Intimidad
—Sabes que debería matarte, cabrón. Lo sabes, ¿no? —los ojos de Armando relampagueaban por vez primera en la noche y supe que el alcohol le había hecho efecto al fin—. Sería mi derecho como marido. No respondí. Traté de aparentar indiferencia, aunque con un rápido vistazo revisé que ningún objeto peligroso abultara su ropa. No cargaba nada. Si no venía armado, ¿con qué iba a matarme? ¿Con la botella de tequila? ¿La agarraría por el cuello y la rompería contra la mesa con el fin de atacarme con los filos? Podría hacerlo, era más joven que yo y se veía ágil. No obstante, sus manos descansaban en la superficie de la mesa. Ni siquiera temblaban. No, no lo hará, me tranquilicé. De haber venido a matarme, lo habría hecho al entrar o durante el primer intercambio de palabras. Lo que Armando quería era conocerme, verme de cerca, saber con quién lo engañaba su mujer para después regodearse en el sufrimiento y la humillación, y echárselos en cara a ella. —Te debería matar. Así es como se arreglan estas cosas —repitió sin convicción. 9
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—Así se arreglaban antes. Ahora son otros tiempos. Acabarías preso. —Sí, pero con el orgullo reparado… Dijo orgullo, no honor, lo que me sonó un poco fuera de lugar así estuviera más de acuerdo con la época. Guardó silencio. Yo esperaba que volviera a amenazarme, que me insultara, que aventara la mesa regando por el piso las copas, la botella y el cenicero, pero nomás me contempló unos momentos y luego fijó la mirada en su tequila. Un hombre civilizado en exceso. Con educación pacifista, seguro. Dio un pequeño sorbo con una mueca de asco y volvió a poner el caballito en su sitio. Vi su anillo de matrimonio: era igual al que llevaba Brenda la noche que la conocí en la galería de arte donde mi amigo Miguel expuso sus extrañas obras. Después, cuando volvimos a encontrarnos y terminamos en un motel, ya no lo traía. Entonces me pregunté qué hacía con él cuando estaba conmigo. ¿Se lo quitaría al salir de su casa, sólo para ponérselo de nuevo justo antes de regresar, para que Armando no lo echara de menos? Podría ser. Aunque supuse que un marido atento debe leer la infidelidad de su esposa en otros signos, conductas, rastros y actitudes. Y si Armando no había estado atento al principio, resultaba evidente que después sí. Si no, ¿de qué manera se había dado cuenta de mi relación con ella? Como si adivinara mis pensamientos, el hombre con aspecto abatido sentado frente a mí dijo en tono monocorde, casi inaudible: —Empezó a llegar cada vez más tarde. Actuaba raro. Estaba más cariñosa que nunca, más amorosa, más caliente. Apenas me veía, se lanzaba sobre mí, me arrancaba la ropa y me metía en la cama. Pero siempre con ese olor en la piel, en el rostro, en el cuello. Un olor amargo, extraño. ¡Tu olor de viejo, cabrón! ¿Cómo creyó que no me iba a dar cuenta? Ahora su mirada, si bien rápida, fue de odio infinito, y estuve seguro de que si hubiera venido a buscarme con un arma me habría despachado ahí mismo. Una línea de sudor me serpenteó en la espina dorsal y mis manos temblaron un instante. Una sensación de revoltura en el estóma10
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go hizo que de pronto me sintiera débil, expuesto. Mas el miedo no era la causa, sino la revelación de la mentira de Brenda. Te juro que Armando no me ha vuelto a tocar desde que estoy contigo, me había dicho. Ni siquiera lo dejo que se me acerque. Me siento mal al decirlo, pero me da como repugnancia el pobre. Me lo dijo una tarde entre las sábanas, con el rostro sudoroso y lleno de amor, después de preguntarle cada cuándo se acostaba con su marido. Y ahora él la contradecía. Miré en torno de nuestra mesa para no pensar en ello y descansar la vista de su estampa lastimosa. Como siempre, El Tres de Copas se hallaba casi vacío, silencioso. Con la rocola descompuesta desde quién sabe cuándo, la conversación de los tres tipos que ocupaban un sitio junto a la barra era un rumor apagado que competía con el zumbido de las moscas en el calor de la ventana. El cantinero intentaba