemos y somos” (Hch. 17:28) y por quien “asombrosa y maravillosamente [hemos] sido hechos” (Sal 139:14, NBLH), nos ha dotado de cuerpos predispuestos a la sanidad. Cuando nos cortamos la piel, la sangre se coagula y forma una costra, y comienza el proceso de sanidad. Cuando nuestra salud se ve amenazada por gérmenes, bacterias o virus, los fagocitos y leucocitos de nuestro sistema inmunitario, altamente a!nado, entran en acción, produciendo anticuerpos que vencen a los invasores, restauran nuestra salud y nos protegen de futuros ataques.
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Según el designio de Jesús, nuestros cuerpos humanos suelen sanarse a sí mismos. El ya fallecido Donald Demaray, mi maestro y colega de facultad, contaba que pasó un !n de semana en casa de un médico que había sido un generalista muy respetado en su comunidad durante muchos años. “A veces, las personas simplemente se recuperan”, le dijo a Don. “No puedo explicarlo. Las personas con enfermedades graves pueden recuperarse sin tratamiento médico”13 . A menudo, en el ministerio de oración de sanidad, trato con personas para abordar problemas emocionales, mentales y espirituales que impiden o disminuyen el poder de sanidad de sus propios cuerpos. La amargura, la falta de perdón, el odio a uno mismo, el desprecio por nuestros cuerpos físicos, la hipocondría, cuando estos problemas son expuestos y llevados a Jesús, no es raro que los problemas físicos derivados de estos desaparezcan por sí solos. En A Doctor’s Casebook in the Light of the Bible [Libro de casos médicos a la luz de la Biblia], Paul Tournier contaba el caso de un médico que llevaba varios meses tratando sin éxito a una mujer que padecía una anemia grave 14. Entonces, para su sorpresa, el bajo recuento de glóbulos blancos se normalizó de repente. “Dime”, preguntó, “¿te ha ocurrido algo fuera de lo normal desde la última vez que nos vimos?”. “Ahora que lo pienso, ha ocurrido algo”, respondió. “Por !n he podido perdonar a alguien a quien he guardado un desagradable rencor durante mucho tiempo. Y cuando lo hice, fue como si pudiera volver a decir de nuevo “sí” a la vida. A menudo, cuando eliminamos las barreras espirituales y emocionales, entonces nuestros cuerpos “asombrosa y maravillosamente hechos” (Sal. 139:14) quedan libres para hacer su trabajo de sanidad. Además, hay que tener en cuenta todas las formas de promover la salud del cuerpo humano. Una dieta nutritiva adecuada, el ejercicio regular, el descanso y el sueño su!cientes, la recreación, la risa y el juego, la comunidad y la interacción social, la soledad y el retiro,
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todo ello es de vital importancia porque permite a nuestro cuerpo mantenernos sanos e íntegros. JESÚS SANA A TRAVÉS DE LA LA GRACIA SUFICIENTE
En lugar de eliminar la fuente de nuestro sufrimiento o dolor, a veces Jesús nos sana de una manera que no esperábamos, al impartirnos su gracia y su fuerza vencedora durante nuestra aflicción. En su segunda carta a los Corintios, Pablo habla con franqueza de su propia experiencia de sanidad al mencionar un “aguijón en la carne” (2 Cor. 12:7) con la que tuvo que luchar15 . Skolops, la palabra griega para “aguijón”, puede signi!car tanto una estaca que clavaba realmente a una persona al suelo como una astilla que irritaba constantemente y desa!aba su extracción. Como no dijo explícitamente lo que era, ha habido muchas conjeturas sobre la naturaleza exacta del “aguijón” de Pablo. ¿Fue una persona en particular que se opuso implacablemente a Pablo, la persecución en general, un pecado o tentación acosadora, un impedimento del habla o una enfermedad física como la epilepsia o un trastorno de la vista? Los eruditos bíblicos han propuesto todas estas posibilidades, pero nadie lo sabe con certeza. Pablo se re!rió a su aguijón como “un mensajero de Satanás que me abofetee” (2 Cor. 12:7). Lo veía como algo maligno que pretendía frustrar los propósitos de Dios para él. Por eso, al principio oró enérgica y persistentemente para que le fuera quitado: “respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí” (12:8). Su mención especí!ca de orar tres veces nos recuerda la manera en que Cristo oró tres veces en Getsemaní: “de ser posible, pase de mí esta copa” (Mat. 26:39). Sin embargo, el aguijón de Pablo no fue quitado. Al contrario, oyó claramente que el Señor le decía: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Cor. 12:9). La respuesta de Jesús al aguijón de Pablo no fue quitárselo, sino darle a Pablo la gracia para soportarlo con paciencia y alegría, y utilizar la debilidad resultante de Pablo para demostrar el poder divino durante el
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proceso. Porque, como a!rmó Pablo, el poder de Dios se perfecciona en la debilidad. Sin duda, Dios pudo haber demostrado su poder quitando el aguijón. Pero al no hacerlo, optó por algo aún mayor: perfeccionar su poder a través de la debilidad. Esto transformó la actitud de Pablo hacia su aguijón. En lugar de sentirse derrotado o sumirse en la autocompasión, la debilidad que le producía le dio algo de qué presumir. “Me gloriaré más bien en mis debilidades”, exclamó, “para que habite en mí el poder de Cristo” (2 Cor. 12:9). En lugar de alimentar frustración e insatisfacción en Pablo, la debilidad producida por el aguijón le hizo experimentar satisfacción. “Por eso me complazco en las debilidades, afrentas, necesidades, persecuciones y angustias por la causa de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor. 12:10). También nosotros podemos preguntarnos por qué Jesús no nos sana quitándonos algún “aguijón” angustiante de nuestras vidas. Sin embargo, como sugiere Raniero Cantalamessa, puede signi!car que, como en el caso de Pablo, Jesús “nos ofrece un don mucho más precioso... aunque nos cueste aceptarlo”. En relación con alguna aflicción física, por ejemplo, puede que Jesús no la quite. Pero la salud física, aunque preciosa, es sólo temporal y un día pasará. En cambio, “haber soportado el sufrimiento con paciencia es algo bueno que durará toda la eternidad”16 . Qué maravilloso milagro de sanidad es ver a las personas soportar el sufrimiento con paciencia por medio de la gracia de Dios. Puedo pensar en varios casos de los que he sido testigo en los que el impacto de alguien que ha soportado el sufrimiento con paciencia, sí, incluso con un gozo desbordante, ha sido mayor para atraer a otros a Cristo que si se hubieran sido sanados instantáneamente. JESÚS SANA A TRAVÉS DE LA MUERTE VICTORIOSA Según el escritor de Hebreos, mediante su muerte en la cruz Jesús destruyó “al que tenía el dominio sobre la muerte (este es el diablo), y para librar a los que por el temor de la muerte estaban toda
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la vida condenados a la esclavitud” (He. 2:14-15). Del mismo modo, Pablo declaró triunfalmente que, puesto que Cristo ha resucitado de entre los muertos, “sorbida será la muerte en victoria” (1 Cor. 15:54).
Sin embargo, no nos equivoquemos, los cristianos aún deben enfrentarse a la oscura realidad de la muerte con todo su dolor, tristeza y agonía. Nos afligimos profundamente cuando mueren amigos y seres queridos, y nos afligimos con los que sufren. Pero, como dijo Pablo, no nos afligimos “como los demás que no tienen esperanza” (1 Tes. 4: 13). A la luz de la resurrección de Cristo, hemos sido liberados de nuestro temor a la muerte (He. 2:15). Su aguijón ha sido quitado (1 Cor. 15:55-57) porque no puede separarnos del amor de Dios en Cristo (Rom. 8:38-39). De hecho, Pablo llegó a ver la muerte como una puerta que se abría a una experiencia más profunda y rica del amor de Dios. Insistió en que “para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil. 1:21, énfasis añadido). Porque “estar ausentes del cuerpo” es “estar presentes delante del Señor” (2 Cor. 5:8). La muerte, por trágica que sea, ha sido transformada por el Cristo resucitado y se ha convertido para el cristiano en un medio de sanidad. Como dijo elocuentemente el !lósofo cristiano Peter Kreeft: “Cristo ha hecho de la Muerte la carroza dorada de la vida, enviada para sacar a su novia Cenicienta de las cenizas de esta chimenea que es el mundo, a través de un lejano viaje de medianoche, hasta su propio castillo y alcoba, donde la Gloria engendrará gloria sobre nosotros para siempre”17. Escuché a la esposa de un pastor describir cómo se dio cuenta de la forma en que Cristo había transformado la muerte. Su madre, de setenta años, llevaba más de una semana en el hospital. Pero no respondía al tratamiento y parecía empeorar. Todos los días oraba con insistencia por su querida madre. Una noche, se despertó a las 3 de la madrugada con un fuerte deseo de orar. Al cabo de media hora, de repente la carga por su madre se alivió, pues creyó haber oído al Señor Jesús decir claramente: “Tu
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madre está sana”. Después de eso una profunda paz la envolvió y volvió a dormir. Se despertó a las 6 a. m. y llamó al hospital, esperando saber que el estado de su madre había mejorado. Sin embargo, la enfermera a cargo le informó que su madre había fallecido de madrugada, alrededor de las 3:30. “Me sentí sorprendida y decepcionada”, admitió. “Estaba tan segura de lo que el Señor dijo esa noche, junto con la sensación de paz que sentí, pero no era lo que esperaba. Pero luego, al reflexionar sobre las palabras de Jesús, me di cuenta de que la había sanado. Ahora estaba con el Señor, en su presencia como nunca antes”. Para el cristiano, Jesús ha transformado la muerte en una puerta de sanidad. A veces, cuando oramos por alguien, sobre todo por los ancianos, nos sentimos guiados a orar no por una forma dramática y milagrosa de sanidad, como cuando Jesús resucitó a Lázaro (Juan 11:1-44), sino por una muerte victoriosa que los introduzca en la presencia misma de Jesús y demuestre a los demás que Jesús ha vencido a la muerte. PARTICIPANDO EN EL AMPLIO MINISTERIO DE SANIDAD DE JESÚS Es importante que quienes nos dedicamos al ministerio de sanidad reconozcamos, a!rmemos y tomemos en cuenta todas las cinco maneras en que Jesús sana. Además, no debemos priorizar una sobre las demás ni contraponerlas entre sí. A veces Jesús sana de varias maneras a la vez. Podríamos decir a una persona que sufre una enfermedad física: “Necesitas recibir toda la oración por sanidad que puedas y recibir el mejor tratamiento médico que puedas”. En el pasado, cristianos de diferentes orígenes y tradiciones a menudo no han tenido en cuenta las cinco maneras en que Jesús sana. Yo crecí en la tradición evangélica y teníamos una fuerte convicción sobre la sanidad de Jesús a través de los médicos y la medicina. También hacíamos énfasis en su gracia su!ciente para quienes sufrían. Aunque creíamos en la posibilidad de una sanidad sobrenatural, en la práctica rara vez esperábamos u orábamos para
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que Jesús sanara de esa manera. Tu experiencia puede haber sido similar o muy diferente a la mía. Tal vez creciste en la tradición pentecostal o carismática, donde orabas con regularidad y frecuencia por la sanidad sobrenatural, pero no enfatizabas adecuadamente otras maneras en que Jesús sana. Al seguir a Jesús el Sanador, debemos recuperar su amplio y holístico ministerio de sanidad. Es hora de que sus seguidores reconozcan la importancia vital de cada una de las cinco maneras en que Jesús sana y se comprometan en una práctica equilibrada, integrada y completa de todas ellas. No me canso de repetirlo.
Por supuesto, dado tu llamado, tus dones y tu experiencia, Jesús podría no querer que te enfoques en todas las cinco maneras de sanar. Por ejemplo, puedes ser pastor/a o enfermera/o, médico, evangelista, preparador físico, nutricionista, capellán de hospital, consejero profesional, ministro/a de oración de sanidad o trabajador/a en un hospicio. Es posible que tu participación en el ministerio de sanidad de Cristo sólo se enfoque en una o dos de las cinco maneras en que Él sana. Y así debe ser. Todo lo que pido es que reconozcas y a!rmes las cinco formas en que Jesús sana. Además, deberías animar a las personas a explorarlas todas y buscar a quienes tienen dones en cada una según sea necesario. La cuestión es que puedes reconocer y a!rmar la amplia gama del ministerio de sanidad de Cristo, aunque en la práctica te dediques principalmente a una o dos. Comprender las cinco maneras en que Jesús sana también moldea nuestra forma de orar por las personas. A veces hay cristianos bienintencionados que oran: “Señor, si es tu voluntad, sana a fulano de tal”. Aunque aprecio la preocupación que tienen por ser humildes y no presuntuosos, yo no oro así. En lugar de eso, oro: “Señor, sana según tu voluntad”. A la luz de las cinco maneras en que Jesús sana, estoy convencido de que siempre desea sanar. La pregunta no es si Jesús quiere sanar; la pregunta es cómo quiere Jesús sanar a esta persona en este momento particular. ¿A través de cuál de las cinco maneras quiere sanar Jesús? ¿Desea usar una combinación de ellas?
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A veces, mientras le pido a Jesús que me guíe, tengo claridad y con!anza al respecto. Pero frecuentemente, cuando oro, realmente no lo sé. En ese caso, empiezo a orar humildemente pero con con!anza para que la sanidad sobrenatural sea directa. Como veremos en el capítulo 5, Jesús proclamó que, en su persona y ministerio, el futuro reino de Dios había llegado. Sin embargo, aunque el reino estaba realmente presente cuando él estuvo en la tierra en cuerpo físico, todavía no estaba plenamente presente como lo estaría al !nal de los tiempos. Comienzo por el ya y no por el todavía no, para subrayar que la sanidad es para hoy y no sólo para algún día. Así que empiezo a orar con expectación para que se produzca ahora una sanidad sobrenatural. Pero si eso no sucede, pasaré a orar en relación con una o más de las otras maneras en que Jesús sana que reflejan el todavía no del reino. Independientemente de por cuál esté orando, siempre lo hago dentro del marco de las cinco. JUAN WESLEY Y LAS CINCO MANERAS EN QUE JESÚS SANA Como veremos en el próximo capítulo, Juan Wesley (1703-91) entendía la salvación no principalmente en términos legales, como el perdón de los pecados, sino como la restauración, recuperación y renovación de la imagen de Dios. En consecuencia, tenía un profundo y permanente interés por la sanidad. Además, en su práctica se adelantó verdaderamente a su tiempo al enfatizar las cinco maneras en que Jesús sana. Dedicaré el resto de este capítulo a describir brevemente su participación en cada una de ellas, ya que es un modelo maravilloso para nosotros. En cuanto a la sanidad sobrenatural, a diferencia de muchos líderes eclesiásticos de su época, Wesley no era cesacionista, que creía que los milagros de sanidad se limitaban a la época de los apóstoles o a los tres primeros siglos de la Iglesia. Estaba convencido de que los milagros disminuían no porque ya no fueran necesarios, sino porque los corazones de los creyentes acababan enfriándose y endureciéndose. Al tener sólo apariencia de piedad, carecen de denuedo y poder (cf. 2 Tim. 3:5)18 .
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Según Robert Webster, estudioso de Wesley, “durante toda su vida [Wesley] acogió sin reparos la creencia en lo sobrenatural y estaba convencido de que la a!rmación del mundo invisible era un componente importante de la misión y el ministerio del cristianismo en general y de sus sociedades metodistas en particular”19. La creencia y la expectativa de lo sobrenatural, sostiene Webster, eran una parte esencial del ADN metodista original. En su diario, así como en la revista Arminian Magazine, que Wesley publicaba para sus seguidores, hay relatos especí!cos de sanidades sobrenaturales entre los primeros metodistas.
Por ejemplo, en la entrada de su diario del jueves 7 de octubre de 1790, Wesley contó que había visitado a la señora Jones, una devota metodista que había sufrido dolores durante muchos años debido a un colapso uterino. Varios médicos la habían tratado, pero su estado sólo empeoraba. Finalmente, tras dos meses postrada en cama, clamó: “¡Señor, si quieres, puedes sanarme! ¡Que sea según tu voluntad!” Inmediatamente, el dolor y el trastorno cesaron y ella se levantó y se vistió. De hecho, desde aquella hora, gozó de perfecta salud. “Creo que nuestro Señor nunca obró un milagro más sencillo, ni siquiera en su vida terrenal”, concluyó Wesley 20. Wesley creía en la sanidad sobrenatural, pero también tenía en gran estima a los médicos y a la medicina. Como en su época los pobres tenían poco o ningún acceso a los médicos, como recurso desesperado Wesley decidió: “Me prepararé y les medicaré yo mismo”. Leyó extensamente revistas médicas y consultó a farmacéuticos, cirujanos y médicos para brindarles “los mejores consejos que pudiera y les daría las mejores medicinas de que dispusiera”21. El resultado fue la creación de varias clínicas médicas entre las sociedades metodistas y, lo que es más importante, la publicación de Primitive Physic for ordinary people (Medicina primitiva para la gente común). Fue, por mucho, el libro más vendido de Wesley, con veintitrés ediciones a lo largo de su vida, y le reportó 750.000 dólares en derechos de autor, la mayor parte de los cuales donó. Muchos de los remedios y curas que recomendaba parecen extraños e incluso cómicos hoy en día, pero
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en el siglo XVIII eran los mejores tratamientos que podía ofrecer la incipiente ciencia médica. Dado que reconocía los poderes curativos naturales del cuerpo humano, Wesley practicó la “medicina holística” instruyendo regularmente a sus seguidores sobre la importancia de una dieta adecuada, el ejercicio regular y un sueño y descanso apropiados. No esperen recibir muchos bene!cios de estos remedios, advertía a los lectores de su Primitive Physic (Medicina primitiva), si hacen caso omiso de estos hábitos y prácticas cruciales. A la aristocrática Lady Maxwell, le aconsejó: “El ejercicio, especialmente al llegar la primavera, será más útil para su salud que cien medicinas”22 . Wesley también comprendía claramente el impacto que tienen nuestros pensamientos y emociones en nuestro cuerpo. De hecho, criticó a los médicos de su época por no tenerlo en cuenta. “Prescriben drogas sobre drogas, sin conocer ni pizca de la raíz de la enfermedad. ¿Entonces, por qué no todos los médicos consideran hasta dónde los desarreglos corporales son causados o influenciados por la mente?”23 En la mayoría de los casos, “hasta que la pasión [emoción] que causó la enfermedad se apacigüe, la medicina se aplica en vano”24. Podemos encontrar el énfasis de Wesley en la sanidad a través de la gracia su!ciente en tiempos de aflicción en sermones publicados como “Sobre la paciencia” y “Afligidos en diversas pruebas”. También hay una sección entera titulada “Para los creyentes que sufren”, en la Colección de himnos para uso del pueblo llamado metodista, de 178025 . Carlos Wesley, autor de la mayoría de estos himnos, estaba convencido de que el sufrimiento y el crecimiento en santidad estaban estrechamente relacionados. Como pastor y director espiritual de muchas personas, Juan Wesley escribió a menudo cartas de aliento a los metodistas que le habían hablado de sus sufrimientos y aflicciones. A una de esas queridas mujeres, la Sra. Woodhouse, le escribió: “Aunque a veces sea una cruz penosa, lleva tu cruz, y ella te llevará a ti: tu trabajo no será en vano. ¿No está nuestro Señor ahora mismo dispuesto a bendecirte
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para aumentar tu fe, y tu amor, y tu paciencia? Ciertamente, Su gracia es su!ciente para ti: su!ciente para someter todas las cosas a Él”26 .
La sanidad a través de la muerte victoriosa se refleja en los numerosos relatos de “muertes felices” que Wesley incluyó en su diario y en Arminian Magazine27 . Acerca de una mujer llamada Betty Fairbridge, escribió: “Pero su debilidad corporal aumentó: tanto más aumentaron su fe y su amor; hasta que la oración fue absorbida por la alabanza, y ella se marchó con gozo triunfante”. John Bennets también murió bien: “Poco antes de su muerte, examinó a cada uno de sus hijos sobre su permanencia en la fe. Satisfecho de ello, les dijo: ‘Ahora no dudo de que volveremos a encontrarnos a la diestra de nuestro Señor’. Entonces le encomendó alegremente su alma al Señor y se durmió”28 . Como resultado, los primeros metodistas eran conocidos por morir bien29. Un médico que trató a varios de ellos le dijo a Carlos Wesley: “La mayoría de las personas mueren por miedo a morir; pero nunca conocí a personas como las suyas. Ninguno de ellos teme a la muerte, sino que [están] tranquilos, pacientes y resignados hasta el !nal”30. Se podría decir mucho más de Wesley en relación con su participación en cada una de las cinco maneras en que Jesús sana. Lo recomiendo encarecidamente como modelo para el ministerio de sanidad hoy en día. Por supuesto, hoy tenemos muchos más conocimientos cientí!cos en estas cinco áreas que los que tuvo Wesley. Pero aún podemos aprender de la forma en que unió estas cinco maneras integrada y equilibradamente. Al hacer énfasis en las cinco maneras en que Jesús sana, Wesley se adelantó a su tiempo y sigue siendo alguien a quien todos deberíamos tratar de emular.
