

HUMEDECIDAS PLUMAS Ricardo Cuéllar


Editores: Daniela Alfaro y Enrique Alfaro F. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas Miércoles 31 de diciembre de 2025 Primera época
En memoria del poeta Ricardo Cuéllar, pintura de Manuel Suasnávar


Humedecidas plumas RicaRdo cuéllaR
Ilustración: Carlos Mario Cuéllar Valencia

Así como cerramos el primer suplemento, cubiertos por la humedad y la incandescente luz de los girasoles que habitaron siempre los múltiples Jardines de Ricardo Cuéllar, ahora sus amigos escriben con sus humedecidas plumas confesos y amorosos textos de anecdotario, reflexión y triste despedida.
Abre este segundo documento de homenaje un muy sentido texto de su hermano Carlos Mario Cuéllar Valencia, enviado desde Sídney, Australia. Enseguida, líneas


de relación intensa, profunda, agradecida por tanta amistad abierta, eterna, y por tanto conocimiento compartido.
Hasta allá, hasta su nuevo espacio donde habita como terrible, indomable fantasma de una ópera infinitamente amorosa, vayan estas cuantas páginas para decirle ―una vez más– gracias, querido y admirado Ricardo. Luz y mucha poesía a los jardines de tu nueva casa.
Jorge Mandujano
Despedida a mi hermano Ricardo
Carlos Mario Cuéllar ValenCia
Hoy el tiempo se detiene un instante, como si el universo quisiera guardar silencio ante tu partida llena de amor y dejarte descansar.
Fuiste un hombre de pensamiento libre, un sabio que desnudó la verdad sin miedo, un crítico que nunca se rindió ante la mediocridad del mundo. Tu rebeldía no fue de ruido, sino de ideas; tu ternura no fue de palabras, sino de gestos que quedarán en nosotros.
Poeta, sociólogo, historiador de lo humano y lo invisible, sembraste pensamiento donde otros sólo veían rutina.
Tu voz fue faro en la niebla, y tu mirada, un puente entre la razón y la belleza.
Te vas, hermano, pero no hay ausencia cuando alguien ha dejado tanto sentido. Tus libros, tus ensayos, tus palabras seguirán respirando en cada lector que despierte gracias a ti.
Hoy no decimos adiós.
Solo te acompañamos hasta la frontera del misterio, donde la conciencia se hace luz, y el silencio, poesía eterna.
Descansa en paz, Ricardo. Tu legado no muere: se transforma.
Sydney, Australia
3/11/2025
Ricardo Cuéllar y su hija Cintia Ixchel Cuéllar Mota.