mirar hacia la calle por encima de las puertas abatibles desde su puesto entre las botellas. En la mesa del rincón, con la vista fija en las colillas y los chicles aplastados en el suelo, un bebedor solitario masticaba sus pensamientos, que por alguna razón imaginé semejantes a los del marido de Brenda. De la mentirosa de Brenda, me dije. Procuré no hacer ni un gesto para que Armando no se diera cuenta del golpe que me había asestado, pero él seguía en silencio, con los ojos fijos en el cristal turbio de su caballito. La alusión a la conducta lujuriosa de su esposa me había hecho sentir traicionado también y por un instante, en vez de odiarlo, se me despertó hacia él una especie de simpatía que por fortuna no duró mucho. Aquel tipo me había estado espiando. ¿Cómo sabía dónde encontrarme si no? Yo llevaba apenas algunos meses frecuentando la cantina desde que por casualidad un día entré a tomarme una cerveza y, como me gustaron el silencio y la escasez de parroquianos, decidí que se trataba de un buen sitio para leer durante los tiempos muertos de la redacción. El Tres de Copas era mi escondite. Ni siquiera a Brenda ni a mis compañeros del periódico les había dicho 11
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que me encerraba allí por las tardes. Seguro lo sabe desde hace tiempo, pensé. Semanas quizá. Y me ha estado siguiendo para conocer mis rutinas. Sí. No hay duda de que nos ha visto en el coche de ella, incluso entrando en el motel. Volví los ojos hacia mi rival y no pude imaginarlo en un papel de detective, detrás de la esposa infiel y del amante para tener la seguridad del engaño. No, de un detective no, me dije. Pero sí de un hombre torturado por la sospecha. —Entonces —dije para romper el silencio—, si no vas a matarme, ¿qué viniste a hacer aquí? Fue extraño. Cuando me vio de nuevo a los ojos ya no había ira ni odio en su mirada. Sus pupilas habían adquirido una expresión cercana a la de la bondad. Nomás le faltaba sonreír para darme la impresión de que me hallaba en medio de una conversación amigable. Es un hombre noble, me dijo Brenda la tercera o cuarta vez que estuvimos en la cama, por eso me siento terrible al engañarlo. Si fuera un egoísta y me diera malos tratos, si anduviera de insoportable todo el tiempo, no tendría remordimientos. Pero cuando lo veo pienso que no se lo merece y me siento culpable. Eso había sido mucho antes de que me asegurara, de que me jurara, que desde que se acostaba conmigo no le permitía tocarla. ¿Esa mirada mansa sería una muestra de su carácter bondadoso? ¿O acaso pensaba en lo que acababa de decirme y recordaba las calenturas de su mujer? Nomás falta, pensé con ira en ese momento, que venga a agradecerme por haber reactivado la vida sexual en su matrimonio. Sin embargo, luego de un parpadeo triple sus pupilas recobraron el brillo de rencor. —Vine a buscarte porque, como soy su marido, quiero que me digas unas cosas. —No voy a hablar de Brenda contigo —mis palabras salieron con tono de indignación. —Estás obligado. Me lo debes. 12
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—No te debo nada. Ni siquiera te conozco. No sé nada de ti —mentía porque, en especial al principio, Brenda no dejaba de hablar de él. Me dijo cómo, después de nacida su hija, él había tardado varios meses en buscarla bajo las sábanas y después lo hacía con acercamientos torpes, distantes, como si el hecho de que ahora fuera madre le causara repulsión. Me dijo que se encerraba en su estudio hasta las madrugadas, y que ella estaba convencida de que, en vez de trabajar en sus planos y diseños, se la pasaba viendo en la computadora páginas porno y masturbándose. Según ella, Armando sentía que sus obligaciones sexuales estaban cumplidas con la paternidad, y que a partir de ahí cada cogida no era sino una muestra de afecto, de agradecimiento por haberle dado descendencia. Y se reía de él cuando lo contaba, comparándolo con los hombres del pasado que, antes de tocar a la mujer, recitaban aquella oración de “no es por vicio ni por fornicio…” Yo siempre le había creído. Pero ahora lo