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Suplemento Al Faro #1

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Al faro

Editores: Daniela Alfaro y Enrique Alfaro F. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas Viernes 26
Carlos román GarCía

Afinales de los años setenta del siglo veinte fue construida una nueva sede para la Biblioteca Pública Central del estado de Chiapas, en sustitución del viejo edificio del centro de Tuxtla Gutiérrez, derribado por la picota del progreso, que arrasó con la mayor parte de la escasa arquitectura del periodo virreinal en la ciudad, entonces pueblo y luego villa de la Capitanía General de Guatemala o del siglo XIX, cuando llegó a ser capital del esta do, primero de manera provisional y luego definitiva en 1892, cuando Emilio Rabasa urdió el traslado de finitivo desde San Cristóbal de Las Casas, como consta en un grupo de documentos que obra en el Archivo Histórico del Estado.

El reencuentro con esos docu mentos –en los archivos es difícil hablar de hallazgos, pues aún en los casos graves de descuido de los acer vos, siempre hubo un productor y un usuario de su contenido–, ocurrido en el sótano de ese edificio durante el proceso de organización y des cripción de los acervos del Archivo, situados también ahí, dio lugar a la publicación, en 1992, de una carpeta conmemorativa del suceso, que in cluyó un cuadernillo con un breve texto escrito a cuatro manos entre Andrés Fábregas Puig, director del entonces Instituto Chiapaneco de Cultura y yo: Tuxtla Gutiérrez: his toria de un palacio, historia de una ciudad

La obra, armoniosamente edita

Tuxtla Gutiérrez: historia de un palacio, historia de una ciudad. La obra, armoniosamente editada por Agustín Azuela y orientada en su concepto y hechura por Juan Manuel Herrera, contiene un prólogo de Patrocinio González Garrido, quien ha sido uno de los gobernadores que más ha puesto interés en la preservación de la memoria documental de Chiapas.

da por Agustín Azuela y orientada en su concepto y hechura por Juan Manuel Herrera, contiene un prólogo de Patrocinio González Garrido, quien ha sido uno de los gobernadores que más ha puesto interés en la preservación de la memoria documental de

jales, quien en 1952 propició la creación del Archivo General del Estado, encomendada al ingeniero Fernando Castañón Gamboa, quien reunió los acervos que ahora custodia en la edificación de marras la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas.

sas colecciones de libros antiguos y raros como junto con las bibliotecas del seminario conciliar de San Cristóbal de Las Casas, curiosa e inexactamente llamada durante algún tiempo fondo monástico; de Víctor Manuel Castillo Corzo, de la que subsisten más de 10 mil volúmenes; B. (que no Bruno) Traven, en 14 idiomas; y el fondo de origen de la Biblioteca Pública del estado, junto con acervos documentales privados como el del dramaturgo Roberto Culebro, donado por sus hijos Toshiro, Tita y Hugo.

Hay también un conjunto de mapas, planos y croquis recabados durante la elaboración de la cartografía del Soconusco, territorio dependiente de la Capitanía General de “Goathimala” al que pidió venir Miguel de Cervantes en busca de un puesto vaco en la administración virreinal. Alguien ha dicho que pudo entonces empezar el ingenioso hidalgo: “En un lugar del Soconusco, de cuyo nombre no quiero acordarme” y transcurrir por los desiertos –como se decía de los lugares despoblados– de Tonalá y Pijijiapan o por Huehuetán, primera cabecera de ese territorio.

El predio donde se levantó la Biblioteca, inaugurada por el presidente José López Portillo, no re-

Editores: Daniela Alfaro y Enrique Alfaro F.

sultaba el más apropiado, pues está sobre suelos aluviales lodosos y arenosos, inestables y surcados por un arroyo que baja desde la casa de Enrique Sardain hasta la lumbrera de la 16a Oriente, donde se forma un vado que se inunda con cualquier aguacero. Los terrenos ocupados, situados en el bajío que rodea al río Sabinal de oriente a poniente de la ciudad, valle enmarcado al sur y al norte por cerros y laderas, son aledaños a la Escuela de Música y en los años 40 y 50 del siglo pasado albergaron al aeropuerto Pablo I. Sidar, que funcionó ahí hasta 1958 y desde donde salían vuelos a la Ciudad de México, pero también a San Cristóbal de Las Casas, Comitán, Ocosingo, Palenque, Salto de Agua, Yajalón, Tapachula y muchas ciudades, e iban de las inmediaciones del actual emplazamiento del monumento a Ángel Albino Corzo, en el boulevard que lleva su nombre,

hasta un poco más allá de la zona militar hacia el rumbo de El Retiro.