Demasiada vida para tan breve relatoría de los hechos
Jorge ManduJano
Los viajes son grato reposo para ordenar Olores, objetos, seres y visiones
El deleitable gozo de la espera
Inicia el tiempo ritual de la muerte
Para suspender, por un instante, el hastío.
R.C.V.
Amanecía la década de los 80 cuando conocí a Ricardo Cuéllar, en San Cristóbal de Las Casas. Yo había subido con un evento que ofertaba como contenidos Poemas de Mario Benedetti y Canciones de la Nueva Trova Cubana, en vivo, y que habría de presentarse en la otrora Sala de Bellas Artes de la Casa de la Cultura, hoy Centro Cultural Del Carmen.
Al término del referido evento, Ricardo se me acercó y nos saludamos como si nos conociéra-
mos de toda la vida. Enseguida nos presentamos ―tal cual debió haber sido el protocolo formal de entrada– y, sin pensarlo dos veces y ya convidados, nos encaminamos a la casa de un amigo común, Luis Urbina, donde charlamos, comimos y bebimos profesionalmente hasta el amanecer. Había llegado a San Cristóbal en medio de una suerte de acertijo: en sus trazos por las baldosas de la gran Ciudad de México vio una convocatoria fijada en la pared de un museo que daba cuenta del inminente Examen de Oposición
para dar clases en la Universidad Autónoma de Chiapas. Sin siquiera imaginar el destino que le deparaba, buscó un teléfono público y marcó directamente con el responsable de recibir las posibles solicitudes.
Así, le concedieron horas en las materias de Sociología general, y Culturas Indígenas Prehispánicas, entre otras. Pero así también él me comentó que estas no se traducían a cabalidad en la consumación plena de su sueño dorado. Me confió ―en corto– que hubiese querido dar cla-
ses en la Facultad de Humanidades; sin ir más lejos, en la carrera de Letras Latinoamericanas.
Sin darle más vueltas, le pedí copia de su currículum, busqué a Florentino Pérez, entonces coordinador de Humanidades de la Unach, le hablé de Ricardo y puse sobre su escritorio el CV del poeta.
Al poco tiempo, Ricardo Cuéllar Valencia estaba dando clases en su nueva morada académica. Pero la otra, la morada, el techo, el aposento para vivir, contar y revivir la historia no la tenía. Fue mi hermana Georgina quien le ofreció una casa de interés social en la colonia 24 de Junio: ―Me pagas, cuando te paguen, le alcanzó a decir. Mientras y desde entonces, al interior de esa brevedad física la poesía y la cumbiamba comenzaron a tomar por asalto la trasnoche.
Así también, pocas tardes después de su llegada ya estábamos encaramados en una mesa de lectura en el Foro Cultural Universitario: el maestro Armando Duvalier, Ricardo Cuéllar y yo.
Andado el tiempo, Ricardo comenzó a migrar a otras casas y a otros óleos de mujeres inconmensurablemente bellas, cuyas figuras ―parafraseando a José Joaquín Blanco– daba pánico soñar. Por ello sostenía, con imperturbable vocación y sin temor a equivocarse, un irrebatible por cuasi perfecto verso de Álvaro Mutis, que terminamos por decir en voz alta y de memoria, y como ahora lo escribo sin temor a equivocarme: Las mujeres no mienten jamás/ de los más secretos repliegues de su cuerpo mana siempre la verdad. Pero las incandescentes joyas de los tesoros poéticos acumulados no sólo eran presumidos por el colombiano en las deshoras, había también ―como en el futbol– la reglamentaria visita recíproca: de allí fue que no sólo gritó a los cuatro vientos en las eternas madrugadas, y sin temor a despertar a los vecinos, los versos de Sabines, Castellanos, Bañuelos, Oliva. Garduño y Vásquez Aguilar, entre muchos otros, sino que, al final de los memorables encuentros vividos y padecidos, terminó por emprender un riguroso y por demás documentado estudio respecto de la obra de algunos de los mencionados. Así, comenzó a devolverle a esta tierra, su otra Patria, parte de la abierta y sincera condición
hospitalaria.
***
En un encuentro de escritores celebrado aquí, en Chiapas, conocí a Álvaro Mutis. Me presenté, referí de memoria su verso sobre Las mujeres no mienten jamás (…), hecho que me agradeció y celebró, para luego decirle que aquí vivía un tal Ricardo Cuéllar, colombiano él…―Lo conozco, atajó de manera efusiva.
En esas estábamos, cuando se apareció el aludido, el poeta Ricardo Cuéllar Valencia, quien me tomó del brazo, al tiempo que exclamó ante Mutis: ―Le presento a mi gran amigo, el poe-

Finalmente, no quisiera cerrar esta apretada crónica de los inolvidables días sin referir un hecho que, aunque debió haber quedado en el callejón privado de los milagrosos recuerdos, fue y es un por demás amoroso relato:
El poeta se casó con el mejor óleo de su vida: Patricia Mota Bravo. No pude estar en su boda, en tanto la tan querida y admirada Tania Libertad estaba hospedada en mi casa, porque daba un concierto esa misma noche en el Teatro de la Ciudad.
Al día siguiente, Ricardo me llamó muy temprano, un tanto cuanto desangelado por no haber asistido a su boda. Ante ello, pregunté:

