CAPÍTULO 3 S.T. UNA PEQUEÑA CASA DE ESTILO RÚSTICO EN RAVENNA, SEATTLE, WASHINGTON, EE.UU.
En los días posteriores a que el ojo de Big Jim rodara fuera de su cabeza, me quedó claro que tendría que encargarme de algunas cosas. Encargarme de todo, de hecho. Ya que Big Jim estaba tan afanado rascando la pared del sótano con el dedo e imitando a un mapache rabioso —de manera estelar, por cierto—, decidí ocuparme de más tareas domésticas de las que normalmente solía hacer. Echaba la ropa en la lavadora y lidiaba con las insinuaciones (nada sutiles) de Dennis cuando llegaba la hora de cenar, las cuales consistían en zarandear sus tazones de comida como si ellos lo hubieran castrado. Me costaba trabajo llenar su tazón de agua, así que lo escoltaba al trono de porcelana —acción productiva y absolutamente repugnante a la vez—. Honestamente, el cepillo para inodoro tenía más dignidad que Dennis. En las mañanas, esperaba que el HiPu de los audífonos rojos pasara en su bicicleta, más rápido que un peluquín en un huracán, y usara su proyectil blanco y negro para decapitar hortensias. Pero ya nunca vino. Tampoco los anuncios de concesionarias de vehículos ni los paquetes de Amazon ni nuestra suscripción a la revista Big Butts. Toda la situación era muy extraña. Lo suficientemente extraña como para hacerme contemplar la posibilidad de entrar a esa discusión de locos 20
que conocemos como el Aura. Hay algo de lo que quizá no se han dado cuenta: en el mundo natural también existe un internet. En el idioma de ustedes, se traduciría aproximadamente como Aura, porque está a nuestro alrededor. No es lo mismo que el internet de los HiPus, con todos esos molestos videos de gatos y pandas que estornudan en YouTube; pero, al igual que este, el Aura es una red, un flujo constante de información a nuestra disposición, si es que uno se toma la molestia de entrar y escuchar. La información se transmite diariamente a través de los animales alados, el juicioso susurro de los árboles y la percusión en staccato de los insectos. Ni se imaginan la cantidad de veces que oí a un HiPu diciendo algo como: «¡Escucha! ¡Los pájaros están entonando un llamado de apareamiento!». Menospreciaban a los seres emplumados al considerarlos animales promiscuos y calientes (no somos ardillas, con un carajo). Lo que en realidad percibían eran pájaros que entregaban información en forma de versos melódicos e intrincadas notas, de modo muy similar a aquel en que los árboles susurran sus lentos secretos al viento sobre las hojas. Hay toda una variedad de advertencias, historias, proverbios, poemas, amenazas, instrucciones, información de bienes raíces, consejos de supervivencia y chistes incongruentes disponibles para quienes deciden entrar. Todo lo que nos rodea habla; solo hay que tener atentos los oídos. Admito que sí existe un servicio de citas, pero no es tan prominente como lo cree la mayoría de los HiPus. Y, claro, hay varios que se niegan a entrar. Como su servidor, que tenía acceso al verdadero internet y no sentía que pudiera sacar nada de provecho de todo el parloteo que ocurre en el Aura. ¿Saben quién tampoco lo escucha nunca? Los animales atropellados. No tienen pretexto. El Aura está repleto de historias y estadísticas sobre autos y sobre los peligros de acercarse a las grandes líneas blancas. Aunque las advertencias circulan por toda la estratosfera, desde las chinches verdes apestosas hasta las gaviotas de alas glaucas, muchos idiotas no prestan atención y 21
