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Suplemento Al Faro #64 - Pasta de Conchos

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Editores: Daniela Alfaro y Enrique Alfaro F. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas Sábado 21 de febrero de 2026 Primera época

El 19 de febrero de 2006, 65 trabajadores de la mina Pasta de Conchos, en Coahuila, quedaron atrapados tras una explosión que sacó de sus humildes viviendas a igual número de familias, que a esas benditas horas descansaban, soñando esperanzadas en el regreso a casa de sus padres, hijos, maridos, hermanos, que a diario laboraban en las oscuridades tierra adentro.

A dos décadas del aciago acontecimiento, muchas familias mantienen exigencia perpetua porque se recuperen 38 cuerpos que faltan y

se les garantice un pleno y más que obligado acceso a la verdad. Recogemos hoy en las páginas de nuestro Suplemento, dos textos fundamentales que confieren debido contexto a los hechos, sin perder de vista la celebración del Centenario del Natalicio del poeta más popular de México, Jaime Sabines. ¡Salud, con todas y con todos!

A 20 años de Pasta de Conchos, exigimos verdad, justicia y no repetición: familias de mineros

AmAndo Ríos/ VAnguARdiA mXeew

años han pasado desde que la tragedia en Pasta de Conchos le puso el rostro a la inseguridad y la corrupción que habita alrededor de las explotaciones de carbón en la Región Carbonífera de Coahuila 20 años pasaron, y hasta ahora, apenas algunos de los

mineros del tercer turno de la Mina 8 comienzan a regresar en restos a sus hogares, mientras que la justicia se ha quedado en letra muerta. Para varias familias, el regreso de los cuerpos abre la posibilidad de cerrar un ciclo. Para otras, persisten las dudas sobre si las condiciones real-

mente cambiaron y si el caso significó un antes y un después en la Región Carbonífera.

En medio de ese tiempo que se estira entre el siniestro y el reciente proyecto del rescate, la historia de Elvira Martínez Espinosa condensa la dimensión humana del caso. Su memoria no

solo reconstruye el día de la explosión, sino los años posteriores, la incertidumbre, la organización, la exigencia de justicia y la insistencia para que la Región Carbonífera no tenga que vivir sometida a costas de “carbón rojo”. Elvira, quien desde hace 20 años ha esperado el retorno del minero Vladi-

mir Muñoz, recuerda aquél 19 de febrero de 2006 como si hubiera pasado hace algunas horas. El paso del tiempo lo mide a través de su hija menor, quien tenía 3 años cuando el siniestro sepultó a su padre, mientras que hoy ya es egresada de la carrera de Medicina.

En aquél entonces, Elvira vivía temporalmente con Vladimir en casa de sus padres debido a que el matrimonio estaba por concluir el proyecto de vivienda en la que vivirían junto con sus tres hijos.

Eran las 10:00 de la mañana de ese 19 de febrero del 2006 y Vladimir no llegaba. Las calles del barrio La Covacha de Palaú no tenían registro de su regreso que regularmente ocurría entre las 08:00 y las 09:00 de la mañana como máximo, sobre todo cuando quería sumarle horas extras al salario de mil 100 pesos semanales que pagaba entonces Grupo México.

El padre de Elvira, era de los que prendía la radio desde temprano para enterarse de las novedades. La noticia había recorrido los rincones de la re-

gión, hasta llegar por fin a un micrófono radial por el que su familia encendió las alertas.

“Ese día salí yo temprano, tenía una actividad, y mientras estaba ahí me llamó mi hija Tania, la mayor y me dice que en la radio están diciendo que explotó una mina y mi papá ya estaba muy inquieto porque Vladi todavía no llegaba a casa. En la radio lo que escuchábamos era poco. Nadie decía nombres y por eso decidimos trasladarnos a la mina a la que no sabíamos bien como llegar”, recuerda.

No pasaron demasiadas horas para que Elvira, junto con su familia, decidieran trasladarse hasta Nueva Rosita, donde está ubicada la mina, encontrándose ya con que había un movimiento fuera de lo regular; militares, prensa, y otras familias desesperadas haciendo preguntas sobre si había ocurrido un accidente que al interior, se sabía que había pasado desde las 02:30 de la madrugada: 8 horas y la empresa no dijo nada.

“Nos empezaron a decir informa-

ción más o menos desde la una de la tarde. Se rompió el cerco y muchos nos fuimos corriendo, caminando, y ya nos dicen que había ocurrido la explosión, que no sabían la condición en la que podían estar, pero que el ventilador seguía trabajando. Y ya ahí empezaron a nombrar a las personas que estaban adentro”, recuerda.

