En otra vida…
¿ME AMARÍAS? Nisha Scail (Erotic Mythology 1)
COPYRIGHT En otra vida… ¿Me Amarías? Erotic Mythology 1
© 1ª edición Septiembre 2014 © Nisha Scail Portada: © www.fotolia.com Diseño Portada: KD Editions Maquetación: KD Editions Quedan totalmente prohibido la preproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la previa autorización y por escrito del propietario y titular del Copyright.
DEDICATORIA A Teruca Álvarez. Gracias por todos estos años de amistad.
ARGUMENTO ¿Y si los mitos no fuesen tal y como los conocemos? ¿Y si los dioses y los héroes de la antigüedad siguiesen todavía entre nosotros buscando a su alma gemela? Cassie siempre ha pensado que el don que posee es una maldición, especialmente desde el día en que tuvo su primera visión del futuro; una que no pudo impedir y que marcó su vida para siempre. Ahora, alguien se ha adueñado de sus sueños y la empuja a hacer un viaje en el que podría encontrar la respuesta a muchas de sus preguntas… incluso a aquellas que nunca se planteó, y que podrían traer a su presente un amor del pasado. El mito de Cassandra y Apolo como nunca antes lo has visto, una hermosa historia de amor y pérdida que ha permanecido oculta en el tiempo.
ÍNDICE COPYRIGHT DEDICATORIA ARGUMENTO
ÍNDICE PRÓLOGO CAPÍTULO 1 CAPÍTULO 2 CAPÍTULO 3 CAPÍTULO 4 CAPÍTULO 5 CAPÍTULO 6 CAPÍTULO 7 CAPÍTULO 8 CAPÍTULO 9 CAPÍTULO 10 EPÍLOGO
PRÓLOGO Cassie se dejó llevar, no tenía motivo para luchar contra el sueño y lo que la oscuridad traía consigo. Desde que era una niña, su mente se veía arrastrada una y otra vez a lugares que nunca había visitado, veía cosas que nadie más veía, sentía el futuro y los pequeños acontecimientos que este traía consigo. Situaciones, que antes o después, acaban haciéndose realidad. Se dejó ir, sabiendo que era mejor rendirse a su guía y dejar que el destino, que le había tocado vivir, siguiera su curso. En esta ocasión la visión no trajo consigo la imagen de ninguna persona conocida o la de cualquier desconocido con el que, antes de terminar el día, lo más probable era que terminase encontrando. No hubo accidentes, ni avisos de muerte, ningún signo del destino de las personas por las que era incapaz de hacer nada. El tiempo y la experiencia la enseñaron a guardarse para sí todas esas cosas, lo que muchos considerarían un don, para ella no era más que una maldición y el culpable de su propio aislamiento. Nadie la tomaba en serio y si lo hacían, era solo para burlarse o alejarse de ella por miedo a que le comunicase alguna catástrofe con relación a su persona. Muchos soñaban con poder ver el futuro, pero a la hora de la verdad, eran muchos más los que temían enfrentarse a él. La muerte de su hermano Cristopher, en un accidente de moto cuando tenía dieciséis años, lo cambió todo. Ella había intentado advertirle, disuadirle para que no cogiese esa noche el vehículo de dos ruedas, llegó incluso a esconderle las llaves y le rogó a sus padres que no le dejasen salir. Ellos no solo no la escucharon, sino que la castigaron por inventarse historias y la confinaron en su dormitorio privándola incluso del delicioso postre que su madre había preparado. Cuatro horas después de que su hermano saliese por la puerta, la policía había llamado a la puerta de su hogar para informarles del desafortunado accidente en el que su primogénito de la familia había fallecido debido a la colisión con un conductor borracho. Esa madrugada, cuando su padre abrió la puerta de su dormitorio y la miró, sin verla realmente, terminó su infancia. A partir de ese momento no dejó de ver el temor y el recelo en el rostro de su padre,
su madre dejó de hablarle y sobrepasada por la pérdida de su hijo predilecto, terminó enganchada a las pastillas; las mismas que la llevaron al suicidio un par de años después. A punto de cumplir los dieciocho, Cassie se encontró sin madre y con un padre que la acusaba del accidente de su hermano y la increpaba sobre todas las mentiras que a menudo decía inventarse. Tras el suicidio de su progenitora, vinieron las evaluaciones y pruebas psicológicas, visitas a médicos y especialistas que lo único que consiguieron fue que aprendiese a retraerse en sí misma y a mostrar una máscara frente al mundo. A partir de entonces, se obligó a sufrir su maldición en la más estricta soledad. Sí. Su vida podría haber sido bastante buena de no ser por las visiones. Ellas le habían quitado el encanto de la sorpresa a la vida. Si bien no era común que viese su propio futuro, sí podía ver el de aquellas personas allegadas a ella y lo que su cercanía y relación podía desencadenar. Así, había descubierto la traición de un par de novios antes de que se cometieran, descubierto la hipocresía de sus contadas amigas y se había convencido de que no podía hacer otra cosa que asistir como muda espectadora a los sucesos sin poder ponerles remedio. Daba igual que supiese que ocurriría de ante mano, no podía evitar que sucediese. Nunca podía. Sí. Ver el futuro y que nadie creyese en sus palabras, era la peor de las maldiciones. Respiró profundamente y se dejó llevar, arrastrada a través de las capas de la inconsciencia, hasta el punto en el que siempre se originaban las visiones. Esperaba encontrarse con alguna nueva advertencia, un nuevo accidente contra el que no podría hacer nada o la presencia de alguna persona que se cruzaría en su camino y quizá entraría a formar parte de su vida como ya le ocurrió antes. Sin embargo, no ocurrió nada. Por primera vez, desde que tenía uso de razón, las cosas se desencadenaron de manera incorrecta y no como solían hacerlo. Se encontró en el centro de lo que parecían unas ruinas, los vestigios de algún edificio o templo cuyas columnas se alzaban en derruidas alturas ante ella. Frunció el ceño y examinó los alrededores, el terreno y la vegetación le resultaban familiares, como también lo era el perfume que traía consigo la brisa, pero a pesar de ello, no recordaba
haber puesto un pie en un lugar como aquel en toda su vida. Poco a poco la extrañeza fue dejando paso a la incomprensión y la realización de que aquella visión no era como las demás. La primera pista llegó con el aroma y la brisa del aire, cosas que no solía sentir en sus visiones. Por regla general, ella no era más que una muda espectadora, una presencia inocua cuyo único sentido predominante era el de la vista y en ocasiones, el de la voz, pero ahora oía y cuando extendió la mano para acariciar una de las columnas, también pudo sentir el tacto rugoso de la roca y su frescura. —¿Cómo es posible? El sonido de su propia voz la ahogó. No se trataba de una sombra diluida de su personalidad, su timbre y fuerza estaban presentes y no encerradas tras un velo invisible que le impedía interactuar. —Vale, esto es de lo más raro —musitó, girando sobre sí misma. Sintió al momento como los brazos se le cubrían de piel de gallina, su atuendo en esa visión era el mismo con el que se había ido a dormir, al menos aquello no había cambiado. Siguió