dudaba. ¿Cuántas cosas me había dicho Brenda que no eran más que embustes? —Yo sí te conozco —su semblante cambió de un momento a otro: ya no parecía una ruina, sino un hombre seguro, como si de pronto hubiera adquirido sobre mí una ventaja evidente—. Sé dónde vives, a qué te dedicas. Conozco el periodicucho ese en que trabajas, un pasquín de mierda. Te has divorciado dos veces, no tienes hijos. Y si los tuvieras, serían sólo un poco más jóvenes que Brenda. Quisiste ser escritor, pero no tienes talento. Hasta leí los dos libros que publicaste y me dieron una hueva absoluta. Andas a pie. El sueldo apenas te alcanza para unos tacos y la pinche renta. Estás casi acabado. ¿No querrás sacar provecho de tu relación con mi esposa? ¿Dinero? ¿Una buena vida? ¿Te interesa quedarte con nuestra casa? Has fracasado en todo, ¿no es cierto? Se daba el lujo de presentarme un reflejo de mi existencia, de enumerar mis fracasos y mis verdades. Escuché rechinar mis dientes. La náusea pugnaba por volver. El marido de mi amante había hecho bien su 13
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trabajo de detective en ciernes y disfrutaba mostrándome los resultados de su investigación. —No en todo —respondí disimulando mi acceso de ira, pero con toda la intención—: todavía tengo algo de suerte con algunas mujeres. Ahora las mandíbulas se le tensaron a él, aunque la expresión de su mirada permaneció en calma, con lo que su semblante adquirió un aspecto de crueldad. Una crueldad fría. Esta vez sí me inquieté de verdad. Armando no sólo estaba en pleno uso de su vigor y juventud, era un hombre alto y fuerte, en forma. Brenda me había dicho que su día iniciaba a las cinco de la mañana, cuando se levantaba a correr durante una hora antes de pasar otra en el gimnasio. Además cuidaba su alimentación y no tenía vicios. —No voy a dejar que un maldito vejestorio como tú se quede con mi esposa —dijo terminante. Respiró como si tratara de encontrar aire limpio en el ambiente viciado de la cantina y yo aproveché para tomarme mi tequila al hilo y encender un cigarro. Lo observé bien: su juventud me resultaba envidiable. Si lo comparaba conmigo, él salía victorioso en cualquier aspecto. Miré el mentón fuerte, el abdomen plano, la cabellera abundante, los hombros anchos, los dientes parejos que sin duda hacían su sonrisa irresistible. Es mi antítesis, o yo la de él, pensé. Al caer en la cuenta de esos detalles, un arrebato de soberbia me envolvió y, exhalando una bocanada de humo directo a su rostro, dije: —No te corresponde a ti esa decisión, muchacho. —¿Muchacho? —exclamó y enseguida hizo una pausa como si pensara un insulto con el cual revirarme, mas en un segundo el brillo de sus pupilas se apagaba. Cambió de expresión y bajó la voz—: Dime una cosa, ¿lo que sientes es amor? ¿Estás enamorado de ella? La pregunta y el tono de confidencia me agarraron desprevenido. De un segundo a otro parecíamos estar en absoluta confianza. Tanto, que 14
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no pude hacer otra cosa sino pensar una respuesta. ¿Estaba enamorado? Brenda era la primera mujer con la que había conseguido sostener una relación más o menos frecuente en los últimos diez años. Me reía mucho con ella. Su plática y sentido del humor me habían fascinado desde el primer instante. Resultaba grandiosa en el sexo y, dada su juventud, parecía insaciable, al grado de que en ocasiones era yo quien me veía obligado a pedir una tregua. Por todo eso quería continuar con ella. No le veía fin a lo nuestro. Pero, ¿aquello era estar enamorado? —Es cosa que no te importa —dije más por ignorar la respuesta que por desafiarlo. —¡Respóndeme! —¿Por qué habría de hacerlo? —Porque ustedes dos me engañan. Se burlan de mí. —Nadie se burla. Ya te dije que no tienes cabida en nuestras conversaciones. —¡Que me respondas, cabrón! Sus palabras sonaron agudas, amenazantes. Los tres tipos sentados junto a la barra voltearon sorprendidos hacia nosotros, igual que el cantinero, mas enseguida volvieron a entretenerse en lo suyo. A diferencia de su tono y volumen, la actitud de Armando era conciliadora. Me hablaba como se le habla a un conocido de años. Sólo le faltaba sonreír. —No sé si a mi edad se trate de estar enamorado… —¿O? —O de pasártela a gusto con una mujer con la que congenias en todos los aspectos. Armando agarró la botella y llenó su caballito de tequila. Le dio un sorbo. Luego me sirvió a mí. Parecía pensar en mis palabras, y que sus pensamientos resultaban dolorosos. Yo recordé la primera vez que me topé con Brenda. Ella había ido a la exposición de Miguel como crítica de arte, y la recorrió despacio, evaluando con atención cada pieza, inclu15
