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ANDREA MONESMA-caperucita

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Caperucita en Manhattan

Carmen Martín Gaite

BIBLIOGRAFÍA

Carmen Martín Gaite (1925-2000) fue una destacada escritora y ensayista española, reconocida por su estilo narrativo único y su enfoque en la psicología de los personajes. Su obra abarca desde la novela hasta el ensayo y la poesía, con un enfoque en temas como la identidad, la memoria y la condición femenina. Su novela más conocida, *Entre visillos* (1957), refleja las tensiones sociales y emocionales de la posguerra en España. Martín Gaite también destacó por sus ensayos literarios, como *Usos amorosos de la postguerra* (1970), y por su habilidad para crear mundos complejos con una profunda carga emocional. A lo largo de su carrera, recibió diversos premios, entre ellos el Premio Nadal y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Caperucita en Manhattan

Versión para teatro de Soledad G. Ferrer

Carmen Martín Gaite

La verja de Central Park. A un lado de la escena, la gran puerta de entrada al parque, que está abierta. Es de noche y hace frío, casi de nevar. Tiene que haber árboles, poco ruido de coches, farolas. Al fondo y por encima de los árboles se ve el rascacielos del Dulce Lobo, el rey de las tartas. Sara Allen y Miss Lunatic aparecen caminando despacio por un lado de la escena como si llevaran hablando mucho tiempo. Sara va vestida con un conjunto de jersey de punto y falda plisada de color rojo, calcetines blancos y zapatos rojos, lleva un impermeable con capucha de color rojo y una cesta cubierta con un paño de cuadros rojos y blancos. Miss Lunatic tiene una cabellera muy larga y blanca. Va vestida con harapos, muchas bufandas y abalorios, un gran bolso y un gran sombrero de fieltro de ala ancha. No pueden faltar la cesta con el pañuelo de cuadros rojos y blancwos en donde va la tarta de fresa ni el coche de bebé de Miss Lunatic, que en estos momentos tiene la cesta con la tarta dentro.

Miss Lunatic: Y tu madre, ¿no estará preocupada?

Sara Allen: Mi madre siempre está preocupada por algo, pero en esta ocasión no creo que esté preocupada por mí. Ella y mi padre se han tenido que ir volando a Chicago esta mañana porqueun tío mío al que yo no conozco está muy enfermo y dicen que se va a morir. En estos momentos deben estar con la familia… (Suena su móvil) ¡Mira, debe de ser ella! ¡Hola, mamá!

(Se oye la voz de la madre de Sara amplificada)

V: ¡Hola! Sara, cariño, ¿qué tal va todo?

S: Esto es un rollo. Los señores Taylor han salido por ahí esta noche con unos amigos suyos…

V: ¿¡Cómo!? Pero ¿se han ido por ahí? Pero ¿cómo han hecho eso?

S: Pues no sé… habrían quedado, supongo.

V: Así que te han dejado allí sola con Rod... ¡¡Solos los dos!! ¡Ay, Dios mío! Y¿qué estáis haciendo los dos solos en la casa? ¿Os estáis portando bien?

S: ¡Claro! Pero no sé qué estará haciendo él, la verdad, en cuanto se han ido sus padres se ha encerrado en su habitación con un montón de bolsas de patatas fritas y una docena de chocolatinas. Supongo que estará jugando a la playstation o algo así. No me ha ofrecido ni media chocolatina… (Sara va escenificando como si estuviera en casa de los Taylor, con mucho realismo, y Miss Lunatic, que se ha quedado al principio sorprendida, no puede dejar de reírse con todas las trolas que cuenta Sara).

V: Pero ¡qué barbaridad! Ya casi es la hora de cenar y estas criaturas solas en un apartamento de Nueva York con todos los peligros que hay.

S: No te preocupes, mamá, que la señora Taylor me ha dicho que tenemos la cena preparada en la nevera. Solo hay que meterla unos minutos en el microondas y ya está…

V: ¡Pero si tú no sabes usar el microondas! Será mejor que la toméis fría por si acaso.

S: ¿Qué? ¡Pues claro que sé cómo funciona el microondas aunque tú nunca me hayas dejado encenderlo! (Mirando a Miss Lunatic haciendo gestos de que su madre es una pelma).

V: Yo nunca te hubiera dejado sola de esa manera por salir por ahí de picos pardos con amigos.

¡Se va a enterar esa Miss Taylor!

S: Ya, ya sé que tú no hubieras salido por ahí con unos amigos dejándome sola en el piso, ¿con qué amigos ibas a salir?...

V: Bueno, bueno, ni que yo no tuviera mis amigos… Pero no me parece bien que te dejen ahí sola con Rod cuando hemos quedado en que iban a cuidar de ti.

S: Mira, en eso estamos de acuerdo: lo peor es haberme dejado sola con Rod, que es como estar con un fantasma comilón y encima mudo. Como decía el regalo sorpresa del restaurante chino al que fuimos: “Más vale estar sola que mal acompañada”. (Queriendo cambiar de conversación) ¿Sabes, mamá?, hace un rato he bajado a nuestro piso y he cogido la cesta con tu tarta de fresa. (Haciéndole un guiño a Miss Lunatic y mirando dentro de la cesta) Creo que será un postre estupendo…

V: ¡Ay, Sarita! ¡No te la vayas a comer toda, que te vas a poner mala!