terminan como tortillas en la banqueta. A veces pienso que existen especies predispuestas a no hacer caso a las advertencias, y así es como acaban por extinguirse. Así que me resigné a usar el Aura. Reinaba un silencio absoluto. Cuando se trata del Aura, el silencio es algo muy preocupante. O no había suficientes aves y árboles alrededor para esparcir los rumores, o todos se estaban escondiendo de un depredador al acecho. Un vuelo rápido por el vecindario sirvió para confirmar que los caminos en torno a nuestra casa estaban inquietantemente tranquilos; ningún auto corría a toda velocidad como un escarabajo frenético. Era como si una mañana de domingo hubiera llegado volando al vecindario para anidar aquí a perpetuidad. Fue entonces cuando empecé a sentir escalofríos, como un ejército de ácaros recorriendo mi plumaje, y el temor se extendió cual dolor sordo y hueco por mis huesos de ave. Para ser sincero, tenía el presentimiento de que algo había ocurrido más allá de nuestra puerta color marrón rojizo, más allá de nuestro vecindario aletargado. Algo grande, amenazante y, probablemente, de la mierda. Pero no me gustaba dejar solo a Big Jim. Además, antes que nada, tenía que resolver la situación en casa y aguardar a que mi compañero se sintiera mejor para poder enfrentarnos juntos al mundo… Siempre juntos. Vigilaba a Big Jim cada hora, y le llevaba mortadela, papas fritas y los dos Cheetos que estaba dispuesto a donarle. Incluso le hice llegar una bebida energética rodándola por las escaleras del sótano. No mostraba interés por nada que no fuera babear y rascar la pared con su dedo ensangrentado. Le llevé las llaves de su amado Ford F-150 color plomo, con la calcomanía en la defensa que decía sigue ocando, es oy recargando, para ver si un paseo lo animaba. Las llaves plateadas llamaron su atención por un instante, pero enseguida me gruñó, enseñando los dientes como si quisiera morderme, y siguió arrastrando su dedo por el muro de concreto. No sabía con certeza qué tenía, pero, sin duda, se trataba de algo grave. 22
Después de varios días de ese extraño comportamiento en el sótano, durante los cuales no se había masturbado ni hablado del estado actual de la economía, declaré estado de emergencia. Big Jim se hallaba al borde de una crisis médica, y la solución del problema dependía de su servidor. Estaba bastante seguro de lo que había que hacer; era como un instinto natural e innato que palpitaba dentro de mi ser. Primero debía asegurarme de mantener a Dennis ocupado. Después de verlo defecar en la boca de la guitarra de Big Jim y correr a toda velocidad hasta chocar con la puerta de la cocina, me tranquilicé. Por el momento, su prioridad era vengarse del pomo de la puerta que lo había atacado. Era improbable que Dennis decidiera aventurarse al sótano por un rato, tomando en cuenta su nivel de concentración y su naturaleza rencorosa. Además, Dennis no se acercaba a Big Jim desde que este había perdido el ojo. ¿El mejor amigo del hombre? Sí, cómo no. Más bien el parásito más dependiente del hombre que, sin pensarlo, lo intercambiaría por algún juguete masticable con forma de pene de toro. Salí volando por la ventana de la cocina, sobre el patio y hacia el cielo gris lobo que cubría los árboles, para contemplar la situación general. A pesar de que Seattle era una ciudad más árida que la mayoría, ese día la lluvia no paraba. Por lo general, Big Jim y yo conducíamos por la ciudad en su camioneta; íbamos de casa en casa para que él reparara desastres eléctricos, y también pasábamos mucho tiempo en Home Depot y en la tienda de alimento para mascotas. Aun así, nunca había ido tan lejos por mi cuenta. Pero hoy tenía que hacerlo. Era una misión en nombre de Big Jim. Desde la rama más alta de un pino de Oregón, todo parecía estar en silencio, salvo por el parloteo de las ardillas, que traté de bloquear (para mi infortunio, es difícil olvidar la mayoría de sus conversaciones, ya que las ardillas son unas depravadas sexuales de primera). Mientras me acercaba a mi destino, una escena extraña me distrajo. La curiosidad me pescó del 23
