Skip to main content

Suplemento Al Faro #50

Page 1


Conelviento alhombro

Editores: Daniela Alfaro y Enrique Alfaro F. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas Martes 8 de julio de 2025 Primera época
Con el viento al hombro

La celebración de las letras

José Juan Balcázar

Convocado por Gilberto Bátiz García, moderé ayer la presentación de la novela Con el viento al hombro, del notario Gilberto Bátiz Lopez, con presentadores de lujo, mi querida y admirada amiga Sandra de los Santos, el doctor y bolopoeta Marco Antonio Besares Escobar, el inquieto, culto y divertido Rodrigo Ramón Aquino y el propio Gil Bátiz.

Agradecí la concurrida asistencia —que hayan dejado de ir a misa por estar en esta memorable presentación del segundo libro del notario Bátiz López—, porque confesé que, cuando me dijeron que en el panel íbamos a estar , pensé va a haber más gente arriba que en el público y felizmente me equivoqué. Esta novela no solo es la celebración de la amistad,

Distribuido en siete capítulos y 258 páginas, este libro se asume desde el inicio como un gesto de amor por las palabras y por los ideales. En El abuelo, se siembra la semilla del relato: una niña que pide a su abuelo hablar del Che en la escuela. Lo que empieza como una anécdota familiar se convierte en crónica con-

de la hermandad, del cumpleaños 80 del notario Bátiz, sino la celebración de las letras, del amor por la libertad de andarse por las ramas de ese frondoso árbol que es la literatura.

Rodri dijo que el notario Bátiz es un poeta secreto y recordé la anécdota de Pablo Neruda y García Lorca que fueron a dar un recital a un pueblo y cuando llegaron a la estación del tren nadie fue por ellos. Es que no los reconocimos porque no vestían como poetas, les dijeron y García Lorca dijo es que somos de la poesía secreta.

Muchas felicidades al escritor Gilberto Bátiz López que ha escrito una gran novela, testimonio de su amor paterno, de sus vivencias, de sueños y de su inagotable pasión por la poesía, la literatura y la vida.

tinental. En los capítulos siguientes —Nace la leyenda, Fidel, Granma, ¡Patria o Muerte… Venceremos!, Tatu y Hasta la victoria siempre— desfilan los episodios más significativos de la vida de Ernesto Guevara, narrados no con solemnidad pesada, sino con hondura poética, con humor a veces, con claridad siempre.

La memoria de una pasión

sandra de los santos

Antes que todo, quiero agradecer que me hayan honrado con estar en esta mesa. Hace unos días, Gil (el que no escribe más que sentencias) me decía, orgulloso, que el primer libro de su padre lo presentaron: Enoch Cancino y Eraclio Zepeda. Y pues ahora, veinte años después, nos tiene a nosotras y nosotros… qué se le va a hacer, el panel ha decaído un poco. Pero el afecto se mantiene, y eso también cuenta.

No tenía el gusto de conocer personalmente al autor del libro, pero sabía mucho de él y lo tengo en estima porque compartimos afectos, uno de ellos, por el Museo de la Ciudad de Tuxtla. Ahora también siento que lo conozco porque, él no lo sabe aún, pero me permitió saldar cuentas con alguien con quien me había dejado de hablar desde hace un tiempo.

Me da mucho gusto estar aquí acompañando la presentación de este libro. Y digo “acompañando” porque eso es lo que me parece que hacemos hoy: acompañamos un gesto. Un gesto íntimo y a la vez público. Un gesto que tiene que ver con la escritura, con la memoria y con la necesidad muy humana de contar.

mañana. Pero hoy ese disfrute se extiende: no solo leí, también puedo hablar de lo que leí. Porque la lectura eso nos permite: abrir conversaciones, compartir experiencias, reflexionar en voz alta.

Lo que tenemos entre manos no es solo una narración sobre un hecho histórico (el viaje del Che y de Fidel rumbo a la Revolución cubana). Es también la manera en que ese hecho ha vivido en la imaginación y en la conciencia de alguien que ha decidido ponerlo por escrito.

dad lo que hago y disfruto es contar mi experiencia como lectora. Y hoy vengo a compartirles justo eso: lo que me pasó leyendo Con el viento al hombro.