contemplando el lugar y la sensación de familiaridad siguió presente y a su alrededor. —Um… me resultas tremendamente familiar… esas columnas… juraría que las he visto ya, ¿pero dónde? —Sacudió la cabeza y dio un par de pasos hacia el borde de la reducida plataforma —. Está bien, está bien… centrémonos. Si estoy aquí es por qué tengo que ver alguna jodida cosa, ¿no? Así que, ¿a qué esperamos? Se preparó para ser asaltada de un momento a otro por imágenes o alguna escena, pero no vio ni sintió nada. Hizo un mohín y miró a su alrededor. A menudo las visiones eran rápidas y brutales. Veía lo que tenía que ver y se terminaban. Lo siguiente era despertarse o salir del trance, sofocada y sin aire, sobre la cama o dónde quiera que la atacasen en ese preciso momento. No había horario ni lugar para ellas, sencillamente, el mundo dejaba de existir y ella era succionada a ver lo que debía ver. —Mira, si quieres que vea algo, mejor que lo proyectes ya —alzó la voz y el eco de la misma hizo que diese un respingo, pero no se amilanó. Necesitaba acabar con esto. —Cassandra. Dio un nuevo salto, soltó un gritito y se giró con los puños en alto,
dispuesta a darle un puñetazo a cualquiera que fuese la amenaza. Las palabras que estaban a punto de brotar de sus labios murieron bajo el peso de la inesperada presencia que encontró ahora a pocos pasos de dónde se encontraba. Tragó saliva y clavó los ojos en la encapuchada figura que permanecía de forma indolente apoyada contra una de las columnas. Su estatura, y sobre todo los marcados abdominales y el dorado vello que le espolvoreaba el pecho, le dijeron rápidamente que se trataba de un hombre. Su cabeza y rostro permanecían ocultos bajo una corta capucha cuya túnica apenas le cubría los hombros y parte de la espalda. Una larga y lisa melena rubia le acariciaba la clavícula. A juzgar por su estatura era mucho más alto que ella, algo no demasiado complicado dado su breve metro sesenta y cuatro. Su cuerpo parecía cincelado en mármol, si permanecía así de quieto mucho tiempo más podría confundírsele con una estatua. Poseía además una cintura estrecha y unas larguísimas piernas enfundadas en un ceñido pantalón de cuero marrón oscuro. Sus pies, tal y como pudo comprobar al término de su exhaustiva exploración, estaban cubiertos por una especie de sandalias espartanas de color dorado que se aferraban a las pantorrillas. El recién llegado podía escudar su rostro bajo la capucha, pero no podía hacer nada por disimular el aire de rabiosa sexualidad que lo envolvía y que la atraía igual que una abeja a la miel. —Dios… no dejes que me ponga a babear —musitó para sí misma. Él movió la cabeza y Cassie pudo apreciar la sensual curvatura de unos apetitosos y húmedos labios quedando a la vista. —Mencionas a los dioses cuando siempre los has desdeñado —murmuró él. Su voz le provocaba pequeños escalofríos de placer. ¿Será esta la vida elegida, iéreia? Su voz le provocó un inmediato estremecimiento de placer. Para su mortificación, su cuerpo respondió al instante, sus pechos se hincharon, los pezones se le endurecieron y un ramalazo de calor la recorrió de pies a cabeza hasta instalarse en la forma de un sordo latido entre sus piernas. Sintió como se humedecía, como se excitaba con solo su presencia. —¿Quién… eres? —Fue incapaz de evitar la pregunta. Él no se movió, ni siquiera estaba segura de sí la estaría mirando,
aunque el nuevo estremecimiento que la recorrió cuando él ladeó ligeramente la cabeza, prometía que sí. Y que posiblemente se la estuviese comiendo con la mirada. —Tu maldición y tu absolución. Se lamió los labios, de repente se le hacía la boca agua. Ahora fue ella la que ladeó el rostro, quería ver quién había debajo de esa capucha. —¿Mi… qué? Él dio un nuevo paso adelante, luego otro y otro más. Acortó la distancia entre los dos y se detuvo ante ella, haciéndola absolutamente consciente de su altura y de lo diminuta que se veía frente a él. Una fuerte mano se instaló sobre su mejilla, los dedos se deslizaron hacia la barbilla y se la levantó, acercándola a él para sorprenderla con un húmedo e inesperado beso. Cassie jadeó, momento idóneo para él, pues introdujo la lengua en su boca, acariciando la suya y buscando una respuesta que se encontró más que dispuesta a darle. Él no la soltó, por el contrario, la acercó más a su cuerpo, haciéndola plenamente consciente de la dura erección que ahora presionaba contra su estómago mientras le magreaba las nalgas. No pudo evitarlo. Se derritió en sus brazos. Había algo en la forma en que la besaba, en su tacto que no era ajeno para ella. En cierto modo le provocaba nostalgia. Se encontró rodeándole el cuello con los brazos, apretándose contra su pecho y correspondiendo al beso como si estuviese sedienta y él fuese el agua que le calmaba la sed. Gimió en su boca, se estremeció de los pies a la cabeza y sintió su sexo actuar en consonancia a n t e l ainesperaday rabiosa excitación que la sobrevino. Y tan rápido como vino, se fue. Él abandonó su boca, impidiéndole ver su rostro, sus manos la dejaron y por un milimétrico segundo se sintió huérfana de su contacto. Retrocedió, se lamió los labios y a pesar de no verlo, sabía que él la contemplaba por debajo de la línea de la capucha. —¿Será esta la vida elegida, iéreia? —insistió él. Parpadeó intentando recuperar el hilo de sus pensamientos, pero
parecía misión imposible. Todo su cuerpo vibraba p o r e l éxtasis compartido, molesto por haberle sido negado todo lo que ese hombre quería darle. Parpadeó, era incapaz de encontrar las palabras adecuadas o una respuesta a su pregunta. —Llevo mucho tiempo esperándote, Cassandra, muchas vidas — continuó él, ante su silencio—. ¿Maldición o absolución? Ha llegado el momento de elegir una vez más, iéreia. Sacudió la cabeza, todavía aturdida por el reciente magreo. El beso parecía haberle sorbido el seso. Se obligó a volver a pensar, a poner en marcha el cerebro y dejar a un lado parte de su estupefacción. —Un momento, rayito de sol — graznó. Se sonrojó y se obligó a aclararse la garganta, recuperando su dignidad antes de responderle—. Para empezar, ni siquiera sé quién diablos eres y mucho menos de qué narices estás hablando. ¿Maldición? ¿Absolución? No estoy para acertijos, cariño. ¿Podrías ser un poquito más explícito? Él le acarició ahora el labio inferior con la yema del pulgar, un simple gesto que la encendió al momento, robándole de nuevo el aire. Dios, ese hombre era un afrodisíaco concentrado. —Ven a mí, Cassandra — insistió, acariciándole los labios—, y devuélveme la vida que me quitaste. Ella abrió la boca para responder, pero al siguiente parpadeo se encontró de nuevo en su cama, tumbada de espaldas y mirando el techo lleno de estrellas luminosas y planetas de su habitación. Su cuerpo estaba tenso y excitado, todavía podía sentir la humedad y el sordo latido entre sus piernas. —Mierda jadeó, incorporándose de golpe para mirar con desesperación a su alrededor. ¿Qué demonios ha sido eso?
