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Retomamos hoy los trajines semanales de nuestro Suplemento cultural con una más que sentida, amorosa contribución a los festejos del Centenario del Natalicio del Mayor Poeta Jaime Sabines.
Van en estas primeras mañanitas de jubileo, un texto por demás poderoso de nuestro tan querido y admirado amigo José Emilio Pacheco, que vistió como prólogo un grosero por descomunalmente documentado libro de Carla Zarebska y que, por encargo del propio poeta, tuve a bien presentar con ella y algunos escritores chiapanecos en no pocos escenarios (cró-
nica por separado); de igual manera, un breve relato de quien esto escribe, respecto de otro encargo del poeta, así como imágenes y poemas de nuestro homenajeado.
Sirva también esta entrega, para celebrar el Segundo Aniversario de nuestro Diario Al Faro Noticias, así como para desearle a nuestros cómplices lectores lo mejor en el año que comienza.
¡Salud, con todas y con todos!
Jorge Mandujano

José Emilio PachEco
México, se dice, es un país de poetas, no de lectores de poesía. Durante por lo menos un siglo se ha escrito aquí una excelente poesía que nadie lee y a nadie le importa. La poesía es la supervivencia de un mundo arcaico, un rezago más condenado a extinguirse gracias al triunfo de la modernización.
Jaime Sabines refuta estas creencias. Es el caso único, que no existió antes y difícilmente se repetirá, del poeta leído y querido no por el público, que no existe, sino por cada persona que lo lee. Al mismo tiempo representa el ejemplo excepcional del poeta aceptado, alabado, analizado una y otra vez por la crítica y la academia.
Otros poetas mexicanos, grandes artífices de la versificación, lograron el triunfo sólo concedido a los novelistas y lo pagaron con el precio de ser expulsados de la república literaria. Sabines no: a medida que tiene más lectores aumentan los estudios críticos, las traducciones, los reconocimientos. Para este enigma hay una sola respuesta: Sabines es un gran
poeta. Él no se ha impuesto, la que nos ha ganado es su poesía.
Si en 1950 un joven hubiera pedido consejos para “triunfar” en las letras, de seguro le hubiesen dicho: no publiques en tu ciudad; si un libro de Monterrey no llega a Guadalajara, imagínate las posibilidades que tiene de ser leído en la capital un cuaderno impreso en Tuxtla Gutiérrez, y para colmo de males en edición del autor. No te juntes con grupos disidentes y vociferantes como los muchachos de la revista «Metáfora». Tampoco frecuentes a personas como Efraín Huerta y Rubén Salazar Mallén que un día se hallaron entre los elegidos, pero ahora están mal considerados. No hagas declaraciones contra los señores del gran poder literario. Escribe reseñas elogiosas de quienes pueden abrir para ti las casas editoras y darte premios y becas. Consíguete un buen trabajo en la burocracia o, mejor aún, en la diplomacia. Y, sobre todo, déjate ver, déjate ver, haz vida literaria, muéstrate en todas partes y habla, habla, habla. Sabines no pidió consejo alguno e hizo exacta-
mente lo contrario de lo que le hubieran indicado. Muchos otros lo imitaron, pero sólo él escribió una poesía tan extraordinaria que su autor no necesitó mover un dedo para que le llegaran las peticiones de colaboración en las revistas inaccesibles, la publicación en las mejores series, los elogios unánimes, los comentarios más fervorosos, las entrevistas, los premios. El increíble reconocimiento de Sabines muestra que la leyenda negra de la “mafia” de los sesenta no puede aceptarse al pie de la letra. Debe de haber cometido muchos errores y arbitrariedades, pero a Sabines le dio cuanto merecía: le hizo justicia. Nada regresa, nada se repite, cada día inaugura un mundo nuevo. No duplicará el triunfo de Sabines quien, a fin de escribir poemas tan excelentes como los suyos, abra una tienda de ropa, venda forraje para los establos del valle de México o sea diputado del PRI. La vida por sí sola no conduce a la obra y los imitadores producirían una tristeza tan grande como los norteamericanos de barba blanca que en España iban a las corridas con su máquina de escribir portátil


