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Cómo es el mundo La realidad que gobierna las relaciones internacionales es más triste y limitada que aquella que dirige los asuntos nacionales. Robert D. Kaplan, La venganza de la geografía
El mundo es como el patio de un colegio En todos los colegios del mundo hay niños y niñas que controlan a su pequeño círculo de compañeros. Son los dominadores de una clase o de un curso completo, conocidos, respetados y temidos en todo el colegio. Este orden de poder escolar se percibe especialmente en los patios de los centros de enseñanza, durante los tiempos de asueto, cuando los alumnos se muestran tal como son, una vez relajados de la tensión de las aulas. Allí se puede observar con nitidez a quienes tienen esa capacidad para influir sobre los demás, poder que puede provenir de una o varias circunstancia diversas: fortaleza física, facultad innata de liderazgo, habilidad para la práctica de deportes, pertenencia a una familia poderosa, elocuencia aguda y viperina, caer en gracia a los maestros... o mera maldad unida a astucia. 17
Estos niños con especial ascendiente sobre los demás pueden actuar de modo benefactor con el grupo, arrastrándolo a realizar actos nobles. Pero, con frecuencia, suelen ser los incitadores de gamberradas, los responsables de organizar actividades ignoradas por los profesores y que vulneran las normas escolares o, lo que es aún más perverso, de agredir psicológica e incluso físicamente a compañeros más vulnerables o bien menos dotados o agraciados. Los niños que así se comportan acostumbran a rodearse de aquellos otros que buscan en su acercamiento protección y reconocimiento, una fortaleza de la cual carecen o no poseen en tan alto grado como los líderes a los que se subordinan. Son estos los que ríen las gracias de los poderosos, los que los jalean cuando actúan pérfidamente contra los endebles objetos de burlas y chanzas, los que aplauden sus muestras de potencia y habilidad física. En definitiva, pertenecen al club de los que prefieren perder parte de su personalidad a cambio de integrarse en una corte de aduladores que les otorga cierto estatus y consideración. Por supuesto, para que el líder y su séquito puedan actuar como tales deben convivir con otros alumnos a los cuales consideran inferiores, de modo que nunca les van a faltar justificaciones. A unos simplemente los ignorarán por no pertenecer a su nivel social o simplemente por no jugar tan bien como ellos a los deportes más populares del centro educativo. Otros, lamentablemente, se convertirán en la diana a la que lanzarán los dardos de malicia que les permiten sentirse superiores. Si estos desgraciados son también estudiantes sobresalientes, la ira del grupo poderoso se cebará en ellos para evitar que puedan hacerles la competencia y cuestionar su superioridad. A algunas de estas víctimas, si carecen de la suficiente fortaleza mental o apoyo familiar, pueden llegar a causarles un daño terrible, irreparable e indeleble. De entre ellas, puede haber personas que aspiren a integrarse en el grupo de los comparsas con la finalidad de dejar de ser el blanco cotidiano. Tristemente, estos reconvertidos pueden transformarse en los más crueles con los ajenos. 18
Pero también se encontrará a otros que se resisten a ser influidos por el líder o por la presión de todo el grupo, con resultado más o menos solvente. Habrá quien, también dotado de cierto poder, simplemente no desee formar camarilla ni ejercer la menor influencia, contentándose con llevar su propia vida, ser respetado y mantenerse al margen de actuaciones impropias contra sus compañeros. En ciertas situaciones quizá le interese la alianza temporal con el poderoso de turno, pero en general podrá gozar de independencia. Por último, existirán los que decidan aislarse del conjunto de los alumnos y no participar en ninguna actividad, ni positiva ni negativa, manteniendo una actitud sólida o reaccionando con desmesura en la primera ocasión en que alguien pretenda vilipendiarlos. Lo mismo podría decirse de cualquier colectividad cuyos integrantes deben pasar muchas horas juntos, como puede ser un cuartel, una prisión o un lugar de trabajo. Y de modo similar sucede en la esfera internacional, donde existen potencias con distinto grado de capacidad de influencia en las decisiones mundiales.