ta Jorge Mandujano. ―Lo conozco, respondió Mutis, esbozando una sarcástica sonrisa y, más tarde, brindamos y reímos los tres como si en realidad nos conociéramos ***
Muchas y maravillosas son las historias que, como mero retrato hablado, dan cuenta de una prodigiosa y compartida razón de vivir. Más allá de su acaso religiosa pasión por los poetas malditos, nació al fondo de su corazón una inocultable, abierta y sincera proclividad por los grandes poetas de México y por los poetas jóvenes de Chiapas.
―¿Habrá tornaboda?
A lo que repuso:
―Yo no sé de esas vainas, pero de que va a seguir la fiesta, va a seguir. De inmediato, le comenté a Tania, quien me dijo: ―Vamos, por supuesto; y de allí nos vamos al teatro todos. (Ante el lleno total de la noche anterior, se había programado una segunda fecha, un segundo concierto para el día siguiente).
Fuimos. Jamás se imaginó el poeta y su adorada pintora que habría de llegarles un inesperado regalo: Tania Libertad, quien brindó, cantó a capela y comió con ellos, con todos los comensales, hasta que nos fuimos al anochecer a su segundo concierto… a seguir festejando, pues.
Ricardo fue y vino sobre el lomo y al interior del lado azul del corazón de dos Patrias.
Aquí vivió, caminó y amó la segunda mitad de su vida.
Allá, en su Patria natal, su Patria grande, donde abrió los ojos, comenzó a gatear y a cabalgar rumbo al universo de las letras; allá, en mitad de los sueños postrimeros, en que su alma se desprendía y avanzaba sobre los jardines de ese viejo sitio que ―aunque lejos– nunca dejó de soñar, terminó por escoger, ¡faltaba más!, para decirnos adiós y obligarnos a brindar a la distancia juntos por tan amorosa orfandad.
¡Hasta siempre, querido y admirado poeta! ¡¡¡Hasta siempre, hermano querido!!!
Humedecidas plumas
RicaRdo cuéllaR



Humedecidas plumas RicaRdo cuéllaR
José Lazcarro Toquero, Juan Carlos Cal y Mayor, diputado Zoé Robledo, Enrique Estrada, Patricia Mota y Ricardo Cuéllar.
Ricardo Cuéllar y escritores de Chiapas, alrededor del poeta Roberto López Moreno.


Se dice que nadie -cuando nace- elije a su familia, es a lo largo de la vida cuando uno elige a sus amigos. Ricardo fue mi amigo y si hubiera tenido oportunidad de elegir a mis hermanos, él hubiere sido uno de ellos. Ricardo me regaló generosamente su amistad fraternal y muchas horas de convergencia intelectual, también de diferencias superfluas. Siempre compartimos nuestra rebeldía y asumimos a la par, intereses políticos, éticos y estéticos. Escribió con gran talento muchas cuartillas llenas de inteligente reflección, en torno a mi trabajo. Nunca se lo agradeceré suficientemente. Me quedo con su voz profunda y arrabiada, con su amistad franca y su intransigente vocación por la poesía que libera.
Manuel Suasnávar
Humedecidas plumas
RicaRdo cuéllaR
Suasnávar y Cuéllar, en el mural de Comitán.