pico y se negó a soltarme; si creen que los gatos son curiosos, deberían convertirse en un cuervo cultivado solo por un día. Estiré el cuello para ver mejor, enfoqué la mirada y obtuve una visión invertida. Diez ruedas suspendidas en el aire. Un arcoíris de gasolina y charcos de aceite negro. Mi mente tardó un poco en desenmarañar el retorcido desastre frente a mí. Verde donde debería haber amarillo, amarillo donde debería haber verde. Bajé en picada y me encontré con un autobús de King County Metro volcado. El camión se había estrellado contra la iglesia del Santísimo Sacramento y había atravesado uno de los muros de ladrillo rojo de la enorme construcción. Cuando Big Jim bebía demasiada cerveza y decidía tomar una siesta con la boca abierta, la televisión solía permanecer encendida en canales que transmitían programas religiosos; por eso conozco el diseño de iglesias y pirámides. Por lo general, esperaba hasta que Big Jim empezaba a roncar para cambiar de canal y poner History Channel, Discovery Channel, cnn, Food Network, Travel Channel y, a veces, Bravo TV, con ellos aprendí sobre el comportamiento excepcional de los HiPus. Big Jim aseguraba ser un hombre profundamente religioso y afirmaba que su religión consistía, sobre todo, en el whiskey y las mujeres. Puedo ver la conexión entre ambas cosas: sus relaciones terminaban enfriándose tanto como sus whiskies en las rocas. Aterricé sobre una de las ruedas volteadas y, por comodidad, golpeé mi pico suavemente contra el tapón de llanta. Lo necesitaba. Todo se sentía muy, muy extraño. Miré hacia abajo. Las ventanas del autobús estaban rotas y manchadas de rojo. Si algo aprendí de las películas de terror que Big Jim acostumbraba ver, es que uno nunca debe involucrarse en una situación peligrosa, sobre todo si se es una mujer rubia con poca ropa e implantes de senos o un HiPu de piel negra. Pero, como ya dije, yo soy un cuervo, así que decidí seguir adelante. Entré al autobús y el peso de un presentimiento se abatió sobre mis alas. El olor a sangre mantenía cautivo el aire fétido. 24
No había HiPus en el autobús, pero encontré dos bolsas y una cartera. Hasta hacía poco, Big Jim se volvía completamente loco sin la suya. Había un gran mechón de cabello pegado a uno de los asientos, que colgaban en filas en el techo, y una uña intacta atorada entre dos asientos. La cartera tenía una brillante placa dorada de policía, lo cual me hizo sentir un impulso casi incontrolable de ocultarme. Encontré un cheque en un sobre, un chupón y un libro titulado No dejes que la paloma conduzca el autobús. Parecía que alguien había hecho justo eso. Salí del espeluznante autobús por el parabrisas sin vidrio y entré en la iglesia. La casa de adoración era un espacio amplio y cavernoso, con un chapitel y enormes puertas en forma de arco. Todo estaba en silencio. Al saltar, mis patas repiqueteaban en el suelo de madera, en las partes que no estaban cubiertas de musgo o charcos de agua de lluvia. Avancé con cuidado para no pisar el excremento de rata, ya que esa mierda transmite enfermedades. —¿Hola? —grité, cometiendo el primer error clásico de las películas de terror—. ¿Hay alguien aquí? El interior de la iglesia estaba húmedo; el agua, que había entrado por un hoyo en el techo, se acumulaba en charcos por todo el suelo. El musgo y la maleza habían empezado a abrirse camino por las pequeñas grietas. Podía escuchar los gritos casi inaudibles de las ajetreadas termitas que devoraban la estructura del lugar. Los trozos de yeso que se habían desprendido del techo yacían como montones de nieve en el suelo húmedo. Había popó blanca que rellenaba las grietas, aunque no podía escuchar el vano parloteo de las palomas. Se habían ido volando hacía mucho tiempo. Un HiPu falso con taparrabos me observaba desde una pared de madera. Tenía una corona de alambre de púas y se veía bastante incómodo. A pesar de saber que no era real, volteé a verlo y asentí solidario, preguntándome qué crimen podría haber cometido que ameritara engraparlo en un pedazo de triplay. 25