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so cuando ya la mayor parte de la gente había salido de las salas para participar en el coctel. Yo buscaba el baño de la galería cuando la encontré de pie frente a una instalación y me sentí atraído por su combo trasero, por su espalda larga y flexible. Conforme me acercaba, su perfume me envolvía como un gas diseñado para embriagar. La valoré igual que ella lo hacía con la obra y, al sentirme detrás y volverse, me regaló una sonrisa que me borró de la mente los pensamientos. —Entonces es porque congenias con ella en todos los aspectos… —Armando seguía meditabundo—. ¿Como cuáles? Tardé unos segundos en responder, dudando en si debía ser sincero con el marido de la mujer en cuestión. Él me veía tranquilo. Decidí que no tenía caso mentir. —El intelectual: es culta, inteligente, con una plática amena y sabe escuchar. El físico: es una de las mujeres más hermosas que he conocido en mi vida, con un cuerpo increíble. Además es simpática, bromista y risueña. ¿Te parece poco? —No necesitas describírmela —dijo con coraje—. Estás hablando de mi esposa. —Tú fuiste quien preguntó. Habíamos platicado durante dos horas en el coctel y cuando me dijo que su crítica sobre la obra de mi amigo iba a ser demoledora soltó una risa cantarina que me provocó un intenso cosquilleo en la médula. Me gustó su malignidad. Brenda no colaboraba fijo en ningún medio; escribía por su cuenta y enviaba sus textos a varias revistas, que le pagaban a destajo. Sus principales pasatiempos eran la lectura y el cine de arte. También me contó esa noche que estaba felizmente casada y tenía una hija de ocho años. El marido, arquitecto, trabajaba en un despacho dedicado a diseñar rascacielos. Le iba bien en la vida, lo repitió dos veces, y la insistencia, sumada a un gesto rápido de insatisfacción, me hizo comprender que sus palabras no eran honestas del todo. Animado por 16
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ello, cuando dijo que debía irse le pregunté si me permitiría invitarle una copa cualquier tarde. Sin titubear respondió que el martes siguiente estaría libre. —¿Qué es lo que más te gusta de ella? Otra vez no esperaba semejante pregunta. Lo vi directo a los ojos buscando en ellos el atisbo de odio que, sabía, la había originado. Él me sostuvo la mirada sin retarme, más bien como si de antemano valorara en mi expresión la sinceridad de lo que respondería. Dudé. ¿Quería que le dijera que adoraba la manera desesperada en que Brenda se arrancaba la ropa cuando apenas comenzaba a acariciarla para que mis manos no tuvieran ningún obstáculo al tocar su piel? ¿Que le hablara de cómo se esforzaba por devorar mi miembro hasta la raíz antes de exigirme a gritos que se lo metiera como si quisiera partirla a la mitad? ¿De los gemidos, los gritos y las obscenidades que me susurraba en la oreja? ¿De su modo de retorcerse en el orgasmo? ¿O esperaba que mi respuesta se enfocara en lo emotivo o en lo intelectual? Mientras yo lo pensaba, la expresión de los ojos de Armando se endureció, primero, para luego mostrar temor. Acaso se había dado cuenta de que no debió plantear la cuestión. —Su manera de coger —dije irritado. El golpe dio justo donde yo esperaba. Y fue seco. Duro. El dolor y el odio le saltaron a las pupilas y tuvo que hacer un esfuerzo para mantener las mandíbulas en su sitio, sin temblores ni rechinar de dientes. Empezaba a sentirme satisfecho, triunfador en aquel absurdo duelo de palabras, cuando advertí que todas las máscaras de Armando, las corazas que había tenido que fabricarse para enfrentar al amante de su esposa, se venían abajo dejando al desnudo un rostro indefenso, angustiado, de aspecto infantil. En el fondo es un niño, como casi todos los hombres, me había dicho Brenda. Necesita una mamá más que una mujer. Cuando me lo dijo, en la cama, desnuda y muy apretada a mi cuerpo, me dio risa. Pero no era lo mismo hablar del marido cornudo en su ausencia que 17