La hipocresía, principio rector de la geopolítica El conquistador siempre es un amante de la paz; desea abrirse camino hasta nuestro territorio sin encontrar oposición. Carl von Clausewitz
No hay nada más hipócrita y cruel que la política internacional, pues todo lo que en ella se gesta y realiza está basado exclusivamente en los intereses de cada país, los cuales son siempre efímeros y cambiantes, y muy poco o nada tienen que ver con los de los demás Estados. La política nacional también es despiadada y cainita, sin ningún miramiento hacia el adversario político, pues cualquier medida que contra él se adopte se considera legítima mientras sirva para debilitarlo y expulsarlo 19
del poder, con la única intención de ocupar su lugar. Aun así, es de suponer que todos los grupos políticos —incluso los más dispares— persiguen el mismo fin e interés, el bien de sus ciudadanos y de su nación, aunque cada uno lo interprete con una aproximación diferente según sus afinidades ideológicas. Pero en el ámbito internacional en que se mueve la geopolítica no hay ningún fin común, al menos no permanente, que sirva para refrenar los más bajos instintos, ni siquiera un rescoldo que siempre se mantenga vivo y pueda servir de cohesionador. Los intereses comunes son tan perecederos que enseguida se pudren y pasan a ser sustituidos por otros, por lo que alianzas, amistades y enemistades fluyen con paradójica y sorprendente rapidez. Se vive en un permanente estado de rivalidad, en el que todas las partes se lanzan codazos para hacerse un hueco y conseguir que primen sus propios intereses. Ni siquiera los peligros o amenazas que se podrían considerar comunes, como pueden ser las derivadas del cambio climático, ejercen una influencia real. Porque en este singular ambiente, cada país mira exclusivamente por su propio interés. Se puede decir más: cuanto más poderoso es un país, menos se preocupa realmente por las necesidades de las demás naciones. Aunque pueda parecer una frivolidad, para que todos los países adoptaran decisiones comunes que beneficiaran al conjunto de la humanidad, se tendría que dar una amenaza extraterrestre en forma de invasión o algo parecido. Mientras tanto, ha sucedido y sucederá que cada país tan solo mire su propio ombligo y actúe para su propio bien, aun cuando sea plenamente consciente del daño, directo o indirecto, que puede causar al resto. El historiador militar Michael Howard resume el altísimo grado de hipocresía en que se basan las relaciones internacionales, siempre regidas, orientadas y legisladas por los poderosos, con esta frase: «Con frecuencia, los Estados que muestran mayor interés por la conservación de la paz son los que acumulan más armamentos».
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El juego de influencias Los fuertes hacen lo que desean y los débiles sufren sus abusos. Tucídides
En la esfera internacional coexisten potencias con distinto grado de capacidad de influencia en las decisiones mundiales. Se puede considerar que existen dos tipos básicos de países: los dominadores y los dominados. Los primeros ejercen su control a escala regional o global. Los sometidos pueden estarlo de modo más o menos directo, de diversas formas (militar, económica, cultural, tecnológica, etc.) y aceptar de mejor o peor grado su condición, incluso con resignada pasividad. Si es necesario, pueden llegar a subordinarse a los más poderosos, con tal de ser respetados e incluso temidos. Los países que, por el motivo que sea, no se sienten poderosos —disponer o no del arma atómica es un claro punto de inflexión— procuran cobijarse bajo el paraguas de una potencia superior, que, al menos teóricamente, les garantice tanto su seguridad como su inmunidad. Es lo que ofrecen las potencias nucleares, en cuanto a medios puramente estratégicos, al igual que hacen los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSNU) frente a las hipotéticas sanciones internacionales. Así es como ha obrado China con Sudán y su presidente Omar al Bashir, quien se mantiene en su puesto a pesar de que la Corte Penal Internacional emitió, en marzo de 2009, una orden internacional de arresto por crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra como consecuencia de la violencia ocurrida en Darfur. El presidente Al Bashir sabe que mientras se mantenga a la sombra de China es intocable. Pekín ofrece también este «servicio» a otros países durante los procesos negociadores, en los que emplea la política del win-win, una negociación aparentemente transparente en la que las dos partes ganan. Por ejemplo, en su relación con Sudán, Pekín obtiene acceso al crudo y las tierras cultivables 21