Entonces me llegó el olor. El inconfundible olor a muerte, acre y fétido. La tensión nublaba el aire a mi alrededor, la clase de tensión que viene después de una erupción de violencia. La clase de tensión que es demasiado densa para disiparse sola. Encontré la fuente del hedor. Extendido en las bancas de madera frente a mí, se encontraba el cuerpo de un alce. Su cabeza alargada y café colgaba de la orilla de la banca, debido al peso de la colosal ramificación de astas que brotaba de ella, y la mitad de su lengua asomaba de su boca siempre abierta. Su pelaje estaba manchado de un pegajoso líquido rojo y algo había devorado la mayor parte de sus entrañas y le había arrancado una pata. Después de echar un rápido vistazo, confirmé que la pata faltante no se hallaba en la iglesia. —¿Hola? —grité otra vez, antes de darme cuenta de que básicamente estaba pidiendo unirme al alce y al HiPu perforado. Había un depredador cerca. Y, al parecer, coleccionaba patas de alce. Luchar o huir era como una pregunta retórica para mí. Emprendí el vuelo y me elevé por encima de las bancas y las velas apagadas; pasé rápidamente junto a los vitrales y a través del hoyo que el autobús había hecho. Los HiPus siempre limpian sus desastres. Nunca dejan hoyos en las iglesias, o carteras y cosas de HiPus bebés en camiones volcados. No permiten que los alces entren en las iglesias. Ni los depredadores. Si Big Jim hubiera sabido de la presencia de un depredador cerca de un sitio dedicado a la adoración, habría tomado a Sigourney Weaver y rastreado al hijo de perra. Sigourney Weaver era su escopeta Marlin modelo 336. La bautizó así por su apariencia sexy y aerodinámica y por su actitud sensata. Traté de estabilizar mi respiración y batí las alas con más fuerza; la determinación que sentía me impulsaba a terminar mi misión. El cerezo yoshino sobre el cual me posé para averiguar mi siguiente parada no me ayudó mucho para tranquilizarme. Me sentía nervioso e inquieto, y me temblaban las patas. No podía sacudirme los escalofríos tan eficientemente como ellos me sacudían a mí. La farmacia Walgreens se veía práctica26
mente igual que siempre, a excepción del agobiante bullicio, el alboroto y el sonido de las puertas automáticas. Además, tenía un presentimiento que no me dejaba tranquilo, como si tuviera una espina de pescado vítrea atorada en la garganta. El presentimiento de que el peligro se avecinaba. Me preparaba para hacer un vuelo de reconocimiento sobre Walgreens cuando, de repente… ¡baaaa ! Una fuerza potente golpeó mi ala izquierda y me derribó del cerezo. Grité. Al tiempo que me desplomaba, sacudí la cabeza, extendí las alas y me aferré a un pozo de aire, con lo cual pude estabilizarme y elevarme para enfrentar a mi atacante, quien me contemplaba con sus ojos negros y brillantes. Él gritó una serie de advertencias desde lo más profundo de su garganta color ébano y se abalanzó sobre mis alas. Yo volé a toda velocidad para esquivarlo; sus horribles graznidos me desgarraban el cerebro. «Mierda. Un cuervo de la universidad». Esos cuervos nunca viajan solos, de modo que, tan solo unos segundos después, su esposa de mierda arremetió contra mí en picada y trató de arrancarme las plumas de vuelo. Se posó en el cerezo donde yo estaba y empezó a insultarme. No repetiré lo que me dijo porque, francamente, hasta Big Jim se habría ruborizado. —¡Déjenme en paz! —les grité a Bonnie y Clyde. Ellos siguieron espetándome insultos horribles, llamándome traidor. El macho me lanzó una tapa de botella antes de despegar y perderse entre la hilera de árboles, riendo. En ese momento, hasta me sentí mal por Tippi Hedren. Me habría venido muy bien una cerveza. Big Jim siempre hablaba de tener límites, de quedarte con los de tu clase y no dejar que nadie se meta en tus asuntos. Muchas veces he fantaseado con construir una pajarera gigante sobre nuestra casa para que las pestes no puedan entrar. Los cuervos de la universidad son los principales asesinos de cuervos en Seattle. Se posan todas las noches del lado este del campus Bothell de la Universidad de Washington. También 27
me faltó mencionar que son un gran montón de asnos de pantano. El campus Bothell es básicamente una casa de fraternidad enorme para un grupo de bobos presumidos y elitistas. Cada noche, desde el otoño hasta finales de la primavera, el cielo se llena de alas de medianoche teñidas de azul cuando miles de cuervos se dirigen a los edificios de la universidad para reunirse y luego asentarse en los humedales que rodean el campus. A los HiPus les parece algo fascinante y místico. Yo creo que es grosero ocupar todo ese espacio aéreo, pero cada quien tiene su opinión. Nunca he ido al campus, ya que no soy bienvenido, así que no puedo decirles lo que ocurre ahí. Pero, si tuviera que adivinar, diría que se acicalan, presumen y juegan beer pong. Por lo general, cuando salgo a la calle, sin molestar a nadie, los cuervos locales, los cuervos «de verdad», me excluyen y me insultan por mi filiación tan cercana a un HiPu. Los insultos también circulan por el Aura; me arrojan palos y piedras y describen a mi madre con toda clase de palabras. Suelo dejar que todo se me resbale por las plumas, pero, cuando me atacan físicamente solo por ser yo mismo… A veces, eso sí me molesta mucho. Nadie parece entender que tu especie no es más que un accidente de nacimiento. Nadie entiende que debí haber nacido HiPu en vez de cuervo. Una vez que mis atormentadores se perdieron de vista, me concentré en armarme de valor para seguir con mi misión. Inhalé profundamente y emprendí el vuelo. Planeé un poco sobre el estacionamiento vacío antes de descender hacia las puertas automáticas de Walgreens, las cuales se abrieron deslizándose. Un resplandor fluorescente iluminaba los pasillos. Me posé sobre la figura de cartón de un hombre que anunciaba la cerveza Dos Equis, para echar un vistazo desde ahí. Al igual que en la iglesia, todo estaba demasiado silencioso. Demasiado quieto. Escuché un gruñido sordo que retumbó y resonó por mis patas. Salté nerviosamente sobre una pata y estiré el cuello para encontrar la fuente del ruido, mientras me venían a la mente imágenes de la extremidad faltante del 28
alce. Escuché un segundo gruñido que me sobresaltó. Volé y me posé en un sitio más alto, entre cajas de cereales Lucky Charms y Special K. Desde ahí podía ver a los responsables del sonido. Eran cuatro HiPus reunidos alrededor de una máquina de presión arterial, balanceándose y babeando. Junto a ellos había un anuncio de la vacuna contra el herpes zóster. Reconocí de inmediato el tono verdoso de su piel, el extraño retorcimiento de sus articulaciones, el sudor que escurría por todo su cuerpo, los ojos rojos y la baba ensangrentada. Todos tenían el cuello estirado hacia delante, como buitres curiosos buscando saciar su apetito. Sus dedos ennegrecidos no dejaban de picar la pantalla. Padecían el mismo mal que afligía a Big Jim. Decidí llevar a cabo un experimento, haciendo el temor a un lado. —¡Hola! —grazné con perfecta pronunciación. No respondieron—. ¡Oigan, ustedes, hola! Un maldito cuervo parlante y ni siquiera levantaron una ceja. ¿Era broma? El mundo se había ido a la mierda. Siguieron contemplando el brillo de la pantalla incorporada al dispositivo, que reproducía un video sobre la salud cardiaca. Obviamente, ellos no pasaban por su momento más saludable. Sin dejar de prestar atención a cualquier cambio en sus movimientos, proseguí con mi misión. Tomé una bolsa de plástico, volé detrás de un mostrador que había sido saqueado y que llevaba el letrero de «far acia», y me dispuse a llenar la bolsa con los medicamentos que consideré útiles para Big Jim. eritromicina, cefalexina, furosemida, omeprazol, miconazol, maquillaje para piernas Sally Hansen e hidrocortisona. Todos sonaban eficaces y, sin duda, una combinación de ellos podría curar a Big Jim. Walgreens ya nos había ayudado en el pasado. Me sentí optimista, importante; era un tipo con un propósito. No fue sencillo levantar la bolsa de plástico; sin embargo, agitando mis alas con determinación y energía, pude elevarme unos centímetros del suelo. Volé sobre los HiPus enfermos, 29