“El olorcito
corte”







Recorrer a su lado las viejas calles de Chiapa de Corzo o Napiniaca es encontrar vestigios de nuestra memoria en cada saludo. Lo mismo en una puerta de madera, tejado, casa de adobe, que a la sombra de la vieja pochota, en la misma que colgaron al caudillo indígena Sanguieme. Para los cercanos es Carlitos Navarrete arriero del agua, que nos llegó desde Xelajú, junto con su extensa palabra, por el río Grande de Chiapa en la década de los cincuenta del siglo pasado.
El río Grande, vena hídrica que mitiga la sed del valle cen-
Carlos Navarrete formó parte de la generación intermedia de exiliados guatemaltecos que llegaron a Chiapas, miembro del grupo político cultural de izquierda Sakertie, Amanecer en maya Kiche.
tral de Chiapas y nutre el imaginario colectivo de los pueblos ribereños, tiene su lejano origen en Guatemala y ha sido derrotero para los chapines, cachucos o guatemaltecos, quienes por sus ideas han dejado la antigua Capitanía de Guatemala, que después de la independencia de España y hasta el siglo XX ha sido territorio fértil para caudillos como Rafael Carrera, Estrada Cabrera y después para dictadores militares

y Enrique Alfaro F.
como Jorge Ubico, Idígoras Fuentes, Romero Lucas o el último de triste memoria Efraín Ríos Mont.
Carlos Navarrete formó parte de la generación intermedia de exiliados guatemaltecos que llegaron a Chiapas, miembro del grupo político cultural de izquierda Sakertie, Amanecer en maya Kiche. Llegó a Chiapas a mediados de los cincuenta a consecuencia directa de la caída de Juan Jacobo Árbenz. Antes que él ya se había
exiliado Justo Rufino Barrios en 1867. Una nota publicada en La Brújula, el 6 de agosto de 1869, periódico de San Cristóbal de Las Casas, daba cuenta que fuerzas chapinas violaron la soberanía mexicana y entraron a la finca Malacate, en el Soconusco, residencia de Rufino Barrios, para intentar asesinarlo.
Al exilio de Rufino Barrios, le siguió su compañero liberal; Manuel García Granados, en
Viernes 16 de febrero de 2024
1869. El general Miguel Ángel García Granados, organizaba desde Chiapas una rebelión que no era bien vista por los grupos coletos que lo criticaban en el periódico La Brújula, El General Miguel Ángel García Granados pasó a la historia como el padre de María García Granados Saborío, a quien el poeta cubano José Martí dedicara La Niña de Guatemala, la que se murió de amor.
La llamada revolución de 1944, generó varios exilios, entre ellos el de Carlos Navarrete, militante del grupo político cultural Sakertie, muchos de ellos con militancia en el Partido Comunista de Guatemala, jóvenes que se dedicaban al arte y la cultura y que fueron perseguidos; algunos huyeron, a otros los apresaron o asesinaron.
Carlos Navarrete salió de su país después de la caída de Juan Jacobo Árbenz en 1954, pero fue hasta 1958 cuando llegó a Chiapas, rememora entre risas “sentí la arqueología y el calor de mi país cuando llegué aquí en 1958, aquí huele, como dicen, a corte” en referencia a la enagua de las mujeres indígenas de Guatemala y Chiapas.


Desde esa vez se quedó a vivir en la vega del Río Grande y luego en Chinkultik, Chiapas, que es lo más cercano a estar en Guatemala, no solo por el voseo, sino por todas nuestras identidades y hermandades compartidas que van desde lo maya, hasta nuestra estancia en la Capitanía General de Guatemala por varios siglos.
Los pasos del pensamiento liberal chapín por Chiapas, fue seguido por miles de campesinos que llegaron a la frontera de Chiapas, huyendo de la represión militar a principios de la década de los 80. Con ellos otra generación de intelectuales y académicos como Otto Marroquín, Jaime Quiroa,
Leopoldo Ramírez Anleu, Antonio Mosquera, Walda Barrios, esta ultima salió exiliada desde los años 50 junto con sus padres que formaron parte del gobierno de Árbenz.
“Carlitos, yo sé que es muy triste estar en la cárcel, sino tienes donde ir vente a Chiapa, aquí somos muchos, pero todavía caben más y si te hace falta dinero yo veo donde consigo y te lo man-
do”. Con estás sencillas palabras plasmadas en una carta, su amigo Gilberto Utrilla, abría su corazón al anda solo, militante de izquierda, que se encontraba preso en su país. Gilberto Utrilla no solo le mando está carta sino le contó a Carlos Navarrete sus andanzas que dio pie a “Los arrieros del agua”, pilar de la literatura chiapaneca moderna, una obra fantástica, en la que el mito, leyenda y cotidiano de los

hombres del campo de Chiapas se entrelazan en un relato vivo.
Viajando en tren, camino a Palenque con el Dr. Heinrich Berlín se topó con el ingeniero Lalo Martínez, que se dirigía a Campeche, entablaron amistad, ese fue el primero de tres encuentros, cuando Navarrete decidió venir a vivir a Chiapas, Lalo Martínez lo convenció de que viviera en Chiapa y no en Tuxtla, ya que en Chiapa trabajaban en la zona arqueológica de Dili Calvario, con la fundación Nuevo Mundo, desde entonces comenzaron a traducir piedra tras piedra, basamento tras basamento, estela tras estela. Desencriptaron el mensaje que las culturas precolombinas dejaron plasmadas, hasta leerlas como quien lee un periódico de tiempos remotos.
En Chiapa, Carlos Navarrete fue amigo, enamorado, parachico “no éramos más de 60 parachicos, no como ahora que son miles” recuerda. Cuenta que después de una ausencia y sentir flato en Chinkultik, regresó a Chiapa y cuando iba cruzando la plaza grande camino a la casa de Lalo Martínez, le dijeron que lo invitaban a la cantina del “Mampo de oro” quien lo recibió vestido de chiapaneca. La cerveza y la plática lo han acompañado toda su vida. Hoy recorre junto a Lalo Martínez hijo, David Díaz, las viejas calles del Soctón Nandalumí, Napiniaca, Chiapa de los Indios o Chiapa de Corzo. En estas tierras Carlos Navarrete es un rock star, referente obligado para entender y gozar Chiapa, la gente se le acerca le pide fotos, baila con él y festeja la vida. A sus 93 años, asiste a la presentación de su último texto sobre la fiesta grande, patrocinado por sus amigos, en especial Enrique Machorro, y su nombramiento como hijo distinguido de Chiapa.
Carlos sabe del cariño que se le tiene en estas vegas del Río Grande, en este derrotero en donde afianzó su peregrina vida, su amena plática recuerda: “como decía mi abuelito, mirálo hijito he oído que me digan al oído amor en francés, en alemán, en inglés, en español, pero ¡ay, ay, ay el olorcito a corte!” Ese mismo olor a corte que aromatiza las montañas de Chiapas y Guatemala. TexTo y foTografías: raúl Vera
