En defensa de la democracia
José Woldenberg
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Primera edición en Cal y arena: 2019
Portada: Fernando Montoya
© 2019, José Woldenberg © 2019, Nexos Sociedad Ciencia y Literatura, S. A. de C. V. Mazatlán 119, Col. Condesa, Alcaldía Cuauhtémoc Ciudad de México, 06140.
ISBN: 978-607-8564-22-4
Reservados todos los derechos. El contenido de este libro no podrá ser reproducido total ni parcialmente, ni almacenarse en sistemas de reproducción, ni transmitirse por medio alguno sin el permiso previo, por escrito, de los editores.
IMPRESO EN MÉXICO
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Índice
IntroduccIón ............................................................................... 11 Lo que va de ayer a hoy ............................................................15 antes de 2018: Los nutrIentes deL maLestar y La IzquIerda Lo que requiere nuestra incipiente democracia .............................23 La democracia para un México social o las fuentes del desencanto ...........................................................................37 Poder y desigualdad ...............................................................................57 La perspectiva de la democracia ...........................................................65 Liberalismo e izquierda..................................................................89 eL 2018 y su secueLa Hacia el 2018: malestar, fragmentación, incertidumbre ..............103 El malestar y su explotación ........................................................127 Pragmatismo y personalismo en el centro, ¿un nuevo sistema de partidos?...............................................131 Los retos del sistema político.......................................................151 En defensa de la democracia ........................................................165
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reseñas que ayudan Democracias bajo acoso ................................................................191 Razones y sinrazones del desencanto democrático ......................197 Cómo mueren las democracias ....................................................211
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Para Blanca
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Introducción
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ste libro tiene como preocupación fundamental:
la pervivencia (y ojalá robustecimiento) de nuestro germinal régimen democrático. Porque como toda edificación humana la democracia puede fortalecerse, reblandecerse e incluso desaparecer para dar paso a fórmulas autoritarias. Reúne textos escritos entre 2014 y 2019. En 2014 el diario La Jornada cumplió treinta años y Lourdes Galaz me solicitó un breve texto de balance político sobre esa época para el anuario del periódico. El resultado fue “Lo que va de ayer a hoy”. Creo que es útil como introducción porque de manera sintética expone mi visión de los cambios democratizadores que vivió el país1. El segundo capítulo, “Antes de 2018: los nutrientes del malestar y la izquierda” reúne artículos en los que se llamaba la atención sobre los ingentes retos que afrontaba nuestra inicial y contraheSe trata de una síntesis apretada –quizá demasiado– de ideas que he expuesto en por lo menos tres libros: Historia mínima de la transición democrática (El Colegio de México, 2012), La democracia como problema (El Colegio de México, 2015) y sobre todo La mecánica del cambio político en México escrito conjuntamente con Ricardo Becerra y Pedro Salazar (Cal y Arena, 2000). 1
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cha democracia. Resultaba claro que el descrédito progresivo de las instituciones y sujetos que la hacen posible no podía presagiar nada bueno. Ello, desde mi muy particular punto de vista, reclamaba de una izquierda capaz de comprometerse al mismo tiempo con el fortalecimiento de la incipiente democracia y con la necesidad de políticas que atendieran la desigualdad, la exclusión y la discriminación que modelaban y modelan nuestras relaciones sociales, al tiempo que reorientaba la política económica. Si hubiese que ponerle un adjetivo ése esfuerzo sería el de asimilar la tradición socialdemócrata, la que mejor ha logrado conjugar los dos grandes valores que puso en marcha eso que llamamos modernidad: la libertad y la igualdad. El tercer capítulo, “El 2018 y su secuela”, reúne textos que intentan contribuir a una discusión sobre el rumbo del gobierno que apenas inicia. La preocupación central es que a nombre de la búsqueda de una presunta equidad (que por supuesto es más que necesaria) se erosione (o peor aún se liquide) lo poco o mucho que el país ha avanzado en términos democráticos. Son reacciones “al bote pronto” que por lo menos desean visibilizar preocupaciones que (creo) no son solo mías. El libro se complementa con tres reseñas que pueden resultar útiles. Una, sobre el importante Informe presentado por idea Internacional sobre el estado de las democracias en el mundo (2018); la segunda, sobre un conjunto de textos publicados en Andamios. Revista de investigación social de la uacm (2017) que en su sugerente título ponen el dedo en una llaga abierta: “Razones y sinrazones del desencanto con la democracia”; y la tercera sobre el libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Como mueren las democracias (2018). 12
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Se trata de textos redactados con una clara intencionalidad política y que intentan contribuir a un debate y una reflexión más allá de la coyuntura, aunque pertinentes para el momento actual. Vivimos una situación fluida e incierta, pero de lo que hagamos o dejemos de hacer ahora dependerá, en buena medida, nuestro futuro común. Dado que se trata de una recopilación de materiales que en su momento fueron publicados de manera independiente, el libro contiene algunas repeticiones. Espero por ello la comprensión del lector y de antemano ofrezco disculpas. El libro es producto de una invitación de Rafael Pérez Gay cuya generosidad debo agradecer una vez más. También agradezco a Delia Juárez, Daniela Morales Posada y Leonel Trejo su trabajo de edición y corrección. Marzo 2019
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En defensa de la democracia
L
as siguientes son notas que apuntan hacia una zona
de preocupaciones sobre la salud, fortaleza, debilidades y eventuales futuros de nuestra incipiente democracia. Aparecieron como breves artículos en el diario El Universal y me parecen pertinentes para cerrar el recorrido emprendido en estas páginas. Empecemos por una noción que al parecer es un resorte fundamental en la concepción del Presidente.