Además funcionó ahí, hasta la construcción del ahora llamado Centro Cultural Jaime Sabines, a donde fue trasladada en 2000, la Biblioteca Central del Estado, con sus acervos al alcance de todo público y la Red Estatal de Bibliotecas, hasta entonces adscritas a la misma área, junto con el Archivo y las colecciones especiales, dependiente primero de la Subsecretaría de Cultura y después del Instituto Chiapaneco de Cultura. En la sede del Boulevard Ángel Albino Corzo hay un auditorio que lleva el nombre del maestro José Ruiz García.

El nuevo edificio al que se trasladaron los acervos y funciones bibliotecarias de carácter público, fue gestionado por el Dr. Fábregas y autorizado por el gobernador Patrocino González Garrido, quien pidió la elaboración de un proyecto

Llegué a trabajar al lugar donde inicia este recuento en 1989, primero como jefe de la hemeroteca, luego del Archivo Histórico, después de una coordinación que abarcaba además la Biblioteca Central y la Red Estatal de Bibliotecas.

que, por recomendación de Mario Melgar y Adalid, quedó a cargo del ameritado arquitecto Orso Núñez Ruiz Velasco, cuya obra empezó con Elmar Setzer Marseille como gobernador, con el aplauso de otros promotores como José Luis Castro Aguilar, quien dirigió muchos años el Archivo General del Estado que preserva los acervos generados por el gobierno del estado de los 70 del siglo XX hasta nuestros días y está, junto con el Archivo de Notarías en

el inmueble del 5 de Mayo. Por andar de metiche, Andrés me pidió hacerme cargo del programa de necesidades del proyecto y esa feliz circunstancia me permitió establecer con Orso una amistad que duró hasta el fin de sus días y se selló en innumerables comilonas y bacanales en El matador, la cantina de Esteban León Cerpa en la Tercera Norte; El tesoro de la tía Mechita, administrado por el difunto poeta Alejandro Riestra con la dicha tía; Las Laminitas, con la impertérrita Coqui o Cuqui en el papel de mesera y en México en Casa Pedro, en el Lar Gallego, en Enrique o en La Jaliscience, acompañados por Néstor Lugo.

Llegué a trabajar al lugar donde inicia este recuento en 1989, primero como jefe de la hemeroteca, luego del Archivo Histórico, después de una coordinación que abarcaba además la Biblioteca Central y la Red Estatal de Bibliotecas. Ahí me toco atestiguar dos inundaciones y encabezar en ellas sendas brigadas para poner los acervos a resguardo –hay fotografías que dan testimonio de los hechos–, y aprender técnicas sencillas para mantener a raya la humedad, evitar cambios bruscos de temperatura y restaurar, con un cuidadoso orden de prelación, los documentos y libros más valiosos.

Ante la recurrencia de fenómenos meteorológicos adversos decidimos entonces, el plural incluye a Rubén López Roblero, Mario Toledo Peña, Berenice Dávila, Noé Gutiérrez, Martín Sánchez y muchos compañeros más en esa aventura

Construcción del Palacio Municipal, ahora Museo de la Ciudad de Tuxtla Gutiérrez.

de la memoria, que los sótanos quedarían relevados de ser lugares de depósito. Hace poco conversé con Ramiro Culebro, secretario administrativo de la UNICACH durante las administraciones de Javier Espinosa Mandujano y José Antonio Molina Farro; el primero polígrafo jiquipilteco que ha ido más allá de La Gineta, y el segundo economista versado en la planeación, con sentido práctico y memoria eidética.

Ambos enamorados de las ideas y por ende impulsores de los proyectos que procuraban mejorar las condiciones para su disfrute, en sus días, la creación del Centro Universitario de Información y Documentación que Ramiro recordó como una hazaña y yo como un viaje en el que Caribdis y Escila fueron sorteados merced a la generosidad de Rokeiván Velázquez, quien desde la UNACH hizo posible enlazar al naciente Centro con la Internet, donde se dispusieron computadoras e impresoras para la consulta de los alumnos y la modernización de los procesos técnicos de los acervos históricos, además de la Biblioteca Central de la Universidad y la gestión de las bibliotecas de las incipientes escuelas.

