
Me senté a desayunar con mis hijos cuando se oyó una explosión. Levanté la mirada, pero Christofer y Jonathan seguían en lo suyo, con audífonos y sin prestarme atención.
Pensé: ¿habrá sido un balazo? El cuerpo se me puso inquieto, como si algo malo hubiera pasado en la colonia. Toqué a Jonathan para decirle:
¡¿Qué?! —respondió, molesto
¡¿Qué quiere?!

Es el hambre ya jajajajajajajajaja
Que enojado andás Jhonatan


¿No escucharon ese ruido?
Estoy casi segura que eso no fue cualquier cosa, sonó como
!Un balazo¡



Según el señor de la tienda, a eso de las nueve de la mañana el camión rojo de la soda llegó a nuestra colonia. Normalmente el camión entraba una o dos veces a la semana, dejaba producto en varias tiendas de por allí y se retiraba. Dos muchachos se bajaron a descargar los fardos de gaseosas y jugos, los llevaron a la tienda de Jorge, cobraron y regresaron al camión. En eso apareció el Sapo, sin camisa, apantallando a medio mundo con su ancha espalda tupida de tatuajes; el muy sin vergüenza solo salía para sacarle pisto a cualquiera que entraba. Llegó con toda la tranquilidad del mundo, se paró frente a los dos cipotes y les pidió dinero con la misma naturalidad que uno saluda de buenos días a un par de amigos.
Pero esta vez, el vigilante se cansó. Un silbido. Un disparo. Y ahí quedó, tirado en la calle.


AYUDEN A MI PAPI PORFAVOR...

Vecina tengo algo que contarle...

Dicen que Yami lo vio todo. Que quiso correr hacia él. Desde ese día, la colonia cambió. La gente decía: Mataron al seboso. Nadie lo lloró… excepto su hija.

A los días, Yami se fue a vivir con sus abuelos. Y aunque muchos decían que era mejor así, yo solo podía pensar en lo mismo: Qué injusto que todo eso quedara para siempre en el corazón de una niña.

perdón… no sé qué decirte… pero no estás sola