S: No, no me la voy a comer yo sola, no te preocupes, que ya encontraré a alguien con quien compartirla… (haciéndole un guiño a Miss Lunatic).

V: Claro, la tienes que compartir con Rod.

S: Sí, sí, me refiero a Rod, por supuesto. Cuando se lo diga no creo que ponga ningún problema para acabársela todita… Bueno, mamá, ¿cómo está papá?

V: Muy afectado con lo del tío. Le he tenido que dar ya tres tranquilizantes. Menos mal que me traje mi botiquín de viaje, que si no…

S: ¡¿Que le has tenido que dar ya tres tranquilizantes?! Pero, ¿tú crees que son necesarios? Oye, tengo una idea, ¿por qué no, en vez de tanta pastilla, le das un beso?

V: Pero ¿qué dices, niña? Tú no entiendes nada de esas eso. Esas son cosas de gente mayor.

S: Y otro beso para ti. Y no te preocupes por nada, que estoy bien. Adiós, adiós… (Cuelga). ¡Uf!

¡Qué pesada! Pero, ¿cómo puede ser que no se le ocurra darle un beso a papá? ¡Con lo que le quiere! Pues no: en vez de besos le da aspirinas y tranquilizantes como a sus pacientes. Es que mi madre es enfermera, ¿sabes? Trabaja en un geriátrico y se cree que a todos hay que cuidarnos como si fuéramos viejecitos inválidos. A mí no me deja salir nunca sola de casa. Por eso ahora me he escapado.

ML: -Has dicho un montón de mentiras.

S: (con un poco de vergüenza) Sí, es verdad… Pero muchas de las cosas que he dicho son verdad: lo de Rod, lo de la cena y el microondas, que los Taylor han salido con unos amigos, lo de la tarta… Se la llevo a mi abuelita, pero si quieres podemos probarla antes.

ML: ¿Y qué pasará cuando ese niño… Rod… salga de su cuarto y no te encuentre?¿Has pensado en eso?

S: Bueno, le he dejado una nota (simula estar leyendo una nota poniendo la voz de Rod): “Me voy a casa de mi abuela. Mi madre y yo vamos todos los sábados y no quiero dejar de hacerlo está semana. A lo mejor paso allí la noche, así que no te preocupes por mí. Te puedes comer mi cena si quieres. Sara.” ¡Claro que quiero! (se ríen las dos) Creo que se pondrá muy contento con la carta.

ML: Lo tienes todo muy pensado. Pero ¿qué pasa si tus padres llaman a la casa de tu abuela?

S: No creo que lo hagan, pero da igual porque yo ya la he avisado de que iba a ir esta tarde. Estamos compinchadas, así que les dirá la misma historia que les he contado yo. También le he dicho que antes de ir pensaba darme una vuelta por Central Park. Cuando llegue voy a contarle un montón de cosas. Me gustaría que conocieras a mi abuela. Se llama Gloria Star y cuando era joven era cantante de cabaret.

Ella es la que me ha dado el dinero con el que te he invitado a los cocktails en ese bar tan elegante en donde estaban rodando la película y las camarera servían las mesas en patines.

ML: Mm, una abuela cómplice. ¿Y tu abuelo?

S: Mi abuelo murió cuando yo era muy pequeña. Y luego mi abuela tenía un novio que se llamaba

Aurelio Roncali y era el rey de los libros. Mis padres nunca me dejaron conocerlo y ahora él ya no está… Se ha vuelto a Italia, que es su país. Él fue el que me regaló Alicia en el país de las maravillas y este plano de Manhattan que estoy usando.(Con pena) No pude ni siquiera darle las gracias. (Repentinamente alegre) A mí me gusta mucho leer, ¿sabes? Mi abuela me regaló el otro día un libro muy interesante que se titula <<Construyendo la libertad>> y que trata sobre la estatua de la libertad. Me lo empecé a leer anoche antes de que mis padres se fueran a Chicago, mientras estaban haciendo las maletas. Estaban tan ocupados que por una vez no se estaban peleando… (De pronto, como si se hubiera dado cuenta de algo, Sara se queda mirando fijamente a Miss Lunatic).

S:Oye, tú...¿cómo le dijiste al camarero ese que era tu verdadero nombre?

ML: Miss Bartholdi. Ese es mi verdadero nombre.

S: Pues el escultor que hizo la estatua de la libertad llevaba ese mismo apellido: Bartholdi. Lo he leído en el libro del que te estaba hablando.

ML: ¿Sí? Y¿qué más decía ese libro?

S: Que el escultor utilizó como modelo para hacer la estatua a su madre, que era una mujer muy guapa y que tanto su madre como él eran franceses.

Oye... (recelosa) ¿de dónde has sacado tú ese acento que tienes al hablar?

ML: ¿Cuál, ma chérie? (Sara se queda mirando a Miss Lunatic mientras ella, lentamente, se quita el sombrero y alza el brazo con el sombrero arrugado en la mano hasta adoptar la misma postura que la estatua de la libertad con antorcha y todo.

Es un momento de transfiguración que se puede subrayar mediante un foco azul dirigido a Miss Lunatic).

S: Tú eres ella, ¿verdad? Tú eres la libertad. (Muy excitada) ¿A que sí, a que es verdad?