En 1995, unos años antes de que se fundara el CUID, tuve mi primer correo electrónico: romanc@montebello.unach.mx y empecé, junto con estudiantes y amigos, entre ellos mis hijos, a navegar en las redes y a usar las aplicaciones que ponían al alcance para el entretenimiento, la búsqueda de información y la lectura. De manera simultánea y para evitar nuevas catástrofes que dañaran los depósitos de la memoria de Chiapas, se había logrado antes, siendo el primer rector de la UNICACH Andrés Fábregas Puig y gobernador Javier López Moreno, el equipamiento con estantería fácil de armar –sin tornillos–, resistente al fuego y apta para hacer módulos al tamaño de las áreas de almacenamiento y resguardo, además del primer taller de restauración y encuadernación de su alcance en el sureste de México.

Al hacerme cargo del Archivo Histórico le dije al antropólogo que inició en Chiapas los estudios sobre la frontera sur, como dijo Jan

de Vos en una conferencia impartida en Campeche, yo de eso no muy sé, pero puedes aprender, me respondió y me fui a pedir luz al Archivo General de la Nación, donde Leonor Ortiz Monasterio me mandó a ver a un paisano, José Antonio Ramírez Deleón, nativo de La Grandeza, en la Sierra Mariscal, quien me derivó con Juan Manuel Herrera, al que recité un par de cosas de Aurelio Tanodi que leí en el avión.

Eso está demodé, me dijo, mejor ve pensando dónde vamos a ir a comer en el Center field. Al amparo de esa pregunta hemos comido decenas de veces en la Hostería de Santo Domingo, en El Danubio, en La Ópera, en El Taquito, el El Gallo de Oro, en El Gante. En Lecumberri conocí a Marco Antonio Valadez, a Enrique Ampudia, A Ricardo Morales y a Ricardo Gallardo; con todos ellos me une una entrañable amistad, regada cada tanto con vinos y viandas. En el antiguo Palacio negro conocí a Carlos Miranda y a Rodrigo Gonzales, imprescindibles cómplices en la hechura de libros y revistas y acá en la capital coneja a otros, como José Martínez Torres, Antonio Durán, Florentino Pérez y Julio Solís, unos antes y otros después en este mundo de palabras.

Ahí en el CUID hicimos con

los ya mencionados y otros amigos y colaboradores el Diccionario

Enciclopédico de Chiapas; la serie Historia del Poder en Chiapas y Con sabor chiapaneco, en el último año del gobierno de Roberto Albores Guillén, con Cuauhtémoc López

Sánchez Coello como rector. En 2001 me fui a México a trabajar con Stella González Cicero por instancias de Juan Manuel Herrera, quien tomó a su cargo mi formación con lecturas y visitas a restaurantes y bares de postín y abolengo. Entrambos conocemos buena parte del Centro a ojos cerrados y casa por casa.

Estuve en la época de Jorge Ruiz Dueñas en la dirección general del AGN y ahí me tocó hacer la mencionada Cartografía histórica del Soconusco y viajar con Justus Fenner al rescate de los archivos de esa región, de la ventosa Arriaga a Suchiate, además de ordenar y describir, con el auxilio de 55 jóvenes historiadores de la UAM, la UNAM, la ENAH, el Colmex y alguna otra escuela, el Indiferente general, un fondo arrumbado pleno de tesoros en su caos.

Luego estuve en el IFE, ahora INE, a cargo de las bibliotecas y por entonces, la irrefrenable expansión del CUID halló eco en el buen rector que fue Roberto Domínguez y devi-

no nueva instalación en la llamada ciudad universitaria del Libramiento Norte Poniente, donde han estado a cargo amigos del calado del lingüista y filólogo Noé Gutiérrez, autor de Qué trabajos pasa Carlos y director emérito del CUID y el actual, pianista y músico de jazz Luis Felipe Martínez. En el ya casi cincuentenario edificio frente al INDEJECH, Martín Sánchez vigila de manera discreta la integridad de los acervos y su descripción cuidadosa y completa, con la asistencia en los teclados de Rigoberto Flecha.

A veces voy a la UNICACH, cuando acompaño a mi señora a sus mandados y veo con agrado el flujo de estudiantes y maestros que llegan a investigar a ese buen edificio, un poco caja de zapatos, como recomendaba Ario Garza Mercado, quien impartió un curso sobre edificación de bibliotecas que fui a tomar al Colegio de México, a diferencia del ahora Centro Cultural Jaime Sabines, con su audaz geometría. O tempora, o mores.

Carlos román GarCía 16 de enero de 2024. Año del retorno, según el libromántico Rubén López Roblero, a quien se dedican estas líneas.

Ofrenda / Carlos Selvas Sansebastián.

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