153 Otros títulos
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El tiempo de Ayotzninapa
Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos Augusto Zamora
La noche del 26 al 27 de septiembre de 2014 ocurrió un hecho crucial en la historia reciente de México, con la desaparición forzada de 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero, y el asesinato de seis personas más, tres de ellas estudiantes. El 2 de marzo de 2015 empezó su trabajo el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independiente (GIEI) designado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para la investigación del caso, de acuerdo con los representantes de las víctimas y del Estado mexicano. El GIEI trabajó en el país durante dos periodos de seis meses cada uno, y en ese tiempo publicó dos voluminosos informes. Este libro está escrito por uno de los integrantes del GIEI, un testigo. Es una historia desde el corazón de lo vivido, que parte de una experiencia y de una reflexión sobre lo que supone meter las manos en el dolor de las víctimas y el trabajo en un país como México, para contribuir de forma efectiva a la resolución del caso. En sus páginas se describen los avances en la investigación, que fue posible por la colaboración de las víctimas, de sus representantes y de funcionarios comprometidos, pero también los numerosos obstáculos que fueron apareciendo por el camino. Con un estilo que permite al lector ser partícipe en todo momento de la evolución de los hechos y también del estado emocional del autor y de los principales implicados, se adentra en uno de esos acontecimientos históricos que marcan la vida de un pueblo, como es la herida abierta de Ayotzinapa.
9 788416 842063
w w w. f o c a . e s
FOCA
ISBN 978-84-16842-06-3
Carlos Martín Beristain es médico y doctor en Psicología y un veterano investigador de las violaciones de derechos humanos en América Latina y otras regiones del mundo, así como referente en la atención psicosocial a las víctimas. Además de perito para la evaluación médica y psicosocial en varias ocasiones ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, ha trabajado como asesor sobre víctimas en diversos casos de la Corte Penal Internacional. Fue coordinador del informe Guatemala: nunca más y asesor de las comisiones de la verdad de Perú, Paraguay y Ecuador. Además de numerosas publicaciones en revistas especializadas y de su participación en obras colectivas, entre sus libros figuran Historias de andares (2012), Diálogos sobre la reparación: ¿qué reparar en los casos de violaciones de derechos humanos? (2010), Manual psicosocial de investigación en derechos humanos (2010) o Reconstruir el tejido social: un enfoque crítico de la ayuda humanitaria (1999).
Este libro ha sido impreso en papel ecológico, cuya materia prima proviene de una gestión forestal sostenible.
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ido soltándose esta mañana para hablar, pasando del silencio con el que empezamos al relato de tantos detalles que te llevan de su mano. Es la primera vez que han vuelto al lugar del horror, una manera de hacer algo con todo eso vivido. Ricardo Falla, un jesuita antropólogo guatemalteco que hizo las primeras investigaciones sobre las masacres en Guatemala, decía que los testigos querían hablar y contar los detalles, porque querían ayudar al investigador a descubrir la verdad. Hablar duele, pero es distinto cuando tiene sentido. Laboratorio de ideas, Ayotzinapa Esta sala ha decidido ser nuestro laboratorio. Convocamos a los padres y madres y a los jóvenes sobrevivientes. Se trata de establecer un diálogo. Todas las formas de violencia vienen con su forma de justificación. Cuando se trata al otro como objeto de desprecio, o cuando no se hace nada por salvar la vida, se necesita construir una historia que le dé sentido. La narrativa de los hechos incluye las preguntas controvertidas y las dejadas caer con otras intenciones. Una