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ENTRE LA SELVA Y LA CIUDAD UN ASALTO EN EL TIEMPO

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"ENTRE LA SELVA Y LA CIUDAD UN SALTO EN EL TIEMPO" (LA VORÁGINE)
"En medio de la incertidumbre y el caos, la resiliencia y la solidaridad son nuestras mayores herramientas para encontrar el camino hacia adelante."

Ya cansados de tanta tormenta, frio, viento, y las diferentes situaciones que últimamente estábamos viviendo, ya que para Alicia la selva parecía haberse convertido en una prisión sin salida. Ella estaba exhausta sobre el suelo cubierto de hojas, la fiebre consumiéndola cada vez más. Su mirada, antes esperanzada, ahora estaba llena de desesperación y rabia. Las noches eran interminables, y la selva, con su inmensidad implacable, no ofrecía ningún consuelo.

Nopuedomás,Arturo

—murmuróAlicia,su

voz cargada de frustración—. No puedo soportar esta maldita selva ni un minutomás.

De pronto las sombras de la selva cerraban sobre nosotros como un manto impenetrable. Alicia, agotada por el miedo y el cansancio, se aferraba a mi brazo mientras intentábamos abrirnos paso entre la espesura de la selva. El sonido del rio se mezclaba con los cantos de las aves nocturnas y los rugidos de animales feroce ocultos, y el aire se hacía cada vez más denso, sofocante, imposible de respirar. Era como si la misma selva se burlara de nuestra desesperación.

De pronto, un relámpago rasgó el cielo y un trueno sacudió la tierra bajo nuestros pies. En ese instante, algo cambió. Sentí una corriente helada que me recorrió la columna y, de repente, el mundo alrededor de nosotros comenzó a girar y a deformarse, como si el tiempo mismo se retorciera. Alicia me miró con ojos de terror, y por un momento creí que la locura finalmente nos había alcanzado.

Sin embargo, el vendaval de luces y sombras cesó tan bruscamente como había comenzado. Por certeza o por desgracia nos encontramos de pie, pero estábamos en medio de una carretera desconocida, con vehículos que pasaban zumbando a nuestro alrededor, emitiendo un sonido que nunca antes habíamos escuchado. Alicia se tambaleó, confundida. Los árboles de la selva se habían desvanecido, reemplazados por edificios de metal y vidrio que se erguían hacia el cielo como torres imposibles de alcanzar. Estábamos de nuevo en Bogotá, pero no era la Bogotá que conocíamos.

—¿Qué ha pasado, Arturo? —murmuró Alicia, mirando a su alrededor con asombro.

—No lo sé… es como si hubiéramos atravesado un umbral, como si el tiempo hubiera saltado sobre nosotros. ¿Es esto un sueño?

Frente a nosotros, una pantalla gigante mostraba imágenes de gente hablando en lugares que no reconocíamos, mencionando palabras que nunca habíamos escuchado: "Internet", "redes sociales", "smartphones", entre muchas otras más. Todo parecía extraño y ajeno.

—¿Están bien? —preguntó, y se quedó mirándome de forma extraña

—¿Qué año es este? —le pregunté

—Estamos en el 2024 —contestó, y se quedó mirándome nuevamente de forma extraña y me dijo

- ¿Está borracha o qué?

Nos miramos, Alicia y yo, sin saber si reír o llorar.

Alicia seguía tambaleándose, observando con asombro los automóviles y los edificios metálicos que parecían rozar el cielo.

No sabía si estábamos soñando o atrapados en una alucinación.

La fiebre de Alicia empeoraba y su desesperación aumentaba.

—Arturo, esto no puede ser real —murmuró ella con voz temblorosa.

La llevé a un lado de la carretera, buscando dónde detenernos. Las luces y los ruidos de la ciudad moderna nos abrumaban. Finalmente, encontramos un banco donde Alicia se dejó caer, agotada. Mientras intentaba entender nuestra situación, un hombre con barba y gafas se acercó..

—¿Están bien? —preguntó, notando nuestro estado. Le respondí que todo nos resultaba extraño. El hombre sacó un dispositivo brillante que emitía luz, lo llamó "teléfono". Nos observó con curiosidad mientras le explicaba que no sabíamos cómo habíamos llegado a este lugar. Ofreció ayudarnos, pero Alicia, con su salud deteriorada, apenas podía respirar. —Ella necesita atención médica —dijo el hombre, preocupado.

Acepté su ayuda, y nos llevó en su extraño vehículo hasta un hospital. Mientras viajábamos, veía la ciudad llena de luces y pantallas. Bogotá era irreconocible. Habíamos escapado de la selva, solo para caer en una prisión de modernidad.

Cuando llegamos, atendieron a Alicia de inmediato. Yo, exhausto, solo podía preguntarme: ¿habíamos sobrevivido a la selva para perdernos en esta extraña realidad?

Los médicos revisaron a Alicia y con los síntomas presentes determinaron que era covid-19, pues ella adquirió esta enfermedad que ha azotado notablemente la población, de la impresión no había notado aquel elemento que las personas usaban en la cara, un tapabocas. -Ya solo no había cambiado la realidad de Bogotá en cuanto el avance tecnológico que pude notar, sino que estaba enfrentando una de las pandemias más grandes.

A medida que los días pasaban y la pandemia seguía su curso, Alicia y Arturo comenzaron a comprender que su experiencia en Bogotá, aunque marcada por el desafío de adaptarse a una nueva era tecnológica, también era una oportunidad para aprender y crecer. En un mundo donde la tecnología y la crisis sanitaria se entrelazaban, encontraron que la resiliencia y el apoyo mutuo eran tan cruciales como cualquier avance tecnológico.

La llegada a Bogotá, con todas sus complejidades y sorpresas, les enseñó que la verdadera adaptación iba más allá de comprender los dispositivos y sistemas; era también una cuestión de entender la humanidad en un contexto cambiante. En esta nueva realidad, Alicia y Arturo descubrieron que, a pesar de las diferencias entre su vida en la selva y una Bogotá moderna, el valor de la empatía y la solidaridad seguía siendo fundamental para enfrentar los desafíos que se presentaban. Pues hoy día hay que empezar con enfrentar y ayudar al otro desde sus desafíos emocionales para luego poder avanzar en otros campos como las desigualdades y las explotaciones.

FIN

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