CAPÍTULO 1 A la mañana siguiente… —Me voy a Delfos. Un cotidiano ruidito acompasó su decisión. —Vale —obtuvo como contestación—. Saluda a Apolo de mi parte. Cassie no se movió, siguió mirando a su amiga sentada al otro lado de la mesa de la cocina. Diana se había presentado a primera hora con unas magdalenas caseras y una bolsa con su té favorito y no había dudado en preparar el desayuno mientras ella seguía pegada a esa máquina infernal. Su falta de entusiasmo solo podía significar que no la creía capaz de cometer una locura de tales proporciones. —¿Podrías encargarte de Salem mientras estoy fuera? El aludido, un pequeño gato negro y blanco, maulló al escuchar su nombre. Ese animalito era capaz de escucharla desde el otro lado del apartamento y acudir corriendo, aún si no era invitado. Después de la extraña visión, o lo que fuese, de anoche, fue incapaz de volver a conciliar el sueño, por el contrario, la imagen de ese hombre encapuchado y su presencia en aquellas ruinas la llevó a abandonar la cama y empezar una larga búsqueda en internet. Lo que pensó sería cosa de unos minutos se convirtió en varias horas. Entre lo lento de la conexión de su portátil y que al introducir la palabra “templos” en el buscador de Google, le reportó una cifra escalofriante, acabó con una taza de café al lado del aparato y varias acotaciones hasta que al final dio con l a imagen que buscaba. Una foto exacta del lugar que había visto en su visión. Su amiga, quien había escuchado su petición de encargarse del gato, levantó la mirada y la clavó en ella. —Espera, ¿estás hablando en serio? —jadeó, dejando la taza a un lado del mostrador para dedicarle toda su atención—. ¿Quieres irte a Grecia? ¿Ahora? Pero si ni siquiera sabes griego. Se encogió de hombros, cogió su taza de té y se deleitó con su sabor. —Tengo que ir. —Fue la única respuesta que podía darle. Ni ella misma lo entendía, pero tenía que ir. La necesidad era tan imperiosa
como absurda. Diana tenía razón. No tenía la menor idea de griego y el pensar en coger un avión y cruzar media Europa por culpa de una estúpida visión, prometía no ser la mejor de las razones. Pero para ser justa consigo misma, lo de tomar decisiones acertadas, no era lo suyo. Sintió todavía la mirada de su amiga sobre ella, la vio entrecerrar los ojos y mirarla con esa fijación que contribuía a aumentar su nerviosismo. —¿Por qué a Delfos? Suspiró. Su amiga era de las pocas personas que estaban al tanto de su “don” y no la había abandonado, humillado o considerado una demente. Quizá tuviese mucho que ver el hecho, de que Diana no estuviese mucho más cuerda que ella. —He tenido… una visión, un sueño… no estoy muy segura — confesó. Era la primera vez que le ocurría algo así—. Reconocí el lugar, aún sin haber estado jamás en él… Llámame chalada, pero necesito hacer este viaje. Tengo la sensación de que allí podría encontrar respuestas… —¿Respuestas a qué? A demasiadas preguntas que seguían sin contestación, pensó con ironía. Nadie sabía de dónde venían sus visiones, ni porqué estas se habían presentado justo antes de la muerte de Christopher para quedarse para siempre. —A todo, a nada… no lo sé — aceptó con un ligero encogimiento de hombros. Ella arrugó un poco la nariz, sus pecas se revelaron con mayor nitidez al hacer ese gesto. —Ya empiezas a hablar como yo —se burló—. No sé si alegrarme o empezar a preocuparme por ello. Puso los ojos en blanco y la apuntó con el dedo. —Preocúpate —le aconsejó—. Si en algún momento empiezo a comportarme como tú, preocúpate muchísimo. Su amiga la imitó poniendo los ojos en blanco, entonces tomó de nuevo su taza de té, sopló el humeante líquido y la miró por encima del borde. —Es un viaje bastante imprevisto. A ella se lo iba a decir. Tan imprevisto, como para tomar la
decisión de hacerlo y obtener los billetes en cuestión de minutos. —¿Y qué vas a hacer con el trabajo? Tienes que entregar un par de encargos en una semana, ¿no? — le recordó oportunamente—. ¿Cuánto tiempo piensas pasar fuera? Cassie trabajaba desde casa, era diseñadora gráfica, con lo que el tomarse unos días libres no sería un problema. —No estaré fuera más de tres o cuatro días —aceptó. Había hecho ya sus cálculos y pensó que el tiempo le llegaría—. Ya tengo los billetes y el itinerario. Salgo a primera hora de la tarde, ya tengo contratado el alquiler del coche y el alojamiento para la primera noche en Atenas. A primera hora de la mañana saldré hacia Delfos, solo son dos horas y media y las carreteras parecen estar bien. Su amiga bebió un pequeño sorbo y dejó la taza de nuevo sobre el salvamanteles, sus ojos se clavaron una vez más sobre ella. —Sin duda este es uno de tus planes más descabellados — aseguró, entonces dejó escapar un largo suspiro y alzó las manos—. Pero si