del país. China tiene la ventaja de no haber sido potencia colonizadora, por lo que no genera los mismos recelos que otras potencias rivales, especialmente en África. Siria es un ejemplo de cómo un Estado débil atacado por otro más belicoso se ve obligado a apoyarse en un tercero, el fortachón. Su presidente, Bashar al Asad, tuvo que aceptar la ayuda de Rusia —que por supuesto perseguía sus propios intereses— para evitar perder el poder en un momento en que sus fuerzas se tambaleaban ante el impulso de los rebeldes apoyados por Estados Unidos y algunos de sus aliados regionales y mundiales. Por otro lado, cuando un país considera que no tiene suficiente peso o ascendente regional o mundial, se alía con otros países para ganar peso geopolítico. Algunos se escudan en una premisa expuesta por Otto von Bismarck, primer ministro de Prusia (1862-1873) y canciller de Alemania (1871-1890): «Los pueblos que se aíslan por completo, creyéndose que se bastan por sí solos para la defensa de su patria e intereses, llegarán a desaparecer, abrumados bajo el peso de las demás naciones». Cuando esto sucede, la subordinación puede alcanzar un grado tal que algunos países, incluso aquellos considerados potencias medias, se dejan arrastrar por las superpotencias del momento y entran en aventuras bélicas ajenas por completo a sus intereses. Ocurre así con los gobiernos que mandan a sus tropas a lugares remotos donde no tienen ningún verdadero interés propio que defender, aunque luego haya teóricos —siempre los hay y muy dispuestos a agradar a los gobernantes de turno— que lo justifiquen con teorías como las de la «defensa adelantada», los riesgos globales que no pueden ser abordados en solitario, la protección de los derechos humanos (como si solo en ese lugar se estuvieran vulnerando) o la promoción de los valores democráticos. En no pocas ocasiones, lo único que estos «países mariachis» consiguen es granjearse nuevos enemigos de los que no tenían ninguna necesidad. Y esto puede acarrearles desde atentados en su propio territorio —algo habitual si en la alejada área de operaciones han tenido que enfrentarse, o simplemente han perjudicado de algún modo, a un grupo que incluya el terrorismo entre sus tácticas— a una 22
convulsión social por la falta de apoyo entre la ciudadanía a la imprecisa expedición militar que acabe con el derrocamiento del gobierno responsable del envío de las fuerzas. Algunos Estados, muy pocos, no encajan en ninguno de los grupos anteriores. Unos, porque no disponen de la capacidad suficiente para ser dominadores pero tampoco desean ser dominados de ningún modo. Son los que se quedan aislados del sistema internacional y se convierten en «rebeldes». En la última Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, del 9 de febrero de 2015, este adjetivo se reemplazó por el de «irresponsables», una categoría en la que hoy se incluye a países como Corea del Norte. Pero, al igual que sucede con los niños que intentan vivir al margen de los grupos que dominan sus escuelas, los Estados que se niegan a entrar en los juegos de poder e intentan aplicar sus propios sistemas políticos y sociales corren un indudable riesgo, pues deben defender su supervivencia en solitario. Ciertos países —como Arabia Saudí, Turquía, Egipto e Irán— forman otro reducido grupo, el de aquellos que, siendo ya líderes regionales, aspiran a seguir creciendo e influyendo, pero renuncian a un poder más global por no ofender a las superpotencias, con las que mantienen una relación ambigua. Eso sí, tampoco aceptan ser relegados al grupo de los vasallos geopolíticos. Una distinción parecida es la que ofreció el politólogo Zbigniew Brzezinski, para quien existían «jugadores estratégicos» y «pivotes geopolíticos». Entre los primeros están los Estados con capacidad y voluntad nacional para ejercer poder o influencia más allá de sus fronteras y alterar la situación actual de las cuestiones geopolíticas. Estos «jugadores estratégicos» son siempre países importantes y poderosos, aunque no todos los que reúnen estas características tienen por qué serlo, pues dependerá igualmente de la voluntad de sus gobernantes de entrar en el juego del poder. Por otro lado, los «pivotes geopolíticos» son aquellos Estados, como Ucrania, Azerbaiyán, Corea del Sur, Turquía e Irán, que deben su relevancia a una situación geográfica que les permite condicionar el acceso de otros países a ciertos recursos y lugares. 23