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tenerlo enfrente y verlo sufrir en serio. Apuré un trago de tequila y de repente me volvió, clara, la sensación de náusea. Quise decirle algo que atenuara su desgracia, disculparme. No se me ocurría nada. —Pero esa tú la conoces desde hace mucho… —fue lo único que salió de mis labios. Parecía a punto del llanto, pero se recompuso para echarme una mirada de reproche. Luego miró el techo como si ahí buscara lo que iba a decir. No lo encontró, porque enseguida repasó la cantina completa: las paredes, las mesas vacías, el borracho solitario que se había quedado dormido con la cara sobre un charco de su propia saliva, los tres hombres que mantenían aún su conversación de murmullos, la barra y el cantinero, quien le devolvió la mirada creyendo que le pediría algo más. Su actitud diluyó dentro de mí el remordimiento. De nuevo sentí la soberbia del triunfo sobre alguien que, en apariencia, llevaba todas las de ganar. Pensé en Brenda. La recordé como más me gustaba: después del orgasmo, tendida a mi lado, el rostro encendido, la sonrisa de niña traviesa apenas oculta detrás de las palabras que emitía con el fin de llenar el tiempo mientras esperaba que yo recobrara fuerzas para volver a empezar. Me contaba trozos de su vida. Sus amores. Yo no era el primer tipo con el que engañaba a Armando. Hubo otros antes. Sobre el hombre frente a mí pesaban varios engaños. Varias traiciones. —Te lo pregunté porque… —hizo una pausa larga, como si no se atreviera a decirlo—. Porque yo sí la amo. Sigo enamorado de ella igual que al principio. De nuevo desvió la mirada para ocultarme el brillo de sus ojos. Una profunda sensación de lástima me inundó el pecho. Aquel hombre, que encarnaba la imagen ideal del éxito en la vida, estaba en realidad carcomido por dentro a causa de la traición de su mujer. En la superficie, bastaba con mirarlo para sentir envidia. A todas luces se notaba que era rico, respetado en su ámbito, joven y sano, estaba casado con una mujer 18
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hermosa y ambos tenían una hija tan bonita como la madre. Nada le faltaba para ser feliz. Sin embargo, en su interior todo era triste, oscuro, doloroso. Y yo era en parte culpable de ello. Aunque sólo en parte. ¿Te cuento un secreto?, me preguntó Brenda en una ocasión. Engañé por primera vez a Armando a los ocho meses de casados. Y quizás debí hacerlo antes. Desde las primeras semanas me di cuenta de que no alcanzaba a satisfacerme. Puse todo de mi parte para mejorar nuestros encuentros sexuales, pero él nunca respondió bien. No es un hombre con mucha imaginación. Pero te ama, le dije yo en esa ocasión. Sí, me ama, y yo lo amo a él. ¿Eso qué tiene que ver?, me respondió. —¿Estás seguro de lo que sientes? —le pregunté. —¿Cómo no estarlo? Nunca me ha interesado otra. Ella llena mi vida. Y está este dolor. Si no estuviera enamorado, ¿crees que me dolería tanto? —Te dolería igual, creo. A veces lo que jode es el orgullo, como dijiste. —Sí, pero hace sufrir más lo otro. —Acaso, en vez de enamorado, estés acostumbrado. Como dice la canción, la costumbre suele ser más potente… —¿Tú crees? —sus ojos se llenaron por un segundo de esperanza. —Y ni siquiera estás acostumbrado a Brenda, sino a la idea que te hiciste de ella cuando se casaron. A la idea del matrimonio, de la familia, de criar juntos a su hija. Hace años decidiste que sería la mujer de tu vida y te afecta que esa idea no se sostenga. Créeme. Soy más viejo que tú y he visto muchas cosas. Ahí estábamos, como un par de amigos íntimos confíándose sus cuitas de amor. ¿En qué momento se había establecido esa atmósfera de intimidad? Los ojos del hombre estaban rojos, como si hubiera llorado. Y tal vez lo había hecho, sin lágrimas. Yo luchaba, sin éxito, contra la compasión y la culpa, y ambas me revolvían el estómago. No debo dejarme 19