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Endnotes
1 Amanda Porter!eld, Healing in the History of Christianity (New York: Oxford University Press, 2005), 3. 2 La primera vez que oí hablar formalmente al Dr. Frank Bateman Stanger fue sobre los cinco milagros de la sanidad. Creo que los había derivado y adaptado de las enseñanzas de E. Stanley Jones sobre la sanidad. Se presentan brevemente en Donald Demaray, Experiencing Healing and Wholeness (Indianápolis: Light and Life, 1999), 178-79. 3 Francis MacNutt, !e Healing Reawakening (Grand Rapids: Chosen, 2005). 4 Candy Gunther Brown, Global Pentecostal and Charismatic Healing (New York: Oxford University Press, 2011), 3. 5 Craig S. Keener, Miracles: !e Credibility of the New Testament Accounts, 2 vols. (Grand Rapids: Baker Academic, 2011). 6 Craig S. Keener, Miracles Today: !e Supernatural Work of God in the Modern World (Grand Rapids: Baker Academic, 2021). 7 Porter!eld, Healing in the History of Christianity, 141. 8 Michael Brown, Israel’s Divine Healer (Grand Rapids: Zondervan, 1995), 238. 9 Brown, 239. 58.
10 Porter!eld, Healing in the History of Christianity, 141– 11 Porter!eld, 141.
12 Allen Verhey, !e Christian Art of Dying (Grand Rapids: Eerdmans, 2011), 309–10. 13 Demaray, Experiencing Healing and Wholeness, 179. 14 Paul Tournier, A Doctor’s Casebook in the Light of the Bible (New York: Harper & Row, 1960), 149–50.
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15 En el análisis del aguijón en la carne de Pablo, he adaptado material de mi libro Wounds !at Heal: Bringing Our Hurts to the Cross (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2003), 171-73.
16 Raniero Cantalamessa, Come, Creator Spirit (Collegeville, MN: Liturgical Press, 2003), 281. 17 Peter Kreeft, Heaven: !e Heart’s Deepest Longing (San Francisco: Ignatius, 1980), 234. 18 15 August 1750, !e Works of John Wesley, vol. 20, Journals and Diaries IV, ed. W. Reginald Ward and Richard P. Heitzenrater (Nashville: Abingdon, 1991), 356. 19 Robert Webster, Methodism and the Miraculous (Lexington, KY: Emeth, 2013), 12. 20 John Wesley, !e Works of John Wesley, vol. 4, ed. Thomas Jackson (Grand Rapids: Zondervan), 496. 21 John Wesley, !e Works of John Wesley, vol. 9, The Methodist Societies: History, Nature, and Design, ed. Rupert Davies (Nashville: Abingdon, 1989), 275. En español, véase: Juan Wesley, Las Obras de Juan Wesley, vol. 5, Las primeras sociedades metodistas: Un informe claro sobre el pueblo llamado metodista, ed. Justo González, (Franklin: TN, Wesley Heritage Foundation), 244. En adelante se cita como Obras. 22 Carta a Lady Maxwell (23 February 1767) en !e Letters of the Rev. John Wesley, A.M., ed. John Telford (London: Epworth, 1931), 5:42. 23 12 May 1759, !e Works of John Wesley, vol. 21, Journals and Diaries IV, ed. W. Reginald Ward and Richard P. Heitzenrater (Nashville: Abingdon, 1992), 191. En español, véase: Obras, XII: 70. 24 John Wesley, !e Works of John Wesley, vol. 32, Medical and Health Writings, ed. James G. Donat and Randy L. Maddox (Nashville: Abingdon, 2018), 119.
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25 John Wesley, !e Works of John Wesley, vol. 7, A Collection of Hymns for the Use of the People Called Methodist, ed. Franz Hildebrandt and Oliver Beckerlegge (Nashville: Abingdon, 1983), 476. 26 Carta a Mrs. Woodhouse (17 May 1766) en !e Letters of the Rev. John Wesley, A.M., ed. John Telford (London: Epworth, 1931), 5:12. 27 John Fanestil, Mrs. Hunter’s Happy Death (New York: Doubleday, 2006). 28 Citado en E. Brooks Holifield, Health and Medicine in the Methodist Tradition (New York: Crossroad, 1986), 89. 29 Véase Joseph D. McPherson, “Our People Die Well” (Bloomington, IN: AuthorHouse, 2008). 30 Chris Johnson, “Dying Well according to John Wesley,” Seedbed, April 17, 2012, https://seedbed.com/dying-well-accordingto-john-wesley.
CUATRO LA SANIDAD Y LA IMAGEN DE DIOS Gran parte de lo que creemos sobre la sanidad se basa en nuestra perspectiva de la naturaleza humana. ¿Cómo es que luce un ser humano radiante, saludable y pleno? ¿Por qué necesita sanarse el ser humano? ¿De qué necesitan sanarse? ¿Y para qué? La forma en que respondemos a estas preguntas se deriva de nuestra comprensión de la naturaleza humana y de la persona humana, y da forma a nuestra práctica de la sanidad cristiana. Los cristianos siempre han sostenido que, para comprender la naturaleza humana, es esencial remontarse al principio, a los dos primeros capítulos de la historia cristiana, la creación y la caída, relatados en Génesis 1-3. Eso es lo que haremos en este capítulo. En el último capítulo colocamos una lente gran angular en nuestra cámara para capturar la amplitud de las formas en que Jesús sana. Ahora reemplazaremos esa lente gran angular por una lente con zoom para examinar lo que los primeros dos capítulos de la Biblia nos dicen acerca de ser creados a la imagen de Dios (Génesis 1:26-27). Debemos tener presente lo que subrayan los escritores del Nuevo Testamento: que Jesús mismo es la imagen perfecta (eikon) de Dios (2 Co. 4:4; Col. 1:15): “el resplandor de Su gloria y la expresión (representación) exacta de Su naturaleza” (He. 1:3, NBLH). Él encarna la imagen de Dios para nosotros y es el modelo perfecto de persona humana que Dios quiso originalmente para nosotros. De hecho, según el apóstol Pablo, Dios nos “predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo” (Rom. 8:29, NBLH). CREADOS A IMAGEN DE DIOS A veces los cristianos discuten sobre cuestiones teológicas sin importancia. Pero, según el teólogo Ray Anderson, el concepto de la imagen de Dios “no es una de esas cuestiones”. Es el concepto fundamental para comprender la enseñanza bíblica sobre la naturaleza 63
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y el valor de la persona humana . . . [y] afecta prácticamente a todos los demás principios de la fe cristiana” 1. Según el Génesis 1-2, en el sexto día de la creación Dios creó al ser humano como cúspide de la creación. El escritor bíblico lo describió así: “Entonces dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra naturaleza, y tenga dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo, el ganado, y en toda la tierra, y sobre todo animal que se desplaza sobre la tierra’. Creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó”. (Gén. 1:26-27). Pero, ¿qué es exactamente la imagen de Dios? Una “imagen”, según la etimología de la palabra hebrea (selem), es una “semejanza representativa”. El ser humano es, pues, espejo o reflejo de Dios y representa a Dios, como un embajador de un país extranjero representa a su país. Pero, ¿cómo exactamente reflejamos los humanos a Dios? A lo largo de dos mil años de historia cristiana, los teólogos y biblistas han propuesto diversas respuestas a esta pregunta. Una vez asistí a un curso semestral sobre la imagen de Dios y aprendí sobre estas diferentes respuestas, así que permítanme ahorrarles la molestia de asistir a esa clase y resumirles lo que aprendí. A lo largo de la historia cristiana, ha habido tres puntos de vista principales sobre la imagen de Dios. El primero, el punto de vista sustantivo, identi!ca la imagen con ciertas capacidades o características que poseen los seres humanos. Quienes se adhieren a este punto de vista suelen identi!car la imagen con nuestra capacidad de razonar; otros, con nuestra capacidad de tomar decisiones morales, o de conocer y adorar a Dios, o de entablar relaciones amorosas con los demás. A lo largo de los siglos, esta forma de entender la imagen -como una capacidad humana particular- ha sido la dominante. El segundo, el punto de vista funcional, identi!ca la imagen con algo para lo que fuimos creados. Los seres humanos, según el relato del Génesis, recibieron de Dios autoridad para ejercer dominio sobre la tierra. Inmediatamente después de declarar, “hagamos al ser humano a nuestra imagen”, el Señor Dios dijo: “que tenga dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo; sobre los animales
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domésticos, sobre los animales salvajes y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo” (Gén. 1:26, NVI). El siguiente versículo repite esencialmente lo que se acaba de decir: “Y creó Dios al ser humano a su imagen . . . y los bendijo con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a . . . todos los reptiles que se arrastran por el suelo” (Gén. 1:27-28, NVI). Al describir la gran estima de Dios por los seres humanos, el escritor del Salmo 8 se hizo eco de estos versículos del Génesis: “Le has hecho señorear sobre las obras de tus manos; todo lo has puesto debajo de sus pies” (Sal. 8:6). Según este punto de vista, como portadores de la imagen, los seres humanos deben ejercer autoridad sobre la creación. Dios nos ha dado un “mandato sobre la creación” o “mandato de mayordomía”, como a veces se le llama, para llenar, dominar y gobernar la tierra. Se espera que nosotros utilicemos las capacidades que Dios nos ha dado para comprender y dominar la creación. El tercer punto de vista principal sobre la imagen, conocido como el punto de vista relacional, subraya que los seres humanos, al igual que el Dios trino, son seres que existen en relación. Quienes sostienen este punto de vista subrayan que inmediatamente después de que Dios declarara: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza” (Gén. 1:26 NVI), el versículo dice: “Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó” (v. 27, NVI, énfasis añadido). Según este punto de vista, ser creados a imagen de Dios es existir como personas en relación. Del mismo modo que Dios existe como una comunidad de personas -el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo-, nosotros somos plenamente personas humanas sólo en comunidad. Creados a imagen de Dios, los seres humanos somos únicos en el orden creado, pues somos capaces de establecer relaciones genuinas. De hecho, según Génesis 1-2 existimos en cuatro relaciones que son distintas pero que también están estrechamente interrelacionadas. En primer lugar, Adán y Eva fueron creados en una relación con Dios. Dios conversaba con ellos ( Gén. 2:16-17; 3:8-13) y tenía comunión con ellos ( 3:8). Eran capaces de oír la voz de Dios y hablar con él. En segundo lugar, tenían una relación mutua (2:18-
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25). Como pareja, como esposo y esposa, Adán y Eva encontraron gozo y plenitud el uno en el otro. En tercer lugar, estaban en relación con el orden natural. Formados del polvo de la tierra (Gén. 2:7), formaban parte del mundo material, físico, y fueron puestos en el jardín del Edén “para que lo cultivara y lo cuidara” (v. 15). Por último, los seres humanos existen en relaciones consigo mismos en el sentido de que tienen la capacidad de autorreflexión y experimentar gozo (Gén. 2:23). Al principio, Adán y Eva estaban seguros de sí mismos porque estaban “desnudos . . . y no se avergonzaban” (Gén. 2:25). Según este punto de vista relacional, ser “creado a imagen de Dios” signi!ca que el ser humano está constituido por estas cuatro relaciones: con Dios (espiritual), con otros seres humanos (social), con el mundo natural (físico) y consigo mismo (psicológica). Sustantivo, funcional, relacional: estos son los tres principales puntos de vista sobre la imagen de Dios que se encuentran en la historia cristiana. Y no cabe duda de que se puede defender cada uno de ellos. Además, un número creciente de teólogos y eruditos bíblicos abogan hoy por una visión inclusiva de la imagen divina que abarque los tres aspectos: capacidades, funciones y relaciones. Por ejemplo, Nonna Harrison considera que la imagen divina está presente “no sólo en uno o dos de estos aspectos de la identidad humana, sino en todos ellos. Son muchas facetas de la espléndida joya en que puede convertirse cada persona humana”2. Asimismo, según Cornelius Plantinga, la imagen de Dios “puede decirse plausiblemente que consiste . . . en todo el conjunto de estas (y muchas más) semejanzas . . . La imagen surgirá así como una realidad rica y polifacética, que comprende actos, relaciones, capacidades, virtudes, disposiciones e incluso emociones”3. Por último, Anthony Hoekema a!rma que por imagen de Dios “entendemos toda la dotación de dones y capacidades que permiten al hombre funcionar como debe en sus diversas relaciones y vocaciones”4. En caso de que te lo estés preguntando, la visión inclusiva es la que también de!endo. Además, aprecio especialmente la forma en que Hoekema lo expresa, ya que me gusta considerar como necesarias
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las diversas capacidades (racionales, volitivas, espirituales, etc.) y funciones (trabajar, servir, amar, gobernar) asociadas con la imagen, no como !nes en sí mismas, sino como medios para un !n. Esto nos permite vivir el propósito o la meta que Dios tiene para nosotros en las cuatro relaciones: con Dios, con los demás, con el mundo y con nosotros mismos5 . La !gura 4.1 muestra la imagen de Dios en Génesis 1-2 a la luz de estas cuatro relaciones, tal como fueron concebidas originalmente.
LA RESTAURACIÓN DE LA IMAGEN DE DIOS Desafortunadamente, debido al trágico alejamiento de Dios por parte de Adán y Eva y su caída en el pecado (Génesis 3), los seres humanos han perdido su capacidad de cumplir el propósito que Dios tenía previsto en las cuatro relaciones. Como resultado del pecado, nuestras capacidades y funciones se han visto gravemente dañadas y deterioradas. Las cuatro relaciones aún existen, pero también se han visto profundamente afectadas. La imagen de Dios se ha roto.
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A la luz de Génesis 3, la !gura 4.2 describe lo que ha sucedido con las cuatro relaciones como resultado de la caída:
En consecuencia, hemos sido desterrados del jardín y jamás podremos regresar (Génesis 3:23-24). Como Humpty Dumpty, “hemos tenido una gran caída”. No hay nada que podamos hacer para resolver el problema. Por mucho que lo intentemos, por mucho que nos esforcemos o por más que tomemos iniciativas, no podemos arreglarnos a nosotros mismos. “Ni todos los caballos del rey, ni todos los hombres del rey, nos podrán recomponer”. Necesitamos ayuda externa. Los pensamientos felices y los empujes no sirven; necesitamos que nos rescaten. Por supuesto, esta es la razón por la que Dios mismo vino en la persona de su Hijo Jesús, quien es la Palabra hecha carne (Juan 1:14-18) y el segundo Adán (Rom. 5:12-19). Además, como dije antes y como a!rma explícitamente el Nuevo Testamento (2 Cor. 4:4; Col. 1:15; Heb. 1:3), él mismo es el eikon, la imagen de Dios, la representación exacta que encarna perfectamente la intención de Dios para la humanidad creada a imagen divina. Como Hijo amado en comunión con el Padre, Jesús vivió una vida de perfecto amor y obediencia a la voluntad del Padre. Como era amado por su Padre, amó a su vez a los demás hasta el punto de estar
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dispuesto a dar la vida por ellos. Ejerció dominio sobre la naturaleza calmando una tormenta, caminando sobre las aguas y alimentando a una multitud con unos pocos panes y peces. También poseía una relación adecuada consigo mismo, sabiendo que era el Hijo amado de su Padre y cumpliendo con gozo la voluntad de su Padre. Como Hijo del Hombre y segundo Adán, también vino a restaurar la imagen rota que hay en nosotros. Como dijo Jesús, “vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Vino a restaurar lo que se había perdido y distorsionado a causa de la caída, para que los que creyeran en él fueran transformados y conformados a su imagen (Rom. 8:29; 2 Cor. 3:18). Según Juan Wesley, en esto consiste principal y fundamentalmente la salvación en Cristo. No es meramente “librarse del in!erno e ir al cielo . . ., sino la liberación presente del pecado, una restauración del alma a su estado primitivo de salud . . . la renovación de nuestra alma a la imagen de Dios, en integridad y verdadera santidad, en justicia, misericordia y verdad”6. Esta es, insistía Wesley, “la gran !nalidad de la religión . . . renovar nuestros corazones a la imagen de Dios, reparar aquella pérdida total de la justicia y la verdadera santidad que padecimos por el pecado de nuestro primer padre”.7 LA IMAGEN DE DIOS Y LA SANIDAD Comprender lo que signi!ca ser creados a imagen de Dios es fundamental para lo que los cristianos creen sobre los seres humanos y sobre la salvación. También es crucial y fundamental para el ministerio de sanidad. Frank Bateman Stanger, que escribió y enseñó extensamente sobre sanidad durante los años en que fue presidente del Seminario Teológico Asbury (1962-82), lo resumió muy bien: “El ministerio de sanidad de la Iglesia se basa fundamentalmente en la naturaleza del hombre y de la mujer, como creados por Dios a su propia imagen . . . Jesús sana a las personas en lugar de limitarse a curar enfermedades . . . La persona sanada es restaurada y situada de nuevo en [su] verdadero destino”.8
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Mientras el ministerio de sanidad de Jesús continúa en el mundo de hoy a través de su cuerpo, la Iglesia, Él continúa sanando a las personas tanto restaurando la imagen rota como conformándolas a su propia imagen. Para quienes participamos en el ministerio de sanidad, consideremos lo que signi!ca esto, mientras seguimos a Jesús el Sanador y la “representación exacta” de la imagen divina (He. 1:3). Cuando una persona acude a nosotros en busca de oración de sanidad, a menudo nos habla de un problema especí!co en un área concreta de su vida. A veces se trata de un problema físico (“Tengo artritis severa en las manos”). O puede ser un problema emocional (“Últimamente me siento abrumado por el miedo y la ansiedad”). O un problema espiritual (“Dios parece tan lejano y distante de mí en estos momentos”). Lo que describen es el “problema del momento” y, a menudo, la razón por la que han acudido a nosotros en busca de ayuda. Y ciertamente, cuando oramos por ellos, debemos honrar su petición y orar por su necesidad de sanidad percibida. No es raro que, al conversar con ellos u orar por ellos, comencemos por enfocarnos en esa necesidad. Sin embargo, a menudo lo que perciben como su necesidad puede ser demasiado limitado. Puede que sólo tenga que ver con una o dos de las cuatro relaciones (espiritual, social, psicológica, física) que constituyen la imagen de Dios. Al escucharlos y orar por ellos, debemos pensar en términos más amplios. Tenemos que tratar de discernir cómo su “problema del momento” puede estar afectando a cada una de las cuatro relaciones que constituyen la imagen divina en ellos. Es cierto que puede que no afecte a todas las relaciones en la misma medida y que afecte a unas más que a otras. Pero como la sanidad consiste en restaurar la imagen de Dios, debemos estar atentos a las cuatro relaciones. Cuando una persona pide oración de sanidad por una necesidad física en su vida, por ejemplo: “Tengo artritis dolorosa en las manos”, además de hacerle preguntas sobre su estado físico,
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(“¿Cuánto tiempo has padecido de esto? ¿Cuándo comenzó? ¿Cuál cree tu médico que es la causa? ¿Estás tomando medicamentos para aliviarlo? ¿Empeora en determinados momentos?”), también deberíamos preguntarnos por las distintas relaciones de su vida.