De Andrea Abarca
Al maestro Ricardo Antonio Cuéllar Valencia, quien recientemente trascendió, todo mi agradecimiento por sus enseñanzas cuando fui su alumna y, posteriormente, su asesorada de tesis en la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericanas en la Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas Él fue el único, en ese momento, que acogió mis inquietudes académicas cuando comencé a interesarme por el esoterismo en la literatura. Le conté que quería estudiar a Jorge Luis Borges y su relación con la cábala. Me contestó que el tema era “meterse en camisa de once varas”, pero que lo hiciera, pues aprenderíamos juntos. Así fue como comencé a hacer la tesis de grado y a dar mis primeros pasos en este campo de conocimiento que me tiene ahora en el doctorado. Gracias también al maestro Cuéllar, conocí la novela-film Cagliostro de Vicente Huidobro, obra que posteriormente retomé para hacer la tesis de maestría con la misma línea de estudio esotérica.
Así pues, llevaré conmigo los días en los que me invitaba a su casa (ahí conviví con su entonces compañera, la talentosa pintora Patricia Mota Bravo y con la hija que ambos procrearon), donde trabajábamos juntos en su amplia biblioteca, bien sea en mi tesis o en sus proyectos, como su asistente de investigación. También recordaré con cariño las mesas de poesía que compartimos y sus presentaciones de libro. Fue, sin duda, una de las etapas más fructíferas de mi formación académica.
Gracias, una vez más, maestro, por su guía y confianza. Luz en el camino.
andrea abarCa orozCo 20 de noviembre a las 3:43 p. m.
Homenaje a Ricardo Cuéllar Valencia
Ricardo Antonio Cuéllar
Valencia (Calarcá, 10 de septiembre de 1946Medellín, 19 de noviembre de 2025) admiraba a los alucinados, a los desbordados por la fantasía, desapegados del mundo real y entregados por completo a la creación.
Él mismo era un alucinado, un poeta de tiempo completo, que en sus talleres encaminó a peregrinos de la poesía y la prosa literaria. Fue también un investigador profundo de los vericuetos de la literatura local. Sus libros sobre Rodulfo Figueroa y Armando Duvalier son fundamentales para comprender a estos poetas de la alucinación y el desenfreno creativo local.
Llegó a Chiapas a inicios de los años ochenta huyendo de la violencia que se vivía en su tierra, Colombia. Aquí, en el trópico, encontró y formó a cómplices de la poesía. Se dedicó por muchos años a la docencia en la Facultad de Humanidades de la UNACH, donde lo conocí, y pasamos muchas tardes de plática sobre escritores alucinados.
Conocí varias facetas de su ambivalente personalidad. Me propuso que escribiera yo un libro sobre su vida. Avanzamos con su infancia en Envigado, después en San Roque, aunque él nació en Calarcá, en el departamento de Quindío, en Colombia.
Sus primeros años fueron de trashumancia. De Calarcá a Pijao, de Pijao a Mistrató, Envigado, San Roque, Ciudad Bolívar… todo el mapa colombiano… Medellín, Bogotá, y después, en el Distrito Federal, hasta aterrizar en Tuxtla Gutiérrez donde se quedó a vivir por más de 30 años. Jubilado, vivió en Puebla y, final-
sarelly Martinez
mente, en Medellín.
Era una persona solar, también podía ser irritante y hasta colérico, cuando sentía que su mundo, ese que construía con prosa en verso y poesía, estaba en peligro.
Se exaltaba: era un quijote que luchaba contra modernos molinos de viento.
Tenía planeado escribir un libro sobre Matías de Córdova.
Ojalá lo haya concluido. Su poesía navegante tiene improntas de su tierra y de la nuestra. “Rosa del viento” me la firmó en 2006, pero compendió su obra en “Río ebrio”, el cual me entregó en 2015. De ahí extraigo este poema, titulado “Elogio del vago”:
Soy vago
Desde que me conozco
Me encanta Gracias a que nunca
Me he perdido
En ningún sentido
Mas si equivocado Mil y una veces
Yo conocí su parte solar y generosa. Tenía una risa fácil y sabía contar y contagiar sus pasiones literarias, su imperdible
Cervantes, a quien dedicó su tesis doctoral, Baudelaire, Blake, Hölderlin, Paz, Lezama Lima, Cardoza y Aragón… También su admiración por nuestros poetas y escritores locales, por Rosario y Sabines, por Quincho, Roberto López Moreno, y Efraín Bartolomé, por todos aquellos capaces de construir un verso perfecto y hacerlos sangrar. A los que formó y quiso: Marvey Altuzar, Blanca Margarita López Alegría, Uvel Vázquez, Gustavo Ruiz Pascacio, Mario Nandayapa, Derly Recinos, Israel González, Luciano Villarreal y Sergio Stahl.
El libro aquel que planeamos están solo las páginas iniciales. Aquí dejo solo los primeros párrafos. Está su voz y sus recuerdos:
“Hablemos de tu infancia, le dije, de tu encuentro con la poesía, con las palabras, con tus obsesiones, miedos, fantasmas y sueños y alegrías.
“Mira mi apreciado Sarelly. Las improntas de la infancia son las decisivas para el resto de la vida de un ser humano. Mi infancia tuvo un destino muy singular dado que está marcada por la diáspora. Nací en Calarcá; me bautizaron en Pijáo, aprendí a caminar en Mistrató, entré al kínder en Envigado.
“Allí, en Envigado, también cursé primero de primaria y la maestra que pretendió enseñarme a leer me golpeaba por no poder pronunciar bien las palabras del libro La alegría de leer. Me jalaba las orejas, me pegaba en la cabeza, me gritaba. Aprender a leer fue una verdadera tortura. Mi maestro de literatura en bachillerato, Luis Cano Espinosa, el leer mis informes me decía que no era posible entender mi pésima ortografía siendo yo yo un buen lector. Cuando le conté mi aprendizaje torturante con aquella maestra, cuyo nombre no recuerdo, simplemente me dijo: ya entiendo tus errores ortográficos. No te preocupes. Simplemente corrígelos en una segunda lectura. Así fue y es, hasta el día de hoy”.
Con Ricardo Antonio Cuéllar Valencia se ha marchado un gran poeta, periodista cultural, tallerista, un conocedor y admirador de los creadores nuestros, destello y energía en la palabra, que hará falta siempre en el diálogo literario.
Humedecidas