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conmover, me dije. Somos rivales. Además, aquí yo soy el malo. Pero, ¿en realidad lo era? ¿Yo era el responsable del sufrimiento de aquel pobre infeliz? No, mi participación era limitada. Responsable no, cómplice sí. Una frase que había leído en el libro de un poeta de mediados del siglo anterior comenzó a rondarme la mente con insistencia: “No hay maridos cornudos, hay mujeres putas”, decía más o menos. Y después, le pregunté aquella ocasión a Brenda, ¿cuántas veces lo engañaste? Ella sonrió mientras se acurrucaba junto a mi cuerpo en actitud mimosa. Varias, dijo cínica, pero no te las contaré porque te vas a poner celoso. —Nos conocimos cuando éramos estudiantes, ¿lo sabías? —la voz de Armando brotó grave y lejana. Me dio la sensación de proceder de un profundo foso—. Ella iba en Historia del Arte y yo en Arquitectura. Era tan inocente, tan hermosa, tan llena de vida. Me la presentó un amigo, que había sido su novio, y desde el primer día se volvió una obsesión para mí. Le pedí que anduviera conmigo cuatro veces, se negó las tres primeras y a la cuarta me dijo que la había conquistado con mis atenciones. Aunque lo que yo más deseaba en ese instante era romper una atmósfera de intimidad que me resultaba por completo fuera de sitio, las confidencias de Armando me fueron envolviendo. ¿Inocente? Nunca me había imaginado a Brenda en sus épocas de primera juventud, pero no creí que el calificativo se ajustara a ella. No, jamás pudo ser inocente, pensé. Al contrario, siempre ha sido una redomada cabrona. De pronto el cuadro completo de la pareja de Brenda y Armando se mostró ante mí, y la vi como una suerte de come-hombres que se había aprovechado la vida entera del hombre sentado frente a mí. Sí, una cabrona con mayúscula, me repetí. Y el sentimiento de compasión hacia él volvió más fuerte que antes, ineludible. Y con él la náusea. —Desde que empezamos, su familia me recibió como un miembro más. Fue de lo más fácil encajar en ella. En cambio, la mía no se mostraba tan contenta al principio. Sin embargo, cuando anunciamos nuestro 20
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compromiso mis padres se hicieron a la idea de que tendrían nietos hermosos y todo se arregló. La boda fue impresionante —Armando sonrió contento—. Nos casó el obispo en catedral. Tuvimos un verdadero fiestón y un mes de luna de miel en playas del Caribe y ciudades de Europa. Y regresando nos fuimos a vivir a una residencia que yo diseñé siguiendo sus gustos y caprichos. Ella no trabaja, bueno, escribe sus críticas, pero yo siempre quise una esposa que atendiera la casa y cuidara a los hijos. Y la encontré. No podía ser más feliz… Al hablar me miraba. Sonreía o se ponía serio o melancólico. Yo intentaba pensar en la otra Brenda, en la que se encontraba conmigo a escondidas dos veces por semana. La mujer llena de malicia y cinismo que me llevaba a temblar de lujuria cuando, caminando desnuda en torno de la cama, se frotaba para mí los pechos, las nalgas y la vulva. Mírame bien, decía, esto es lo que te vas a coger. Hoy te voy a sacar hasta la última gota de leche, cabrón. Pero esa imagen, que hasta unas horas antes me hacía sentir algo semejante a la felicidad, en esos momentos me pareció soez, desagradable. Pensé en los amantes que Brenda tuvo antes de mí, y me dije que seguro había llevado a cabo para ellos la misma representación. ¿Y si ahora mismo está viendo a otro?, me pregunté de repente. Conociéndola, no era una idea descabellada. Vacié mi tequila de un trago y me serví otro, que también vacié. Armando me veía beber sin dejar sus evocaciones. —…hasta que me enteré de que me engañaba —el rencor y el sufrimiento, apenas contenidos, aparecieron otra vez entre sus rasgos—. ¿Cómo pudo echar todo eso por la borda? ¿Cómo pudo olvidarse de su hija y de mí para correr detrás del amor de otro hombre? ¿Cómo desdeña una vida perfecta? Su cara se abotagó en cuestión de segundos. Tal vez los recuerdos agradables la habían reblandecido, y al sentir de nuevo el dolor, en lugar de endurecerse se llenó de arrugas que lo envejecieron varios años. Desvié la vista porque la imagen me resultó insoportable. 21