una idea preocupante ¿Vamos hacia un sistema político que girará en torno a un sólo hombre, el Presidente de la República? ¿Una especie de sol que ordenará, subordinándolos, a los demás actores en el escenario? No es sólo la pretensión de que en las elecciones para renovar la Cámara de Diputados los ejes se reconstruyan para plantear de manera rotunda “con o contra el Presidente” (es decir, unos comicios federales diseñados para que en el centro del litigio esté el Poder Legislativo colocarán en el foco del debate público 165
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la adhesión o no al Presidente), sino una serie de elementos que develan la ambición de disminuir o anular el rol y la influencia de otros poderes y órganos constitucionales y agrupaciones de la sociedad civil. Enumero sin ningún concierto: “súper delegados” en los estados para, por lo menos, hacer sombra a los gobernadores; reducción de recursos a los órganos públicos autónomos que, según la Constitución, deben estar fuera de la órbita del Ejecutivo; descalificación de las agrupaciones de la sociedad civil a las que se presenta como encarnaciones oligárquicas; acoso retórico a los medios no alineados con el gobierno; disminución del financiamiento público a los partidos; desprecio por el funcionariado profesional de las instituciones estatales genéricamente descalificado por corrupto; colonización de instituciones centrales del arreglo republicano con “fieles” no necesariamente capacitados para la función (el último nombramiento en la Corte). No es un listado exhaustivo, pero (creo) sí expresivo. Hay por lo menos una idea fuerza que ofrece sentido al abanico de acciones y dichos antes enunciados. Y recordemos, como si hiciera falta, que las ideas nunca resultan anodinas, menos cuando encarnan en posiciones de poder. Las ideas dan pie a discursos y conductas, ofrecen sentido al pasado, a los acontecimientos en curso e incluso pretenden diseñar el futuro. No son triviales y acaban por modular el tipo de poder al que se aspira. Tienen fuerza propia y acaban cincelando a las personas. Todo parece indicar que el Presidente cree sinceramente que a través de él se expresa el pueblo. Y por supuesto quienes se le oponen, critican o difieren no pueden más que encarnar al antipueblo. La idea es sencilla, útil y contundente, ordena los campos 166
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y ofrece una épica, inyecta sentido a sus actos y logra cohesionar a sus seguidores que se ven a sí mismos no como agentes de una o unas políticas, sino como militantes de una causa trascendente. El “pequeño” problema es que la idea es una construcción falaz que ha llevado en el pasado y en el presente a la edificación de regímenes autoritarios (de izquierda y derecha). Porque si el pueblo es uno y está unificado, si ya encontró a “sus auténticos representantes” y puede expresarse con una sola voz, ¿para qué es necesaria toda la parafernalia democrática que parte de una premisa que se encuentra en las antípodas de la anterior? Es decir, que en la sociedad existen intereses, ideologías, aspiraciones y sensibilidades distintas y que ellas reclaman fórmulas para su expresión, recreación, convivencia y por supuesto competencia. Ese pluralismo es lo que justifica y genera a los regímenes democráticos y cuando se le niega, bajo el argumento de que el pueblo es una entidad monolítica y que además ya encontró a su pastor, toda la normatividad e institucionalidad que pone en pie la democracia resulta prescindible. Así, la división de poderes, las facultades acotadas de las distintas autoridades, los tortuosos procedimientos, los contrapesos constitucionales y hasta las libertades y los derechos individuales, pueden aparecer como un obstáculo para el despliegue de la “voluntad popular” que encarna en un solo hombre. De suceder eso –y la esperanza es que la complejidad y diversidad del país sean suficientes para fortalecer los diques a esa pulsión–, la aspiración de unos poderes estatales acotados por el derecho podría deslizarse hacia un poder que ve en el derecho una molestia, un corsé, un antagonista. A lo anterior hay que agregar el desprecio o la omisión sistemática de lo que en materia democrática se construyó en las 167
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últimas décadas y que permitió su propio arribo a la presidencia. Veamos.