En estas semanas, Cuba se me anduvo atravesando por todas partes. Primero, este libro llegó a mis manos. Luego, no sé si fue el algoritmo o la casualidad, pero empecé a ver publicidad de unas clases de baile de son cubano. Así que estás semanas anduve bailando Chan Chan, Macusa… y reconciliándome

Porque una cosa es saber la historia, y otra muy distinta es contarla desde el lugar en el que una persona concreta la ha leído, la ha pensado, la ha sentido.

Y me gusta aún más que esto suceda en domingo por la mañana. Verán… a mí me gusta levantarme temprano los domingos, no para regar plantas ni para hacer yoga ni para salir a correr, como se esperaría de alguien de mi edad. A mí me gusta abrir los ojos y quedarme en la cama leyendo. Disfruto profundamente leer los domingos por la

Este libro es también una conversación: entre generaciones, entre pasados y presentes, entre la historia oficial y las preguntas personales que nos quedan. No es un texto histórico ni pretende serlo. Es, más bien, un ejercicio de pasión, de lectura atenta, de afecto por un momento que marcó al continente.

Hay quienes piensan que yo hago reseñas de libros, pero la ver-

con mi héroe revolucionario favorito de la adolescencia: el Che.

En este libro, Gilberto Bátiz López hace un relato novelado de la vida revolucionaria del Che Guevara, ese argentino que eligió pelear en Cuba, en el Congo, en Bolivia. El relato lo construye alguien cercano al Che, unos ojos amigos, unos ojos que lo miran con afecto, con distancia y con admiración. Y esa mirada es importante, porque no es ingenua ni solemne. Es una mirada que recuerda las hazañas, la pasión por los ideales, la entrega que cuesta caro, pero que sostiene una causa.

Mientras leía, recordé mis años de adolescencia, cuando escribía “¡Hasta la victoria siempre!” en todas partes. En aquel entonces me devoré el libro de Paco Ignacio Taibo y atesoraba uno lleno de fotografías. A esa edad, como dice la canción, una necesita “un capitán, un héroe, una señal”. Y creo que el Ché lo fue para muchas generaciones. Después me peleé con el Che. Me incomodaba verlo convertido en estampita de camiseta, en póster, en un vulgar souvenir. Me enfadé con él por otras razones también, porque no alcanzaba a entender muchas de sus acciones. Pero gracias a este libro me reconcilié con él. Ya no lo veo con los ojos adolescentes de quien necesita un héroe, pero el autor me devolvió otra imagen: la de una persona con sus claros-oscuros que se juega todo por un ideal y en estos tiempos es casi un acto poético.

Así que a Gilberto Bátiz tengo que agradecerle esa reconciliación inesperada.

Siempre he creído que escribir es una forma de afirmarse en el mundo. De narrarse. De no dejar que la historia pase sin dejar huella.

Escribir exige disciplina, pero también es placer. Es libertad. Es compañía. Y es también, como lo demuestra este libro, una forma de regalo.

Hoy celebramos eso: un regalo escrito, la memoria de una pasión, y la voluntad de alguien que, a punto de cumplir 80 años, sigue teniendo algo que decir. Y lo dice.

Gracias por invitarme a escucharlo.

Una rebeldía interna

Un fuego de la llama humana que siempre mantendrá encendida una luz para mañana

Hay lecturas superficiales y hay lecturas profundas.

¿Qué detecté en este libro? Detecté que tiene alma. Y para eso hay que estar conectado con una rebelión interna. Si eres capaz de percibir que un notario público habla como argentino, rompe los protocolos y cita al Che sin miedo a que le digan que eso es inapropiado, entonces estás frente a un acto de rebeldía.

Si un notario público, con ochenta años, publica un libro sobre Ernesto “Che” Guevara, eso es un acto poético y revolucionario. Atreverse a deshacerse y volverse a hacer, romper con lo correcto para seguir a la conciencia y al alma: eso es transformarse permanentemente.

El Che, siendo un hombre utópico e idealista, fue enviado a África y victimado no por los bolivianos, sino por el poder económico y una agencia de inteligencia. Pero todavía sigue vivo. Y esa es la interpretación más profunda de la trascendencia: la verdadera transformación y revolución inicia desde el ser y su relación con el hacer y el tener.