crees que debes ir, tienes que ir. Y esa era la Diana que le daba escalofríos. Sacudió l a cabeza y señaló lo obvio. —Se supone que deberías disuadirme —le recordó—. Ya sabes, de las dos, tú eres la más cuerda. Enarcó una delgada ceja rubia e hizo una mueca. —¿Serviría de algo que lo hiciera? Abrió la boca y volvió a cerrarla de inmediato. —Supongo que no. Ella asintió. —Entonces, ¿para qué voy a perder el tiempo intentándolo? —le dijo, al tiempo que recogía un trozo de magdalena del plato y s e lo llevaba a la boca—. ¿Tienes el pasaporte en regla? Aunque para la Unión Europea, con el documento nacional de identidad ya sirve. Asintió. A principios de año le había tocado renovar ambas cosas. —Tengo todo lo que necesito. Diana alzó la taza a modo de brindis y le guiñó el ojo. —En ese caso solo me queda decirte, kaló taxídi! No pudo menos que mirarla asombrada. —¿Y eso qué significa exactamente? —Buen viaje —le guiñó el ojo y se levantó para dejar la taza en el fregadero—. Vamos, prepárate entonces. Te llevaré yo misma al
aeropuerto. Suspiró. —¿Por qué tengo la sensación de que ardes en deseos de deshacerte de mí? Ella fingió inocencia y se señaló a sí misma con un dedo. —¿Quién yo? —respondió con voz melosa—. Que va, que va… te imaginas cosas… ¿quieres que te prepare la maleta? Se echó a reír, no pudo evitarlo, Diana era buena en eso, en restarle importancia a las cosas y convertir sus locuras en algo “cuerdo”. —Eso está mejor —asintió satisfecha—. Tenías una cara demasiado seria. Piensas en todo y a veces, solo hay que dejarse llevar. Sacudió la cabeza con buen humor. —¿Lo dice la que llegó borracha como una cuba y confundió el cuarto del casero con el mío? —le recordó una de sus “muymemorables-noches”. Ella sacudió la mano e hizo un aspaviento. —No me lo recuerdes —hizo una mueca, pero no pudo evitar una risita—. Vaya metedura de pata. Negó lentamente con la cabeza y señaló con el pulgar por encima del hombro. —Voy a darme una ducha rápida —le informó—. Ya tengo lista la maleta y todo lo que necesito. Ella la miró de lado. —¿Has tocado siquiera la cama esta noche? Sonrió de medio lado. —Sí, justo antes de que toda esta locura se filtrase en mis sueños. Diana alzó ambas manos a modo de rendición. No quería saber nada más. —No me digas nada más declaró, corroborando sus pensamientos —. Ve a ducharte, meteré la maleta en el coche… y rezaré por que encuentres lo que vas a buscar. Cassie no respondió, pues a decir verdad, ni siquiera estaba segura si el hombre que motivó toda aquella locura en su visión, era real o un producto más de su calenturienta imaginación.
CAPÍTULO 2 Delfos, Grecia. Cassie había leído todo lo que cayó en sus manos sobre la ciudad a la que iba a visitar y especialmente sobre el templo dedicado al dios Apolo, pero nada la preparó para lo que encontró. El templo de Delfos estaba situado en una meseta en la ladera del monte Parnaso, los altos picos de las Fedríades, unas peñas altísimas que recibían su nombre por los vivos reflejos rojizos que arranca de ellas el sol, lo acunaban con mimo confiriendo a las ruinas un aspecto místico que no dudaba era parte de la magnificencia que atraía a los turistas a aquel lugar. Después de casi tres horas de conducción en medio de un paisaje que alternaba los campos de almendros con los bosques de pinos, por unas carreteras inhóspitas y a merced de unos conductores griegos que hacían del lema: “sálvese quien pueda”, su emblema personal, consiguió llegar a su destino. El aparcamiento del Museo Arqueológico tenía espacio de sobra para que pudiese dejar el coche, situado al comienzo del complejo arqueológico de Delfos, era el punto de reunión principal antes de comenzar con la visita. Después de estar casi toda la mañana encerrada en el coche, haberse equivocado de dirección un par de veces y tenido que parar un par más para vaciar la vejiga, la idea de estirar las piernas, era una bendición. Traspasó la entrada tras un grupo de turistas y enfiló a través de la Vía Sacra, las ruinas se sucedían unas tras otras a medida que entraba en aquel otro mundo, porque aquella era la sensación que obtuvo nada más comenzar el ascenso. Incluso el aire parecía distinto, cargado de historia y misticismo. No podía negar que el emplazamiento del famoso oráculo quitaba el aliento, la necesidad de detenerse cada pocos instantes y empaparse del paisaje era casi obligatorio, pero había algo más, algo que removía su interior y traía a su mente una continua sensación d e dèjá vu que no era capaz de quitarse de encima. Se unió durante unos instantes a uno de los grupos cuyo guía hablaba en inglés, echó un rápido vistazo a los alrededores y a la pequeña aglutinación de gente, pero no encontró entre ellos al niño que había visto en su visión esa misma mañana.