¿Cómo ha afectado esto a su relación con Dios? ¿Creen que Dios ha dejado que esto ocurra porque está enojado con ellos por algo? ¿Se sienten decepcionados y defraudados por Dios por permitir esta situación? ¿Están enojados con Dios o les cuesta con!ar en Él por ello? ¿Cómo ha afectado esto su relación con los demás? ¿Esta condición los ha alejado de sus amigos y de la comunidad? ¿Ha provocado aislamiento social? ¿Qué creen que dicen los demás de ellos? ¿Sienten vergüenza y no quieren que los vean en público? ¿Creen que los demás les critican y les menosprecian? ¿Y qué hay de su relación consigo mismos? ¿Sienten vergüenza por padecer esta enfermedad? ¿Creen que han hecho algo para merecerlo? ¿Están enfadados consigo mismos y se culpan por ello? Mientras los escuchamos, debemos orar y pedir al Espíritu Santo que nos revele lo que puede estar ocurriendo en cada una de estas áreas. También podemos sondear con delicadeza algunas preguntas relativas a estas otras relaciones, de modo que podamos incluirlas mientras oramos. Una y otra vez, me he sorprendido cuando he dado estos pasos. Por ejemplo, cuando las personas se acercan para orar en un servicio de sanidad que dirijo en una iglesia local, simplemente les pregunto: “¿Qué quieren que Jesús haga por ustedes?”. A menudo describen alguna necesidad física que tienen. Pero, debido a las limitaciones de tiempo, no podemos entablar una conversación en la que yo pueda hacer el tipo de preguntas que acabo de describir. Así que oro: “Ven, Señor Jesús; ven, Espíritu Santo”; y tras hacer una pausa de cinco o diez segundos, comienzo a orar por su necesidad física. Pero luego, a medida que continuamos (a menudo ministro con un compañero de oración), aunque pueda estar indeciso e
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inseguro, puedo orar de esta manera: “Señor, si esta condición física ha afectado la relación que estas personas tienen contigo, si las ha decepcionado o enojado contigo, o les ha di!cultado con!ar en ti, ven ahora mismo y dales seguridad de tu amor. ¿Podrías comunicarles cómo te sientes por ellas en este momento?” No saben cuántas veces, al orar así, he visto la forma en que las lágrimas llenaban los ojos de la persona. Jesús se acerca y les transmite su profundo amor y compasión. Al terminar de orar, sus lágrimas se convirtieron en alegría. Ya sea que experimenten sanidad física o no, ha habido sanidad y renovación en su relación con Dios; porque han experimentado el amor, la compasión y la seguridad de Jesús, en cuya presencia, en palabras del salmista, hay “plenitud de gozo” (Salmo 16:11). Comprender que cada persona por la que oramos es una persona creada a imagen de Dios afecta signi!cativamente la forma en que oramos por sanidad. Es necesario tener en cuenta las cuatro relaciones, y a menudo descubrimos cuán interrelacionadas y entrelazadas están. En realidad, cada una influye en las demás. A veces, perdonar a alguien que nos ha hecho daño (sanidad social) o perdonarnos a nosotros mismos por un fracaso o arrepentimiento del pasado (sanidad psicológica) tiene como resultado la sanidad de nuestro cuerpo (sanidad física). Conozco varios casos en los que una persona se desprendió de un rencor desagradable que había guardado contra alguien durante varios años y, sin siquiera pedirlo, también recibió sanidad por un problema físico que tenía. Cuando perdonaron, el problema físico pareció desaparecer por sí solo. LA FORMA EN QUE JESÚS SANABA Cuanto más he estudiado los milagros de sanidad de Jesús registrados en los evangelios, más me he dado cuenta de que, de hecho, ésta era la forma en que Jesús sanaba. En su esclarecedor libro Healing in the New Testament (La sanidad en el Nuevo Testamento), el erudito neotestamentario John Pilch recurre a los conocimientos del
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emergente campo de la antropología médica para arrojar luz sobre el ministerio de sanidad de Jesús. La antropología médica —por si nunca has oído hablar de ella— estudia la forma en que se percibe la enfermedad en diversas culturas, tanto pasadas como presentes. Los expertos en la materia suelen distinguir entre “enfermedad” (disease) y “dolencia” (illness). “Enfermedad”, según Pilch, es un término más restringido que “se deriva de una perspectiva biomédica que ve anomalías en la estructura y/o función de los sistemas orgánicos. . . . La enfermedad afecta a individuos y solo a ellos se les trata”9 . La dolencia, por su parte, es un término más amplio que “se deriva de una perspectiva sociocultural” y tiene en cuenta la forma en que se perciben a sí mismos los enfermos y cómo los ve su comunidad. Por lo tanto, la dolencia “afecta inevitablemente a los demás: al otro, a la familia, al vecindario, al pueblo”10 .
La mayoría de los estadounidenses y europeos, a la luz de la ciencia médica moderna, tienden a ver la enfermedad principalmente en términos biomédicos como “enfermedad”. Sin embargo, el resto del mundo, lo que podríamos llamar el mundo mayoritario, lo ve principalmente en términos personales y sociales como “dolencia”. Los judíos del siglo I también la consideraban como dolencia, al igual que Jesús. A eso se refería Frank Stanger cuando dijo que “Jesús sana a las personas en lugar de limitarse a curar enfermedades”. Su preocupación era la persona en su totalidad y las cuatro dimensiones relacionales de la imagen de las que hemos hablado. Pensemos, por ejemplo, en la mujer que había sufrido una hemorragia, probablemente vaginal y menstrual, durante doce años (Marcos 5:25-34). Había gastado todo lo que tenía en médicos y “más bien, iba de mal en peor” (v. 26). Eso ya era bastante malo. Sin embargo, además de su problema físico de larga data, considere que, según la ley judía, tal como se explica en Levítico 15:25-27, su padecimiento físico la convertía en ritualmente impura. Según el erudito del Nuevo Testamento William Barclay, eso signi!caba “nunca pudo asistir a un servicio de la sinagoga; nadie podía acostarse en la misma cama que ella; nadie podía siquiera sentarse en la misma silla. Estaba aislada de toda vida
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religiosa y social . . . excluida del culto a Dios y de la sociedad de sus amigos, e incluso de su familia”11 . A pesar de todo, cuando la mujer oyó hablar de Jesús el Sanador, la fe surgió en su interior. “Si solo toco su manto”, pensó, “seré sanada” (Marcos 5:28, énfasis añadido). Pero, ¿cómo podía entrar en contacto con él? Si lo tocaba, él quedaría impuro, al igual que cualquiera de la multitud que fuera tocado. Estaba demasiado avergonzada y asustada para acercarse a Jesús y contarle su situación. En medio de su fe y desesperación, la mujer ideó un plan. Al igual que todos los judíos religiosos, según lo prescrito en Números 15:37-41, Jesús llevaba flecos en los bordes de su túnica. Si pudiera tocar uno de ellos, pensó, nadie, ni siquiera Jesús, se daría cuenta; y sanaré. Así que eso fue lo que hizo. Y al hacerlo, “al instante se secó la fuente de su sangre y sintió en su cuerpo que ya estaba sana de aquel azote” (Marcos 5:29). ¡Qué milagro! Después de doce años, por !n era sana. Y sabiendo que había recibido la sanidad física que tan desesperadamente anhelaba, sospecho que lo único que quería era escabullirse discretamente y pasar desapercibida. Sin embargo, Jesús estaba decidido a sanarla por completo, integralmente, no solo curar su enfermedad. Sabía que “había salido poder de él” (Marcos 5:30), pero quería hacer algo más que sanar el cuerpo de la mujer. Así que se detuvo e insistió en averiguar quién de la multitud lo había tocado. Sin duda, la mujer estaba avergonzada; lo último que quería en el mundo era que la descubrieran de esa manera. Sin embargo, !nalmente se presentó: “temiendo y temblando, . . . se postró delante de él y le dijo toda verdad” (v. 33). En ese momento, la mujer esperaba ser severamente reprendida por Jesús y la multitud, pero la primera palabra que Jesús le dirigió lo cambió todo: “Hija”. No la llamó “mujer”, sino “hija”, un término de cariño intensamente personal, un término que le confería dignidad y pertenencia, que implicaba familia y comunidad. “¡Hija, tu fe te ha sanado!, le dijo Jesús. Vete en paz y queda sana de tu aflicción” (Marcos 5:34, NVI).
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Jesús elogió a la mujer por su fe. La bendijo con shalom: paz con Dios, consigo misma y con los demás; y le concedió la libertad. En pocas palabras, las cuatro dimensiones de la imagen divina rota (espiritual, social, física y psicológica) fueron restauradas.
Entonces y ahora, Jesús busca sanar a las personas en su totalidad, integralmente. Nos invita a unirnos a él en un ministerio de sanidad como ése.
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Endnotes 1 Ray S. Anderson, On Becoming Human (Grand Rapids: Eerdmans, 1982), 70. 2 Nonna Harrison, God’s Many- Splendored Image (Grand Rapids: Baker Academic, 2010), 5. 3 Cornelius Plantinga Jr., “Images of God,” en Christian Faith & Practice in the Modern World, ed. Mark Noll y David Wells (Grand Rapids: Eerdmans, 1988), 52. 4 Anthony Hoekema, Created in God’s Image (Grand Rapids: Eerdmans, 1986), 70–71. 5 Esto es similar a lo que de!enden el teólogo Stanley Grenz y el psicólogo cristiano Todd Hall. Véase Stanley Grenz, !e Social God and the Relational Self (Louisville, KY: Westminister John Knox, 2001), 177–82; y Todd W. Hall, Relational Spirituality: A Psychological- !eological Paradigm for Transformation (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2021), 65–70. 6 John Wesley, “A Further Appeal to Men of Reason and Religion,” pt. 1, para. 3, en !e Works of John Wesley, vol. 11, !e Appeals to Men of Reason and Religion, ed., Gerald R. Cragg (Oxford: Clarendon, 1975), 106. Gerald R. Cragg (Oxford: Clarendon, 1975), 106. En español, véase: Obras VI: Defensa del metodismo, “Un nuevo llamado, I”, parte I, párrafo 3, pág. 77. 7 John Wesley, “Original Sin,” in !e Works of John Wesley, vol. 2, Sermons II, ed. Albert C. Outler (Nashville: Abingdon, 1985), 185. En español, véase: Juan Wesley, “El pecado original”, en Obras III: Sermones III, 123. 8 Frank Bateman Stanger, God’s Healing Community (Nashville: Abingdon, 1978), 26. 9 John J. Pilch, Healing in the New Testament (Minneapolis: Fortress, 2000), 59.
10 Pilch, 59.
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11 William Barclay, And He Had Compassion (Valley Forge, PA: Judson, 1976), 47.
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CINCO JESÚS, LA SANIDAD Y EL REINO DE DIOS El reino de Dios era el tema central de la predicación de Jesús. Mientras viajaba por toda Galilea, proclamaba: “El tiempo se ha cumplido . . . el de Dios se ha acercado. ¡Arrepiéntanse y crean en el evangelio!” (Marcos 1:15). El reino de Dios fue también el tema central de su enseñanza en el Sermón de la Montaña (Mat. 5-7) y en sus parábolas. En este capítulo, queremos considerar la estrecha relación entre el reino de Dios y la sanidad, la otra actividad principal, junto con la predicación y la enseñanza, en el ministerio de Jesús (Mat. 4:23; 9:35). Además, queremos reflexionar sobre las implicaciones que esa relación tiene para nosotros cuando nos unimos y seguimos a Jesús en su continuo ministerio de sanidad. LA SANIDAD Y LA LLEGADA DEL REINO Cuando Jesús anunció la llegada del reino, las esperanzas y expectativas judías de un Mesías venidero, como habían predicho los profetas del Antiguo Testamento, eran muy altas. Se creía comúnmente que el Mesías derrotaría contundentemente a los enemigos de Dios -y especialmente a los enemigos de Israel- y pondría !n a la presente era maligna de pecado, sufrimiento, enfermedad y muerte. Él inauguraría el reino de Dios y la era venidera. El Espíritu Santo se derramaría. Una nueva creación despuntaría y los muertos resucitarían. Por !n, Dios gobernaría soberanamente, de manera justa y pací!ca, a su pueblo y al mundo entero. Se restauraría su plan original para la creación. Así que cuando Jesús vino y declaró: “El siglo venidero ha llegado; el reino de Dios se ha acercado”, realmente fue algo muy importante. A!rmaba que había llegado el día del que habían hablado los profetas y que el pueblo había estado esperando. Las señales de 79
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la presencia y la actividad del reino brotaban a la vista de todos. El reino de Dios estaba tan cerca que no podía ser ignorado. Lo que estaba sucediendo exigía una respuesta: “Arrepiéntanse y crean en el evangelio”. Aquellas señales estaban presentes en las palabras de Jesús: su predicación y enseñanza del reino. Además, estaban también presentes en sus hechos: sus obras poderosas, sus milagros. Y, por supuesto, aquí es exactamente donde entra la sanidad. Ya me he referido varias veces al resumen que hace Mateo del triple ministerio de Jesús (Mateo 9:35). Anteriormente en su evangelio, hay una declaración similar pero ampliada que describe lo que sucedió cuando Jesús llegó por primera vez a la escena: Jesús recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, predicando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Su fama corrió por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían males: los que padecían diversas enfermedades y dolores, los endemoniados, los lunáticos y los paralíticos. Y él los sanó. Le siguieron grandes multitudes de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán. (4:23-25)
Obsérvese la forma en que Mateo subraya el impacto profundo e inmediato del ministerio de sanidad de Jesús. Sus milagros de sanidad eran evidencia prima facie de la presencia del reino, lo que signi!caba que el tiempo se había cumplido y que el reino de Dios estaba cerca. De hecho, según el teólogo Jürgen Moltmann, después de la proclamación del evangelio, “la sanidad de los enfermos es el testimonio más importante de Jesús sobre la llegada del Reino de Dios”1 . La sanidad también incluye la expulsión de demonios. En el pasaje que acabamos de citar, la gente traía a Jesús a sus enfermos y endemoniados, y él los sanaba a ambos. Esto signi!ca que Dios ahora estaba actuando a través de las palabras y los hechos de Jesús, y estaba lanzando un ataque frontal contra el reino de Satanás. Jesús había entrado en la casa del hombre fuerte (el reino de Satanás) y lo había atado (Marcos 3:27) para que hombres y mujeres pudieran ser liberados de su poder. La sanidad, y especialmente la expulsión de
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demonios, es una prueba inequívoca de ello, y señala la irrupción del reino de Dios. Como enfatizó el erudito bíblico George Eldon Ladd, “el poder de Jesús sobre los demonios fue la revelación de que los poderes de la Era Venidera han invadido la presente Era maligna. Era la prueba de que el Reino de Dios, que pertenece a la edad del futuro, cuando Cristo venga en gloria, ya ha penetrado en esta Edad”2 . Algunos líderes religiosos judíos atribuyeron el innegable poder de los exorcismos de Jesús al mismísimo Satanás. Jesús replicó: “Si Satanás expulsa a Satanás, está dividido contra sí mismo. ¿Cómo puede, entonces, mantenerse en pie su reino?” (Mat. 12:26, NVI). Su poder, insistía, procedía de otra fuente y signi!caba un reino diferente: “Pero si por el Espíritu de Dios yo echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a ustedes el reino de Dios” (v. 28). El ministerio de sanidad de Jesús -la sanidad de los enfermos y la expulsión de los demonios- está inextricablemente ligado al reino de Dios. Proclamó el Reino con sus palabras (predicación y enseñanza) y lo puso en práctica con sus obras (sanidad).
Este ministerio de sanidad también autenticó a Jesús mismo como el Mesías y Rey que inauguró el reino. Cuando el encarcelado Juan el Bautista tuvo dudas y quiso saber, “eres tú aquel que ha de venir, o esperaremos a otro?” (Mat. 11:3). Jesús no le dio a Juan una respuesta directa. En cambio, señaló su ministerio de sanidad, predicho por el profeta Isaías (Isaías 35), como prueba convincente de quién era: “Vayan y hagan saber a Juan las cosas que oyen y ven: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son hechos limpios, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres se les anuncia el evangelio” (Mat. 11:4). El ministerio de sanidad de Jesús señalaba así la llegada del Rey mesiánico y, a su vez, la inauguración de la era venidera, el reino de Dios. Sanidad, Mesías, reino de Dios: los tres son inseparables. La naturaleza y el propósito de la sanidad están, por tanto, ligados a la naturaleza y el propósito del reino introducido por Jesús, el Mesías. Comprender esto es crucial para quienes nos dedicamos al ministerio de sanidad. Nos dice que el ministerio de sanidad no
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funciona como un !n en sí mismo o como una ley en sí misma. Siempre debe situarse en su contexto adecuado: el reino de Dios. Para entender correctamente la sanidad, debemos entender correctamente el reino. EL MISTERIO DEL REINO Sin embargo, comprender correctamente el reino no es tan sencillo como podríamos pensar. Ciertamente no lo fue para los primeros discípulos. Jesús hizo todo lo posible para ayudarlos a entender, pero incluso en su última conversación con ellos, justo antes de ascender al cielo, todavía estaban bastante confundidos acerca del reino (Hechos 1:6-7). Como la mayoría de los judíos del siglo I, creían que al !nal de los tiempos, Dios, a través de su Mesías, pondría !n de forma dramática a la presente era maligna (caracterizada por el pecado, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte). Ese !nal marcaría también el comienzo de la era venidera, el reino de Dios caracterizado por la justicia, la plenitud, la resurrección de los muertos y la efusión del Espíritu prometido. Sin embargo, lo que Jesús hizo y enseñó alteró su cronología. Lo que ellos esperaban que ocurriera de golpe en el !nal culminante, en un futuro lejano, empezaba a suceder aquí y ahora, en el presente inmediato. Sus sanidades y exorcismos eran prueba irrefutable de que el reino que creían que se instauraría al !nal de los tiempos ya había llegado. Entonces, ¿era este el !n? Estaban confundidos porque Jesús también enseñó que la plenitud del reino aún estaba por llegar. Dio instrucciones a sus discípulos que oraran: “venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra” (Mat. 6:10). De la misma manera, en muchas de sus parábolas, Jesús enfatizó que aunque el reino estaba verdaderamente presente ahora, no estaba plenamente presente y sería consumado en el futuro. Como una pequeña semilla de mostaza, había germinado y estaba creciendo. Pero ciertamente no era el árbol frutal maduro que estaba destinado a ser. Como la levadura, estaba trabajando en la hogaza, pero a la masa aún le quedaba mucho por crecer (Mateo 13:31-33).
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Así pues, el Mesías Rey había llegado y el reino había irrumpido de!nitivamente. Los ciegos podían ver y los cojos andar. Las señales de la nueva creación estaban presentes como nunca. Sin embargo, la antigua creación seguía estando muy presente. El sufrimiento, la enfermedad, el mal y la muerte -la evidencia del reino de Satanásseguían presentes. El trigo brotaba, pero también crecía la cizaña que había plantado el enemigo (Mateo 13:24-30). No todos se sanaban (Marcos 6:1-6; Juan 5:1-9), y los que se sanaban acababan muriendo. Por eso Jesús exhortó a sus discípulos a velar y orar, a esperar y trabajar por el regreso del Rey, cuando vendría de nuevo en gloria !nal para consumar el reino (Mat. 25). En ese momento, Satanás, que ya había sido derrotado, sería destruido de una vez por todas. El sufrimiento, el pecado y la muerte dejarían de existir. Dios vendría y moraría en medio de su pueblo para siempre.
El reino y el reinado de Dios ya estaban aquí y todavía no. Este era el misterio del reino, y Jesús dijo que no todos tenían ojos para ver o percibir este misterio, la naturaleza dual del reino. Por eso enseñó en parábolas, para que siguiera siendo un secreto y un misterio para algunos, pero se revelara divinamente a otros (Mat. 13:11-17). Ni siquiera los discípulos de Jesús lo comprendieron realmente la mayoría de las veces. Como muchos judíos del siglo I, su perspectiva del reino era miope, nacionalista y egoísta (Marcos 10:3545). Habían escuchado la predicación y la enseñanza de Jesús acerca del reino. Habían visto los milagros de sanidad de su reino. Habían confesado que él era, de hecho, el Mesías, el que había introducido el reino (Marcos 8:27-30). Pero todavía estaban demasiado atados a una forma de pensar judía convencional. Fue la resurrección de Jesús de entre los muertos (Pascua) y el derramamiento del Espíritu (Pentecostés) lo que !nalmente alteró su perspectiva. Ahora estaban seguros de que el reino de Dios y la futura era, junto con todas las cosas que asociaban con ella -la resurrección de los muertos, la plenitud del Espíritu, la nueva creación- de hecho habían llegado y ya estaban presentes. Sin embargo, también estaban seguros de que, debido a la continua presencia de Satanás, el mal,
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el sufrimiento y la muerte, el reino aún estaba por venir y no había llegado del todo. Estaba realmente presente, pero sólo parcialmente, no plenamente. El reino se consumaría de!nitiva y plenamente cuando regresara el Rey. Gordon Fee, erudito del Nuevo Testamento, resumió muy bien lo que los discípulos de Jesús llegaron a creer y la manera en que influyó en su forma de vivir: En lugar de la expectativa totalmente futura, aún por llegar, de sus raíces judías, con su esperanza de un Mesías venidero acompañado de la resurrección de los muertos, los primeros creyentes reconocieron que el futuro ya se había puesto en marcha. La resurrección de Cristo marcó el comienzo del !n, el cambio de los tiempos. Sin embargo, el !n apenas había comenzado, todavía esperaban el acontecimiento !nal, la (ahora segunda) venida de su Mesías Jesús, en la que ellos también experimentarían la resurrección/transformación del cuerpo. Vivían “entre los tiempos”: el futuro ya había comenzado, pero todavía no se había cumplido plenamente. Esta perspectiva del ya pero todavía no, en la que creían estar viviendo ya en el tiempo del !n, aunque todavía no se hubiera consumado . . . determinaba todo en ellos: cómo vivían, cómo pensaban y cómo entendían su propio lugar en el mundo actual, que ahora se entendía que estaba a punto de desaparecer3 .