ML: (Emocionada) Eres la única persona en toda la ciudad de Nueva York que me ha reconocido. Ese será nuestro secreto, ma petite amie. (Abandonando su pose) A partir de ahora seremos amigas y para demostrártelo en este papel te doy el plano para llegar a mi casa. Y esta es la ficha que tienes que usar para entrar en el túnel que te conducirá hasta allí. Todo está bien explicado en el papel… Pero hay una cosa muy importante. ¿Tú tienes palabras inventadas por ti?

S: (Sara, todavía aturdida, se guarda el papel y la ficha en un bolsito de lentejuelas que lleva)

Claro que sí: las farfanías. Son palabras que yo misma me invento. Lo hago desde que era pequeña. A mi madre la tengo muy preocupada…

ML: Pero ¿por qué?

S: Porque dice que eso de inventarse palabras no es normal. Ha hablado con la Sra. Taylor y han decidido entre las dos que hay que llevarme al psicólogo.

ML: ¿Al psicólogo? ¡Vaya ocurrencia! A lo mejor es que ellas creen que con las palabras que existen ya tenemos suficientes. Pero no: tú y yo sabemos que faltan algunas. ¿A que sí?

S: ¿Es que tú también haces farfanías?

ML: Las llamas farfanías, ¿eh? No está mal el nombre. A ver, dime algunas de las que más te gusten.

S: Pues… SETINARGOS, que significa los trabajos y apuros que hay que pasar para conseguir que algo te salga bien. Por ejemplo: “Los deberes de lengua que tengo para mañana me van a costar muchos setinargos”.

ML: Muy bien, suena a amargo… A ver, dime otra.

S: TOYITOGE.

ML: Esa parece japonesa.

S: Pues sí, es un sombrero amarillo con flecos de colores que le vi una vez a una niña japonesa que pasaba por la calle. Era precioso y en cuanto lo vi se me formó esa palabra en la cabeza.

ML: Tampoco nos vale. Ahora dime tu farfanía preferida.

S: ¡BAMBIDÚ! Significa que está a punto de ocurrir algo importante y divertido al mismo tiempo, como una aventura.

ML: Sí, esa es perfecta. La vas a necesitar para venir a mi casa. Acuérdate.

S: Pero tú ¿dónde vives?

ML: Pues ¿dónde voy a vivir? Mi hijo me construyó la casa en el mejor sitio de Nueva York hace ya muchos años y desde entonces siempre he vivido allí: en la estatua de la libertad.

S: Pero entonces vives en una isla, como Robinson. ¡Tú sola!

ML: Pues sí, nunca lo había pensado. Te gusta la historia de Robinson Crusoe?

S: Bueno, me gusta que pueda hacer todo lo que hace sin pedir permiso a nadie… pero no me gustaría tener que vivir tanto tiempo sola. Me gusta, por ejemplo, estar aquí contigo y también ir a ver a mi abuela.

ML: Pero él tiene a Viernes.

S: Sí… Esa es la parte de la historia que menos me gusta. No estoy de acuerdo con el modo en que le trata, enseñándole todo lo que tiene que hacer, como si Viernes no supiera hacer nada.

Además, por qué le llama Viernes? Por qué no le pregunta cuál es su nombre? Seguro que él se llamaría de alguna manera y sería mejor que ponerle el nombre de un día de la semana. Yo creo que le trata como si fuera su criado… No son verdaderos amigos.

ML: La verdad es que tienes razón. Y ¿cómo son los verdaderos amigos?

S: Pues los amigos hablan sobre todas las cosas que se les ocurren sin ningún problema, sin tener que disimular ni ocultarse nada. Y no solo eso: cuando están juntos se les ocurren cosas nuevas. Eso! Eso son los verdaderos amigos… como tú y yo.

ML: Exactamente. Pero mira, es muy importante estar sola de vez en cuando y poder hacer lo que una quiera con toda libertad sin depender de nadie…ni siquiera de tus amigos. Oye, cuando vengas a casa te puedo prestar unos cuantos libros.

S: (excitada) Sí, sí, iré a tu casa, treparé por la estatua de la libertad… (Bailando alrededor de ML, se para en seco) Pero no tengo un barco para llegar a tu isla.

ML: No te hará falta. Te acabo de dar el plano del túnel de entrada, que empieza en Battery Park, al sur de Manhattan. (Sara va mirando lo que le dice ML en su plano) Para entrar a ese túnel solo necesitarás la ficha que te he dado y tu farfanía. Mi puerta no tiene llave. Y tampoco necesitan trepar por la estatua.

S: Espera un momento… ¿Quieres decir que voy a pasar por debajo del río Hudson?

ML: Pues sí. No te dará miedo, ¿verdad? No te preocupes, que pondré una velita de vez en cuando para alumbrarte.

S: No tendré miedo, Miss Lunatic. Ya lo verás.

ML: Y ahora tengo que irme. Tengo que ir a ver a un amigo que tiene tanto dinero que ha olvidado lo que es la vida. Mira, ves ese edificio tan bonito de allí? (senalando el rascacielos del rey de las tartas) Pues es su casa. Imagínate todo el dinero que debe de tener.

S: (Muy seria de repente) Y ¿qué es la vida, Miss Lunatic?

ML: Ya lo irás descubriendo. Eso es lo interesante de la vida: que hay que ir descubriendo lo que es. De momento solo tienes que saber que no hay que tenerle miedo a nada. El miedo es lo contrario de la libertad, como el dinero. Algunas personas dedican tanto su vida al dinero que se olvidan de lo que es vivir.