la historia borrada Que existan diferentes lecturas del pasado es natural. Que la jerarquización de los acontecimientos, las divisiones por períodos, la relevancia de las etapas, sean disparejas e incluso enfrentadas, resulta más frecuente de lo que le gustaría a quienes buscan acuñar versiones únicas y definitivas. Pero que de la historia se borre una etapa que en aspectos fundamentales resultó venturosa, preocupa. La idea de un pasado forjado por tres grandes gestas –la Independencia, la Reforma y la Revolución– está más que extendida y fue alimentada y consolidada por la escuela. Y por supuesto no es una versión artificial. Sin ellas México sería otro. Su simplificación, sin embargo, que cristalizó en aquellas estampitas que comprábamos para hacer la tarea, resultaba elemental, esquemática, maniquea. Era una historia de buenos y malos, típica de afanes pedagógicos. Es esa versión canonizada y simple –no la historia compleja, contradictoria y hasta ambigua– la que parece alimentar el discurso y la visión del nuevo gobierno. De ahí la autoproclamada Cuarta Transformación presuntamente equiparable a las tres anteriores. Una especie de megalomanía por anticipado: antes de ser y hacer, la coronación publicitaria. No obstante, temo más a la supresión de etapas importantes y productivas que no son valoradas por el discurso anterior. Una en especial –reciente y que incluso permitió que la actual coalición gobernante lo sea– es no sólo ninguneada sino suprimida. Me 168
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refiero a la transición democrática que vivió el país entre 1977 y 1997 y a los primeros años de una democracia naciente que forjaron novedades que deberíamos valorar y proteger. El tránsito del monopartidismo fáctico al pluralismo; de elecciones sin competencia y organizadas de manera facciosa a comicios disputados, construidos de manera imparcial y en condiciones equitativas; de un mundo de la representación habitado por una sola fuerza política a otro colonizado por una diversidad de expresiones; de una presidencia (casi) omnipotente a otra acotada por distintos poderes constitucionales; de un Congreso subordinado al Ejecutivo a otro vivo y marcado por una dinámica pluralista; de una Corte inerte en cuestiones políticas hasta volverse un auténtico tribunal constitucional. Más la ampliación y ejercicio de las libertades, más la emergencia de una sociedad civil con agendas y reivindicaciones propias, más la creación de instituciones autónomas con tareas específicas y un impacto positivo en la dinámica del poder, más la naturalización del pluralismo como una realidad asentada y rotunda, configuran una germinal democracia que permitía y permite la coexistencia-competencia de la diversidad política. No obstante, todo ello es sustraído del relato oficial. Da la impresión que no sólo no se aprecia ese cambio, sino que se le desprecia y que se añora el despliegue de un poder presidencial sin contrapesos. Cierto, las novedades democratizadoras fueron opacadas porque simultáneamente la corrupción y la impunidad colorearon el espacio público, porque una ola de violencia creciente devastó familias, pueblos, zonas enteras del país, porque la economía no fue capaz de ofrecer un horizonte laboral y/o educativo a millones de jóvenes, porque las ancestrales desigualdades no fueron siquiera 169
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atemperadas. De tal suerte que el proceso democratizador significó poco o nada para muchos y generó incluso una nostalgia por un poder unificado y sin contrapesos. México requiere atender la “cuestión social” porque sin ello seguiremos siendo un archipiélago de clases, grupos y pandillas con escasa “cohesión social”, un universo de desencuentros mayúsculos. Pero México es también un país complejo, contradictorio, moderno, que porta visiones, intereses, ideologías y sensibilidades disímiles y que reclama un formato democrático para procesar sus diferencias. En esa segunda dimensión mucho se avanzó en el pasado reciente. Y ojalá la nueva mecánica de la política no acabe por tirar al niño con el agua sucia. Porque si algo se ha fortalecido en los últimos años son las variopintas organizaciones de la sociedad civil que expresan de manera contrapuesta las pulsiones que emergen de un país igualmente discordante.