Los primeros seguidores de Jesús vivieron en lo que Fee llamó “el medio radical”: entre el principio del !n y la consumación del !n, insistiendo en que el futuro está aquí (ya), y no plenamente aquí (todavía no). Por eso el apóstol Pablo oraba fervientemente y esperaba con regularidad ver irrupciones y demostraciones milagrosas del poder sanador de Dios, pero también subrayaba que ese poder se manifestaba a menudo en la debilidad (2 Cor. 12:1-10). El poder del Reino se manifestaba “unas veces con señales y prodigios, y otras con gozo en medio de gran aflicción”4 . LA EXPECTATIVA DE REINO RESPECTO A LA SANIDAD Esta perspectiva acerca del reino del “medio radical”, basada en el Nuevo Testamento, es fundamental para nuestra comprensión de la sanidad. Consideremos sus implicaciones prácticas para el ministerio de sanidad.
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En primer lugar, saber que el Reino de Dios está “aquí” refuerza nuestra fe y aumenta nuestra expectativa en el poder y la capacidad de Jesús para sanar ahora. En el relato de Lucas (4:16-21), Jesús comenzó su ministerio público en la sinagoga de su ciudad natal, Nazaret, cuando abrió el rollo y leyó al profeta Isaías. Es signi!cativo que después de haber leído el familiar pasaje (“El Espíritu del Señor está sobre mí . . .”), la primera palabra registrada por Lucas fue “hoy”. “Hoy se ha cumplido esta Escritura en los oídos de ustedes” (Lucas 4:21, énfasis añadido). Jesús estaba declarando que el tiempo es ahora. El reino, el tiempo del reinado de Dios, cuando se cumplirán las promesas de Dios, es hoy. El ministerio de sanidad, debido a que el reino de Dios ha venido en la persona y el ministerio de Jesús, es por lo tanto siempre para hoy. Algunos cristianos insisten en que la sanidad es sólo para ayer o para algún día, pero no para hoy. No niegan que la sanidad desempeñó un papel vital en el ministerio de Jesús y los apóstoles. Al principio, fue necesaria para poner en marcha la iglesia. Sin embargo, insisten en que ese ya no es el caso desde que se estableció la iglesia. La sanidad, entonces, era para ayer. Es cierto, ocurrió en el pasado, pero era para entonces, no para ahora. También, creen que la sanidad es para el futuro, para algún día, cuando Jesús regrese. Entonces, como dice la Escritura: “Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. No habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas ya pasaron” (Apoc. 21:4). Sí, eso sucederá algún día, pero no ahora, en el orden actual de las cosas. Por ahora, podemos buscar en Jesús consuelo y fuerza para soportar el sufrimiento, pero no sanidad. Dado el creciente número de pruebas provenientes de la historia de la Iglesia que atestiguan lo contrario5 y, sobre todo, dado el enorme papel que la sanidad ha desempeñado en el crecimiento del cristianismo mundial en los últimos cincuenta años6 , cada vez son menos los que siguen adhiriéndose doctrinalmente a esa postura. Los cesacionistas, como se les llama, creen que, en general, los milagros de sanidad cesaron después de la época de Jesús y los
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apóstoles 7. Aunque no se adhieran estrictamente a esta postura, muchos cristianos de hoy, especialmente en Europa y Norteamérica, funcionan como cesacionistas prácticos. A!rman doctrinalmente la posibilidad de la sanidad divina, pero nunca esperan ni creen que ocurra. En marcado contraste, para aquellos de nosotros, moldeados por una visión ya/todavía no neotestamentaria del reino y que tratamos de vivir en el “medio radical”, nuestra primera palabra al abordar el ministerio de sanidad es hoy, no ayer ni algún día. Aunque entendemos que el reino es a la vez ya (ha venido) y todavía no (está por venir), nuestro punto de partida debería ser el ya y no el todavía no. Esto signi!ca que declaramos con con!anza la irrupción del reino. Anunciamos con denuedo la era venidera, la era futura que ha invadido esta era presente en la persona y la obra de Jesús el Mesías, en su resurrección de entre los muertos y en el derramamiento pentecostal del Espíritu Santo. Sí, el Reino de Dios ha irrumpido. Y sigue abriéndose paso de vez en cuando, misteriosa e imprevisiblemente, sin duda, pero con seguridad y certeza. Cuando Jesús envió a sus doce discípulos, les dio estas instrucciones especí!cas: “Y cuando vayan, prediquen diciendo: ‘El reino de los cielos se ha acercado’. Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, echen fuera demonios. De gracia han recibido; den de gracia” (Mat. 10:7-8). Posteriormente envió a otros setenta y dos, dándoles instrucciones de que, al entrar en una ciudad, “sanen a los enfermos que haya allí y díganles: ‘El reino de Dios se ha acercado a ustedes” (Lucas 10:9). Jesús ordena a sus seguidores que hagan lo mismo hoy: proclamar las buenas nuevas de que el Reino de Dios está cerca y sanar a los enfermos. Así que hacemos lo que él dice. Puede que no sepamos cómo actuará Jesús, puede que no estemos seguros de nosotros mismos y que nos preocupe decepcionar a los demás si parece que no ocurre nada. Pero con “temor y temblor” y profunda humildad, oramos con denuedo por sanidad porque queremos ser obedientes a sus mandatos. En última instancia, eso es lo que nos impulsa. Ken Blue tiene razón: “La razón fundamental para asumir
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el ministerio de sanidad es simplemente la obediencia a Jesucristo”8 . Además, negar la posibilidad de sanidad hoy es negar que lo que Jesús dijo sobre la presencia del reino ahora sea verdad. Al orar por sanidad, ciertamente no debemos ser presuntuosos. Pero como creemos que lo que Jesús dice es verdad —el reino ya está aquí—, debemos orar con valentía y con!anza por sanidad, esperándola por fe y esperándola ahora. Derek Morphew lo expresa muy bien: “Cada vez que ores por los enfermos, debes estar lleno de expectación. El velo se ha rasgado. Todo es posible en cualquier momento, incluida la liberación de los cautivos, la sanidad de los enfermos y la resurrección de los muertos” 9.
EL MISTERIO DEL REINO Y LA SANIDAD Al mismo tiempo, sin embargo, debemos reconocer con humildad y franqueza que, a menudo, aquellos por quienes oramos no sanan como esperábamos. Otros solo sanan parcialmente. Y otros, no sanan en absoluto. Incluso los que se sanan milagrosa y maravillosamente envejecerán y morirán. Sí, el reino es ya, pero también todavía no. Tenemos que enfatizar también esto. Como explicó Ladd, “En el reino escatológico [!nal], . . . serán salvados de enfermedad y muerte en la vida inmortal de la resurrección. En la actividad actual del Reino, este poder salvador sólo alcanzó a unos pocos. No eran salvos todos los enfermos y tullidos, ni todos los muertos eran resucitados . . . . El poder salvador del Reino aún no estaba en acción de forma universal” 10. Esto nos lleva a una segunda implicación importante que tiene la teología del reino para el ministerio de sanidad: comprender que el reino todavía no ha llegado plenamente nos permite aceptar las ambigüedades y limitaciones asociadas con el ministerio de sanidad. Diversos factores humanos desempeñan un papel importante en la sanidad. La desesperación (Marcos 10:46-52), la oración (Marcos 9:28-29; Lucas 11:9-13; Santiago 5:17-18), la fe (Marcos 5:34, 6:56; Santiago 5:15), la confesión (Santiago 5:16), la obediencia (Lucas 17:11-14), los dones (1 Cor. 12:28; Santiago 5:14), son algunos de los
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que se mencionan en el Nuevo Testamento. Y hay que tenerlos en cuenta. Pero siempre es un error reducir la sanidad a una fórmula simplista de tipo “si-entonces” basada en cualquiera de ellos. Es un error insistir, por ejemplo, en que si tan sólo fulano de tal hubiera tenido más fe... si tan sólo hubiéramos orado y ayunado más... si tan sólo alguien más dotado hubiera orado... entonces esa persona se habría sanado. Más adelante examinaremos el papel que desempeña la fe en la sanidad, ya que ha habido muchos malentendidos y confusión al respecto. Pero lo que tenemos que entender aquí es lo siguiente: cada vez que intentamos desestimar o negar la dimensión del todavía no del reino, haciendo del factor humano la clave de la sanidad, nos meteremos en problemas. Por supuesto, los factores humanos son importantes; quienes tienen experiencia en el ministerio de sanidad reconocen lo cruciales que son. Pero como el reino de Dios es nuestro contexto para la sanidad, la naturaleza ya/todavía no del reino debe seguir siendo siempre la consideración última que informe nuestro enfoque del ministerio. Cuando alguien se sana, esa sanidad da testimonio de que el Reino de Dios ya está aquí. Y cuando alguien no se sana, la falta de sanidad da testimonio de que el reino de Dios todavía no ha llegado. Lo que sucede y lo que no sucede está arraigado, ante todo, en la naturaleza del ya/todavía no del reino. Siempre que oremos por los enfermos, debemos hacerlo con denuedo, pero también con humildad. Como también aconseja sabiamente Derek Morphew: “Hay que sentirnos ‘relajados’ en el misterio. Cuando no ocurra nada, no te ‘desconciertes’ en absoluto. Al !n y al cabo, ésta es la dimensión del “todavía no” en la que vivimos. Las respuestas tardías a la oración y las cosas que aún no han llegado forman parte del Reino11 . No nos equivoquemos: no siempre es fácil hacerlo. “Sentirnos relajados en el misterio”, orar con denuedo pero también con humildad, vivir en el “medio radical”, evitar los extremos de la presunción y la incredulidad, a menudo resultará incómodo e
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inquietante. Tendremos la tentación de resolver la tensión del ya/ todavía no y eliminar la ambigüedad y el misterio del reino.
A menudo los demás nos animan a hacerlo. “Lo que dices es demasiado complicado”, se quejarán. “¿No puedes hacerlo más sencillo?”. No, no podemos. El Reino de Dios no puede reducirse a una simple frase. Hasta que vuelva el Rey, seguirá siendo ambas cosas: ya y todavía no. Debemos resistir el impulso de ceder a sus deseos, eligiendo en su lugar aceptar el lugar incómodo de la tensión bíblica en lugar de movernos hacia un extremo lógico que pueda parecer que tiene más sentido para los demás. LAS LLAVES DEL REINO SON LLAVES DE SANIDAD Al concluir este capítulo, quisiera mencionar brevemente una implicación adicional que tiene una comprensión correcta del reino de Dios para el ministerio de sanidad. Dado que el reino es el contexto de la sanidad, lo que Jesús enseñó sobre el reino -especí!camente su naturaleza y valores tal como se exponen en el Sermón de la Montaña (Mateo 5-7) y en las parábolas del reino- es esencial también para el ministerio de sanidad. En su libro Letters on the Healing Ministry (Cartas sobre el ministerio de sanidad), Albert Day (1884-1973) expuso con perspicacia las implicaciones de esta verdad para nuestra comprensión y práctica de la sanidad: Dios actúa en la sanidad donde Dios reina. Dios no reina donde se desprecia la voluntad de Dios. . . . Sólo donde Dios reina verdaderamente, donde se acepta la voluntad de Dios, donde la obediencia y la cooperación de las personas dan a Dios vía libre en sus vidas, puede Dios darles salud en lugar de enfermedad, verdad en lugar de error, santidad en lugar de vileza y belleza en lugar de cenizas. La condición primordial para la sanidad es, por tanto, entrar en el reino, dejar que Dios reine, darle a Dios vía libre en nuestra vida 12.
A menudo, las personas por las que oramos no reciben sanidad porque se niegan a aceptar y obedecer los principios del reino de Jesús. Por ejemplo, cuando Pedro le preguntó a Jesús cuántas veces deberíamos perdonar a alguien que persiste en pecar
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contra nosotros, Jesús respondió: “No te digo que hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mt. 18:22). Continuó explicando lo que esto signi!caba contando una parábola del reino sobre un siervo que no perdonaba (vv. 23-35). Cualquiera que haya participado de forma signi!cativa en el ministerio de sanidad dirá lo importante que es la disposición de una persona a perdonar a los demás para experimentar sanidad 13. Una vez escuché a Charles Kraft decir: “La falta de perdón impide que más personas reciban sanidad de Dios que cualquier otra cosa en el mundo”. Comprender el contexto del reino para la sanidad revela la razón. O consideremos los valores del reino que Jesús expuso al comienzo del Sermón del Monte en las Bienaventuranzas (Mateo 5:1-12). Dijo que serían bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los paci!cadores y los perseguidos por causa de su justicia. Todas estas llaves para recibir las bendiciones del reino son también llaves para recibir bendiciones de sanidad también. Podemos resumirlo así: las condiciones para la sanidad dependen de las condiciones para nuestra entrada, permanencia y crecimiento en el reino. Así de simple.
Endnotes
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1 Jürgen Moltmann, !e Source of Life, trans. Margaret Kohl (London: SCM, 1997), 64. 2 George Eldon Ladd, !e Gospel of the Kingdom (Grand Rapids: Eerdmans, 1959), 48. 3 Gordon Fee, Paul, the Spirit, and the People of God (Peabody, MA: Hendrickson, 1996), 51. 4 Fee, 146. 5 Véase Amanda Porter!eld, Healing in the History of Christianity (Oxford: Oxford University Press, 2005); y Francis Macnutt, !e Healing Reawakening (Grand Rapids: Eleged, 2005). 6 Véase Candy Gunther Brown, ed., Global Pentecostal and Charismatic Healing (Nueva York: Oxford University Press, 2011); Craig S. Keener, Miracles: !e Credibility of the New Testament Accounts, 2 vols. (Grand Rapids: Baker Academic, 2011). 7 Para una excelente refutación de los diversos argumentos cesacionistas, véase Jack Deere, Surprised by the Power of the Spirit (Grand Rapids: Zondervan, 1993), 223-52. Véase también su reciente reelaboración de este libro, Why I Am Still Surprised by the Spirit (Grand Rapids: Zondervan Reflective, 2020). 8 Ken Blue, Authority to Heal (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1987), 115. 9 Derek Morphew, Breakthrough: Discovering the Kingdom (Cape Town, South Africa: Vineyard International, 2006), 88. 10 George Eldon Ladd, A !eology of the New Testament (Grand Rapids: Eerdmans, 1974), 76. En español, véase: George Eldon Ladd, Teología del Nuevo Testamento (Barcelona: Editorial CLIE), 110-111. 11 Morphew, Breakthrough, 88.
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12 Albert Day, Letters on the Healing Ministry (Nashville: Abingdon, 1986), 52. 13 Derek Morphew, Breakthrough: Discovering the Kingdom (Cape Town, South Africa: Vineyard International, 2006), 88.
SEIS ACOGIENDO EL MISTERIO DE LA SANIDAD Cuando estaba en octavo grado, mi profesora de inglés hizo que nuestra clase memorizara “Flower in the Crannied Wall” (“Flor en la agrietada pared”), un poema de seis líneas del famoso poeta victoriano del siglo XIX Alfred Lord Tennyson: Flor en la agrietada pared, te arranco de las grietas, en mi mano, te sostengo aquí, raíz y todo, Pequeña flor— mas si pudiera comprender lo que eres, raíz y todo, y considerándolo todo, sabría lo que Dios y el hombre es 1.
Tengo que confesar que, cuando lo recitaba, no tenía ni idea de lo que signi!caba el poema. Ni siquiera estaba seguro de lo que era una “agrietada pared”. ¡Afortunadamente, sólo tenía seis líneas y era fácil de memorizar! Pero ese poema se me ha quedado grabado a lo largo de los años. De hecho, ¡es lo único que recuerdo haber aprendido en aquella clase de inglés! Y con el paso del tiempo, he comprendido mejor lo que Tennyson intentaba decirnos. Podemos sostener una pequeña flor en nuestras manos. Podemos observarla detenidamente y analizarla como lo haría un botánico experimentado. Sin embargo, incluso con una flor diminuta e insigni!cante, nos encontramos ante un misterio. ¿Cuál es su esencia? ¿De dónde procede? ¿Por qué es así? ¿Quién puede decirlo? Hay tantas cosas aquí que no sabemos ni podemos comprender. Y si esto es así incluso con una pequeña flor, ¿no lo es con todo? En todo lo relacionado con la vida nos enfrentamos a un elemento de misterio, mucho más de lo que podemos conocer o comprender plenamente. Y como cristianos que a!rmamos la doctrina de la Trinidad, no debería sorprendernos. Nuestra creencia fundamental de que Dios es tres en uno y uno en tres también nos lo dice. Aunque no es una creencia irracional o ilógica, la Trinidad trasci93
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ende la razón humana. Nuestras mentes son incapaces de comprenderla plenamente. El catecismo de la Iglesia Católica lo resume bien: “La Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es la fuente de todos los demás misterios de la fe cristiana, la luz que los ilumina” 2. Más que ninguna otra doctrina cristiana, la Trinidad pone ante nosotros el misterio de Dios y señala un elemento de misterio en cada aspecto de nuestra fe. Nuestros más altos poderes de razonamiento y nuestras categorías lógicas más profundas nunca penetrarán o comprenderán, explicarán o contendrán, resolverán o eliminarán el misterio de Dios. Nuestras mejores palabras sobre Dios no son más que intentos débiles y vacilantes de expresar lo que nunca puede expresarse plena o adecuadamente en ningún lenguaje humano. Dios no puede ser capturado o aprisionado en ninguna de nuestras categorías, y rompe una y otra vez con nuestras estructuras cuidadosamente construidas. Al mismo tiempo, debemos tener claro que el misterio de la Trinidad no signi!ca que no sepamos nada de!nitivo sobre Dios, ya que “de todos modos, todo es un misterio”. En el español actual, un misterio es algo oculto, tenebroso, secreto o desconcertante, como una novela de misterio. Si algo es “misterioso”, es inexplicable, incomprensible y enigmático. Sin embargo, la palabra griega utilizada por los escritores del Nuevo Testamento tenía un signi!cado claramente distinto. En lugar de un secreto impenetrable y cerrado, es un secreto abierto, uno que ha sido revelado. La Trinidad, como todos los misterios de la fe cristiana, es una verdad que está más allá de la derivación o el descubrimiento humano. Solo la comprendemos porque Dios ha tomado la iniciativa y nos la ha revelado. Puesto que Dios “nos ha hablado por el Hijo” (Heb. 1:2), los cristianos creemos que se nos ha dado el conocimiento de!nitivo de Dios. Por eso proclamamos con con!anza que Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo es tres en uno y uno en tres. Sin embargo, nuestro conocimiento de!nitivo de Dios no es exhaustivo. Al aprehender la autorrevelación trinitaria de
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Dios, también reconocemos y confesamos gustosamente que no comprendemos plenamente a Dios. Agradecemos que Dios se nos haya revelado, pero también reconocemos que el “gran todo” escapa a nuestro alcance. EL MINISTERIO DE SANIDAD Y EL MISTERIO
Debido a que la creación lleva las marcas de la impronta trinitaria de Dios, nos encontramos a cada paso en presencia del misterio. Sin embargo, ningún ámbito del ministerio cristiano nos obliga a lidiar con ello tanto y tan a menudo como el ministerio de sanidad. Cualquier persona que haya estado involucrada signi!cativamente en este ministerio dirá: “El ministerio de sanidad es complicado”. Esta es una de las principales razones por las que muchos cristianos lo evitan. Es complicado porque, una y otra vez, nos confronta con el misterio. Como lo explica Ken Bue: “A pesar de que Dios quiere sanar a los enfermos, no todos los enfermos se sanan. Esta ambigüedad nos obliga a darnos cuenta de que estamos ante un misterio: interactuamos con un Dios soberano y libre; nos enfrentamos al pecado, a seres demoníacos y a una multitud de complejos factores psicológicos, físicos y espirituales”3. Cuando oramos fervientemente por sanidad física sobrenatural, algunas veces aquellos por quienes oramos no son sanados. Otras veces, se sanan de una cosa pero no de otra. Pienso en mi amigo pastor que se sanó milagrosamente cuando los líderes de su iglesia le ungieron y oraron fervientemente por una grave rotura de disco en la espalda. Pero también ha sido diabético durante años y tiene cuidado de administrarse insulina todos los días. A veces Jesús sana cuando la persona ni siquiera pide ser sanada. Un líder cristiano de Australia me contó acerca de un hombre musulmán en Indonesia que entró en una gran reunión evangelística al aire libre donde estaba predicando. El hombre no era más que un espectador curioso, pero de repente se sanó de una
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artritis crónica debilitante en el hombro derecho y pudo levantar la mano por encima de la cabeza por primera vez en años. A veces una persona se sana y otra no. Un pastor de la India estaba de visita en Sudáfrica, y mientras estaba allí oró por la sanidad completa de un niño que era VIH positivo. No era algo que hiciera habitualmente, me dijo, pero como se sintió fuertemente impulsado por el Espíritu Santo, siguió adelante, y milagrosamente el niño fue sano. Sin embargo, unos días después, a petición de una madre desesperada, cuando oró por su hijo VIH positivo, el niño murió varios días después. Nunca olvidaré una noche, hace varias décadas, en la que me enfrenté al misterio de la sanidad en una reunión de oración de la facultad de un seminario. Nos regocijábamos porque un colega de sesenta años estaba sentado entre nosotros, alabando a Dios por su reciente sanidad milagrosa. Varias semanas antes, había estado a las puertas de la muerte debido a las diversas complicaciones derivadas de su operación a corazón abierto. Yo había estado presente en el servicio de sanidad en la unidad de cuidados intensivos, cuando una docena de personas nos reunimos a su alrededor y oramos desesperada y denodadamente por su sanidad. A partir de ese momento, su estado empezó a mejorar drásticamente. Cuatro semanas después le dieron el alta y los médicos coincidieron en que había sido un milagro. Como dijo su cardiólogo: “Esa reunión, cuando ese grupo se reunió a tu alrededor y oró, sin duda, fue el punto de inflexión”. Ahora, una semana después de haber vuelto a casa, estaba sentado entre nosotros, un testigo vivo del poder sobrenatural de sanidad de Cristo. Y todos nos regocijamos y alabamos al Señor con él. Sin embargo, en aquella misma reunión de oración, también escuchamos cómo otro profesor pedía que se orara por la familia de un brillante y prometedor seminarista asiático de veinticinco años que había fallecido unos días antes en un trágico accidente de tránsito. El profesor, que lo conocía bastante bien, había asistido a su funeral ese día y había pasado tiempo con los desconsolados y
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afligidos padres del joven. Fue una tragedia sin sentido. Aquel joven era un cristiano profundamente comprometido y había sacri!cado una carrera lucrativa para venir al seminario. Tenía por delante un ministerio tan prometedor. ¿Por qué había sucedido esto? ¿No pudo haberlo protegido Dios? Mientras estaba sentado allí, después de haber escuchado atentamente a ambos profesores —uno regocijándose, el otro afligido— me impresionó la absoluta contradicción. En un caso, Dios había actuado de forma tan clara y poderosa; en el otro, Dios parecía ausente y poco involucrado. No había forma de explicarlo, de darle sentido o de resolver la tensión entre las dos realidades. Aquella noche, mientras elevábamos nuestras alabanzas y nuestras peticiones al Señor, aunque no podía resolver lógicamente la contradicción, extrañamente, la contradicción se resolvió en mi interior. De alguna manera, en medio de nuestra oración y adoración, me sentí en paz con todas mis preguntas. No sé por qué resultó así. De verdad que no tiene sentido, pensé. Pero está bien, Señor. No pretendo comprender tus caminos, pero confío en tu carácter, en tu sabiduría y bondad. A lo largo de los años, cuando me he dedicado a la oración de sanidad con estudiantes de seminario, sobre todo en relación con problemas emocionales y espirituales de sus vidas, una y otra vez me he encontrado en presencia del misterio. Por ejemplo, está el misterio del sufrimiento y del mal. “¿Cómo pudo Dios permitir que me sucediera algo tan horrible?”, me han preguntado a menudo. Y con!eso humildemente que no tengo una respuesta satisfactoria. Luego está el misterio de la manera en que se desarrolla la sanidad en la vida de una persona. A veces, el poder sanador de Cristo se mani!esta de forma dramática y milagrosa, dando lugar a grandes resultados. Otras veces, sin embargo, la sanidad llega a través de un proceso difícil, prolongado y deliberado, en el que cada tres pasos hacia adelante van seguidos de dos hacia atrás. En algunas ocasiones, empiezo a orar con valentía y autoridad; sin embargo, en
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otras sólo puedo animar a alguien a resistir en la oscuridad, donde Dios parece ausente. Por último, está el misterio de la fortaleza de Dios que se perfecciona en la debilidad. Aquello que trajo tanto mal a la vida de alguien puede transformarse en un instrumento para el bien. Lo que antes era causa de quebranto se convierte en un medio para transmitir la plenitud de Cristo. El mismo lugar de humillación y vergüenza de alguien se ha convertido en su lugar de poder y autoridad espiritual. Con asombro y gratitud, sólo puedo exclamar: “Señor, ¡qué cosa tan maravillosa has hecho!”. SINTIÉNDONOS CÓMODOS CON EL MISTERIO Anótalo: al dedicarse al ministerio de sanidad, espera encontrarte en presencia del misterio. No podrás evitarlo, así que no lo intentes. Aprende a sentirte cómodo con el misterio. No siempre es fácil. Puede que a las personas a las que aconsejas y por quienes oras les resulte incómodo aceptar el misterio. Si te niegas a “hacerlo desaparecer”, irás contra la corriente de sus esperanzas y expectativas. Por eso, te ofrezco tres sugerencias. En primer lugar, permite que esas ocasiones en las que te enfrentas al misterio de la sanidad cultiven y profundicen la humildad en ti. Piénsalo así: cuando no tenemos respuestas adecuadas, nos sentimos débiles, impotentes, inadecuados y fuera de control. Pero aunque resulte incómodo, puede profundizarnos y enriquecernos espiritualmente, porque golpea la raíz de nuestro orgullo y autosu!ciencia. Chocar con los límites de nuestro conocimiento y comprensión nos invita a ser humildes y a asombrarnos. En presencia del misterio, podemos clamar, como el antiguo rey israelita Josafat: “No sabemos qué hacer, pero en ti ponemos nuestros ojos” (2 Crón. 20:12). En segundo lugar, reconocer la forma en que la naturaleza paradójica de la verdad se refleja en la sanidad cristiana. Como he indicado antes, la creencia de que un elemento de misterio impregna todas las cosas está arraigada en la concepción cristiana de la
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Trinidad. Dios es un ser en tres personas y nunca es uno sin ser tres, ni tres sin ser uno. Para decir la verdad sobre Dios, debemos insistir !rmemente en que ambas cosas son vedad. No podemos a!rmar una en detrimento de la otra. La Trinidad nos presenta dos cosas: Tres y Uno, que parecen contradictorias e incompatibles. ¿Cómo pueden ser ambas igualmente verdaderas? Sin embargo, lo son. Por tanto, para decir la verdad sobre Dios, para expresarla correctamente, debemos utilizar el lenguaje de la paradoja. Además, la Trinidad es sólo la primera de las muchas paradojas que encontramos en la fe cristiana (por ejemplo, Cristo es plenamente humano y plenamente divino; nuestra salvación es el resultado tanto de la soberanía divina como de la libertad humana). Antes, cuando describimos la relación entre la sanidad y el reino de Dios, también nos encontramos con la paradoja. Jesús habló del “secreto [o misterio] del reino de Dios” (Marcos 4:11, NVI) porque la presencia del reino está tanto aquí (presente) como cerca (futuro), tanto ya como todavía no. Insistimos en que ambas dimensiones se tomaran en cuenta. En el ministerio de sanidad, como debemos aferrarnos a ambas y vivir en el “medio radical”, a menudo nos encontraremos en presencia del misterio. Siempre habrá quien se sienta incómodo con la paradoja y trate de resolver la tensión, la aparente contradicción del ya/todavía no. Elevarán un lado de la paradoja en detrimento del otro, haciendo demasiado énfasis en el ya a expensas del todavía no, o en el todavía no a expensas del ya. Esto parece lógico y sencillo, por lo que resultará atractivo para muchos. Sin embargo, aunque parezca más sencillo, resulta menos veraz. La media verdad en la que se hace demasiado énfasis descuidando la otra acaba siendo toda una mentira. Porque eso es lo que suele ser el error: no la ausencia total de verdad, sino la verdad separada de su contraparte equilibradora. Es atractivo porque irse a un extremo lógico puede ser más cómodo que vivir en la paradoja de la tensión bíblica.
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Esto conduce a mi tercera sugerencia: resistir la tentación de simpli!car en exceso la sanidad. Vivimos en una época que quiere eludir el misterio reduciendo la complejidad de las cosas a una fórmula, una tecnología, un programa, una solución rápida o un simple cliché. Lamentablemente, el panorama del ministerio cristiano de sanidad está plagado de muchos ejemplos trágicos de esto. Nunca olvidaré las lágrimas de un hombre de cuarenta años en una clase de escuela dominical que yo dirigía. Cuando tenía trece años, su querido y anciano abuelo enfermó gravemente. Durante días, este joven había orado fervientemente para que Dios sanara a su abuelo. Lo visitaba con frecuencia en el hospital. Sin embargo, al !nal, su abuelo falleció y quedó destrozado por el dolor. Desafortunadamente, su pastor lo hizo sentir aún peor. “Si tan solo hubieras tenido más fe”, le dijo con énfasis, “Dios habría sanado a tu abuelo”. “En mi mente, sé que no es cierto”, le dijo a nuestra clase, “pero desde entonces, me he sentido responsable de la muerte de mi abuelo, y a veces todavía me siento culpable por ello”. ¡Qué fruto tan terrible había producido en la vida de este hombre la comprensión simplista de su pastor sobre el lugar de la fe en la sanidad! Como subrayo más adelante en este capítulo, la relación entre fe y sanidad es paradójica: es a la vez simple y compleja. Mi interés aquí es simplemente alentarte a resistir la tentación de simpli!car en exceso la sanidad. El ya fallecido Francis MacNutt, que durante décadas fue un líder sabio y dotado en el ministerio de la sanidad, dijo: “El solo hecho de saber que la sanidad es un misterio, que es complicada y no tan simple, debería liberarnos de la necesidad de dar respuestas simplistas a las personas que se preguntan por qué no están totalmente sanadas. Saber lo compleja que es la sanidad nos ayuda a con!ar más en la luz de Dios, a buscar un verdadero discernimiento y a dejar de lado las soluciones simpli!cadas” 4. En el resto de este capítulo, analizo dos enseñanzas muy extendidas sobre la sanidad que entran en la categoría de
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“soluciones simpli!cadas”. Ambas se aplican especialmente a la sanidad física sobrenatural. Quienes se adhieren a ellas suelen estar apasionadamente involucrados en el ministerio de sanidad y creen !rmemente en el poder de Cristo para sanar milagrosamente nuestros cuerpos. Muchas personas han experimentado personalmente la sanidad física y han orado por otros que también han sido sanados.
Sin embargo, en su pasión por la sanidad y su celo por animar a otros a buscar en Jesús la sanidad física, han caído en errores en sus enseñanzas, en extremos lógicos que han tenido consecuencias trágicas en la vida de las personas. En ambos casos, simpli!can en exceso la naturaleza paradójica del ya/todavía no del reino de Dios, haciendo énfasis en el ya a expensas del todavía no. El primer error se re!ere a la relación entre la expiación de Cristo y la sanidad; el segundo error gira en torno al papel de la fe en la sanidad. Consideremos ambos, uno por uno. LA EXPIACIÓN Y
LA SANIDAD FÍSICA5 Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores. Nosotros lo tuvimos por azotado, como herido por Dios y afligido. Pero él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestros pecados. El castigo que nos trajo paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados. (Isaías 53:4-5, RVA2025)
Durante dos mil años, los cristianos han creído que estas palabras del profeta Isaías sobre el Siervo Sufriente que había de venir explican mejor lo que Jesús estaba haciendo en la cruz. Murió a causa de nuestros pecados. El apóstol Pedro, haciendo eco de Isaías, declaró: “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24, énfasis añadido). Del mismo modo, Pablo resumió el consenso de la enseñanza apostólica: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3, énfasis añadido). Sin embargo, en su evangelio, al citar Isaías 53, Mateo sostuvo que las palabras del profeta “Él llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores” se cumplieron especí!camente en la sanidad de
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los enfermos por parte de Jesús (Mat. 8,17). Según el teólogo Jürgen Moltmann, Mateo estaba in!riendo que el poder sanador de Cristo “no se encuentra en su poder supremo sobre la enfermedad y la dolencia. Su poder para sanar es el poder de su sufrimiento. Sana al ‘llevar’ nuestras enfermedades. ‘Por sus heridas fuimos nosotros sanados’ (Isaías 53:5). Su pasión y su entrega en el Gólgota son el secreto de las sanidades que hacía a los enfermos”6 . Por tanto, la interpretación de Mateo ha llevado a algunas personas a concluir que en la cruz Jesús llevó nuestras enfermedades y dolencias corporales del mismo modo que llevó nuestros pecados. Por consiguiente, al igual que el perdón de los pecados está garantizado para nosotros cuando nos arrepentimos y creemos (Hechos 2:38), también lo está la sanidad de nuestras dolencias físicas cuando oramos con fe. Por tanto, la sanidad divina nos ha sido asegurada “en la expiación” del mismo modo que el perdón divino de los pecados. Además, si eso es cierto, es lógico que si no te sanas cuando oras por sanidad física, no es porque Jesús no lo quiera, pues ha hecho provisión para ello a través de su muerte en la cruz, así como ha hecho provisión para el perdón. El problema, entonces, si no recibes sanidad, debe estar de tu lado. Puede tener que ver con ignorancia, pecados no confesados, falta de petición, falta de fe, persistencia en la oración o algún otro asunto. Pero si abordas y tratas adecuadamente estos asuntos, sanarás. Así de simple. ¿O no? Considera todo lo que se logró para nuestra salvación mediante la vida, muerte y resurrección expiatorias de Cristo. Junto con el perdón de los pecados, el don del Espíritu Santo, la resurrección del cuerpo, la vida eterna y la nueva creación, ciertamente incluiríamos también la sanidad física. Todos estos “bene!cios de su pasión”, como los llamaba una antigua liturgia de la Comunión, tienen efectivamente su raíz en la expiación de Cristo. Así que es ciertamente correcto decir que “la sanidad está en la expiación”. Pero, ¿signi!ca eso que todos estos bene!cios de la expiación están disponibles para nosotros ahora y de la misma manera? Basándonos en la enseñanza de todo el Nuevo Testamento, la
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respuesta clara es no. Algunos bene!cios los experimentamos plenamente en el presente, otros sólo parcialmente, y otros sólo en la futura consumación del reino. Es mejor hablar de sanidad a través de la expiación que de sanidad en la expiación. Al hacerlo, reconocemos que toda sanidad tiene sus raíces en la muerte expiatoria de Cristo, pero también evitamos la implicación de que tenemos garantizada la sanidad física en esta vida. Sam Storms lo dice muy bien: “La cuestión no es si nuestros cuerpos se sanan gracias a la expiación de Cristo, sino cuándo. . . . Es un grave error pensar que todas las bendiciones que Cristo consiguió mediante su sufrimiento redentor serán nuestras ahora en su forma consumada. Todas estas bendiciones serán ciertamente nuestras. Pero no esperemos, ni mucho menos exijamos, experimentar ahora la plenitud de las bendiciones que Dios claramente reservó para el cielo en la era venidera (Apocalipsis 7:15-17; 21:3-4)”7 . Como enfatizó Jesús repetidamente, el reino de Dios es a la vez ya y todavía no. También lo son sus bendiciones y bene!cios. Algunos, como el perdón de los pecados, ya existen, mientras que otros, como la redención de nuestros cuerpos, todavía no. La sanidad física se encuentra en algún punto intermedio, en el medio radical. A veces es ya, a veces todavía no, y a veces es una combinación de ambas. ¡No es de extrañar que la sanidad sea un ministerio complicado! Así que tenemos que vivir en la tensión del ya/todavía no y acoger el misterio. EL PAPEL DE LA FE EN LA SANIDAD8
Según los relatos de los evangelios sobre el ministerio de sanidad de Jesús, la fe desempeña un papel vital en la sanidad. Jesús buscaba a los que tenían fe (Marcos 9:23, 28). En varios casos, atribuyó directamente la sanidad de alguien a su fe (Marcos 5:34; 10:52). Jesús elogió a quienes demostraban fe (Mat. 8:10; 9:22; 15:28) y reprendió a otros por su falta de fe (Lc. 9:41). La incredulidad que encontró en Nazaret, su ciudad natal, llegó a limitar lo que Jesús era capaz de hacer (Marcos 6:5-6).
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Quienes están profundamente involucrados en el ministerio de sanidad hoy en día también reconocen el vínculo fundamental que existe entre la fe y la sanidad. Randy Clark, que ha estado muy dedicado al ministerio de sanidad durante los últimos treinta años y ha dirigido cruzadas de sanidad por todo el mundo, lo expresó así: “Lo repito una y otra vez: cuando hay más fe, suceden más cosas. Cuanta más fe tenga una persona, más probabilidades tendrá de sanarse. Cuanta más fe se exprese en un determinado entorno, más probabilidades habrá de que se produzcan oleadas de sanidad entre ese grupo concreto de personas. La fe es importante” 9. Pero, ¿signi!ca esto que existe una relación directa de causa y efecto entre la fe y la sanidad? Absolutamente no. Esta enseñanza errónea de la “fórmula de la fe”, como se la llama a veces, es una solución simpli!cada que ha causado desilusión, angustia, confusión y culpa en la vida de muchas personas. Por lo tanto, es un grave error decirle a alguien que busca sanidad: “Si sólo tienes fe puedes estar seguro de que te sanarás”. Aprecio la manera en que Randy Clark, que acertadamente enfatiza la importancia de la fe expectante en la sanidad, se aleja sabiamente de esta enseñanza. “Jesús mismo trabajó con personas de distintos niveles de fe”, observa. Cuando reconocemos esto, “se disipa inmediatamente el mito de que ‘no te sanarás si no tienes su!ciente fe’” 10. Por ejemplo, hubo quienes, como la mujer con flujo de sangre (Marcos 5:25-34) y el ciego Bartimeo (Marcos 10:46-52), tuvieron lo que Clark describe como “gran fe” y “fe temeraria”. Sin embargo, también había quienes, como el hombre con lepra (Marcos 1:40-45) y el padre del hijo endemoniado (Marcos 9:17-29), sólo tenían “algo de fe” y “una fe muy débil” 11. Así que Jesús sana a personas con diferentes niveles de fe. En el caso de quienes tienen una fe débil o mínima, Clark señala: “Es asombroso lo poderoso que es el simple acto de acercarse a Jesús”12 . En su profundo estudio de los milagros de sanidad de Jesús, el erudito del Nuevo Testamento Keith Warrington llega a una
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conclusión similar. Jesús acogió y sanó a los que dudaban pero querían creer, como el padre del niño endemoniado que clamaba: “¡Creo! ¡Ayuda mi incredulidad!” (Marcos 9:24). Toda la aptitud y la fe necesarias consistían en sentir su necesidad y acudir a Jesús. Warrington lo resume así: “La fe que suscitó la respuesta de Jesús es la disposición a acudir sencillamente a él en busca de ayuda”13 .
A veces, en la enseñanza de fórmulas de fe, el relato del rechazo de Jesús en su ciudad natal de Nazaret, donde su poder de sanidad era limitado “a causa de la incredulidad de ellos” (Marcos 6:1-6), se ha utilizado para demostrar que “si sólo tuvieras más fe, te sanarías”. En este caso, sin embargo, como Warrington sostiene correctamente, la incredulidad de aquellas personas no era un caso de fe débil o duda. Jesús podía trabajar con eso. En Nazaret, más bien, la incredulidad estaba arraigada en una obstinada negativa a creer en Jesús, en una deliberada determinación de rechazarlo. ¿Cuál es, pues, la fe necesaria para la sanidad? A menudo se ha dado a las personas la impresión de que tiene que ver con poseer un cierto estado mental o una certeza psicológica. En otras palabras: “Debes creer, más allá de toda sombra de duda, que Jesús te sanará. Así que libera tu mente de toda duda”. Desafortunadamente, de!nir la fe en esos términos, como un estado mental, nos centra demasiado en nosotros y en lo que debemos hacer a !n de ser sanados. Es una carga demasiado pesada para nosotros. Por el contrario, entender la fe simplemente como la disposición a acudir a Jesús en busca de ayuda pone el foco donde debe estar: en la persona de Jesús. Ahí es donde debemos enfocarnos: en Él, no en nosotros. No en cuánta fe tenemos, sino en quién es Él, en lo que ha hecho y en lo que promete hacer. Y no se me ocurre mejor manera de terminar este capítulo. Mientras nos adentramos en el profundo misterio de la sanidad, es la fe en la persona de Jesús y nuestra con!anza en su bondad y sabiduría, no en una fórmula simpli!cada en demasía o en nuestra propia certeza, lo que nos mantiene !rmes y nos impulsa a seguir adelante. Como ha dicho Ken Blue: “La fe para sanar a los enfermos
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no es jactancia: es la libertad de creer y actuar basándose en quién es Jesucristo. Nuestra fe, en medio de la lucha por la sanidad, se expresa en nuestro actuar, a pesar de nuestras dudas, basándonos en quién consideramos que es Jesús” 14.
Endnotes 1 Bennett Cerf, Donald Klopper y Robert Haas, eds., !e Poems and Plays of Alfred Lord Tennyson (Nueva York: Random House, 1938), 721. Esta es la versión al español de Oscar Aguilar M., traductor de este libro. 2 Catechism of the Catholic Church, citado en Michael Downey, Altogether Gift: A Trinitarian Spirituality (Maryknoll, NY: Orbis, 200), 40. 3 Ken Blue, Authority to Heal (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1987), 40. 4 Francis MacNutt, !e Power to Heal (Notre Dame, IN: Ave Maria, 1977), 62. 5 Para profundizar en esta temátca, véanse los siguientes artículos: John Wilkinson, “Physical Healing and the Atonement,” Evangelical Quarterly 63, no. 2 (1991): 149–67; and Graham Hill, “The Atonement and Healing: Is Physical Healing Guaranteed in Jesus’s Death on the Cross?,” The GlobalChurch Project, April 17, 2016, https:// theglobalchurchproject.com/atonement-healingwrestling-contemporary- issue/. 6 Jürgen Moltmann, !e Spirit of Life (Minneapolis: Fortress, 1992), 191. 7 Sam Storms, “Does Matthew 8 Teach Healing in the Atonement?,” June 21, 2021, https://www.thegospelcoalition.org/ article/physical-healing-atonement/, énfasis en el original. 8 En Ken Blue, Authority to Heal, 41-51, 97-105, se aborda este tema con gran profundidad. 9 Randy Clark, Power to Heal (Shippensburg, PA: Destiny Image, 2015), 227. 10 Clark, 227. 11 Clark, 227-44.
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12 Clark, 234.
13 Keith Warrington, Jesus the Healer (Waynesboro, GA: Paternoster, 2000), 27. 14 Blue, Authority to Heal, 104.
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SIETE POR SUS HERIDAS FUIMOS SANADOS “¿Cómo pudo Dios permitir que me sucediera algo tan terrible y destructivo?”, exclamó. “Era solo una niña inocente. Mi padre y los otros hombres que me violaron cometían una maldad tan horrenda. ¿Dónde estaba Dios cuando eso ocurrió? ¿Cómo pudo quedarse de brazos cruzados? Era una mujer de unos cuarenta años cuyos recuerdos de incesto y abusos, reprimidos durante mucho tiempo, estaban saliendo lentamente a la super!cie. Una consejera experta la ayudaba a superar el proceso. Un psiquiatra le había recetado antidepresivos para ayudarla a controlar sus sentimientos, que a veces eran caóticos y abrumadores. Nos reuníamos en mi o!cina cada dos o tres semanas para momentos de oración de sanidad. Un día, más o menos una semana después de que saliera a la luz una capa de recuerdos especialmente oscura y dolorosa, descargó sus sentimientos de ira contra Dios por el sufrimiento malvado e injusto que le habían infligido. Cuando te dediques al ministerio de la sanidad, puede que nunca te encuentres cara a cara con el problema del sufrimiento y el mal tan directamente como yo lo hice aquel día. Sin embargo, tarde o temprano, al acompañar a las personas, especialmente en momentos oscuros de dolor emocional y trauma, sin duda te enfrentarás a ello. Es importante, entonces, que reflexiones sobre este problema y trabajes para desarrollar una teología del sufrimiento. Lo que sigue en este capítulo tiene como objetivo ayudarte a lograrlo. Para algunas personas, este problema de la teodicea, como se le llama, es principalmente filosófico e intelectual. En pocas palabras: ¿Cómo puede Dios, que es bueno y todopoderoso, permitir tanto sufrimiento —en particular el injusto— en el mundo? ¿Es acaso
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digno de llamarse Dios un dios que deja sufrir a los inocentes y permite la muerte sin sentido? En la gran novela del siglo XIX de Fiódor Dostoievski, Los hermanos Karamázov, el hijo de un pobre siervo ruso está jugando un día y golpea accidentalmente con una piedra a uno de los perros de caza de su amo. Cuando el amo se entera, se enfurece. Manda a capturar al niño y suelta a sus feroces perros, obligando a la madre del niño a presenciar cómo despedazan a su hijo. Cuando Iván, uno de los protagonistas de la historia, se entera de lo que ha hecho el amo, mueve la cabeza con incredulidad. Tras una larga reflexión sobre cómo un Dios bueno y justo pudo permitir que algo así sucediera, concluye: “No es a Dios a quien no puedo aceptar . . . Acepto a Dios, lo entiendo, pero no puedo aceptar el mundo que Él ha creado”1 . Al igual que Iván y muchos de los que hoy rechazan la fe cristiana, la magnitud del sufrimiento injusto en el mundo se ha convertido en la piedra angular de su muro de incredulidad. Pero no sólo los no creyentes luchan con este problema. Muchos creyentes también, aunque sean más reacios a expresar sus dudas. Para la mayoría de las personas —y aquí es donde a menudo lo confrontamos quienes nos dedicamos al ministerio de sanidad— el problema del sufrimiento es personal y experiencial. No es el sufrimiento injusto del mundo lo que les preocupa tanto como el sufrimiento injusto que han experimentado en sus propias vidas. En lo más profundo de su ser, una voz confusa, rabiosa y furiosa grita: “¡Dios, esto no es justo! ¿Por qué has permitido que ocurra esto? ¿Qué he hecho para merecerlo? ¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué no estuviste ahí cuando te necesité?”. A lo largo de los siglos, los cristianos han ofrecido diversas respuestas al problema del sufrimiento y del mal 2. Pero la mejor respuesta se centra en la cruz de Cristo. Como observó el ya fallecido Thomas Oden, “para la enseñanza cristiana clásica, la teodicea más sabia brota de una profunda reflexión sobre la cruz. Allí, el profundo problema del sufrimiento humano se transmuta en el misterio aún más profundo del sufrimiento de Dios por la humanidad”3. ¿Cómo
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aborda la cruz el problema del sufrimiento humano? ¿Y cómo con!gura eso nuestra comprensión y práctica de la oración de sanidad? DIOS SE IDENTIFICA PLENAMENTE CON EL SUFRIMIENTO HUMANO La cruz nos dice en términos inequívocos que Dios en Cristo es uno con nosotros en nuestro sufrimiento. Según las inolvidables palabras del profeta Isaías, Jesús fue “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3). Conoció el dolor y el sufrimiento de primera mano.
Cuando sufrimos, Dios no se mantiene alejado, distante, incapaz o reticente a intervenir. Jesucristo es Emanuel, Dios con nosotros. Al hacerse carne (Juan 1:14), el Verbo eterno de Dios se ha identi!cado plenamente con la condición humana; y como el sufrimiento forma parte de la existencia humana, lo experimentó a lo largo de toda su vida. Pero fue durante las últimas doce horas de su vida, desde Getsemaní hasta el Gólgota, cuando su sufrimiento llegó al clímax. Allí experimentó personalmente el sufrimiento humano en toda su amplitud. El fallecido teólogo pastoral y psiquiatra Frank Lake dijo: “Es un hecho asombroso que los acontecimientos de la cruci!xión de Jesucristo retraten cada variedad de sufrimiento humano y maldad”4. Señaló que en la cruz Jesús sufrió la injusticia, sintió la vergüenza de la desnudez, fue privado de sus derechos, soportó las burlas, se convirtió en el foco de la ira de los demás y fue rechazado y abandonado. Además, experimentó un dolor físico insoportable, sed, hambre, vacío, tormento, confusión y, !nalmente, la propia muerte.5 Habiendo experimentado personalmente la amplitud y profundidad del sufrimiento humano, Jesús puede identi!carse verdaderamente con nosotros cuando sufrimos. Él es, en palabras del !lósofo A. N. Whitehead, “el compañero de sufrimiento que comprende”. Debido a que Cristo “por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:8) y se compadeció de nuestras debilidades (Hebreos 4:15), puede identi!carse con nosotros en nuestra angustia.
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Conocedor del dolor, el varón de dolores puede afligirse con nosotros y llorar con nosotros. De nuevo, en palabras de Isaías: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores” (Isaías 53:4). Una estudiante universitaria a la que Frank Lake había estado aconsejando le escribió acerca de cómo !nalmente se dio cuenta de esto. Una noche, sentada a solas en una capilla, se quejaba ante Dios por permitir tanto dolor y sufrimiento injusto en su vida y en la de los demás: Estaba furiosa por su apatía. ¿Acaso no sabía lo que su descuido nos había causado? Por primera vez en mi vida, me atreví a exigir una explicación. Cuando no llegó ninguna, me enfadé más de lo que recuerdo haberme enfadado nunca. Volví los ojos a la sencilla cruz de madera y recordé el Calvario. Yo estaba entre la multitud que lo cruci!caba, odiándolo y despreciándolo. Con mis propias manos le clavé los clavos en las manos y en los pies, y con energía desbordante lo azoté, lo injurié y lo escupí con repugnancia nauseabunda. Ahora Él debería saber lo que se sentía al vivir en la creación que Él había hecho. En cada respiro podía oír las palabras: “¡Ahora lo sabes! Ahora lo sabes!” Y entonces vi algo que me paralizó el corazón. Vi su rostro y en él se reflejaba la familiar agonía de mi alma. “Ahora lo sabes” se convirtió en un susurro reverencial mientras yo, inmóvil, contemplaba su agonía. “Sí, ahora lo sé”, fue la respuesta apasionada y llena de dolor. “¿Por qué otro motivo debería venir?” Atónita, vi cómo sus ojos buscaban desesperadamente el más mínimo destello de amor en los míos, y mientras nos mirábamos cara a cara en la intemperie y el frío, abandonados por Dios, asustados y desamparados, nos amamos y nuestro dolor se silenció en la calma. Nada puede unirnos más que el desamparo común, pues en ningún otro lugar se anhela tanto la compañía6 .
A partir de ese momento, esta joven quedó inseparablemente unida a Cristo. Saber que Jesús se había convertido en un hombre de dolores y que había experimentado un abandono como el suyo no resolvía todas sus preguntas, pero era su!ciente para que siguiera con!ando en Dios incluso en medio de lo inexplicable. Joni Eareckson Tada llegó a una conclusión similar al reflexionar sobre su propia tragedia y la de decenas de otras personas. En 1967, cuando tenía diecisiete años, un trágico accidente de buceo
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la dejó tetrapléjica. Sin embargo, a lo largo del último medio siglo ha ejercido un ministerio increíble y de gran alcance a través de sus libros, discursos públicos, televisión y trabajo en favor de los discapacitados.
Joni recibe miles de cartas y, como era de esperar, la mayoría giran en torno al problema del sufrimiento. Aunque no pretende tener todas las respuestas, cree que saber que Jesús sufrió en la cruz es la mayor clave para soportar nuestro sufrimiento y encontrar sanidad. Como ella dice: Cuando estás sufriendo, cuando tu corazón se está escurriendo como una esponja, cuando te acabas de quedar cuadripléjica, cuando tu marido te acaba de abandonar, cuando tu hijo se ha suicidado, tratar de encontrar respuestas no tiene sentido... la única respuesta que satisface es pensar en esa aflicción mayor: Cristo en la cruz. Y un día nos dará la clave que le dará sentido a todo. Pero hasta entonces, basta con el Varón de Dolores 7.
Sí, basta con el Varón de Dolores: ésta es la primera parte crucial de la respuesta cristiana al sufrimiento y al mal. No hace desaparecer nuestro sufrimiento personal ni resuelve el antiguo enigma del sufrimiento, pero puede permitirnos seguir con!ando en Dios incluso en presencia de lo inexplicable. Pase lo que pase, nada puede separarnos de su amor. Las palabras del ya fallecido John Stott llegan al meollo del asunto: “Yo mismo nunca podría haber creído en Dios si no fuera por la cruz. . . . En el mundo real del dolor, ¿cómo se podría adorar a un Dios inmune a él? [En la cruz] dejó a un lado su inmunidad al dolor. Entró en nuestro mundo de carne y hueso, lágrimas y muerte. Sufrió por nosotros. Nuestros sufrimientos se vuelven más llevaderos a la luz del suyo” 8. CONSIDERANDO NUESTROS DOLORES A LA LUZ DE LOS SUYOS Sin embargo, muchos cristianos ignoran este aspecto de la obra de Cristo en la cruz. Saben y entienden que Cristo murió por sus pecados, pero nunca se les ha dicho que en la cruz también llevó “[sus] enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Isa. 53:4 RV). En el ministerio de la oración de sanidad, particularmente en las áreas
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de trauma emocional y quebrantamiento, Jesús quiere usarnos para transmitirles esta verdad. Consideremos algunas formas especí!cas en que podríamos hacerlo. En primer lugar, podríamos animar a las personas a considerar su sufrimiento y aflicción, como dijo Joni, a la luz de “esa aflicción mayor: Cristo en la cruz”. Ayudarles a reflexionar sobre las similitudes entre su sufrimiento y el de Jesús en la cruz puede ser profundamente reconfortante y sanador. Mi padre, David Seamands, cuyo ministerio de sanidad y su clásico libro Healing for Damaged Emotions (Sanando las emociones dañadas) ha conmovido a tantas personas9 , nos cuenta una situación en la que se sintió guiado a hacer esto.10 Dos hermanas asistían a un seminario de !n de semana sobre sanidad emocional y espiritual que él dirigía. Ambas habían sido abusadas sexualmente por un tío y sentían un profundo resentimiento hacia él. En una sesión vespertina, se enojaron con papá cuando recalcó el papel indispensable del perdón en la sanidad. ¿Acaso estaba sugiriendo que perdonaran a su tío? ¿Cómo se atrevía a pedirles eso? ¿Cómo les pediría Dios hacer eso? Teniendo en cuenta lo que su tío les había hecho, ¿no tenían todo el derecho a estar resentidas y enfadadas? En lo que a ellas respecta, perdonar al tío era imposible. También lo era con!ar en Dios. “¿Me estás pidiendo que confíe en Dios?” exclamó la hermana mayor. “Lo intenté cuando tenía seis años. Le pedí a gritos a Dios que me protegiera de mi tío, pero no lo hizo. Lo único que pude hacer fue taparme la cabeza con la almohada”. Queriendo responder con sensibilidad, papá agradeció a las hermanas su sincera reacción. Entonces se sintió impulsado por el Espíritu a describir varios aspectos del vergonzoso abuso de Cristo que eran paralelos a los de ellas. Durante el juicio de Jesús, unos hombres le vendaron los ojos (la versión Reina Valera dice que empezaron “a cubrirle la cara”) y lo golpearon con los puños (Marcos 14:65). Durante su cruci!xión, experimentó la vergüenza y la humillación de la desnudez. Por eso, en las primeras pinturas de la
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cruci!xión, a diferencia de las más recientes, Jesús siempre aparecía desnudo. Al oír esto, la hermana mayor se sintió profundamente conmovida. Nunca se había dado cuenta de que Jesús había soportado estas cosas. Se dio cuenta de que Jesús podía identi!carse con ella y con otras víctimas de abuso sexual. Al igual que su rostro cubierto con una almohada, el rostro de Jesús había sido cubierto. También él debió de sentirse impotente y desprotegido por Dios. Ella había sido despojada de su ropa; él también. A él también le habían infligido humillaciones vergonzosas sobre su cuerpo desnudo. Se dio cuenta de que Jesús podía entender su dolor y su enojo. Él sabía por qué le resultaba tan difícil perdonar a su tío. Jesús no la condenó por su lucha. Lloró por ella y con ella. Conocía de primera mano la humillación que ella había experimentado. En la cruz, soportó la vergüenza que ella había experimentado cuando su tío abusó de ella.
Al !nal de la sesión de la mañana siguiente, esa hermana vino y se arrodilló para recibir oración de sanidad. Le dijo a mi padre que ahora estaba dispuesta a dejar atrás su rencor hacia su tío. También quería volver a con!ar en Dios. Saber que Jesús sabía, comprender que Él lo entendía, rompió su resistencia y ablandó su corazón. Mientras oraba ante el altar, las lágrimas retenidas brotaron, lavando capas de vergüenza. Las heridas de Cristo empezaron a sanar las suyas. En numerosas ocasiones, al dedicarme al ministerio de la oración de sanidad, yo también he sido guiado por el Espíritu a hacer algo parecido. A medida que personas heridas y quebrantadas han compartido conmigo sus desgarradoras historias, ha habido ocasiones en las que me he visto ofreciéndoles esta invitación: “Ven conmigo y ponte bajo la cruz de Jesús. Contempla al Hijo de Dios herido y sangrante que cuelga de ella. Reflexiona sobre tus heridas a la luz de las suyas”. En mi o!cina cuelga un gran cuadro de Cristo en la cruz como recordatorio visual de sus sufrimientos. También tengo allí un gran
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cruci!jo de madera con la !gura del Cristo sufriente. Como el tacto suele ser un elemento importante en la sanidad, a veces coloco el cruci!jo en las manos de la persona y la animo a que lo sostenga mientras comparte conmigo su profundo dolor y angustia. Ayudar a las personas a “replantear” la dolorosa imagen de su sufrimiento con la madera de la cruz del Calvario puede convertirse en un paso importante en su camino de sanidad. Parecen suceder cosas maravillosas cuando consideramos nuestras heridas a la luz de las suyas. Sin embargo, en la mayoría de los casos, simplemente no es apropiado hablar directamente del sufrimiento de Jesús en la cruz en relación con el de ellos. A menudo no tendremos tiempo para hacerlo. Así que debemos comunicar que Jesús es un compañero de sufrimiento que comprende sin hablar de ello; debemos encarnar de alguna manera esta verdad sin usar palabras. Podemos lograrlo escuchando atenta y sensiblemente su historia. Isaías dijo: “Ciertamente él llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores” (Isaías 53:4). Cuando entramos empáticamente en su sufrimiento y dolor, permitiéndoles expresar su enojo y desilusión, hay un sentido en el que, como Jesús, llevamos sus penas y cargamos también con sus dolores. Y misteriosamente, cuando lo hacemos, ellos parecen sentir que Jesús se identi!ca y llora con ellos en su sufrimiento. Sin embargo, para ser una persona que realmente tenga empatía con el sufrimiento de los demás, primero debemos enfrentar nuestro propio sufrimiento y dolor. Cuando todavía estamos en negación, reacios a enfrentarnos a nuestras propias penas y tristezas, es difícil involucrarnos en el sufrimiento de los demás. Escuchar la historia de su sufrimiento nos resultará inquietante e incómodo. Lo sé por experiencia propia. Tenía unos cuarenta años cuando me di cuenta de la profunda y dolorosa soledad que sentía en mi alma, debido a la larga separación de mis padres, por haber asistido a un internado misionero entre los siete y los doce años. Llevaba siete años como profesor de seminario cuando me enfrenté a esa soledad. Y fue sólo después de eso, después de que Jesús caminó conmigo en
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mi dolor y comenzó a sanar mi herida, que los estudiantes empezaron a llamar a la puerta de mi o!cina, queriendo hablar conmigo acerca de su profundo dolor y sufrimiento.
Fue como si ver mi propia angustia me diera ojos que podían ver la de ellos. Cuando empecé a sentir las emociones enterradas en mi propio corazón, pude empezar a sentir las suyas. Solo después de llorar por mi propio sufrimiento, pude llorar con quienes lloran. Para ser alguien a través de quien Jesús pueda transmitir a los demás que es un compañero de sufrimiento que comprende, debes aceptar el sufrimiento en tu propia vida. EL CAMINO DE REDENCIÓN DE DIOS La cruz nos dice que Dios se ha identi!cado plenamente con nosotros en nuestro sufrimiento. Él mismo, en la persona de su Hijo, sufre con nosotros. Se ha hecho varón de dolores que conoce de primera mano el dolor y el sufrimiento. Ha llevado nuestras enfermedades y cargado con nuestros dolores. Pero la cruz no sólo nos dice que Dios es uno con nosotros en nuestro sufrimiento; también nos dice que Dios utiliza el sufrimiento para redimir la creación, para transformar la creación caída en nueva creación. Al tercer día, Jesús cruci!cado resucitó de entre los muertos, lo que marcó el comienzo de una nueva creación. El Varón de Dolores es ahora el Señor resucitado. De ahora en adelante, Dios está haciendo nuevas todas las cosas (Apocalipsis 21:5). En el contexto cristiano, la solución de Dios al problema del sufrimiento y del mal no es eliminarlo ni aislarse de él, sino participar en él, y después de haber participado en él, transformarlo en su instrumento para redimir al mundo. Simone Weil (190943), !lósofa francesa convertida al cristianismo, escribió mucho sobre el signi!cado del sufrimiento y la aflicción. Lo expresaba así: “La extrema grandeza del cristianismo reside en que no busca un remedio sobrenatural para el sufrimiento, sino un uso sobrenatural del mismo” 11 .
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Los cristianos creen que Dios usa el sufrimiento y la maldad de la cruz. Dios lo entreteje en su plan redentor y en su modelo para la salvación del mundo. Dios toma esta tragedia y la convierte en el triunfo de la tumba vacía. Lo grotesco se convierte en glorioso, el mal se transmuta en bien. El teólogo Emil Brunner tenía razón: “Si alguna vez hubo un acontecimiento en el que el mal, el sufrimiento inocente, la malicia y el dolor humano alcanzan su clímax, es en la cruz de Cristo”.12 Sin embargo, Dios tomó lo terrible de aquel acontecimiento -el mal diabólico, la injusticia flagrante, el dolor atroz- y, mediante una maravillosa alquimia divina y el milagro de la resurrección de Cristo, lo transformó en medicina para la sanidad de las naciones. La cruz, entonces, ilustra de manera suprema el frecuentemente citado versículo Romanos 8:28: “Y sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a los que le aman; esto es, a los que son llamados conforme a su propósito”. Demuestra que incluso cuando las cosas parecen haber salido trágicamente mal, Dios puede usar la angustia creativamente para generar bendiciones que no se podrían haber obtenido de otra manera. De hecho, este es el método de redención de Dios. ¿Cómo vence Dios lo que se opone a su voluntad? ¿Cómo demuestra Dios la soberanía y el poder divinos frente al mal? El Viernes Santo y el Domingo de Resurrección nos lo dicen. Dios lo logra mediante un poder que absorbe la oposición a su voluntad a través del sufrimiento inocente y, tras absorberla, la neutraliza mediante el amor perdonador. Finalmente, después de neutralizar el mal, Dios lo utiliza para conseguir exactamente lo contrario de lo que pretendía. Dios vence al mal, no mediante la renuncia pasiva o la fuerza bruta, no mediante la coacción o un deslumbrante despliegue de fuerza, sino mediante el poder del amor sufriente y la resurrección. Dios utiliza el sufrimiento de forma redentora para cumplir su voluntad y su propósito en el mundo. Por eso, en el contexto cristiano, incluso después de que Cristo resucitara de entre los muertos y recibiera un nuevo y glorioso cuerpo de resurrección, permanecen
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las cicatrices en sus manos, pies y costado, como emblemas de su espantosa muerte. El poder resucitador de Dios se sobrepuso a todas las demás evidencias de la violencia ejercida sobre Jesús. El sufrimiento y la muerte quedaron atrás; estaba más vivo que nunca. Sin embargo, estas marcas de humillación no se borraron.
De hecho, las cicatrices de Jesús se convirtieron en sus marcas de identidad. En aquella primera Pascua, cuando sus discípulos estaban escondidos a puerta cerrada, se apareció entre ellos y “les mostró las manos y el costado”. Entonces supieron con certeza que era Jesús y “se regocijaron viendo al Señor” (Juan 20:20). Las cicatrices seguían ahí y, según el apóstol Juan, siempre estarán ahí. Hacia el !nal de su vida, cuando tuvo una visión del trono celestial, Juan vio un Cordero de pie en medio, un Cordero que “parecía haber sido sacri!cado” (Apocalipsis 5:6, NVI). Son cicatrices eternas. Sin embargo, ahora hay una diferencia crucial: son cicatrices radiantes. Un verso del himno “Coronadle con muchas coronas” lo expresa maravillosamente: “Al Señor de amor coronad, sus manos y costado contemplad; profundas heridas, aún visibles en los cielos, en belleza glori!cadas”13 . Las cicatrices son ahora portadoras de la gloria divina. La luz de la presencia de Dios irradia de ellas, transformando todo lo que encuentra. Sus cicatrices son ahora instrumentos de sanidad y como profetizó Isaías: “Por sus heridas fuimos nosotros sanados” (Is. 53:5). CICATRICES RADIANTES Y SANADORES HERIDOS Tal es el maravilloso mensaje de la cruz para el que sufre. Frente al mal que se nos ha hecho y al sufrimiento que hemos padecido, la cruz nos dice no sólo que Dios en Cristo se identi!ca y sufre con nosotros, sino que Dios puede tomar lo que estaba destinado al mal y utilizarlo para el bien (Gén. 50:20). Nuestras también pueden tornarse radiantes. Jesús no solo desea sanar nuestras heridas, sino que, al igual que sus heridas, desea que las nuestras se conviertan
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en heridas que sanen a los demás, en marcas que signi!quen que ha comenzado una nueva creación. En un campamento de verano en Canadá donde yo estaba hablando, durante un tiempo de compartir en público, una mujer explicó cómo Dios le estaba enseñando esto. “Hace unas semanas, mi marido y yo hicimos una compostera. Pusimos todo tipo de basura: cáscaras de huevo rotas, cáscaras de plátano oscurecidas, granos de café, montones de hojas y hierba podrida... de todo. Lo mezclamos todo y luego lo tapamos. Y ahora cuando uno se acerca, créanme, ¡la nariz sabrá que aquello está ahí! Pero la próxima primavera, cuando lo utilicemos en nuestro jardín y alrededor de nuestros arbustos, lo que ahora es basura en descomposición será oro puro. Ese abono será mucho mejor que cualquier fertilizante que podamos comprar en la tienda”. A continuación, hizo la aplicación para sí misma: “Ha habido mucha basura en mi vida: cosas podridas que me han hecho y cosas podridas que yo he hecho en respuesta. Durante años me negué a ocuparme de la basura, pero hace varios años, cuando mi vida empezó a desmoronarse, me vi obligada a hacerlo. Gracias a Dios. Como resultado, Él ha obrado mucha sanidad y restauración en mi vida”. “Pero mientras todo esto ocurría, a menudo pensaba: No veo la hora en que esto termine. Me alegraré tanto cuando pueda dejar atrás toda esta basura y no tenga que volver a pensar en ello. Tal vez incluso pueda hacer como si nunca hubiera ocurrido”. “Luego, mientras hacíamos compost, el Señor me habló: ‘Toda tu vida has huido de tu basura. Ahora, aunque por !n te enfrentas a ella y recibes sanidad, sigues queriendo huir de ella. Pero, ¿no lo ves? No sólo quiero sanarte y liberarte de sus efectos en tu vida; quiero utilizar tu basura. Como la basura de tu compostera, si me dejas, la convertiré en oro puro. La utilizaré para forjar tu carácter y para sanar y liberar a otros’. “Así que en lugar de avergonzarme de la basura, estoy aprendiendo a entregársela a Él. Y descubro que el Señor es el Gran
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Reciclador. No desperdicia nada. Puede convertir nuestra basura en oro, oro puro, si se la ofrecemos”.
A menudo, en el ministerio de oración de sanidad, cuando acompañamos a las personas en sus lugares de profundo dolor emocional y sufrimiento, ciertamente no están en condiciones para considerar esto. Al principio del proceso de sanidad, lo último que necesitan oírnos decir es: “Dios quiere usar este sufrimiento que has experimentado para bien”. Citar con ligereza versículos de las Escrituras como Romanos 8:28 (“En todas las cosas Dios obra para bien” [parafraseado]) o Génesis 50:20 (“Ustedes lo pensaron para mal, pero Dios lo encaminó para bien” [parafraseado]) puede hacer mucho más daño que bien. ¡Así que, por favor, no lo hagan! Al comienzo del proceso de sanidad emocional, la tarea más crucial es confrontar la verdad sobre lo que sucedió, acoger el dolor y aceptar los estragos causados por los agravios que nos han infligido. Ayudar a las personas a evaluar con cuidado y honestidad el daño y a lamentarse por lo sucedido, es crucial y esencial para la sanidad. Como nos recuerda el escritor de Eclesiastés, hay un “tiempo de estar en duelo” (Eclesiastés 3:4), y ese tiempo necesario no se puede apresurar ni manipular. Sin embargo, llega un momento hacia el !nal del proceso de sanidad emocional en el que estamos llamados a enfrentarnos a nuestras heridas de una manera diferente, esta vez viéndolas no sólo como enemigas sino como amigas. Curiosamente, al igual que Pablo en relación con su aguijón en la carne (2 Cor. 12:7-10), podemos llegar a gloriarnos en nuestras heridas por lo que producen en nosotros (debilidad) y liberan a través de nosotros (el poder de Dios). Pero debemos dejar que las personas lleguen a esta conclusión por sí mismas, a su tiempo y a su manera. No nos corresponde a nosotros imponérselo. Mientras tanto, sin embargo, hay algo importante que podemos hacer. Como sanadores heridos, podemos ofrecernos a los demás como testigos vivos de lo que puede hacer el poder sanador de Cristo. Cuando Jesús resucitado se apareció a Tomás, que dudaba, le
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dijo: “pon tu dedo aquí y mira mis manos, pon tu mano y métela en mi costado” (Juan 20:27). De igual manera, cuando nos ofrecemos vulnerable y amablemente, junto con nuestras heridas, a los demás, les estamos haciendo una invitación similar. Al invitar a quienes están heridos a tocar nuestras heridas, que se han convertido en heridas que sanan, estamos demostrando y encarnando el mensaje de la cruz maravillosa. Proclamamos que, así como las cicatrices de Cristo, las cicatrices de ellos también pueden volverse radiantes. Jesús quiere transformar y llenar con su gloriosa presencia precisamente las mismas cosas que Satanás y las fuerzas del mal querían usar para destruirlos —sus lugares de más profunda humillación, degradación y vergüenza—. Pueden convertirse en lugares de autoridad y poder espiritual. Este es, pues, el mensaje de la maravillosa cruz para quien sufre: las cicatrices de Jesús se han vuelto radiantes; Él puede hacer que nuestras cicatrices también lo sean. En cuanto a las cicatrices de Jesús, Carlos Wesley escribió bellamente en “Lo! He Comes with Clouds Descending” (¡Mirad! Viene con las nubes descendiendo), su gran himno sobre la segunda venida de Cristo: Las queridas señales de su pasión Aún las lleva su cuerpo deslumbrante Causa de júbilo sin !n Para sus adoradores redimidos; Con qué éxtasis, Con qué éxtasis, Con qué éxtasis, Contemplamos esas gloriosas cicatrices 14. Y en cuanto a nuestras cicatrices, una frase atribuida a menudo a Agustín declara: “En mi herida más profunda vi tu gloria, y me deslumbró” 15.
Endnotes
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1 Citado en Jurgen Moltmann, !e Crucified God (New York: Harper & Row, 1974), 220. 2 Thomas Oden describió doce de estas respuestas cristianas. Las llamó “consuelos pastorales”. Véase el capítulo “A Theodicy for Pastoral Practice” en Pastoral !eology: Essentials for Ministry (San Francisco: Harper and Row, 1983), 223–48. 3 Thomas Oden, Classic Christianity (New York: Harper-One, 2009), 436. 4 Frank Lake, Clinical !eology: A !eological and Psychiatric Basis to Clinical Pastoral Care (London: Darton, Longman & Todd, 1966), 18. 5Para una descripción informativa de las diversas formas en que Jesús sufrió en la cruz, véase Thomas W. McGovern, What Christ Suffered: A Doctor's Journey through the Passion (Huntington, IN: Our Sunday Visitor, 2021). 6 Lake, Clinical Theology, 820-21. 7 Joni Eareckson Tada, Christian Counseling Connection, vol.
3, ed. Gary Collins (Glen Ellyn, IL: Christian Counseling Resources, 1999).
8 John R.W. Stott, !e Cross of Christ (Downers Grove, IL:
InterVarsity Press, 1986), 335–36.
El libro de David Seamands Healing for Damaged Emotions (Wheaton, IL: David C. Cook, 2015) se ha traducido a más de treinta y cinco idiomas y ha vendido más de un millón de ejemplares. 9
10 Stephen Seamands, Wounds !at Heal: Bringing Our Hurts to
the Cross (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2003), 50–51.
Simone Weil, Gravity and Grace (London: Routledge & Kegan Paul, 1952), 73. 11
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12Emil Brunner, !e Christian Doctrine of Creation and
Redemption (Philadelphia: Westminster, 1952), 181.
Matthew Bridges and Godfrey Thring, “Crown Him with Many Crowns,” Hymnary.org, https://hymnary.org/text/crown_him_ with_many_crowns. Public domain (1871). Nota del traductor: aquí ofrecemos una tradución al español de esta estrofa del himno. 13
Charles Wesley, “Lo! He Comes with Clouds D e s c e n d i n g ,” Hy m n a r y. o r g , h t t p s : / / hy m n a r y. o r g / hy m n / CWH2021/487. Public domain (1758). Nota del traductor: aquí ofrecemos una tradución al español de esta estrofa del himno. 14
Augustine of Hippo, Quotes, Goodreads, www.goodreads. com/quotes/164594-in-my-deepest-wound-i-saw-your-glory-andit. 15
OCHO EL ESPÍRITU SANTO Y LA SANIDAD A lo largo de este libro, he subrayado que el ministerio de sanidad de Jesucristo no terminó cuando ascendió al cielo. Continúa hoy en la tierra a través de su cuerpo, la iglesia. Nuestro ministerio de sanidad es una participación en el continuo ministerio de sanidad de Jesucristo. No estamos llamados a dirigir, sino a seguir al Sanador. Sin embargo, hasta ahora no he respondido a una pregunta crucial, importantísima: ¿Cómo? El Credo de los Apóstoles dice, respecto a Jesús, que “ascendió al cielo y está sentado a la diestra de Dios”. ¿Cómo, entonces, nosotros, que estamos aquí en la tierra, nos unimos a Jesús, que ha ascendido y está allá en el cielo? Esta pregunta tan importante es el tema central de este último capítulo. Podemos responder a esa pregunta en cinco palabras: a través del Espíritu Santo. Así de sencillo y así de complejo. Nos unimos a Jesús resucitado y ascendido y participamos en su continuo ministerio de sanidad mediante la persona y la obra del Espíritu Santo. El Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, es quien nos conecta con Cristo el Hijo y hace posible el ministerio de sanidad; de hecho, hace posible todo ministerio cristiano. Por eso, al !nal de su ministerio terrenal, sabiendo que pronto partiría, Jesús comenzó intencionadamente a enseñar a sus discípulos sobre la obra del Espíritu Santo. Sabía el papel vital y esencial que el Espíritu desempeñaría pronto en sus vidas. El núcleo de la enseñanza de Jesús está contenido en su Discurso del Aposento Alto, que se encuentra en los capítulos 1317 del evangelio de Juan. Aquí, por primera vez, Jesús se re!ere al Espíritu Santo con un nombre personal único: Paracleto. Ninguna palabra en español es lo su!cientemente amplia como para captar el signi!cado completo de esa palabra griega1 , por lo que los eruditos bíblicos utilizan varias palabras (por ejemplo, “Consolador” [RV]; 125
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“Defensor” [DHH]; “Consolador (Intercesor)” [NBLH]; “Abogado Defensor” [NTV]) al traducirlo al español. En sus enseñanzas, Jesús dejó claro que el Paracleto es distinto de él mismo. Aunque se iba, dijo a sus discípulos, el Paracleto, que es “otro abogado”, vendría para estar con ellos para siempre (Juan 14:16). Pero, al mismo tiempo, el Paracleto es inseparable de Jesús. Aunque no son lo mismo, existe entre ellos una relación única e indivisible. Por ejemplo, Jesús dijo a sus discípulos: “Pero cuando venga el [Paracleto] . . . que yo les enviaré de parte del Padre, él dará testimonio de mí” (Juan 15:26, énfasis añadido). También dijo: “Él [el Paracleto] me glori!cará; porque recibirá de lo mío y les hará saber” (Juan 16:14). Y anteriormente les insistía: “Este es el Espíritu de verdad . . . Ustedes lo conocen, porque permanece con ustedes y está en ustedes. No los dejaré huérfanos; volveré a ustedes” (Juan 14:17-18, énfasis añadido). El erudito del Nuevo Testamento Raymond Brown incluyó un meticuloso estudio de diez páginas sobre el signi!cado de Paracleto en su comentario de dos volúmenes sobre el Evangelio de Juan. Concluyó que cuando Jesús llamó al Espíritu Santo el Paracleto, se refería al “Espíritu Santo en un papel especial, es decir, como la presencia personal de Jesús en el cristiano mientras Jesús está con el Padre”2. Por medio del Espíritu Santo, el Paracleto, nos unimos personalmente a nuestro Señor ascendido. Jesús está en el cielo a la diestra del Padre y, por medio del Espíritu Santo, ¡está presente personalmente en nosotros! Al considerar lo que sucedió el día de Pentecostés, podemos preocuparnos fácilmente por el viento, el fuego y el hablar en lenguas, los tres signos externos presentes cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre los que estaban reunidos en el aposento alto (Hechos 2:1-4). Pero, sobre todo, cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre los discípulos, la presencia personal de Cristo resucitado y ascendido vino a habitar en ellos y a permanecer con ellos. Al describir lo que sucedió el día de Pentecostés, el gran maestro y expositor de la Biblia G. Campbell Morgan (1863-1945) escribió:
El Espíritu Santo y la sanidad |
Entonces, ¿cuál fue la novedad que resultó de la venida del Espíritu? De manera integral, por esa influencia del Espíritu, estos [hombres y mujeres], discípulos, amigos, siervos... fueron hechos verdadera, aunque místicamente, uno con Él en el hecho mismo de su propia vida. Fueron hechos partícipes de la vida de Cristo. Nunca lo habían sido. . . Cuando vino el Espíritu, Su vida real pasó a la vida de ellos. . . Media hora después de Pentecostés, sabían más acerca de Jesucristo de lo que nunca habían sabido . . . ¿Ya no eran sus siervos? Ciertamente Sus siervos, pero ya no enviados por Él, sino que eran los instrumentos mismos de la propia marcha de Jesús. Las manos de ellos se convirtieron en las manos de Él para tocar [a otros] con ternura; los pies de ellos, en los pies de Él para correr en veloces diligencias del amor de Dios; sus ojos, en los ojos de Él, para arder con Su ternura; ellos mismos, parte de Él mismo3 .
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Cuando el Espíritu Santo descendió sobre estos primeros creyentes, Jesús mismo —el Jesús resucitado, ascendido, sentado a la diestra del Padre— cobró vida en ellos. Mediante el Espíritu Santo, ahora estaban conectados con la persona de Jesús, con su carácter y su ministerio. Por eso, en varias ocasiones en el Nuevo Testamento, incluso se hace referencia al Espíritu Santo como el Espíritu de Cristo (Hechos 16:7; Gálatas 4:6; 1 Pedro 1:11). Su propia vida estaba en ellos, tanto que Pablo incluso pudo decir: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20). Además, debido a que Cristo mismo estaba en ellos, estaban siendo conformados a su propia imagen y semejanza (Rom. 8:29). A través del Espíritu Santo, el carácter de Jesús se estaba formando en ellos. Y, a través del Espíritu, el ministerio de Jesús continuaba también por medio de ellos. Ya no eran simplemente apartados por él y comisionados para el ministerio. Más bien, como dijo Morgan, se convirtieron en “los instrumentos mismos de la propia marcha de Jesús”. Por medio del Espíritu Santo, Jesús —resucitado, ascendido y sentado a la diestra de Dios— ejercía ahora su ministerio a través de ellos. Por medio de ellos, Jesús continuaba predicando, enseñando y sanando. Consideremos la obra del Espíritu Santo que nos conecta tanto con el carácter de Jesús como con el ministerio de Jesús, especialmente en lo que se re!ere al ministerio de sanidad.
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EL FRUTO DEL ESPÍRITU Y EL CARÁCTER DE JESÚS
En Gálatas 5:16-26, el apóstol Pablo contrastó las obras pecaminosas de la carne con el fruto que el Espíritu produce en nosotros: “Pero el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio” (Gál. 5:22-23). Según John Stott, este conjunto de nueve virtudes morales parece retratar de manera exhaustiva la actitud del cristiano hacia Dios (amor, gozo, paz), los demás (paciencia, benignidad, bondad) y hacia sí mismo (fe, mansedumbre y dominio propio)4. Sobre todo, pintan un retrato hermoso y completo de una vida semejante a Cristo. Como lo hace notar el erudito del Nuevo Testamento Gordon Fee: “La esencia natural del fruto es la reproducción de la vida de Cristo en la vida del creyente” 5. Igualmente, según Craig Keener: “El fruto del Espíritu es el carácter del Espíritu del Hijo de Dios que vive en nosotros”6 . Usualmente, asociamos el ministerio de sanidad con los dones del Espíritu, no con el fruto del Espíritu. Pero antes de analizar el papel vital que tienen los dones del Espíritu en la sanidad, permítanme explicarles la razón por la que el fruto del Espíritu, o sea, crecer en un carácter semejante a Cristo, es tan importante en la vida de quienes participan en el ministerio de sanidad. En el Sermón del Monte, Jesús enfatizó que “lámpara del cuerpo es el ojo. Así que, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Pero si tu ojo es malo, todo tu cuerpo estará en tinieblas. De modo que, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡cuán grande es esa oscuridad!” (Mat. 6:22-23). Según Jesús, nuestra visión y perspicacia espirituales, nuestra capacidad para discernir y comprender, dependen de nuestro ojo “sano” que está “lleno de luz”. Los ojos malos, que son una mezcla de luz y oscuridad, resultan en una visión que es borrosa, opaca y tenue. Gran parte de lo que sucede en el ministerio de sanidad depende de nuestra capacidad de ver. Cuando comprendemos y discernimos adecuadamente las verdaderas necesidades de una
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persona, sabremos cómo orar por ella. Por eso es tan vital que crezcamos y maduremos en un carácter semejante a Cristo, mediante el crecimiento y la maduración del fruto del Espíritu. Cuanta más luz y menos oscuridad haya en nosotros, más integrados y menos divididos estaremos, y mejor podremos comprender y percibir las necesidades de sanidad de los demás.
Thomas à Kempis, el escritor del gran clásico cristiano La imitación de Cristo, expresó el concepto así: “Cuanto más [nos] hacemos uno contigo y sencillos de corazón, tanto más y mayores cosas [comprendemos] sin esfuerzo, porque de arriba [recibimos] la luz del entendimiento”7 . Eso es exactamente lo que sucede cuando el fruto del Espíritu madura en nosotros y crecemos hasta la madurez en Cristo. Cuanto más sencillos e indivisos seamos, más fácil nos resultará oír la voz de Cristo, discernir su voluntad y penetrar con su visión en el corazón de los demás. Además, nos convertiremos en personas en las que los demás puedan con!ar y sentirse cómodos. Cuanto más madure en nosotros el fruto del Espíritu, más contentos y menos ansiosos estaremos, y más seguros se sentirán los demás a nuestro alrededor. Cuanto más nos transformemos a semejanza de Cristo, más se sentirán atraídos por la presencia tranquila de Jesús que habita en nosotros. Y eso, en sí mismo, puede ser profundamente sanador. LOS DONES DEL ESPÍRITU Y EL MINISTERIO DE JESÚS El Espíritu Santo tiene la misión de hacernos más semejantes a Jesús y de hacer que su carácter se forme profundamente en nosotros. Pero el Espíritu Santo también tiene la misión de atraernos al ministerio permanente de Jesús. Esto sucede a través de la impartición de los dones del Espíritu Santo en nosotros. En los últimos cincuenta años se ha escrito mucho sobre los dones espirituales8 . De!nidos de forma sencilla, los dones espirituales son habilidades especiales para el servicio cristiano otorgados por el Espíritu Santo a través de los cuales Jesús obra para fortalecer, edi!car y empoderar a su cuerpo, la iglesia. En el Nuevo Testamento hay
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cuatro pasajes clave, todos ellos en las cartas de Pablo, en los que se enumeran diversos dones del Espíritu (Romanos 12:6-8; 1 Corintios 12:8-10; 12:28-31; Efesios 4:7-12). Sin duda, los dones mencionados en estos pasajes pretenden ser representativos, no exhaustivos. En ningún lugar pretende Pablo hacer una lista completa de todos los dones concedidos por el Espíritu Santo. En cada caso, sólo menciona algunos, de acuerdo con el tema particular y el enfoque de su carta. Todos los dones son vitales y necesarios en la vida de la Iglesia. Por eso Pablo nos exhortó así: “sigan el amor; y anhelen los dones espirituales” (1 Cor. 14:1, énfasis añadido). De los veintiún dones mencionados en estos cuatro pasajes, los siguientes son particularmente importantes para el ministerio de sanidad: profecía (Rom. 12:6; 1 Cor. 12:10, 29; Ef. 4:11), exhortación (Ro. 12:8), misericordia (Rom. 12:8), palabra de sabiduría (1 Cor. 12:8), palabra de conocimiento (1 Cor. 12:8), fe (1 Cor. 12:9), sanidad (1 Cor. 12:9, 28), hacer milagros (1 Cor. 12:10, 29) y discernimiento de espíritus (1 Cor. 12:10). A veces se les ha llamado “los dones de sanidad del Espíritu”. Aunque estos dones no están de!nidos explícitamente en el Nuevo Testamento, si lees los diversos libros escritos sobre los dones espirituales, encontrarás de!niciones tentativas útiles en muchos de ellos. El ya fallecido Dr. Kenneth Kinghorn, mi profesor de seminario y posteriormente colega en el Seminario Teológico Asbury durante muchos años, enseñó y escribió varios libros excelentes sobre los dones espirituales. Aquí están las de!niciones que ofrece en !e New Testament Gifts of the Holy Spirit (Los Dones del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento): • Profecía: aplicar la revelación bíblica con claridad y poder como luz y verdad para el presente. • Exhortación: consolar y animar a otros, utilizando los ministerios de comprensión compasiva y consejo bíblico para causar actitudes y acciones correctas. • Misericordia: percibir las necesidades de los demás, sentir simpatía, mostrar alegremente compasión y dar consuelo.
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• Palabra de sabiduría: recibir una iluminación asistida por el Espíritu que le permita a uno comprender y compartir el sentir del Espíritu Santo en una circunstancia especí!ca. • Palabra de conocimiento: conocer un hecho o circunstancia basados en la iluminación directa del Espíritu Santo.
• Fe: la capacidad dada por el Espíritu para creer que, debido a que Dios es capaz de hacer obras maravillosas, podemos con!ar en que Él las realizará en respuesta a la oración y la fe. • Sanidad: hacer oraciones de fe que traen la sanidad de Dios a cuerpos, almas y relaciones enfermas, frágiles o desordenadas. • Milagros: con!ar en que Dios obra de forma sobrenatural en las personas y las circunstancias, especialmente sanando, liberando de espíritus malignos y librando de peligros. • Discernimiento de espíritus: percibir si un maestro o una acción propuesta procede de una fuente divina, de una fuente humana o de una fuente maligna.9 Ahora bien, no estoy sugiriendo que para participar en el ministerio de sanidad tengas que hacerlo utilizando todos estos dones. Pero las personas que se sienten atraídas y participan regularmente en el ministerio de sanidad, generalmente actuarán con algunos de ellos. Esta es una de las principales razones por las que pre!ero dedicarme a la oración de sanidad con un equipo de personas (yo mismo junto con una o dos personas más). Los otros miembros del equipo suelen actuar con dones que yo no suelo ejercer, y viceversa. Cuando hay una gama más amplia de dones de sanidad presentes, como equipo somos capaces de ministrar a alguien mucho más fructífera y efectivamente. ¿Cómo se relacionan estos dones particulares del Espíritu con el ministerio de sanidad continuo de Jesús? Piénsalo así: los dones de sanidad del Espíritu nos permiten sentir con el corazón de Jesús (misericordia), ver con los ojos de Jesús (palabra de sabiduría,
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palabra de conocimiento, discernimiento de espíritus), hablar con la boca de Jesús (profecía, exhortación, fe) y tocar con las manos de Jesús (sanidad, milagros). A través de estos dones que el Espíritu Santo nos concede “como él quiere” (1 Cor 12:11), Jesús resucitado y ascendido al cielo continúa su ministerio de sanidad hacia las personas en la tierra. Esto signi!ca que debemos orar por la unción del Espíritu Santo y la impartición de los dones de sanidad del Espíritu mientras ministramos a las personas. Sin la unción y los dones del Espíritu y abandonados a nuestros propios recursos humanos y habilidades, nunca seremos capaces de hacer el trabajo. El apóstol Pablo exhortó al joven Timoteo a “avivar el fuego del don de Dios que hay en ti” (2 Tim 1:6). Ora, pues, para que los dones que el Espíritu te ha concedido se aviven por el bien de quienes necesitan el toque sanador de Cristo. Además, debemos esforzarnos por administrar y desarrollar los dones que hemos recibido. En la parábola de Jesús sobre los talentos (Mateo 25:14-30; Lucas 19:11-27), eso es lo que el amo elogió a los dos siervos buenos y !eles. Invirtieron lo que se les había dado y se multiplicó. Por eso, a medida que descubres tus dones espirituales, debes estudiar y aprender todo lo que puedas sobre ellos, leer libros sobre el tema, asistir a talleres y seminarios, e informarte sobre los peligros asociados a ellos. Por encima de todo, busca a personas que tengan dones similares, especialmente a aquellas que sean más sabias y tengan más experiencia que tú. Pregúntales si estuvieran dispuestos a ser tus mentores. EL ESPÍRITU SANTO EN EL MINISTERIO DE JESÚS Y EL NUESTRO ¿Empiezas a comprender el papel vital e indispensable que desempeña el Espíritu Santo en el ministerio de sanidad? Sin el Espíritu Santo obrando en nosotros, cultivando frutos y otorgando dones, el ministerio de sanidad de Jesús a través de nosotros no tendrá lugar. Así de simple y sencillo.
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De hecho, sin la obra del Espíritu Santo, el mismo Jesús no habría podido llevar a cabo su ministerio terrenal. A lo largo de su ministerio, dependió del Espíritu Santo, quien descendió sobre él cuando fue bautizado en el Jordán por Juan (Lucas 3:21-22) y permaneció con él (Juan 1:33) durante toda su vida. Es signi!cativo que Jesús no realizara obras poderosas ni obras de sanidad antes de que el Espíritu Santo viniera sobre él. Por supuesto, Jesús tuvo una relación con el Espíritu Santo desde el momento de su concepción. En palabras del Credo de los Apóstoles, fue “concebido por el Espíritu Santo”. Pero algo le sucedió el día de su bautismo —la llenura y unción del Espíritu— que profundizó y expandió esa relación. El ya fallecido teólogo Colin Gunton sugirió que Jesús “entró en una nueva forma de relación con el Espíritu” 10. Por consiguiente, Jesús, estando “lleno del Espíritu Santo” (Lucas 4:1), pudo vencer la tentación en el desierto (Lucas 4:113) y luego salir a predicar, enseñar y sanar con autoridad y poder. Como declaró en la sinagoga de Nazaret, su ciudad natal, citando las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres. . . a pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos” (Lucas 4:18). Más tarde, el apóstol Pedro, mientras predicaba a los gentiles en la casa de Cornelio, enfatizaría: “cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret” y “cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo” (Hechos 10:38). Sencillamente no hay manera de explicar el ministerio de sanidad de Jesús aparte de su relación con el Espíritu Santo. Lo mismo cabe decir de los líderes de la Iglesia apostólica. Cristo resucitado les ordenó que esperaran el derramamiento del Espíritu Santo prometido (Lucas 24:49; Hechos 1:4-8) antes de emprender su obra. Diez días después, en el día de Pentecostés, todos fueron “llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2:4) y comenzaron a ministrar con denuedo, poder y autoridad para sanar. A lo largo de los Hechos, Lucas describe a varios líderes de la Iglesia como llenos del Espíritu Santo (4:8; 6:3, 5; 7:55; 9:17; 11:24; 13:9) como si fuera un requisito
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esencial para el ministerio. Por supuesto, esto lleva a preguntarnos: si era un requisito esencial para ellos, ¿no lo es también para nosotros? ¿Qué signi!ca ser llenos del Espíritu Santo? Aunque es una metáfora espacial, ser lleno del Espíritu no tiene que ver realmente con el espacio, como llenar un vaso de agua. Esencialmente, esta metáfora describe una forma más profunda de relación con el Espíritu Santo caracterizada por la entrega y la rendición al Espíritu, que profundiza y amplía nuestro amor a Dios y a los demás. Por supuesto, todos los creyentes tienen una relación con el Espíritu Santo. En el momento de la conversión “reciben el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38) y “nacen del Espíritu” (Juan 3:5-8). Sin embargo, el Espíritu Santo, aunque está presente en todos los creyentes, no es preeminente. Si bien es residente en todos, el Espíritu no es presidente. Por eso Pablo exhorta a los creyentes que ya han sido “sellados” con el Espíritu y tienen una relación con el Espíritu Santo (Ef. 1:13) a que sean llenos del Espíritu Santo (Ef. 5:18). Cuando esto sucede, nos sentimos atraídos tanto por el carácter de Jesús (frutos del Espíritu) como por el ministerio de Jesús (dones del Espíritu) de una manera más profunda, rica, poderosa y expansiva. SEAN LLENOS DEL ESPÍRITU Concluyo este capítulo !nal invitándoles a ser llenos del Espíritu. Muchas personas que he conocido personalmente y muchos que han escrito sobre la sanidad, también insisten en la necesidad de ser llenos del Espíritu. De hecho, a menudo señalarán su propia experiencia profunda de la plenitud del Espíritu como el momento en que empezaron a experimentar una pasión y una unción por el ministerio de sanidad que nunca habían conocido. Nunca olvidaré cuando esto sucedió en mi propia vida. Tenía treinta y tantos años y estaba en un punto en el que me sentía cada vez más insatisfecho con el nivel de rendimiento y poder que estaba experimentando en el ministerio. Otras personas habrían pensado que me iba bastante bien, ya que era profesor de teología en el Seminario Teológico Asbury. Pero no estaba satisfecho. Muy a
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menudo me sentía incapaz de “hacer bien el trabajo de ministrar a los demás para llevarlos a la presencia de Cristo”.
Al mismo tiempo, además de enseñar en el seminario, estaba pastoreando en una pequeña iglesia rural los !nes de semana. Un domingo estaba conduciendo a casa después de dirigir el culto, sintiéndome muy desanimado y derrotado. De repente, rompí a llorar: “Jesús”, clamé, “tiene que haber algo más que esto. Quiero conocer más de ti, más de tu carácter y más de tu ministerio. Quiero saber realmente lo que signi!ca colaborar contigo mientras ministras a otros a través de mí”. En mi angustia, el Señor vino y me animó: “Steve”, me susurró, “eres como un piloto en un pequeño avión de dos plazas intentando despegar. Logras que el avión se eleve unos metros, pero luego fallas, pierdes potencia y vuelves a caer en la pista. Pero no te rindas, sigue adelante. No te desanimes. Quiero hacer más por ti. Steve, voy a enseñarte a volar y algún día volarás como un águila”. Aproximadamente un año después, lo que Jesús me dijo aquel domingo empezó a hacerse realidad. Me sacó de la pista y empecé a aprender a volar. Desde entonces, he experimentado un nivel de aventura, poder y fecundidad en el ministerio que nunca había conocido. Cada vez se trataba menos de mi ministerio y más, a través del Espíritu Santo, de unirme a Jesús en su ministerio. Eso es lo que me llevó al ministerio de la sanidad. En la última década, he ido descubriendo más sobre “volar como un águila”. Estoy aprendiendo que, como un águila, sólo tengo que desplegar mis alas , no batirlas, y el viento del Espíritu me impulsará y hará el resto. Estoy aprendiendo a levantarme y ministrar desde su reposo, que es mucho más poderoso que nuestro trabajo. Si Jesús te está llamando a unirte a él en su ministerio de sanidad, quiere llenarte del Espíritu Santo y ungirte para que Él pueda llevar a cabo su ministerio a través de ti. Ahora mismo, sin embargo, puede que te esté llamando a hacer lo que hicieron los discípulos antes de Pentecostés: esperar y dedicarte a la oración hasta que seas investido con el poder de lo alto.
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El gran misionero E. Stanley Jones solía decir que “a menos que el Espíritu Santo nos llene, el espíritu humano desfallece”11 . Tal vez, al igual que yo, algunos de tus recientes fracasos en tus esfuerzos por servir a Cristo te han hecho dolorosamente consciente de ello. Como nunca, te das cuenta de que, sin el Espíritu Santo, jamás podrás unirte a Jesús en el ministerio de sanidad al que te llama. Al igual que los discípulos, tienes que demorarte y esperar. Tienes que pedir a Cristo resucitado y ascendido que envíe el Espíritu Santo sobre ti y te llene. Si es así, no tengas prisa. Dedícate a orar. Busca a otros que oren contigo. Camina en obediencia. Escudriña tu corazón. Mientras oras, pídele a Jesús que aumente tres cosas en ti. Primero, pídele que aumente tu deseo de tener más de Él y más de la plenitud del Espíritu Santo. “Antes de que podamos ser llenos del Espíritu”, escribió A. W. Tozer, “el deseo de ser llenos debe consumirlo todo. . . El grado de plenitud en cualquier vida concuerda perfectamente con la intensidad del verdadero deseo. Tendremos tanto de Dios como realmente queramos”12 . Al hablar del Espíritu, Jesús mismo dijo: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba” (Juan 7:37, énfasis añadido). Pídele al Señor Jesús que te dé sed aumentando tu deseo de recibir más del Espíritu Santo. En segundo lugar, pídele a Jesús que aumente tu voluntad de rendirte y ceder el control. Richard Neuhaus tenía razón: “Es nuestra determinación de ser independientes, teniendo el control, lo que nos hace inasequibles a Dios”13 . Para experimentar más la presencia del Espíritu en nuestras vidas, necesitamos renunciar a las áreas de nuestra vida en las que insistimos en ser “independientes, teniendo el control”. ¿En qué parte de tu vida el yo necesita ser destronado y Cristo entronizado? ¿Tienes áreas de dolor y heridas sin sanar donde te aferras a la ira, la amargura y la falta de perdón? Pídele al Señor que te vacíe de todo aquello que impide que el Espíritu Santo tenga el control. Pídele que aumente tu voluntad de entregarle todo a Él. En tercer lugar, pídele a Jesús que aumente tu fe en su promesa y en la promesa del Padre celestial de darte el Espíritu Santo. Jesús describió esta promesa del Padre cuando dijo: “Pues si ustedes, siendo malos, saben dar buenos regalos a sus hijos, ¿cuánto más su Padre
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celestial dará el Espíritu Santo a los que le piden?” (Lucas 11:13). Al pedirle que nos llene de su Espíritu Santo, podemos estar seguros de que el Padre quiere dar más de lo que nosotros queremos recibir. El Padre dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan. No tenemos que vencer ninguna mezquindad ni su reticencia a llenarnos del Espíritu. Solo necesitamos aferrarnos a su disposición a dar.
¡Y también la disposición de Cristo el Hijo! Él mismo les dijo a los discípulos: “Les conviene que me vaya. . . Y si yo voy, se lo enviaré [el Espíritu Santo]” (Juan 16:7). “He aquí yo enviaré el cumplimiento de la promesa de mi Padre sobre ustedes” (Lucas 24:49). Cuando Jesús ascendió, fue exaltado al lugar donde se unió al Padre en el envío del Espíritu Santo. Como Pedro declaró en su sermón de Pentecostés: “Así que, exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que ustedes ven y oyen” (Hechos 2:33). El corazón del Padre anhela que experimentes la persona, el poder y la presencia del Espíritu Santo. Y el Hijo, con su vida, muerte, resurrección y ascensión, ha realizado todo lo necesario para que eso suceda. Pide que aumente tu fe y con!anza en la promesa del Padre y del Hijo de derramar el Espíritu sobre ti. Apóyate en sus promesas. Dedícate a la oración como hicieron los discípulos. Pide a Cristo ascendido que envíe el Espíritu Santo sobre ti para que puedas unirte a él y participar en su ministerio de sanidad. Pídele que intensi!que tu deseo, profundice tu entrega y aumente tu fe. Persevera en la oración. Clama como Jacob cuando luchó toda la noche con el ángel: “No te dejaré, si no me bendices” (Gén. 32:26). Puedes estar seguro de que el Señor Jesús te bendecirá si lo haces. Él te dará el Espíritu Santo. Él te bendecirá para que al llevar a cabo su ministerio de sanidad a través de ti, te conviertas verdaderamente en una bendición para las demás personas.
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Endnotes
1 He adaptado parte del material de este capítulo de mi libro !e Unseen Real (Franklin, TN: Seedbed, 2016), 122-24. 2 Raymond Brown, !e Gospel according to John, XIII– XXI (Garden City, NY: Doubleday, 1970), 1139, énfasis añadido. 3 G. Campbell Morgan, !e Acts of the Apostles (New York: Revell, 1924), 30–32. 4 John R.W. Stott, !e Message of Galatians (London: InterVarsity Press, 1968), 148. 5 Gordon Fee, Paul, the Spirit, and the People of God (Peabody, MA: Hendrickson, 1996), 114. 6 Craig S. Keener, Galatians (Cambridge UK: Cambridge University Press, 2018), 260. 7 Thomas à Kempis, !e Imitation of Christ, trans. E. M. Blaiklock (London: Hodder & Stoughton, 1979), 26. 8 He aquí tres libros sobre los dones espirituales que me han resultado especialmente útiles: Kenneth C. Kinghorn, !e New Testament Gifts of the Holy Spirit (Los dones del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento) (Lexington, KY: Emeth, 2005); Sam Storms, Understanding Spiritual Gifts: A Comprehensive Guide (Comprendiendo los dones espirituales: una guía completa) (Grand Rapids: Zondervan Reflective, 2020); y C. Peter Wagner, Your Spiritual Gifts Can Help Your Church Grow (Sus dones espirituales pueden ayudar a hacer crecer su iglesia) (Grand Rapids: Chosen, 2017). 9 Kinghorn, New Testament Gifts of the Holy Spirit, 28–51. Usado con permiso. 10 Colin Gunton, !e Promise of the Trinity (Edinburgh: T&T Clark, 1991), 37.
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11 Citado en John Akers, John Armstrong y John Woodbridge, !is We Believe (Grand Rapids: Zondervan, 2000), 147. 12 A. W. Tozer, !e Divine Conquest (Old Tappan, NJ: Revell, 1950), 124 (énfasis en el original). 13 Richard J. Neuhaus, Death on a Friday Afternoon (New York: Basic Books, 2000), 90.
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