—No… las condiciones no son las mismas —murmuró. Aquella había sido una de las paradas extra que tuvo que realizar. Por si el magnífico estado de las carreteras no era suficiente para ponerla de mal humor, el salirse casi de esta en plena curva y terminar en una pequeña zanja, consiguió que su mañana fuese completa. La visión había acudido como siempre lo hacía, sin advertencia alguna. Tuvo el tiempo justo de pisar el freno y desviar el coche hacia un lateral cuando notó como el mundo empezaba a dejar de existir y su lugar era ocupado por una truculenta visión originada en el lugar que iba a visitar. Sacudió la cabeza para despejarse. —Ni siquiera debería estar aquí —resopló. Durante el viaje en avión y el consiguiente en coche, no había dejado de flagelarse a sí misma por lo absurdo de su repentina decisión. Aquel viaje estaba abocado al fracaso, lo sabía. Echó un rápido vistazo a su alrededor, examinó una vez más el grupo de turistas con disimulo pero no encontró ningún niño que encajase con el protagonista de su visión. —¿Es que nunca vas a escarmentar? —musitó para sí misma—. No hay nada que puedas hacer al respecto, ya sabes cómo funciona esto, ver pero sin intervenir. Maldito fuese su don. Si habría la boca y contaba lo que había visto, la tacharían de loca y la echarían de una patada en el culo, o peor, la acusarían a ella del accidente si este se producía tal y como relataba. Y siempre se producían, de una forma u otra, siempre ocurría como en sus visiones. —Pero es un niño… —se lamió los labios. Todavía podía verlo en su mente, flotando boca abajo en un charco de agua, el llanto de su madre, los gritos a su alrededor. Aquello era la peor parte de su maldición, ver la muerte de un infante, algo que por fortuna, no solía mostrársele demasiado a menudo. Alzó la mirada al cielo y frunció el ceño. En su visión el sol no estaba tan alto, el día comenzaba a despedirse en una lenta carrera hacia la noche. Haciendo momentáneamente los aciagos pensamientos a un lado, cogió la cámara de fotos que llevaba al cuello y empezó a tomar
instantáneas del lugar. Sería práctica, después de haber hecho todo el camino hasta allí, al menos se llevaría algún recuerdo de su estancia. Cada vez que apretaba el disparador y capturaba una imagen del lugar parecía estar retratando también un trozo del pasado. Durante unas milésimas de segundo casi podía ver cómo habían sido en otra época lo que ahora solo eran ruinas, el sonido y los olores que debieron haber dominado el lugar más de mil años atrás. Sacudió la cabeza y continuó con su exploración. No había demasiada gente por lo que no debería ser muy difícil ver al niño en cuestión cuando apareciera. Con aquella idea en mente siguió con su excursión hasta encontrarse cara a cara con la misma imagen que había visto en su sueño. —Vale, punto para ti, Cassie — se dijo—. Acabas de descubrir que no estás loca del todo… esto… existe. Desde la explanada del santuario, junto a los vestigios y columnas que quedaban en pie de un templo arcaico, el valle de Cirra ofrecía unas vistas espectaculares del paisaje severo y agreste que rodeaba el santuario. Un paisaje que sentía demasiado cercano para no haber pisado antes aquel lugar. Se estremeció y dio un paso a un lado, una cadena anclada a varios puntales acordonaba las ruinas impidiendo a los turistas penetrar en las zonas más delicadas de aquel Patrimonio d e la Humanidad. Deslizó la mirada por cada una de las piedras y el grupo de seis columnas colocadas en forma de ele que quedaban en pie, no necesitaba cerrar los ojos para ver de nuevo al hombre de su sueño apoyado en una de ellas, dentro del recinto acotado. Sintió el impulso de saltarse el cordón y situarse ella misma en aquel punto, buscando alguna respuesta a la miríada de preguntas que la llevaron a coger un avión y recorrer miles de quilómetros para llegar a Grecia y a aquel punto en concreto. El murmullo del grupo de turistas a su espalda y la voz del guía que explicaba en inglés, aunque con marcado acento, toda clase de curiosidades sobre las ruinas la disuadieron de saltarse las normas. Resiguió el vallado hasta plantarse ante lo que, según el guía, era la rampa que llevaba al interior del templo de Apolo, la construcción principal del complejo, en la cual se había adorado al dios y pedido por sus favores.
—De esa forma, alguna que otra vez era normal que acertasen en sus predicciones, ¿no os parece? —rió el guía, mirando a su grupo—. Ahora si miráis hacia arriba, podréis ver parte del teatro. Seguidme y lo visitaremos. Cassie dejó de escucharles cuando un repentino escalofrío le atravesó la espalda y sus ojos dejaron de ver la realidad que la rodeaba para sumirse, una vez más, en una de las malditas visiones que, desde que inició el viaje, la asediaban cada vez con mayor frecuencia. La visión no duró mucho, lo justo para permitirle ver una mujer postrada ante la entrada del templo. Aquello no habría sido tan sorprendente de no ser porque el edificio estaba entero y n o eran meras ruinas. La persona en cuestión le daba la espalda, de alguna manera se le hacía conocida, al igual que el tono de su voz mientras suplicaba, entre sollozos, algo en un idioma que comprendía. La pena que se escuchaba en la desconocida le atenazó la garganta, sintiendo en sus propias carnes la desesperación que la recorría. Dio un paso adelante con intención de contemplarla y apreciar su rostro, pero la visión se desvaneció y se encontró mirando de nuevo las derruidas columnas de piedra. —Joder —jadeó, buscando el aire, que como siempre, le faltaba tras uno de aquellos episodios—. ¿Qué narices ha sido eso? ¿El pasado? ¿Alguna especie de representación teatral? Nunca antes había tenido vislumbres del pasado, solo del futuro. Ella solo veía los acontecimientos que ocurrirían, por lo general, a personas con las que se cruzaba o con las que se cruzaría. Un profundo escalofrío la recorrió de los pies a la cabeza, se sintió mareada y un poco asustada. Dio un paso atrás, después otro, alejándose de aquel lugar solo para chocar con una mole a su espalda. —Eísai kalá? Se giró de inmediato, dispuesta a pedir disculpas, pues no tenía la menor idea de lo que había dicho, pero cuando sus ojos toparon con el propietario de esa voz, se quedó helada. Loxias no podía dejar de observarla, había sentido su llegada antes incluso de ver como descendía del coche y su espíritu reaccionaba, despertando ante su presencia. Anhelo, felicidad, incertidumbre. Durante lo que pareció una eternidad, la vio vagabundear p o r el