Ricardo Cuéllar Valencia, in memorian
Florentino Pérez Pérez
Para Paty Mota
Haciendo un primer recuento del año que termina, voy hacer una evocación de Ricardo Cuéllar Valencia. Corrían los primeros años de la década de los ochenta cuando entró Ricardo Cuéllar Valencia, por vez primera, a la dirección de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Chiapas de la cual era titular. Recuerdo aún que traía consigo esa barba y pelo blanco que lo caracterizaba y un currículum bajo el brazo. Venía de una breve estadía en la Facultad de ciencias sociales campus III, de San Cristóbal de las Casas. Después de varias tasas de café chiapaneco, no colombiano, quedó integrado a la planta docente de la carrera de Letras Latinoamericanas. Cuéllar, como afectuosamente le decíamos, se desempeñó como docente de tiempo completo por más de cuarenta años. Después, ya jubilado se fue a residir a Puebla.
En la década de los ochenta la Universidad Autónoma de Chiapas empezaba a recuperarse de las heridas causadas por el conflicto de 1979. Comenzaba paulatinamente a entrar a la normalidad académica
después del movimientos que puso en crisis su viabilidad institucional.
Los estudiantes mantenían la ilusión de continuar sus estudios universitarios. En el área humanística, no llegaban a más de cien; habían participado activamente al lado de los estudiantes de medicina humana, en el movimiento universitario. La planta docente estaba compuesta por 10 maestros para atender las carreras de Pedagogía y Letras latinoamericanas.
Las instalaciones estaban ubicada en el cuarto y sexto piso del Edificio Maciel. Las clases iniciaban a las cuatro de la tarde y concluían a las nueve de la noche. Las condiciones de trabajo eran complejas. Teníamos más sueños que apoyos. No obstante, logramos vincular la formación de los estudiantes de letras y pedagogía con los creadores y escritores locales, nacionales e internacionales. Por la galería del Edificio Maciel, desfilaron escritores como Guillermo Samperio, Laco Zepeda, Juan Bañuelos que impartió un taller de creación literaria; Óscar Oliva, Juan Antonio Ascensio, Óscar Wong, entre otros. También tuvimos la oportunidad de escuchar conferencias de Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chu-
macero, Edmundo Valadés y Elena Poniatoswka, las cuales nos fecundaron la imaginación.
Entre tantas actividades en las que participó Ricardo Cuéllar Valencia, están los encuentros nacionales destacan: los de Teoría y práctica del cuento; El cuento está en no creérselo; Literatura e ideología, en donde por cierto, Efraín Bartolomé, se llevó, como dicen en el argot taurino, la tarde con la lectura del poema corte de café
José Agustín y Marco Antonio Campos, alimentaron también nuestra imaginación. Se inició asimismo, una obra editorial que incluía las colecciones Maciel y Poesía no eres tú, así como la Revista Acuarimantima que antecedió a Boca de Polen que dirigió Cuéllar Valencia.
Por esos mismos años, Ricardo Cuéllar Valencia esbozaba los primeros trazos de algunas de sus investigaciones literarias en torno a Simón Bolívar y las guerras de independencia en la Nueva Granada, José María Melo soldado de Bolívar sacrificado en Chiapas, Fray Matías de Córdoba o el pensamiento criollo en el siglo XVll, en las cuales, a partir de la indagación histórica, recrea los sueños y luchas interminables
de los hombres de Latinoamérica, tensados por la esperanza y la desesperanza, por construir y alcanzar la libertad, la felicidad y el deseo por vivir en autonomía, en libertad, fuera del yugo de la colonialiedad.
Los aportes del maestro Cuéllar al conocimiento de la literatura hispanoamericana y a la formación y divulgación, son evidentes, están en sus cátedras, talleres, conferencias y textos publicados. Cual Magroll el Gaviero, Cuéllar aprendió a ver en su natal Calarcá, Quindío Colombia, los paisajes de la vida, a nombrarla en cada palabra, tras cada lugar frecuentado por los seres que han cruzado o soñado en su andar por el mundo, entre el trópico y las ciudades del nuevo y viejo continente, que ha guardado en su memoria y expresado en su poesía.
Gracias a Ricardo Cuéllar, el escritor colombiano Álvaro Mutis, estuvo en la Facultad de Humanidades. Estos son solo unos breves recuerdos del paso de Ricardo Cuéllar Valencia, quien hace unas semanas, en Colombia, dejó de existir.
La Utopía, Berriozábal, diciembre 2025
En casa del artista Enrique Estrada, con un grupo de artistas plásticos y el poeta Ricardo Cuéllar

De Zoraida Vleeschower
Hace tanto tiempo de la época de Universidad, pero aún recuerdo la primera vez en que nos dio clases y comenzó a hablar de “Los poetas malditos” con una fascinación por Rimbau, Mallarmé, Baudelaire... pronto no sólo sabríamos de las vocales de colores de Rimbaud o Las flores del mal, nos enteraríamos también de las frenéticas vidas de aquellos, el chisme sabrosón de alcoba que aderezaba la poética imaginando aquella época de desenfreno y desborde francés del siglo XIX en el arte.
Entre estos, yo escribía, más por cumplir con trabajos escolares, y luego se hizo un hábito, pronto me descubrí escribiendo frases en servilletas y leyendo en festivales literarios.
Un día, se acercó, bajó aquella voz enérgica con que hablaba en clases y me dijo ―usted tiene poemas y escritos muy buenos, ese humor negro suyo, siga por ahí–. Luego, vinieron muchas tandas literarias, a las que no siempre yo aceptaba participar.
Todavía siendo estudiante se acercó a mí y me dijo: ―Tengo un espacio en editorial de Coneculta, como corrector de estilo, y quiero que usted se venga a trabajar a este. No podía creerlo, fue mi primer trabajo; yo viajaba de punta a punta de la ciudad, por la mañana en Poliforum, en un camerino junto con un grupo de la guía de Roberto Rico, aquello era entre libro, cafés y libro, un comadreo intelectual, y por la tarde, Huidobro esperaba con su Altazor en la colina de Humanidades.
¡¡¡¿Cómo me le va?!!! Me decía en cualquier lugar, a la voz fuerte y con su tono colombiano, sin importar que todos en el lugar se enteraran que dos se habían encontrado. Con su abrazo de estima a mi persona y alegría, siempre se apresuraba a presentarnos a artistas y a unir unos con otros. Antes de pandemia fue la última vez que le vi; me platicó de sus viajes, de su paso por España, de dónde vivía ahora y a donde iría. Siempre mencionaba su Calarcá.
Me da gusto que haya regresado a su Colombia. Yo no sé, pero gradezco siempre la estima y cariño que siempre sentí de su parte, por procurarme en mis tiempos de escuela, por respetar mis decisiones, por darme mi primer trabajo, por mostrarme a Rimbaud, por creer en los locos y desbordados de fantasía.
Descansa en paz, Ricardo Cuéllar Valencia.

Réquiem por Ricardo Antonio Cuéllar Valencia
sergio stahl
El único chiapaneco nacido en Colombia ha muerto. Al Maestro Ricardo Cuellar Valencia lo conocí cuando yo cursaba el primer semestre de la Licenciatura en Letras Latinoamericanas en la Facultad de Humanidades de la UNACH a principios de los 80.
Era un Sociólogo que abandonó la ciencia social para lanzarse de lleno a navegar en las aguas maravillosas de la Literatura. Un gran lector y un prolífico escritor de poesía y ensayos. En su cátedra, Ricardo nunca usaba el pizarrón para anotar nada, se sentaba en la silla a dictar su clase y exigía que los alumnos pusieran atención a lo que decía.
Extramuros, forjamos una amistad sincera y cabal que giraba en torno a los libros de la alta Literatura. Ricardo sugería un texto para que yo lo leyera y luego en sesiones privadas en su casa discutíamos sobre el texto a fin de profundizar en la interpretación.
Ricardo sabía motivar a sus alumnos a que leyeran y leyeran y que no tuvieran miedo de decir su interpretación de los tex-
tos. Cuando acepté un Tiempo Completo para dictar clases en la carrera de Letras Latinoamericanas yo vivía entonces en San Cristóbal de Las Casas y Ricardo me ofreció su casa para que yo me quedara en Tuxtla durante la semana.
Era un tipo generoso y aunque tenía un carácter explosivo nunca fue irritante en su relación conmigo. Yo lo quería mucho como amigo y lo respetaba bastante como intelectual. En buena medida yo cultivé mi pasión por la lectura de la alta Literatura gracias al ejemplo de Ricardo. La última vez que hablé con él por teléfono vía Facebook fue hace unos meses atrás.
Lamento profundamente su fallecimiento. Mi sentido pésame a sus hijas María Victoria y Cintia. Descansa en paz, querido Ricardo. Allá va la muerte, me está esperando a que yo pase por la enramada. El show debe continuar.
#DiariodeVampiro 20 de noviembre a las 4:37 p. m.
Pintura de Carlos Mario Cuéllar Valencia



Odacir o un hombre llamado Ricardo Cuéllar Valencia
edgar núñez JiMénez
Quisiera recordar a Ricardo Cuéllar Valencia desde una sola arista. Lo intento, pero fallo. A mi memoria asiste una serie de imágenes en las que me invita un café para hacer sobremesa. Soy un estudiante de 19 años y lo escucho de forma paciente. Habla al azar y salta, sin ninguna complicación, de García Márquez a Sabines; de Duvalier a José María Melo y Ortiz; del Quijote y la nueva novela moderna a los poetas malditos; de Fray Matías de Córdova – con todo y su Pararrayo– a Bolívar, Dante, Sade, Mutis, Hölderlin, Vázquez Aguilar. Me trata de usted y, en repetidas ocasiones, interrumpe su discurso para decir que en Colombia se hace el mejor café de Latinoamérica. Luego, quizá al advertir que la pasión con la que se mueve en su cotidianidad puede llegar a ser ofensiva, se detiene para precisar: “En Chiapas y Colombia se hace el mejor café del mundo. ¿Usted lo sabía, jovencito?”. Ricardo Cuéllar Valencia fue muchos hombres a la vez; de allí su complejidad humana. Podías tener profundos encuentros o acaloradas discusiones pero nunca puntos medios. Reacio en sus modos, decisivo en carácter y un poco difícil a veces, podía habitar la ternura sin proponérselo. Luego, reviraba; volvía sobre sus pasos a ponerse la máscara y salía a enfrentar el mundo. Solía leer todas las mañanas, puntual, la columna que escribía para el periódico; después, operaba el cambio: o se sentía indispuesto cuando una errata se colaba en las tipografías del suplemento, o se mantenía
en paz durante la mañana si todo salía bien.
Hay tres recuerdos que atesoro con cariño y que rememoro en orden inverso:
En 2018, le hicieron un pequeño homenaje por sus 36 años de vivir en México. Para él, esto representaba haber llegado a la edad dorada, e hizo un largo texto de agradecimiento que leyó ese día y en el que incorporó mi nombre junto al de otros estudiantes de la generación. No asistí al evento, pero pude leer la nota que el Heraldo de Chiapas publicó días antes de la ceremonia.
El segundo, es que incorporó dos textos míos, aún incipientes, en su libro Armando Duvalier. Vida y obra (2017), publicado por el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas (Coneculta). En ese momento, mi madre se encontraba delicada de salud y yo velaba las horas cuidándola en el hospital. Justo en esos días recibí una llamada de él desde Puebla para informarme que el libro sobre Duvalier había sido editado y que me haría un depósito para que yo pudiera comprar los dos tomos. “Es una pena que usted no los tenga, cuando es quien ha visto el proceso de cerca”. Colgó e inmediatamente me depositó una suma a mi cuenta. Yo salí del hospital, no para comprar el libro; el dinero sirvió para ajustar el presupuesto de unos medicamentos que mi madre necesitaba. Nunca se lo dije, aunque repetidas veces volvió a marcarme para ver qué pensaba de la edición. No me atreví a decirle la verdad y a escasos días del suceso, me llamaron de las oficinas del CO-
NECULTA para indicarme que podía pasar por dos ejemplares gratuitos que me correspondían de manera simbólica, porque dos textos míos aparecían allí. Asistí presuroso para sortear el problema y le envié a Cuéllar la fotografía de los dos ejemplares.
En 2015 creo que fue la última vez que lo vi: me regaló una antología personal que tituló Río ebrio, la cual recupera su producción poética desde la década de los noventa, rango de tiempo en el que yo apenas sobrevivía al mundo. Escribió una dedicatoria elocuente y no dudo que con afecto sincero. “Este Río ebrio es para Edgar”. Y agregó: “con el aprecio y agradecimiento... y amor por la literatura”. Ahora que escribo estas líneas y veo su foto en la portada, con la mirada inquisidora y desafiante, encuentro a un hombre al que se le aprendía con solo escucharlo y que inoculaba una pasión desbordada por los libros, la literatura y la conversación.
Cuéllar Valencia era eso; un río tumultuoso, con recodos y hondonadas al que uno podía ver desde lejos: la imagen del tiempo ebrio de sí, desbordado en su contingencia. Sé de lo complejo que pudo haber sido y también de las generaciones que pudieron haber aprendido algo de él, de ese ímpetu con el que se abrazaba a la vida y a la muerte al mismo tiempo. Ahora que se despide para irse a estrellarse en el fin, en la desembocadura, lo recuerdo con calma y con nostalgia. ¡Hasta siempre, maestro!

A Ricardo Antonio Cuéllar Valencia
D.E.P.
VíCtor Manuel Cruz roque
Me impactó la noticia de su fallecimiento físico, e inmediatamente vinieron a mi memoria aquellos días, cuando acompañado de la pintora Patricia Mota Bravo, acudían a verme a la Dirección de Divulgación Cultural del CONECULTA.
Él, poeta, ensayista, editor, crítico de arte, y más. Estudió las obras de Rosario Castellanos, Rodulfo Figueroa, Armando Duvalier, y otras constelaciones literarias.
Profesor universitario y tallerista de literatura, le entregó a Chiapas gran parte de su vida cultural.
Ricardo, de palabra firme, de esos seres que no toleran las mediocridades, porque son espíritus inferiores.
Retornó a su genésica tierra, Colombia, y no supe más de él, hasta hoy que me entero que la muerte lo cobijó en su regazo eterno.
Un día le dije que, sólo los grandes tienen derecho a las grandes cualidades, los grandes defectos y las grandes muertes, y espero que la suya, su muerte, haya sido así.
(Y es que, los ordinarios, los cotidianos y los de existencia simple, fallecen de cualquier cosa: de pulmonía; los atropella un carro; o de un paro cardíaco, entre tantas muertes descoloridas, como antítesis de existencia plena).
Descansa Ricardo, y espero que antes de exhalar el último suspiro, le hayas dicho a la muerte su merecido.
“Porque la muerte no es sino un pretexto para llorar por todos, por todos los que están viviendo. Una pared caída no separa, solo el cuerpo de Dios, solo su cuerpo”
Jaime Sabines.
En tu honor, me tomaré un traguito de tequila.
¡Salud amigo!


19 de noviembre a las 10:49 p. m.

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