la vilipendiada sociedad civil La sociedad civil se convirtió por unos días en la manzana de la discordia. La colocó en ese lugar el Presidente. Me temo que la incomprensión es mucha. Por ello, olvidemos por un momento la palabreja. El asunto es elemental pero esencial. Imaginemos un país contradictorio, plagado de desigualdades y dificultades. Con rezagos en distintos campos, escasamente integrado, con enormes diferencias regionales, cruzado por aspiraciones desiguales, con profundos problemas de corrupción y una estela de violencia desgarradora, cuya economía es incapaz de ofrecer un horizonte productivo a millones de jóvenes y 170
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con recursos escasos para afrontar sus retos. Imaginemos un país pequeño, con capas medias amplias, con un basamento de educación, salud y vivienda sólido, sin extremas desigualdades regionales, en el que los delitos son esporádicos y quienes los cometen son regularmente sancionados, en el cual la corrupción está casi desterrada y además cuenta con recursos institucionales y financieros vastos. Los dos han sido impactados por eso que a falta de mejor nombre llamamos modernidad: crecimiento de las urbes en detrimento del campo, incremento en las tasas de alfabetización y educación, desarrollo del sector terciario, diferenciación social, conexiones con el mundo y sígale usted. Pues bien, en una y otra, a pesar de sus oceánicas diferencias, resultará natural que se creen grupos con preocupaciones y agendas particulares. Empresarios que buscan defender y ampliar sus intereses, trabajadores que intentan proteger y aumentar sus conquistas laborales, asociaciones que pretenden combatir la corrupción, institutos que llaman la atención sobre la devastación de los recursos naturales, colectivos preocupados por las violaciones a los derechos humanos, mujeres que desean despenalizar el aborto y otras que las contradicen, abogados que plantean reformas normativas, redes que hacen el seguimiento y critican a los poderes públicos, etcétera. Esa sociedad que se organiza, que expresa preocupaciones, elabora análisis y propone soluciones es a lo que llamamos sociedad civil. Se trata de un universo discordante, con intereses diversos, con muy diferentes grados de organización, que produce asociaciones poderosas y marginales, con recursos enormes o famélicas, especializadas o no, con gente honorable y pillos. No es sinónimo de bondad ni de perversión. Es un terreno de 171
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confrontación. Hay de todo: agrupaciones de izquierda y derecha, sofisticadas y elementales, con amplia visibilidad pública o casi invisibles, con poder de convencimiento y/o chantaje y también desnutridas. Pero en conjunto expresan las voces, necesidades y exigencias de una sociedad plural en la que palpitan intereses, ideologías y sensibilidades distintas. Están ahí porque reflejan –de una u otra manera– al coro desafinado connatural a las sociedades “modernizadas”. Eso hace más difícil la gestión de gobierno. Las agrupaciones vigilan, denuncian, proponen, critican. Pero al mismo tiempo le inyectan densidad y sentido al debate público, fomentan la participación, son un dique contra ocurrencias de todo tipo; un “poder” necesario y funcional. En nuestro caso esa sociedad civil es débil (un porcentaje muy bajo de la población participa en esas organizaciones), pero el tema que emergió con fuerza es el de la actitud de los actores políticos ante ella. Los que aspiran (aspiramos) a una democracia consolidada, ven en la sociedad civil una constelación de agrupaciones que elevan el nivel del debate y la exigencia a los poderes públicos y privados, enriquecen la agenda nacional y robustecen, en su interacción, a las instituciones de la República. No obstante, y ello es lo que preocupa, las pulsiones autoritarias, aquellas que desean encuadrar a la sociedad bajo un solo manto, en una sola ideología, conducirla con una batuta única, ven en ella a un enemigo, precisamente porque esa orquesta discordante no cabe, ni quiere hacerlo, bajo el imperio de una sola voz que presume representar al pueblo sin fisuras.
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