recinto, para luego dirigirse a la entrada del complejo arqueológico y comenzar a ascender. Actuó sin darse cuenta, dejando su trabajo y saliendo tras ella al mome nto. Calíope, una de sus empleadas, rezongaba a su espalda por tener que quedarse sola otra vez en el edificio, pero no le prestó atención. La siguió a una distancia prudencial, admirándola desde lejos, preguntándole si lo reconocería al verle, si le recordaría y sobre todo si sería capaz de ganarse su perdón. La vio detenerse en cada uno de los templos en ruinas que, salpicando la Vía Sacra, habían custodiado en la antigüedad los tesoros que las distintas ciudades habían entregado como ofrendas al dios Apolo. Se movía en silencio, deteniéndose solo para consultar el plano que traía consigo o hacer alguna foto a los monumentos. No fue hasta que llegó al final del recorrido principal y se detuvo ante la supuesta piedra que Gea dio a Cronos para que se lo comiera pensando que era Zeus, que escuchó su voz. Hizo algún comentario en referencia a la falta de inteligencia de los hombres y divinidades en inglés y continuó subiendo en dirección al templo. Él se quedó sin respiración. Su tono de voz, la inflexión en sus palabras a pesar de hablar en otro idioma, despertó el largamente dormido anhelo en su interior, uno que mantuvo vivo por esa mujer. Y entonces la vio delante del templo, contemplándolo y notó su reacción. Recordaba el lugar, o al menos tenía ciertas reminiscencias, quizá provocadas por el despertar de su alma o el sueño en el que se presentó ante ella, influyéndola a reunirse con él en este lugar. No estaba seguro de lo lejos que podía llegar ya su poder, ya no era el hombre que había sido, pero al verla de nuevo supo que no estaba todo perdido. Casi sonrió al notar su intención de saltarse el cordón que acotaba las ruinas y pisar el templo, solo la presencia de Euterpe con el grupo de turistas que guiaba, pareció disuadirla. La vio seguir el sendero que bordeaba el templo y detenerse en la entrada, donde su maldición la llamó una vez más. Sintió el tirón de los arcanos y contempló su silueta mientras ella era presa del don de la adivinación. No se arriesgó a alcanzar su mente, pero no pudo permanecer por más tiempo alejado, por lo que
se acercó a ella en el mismo instante en que despertaba y retrocedía afectada por lo que quisiera que acababa de ver. —¿Qué? —musitó, respondiendo en inglés a la pregunta que le había hecho él en griego. Su mirada se había quedado presa de la suya, sorprendida y un poco sobrecogida. Él no luchó con el impulso de tocarla, pero se moderó y le respondió ahora en su mismo idioma. —Te preguntaba, si te encuentras bien le habló en inglés—. Hoy hace mucho calor, deberías haber traído un sombrero, gorra o algo para proteger la cabeza. Sí, hacía calor y el sudor ya había empezado a perlarle la piel en las sienes y en la cremosa uve entre los senos que dejaba a la vista la camiseta que llevaba puesta. Se sacó la gorra que llevaba en el bolsillo trasero de los pantalones cargo y se la puso a ella. Sintió ganas de sonreír ante el rubor que le cubrió las mejillas y la sorpresa que bailaba en sus ojos. —Hablas inglés. Sus palabras llevaban un marcado alivio. —Afortunadamente domino varios idiomas —comentó sin dejar de mirarla—. ¿Es tu primera vez en Grecia? ¿En Delfos? Ella abrió y cerró la boca, entonces asintió con la cabeza. —Sí, a ambas preguntas — respondió. Entonces se lamió los labios, entrecerró los ojos y lo recorrió con una apreciativa mirada que lo puso duro al instante. Por suerte, su inspección terminó a la altura de su pecho, sobre el logotipo de su camiseta—. ¿Hice algo que no debía? Empezó a mirar de un lado a otro como si no estuviese muy segura de haberse mantenido en la zona peatonal de las excavaciones. —No he traspasado el cordón de seguridad, que conste —se defendió de inmediato. Enarcó una ceja y le sostuvo la mirada mientras seguía con su inconsistente monólogo. Sí, era ella, pero al mismo tiempo distinta. En sus ojos faltaba la inocencia e ingenuidad que había tenido su Cassandra, pero al mismo tiempo seguía allí su dulzura y picaresca. ¿Sería esta la vida elegida? ¿Sería ahora cuando la recuperaría? —No pensaba acusarte de nada aseguró, indicando el templo con un gesto de la barbilla—, es solo que parecías muy absorta
mirando el templo. Con este calor y bajo el sol, no es una zona buena para detenerse sin protecciรณn. Ella siguiรณ la direcciรณn de su mirada.
—Puede ser absorbente, ¿no? — insistió él—. ¿Quieres traspasar su umbral? Ella miró el lugar y luego a él. —¿Me estás invitando a delinquir… señor? —contestó, su mirada clavada en la etiqueta con su nombre—. ¿Loxias? Un leve rictus le curvó los labios. —Loxias es mi nombre de pila —le informó—. Es griego… puedes llamarme Lox, si te resulta más sencillo, señorita… Los ojos claros volvieron a clavarse en los de él. No tenía inconveniente en aguantarle la mirada. —Cassie —le concedió su nombre—. Omite el señorita, solo Cassie. Sus labios se curvaron un poco más y tuvo que luchar por no sonreír abiertamente. — Y el destino sigue jugando con nosotros —murmuró en griego. —¿Eso es un insulto o alguna clase de oración? —le preguntó ella ladeando el rostro, en un gesto que le resultaba muy familiar. Su respuesta fue saltarse el cordón que delimitaba el templo y tenderle la mano a modo de invitación. —Una educada invitación, Cassandra —le dijo y señaló las ruinas a su espalda—. Como disculpa por interrumpir tu visita. Ella miró su mano, sonrió de medio lado y pasó por encima del cordón por sí misma. —Disculpa aceptada respondió, y pasó por delante de él —. Y es Cassie, nadie me llama Cassandra. Él aprovechó el instante en el que pasó a su lado para recrearse con las vistas de un bonito trasero. —En ese caso será un privilegio ser el primero. Ella se giró lo justo para mirarle por encima del hombre y puso los ojos en blanco. —Griego y hombre, vaya una combinación —musitó más para ella misma, que para él. Loxias no respondió, se limitó a recrearse con el cuerpo femenino, el cual prometía toda clase de pecaminosos pensamientos. No dejaba de sorprenderle, que en esta reencarnación, su princesa
se pareciese tanto físicamente a la mujer que recordaba, una que había perdido mucho tiempo atrás. Se movía con gracia, pero también con recelo, miraba las columnas de piedras apiladas y sin juntas como si esperase que algo o alguien saliese de ellas en cualquier momento. —Así que, este es el templo principal —murmuró mirando a su alrededor—. Sí, es tal y como lo vi en las fotos. Su sonrisa se tiñó con la ironía. —Temo que las imágenes no le hacen justicia —Sí, por supuesto —aceptó ella, y acarició una de las columnas con mucha suavidad—. Que tonta, pensar que podría estar aquí. Él la miró, curioso. El comentario lo había hecho en apenas un susurro. —¿Quién? ¿Apolo? Ella le devolvió la mirada y sus labios se curvaron ligeramente. —Sí, podría ser —dijo con misticismo. Entonces le dio la espalda y contempló todo lo que la rodeaba. Loxias casi estaba por afirmar que ella intentaba mirar cualquier cosa que no fuese a él. —¿A qué hora cerráis esto? Frunció el ceño ante la extraña pregunta. —El horario es de nueve de la mañana a cuatro de la tarde — contestó—. Debería estar especificado en la entrada que adquiriste. Ella se sonrojó, se lamió los labios y casi se atraganta. —¿En… entrada? No pudo evitar reír por lo bajo ante la mirada asustada en su rostro. Él mismo había sido quien le dijo a Polimnia, encargada esa mañana de la taquilla, que no la detuviese. —La entrada al recinto, lo que incluye el museo y la visita a las ruinas son seis euros, tres si lo único que quieres ver es el complejo arqueológico —explicó y reprimió una carcajada al ver como palidecía. Antes de que pudiese desmallarse allí misma, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una entrada impresa y se la tendió—. Este es otro de los motivos por el que te molesté… se… te cayó al entrar. Ella abrió la boca, fijó la mirada en e l papel, entonces agachó la