para ser hemingways; o bien los aspirantes de nuestros países que se instalaban en los mismos hoteles pobres del Barrio Latino en su intento de convertirse en los nuevos gabos y marios y escribir la Gran Novela Hispanoamericana.
El secreto de Sabines no es un misterio. En primer lugar, es un maestro de su arte. En segundo (pero ante todo), “dijo nuestra palabra, anduvo nuestro camino”: dio expresión a lo que sentimos y no alcanzamos a formular en palabras. Todos sufrimos del amor y del desamor, a todos se nos mueren las personas que amamos. Nada más Sabines nos ha dicho al oído lo que necesitábamos escuchar en el momento preciso.
“La poesía no importa”, escribió Eliot que sin embargo le consagró su vida entera. “La poesía sí importa”, responden quienes leen a Sabines. A tal punto, que es el medio más íntimo de comunicación entre dos seres. Nunca nadie podrá decirnos, frente a frente, lo que sólo un poema puede insinuarnos, señalarnos, mostrarnos. Y los poemas de Sabines han sido todo para todos: lazo de unión para los amantes, aliento para los solitarios, consuelo para los huérfanos, elogio del placer, pedrada contra el sufrimiento. El valor, el coraje, el machismo de Sabines no fue tanto escribir en los hipócritas cincuenta la palabra “puta” como otra palabra aún más prohibida: “corazón”.
Es probable que la poesía no se venda, al menos no como los manuales de automejoramiento, las biografías de escándalo o las novelas populares. Sabines demuestra que sí se lee y circula por caminos misteriosos más allá de las redes del comercio. He visto gente que tal vez nunca ha comprado un libro suyo, pero se sabe de memoria un poema o lo trae
en fotocopia o en fax o, mejor todavía, en una hoja manuscrita con su propia letra. Es “su” poema, se ha adueñado de él, ya no es de Sabines sino de todos. Días lentísimos, años veloces. De pronto nos damos cuenta de que un libro tan joven como «Horal», ya va a cumplir 45 años. 1950 no es nada más el pasado: es otro mundo ahora irreconocible. Todo se fue, todo se acabó. Pero la poesía de Sabines permanece y se renueva con cada mujer y cada hombre que lee por vez primera sus páginas.
Durante un largo trecho de este siglo que agoniza, he leído a Sabines y lo sigo leyendo con la misma avidez deslumbrada con que lo descubrí a los diecisiete años. Mi relación con él es perfecta porque representa el vínculo ideal que une al lector, uno entre tantos, con el autor irrepetible.
Esta proximidad distante se halla dichosamente libre de todas las corrupciones literarias. Desde que reseñé Diario semanario, en 1961 y en México en la Cultura, he escrito sobre él para que otros compartan mi entusiasmo. No he esperado ni pedido nada a cambio, ni siquiera que lea esas páginas fugaces. (Después de todo, no son para él: soy un lector y creo en los lectores.) En realidad, lo he visto sólo dos veces: una, en aquel mismo 61, en un programa que le hicimos para Radio Universidad Rosario Castellanos, Juan Vicente Melo y yo; otra, dieciocho años después, en 1979, cuando coincidimos en Madrid y en un modestísimo hotel, más bien una pensión, de la Gran Vía.
Como todo lector soy abusivo y me arrogo derechos que no me corresponden. Siempre quise saber acerca de él, como si no bastara con su admirable poesía, y celebro que a Julio Derbez se le haya ocu-
rrido poner en manos de Carla Zarebska la invención de este libro en que nos enteramos de Algo sobre su vida
Carla Zarebska ha hecho una obra en la que cabe todo como en una novela o un poema. Es un descenso a la memoria, un fluir de recuerdos, una invasión de la intimidad, un álbum de fotos, la apertura de un archivo lleno de cartas, recortes, recados, dedicatorias. Es un collage en que las imágenes y los fragmentos autobiográficos coexisten con las ideas poéticas de Sabines, su autocrítica, sus observaciones sobre nuestro mundo siniestro y radiante.
En el centro de todo están, como deben estar, sus poemas. Entramos a saco en la casa y en los recuerdos del señor don Jaime Sabines Gutiérrez porque él tiene la culpa de ser “Jaime Sabines” y haber escrito el siempre nuevo Nuevo recuento de poemas
Perdone usted, señor Sabines; discúlpanos, Jaime, pero este libro no es para usted, no es para ti. Es un regalo para tus lectores que lo vamos a atesorar junto a lo más tuyo, al lado de tu poesía. Tú nos enseñaste a “llorar la hermosa vida”.
Tenemos el descaro de saquearte porque hemos pasado unas cuantas horas o casi medio siglo con tus poemas: contigo. Todo se ha dispersado en el viento, pero antes de quemarse ardió y arder es lo que importa. Gracias, Jaime Sabines, por habernos enseñado para qué sirve la poesía. Tú lo has dicho: para sacar la flor de las cenizas. ~
Prólogo a Carla Zarebska: Jaime Sabines [algo sobre su vida], s.e. 356 pp.