de ellas habla de a quién se le ocurrió enviar a los jóvenes de Ayotzinapa a Iguala. Ése tendría la culpa de todo. En estas tierras también hay chivos expiatorios; quizá más que en ningún otro lugar, porque, cada vez que sucede un hecho trágico, en México los diarios anuncian la explicación que dan las autoridades para dejar las cosas más o menos tranquilas. Esas explicaciones casi siempre culpabilizan a la víctima o a los cercanos, o atribuyen la responsabilidad a hechos sin control. Así sale el sol y se oculta en la tarde, y las noticias se acaban en unos días. La historia reciente de México está llena de casos así. Ésa es una culpabilización que viene de fuera. Esta mañana tratamos de responder a algunas preguntas que vienen de dentro. Las víctimas también tienen necesidad de encontrar un sentido a lo sucedido. Cuando la impunidad lo ocupa todo, la culpa se invierte y pasa a las víctimas, o a sus allegados. 51
Esta mañana tenemos que abordar un conflicto, o varios. Los papás y las mamás sienten que no saben por qué pasó todo, y buscamos en este espacio respuestas entre la incertidumbre. Sesenta padres y madres, y unos treinta chavos, estamos presentando nuestros propios porqués. Después de una breve explicación de para qué hacemos esto hoy, cómo vamos a trabajar y de que todos estén de acuerdo, pasamos a la acción. Acción en este caso consiste en que las cosas que están en el corazón puedan ir saliendo. El primero que se atreve es don Mario. Él saca sus palabras de padre a veces afiladas, porque, cuando no se entienden las cosas, todo termina más en punta. —¿Por qué fueron esa noche a Iguala? ¿A quién se le ocurrió ir tan tarde? —¿Por qué fueron sólo los de primero? Ustedes no nos dijeron la verdad al principio. Todas esas cosas surgen de palabras malheridas y buscan un lugar en el papelógrafo donde Alejandro escribe tratando de objetivar los problemas. Como las cosas vienen también con sus matices, toca dejar los tonos al lado y centrarnos en los problemas. Las palabras así escritas se convierten en algo un poco más objetivo. Y cuando las cosas convocan tantas emociones, conviene no negarlas, pero tampoco dejarse llevar por ellas. Los chavos toman la palabra. Explican, y para ello van un poco hacia atrás, por qué decidieron ir a Iguala ese día si no pensaban hacerlo. Cuentan cómo fueron a Chilpancingo y no pudieron tomar autobuses, los detalles y las vicisitudes, el azar de los hechos y las cosas que les llevaron a tomar decisiones para seguir adelante. Nada hacía presumir que hubiera peligro, al menos ese peligro que se abalanzó sobre ellos para devorarlos. La llegada a Iguala fue una circunstancia que terminó siendo una condena. Nada de eso estaba planificado. Los jóvenes explican cómo se quedaron en las afueras, y de ahí por qué fueron al centro, y de ahí por qué tomaron esos buses, y de ahí todo lo demás que pasó. También explican que días antes fueron otros a tomar buses y esa tarde les tocó a los de primero. 52
Las explicaciones ayudan a poner las cosas en algún sitio, ya no andan tiradas por el suelo. Las preguntas vienen y van. Los jóvenes responden con paciencia, a veces con silencio donde encuentran palabras que les duelen. El dolor hay que sacarlo; si no, no hay manera de vivirlo. Y este dolor ha sido vivido juntos. Claro que cada uno tiene su impacto y su historia. Los jóvenes reconocen que no hablaron con los familiares cuando tenían que haberlo hecho. También que no encontraron la manera de hacerlo. No sabían cómo explicar lo que no tiene palabras. Y trataron, a veces, de consolar sin tener certezas. O evitaban centrarse en cosas que podrían resultar conflictivas. La palabra viene y va entre los pupitres y la tarima. De vez en cuando, a mí me toca también tomarla para ir clarificando, para ir tratando de explicar por qué, en tantas cosas, no hay una última palabra. Esta mañana intentamos volver la incertidumbre más pequeña. En un momento, Doña Ana dice: —¿Por qué no está aquí Carrilla? Él estuvo allá y vio todo, queremos verlo. Los jóvenes salen a buscarlo. Ha estado en muchas de las actividades, aunque a veces no quiere hablar demasiado, en una mezcla de timidez y de impacto. Por fin llega. Ahora él es el centro de todo. Doña Ana de nuevo le pregunta. Entonces él, después de un silencio, comienza a hablar. Y cuenta la historia que todos saben, de cómo llegaron hasta allá. Pero no conocen los detalles que hace unos días él nos contó. Cómo se bajó del bus Estrella de Oro 1568, cuando los tres autobuses fueron parados por delante y por detrás en medio de disparos de armas de fuego. Él habló con Cochiloco y decidió bajar. Pero no bajó solo, sino con el extintor de incendios. Mientras le disparaban con armas largas, él lanzaba espuma hacia los policías, que no les llegaba siquiera algunos metros cerca. Sintió un gran dolor en el brazo, soltó el extintor y subió corriendo al autobús en medio de un reguero de sangre. La sangre que se encontró después en ese autobús es toda suya. O casi. Porque había otro herido, aunque él no llegó a ver si era grave o no. 53
Después los bajaron a todos del autobús. Los fueron golpeando. Los tumbaron en la acera, uno al lado del otro, así, en fila. Él quedó en una esquina. Cuando miraba a los policías, le golpeaban con la culata de su arma. Uno que otro discutió sobre si matarlo ya, porque estaba herido. En eso llegó la ambulancia. En esos segundos que se toman decisiones, esta vez la moneda cayó del otro lado y Carrilla fue llevado por la ambulancia. Había demasiados testigos. Así se salvó. Relata esta historia y la respiración deja de oírse en esta sala. Y las preguntas, y las heridas, dejan paso al silencio. Algunos padres y, sobre todo, algunas madres preguntan por sus hijos, si vio a tal o a cual, dónde estaba, cómo estaba, si estaba herido, si le dijo algo. En esta sala se hizo una atmósfera de respeto. Éste es el punto al que nunca supe si se podría llegar; el punto para generar dialogo y empatía. De repente los padres y madres empezaron a ver en Carrilla no a alguien que sobrevivió, sino a alguien que estuvo allá, como si uno de sus hijos les estuviera hablando de lo que pasó. En ese diálogo, una espiral de reconocimiento. Ya no había que tomar notas en el papelógrafo, ya lo importante no era focalizar la tarea, evitar las descalificaciones o bajar el tono de las emociones para hablar de verdad de lo que nos duele. Todos volvimos ahí con Carrilla y ese silencio fue el mejor tratamiento para esa herida.
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capítulo iII El basurero y otras historias contadas
«Ring.» El teléfono suena y me saca de la ducha. Es antes de tiempo, así que debe haber alguna urgencia. Ángela, al otro lado de la línea, me convoca. —Descubrí algo muy importante, mucho. Tengo que contártelo ya. Así que el desayuno se acelera. Cuando bajo, ella ya está con la computadora en la mesa; tiene un CD. Por fin apareció el vídeo de la Central Camionera que no existía en el expediente. Los milagros de la insistencia. Hay cuatro cuadrantes en la pantalla, pero sólo uno funciona. —¿Ves? Los chavos no dicen la verdad. Ésta es la cámara de la Central. En ella se ve llegar dos autobuses que se quedan fuera. Los jóvenes se bajan, se suben la camiseta a la cara para que no se les reconozca y entran. Al cabo de dos minutos salen dos buses más, o sea, ya son cuatro. La incertidumbre de la situación y la insistencia de la versión oficial te hacen dudar de todo. La duda es la energía de la investigación, pero también sabe corroer las entrañas. —No puede ser —le digo—, los chavos nos dijeron la verdad, estoy seguro. Alejandro y yo entrevistamos a siete de los que iban en un quinto autobús que nos dijeron que era de la empresa Estrella Roja. Contrastamos la información en grupo y luego en algunas entrevistas individuales. Todo coincide, y hemos confirmado detalles que de otra manera no se abrazarían. —Ángela, los chavos dicen la verdad sobre los buses. —Pero aquí está la prueba de que no, no seas ingenuo. 93