Elvira relata que cuando estaba en secundaria, por los años 1986 había ocurrido un derrumbe en la comunidad de Esperanzas donde murió el papá de una amiga suya, pero en esta ocasión, pensaba que la explosión únicamente había obstruido las entradas, y que Vladimir a sus 34 años estaría con vida dentro y esperando a ser rescatado. Esa fue la primer idea.

“Me asombraba la cantidad de gente que había. Había medios internacionales, nacionales, que nos hacía preguntarnos ¿qué pasó? En mi cabeza yo tenía que ellos estaban atrapados solamente y que los iban a rescatar”, dice.

Elvira detalla que unos ocho días después, el personal de la empresa les

pidió una reunión privada donde les ofrecieron una compensación, y fue ahí que, debido a la cantidad manifestada, comenzaron las sospechas sobre las decisiones que el Gobierno tomaría más adelante para concluir los trabajos de rescate y dar a los mineros por muertos.

“Nos decían que era una ayuda humanitaria. Cuando dicen la cantidad de 750 mil pesos, yo me asombré ¿por qué tanto dinero? Nos dijeron que saliéramos y no dijéramos nada. Salimos y en el pasillo quedamos en no agarrar nada. Ese mismo día salieron a decir que las posibilidades eran nulas y que los trabajos de rescate se iban a suspender”, recuerda.

Elvira, quien entonces tenía 32 años, dice que cuando la empresa comunicó la noticia, la mayoría de las familias se unieron en un sollozo colectivo, pero para ella fue una negación: no había un cuerpo al que dar por muerto.

“Ahí empezamos a cuestionar. Desde ahí empieza la lucha de no aceptar la versión oficial. Vladi y yo éramos

de un grupo de matrimonios de la Iglesia, y un padre se me acercó a decirme que las autoridades habían comentado que ni siquiera íbamos a encontrar las hebillas de los cintos porque se habían pulverizado. La mayoría de las personas creían en la versión, a pesar de que no nos habían mostrado nada, una sola prueba de que estuvieran muertos”, dice Martínez.

Recuerda que figuras como Humberto Moreira, entonces gobernador de Coahuila y Francisco Javier Salazar, entonces secretario del Trabajo, respaldaron la decisión de Grupo México y también la versión que sepultó a los 63 de los 65 mineros bajo la mina hasta que llegó el proyecto de rescate anunciado a partir de 2018.

Tras la suspensión de los trabajos que ocurrió ocho días después, las tensiones pronto se mudaron a la región, pues en medio del desempleo y la falta de diversidad económica de la Carbonífera, la tragedia había dejado desamparadas a 65 familias que, de lo contrario a insistir, hubieran tenido un

destino al que Elvira dice, han apostado a normalizar las autoridades para las mujeres de la región.

“La gente estaba acostumbrada a que el destino de la viuda del minero es: te vas a tu casa con tus hijos a llorar y a ver cómo le haces para sacarlos adelante. Cuando hubo un cambio en eso, se señaló”, dice.

Elvira recuerda que, en un intento por desprestigiar el reclamo de justicia, en la región se descargó una campaña en contra de las viudas que en la desesperanza y el hambre, tuvieron que aceptar las condonaciones económicas, aunque muchos de los insumos se tendrían que ir en las actividades de insistencia y exigencia.

“Todas las familias estábamos en diferente situación. En mi caso a mí me arropó mucho mi familia. Yo tenía 3 hijos: Tania de 12, Christian de 11 y la más chica de 3. El apoyo siempre lo tuve de parte de mi familia y gracias a ellos nunca me vi en una situación difícil. La gente se solidarizó, nos llegaban despensas de muchos lados”, expresa.

“Pero cuando algunas de las familias empezaron a optar por tomar el dinero, aquellos 750 mil pesos, empezó una mala campaña. Cuando en realidad todas compraron lo que les faltaba, que era un carro para ir a la mina. La población no lo vio así. No se ponían a pensar que las familias ahora están solas con sus hijos. Solamente señalaban: ya se compró el carro, ya construyó, sin saber realmente cuál era el destino que nos habían dejado”, dice.

En el análisis de estos 20 años, Elvira resalta con tristeza que muchas familias se han ido de este plano sin haber tenido justicia y verdad; padres, madres, e incluso viudas, o simplemente, las personas que conformaron aquellas redes de apoyo para las 65 familias.

“Hoy lo que analizo es que siempre se apuesta al tiempo, al cansancio, a las enfermedades. Ahorita ya nos duele todo. Las que teníamos 32 años, ahora tenemos 52 y ya empieza a haber rezagos. Imagínate la salud de las viudas que en ese entonces ya tenían 50 años.

Recientemente visité a una de ellas y ya está postrada en cama. Otras con enfermedades y todavía no han salido los mineros de ellos”, dice.

La cuestión del tiempo, no le ha afectado tanto en lo personal, pero cuando voltea a ver a sus hijos, el análisis se amplía.

“Mi hija ya tiene 23 años, ya se graduó de Medicina. Ya está en su vida profesional y yo sigo todavía con el mismo tema. Ahí es donde yo veo la realidad del tiempo. 20 años, es la vida de una persona que se convierte en médico. Ha habido momentos en que te sientes cansado y desanimado, sobre todo en los que hubo mucho silencio”, dice.

A lo largo de las dos décadas, Elvira y sus compañeras con quienes se fundó la Organización de Familiares de Pasta de Conchos, tuvieron que aprender, al igual que la mayoría de las familias de víctimas de delitos y siniestros de este tipo en México, tuvieron que hacerlo. Pasaron de ser amas de casa, a ser expertas en minería, búsqueda y otros de-

talles forenses.

“Yo jamás había ido a una manifestación. Nunca en mi vida pensé que tendría que salir a la calle con un cartelón. Pero teníamos que organizarnos. Por eso el caso llegó hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos”, dice.

Para Elvira, la intención de que Pasta de Conchos con todo lo ocurrido tuviera una organización que respaldara la lucha, no yacía únicamente del reclamo de sus mineros, sino para que situaciones similares no continuaran ocurriendo ante la vista de todos y normalizarlos, un aspecto que ha sido ignorado a pesar del procedimiento ante la CIDH y de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

Al día de hoy, las omisiones del Estado Mexicano en la minería del carbón pueden probarse mostrando simplemente, que después de Pasta de Conchos, han ocurrido otros siniestros que han quitado la vida de otros mineros; en Minosa, Progreso 2; en Rancherías 7; en El Pinabete 10, y así la lista continúa.

“Y nos dicen que inspeccionan, pero no es solamente eso, se deben hacer otras cosas, incluyendo responsabilidades penales directas a los concesionarios. Porque inspeccionan, se van y al día siguiente los mineros ya están

trabajando otra vez”, menciona.

Además, Elvira señala que la Región Carbonífera nunca vivió un proceso de diversificación económica que orilla a la población a trabajar en los pozos de carbón, minas ilegales o a migrar; un destino predefinido.

“Mucha gente de Palaú ahora se están yendo hasta trabajos como la Cervecera, porque aquí no hay nada. Tanto el Gobierno Federal no se ha puesto las pilas con las medidas de no repetición, como el Gobierno del Estado no trae fuentes de empleo para que la gente no se vaya a los pocitos. No ha habido reparación ni medidas de no repetición”, dice.

Para ser escuchadas el camino fue complejo, empezando por el peregrinar de las familias en las instituciones, mismas que no les recibían, hasta la Secretaría de Gobernación de Juan Camilo Mouriño, pero les pedía no hablar ante la prensa. Así, los procesos se fueron alentando, pero tras la asunción de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de México en 2018, se empezaron a dar los primeros pasos.

“Nosotros vemos que simplemente faltaba voluntad política. Técnicamente el rescate siempre fue viable. El rescate nos lo pudieron haber dado desde 2007. La empresa decidió que no, el Gobierno lo apoyó y de ahí, hasta esta

fecha. Sabemos que no ha sido fácil, que no era fácil, pero también sabemos que el tiempo que se perdió abonó para que el rescate fuera tan complejo como lo es ahora”, indica.

El proyecto de rescate inició formalmente en 2020 y al día de hoy ha dado resultados con la entrega e identificación de 23 mineros y otros 2 que están bajo análisis. Pero cuando la noticia de que abrirían Pasta de Conchos se dio a conocer, las familias también fueron señaladas por cuestionamientos como ¿por qué gastar el dinero del Estado Mexicano en eso?

“En primero nosotros teníamos que cerrar un ciclo, cumplir nuestros deberes como familias. No podíamos dejarlos ahí, darnos la vuelta y continuar. Ellos estaban trabajando y nunca regresaron. Pero después de ese asunto personal y que rodea a la cultura mexicana en los procesos de muerte y cierre de un capítulo, las familias también anhelaban que con la apertura de la mina se consiguiera la verdad sobre lo que ocurrió. El rescate es un acceso a la verdad. Tenemos ese derecho ¿qué pasó ahí abajo?

¿Qué pasó con ellos?”, dice Elvira.

Aunque al día de hoy la Fiscalía General de la República les ha comentado sobre la posibilidad de una investigación que dé justicia a los familiares, Elvira dice que no se ve luz, y que

incluso, las autoridades han encontrado elementos que podrían ser indicios para continuar investigando, pero no han sido protegidos.

“A estos 20 años, es lo que estamos platicando las familias. La FGR se está encargando de una “investigación”, pero no sabemos qué están investigando. Se le ha preguntado. También han dejado claro que su encomienda es la recuperación e identificación de los restos y hasta ahí. No sabemos nada sobre las repercusiones”, expresa.

“Se han ido encontrando cosas, a algunas familias les han entregado con los restos pertenencias de los trabajadores, como el rescatador, que pueden formar parte de una evidencia, lo cual levanta la sospecha: ¿estás investigando o no?”, dice.

Además de esa incertidumbre, dice que es permanente la insistencia de mejoras para los trabajadores que hoy desarrollan el rescate, pues los contratos son solo de tres meses, y existen actividades sumamente complejas que se hacen bajo el sol, a carretilla.

Como cada año, Elvira Martínez se reunirá con otras familias en la Ciudad de México para atender la misa oficiada por el obispo emérito de Saltillo, Fray Raúl Vera, en el antimonumento instalado por las familias en el Paseo de la Reforma, como cada 19 de febrero.

Pasta de Conchos... de niños... de sueños

a Germán Dehesa

…Madre, que tu nostalgia se vuelve el odio más feroz

Silvio Rodríguez

“¡A ver, niños, levanten la mano quienes crean que sus padres están muertos!”.

—“A ver, niños, levanten la mano quienes crean que sus padres están vivos”.

Ni siquiera la maestra que, al día siguiente que los señores y su Gobierno decidieron que se había hecho el mayor esfuerzo por recuperar a los mineros quienes, varios días atrás, habían bajado, le devolvió el sueño a mi mamá. Porque tanto yo como ella seguimos pensando que mi papá está vivo.

“Me llamo Sebastián López Monroy. Soy hijo de Pedro López y de Julia Monroy. Ya estoy grandecito y quiero decirle al mundo que mi papá, antes de encaminarse hacia la boca de la mina, siempre pasaba a darme mi besito, cuando yo dormía. Él siempre pensó que yo estaba profundo. Pero no era así: el cosquilleo de sus bigotes me despertó siempre. De igual manera, él se llevaba mi respiración, como mera bendición, porque siempre me preocupé por ese morirse asfixiado en el corazón de la Tierra, desde donde él siempre se preocupó también porque yo estuviera vivo.

“Pero yo sé que, desde los primeros días que la incandescente luz que advenía de esa otra mina llamada vientre de mi madre, él mantuvo sobrada preocupación antes de partir hacia allá y cuando estaba ya hasta el fondo de esa grosería de incertidumbres que le tiznaban la cara, cual payaso que hacía felices a sus patrones. Allí, hasta abajo, hasta el fondo, peleaba siempre ―nos lo dijo– contra el sofocamiento de la Muerte. Pero también me dijo que

siempre trabajó contando las horas para salir al aire y encontrarme vivo. Y a su regreso, tras comprobarlo, volvía a besarme... vivo, pues.

“Por eso ahora me preocupa mi mamá, que no duerme pensando en que mi papá esté muerto y él pensando que yo estoy vivo... como siempre. Como desde entonces”.

saldrían de allí vivos.

Y así fue: los niños nunca más volvieron a salir de esa cueva. Nadie los pudo sacar. Se los tragó la Tierra. Era Día de Muertos, el Uno de Noviembre, el de las almitas inocentes, lo que hizo aún más doloroso su final.

“Hace apenas un año, un sábado que mi papá le encargó a mí tío Prudencio ―el hermano menor de mi mamá– que cubriera su turno, y a quien luego le pagó el favor con ir ese triste domingo a la mina: pasaron en la televisión la noticia de unos niños de un lugar del estado de Chiapas, quienes, persiguiendo a un animal llamado tepescuintle, se metieron en una cueva y ya no los pudieron sacar.

“Decían que su papá se había adelantado y ya no vio cómo ―a sus espaldas– se habían internado en la cueva siguiendo al animal. Ya llevaban más de ocho días y no podían entrar en la cueva los señores que intentaban salvarlos. Y así pasaron muchos días con sus noches, hasta que las autoridades decidieron que era imposible, que ya no iban a intentar más sacarlos de ahí.

“Luego dijeron en la televisión que la gente de la comunidad aseguraba que su papá había cazado muchos animales que salían de esa cueva y, por ello, se trataba de un mero ajuste de cuentas, en tanto la cueva estaba encantada Una percepción asistida por sus cosmogonías. Por eso los niños jamás

“Pero mi papá nunca le hizo mal a nadie. Ni a los animales ni a la gente. Por eso mi mamá quiere que se lo entreguen. Dice que no va a recibir dinero, que lo que quiere es recibir a mi papá. Porque nada ni naadie le va a pagar; no el precio sino el verdadero valor de su hombre.

las truenan” antes de bajar. Me percaté también de que la Compañía que había contratado a mi padre ya no figuraba ni en las notas periodísticas. Que el líder sindical, a quien nunca conocimos, lo defendían otros señores marchando por las calles de la gran Ciudad de México. En suma, que el Gobierno consideraba que el verdadero problema era un mero asunto interno, “entre particulares”, dijo y cerró su boca, como también cerró el caso.

“Ya pasaron muchos días y semanas y no vuelve mi papá. Volvieron sí las clases y yo ―al fin– ya fui a la escuela. Anoche vi en la televisión al señor que vino de México, como representante del Gobierno Federal; se dijo secretario del Trabajo y saludó de mano y abrazo a todos como si lo conociera. Pero fue quien más salió en la televisión en los días que trataban de rescatar a mi papá y a sus compañeros, y a quien mi mamá le exigió que le entregara a mi padre “vivo o muerto”. Ese mismo señor dijo ayer que los mineros se las truenan antes de bajar a la mina. Le pregunté a la única maestra que se atrevió a abrir el aula y a tallar el gis ayer sábado, y no me supo explicar nada al respecto.

“Entre tantas cosas, yo ya no soy tan tonto. Me digo: ahora resulta que no sólo ya no nos van a devolver a mi papá, sino que tenemos que escondernos, huir avergonzados, luego que a ese señor se le ocurrió decir que los mineros “se

“Volví a la pequeña tele que veíamos con mi papá y mi mamá, y me quedé más triste y más miserable que los propios hechos. Supe del Presidente, que se ha estado peleando con los candidatos que, a su vez, hacen hasta lo imposible por pelearse sin el mínimo rubor delante de la gente. Que el Cruz Azul, a quien le va mi pa, perdió una vez más la final del campeonato mexicano de futbol. Y nada de que nos vengan a dar noticias frescas, esperanzadoras, pues.

“Mi mamá sigue allá, en la boca de la mina, esperando a que salga o que saquen a mi papá. Desde que supo de la explosión, no ha vuelto a dormir en casa. Pareciera que ya vive allí. Es más, ha salido varias veces en la tele. Aun así, ni caso le hacen.

“Yo, por mi parte —y por ahora—, voy a intentar conciliar el sueño y a acariciar la esperanza de, por lo menos, sentir, cuando me despierte, el cosquilleo de los bigotes de mi papá, por si vuelve para partir de madrugada; por si regresa... para volverse a ir”.

* He aquí un texto que se traza sobre la frontera entre la objetividad de los hechos y la subjetividad literaria

* Cuando aún no termina el mes con menos días, pero con más amor del año, les compartimos este poderosísimo texto del Mayor Poeta Jaime Sabines

Los amorosos

Los amorosos callan.

El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable.

Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos viven al día, no pueden hacer más, no saben.

Siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte. Esperan, no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.

El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro.

Los amorosos son los insaciables, los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos. Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.

Las venas del cuello se les hinchan también como serpientes para asfixiarlos.

Los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos.

En la oscuridad abren los ojos y les cae en ellos el espanto.

Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos, sin Dios y sin diablo.

Los amorosos salen de sus cuevas temblorosos, hambrientos, a cazar fantasmas.

Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse. Juegan el largo, el triste juego del amor.

Nadie ha de resignarse.

Dicen que nadie ha de resignarse. Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, la muerte les fermenta detrás de los ojos, y ellos caminan, lloran hasta la madrugada en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas. Los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida, y se van llorando, llorando la hermosa vida.

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