JorgE manduJano
Corría diciembre de 1980 y comíamos en un restorán de la capital chiapaneca el poeta Jaime Sabines, la cantante Denisse de Kalafe y yo. En un tiempo muerto de la conversación, le comenté al poeta que al día siguiente partiría a La Habana.
—“Hazme un favor, me dijo. Acaba de aparecer una versión aumentada de mi libro Nuevo recuento de poemas. Desafortunadamente, no tengo ejemplares a la mano. Pero sé que está a la venta en la librería del aeropuerto. Compra un ejemplar y ahora mismo te voy a escribir la dedicatoria, aunque sea en una servilleta. Se la incluyes después de la primera página y, ya estando en La Habana, ve a Casa de las Américas; pregunta por el poeta Roberto Fernández Retamar. Dile que vas de mi parte, le entregas mi libro y le das un abrazo”.
Así lo hice. Encontré un ejemplar en el aeropuerto
Benito Juárez de la Ciudad de México. Lo abrí y, después de la portadilla, acomodé la servilleta que contenía la dedicatoria que el poeta había escrito para su amigo. Ya en Cuba, y al fondo del malecón de La Habana, me topé con el soberbio edificio de Casa de las Américas. Apenas estaba llegando hasta el portón, cuando vi salir a un señor de cabello ensortijado, barba entrecana y ataviado en un traje gris Oxford. Aunque lo había visto en fotos, junto a Jaime Sabines y a Efraín Huerta, dudé un poco. Es él, me dijo una amiga cubana que me acompañaba. Él alcanzó a escuchar a mi amiga y se subió de inmediato a un auto de color negro que lo esperaba sobre la acera del malecón. Al volante se hallaba una bella cubana rubia. Yo me acerqué al auto y fijé el libro de Sabines sobre la ventanilla del poeta, a manera de carta credencial y para evitar el desagradable gesto de tocarle con los nudillos.
No lo pensó dos veces. Bajó su cristal, al tiempo
que exclamó:
—¡Apague la máquina!, dirigiéndose a la mujer que conducía y quien, más que su chofer, era su lugarteniente.
Descendió de inmediato del auto y me invitó a pasar, junto con mi amiga (quien no era otra que la directora del Instituto Nacional del Deporte Cubano), al interior de la icónica Casa. Ya en su oficina, sacó una botella de ron cubano añejo. Nos convidó una copa y charlamos por espacio de una hora. Leyó detenidamente la dedicatoria contenida en la servilleta y volvió a cerrar el libro.
Al término de la conversación, se puso de pie, me devolvió el abrazo para el poeta Sabines y nos despedimos para siempre.
El domingo pasado, Roberto Fernández Retamar murió a los 89 años, allá, en el corazón de La Habana. Luz a su camino y a su poesía.


No es que muera de amor










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