Tienen miedo a la vida, ¿sabes? Y no hay que tenerle miedo a nada, pero menos que nada a la vida. Porque la vida tiene muchas caras y cuando parece que todo va mal entonces puede poner otra de sus caras, dar un vuelco en un instante y que todo se quede del revés. ¡Así es la vida!

S: (Pensativa) Creo que eso que dices es lo que me pasó a mí cuando estaba sola en el metro.

No sabía qué estaba haciendo yo allí… era la primera vez que salía sola. No lo pude evitar: todo se me volvió oscuro, solo se veía gente y gente que pasaba con mucha prisa…tuve miedo y me eché a llorar. Y de repente apareciste tú, te paraste delante de mí y todo dio un vuelco! ¡No te vayas! (La abraza en un impulso) ¡Te quiero tanto!

ML: (Correspondiendo a su abrazo, que al principio le ha pillado un poco de sorpresa) Yo también te quiero, preciosa. Espero que vengas a verme muy pronto. Tú y yo tenemos muchas cosas de qué hablar… ¡Y no te olvides de tu cesta!

S: (Va a coger su cesta y descubre que en el coche hay un gatito que se acaba de despertar. Lo coge en brazos, encantada.) ¡Pero si tienes un gatito!

ML: Sí, lo acabo de recoger en Dumbo Park, al pie del puente de Brooklyn. El pobre estaba tiritando de frío. (Sara lo vuelve a poner en el cochecito y coge su cesta) Le he dado un poco de leche y se ha quedado dormido. Se lo voy a llevar a ese amigo que tiene tanto dinero, a ver si se va enterando de lo que es la vida. ¡Adiós!

Acto 2º

Sara entra por la puerta de Central Park mientras Miss Lunatic desaparece de escena. La verja desaparece y se ve lo que hay detrás: un banco al pie de una farola encendida y árboles. Sara se sienta en el banco, pone la cesta al lado y poco a poco se queda dormida. Edgar Woolf aparece por el lado contrario a aquel por el ha desaparecido

Miss Lunatic. Va elegantemente vestido, con guantes, chaleco con reloj de bolsillo, abrigo y sombrero de copa. Tiene el pelo rojizo, barba, y un aspecto lobuno. Cuando llega cerca de Sara empieza a olfatear buscando algo, de un modo muy lobuno. Poco a poco se va acercando al banco donde duerme Sara y, arrodillándose, introduce sus narices en la cesta. Sara se despierta y se asusta, pero enseguida se acuerda de que ha decidido no tener miedo y dice, levantándose del banco y con gran confianza en sí misma.

Sara Allen: Perdone, pero ¿qué olfatea usted en mi cesta?

Edgar Woolf: (Poniéndose de pie rápidamente, quitándose un guante y ofreciendo la mano a Sara) Lo siento, es que huele realmente muy bien. Soy Edgar Woolf. Pasaba por aquí y de repente me he sentido atraído por el aroma de lo que sea que llevas en la cesta.

S: (Le estrecha la mano) Bueno, es la tarta de fresa de mi madre. Voy a casa de mi abuela a llevársela.

W: ¡Ah! Y te llamas Caperucita, claro.

S: (Altanera, imitando el porte de Miss Lunatic) No, me llamo Sara Allen. Caperucita es la protagonista de un cuento de los hermanos Grimm y yo soy una niña que vive en Brooklyn. Mi abuela vive en Morningside.

W: Pues te falta mucho camino para llegar a su casa.

S: No importa, mi abuela ya sabe que voy a dar una vuelta por Central Park antes de ir a verla. Pero sí, creo que ya es hora de que me vaya, se está haciendo un poco tarde.

W: No te vayas todavía. ¿Quieres que te acompañe? Mm, ¡qué bien huele esa tarta de fresa!

S: ¿Quiere probarla? A mi abuela no le importará que esté empezada…

W: Pues sí, ya que lo ofreces. (Saca rápidamente una navaja del bolsillo y la abre como si fuera un asesino) No te asustes. (Corta rápidamente un trozo de la tarta y lo engulle con satisfacción. Cae al banco como fulminado) ¡Oh, es ella, no hay ninguna duda! No hay confusión posible. La reconocería entre un millón. Pide lo que quieras, toda mi fortuna por la receta de esta maravilla, de esta delicia de los dioses, de este milagro… (Se pone de rodillas ante Sara y le ruega, llorando) ¡Mi reino por esta tarta de fresa!

S: (Extrañadísima por los acontecimientos y sin saber qué decir) Pero ¿qué le ocurre? ¿Es que está un poco seca? En realidad es de ayer, pero dicen que siempre está mejor del día anterior. Claro que después de todas las aventuras que hemos pasado a lo mejor está un poco espachurrada. Vamos, levántese por favor.

W: Tú no me entiendes. Necesito la receta de esa tarta más que nada en el mundo. Me puedes pedir lo que sea. ¡Mira! Súbete a este banco. (Sara se sube al banco) ¿Ves este rascacielos con luces de colores? Ese es mi reino, yo soy el rey de las tartas.

S: (Sara se fija en el rascacielos por primera vez) ¿Ese edificio que tiene como velitas y frutas escarchadas en el tejado? Se encienden y se apagan y ¡hui!, ahí va una cascada de purpurina. ¡Qué maravilla! Y ¿ese edificio es suyo por fuera y por dentro?