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—Se me ocurre que esa vida nomás es perfecta para ti, no para tu mujer. Ella es diferente, piensa de otro modo, siente distinto. Y tampoco corre detrás del amor de otro hombre. No le importa el amor, persigue otras cosas. Me miró sorprendido, como si no entendiera mis palabras, o como si las hubiera entendido pero no las quisiera aceptar. Enseguida sus labios se ondularon sin llegar a sonreír. Percibió en mí cierta solidaridad y eso lo perturbó. Levantó su caballito de la mesa para observarlo a contraluz. No estaba lleno ni vacío. Bebió el contenido y repartió lo que quedaba de la botella entre los dos. Tuve la sensación de que me convidaría a un brindis, pero no lo hizo. Por suerte no habíamos llegado a ese grado de intimidad. De cualquier modo me di cuenta de que ya no me odiaba, ni siquiera sentía rencor hacia mí. Sólo hacia Brenda, quien lo había decepcionado. Por alguna razón, yo también comenzaba a estar furioso con ella. La idea de que, si no nos engañaba a los dos, podría hacerlo cualquier tarde, había arraigado en mí. Tomé mi tequila. Al acercármelo a la boca su aroma me golpeó igual que amoniaco y lo devolví a la mesa mientras sentía un alboroto en el estómago y el subir y bajar del reflujo por la tráquea. En mi interior ardía un incendio. Armando se rascaba la nuca como si dudara en si seguir hablando o no. —¿Alguna vez te ha traicionado una mujer? —preguntó al fin. Apenas lo dijo, la imagen de Brenda revolcándose en la cama con un hombre distinto se formó en mi mente. Era capaz, por supuesto. Quizás en ese instante, mientras su marido y yo conversábamos, ella veía a un tercero. A pesar de mi ardor interno, encendí un cigarro para disimular mi turbación. —No últimamente, creo… Esas cosas es mejor no saberlas. —Pero los has sabido. —Toma en cuenta que no tengo una pareja en forma desde hace más de diez años… —Estuviste casado en dos ocasiones, y después anduviste con otras. 22
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—Es difícil darse cuenta. Las mujeres son distintas a nosotros. Más cuidadosas, mejores actrices. —No es eso lo que te pregunto. Brenda dejándome en la cama para cambiarse de hotel. Brenda desnudándose frente a otros ojos. El cuerpo de Brenda en otras manos. Susurrando un nombre distinto en otro oído. Las imágenes no me dejaban en paz. —No lo sé… —me resistía. —¿No lo sabes? Esas cosas se sienten antes de saberlas, no te hagas pendejo —Armando gritaba, bajaba la voz, se atoraba—. ¿Te han engañado o no? Brenda hincada, ofreciéndole una felación a un cuerpo desconocido. Brenda gimiendo por el embate del miembro de un tercer hombre. Un hombre joven, vigoroso. La puta de Brenda. —Sí… creo que sí. Armando, que había echado el cuerpo hacia delante en espera de la respuesta que quería escuchar, se dejó caer en el respaldo de la silla satisfecho. Aunque no representaban una victoria para él, mis palabras por lo menos emparejaban un poco la situación. Sonrió, no con burla, sino con un gesto comprensivo. Yo fumaba. Cada bocanada de humo hacía más intensas las náuseas, pero no tenía de dónde agarrarme más que del cigarro. ¿Por qué había dicho que sí? No tenía ninguna certeza. ¿Porque lo creía? Nunca dudé de mis dos ex mujeres en su tiempo, ni de mis parejas posteriores. ¿Sospechaba de Brenda? Tal vez. Lo único seguro era que en ese instante ella no me inspiraba afecto. Ni simpatía. Ni deseo. ¿O lo había hecho para que su marido no se sintiera tan mal? ¿Y a mí qué me importaba Armando? Él se había quedado pensativo y su rostro adquirió poco a poco una honda expresión de tristeza. —Me siento solo —dijo en un murmullo suspirado—. Desde que me surgieron las dudas comencé a entender que no cuento con nadie. Mi hija es demasiado pequeña. Mis padres… 23
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—Eso no nomás se debe a la situación por la que pasas ahora —mi voz comenzaba a arrastrarse, el hipo no tardaría en aparecer—. Todos estamos solos. Uno se da cuenta con los años. Estás entrando en la edad en que la soledad se nos viene encima. Pero no es tan terrible. Hay que aceptarla, y luego es sencillo acostumbrarse. Ambos guardamos silencio. Él tenía los párpados a medio cerrar y entre ellos miraba la mesa sin fijar la vista en ningún objeto. Yo me concentraba en no dejar que la revoltura de estómago me dominara y en sofocar el hipo que se anunciaba dentro de mí en ligeras contracciones. Ya no veía la imagen de Brenda con otro. Ni la de Brenda sola y desnuda. Los vapores del alcohol me enturbiaban la mente y el único pensamiento que distinguía con precisión era el de mi cama esperándome en casa. Me sentía viejo, agotado. ¿Qué tenía yo que hacer con una mujer tan joven, tan llena de vida, tan puta? Quise sonreír, y estuve seguro de que sólo hacía gestos absurdos. El hombre sentado frente a mí se estremeció, dejó caer el mentón sobre el pecho, pero enseguida se recompuso. Alzó la cara y me miró. Sonrió con una mueca absurda y trató de ponerse de pie. Lo consiguió al tercer intento, sosteniéndose del respaldo de la silla. Su mano rascaba dentro del bolsillo del pantalón. —Aunque no lo creas… —dijo mientras dejaba caer un par de billetes sobre la mesa—. Me hizo bien platicar contigo, viejo cabrón. Yo iba a responder algo. Cualquier cosa. Pero al intentarlo la boca se me llenó de una saliva dulzona que me impidió hablar. El reflujo se aceleraba dentro de mí. El hombre frente a mí, ahora de pie, se tambaleaba en círculos a punto de venirse abajo. ¿O sólo me lo parecía? Era el marido de Brenda. De mi amante. A la que tal vez ya no volvería a ver porque se había ganado mi desprecio. ¿O sí la vería de nuevo? Ahora me resultaba antipática, odiosa. Y este hombre no merecía que lo traicionáramos. Un buen hombre, me dije tratando de enfocarlo. Pero Brenda era tan hermosa, tan joven. Cogía tan bien. Carajo. Armando extendió una 24
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mano trémula hacia su caballito. Estuvo a punto de voltearlo, mas consiguió sostenerlo con cierta firmeza. Lo llevó a sus labios. No obstante, antes de beber lo retiró, alzándolo en mi dirección en un brindis. —Debo parecerte ridículo, ¿no? —balbuceó—. ¡Salud! Localicé mi caballito con la vista y llevé la mano a él. Mientras lo levantaba pensé responder algo que lo consolara por su desgracia, que lo hiciera sentir menos mal. Que ninguna mujer vale la pena. Que no tuviera celos de mí, de un viejo ya en las últimas. Que se buscara una amante. Pero las palabras se hacían un embrollo detrás de mi lengua, justo donde la saliva dulzona se acumulaba y se acumulaba. —No —fue lo único que logró salir de mi boca. Se tomó el último trago y al pasarlo su cara palideció. Después se puso roja. Iba a decir algo, pero su cuerpo se sacudía en espasmos breves. Yo me eché el resto de mi tequila a la boca, mirándolo hasta que los ojos se me empañaron. Miré alrededor. Los tres hombres junto a la barra seguían hablando. El cantinero veía a Armando con curiosidad. A mis espaldas, el bebedor solitario continuaba dormido y, detrás de él, se abría la puerta del baño. Sucio, apestoso. La náusea se me adhería a las paredes del estómago insistente, tenaz. Volví la vista al marido de Brenda. Brenda. ¿Cuándo me tocaba volver a reunirme con ella? Quise sonreírle a Armando por última vez en la noche, pero no sé si lo conseguí. Tenía la boca entumida. De cualquier modo él ya no lo hubiera visto. Había dado media vuelta y avanzaba dando tumbos a la salida. Va muy borracho, me dije. Ojalá no le pase nada de regreso a casa. Si no, voy a tener que consolar a su mujer. Justo cuando él cruzaba el umbral de la cantina para perderse en las calles, me levanté casi de un salto de la silla y caminé haciendo eses a vomitar en el baño.
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