cabeza y musitó un bajito gracias. Ambos sabían que era mentira, pero ella estaba demasiado abochornada como para decir algo al respecto. —Cierra a las cuatro — murmuró, lamiéndose los labios. Parecía estar pensando en alguna cosa—. Es imposible… parecía mucho más tarde. No podré encontrarle… No pudo evitar sentir curiosidad ante aquel monólogo que parecía mantener consigo misma. —¿Buscas alguna cosa en particular? Ella alzó la mirada hacia él, deslizó l o s dientes p o r e l labio inferior en un curioso gesto y suspiró profundamente. —En realidad, sí —aceptó, pero se tomó unos instantes para pensar las palabras exactas que decir—. Estoy buscando una especie de estanque o fuente. He visto… fotos… es… parece antigua, con un caño encerrado en una especie de piedra… y hay una piscina o algo parecido… Clavó la mirada en ella durante unos segundos. Conocía a la perfección el lugar al que correspondía esa tosca descripción, pero ignoraba el motivo por el que ella deseaba visitarlo. —Con esa descripción y dado el lugar, solo puede tratarse de la Fuente de Castalia. Cassie se limitó a comprobar ese nombre en su mapa. —¿La fuente de Castalia? —Sí. Se encuentra en el barranco de las Fedríades, a la derecha de la entrada del Santuario —le informó—. Se encuentra de camino al Tholos, por el sendero que discurre paralelo a la carretera. Ella echó la vista atrás e hizo un mohín. —¿Tholos? Parecía tan perdida, que una vez más volvió a recordarle a su amada sacerdotisa. —Acompáñame, desde la parte superior del teatro se ve todo el complejo arquitectónico —indicó el citado lugar que se encontraba tras ellos, parcialmente visible desde su posición—. Desde allí te enseñaré la ubicación exacta.
CAPÍTULO 3 Ese hombre la alteraba. Cassie tenía una recurrente sensación de dèjá vu a su lado, apenas podía quitarle la mirada de encima, lo cual no era tan sorprendente puesto que Loxias era rubio de pies a cabeza. Con el pelo largo y trigueño atado en una cola que le llegaba a los hombros, unos ojos azul claro que hipnotizaban y una estatura que haría llorar a los jugadores de la NBA, era sin duda su prototipo de hombre. En circunstancias normales, ese hecho y la desesperada atracción que la empujaba hacia él, habría hecho que diese media vuelta y huyese despavorida. Su suerte con los hombres era nula, su vida era demasiado complicada para mantener una relación; las mentiras nunca llegaban a buen puerto, ni siquiera aquellas hechas por omisión. Ya no sabía si el acuciante calor le había derretido las neuronas o era su proximidad el que lo hacía, fuese como fuese, estaba excitada. S e l e habían endurecido los pezones, tenía el sexo hinchado y podía notar la humedad empapándole las bragas. Por no mencionar que se le hacía la boca agua cuando le daba la espalda y podía recrearse en esa ancha espalda, estrechas caderas y perfecto culo acunado por los pantalones cargo que llevaba. Aquella situación era completamente surrealista. Allí estaba ella, babeando por un tío que había salido prácticamente de la nada, alguien que trabajaba en el complejo arqueológico y que se le había acercado como si la conociese de toda l a vida, para decirle con una sonrisa en la cara que se había colado sin pagar. Era casi tan surrealista como su propia reacción al responder con la misma abierta naturalidad de quien recibe a un amigo de toda la vida, cuando en realidad no se conocían de nada y él acababa de recordarle su “desliz” al hacer un SINPA. No pudo evitar pensar en Diana, llegados a este punto. Ella se había metido en su vida de una manera parecida. Su amiga se había presentado ante ella cuando estaba contemplando un vestido en un escaparate. Como salida de la nada, sin haber cruzado nunca antes palabra, la arrastró a la tienda y le obligó a probarse dicho vestido solo para descubrir que ella era la propietaria de dicha tienda y
diseñadora del trapito. Dos horas después, salía del edificio con el vestido puesto, unos zapatos a juego y su nueva amiga de ganchete. Ni siquiera estaba segura cómo había pasado de estar mirando el escaparate a estar mirándola a ella hacia última hora de la tarde, después de que una visión se presentara ante ella y el accidente que había visto se hiciese realidad a los pocos minutos delante de ambas. Di a n a n o h a b í a hecho preguntas, se había limitado a abrazarla cuando se echó a llorar por la impotencia y la invitó a tomarse algo. Ese había sido el comienzo de su amistad. Y ahora con aquel hombre parecía tener una conexión muy similar. Loxias llevaba un buen rato dándole una lección de historia, explicándole el significado de cada piedra del camino y deleitándola con algún que otro cuento mítico sobre el lugar y quienes habían morado allí. Era un fantástico narrador. —… se suponía que los peregrinos que llegaban a Delfos debían lavarse allí antes de acceder al Tholos. ¿Lavarse? ¿Agua? ¿Una bañera en la que cogiesen los dos? ¿Dónde había que firmar? Cassie sacudió la cabeza, tenía que centrarse, no podía seguir desvariando de aquella manera, estaba allí por una razón. Bueno, ahora dos, si contaba con la visión de aquella mañana, ya que el motivo principal de su visita parecía decidido a darle plantón. Así que, se concentraría en encontrar esa fuente y tentar al destino una vez más. —Entonces, la fuente de Castalia está lo interrumpió, pasando a su lado para prestar atención al espléndido paisaje que la rodeaba. Desde su posición podía ver todo el complejo arquitectónico, las montañas en la que estaba emplazado y la agreste vegetación del lugar, así como los turistas pululando por la plaza del teatro. Lo sintió a su espalda, cerniéndose sobre ella y tuvo que apretar los labios para evitar que se le escapase un pequeño gemido de placer. ¡Joder, estaba caliente como un horno y él ni siquiera la había tocado! —¿Ves el templo semicircular, las columnas que quedan en pie? Siguió la línea de su brazo, extendido a su lado y entrecerró los ojos intentando concentrarse en el paisaje y buscar lo que le indicaba. —Sí —murmuró al encontrar dichas ruinas. —Pues la fuente está unos metros antes, a la derecha —le susurró, su aliento le acarició el pabellón de la oreja haciéndole cosquillas—.