W: Sí, todo entero. Allí tengo mis salones de té, mis hornos de pastelería, mis máquinas, mi casa… lo único que me falta es... tu tarta de fresa! ¿Qué quieres que te dé a cambio de ella? Porque tú tienes la receta, ¿verdad?

S: Yo no la llevo encima, pero sé dónde está. La tiene mi abuela en un cajón de su escritorio metida dentro de un sobre que dice: “receta verdadera de la tarta de fresa”.

W: ¿Cómo que verdadera? ¿Es que hay otras falsas?

S: Pues sí, mi madre siempre está dando a las vecinas recetas falsas para que a ninguna le salga una tarta tan rica como la suya. Está muy orgullosa de su tarta de fresa, aunque a nosotros nos tiene ya un poco hartos porque todas las semanas tenemos que comernos un par de ellas.

W: ¡Qué maravilla! ¡Comerse dos tartas así todas las semanas! ¡Yo me comería 200! Pero en realidad lo que quiero es que se las coman mis clientes. ¡Cientos, miles,millones de tartas todos los días!

S: (pensativa) Oiga, ¿no le da usted demasiada importancia al dinero? ¿Sabe? Puede ocurrirle que se olvide de lo que es la vida. Pero si quiere puedo conseguirle un gatito y usted se lo lleva a su casa y lo alimenta con nata y crema pastelera…

W: Y ¿para qué quiero yo un gatito, si se puede saber? Eres tú la que tienes que formular un deseo y yo te lo concederé a cambio de la receta.

S: Ya sé qué voy a pedirle: quiero que invite a mi abuela a entrar en su edificio, que podamos pasar la tarde recorriéndolo, que merendemos lo que nos apetezca y que mi abuela, si quiere, se pueda pedir una copita. ¿Qué le parece?

W: Pero ese es un deseo insignificante. Piensa algo más importante, anda… Oye, tu abuela no tendrá inconveniente en darme la receta, ¿verdad?

S: No creo que le importe. Verá, ella está un poco harta de tanta tarta y le gustan más las aventuras. Mi abuela no le tiene miedo a nada, ¿sabe? Hasta se pasea sola por el parque de Morningside sin tener miedo del vampiro ese que dicen que anda suelto por ahí. Mi abuela es una persona estupenda. El otro día ganó mucho dinero jugando al bingo y me dio la mitad y este bolsito tan bonito para guardarlo, mire…

W: (Mr. Woolf mira interesado a ver si queda dinero) Y ¿te lo han robado?

S: ¡Nooo! Me lo he gastado todo esta tarde con una amiga maravillosa que me he encontrado. Mañana mismo voy a ir a su casa con esta ficha… (Se muerde la lengua para no decir nada más) Pero le decía que mi abuela no tiene miedo a nada y que no le da ningún valor al dinero…

(Pensativa, dándose cuenta de que eso coincide con lo que le dijo Miss Lunatic hace poco) Eso quiere decir que sabe vivir la vida y que es libre. Y es verdad, no le hace caso a nadie, ni siquiera a mi madre, que es la que nos manda a todos.De joven se vestía con un traje brillante de color verde que aún conserva y cantaba en un cabaret. Se llamaba Gloria Star.

W: (Sorprendido por el final inesperado de lo que dice Sara) ¿Gloria Star? ¿Tu abuela es Gloria Star? (soñador) ¡Ah! Gloria Star, cuántos años sin saber nada de ella. Cuando yo era joven fui muchas veces a verla actuar y una vez me tiró un clavel desde el escenario.Todavía lo guardo entre mis recuerdos… ¡Gloria Star!

S: Así que usted conoce a mi abuela! Pues entonces seguro que no tiene ningún problema en darle la receta. Y ya sé qué quiero a cambio. Quiero llegar a casa de mi abuela yo sola montada en uno de esos coches que he visto por Manhattan y que son tan largos como una manzana entera de casas y que se llaman limusinas. ¿Puedo? ¿O es mucho pedir?

W: De ninguna manera. Yo tengo tres de esas limusinas. Te dejaré una para ti sola y mientras yo iré con otra a casa de tu abuela. (Dice mientras coge la cesta del banco con mucho cuidado y se la coloca en el brazo) Si no tienes inconveniente, yo mismo llevaré la tarta.

S: Pero yo no sé conducir.

W: Es que no vas a conducir tú. Le diré a Peter que te lleve a dar un paseo por la ciudad y que luego te deje en casa de tu abuela. Allí estaré yo esperándote. Ya verás qué sorpresa se va a llevar tu abuela cuando me vea. Aunque no creo que se acuerde de mí. No, cómo se va a acordar? Yo era un crío de 15 años cuando la conocí. ¿Me das su dirección?

S: Primero quiero saber quién es Peter.

W: (Con impaciencia) Pues quién va a ser? Mi chófer. Bueno, uno de ellos.

S: Es que tiene varios? No sabe usted tampoco conducir?

W: Pues claro que no, para qué quiero conducir si tengo chófer? Además, las limusinas siempre llevan un chófer que las conduce. Me das la dirección de una vez?

S: Bueno, ¿tiene un papel donde apuntarla? Morningside Drive n° (Sara y Edgar Wolff salen de escena después de atravesar la puerta del parque. Mr. Woolf lleva la cesta con la tarta de fresa al brazo).

Aparece en escena una limusina y subidos a ella un chófer y Sara. Él es el típico chófer de uniforme de color gris claro, con gorra de chófer del mismo color y con bigote, algo canoso.

Tiene unos 50 años. Es simpático. Se nota que la niña le cae bien, aunque también le pone un poco nervioso porque no se está quieta un momento y por todas las preguntas que le hace.

La limusina es de color azul brillante con adornos de plata, bastante hortera.

Acto 3º

Peter: Señorita, siéntese ya y estese quieta un rato. Mire, vamos a pasar por el parque que está enfrente de la estatua de la libertad y así podrá usted verla bien. Sara: ¡Ay, qué bien! Y este botón rojo ¿para qué sirve? (al pulsarlo empieza a sonar una música de jazz, en concreto un solo de saxofón) ¡Música! ¡Esto es vida…! ¿Y este botón verde? ¡Uy, se ha abierto un armarito con luz dentro todo lleno de vasitos y bebidas de colores! Peter, ¿puedo beber algo?

P: Por supuesto, señorita. ¡Pero tenga cuidado, no se equivoque y se sirva un whisky!

S: Tomaré una Coca-Cola (coge una lata, la abre y bebe un trago). ¡Esto es vida! Peter, ya te he dicho que no me llames señorita y que no me trates de usted. Pero si te pareces un poco a mi padre. Llámame Sara o Sarita como me dice mi mamá. Oye, (acercándose hacia delante) ¿tú tienes hijos?

P: (Sorprendido pero emocionado) Sí, tengo 4: dos chicos mayores que tú, una chica de tu edad y otra que tiene tres años.

S: Estupendo, una chica de mi edad. Pues vamos a conocerla. Oye, tengo una idea: puedes pasar por tu casa y les dices a tus niños que se suban conmigo al coche. ¡Aquí cabemos todos!

Sería muy divertido. ¿En qué barrio vives?

P: En el Bronx. No, no es buena idea ir al Bronx con una limusina.

S: Y ¿por qué no?

P: Porque en ese barrio la mayoría de la gente es muy pobre y muchos no tienen coche.

S: …Ya, comprendo. Pero tú no eres muy pobre, ¿verdad Peter? Supongo que Mr. Woolf te dará un buen sueldo porque conduces muy bien, llevas el coche reluciente. ¡Eres el mejor chófer que conozco! (le rodea el cuello con los brazos y, aupándose, le da un beso).

P: (Emocionado) No, Sara, Mr. Woolf me paga bien, no me quejo, aunque nunca me ha preguntado por mi familia en los 30 años que llevo trabajando para él… ¿Estaba buena

la Coca-Cola? También tienes por ahí algo de comer. Aprieta el botón amarillo y encontrarás palomitas, quicos, patatas fritas, bombones helados, sándwiches variados, pastelitos de crema y de chocolate, caramelos… lo que te apetezca.

S: (Pulsando el botón) ¡Qué maravilla! Todo tan colocadito. Mira, hasta hay servilletas de flores y una mesita plateada con patitas para colocar el festín. Pues me apetece un sándwich de jamón, que hoy no he cenado todavía. Tú ¿quieres algo?

P: No, muchas gracia, que estoy conduciendo.

S: (Comiendo a dos carrillos) Peter, tenemos que organizar un plan para que me presentes a tus hijos otro día. Ahora que nos hemos hecho amigos, quiero conocerlos. Y también quiero conocer ese barrio, ¿cómo has dicho que se llama?

P: El Bronx.

S: ¡Eso, el Bronx! No importa que haya gente pobre. Mi madre enseguida les hace un par de tartas de fresa de esas que le han gustado tanto a Mr. Woolf y merendamos todos juntos… ¡Uy, aquí hay un teléfono! ¿Para qué sirve?

P: Para llamar por teléfono.

S: ¡Ah, pues voy a llamar a alguien! (Se pone pensativa) ¿A quién puedo llamar…? (Pensándolo se queda dormida. Al verlo, Peter aparca el coche, sale y de despereza. Da un par de paseos para estirar las piernas, mira dentro del coche para asegurarse, saca el móvil de su bolsillo y marca un número).

P: ¿Mr. Woolf? Soy Peter (suena la música de Amado mío a través del móvil).

W: (Se oye la voz de Mr. Wolf amplificada) Hola, Peter, ¿hay algún problema?

P: No señor, no. La niña se ha quedado dormida después de tomarse un sándwich y una CocaCola y por eso aprovecho para llamarle. (Se aleja unos pasos) ¿Cuándo quiere que la lleve ya a casa de la abuelita?

W: Mm, dónde estáis ahora?

P: En Battery Park, justo delante del museo del indio. Le quería enseñar a la niña la estatua de la libertad, pero hay bastante niebla y no se ve bien. Además se ha quedado dormida. Si le parece bien, la llevo ya para Morningside...

W: (Aullando) ¡Auuuuy!, no hay prisa. No hay ninguna prisa. Tú entretenla por ahí un poco todavía. Cuando despierte puedes llevarla a ver el Empire State, por ejemplo.

P: (Sospechando) Oiga, con todo respeto, yo no entiendo por qué tengo que dar tantas vueltas con la niña. ¿Por qué no la puedo llevar ya de una vez con su abuelita? La niña está ya un poco cansada y además la abuela debe de estar preocupada…

W: (Interrumpiéndole) Tú haz lo que te digo. La abuela no está preocupada por su nieta precisamente. Eso te lo puedo asegurar yo. Anda, haz lo que te digo. ¡Adiós! (cuelga con brusquedad)

P: ¡Vaya modales! Cualquiera diría que… Y ¿cómo puede saber él que la abuela no está preocupada? (pensativo, se vuelve hacia el coche, del que se ha alejado solo unos pasos, y ve que la puerta de Sara está abierta y que ella ha desaparecido) Dios mío, no puede ser! (Se va corriendo hacia el parque llamándola a gritos. Durante un momento la escena se queda vacía, pero enseguida vuelve Sara tranquilamente al coche, entra y cierra la puerta. Luego abre la ventanilla.)

S: Peter, dónde estás? (Peter vuelve corriendo, sudando, despeinado, con la gorra en la mano y con el uniforme hecho una pena.)

P: Dónde estabas? Qué te ha pasado? Te han hecho daño?

S: Pues claro que no! Simplemente he salido porque tenía que comprobar una cosa.

P: Vaya susto que me ha dado, señorita! Casi me muero! (Arreglándose el uniforme) Y qué era eso que tenía que comprobar? (enfadado)

S: No te lo puedo decir. Y ya te he dicho muchas veces que no me llames señorita.

P: Conque no me lo puedes decir? Yo casi me muero del susto y la señorita no me lo puede decir…

S: Que me llamo Sara!

P: (Resentido) Eso era cuando éramos amigos.

S: (Le da pena) Pero si somos amigos! Lo que pasa es que te he visto ocupado hablando por teléfono y, ya que estábamos aquí, en Battery Park, he pensado que podía aprovechar el tiempo averiguando una cosa. Con quién hablabas? Con tus hijos?

P: No, mis hijos ya hace rato que estarán en la cama.

S: Así que hoy no los vas a ver? Y todo por mi culpa!

P: (La mira con una mezcla de cariño, pena y añoranza) ¿Qué te parece echarle un vistazo al Empire State Building? Es ese edificio por el que trepaba King–Kong como si fuera la escalera de su casa. ¿Has visto la película?

S: ¡Sí, sí! ¡Y la pobre chica que llevaba agarrada en su manaza como si fuera un Chupa- Chups!

P: Pero no me darás más sustos como el de antes, vale?

S: (Escenificando) Los aviones que le atacaban él los espantaba como si fueran mosquitos. Me gustaría verlo. Pero a lo mejor deberíamos ir ya a casa de mi abuelita. Ya ha pasado mucho tiempo y estará preocupada.

W: Tienes razón. Lo que vamos a hacer es echarle un vistazo al pasar y enseguida a casa de tu abuela. Desde aquí el Empire State nos pilla de camino. ¿Te parece bien?

S: (contenta, dando palmas) Sí, sí. ¡Tengo unas ganas de ver a mi abuelita! ¡Tengo tantas cosas que contarle! Tú no sabes, Peter, la de aventuras que he vivido yo esta tarde. (Mientras ella está hablando Peter, que había estado todo ese rato vuelto hacia el asiento trasero, se coloca la gorra, se da la vuelta y arranca el coche) He conocido a una persona extraordinaria que se llama Miss Lunatic.

P: A esa también la conozco yo. Es una señora un poco estrafalaria que va con un cochecito de bebé por la calle haciéndole favores a la gente. Siempre me he preguntado dónde vivirá esa señora.

S: (deprisa para no traicionar su secreto) También he entrado en un bar muy chic donde trabajan unas camareras que sirven las mesas en patines. Y he asistido al rodaje de una película. Luego he conocido a Mr. Wolf… y ahora esta excursión en limusina por todo Manhattan. Y pensar que a mí nunca me dejaban salir de casa porque mi madre decía que era muy peligroso. ¡Pero no es peligroso; es divertido! Nunca, nunca más voy a tener miedo de nada. (Empieza a sonar muy bajito una música como la de antes) Los fantasmas no existen. Los lobos son inventos para tener encerrados a los niños viendo la televisión. Cuando una sale al mundo lo que hace es conocer gente interesante…. como tú (Peter la mira con cariño) ¡Viva la libertad! (Va subiendo la música mientras se suceden escenas de Nueva York proyectadas en vídeo en la oscuridad por encima del coche)

Acto 4º

Sara y Peter llegan despacio y aparcan delante de otra limusina roja con los mismos adornos plateados que la suya y a cuyo volante dormita un chófer vestido con el mismo uniforme que Peter. Al oírlos, se despierta y baja la ventanilla. Es bastante más joven que Peter (unos 30 años) y no tiene el pelo canoso.

Peter: Oye, George, qué haces aquí?

George: (que tiene un acento castizo) Tú qué crees? Qué quieres que haga? (bostezando y rascándose la cabeza por debajo de la gorra) El jefe lleva por lo menos dos horas en esa casa y me dijo que le esperara aquí sin moverme, así que hoy ni cena ni ver a mis niños… (se da cuenta de que hay una niña que le mira con curiosidad asomada a la ventanilla del asiento de atrás) Y tú quién eres, maja?

Sara: Me llamo Sara Allen y esa es la casa de mi abuelita.

G: (rompiendo a reír) Claro, por eso vas vestida con esa capucha roja! Y dónde tienes la cesta, si puede saberse?

S: Mr. Wolf se la ha llevado.

G: (la risa se le hiela en los labios) Cómo?... Wolf?...Ah, sí, claro, cuando lo he traído llevaba una cesta tapada con un pañuelo de cuadros rojos y blancos… Me ha extrañado (George y Peter se miran horrorizados).

P: No te ha dicho nada por el camino? Por qué quería venir… o qué iba a hacer cuando llegara?

S: Eso lo sé yo! Venía a que mi abuela le diera la receta de la verdadera tarta de fresa, que resulta que es la única que le falta en su palacio. Él la probó y le gustó muchísimo. Se ve que no tiene que comerse un par todas las semanas… Además resulta que ya conocía a mi abuela de cuando era joven. Mi abuela se llama Gloria Star…

P: (a George) Estás pensando lo mismo que yo, verdad?

G: (asintiendo) Oye, Sara, cuál es la ventana de la casa de tu abuela?

S: Pues esa que tiene unos visillos de encaje. La que está tan iluminada… Yo creo que se oye una música.

S: Qué gritos? Será que mi abuela está cantando, como cuando era joven (ilusionada) A lo mejor se ha puesto el vestido verde que brilla… Vamos a verla!

P: Tss! Quieta!

S: Venga, vamos los tres a ver a mi abuela. A lo mejor todavía hay algo de tarta para vosotros. Yo no quiero, que ya he cenado, pero vosotros no… (P y G se lo dicen todo con los ojos mientras Sara parlotea excitada).

P: Bueno, lo mejor será tomar una decisión. Sara, tú tienes llave del portal?

S: Claro, y de la casa también! Aquí está (se la entrega a Peter). Entonces, vamos los tres juntos?

A mi abuela seguro que le caéis muy bien.

P: (como si estuviera organizando una expedición militar, coge una enorme llave inglesa, se ajusta el cinturón, se coloca el uniforme y la gorra…) George, yo iré delante para abrir el camino… La niña, en medio. Y tú, cubre la retaguardia. Preparados?

G: (hace los mismos movimientos que Peter pero, como no encuentra nada parecido a la llave inglesa, coge un león de peluche que cuelga del espejo retrovisor) Preparado!

S: (que se ha quedado mirándolos sorprendida y encantada con el león de peluche) Oye, que solo vamos a casa de mi abuela. A Cloud le va a encantar tu león.

G: Quién es ese Clown?

S: Cloud! El gato de mi abuela. (Empiezan todos a desfilar hasta el portal, lo abren y desaparecen dentro.)

La casa de la abuela (descripción págs. 220-221). Un sillón, el gato Cloud acurrucado perezosamente en él, estanterías con libros, el escritorio abierto que deja ver el sobre de la receta de la tarta abierto, el tocador lleno de frasquitos de colores y con luces rodeando el espejo, como los del teatro. Suena Amado mío. La abuela está vestida con su traje verde brillante de lentejuelas y largo, como en tiempos de Gloria Star. Sujeta

P: (receloso) Sí señor, por supuesto, lo que usted mande. Pero, si me lo permite (mirándole con atención) ¿por qué tiene usted esas orejas tan grandes?

W: (tocándose las orejas, preocupado) No son tan grandes. Es que tú siempre me has visto con la chistera puesta (poniéndose la chistera) ¿Ves? ¿Qué tal ahora? (sonriendo, presumido, colocándose la pajarita y enseñando mucho los dientes)

S: Muy guapo, ¿verdad abuelita? Pero oye, ¿por qué tienes esos dientes tan grandes?

W: Porque desde que he encontrado a Gloria Star (cogiéndola de las manos) y a esta sabrosa tarta de fresa (cogiendo la cesta de la tarta), y sobre todo desde que tengo la receta de la maravillosa tarta (cogiendo el sobre y poniéndolo en la cesta)… no puedo dejar de sonreír de felicidad. ¡Soy un lobo feliz! ¡Auuu!

A: Y ¿qué me dices de Cloud? (cogiendo al gato del sillón)

W: ¡Que es un gato maravilloso!

Cloud: ¡Miauuu!

W: (sube la música) Vamos todos a bailar. ¿Quieres champagne, Peter?

P: A mí me queda una duda, con todos los respetos. ¿Por qué tiene usted una boca tan grande?

W: Ya lo dice un cuento muy antiguo: para comer mejor…tarta de fresa! (baila con la abuelita y Peter con Sara Cloud. Mientras tanto George aprovecha para coger la copa de champagne que ha quedado olvidada. Sube el volumen de la música)

WEBGRAFÍA

https://www.vogue.es/articulos/carmen-martingaite-centenario-nacimiento-libros

https://www.elkar.eus/es/liburu_fitxa/caperucita-enmanhattan/martin-gaite-carmen/9788478444069

CAPERUCITA EN MANHATTAN

Sara Allen es una niña de Brooklyn que admira la isla de Manhattan. Allí va cada sábado, con su madre, a llevarle una tarta de fresa a su abuela. Sin embargo, Sara tiene el deseo de llegar a esa isla por sí misma y un día decide embarcarse sola en la aventura.

Nos habla sobre la libertad, sobre las elecciones miedo que a veces nos impide avanzar o sobre la capacidad de ver de otra forma la realidad.

Booh! K

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