Me peleo con la desconfianza. Supongo que son dos maneras de trabajar. Los fiscales acostumbran a desconfiar de todos, es su manera de descubrir. Para quienes trabajamos con las víctimas, el método es la confianza. Eso no quiere decir que no contrastemos la información; en este caso lo hemos hecho y todo coincide. El desayuno espera hace tiempo. Eulogio, el mesero que siempre trae más café o té a cada rato, se ha quedado durante esta discusión sin trabajo. En un momento pierdo la paciencia. —Que no, Ángela, que no es así. Con mi golpe en la mesa, retumban las cucharillas. No quise darle tan fuerte, pero Ángela es tozuda y yo también. Con el segundo manotazo de protesta, también la computadora se ve afectada. De repente la vista se le nubla a la pantalla. De las líneas que se cruzan, como cuando la televisión se estropea, aparecen otros dos cuadrantes encendidos. —¡Dios! … [click] Aquí se ve otra cámara interior, y otra en la que aparecen los andenes donde parquean los autobuses. No damos crédito a nuestra suerte. Los jóvenes llegan cuando ya la puerta del otro bus está abierta, y los que se habían quedado encerrados muertos de miedo y que habían avisado a sus compañeros, salen a encontrarse con los suyos. Mientras, los que llegan buscan otros buses que tengan chofer para cumplir por fin con su objetivo. Ahí se llevan dos. Hasta ahí, lo que ya sabemos, pero visto desde dentro. Al salir de la pantalla, desde la izquierda, se ve llegar algunas piedras que rompen un vidrio del bus donde los jóvenes fueron encerrados. Su forma de venganza, supongo. Al lado de ese cuadrante otra imagen parece fija; no pasa nada, más que al fondo un autobús se mueve y sale, pero no es de normalistas. De repente, cuando está para terminarse la grabación, otro aparece, se suben unos jóvenes y sale de la estación. Ésta es la parte de atrás de la Central Camionera. O sea, exactamente lo que los jóvenes contaron. Ahí se ve salir el quinto bus, ese que no está registrado en el expediente. Y lo que no existe en el expediente, no es. 94
Miramos las imágenes absortos. Pasamos el vídeo una y otra vez. Esto es lo que se llama una prueba. A lo largo del tiempo, andamos en su búsqueda. Teléfonos, vídeos, documentos, cosas que se pueden tocar. Aunque los testimonios de los chavos eran tan contundentes que casi tenían materia. Aquí la materialización del vídeo es la que te golpea. Nos miramos a los ojos. —¿Ves lo que te conseguí? —dice ella, tan sorprendida como yo. —¿Ves lo que te dije? —digo yo. Pasamos el vídeo, una y otra vez. En los andenes se ve cómo los jóvenes buscan otros buses. También cómo algún responsable de la empresa llama por teléfono. Hay algunos trabajadores de la Central paseando tranquilamente. Pero nos fijamos sobre todo en los detalles de ese quinto bus: la marca, el número de jóvenes, la hora de la salida. El vídeo nos pone el contador del tiempo: 21:21. Abrazos y abrazos. Cuando encuentras algo que cambia las cosas, la esperanza de avanzar se toca con las manos. La competición cooperativa deja paso al desayuno, ahora sí. —Eulogio, más café. La mente criminal. 5:00 Salimos para Cocula en este día de mayo. El operativo para llegar al territorio promete ser grande. Eso avisa. Mientras vamos llegando, el desayuno espera a mitad de camino. Este paradero es un lugar que pasa de estar vacío algunos días a lleno a rebosar otros, especialmente los fines de semana. Mesas y mesas y mesas por doquier, en estos dos pisos que sacian a bocanadas tanta hambre. Aquí el desayuno es carne, enchiladas y otros derivados digestivos de la comida mexicana para empezar el día. Vamos a hacer trabajo de campo, pero no vamos al campo a trabajar, aunque la especialidad es carne matinal. Hoy se trata de ver y dejarse tocar. Juntar lugar e historia. Poner ésta en su paisaje y ver qué sale de ahí. 95