Se dice de ella, que en sus aguas se purificaba la Pitia, la pitonisa del oráculo, antes de sentarse en su trípode en el interior del Tholos y emitir sus profecías. Se obligó a permanecer inmóvil, especialmente cuando su mano resbaló como una pluma por su brazo dejando tras de sí escalofríos de placer. —El agua, cae desde una altura de quinientos ochenta y tres metros y se va canalizando hasta la fuente dónde mana de unos caños, formando una piscina para realizar abluciones —continuó con voz sensual—. La piscina puede verse desde la carretera, pero todo lo demás queda tras el vallado. La mención a la piscina despertó en ella aquella sensación de mareo previo a una visión. —Joder… ahora no… No pudo evitarlo, la visión la alcanzó con inusitada fuerza, permitiéndole incluso oler el aire, escuchar el sonido del agua… Cuando fue nuevamente consciente de su entorno, estaba de pie, al otro lado del cordón de seguridad contemplando al mismo niño de su anterior visión. Ahora, sin embargo, podía escuchar su risa mientras desafiaba a otra niña, su hermana pequeña, a seguir sus pasos. Ella no quería seguirle, tenía miedo… Pero el niño estaba disfrutando demasiado con su travesura para hacer caso del llamado de su hermanita, se había subido al saliente que la pared y reía mientras hacía equilibrismos. Giró, le resbaló uno de los pies y asistió al momento en el que la caída lo llevaba a golpearse la cabeza y caer a la piscina boca abajo, quedando como un cuerpo inmóvil sobre la cristalina y plácida agua. ‹‹No había suficiente profundidad para que se ahogara››. ‹‹Pasó mucho tiempo boca abajo››. ‹‹Que desafortunado accidente››. ‹‹Su pobre madre››. ‹‹¿Dónde estabas cuando él te necesitaba?››. Ante sus ojos se desplegó el futuro con todo detalle, diciéndole en imágenes lo que aquella travesura, con final trágico, traería consigo. Jadeó, de golpe el dolor de los padres la sobrecogió, la pena, la lástima de los que presenciaban la escena, todo se conjuró para ponerla de rodillas, literalmente.
—¿Cassandra? La voz de Loxias penetró en aquel mundo aparte, arrancándola de la visión. Se encontró de rodillas en el suelo, tosiendo para recuperar el aire que le habían robado de los pulmones. —¿Qué es lo que has visto, Cassandra? Ella alzó la mirada y se encontró con esos profundos ojos azules, la calma personificada. Antes de poder contenerse, abrió la boca y habló. —La fuente de Castalia — musitó casi sin voz—. Un niño morirá ahogado. Él no se inmutó ante tal declaración. —¿Cuándo? Ahora fue ella la sorprendida por sus palabras, por la tranquilidad que había en ellas. Se lamió los labios, una solitaria lágrima se escurrió por su mejilla sin permiso. —No lo sé… pronto —murmuró y miró a su alrededor—, quizá ya ha sucedido o esté ocurriendo ahora mismo… É l se acuclilló a su lado, le cogió el rostro entre las manos y lo obligó a mirarle a los ojos. —Debes evitar que suceda lo que has visto. Una agónica carcajada abandonó sus labios. —¿Crees que no lo he intentado antes? —Se liberó de su contacto y sacudió la cabeza—. No funciona así. No puede evitarse… yo no puedo evitarlo… nadie creerá ni una sola palabra de lo que diga. Una extraña emoción cruzó los ojos de Loxias durante un milisegundo para desaparecer después. —Tienes que intentarlo. Se apartó cuando intentó tocarla, se negó a mirarle a los ojos y ver quizá la burla o la incomprensión en ellos. No deseaba su lástima, y con seguridad era lo que encontraría en ellos. Se lamió los labios, lo que tampoco podía hacer era quedarse allí sin hacer nada, sus visiones pocas veces eran tan explícitas y potentes. Sin decir una palabra, se levantó, giró sobre sus talones y salió de allí a la carrera, desandando el camino y dejando tras de ella el llamado de su guía particular. Sabía que nadie la escucharía, nunca lo hacían, así que tendría que evitar que se cumpliese el nefasto destino de aquel chiquillo, ella misma. Solo rogaba que estaba vez fuese capaz de lograrlo.
Loxias no pensó volver a ver a Cassandra presa del trance de los Arcanos, no en esta vida. Como tampoco esperó ver esa mirada de desesperación en su rostro. “No puede evitarse… yo no puedo evitarlo… nadie creerá ni una sola palabra de lo que diga”. Las palabras de la mujer se filtraron en su interior, penetrando como dardos envenenados, reconociendo en los rescoldos de su visión la maldición que, injustamente, había dejado caer sobre ella tiempo atrás. “No me traiciones Cassandra”. Se obligó a hacer a un lado sus propias emociones y convocó mentalmente a sus trabajadoras. ‹‹Musas, necesito que tengáis oídos y ojos bien abiertos — ordenó —. Encargaos de vigilar la Fuente de Castalia de cerca y procurad que esa zorra no atraiga a ningún incauto a sus aguas››. Si la mitad de los mitos se conociesen como ocurrieron realmente, los dioses no serían siempre los culpables de todas y cada una de las desgracias acontecidas. ