La gata escurridiza del barrio Las Américas
La vida en Quibdó, en el barrio Las Américas, se mueve al ritmo de la familia y la cercanía. Pero este año, esa cotidianidad se vio alterada por un misterio felino. En el piso de arriba de la casa, donde mi primo Guillermo solía pasar el rato, un ruido comenzó a filtrarse. Al principio, lo achacábamos al viento o a la casa vieja, pero la persistencia del sonido nos hizo dudar. Con el paso de los días, la curiosidad se convirtió en una mezcla de intriga y, para qué negarlo, un poco de miedo.
La respuesta llegó de la forma más inesperada. Una tarde, un ruido bajo la cama nos hizo asomarnos. Y ahí estaba: una gata pequeña, de pelaje blanco y negro, con ojos curiosos y un espíritu salvaje. Era menuda, pero se movía con la agilidad de una cazadora. Le pusimos un plato de comida y, en un abrir y cerrar de ojos, la casa se convirtió en su refugio. Ella, a su manera, también se unió a la familia.

Pero esta gata tenía un horario estricto: llegaba casi siempre a las tres de la tarde. Un día, sin embargo, la hora pasó y no apareció. La incertidumbre nos invadió. ¿Dónde estará? Como era medio "callejera", decidimos no alarmarnos demasiado.
La respuesta llegó de forma fortuita. Al pasar por la casa de al lado, la vi. Estaba allí, con su mamá y sus hermanitos. De repente, todo cobró sentido: la gata no nos había abandonado; tenía dos hogares. Con apenas cuatro meses, la habíamos adoptado sin saber que ella ya tenía una familia. Hablamos con los dueños y, sin dudar, acordamos que la gata tendría dos casas.
El experimento funcionó por un tiempo. Pero el plan tenía una grieta. Los hermanos de la gata, atraídos por la comida y el
cariño, empezaron a seguirla. De uno en uno, también se hicieron parte de nuestras vidas. Se generó un tráfico de felinos que duró hasta que el gato original de la casa, un mimado de la familia que había estado en el veterinario, regresó. Su cara era un mapa de hostilidad. Los encontró a todos invadiendo su territorio, y la guerra de los gatos comenzó.

A base de zarpazos y maullidos, el gato residente hizo valer su puesto. Los hermanos de la gata se fueron yendo, hasta que solo quedó ella, la que había empezado todo. Fue un adiós agridulce, pero la gata, fiel a sus dos casas, seguía bajando de vez en cuando a vernos.
Su historia, la de la gata escurridiza que vivió entre dos mundos, se ha convertido en una de las anécdotas más queridas de este año. Y, cada vez que la recordamos, sonrío al pensar en ese
pequeño animal que nos demostró que el amor, a veces, se puede encontrar en dos lugares a la vez.