Julián María Guzmán
SEMANAS DE SIETE DOMINGOS
Como un vagabundo metódico con prisa, sin calma y en chándal, acumulo libros y alimentos en estanterías y alacenas: que dicen por la radio que se avecinan días sin fútbol
y estados de alarma. Me preparo bien para la cuarentena. Una botellita de alcohol para mis manos y garrafas de ron para mi ánimo, cervezas en la nevera, la tarifa plana,
dos cajas de condones (aunque vivo solo) y junto a mi escritorio, una buena pila de papel, un lujo si resulta ser higiénico.
Pasan los días y observo mi biblioteca, libros impacientes, apretados sobre las baldas, veo como alzan hacía mí sus brazos como niños pequeños, piden atención, cariño y juego,
algunos solo quieren que les quite el polvo como quien cambia pañales. Los agarro por el lomo, librero que los libera brevemente de su cautiverio, los hojeo con desgana,
los sopeso entre las manos y los devuelvo, con gesto sádico, a su sitio: no encuentro en ellos las palabras que me hagan olvidar la clausura, este goteo hora tras hora de tedio y tortura.
Desde que empezó todo esto, peregrino soy de la cocina al salón, ningún camino conduce a Roma, todas las puertas de mi casa me llevan irremediablemente el balcón.
Se convierte en andanza, toda una aventura, salir a bajar la basura, una epopeya, una odisea, un viaje peligroso al reino de la hipocondría, ir a la tienda sin guantes ni mascarilla.
Tras caras embozadas a metro y medio, miradas recelosas, vecinos surgidos de todas las cancelas del país con sus panes como salvavidas bajo el sobaco,
campeones olímpicos con bolsas de comida y los perros como pasaportes: visados recordando viejas libertades. Se acabaron el oro, las joyas, los coches de lujo y los chalets en la playa,
lo que te hace ahora rico es tener mascota en casa. El virus a todos iguala, o eso dicen los expertos. Yo en mi sofá, padeciendo aburrimiento mientras en los hospitales
se agotan las camas con tanto muerto, sudan sueño los médicos y sueñan que duermen las enfermeras.
El único deporte que hago es aplaudir todas las tardes a las ocho, ya desde el segundo día empiezo a notar agujetas en las manos,
y alguna ventana vacía, más pájaros en el cielo y una rabia que nace en los periódicos.
Mueren en China, mueren en Italia, mueren en Francia y mueren más allá de cada océano,
que una pandemia resulta ser eso, gente muriendo por todo el mundo y hasta se atreven a morir en España españoles cantando himnos y ondeando banderas, solo los suecos, siguen a lo suyo, en este planeta que tose dos veces a cada paso.
Se acabarán por fin estos días extraños, con sus semanas de siete domingos, pasado todo, nos seguirá sobrando vida, volverán los pájaros a guardar silencio, las estanterías de mi biblioteca seguirán llenas,
aunque vacías la nevera y la alacena.
Pero de estos días no aprenderemos nada, nos dirán por la tele que miremos hacia otro lado, ya se encargarán los de siempre de limpiarlo todo, explicarnos lo que ha pasado y prometernos que no volverá a ocurrir hasta que vuelva a ocurrir. ¿De vuelta a los trabajos, a los gimnasios, a las misas, a los parques, a los estadios y los bares olvidaremos todo lo pensado olvidaremos todo lo intuido olvidaremos haber hallado respuestas olvidaremos haber olvidado olvidaremos haber sentido tedio olvidaremos haber escrito un poema olvidaremos incluso a quién aplaudíamos a las ocho de la tarde?
MADRID EN MARZO Necesito salir a beber una cervezas tras otra hasta caer borracha y sin dinero en los bolsillos. Esta reclusión repentina me está matando y me hace pensar en cosas raras. Me vuelve intrépida y me hace soñar con escenas que hace poco no era capaz de imaginar que soñaría. No estoy acostumbrada a pasar tanto tiempo encerrada en un espacio tan reducido y noto como la deriva se apodera de mí. La siento del mismo modo que la playa debe sentir sobre ella al mar abatiéndose ola tras ola. El mar, como la vida, se va llevando sus granos de arena para canjearlos por los restos de un naufragio. Sabe la playa que cada ola es tiempo que pasa, cada segundo transcurrido una estafa que no puede evitar. Siente que el oleaje le marca las horas de su vida como si fuera un preciso reloj y yo siento que todo el tiempo que está durando esta clausura inesperada es simplemente vida desperdiciada. Nos piden que seamos responsables y que nos quedemos en casa. Como si eso fuese tan sencillo. Aquí estoy, agazapada en mi trinchera de algodón aunque me gustaría ser más valiente, saltar desde mi ático y empezar a sobrevolar las calles de Madrid. Enlazar todas y cada una de las fiestas que se estén celebrando en ese momento y estrechar entre mis brazos a todas y cada una de las personas que bailan y disfrutan en ellas. Sin importar condición, estado civil, raza o credo. Abrazaré a un elegante travesti o a una abominable diputada de VOX. Abrazaré igualmente a una futbolista recién terminado su partido o a un escritor inédito, a un bombero torero o a un cirujano en paro, a rey campechano o al bufón de su corte, a Bertín Osborne o a Iván Ferreiro, a una bailaora de flamenco o al conductor de una máquina apisonadora. Una de esas máquinas con enormes rodillos con las que a veces te cruzas en alguna carretera en obras. Su sola visión me desespera, siempre tan parsimoniosa, a ese
hombre que dirige la máquina con tanta paciencia, gordo, con barba de tres días, casco amarillo ladeado, su camiseta de tirantes blanca empapada en sudor, sus vaqueros caídos y sus enormes botas salpicadas con pegotones negros de grasa, a ese le daré el más suave y tierno de los abrazos, a él, al héroe de las jornadas laborales mansas y anodinas.
Quiero entrar en el primer casino que me encuentre abierto y jugarme el resto de mi vida a uno de los juegos cuyas reglas desconozca, con un trébol de cuatro hojas en el tirante de mi vestido. Reventar la banca, coger todo el dinero y volver a sobrevolar toda la ciudad, dejando tras de mí un reguero de billetes que llueva sobre las aceras. Que los transeúntes alcen sus cabezas y me vean levitando sobre ellos, que sea su primera alegría después de tanto tiempo aislados. Todo esto pienso a última hora de la noche, sin haberme levantado aún de la cama, una cama que este día ha sido más una cuna. Una cuna que ha atrapado a la niña que llevo dentro, una niña castigada sin saber porqué y sin haber podido hoy bajar a la calle a jugar con sus amigos. Se me ha hecho eterno este primer día de enclaustramiento. Voy a poner la radio a ver si en las noticias dicen de una vez cuánto va a durar esta puñetera cuarentena. Dedicado a Pili