Yo estaba leyendo a Laura Restrepo cuando este libro llegó a mí. Lo dejé. Porque este libro me tocó más. Porque creo que debemos privilegiar la lectura de nosotros mismos. Este acto de presentación es maravilloso. Es domingo, y ¿quién va en domingo a una presentación de libro? Solo aquellos

que tenemos afecto por los libros y que admiramos al autor.

Este no es un evento de escribanos públicos. Es el evento de un escritor. El licenciado Gilberto Bátiz López ya había publicado El tejedor, libro que tengo en mi biblioteca. En ese entonces él y yo compartíamos responsabilidades públicas en el ámbito laboral. Y por eso, para mí, este es un acontecimiento personal.

En 1955, cuando yo no había nacido, se conocían Fidel y el Che.

Aquel había hecho su recorrido en motocicleta, y hay una película que recupera ese momento. No quiero hablar solo de historia. Hay que hablar de política, de ideología. Ernesto Guevara no fue solo un estratega militar. Fue un hombre de convicción.

Y alguien como Gil, que vivió en Nicaragua y trabajó el derecho social, tenía que sentirse empático con un personaje que sentía el dolor de la desigualdad, esa que aún persiste hoy. ¿Qué tan vigente es el libro?

Total y absolutamente vigente. El personaje es fascinante, y el mérito de Gil es que nos lo regresa, que le brinda a nuevas generaciones la posibilidad de acercarse a un ícono. Yo recuerdo, en secundaria, cuando lo conocí. Y aunque no soy artista plástico ni poeta ni escritor —aunque mi promotor cultural insista en ello—, intento todo. No logro nada, pero intento. Al igual que el Che, con el viento al hombro. Esa frase, tomada de don Daniel Robles Sasso, significa vivir como los que creemos en las utopías, dejar un sueño para montarse en otro. Como los pájaros. Este libro, dicen, es una mirada. Y sí, lo es. Una mirada con sensibilidad. El libro transpira ternura, convocatoria, admiración.

El Che era médico, Fidel era abogado militar. Gil es notario, pero también es un hombre con vocación social. Y eso no es frecuente. Por eso, quiero felicitar al escritor, al autor, por tenernos hoy aquí, reunidos en torno a un pensamiento progresista, un pensamiento que sigue siendo necesario en una sociedad con tantos retos en salud, educación y justicia social. Todo eso está aquí, en estas páginas. Lean el libro. Lo recomiendo mucho. Y como me pasó a mí, seguramente después buscarán otros libros. Porque este, Con el viento al hombro, es un libro provocador. Y eso ya es decir mucho.

De quijoterías sudamericanas

¿Qué sucede cuando la épica de la Revolución se deja contar, no con la voz ronca del catecismo político, sino con el pulso íntimo de la poesía? Gilberto Bátiz López ensaya esa osadía en Con el viento al hombro —edición de autor, 258 páginas, siete capítulos— y el resultado es un Che Guevara imposible de clasificar: demasiado humano para los manuales, demasiado incendiario para los museos.

Un abuelo que sopla brasas

El punto de ignición es El abuelo: una niña invita a su abuelo a hablar del Che en la escuela y, sin quererlo, abre una grieta en el tiempo. El anciano no recita cifras; convoca fantasmas. Con humor de sobremesa y memoria que late, narra la amistad que lo unió al médico argentino. Ese truco narrativo — fusionar la charla familiar con la crónica continental— convierte al lector en cómplice: asistimos a un fogón donde la Historia deja de ser

estatua y vuelve a ser carne.

Che en verso libre

De ahí en adelante, cada capítulo se lee como estrofa de un poema-crónica:

Nace la leyenda vibra con el zumbido de una moto que atraviesa Latinoamérica y con los amores que paren convicciones.

Fidel retrata la improbable colisión, en México, de dos volcanes que se reconocen hermanos.

Granma es travesía marítima, pero sobre todo travesía interior: diálogos que huelen a diesel y a miedo.

¡Patria o Muerte… Venceremos! coreografía la toma de Cuba sin aplausos fáciles: los tropiezos pesan tanto como las victorias.

Tatu lleva al Che al Congo y lo desnuda de mito: el guerrillero se enfrenta a sí mismo en una selva que no obedece panfletos.

Hasta la victoria siempre cierra la ronda y deja al lector con la pregun-

ta que el Che se clavó en el pecho: ¿vale la pena morir por la terquedad de un ideal?

Periodismo que respira poesía

Bátiz López, notario de oficio y poeta secreto, escribe con pulso de reportero: datos precisos, fechas puntuales, citas contrastadas. Pero cada tanto suelta las amarras y deja que el verso irrumpa como relámpago. Ese híbrido —documento y canción— sacude el lugar común: el Che no aparece como póster sepia ni como santo laico, sino como un Quijote sudamericano que se abrió el pecho a la utopía y terminó pagando el precio.

Por qué leerlo hoy

Porque el desencanto exige nuevos espejos. Cuando la palabra “revolución” suena a hashtag viejo, este libro la rejuvenece: la baña en dudas, la llena de contradicciones, la vuelve respirable. En tiempos de cinismo exprés, Con el viento al hombro nos

recuerda que toda justicia empieza como herejía; que los abuelos guardan balas de futuro en los bolsillos; que la poesía puede ser herramienta de diagnóstico social.

Un puente generacional

El gran mérito de Bátiz López es tender un puente entre la nostalgia y la sospecha: rescata la épica de los sesenta sin caer en la arqueología sentimental, y a la vez pregunta qué hacemos hoy con esas brasas. El presente —dice el autor— es pasado y futuro abrazados. Leer este libro es acercarse a ese abrazo: sentir el calor, oler el humo y decidir si uno se anima a avivar la llama.

Con el viento al hombro no ofrece consigna, ofrece conversación. Invita a desmontar la postal y a preguntar por el gesto humano detrás del mito. Por eso su lugar no está en la repisa de los intocables, sino en la mesa de trabajo de quienes todavía piensan que cambiar el mundo es un verbo en tiempo presente.

La palabra y la voluntad que se hereda

Durante abril y mayo de este año recorrí el país entero en pos de democratizar la justicia.

Dimos la vuelta a México en 60 días. Me reuní con maestros, campesinos, mujeres que luchan. Pero también con abogados, con la comunidad médica, con jóvenes estudiantes, con personas que creen en el poder de la palabra y en la necesidad de transformar las instituciones.

En muchas de esas reuniones, una anécdota contenida en este libro —la del encuentro entre el Che Guevara y Fidel Castro en México— me sirvió para romper el hielo.

A esos médicos que me escuchaban con escepticismo, les dije, como lo hizo Fidel: “yo también soy doctor, pero uno que extirpa otros males: los males sociales y los que tienen que ver con las injusticias”. Y entonces, el diálogo empezaba. Porque este país, más que certezas, necesita

conversaciones.

Ese recorrido nacional, que bautizamos como el Nuevo Éxodo por la Democracia, también me llevó a la raíz. En Culiacán, caminé una calle conocida como La Bátiz, me detuve a mirar la historia en los ojos de quienes me contaban de mi abuelo, de la familia. Me reencontré con el origen. Y por eso, entenderán mi doble alegría de acompañar hoy al notario Gilberto Bátiz López — mi padre— en la presentación de su libro Con el viento al hombro.

Hablar de esta obra es hablar de una herencia viva. De una manera de ver el mundo donde la justicia, la literatura y la memoria se abrazan. Con el viento al hombro no es simplemente una biografía del Che Guevara. Es una conversación larga y luminosa entre generaciones. Es un abuelo que le habla a su nieta sobre un viejo amigo, y en esa charla se van hilando la historia y el corazón.

Mi padre escribe como quien escucha. Como quien ha vivido, pero sobre todo, como quien ha aprendido a mirar con atención. Respeta el idioma como se respeta a una patria. Y respeta a sus personajes como se respeta a los amigos que ya no están.

En las páginas de este libro hay versos libres que aparecen como relámpagos entre los párrafos. Hay memorias que se sienten, que huelen a selva y a pólvora, que cruzan fronteras. Pero también hay un mensaje constante: el de que la historia no es un álbum cerrado, sino un puente que se extiende hacia adelante.

¿Por qué volver a contar la vida del Che? Porque sigue siendo símbolo. Porque en un mundo fatigado de cinismo, su figura encarna la obstinación por lo justo. Porque fue un romántico con fusil, un médico con causa, un Quijote del sur que prefirió morir de pie antes que traicionar sus ideas. Pero, sobre todo, porque

más allá del personaje, el Che representa lo más valioso que podemos heredar: el compromiso.

Con el viento al hombro es un testamento. Uno que no se guarda en un cajón, sino que se lee en voz alta. Que no se dirige a un tribunal, sino a las conciencias. Es un acto de confianza en que las palabras todavía pueden cambiar el mundo. Y en que recordar no es añorar, sino prepararse para lo que viene.

Hoy, como hijo, como lector y como servidor público, me honra presentar este libro. Porque me recuerda quién soy y de dónde vengo. Pero también porque me compromete con lo que sigue. En un país que sigue buscando justicia, necesitamos más palabras con raíz, más historias con sentido, más libros como este.

Gracias, papá, por enseñarme que la justicia también se escribe. Que la esperanza puede ir al hombro. Y que la memoria, cuando se comparte, se transforma en destino.

¿Por

Efraín Bartolomé me mandó un correo en el que me preguntaba qué habría opinado Daniel Robles Sasso del título de este libro: Con el viento al hombro. Le contesté que sí, que efectivamente Viento al hombro es un poemario de don Daniel, maestro querido. Y que lo que yo intenté no fue fusilar el nombre, sino evocarlo con cariño. Traerlo a la memoria como un acto de homenaje.

En la portada del libro incluí un pequeño poema de mi autoría: Cabalguemos por las nubes donde se forman los pares sin persecución de gloria.

Con el viento sobre el hombro cual mochila de ilusiones.

Ese es el sentido del nombre. Es un tributo a don Daniel, sí, pero también es una imagen que me acompañó durante todo el proceso: ese viento sobre el hombro que impulsa al personaje, que lo empuja,

qué el Che?

que le carga la mochila de ilusiones y lo hace andar.

Ahora bien, ¿por qué el Che?

¿Por qué escribir sobre un personaje de fama mundial, del que se ha dicho tanto, escrito tanto, filmado tanto? La respuesta es sencilla y al mismo tiempo muy íntima: esta historia la llevo guardada desde hace cincuenta y ocho años, desde una tarde de octubre de 1967, cuando me enteré de su muerte siendo un joven estudiante de leyes.

Recuerdo esa tarde perfectamente. Era una de esas grises y otoñales del antiguo Distrito Federal. Salí de mi casa en la colonia del Valle y caminaba rumbo a tomar el autobús hacia la Escuela Libre de Derecho, cuando me topé con un voceador que levantaba el periódico en una mano y una revista en la otra. Gritaba:

—¡El Che ha muerto! ¡Mataron al Che Guevara en Bolivia! ¡Entérese

y Enrique Alfaro F.

de todo detalle!

No sé por qué, pero esa noticia me impactó. No me consideraba admirador del Che. Sabía que era argentino, que había participado con Fidel Castro en la revolución cubana, que se había ido a África. Pero no era, como tantos jóvenes de la época, alguien con quien yo me identificara plenamente. Sin embargo, sentí un escalofrío. Compré la revista —Alarma, de portada amarilla y contenido sensacionalista— y la leí más tarde en mi cuarto, después de cenar.

Lo que me impresionó fue una fotografía. El cuerpo del Che, tendido sobre una mesa desvencijada. El pelo largo, alborotado, los ojos abiertos, brillantes, la sonrisa burlona aún en su rostro. Esa imagen me siguió por años.

La revista la guardé en un cajón. Soñé con él esa noche. Y con el paso de los años, el Che fue quedan-

do dormido en mis recuerdos. Pero nunca se fue. Cada tanto, encontraba un libro sobre él, lo compraba, lo leía. Siempre estuvo presente, como si esperara su momento. Ya de vuelta en mi querido Tuxtla, con el tiempo y la afición a la lectura, comencé a escribir sobre otros temas, otros personajes. Pero una noche, el Che volvió. Me movió el hombro. Me susurró:

—¿Y vos qué decís? ¿Te apetece si escribimos algo?

—¿Vas a cooperar? —le pregunté. Él solo sonrió.

Y aquí estamos, cincuenta y ocho años después, poniendo en sus manos esta obra. Es fruto de la memoria, de la historia y de la imaginación. Espero que al leerla disfruten lo que yo disfruté al escribirla: el viento, la mochila, la utopía, y esa sonrisa que todavía nos interpela desde algún rincón de la historia. Es cuanto.

Editores: Daniela Alfaro

Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook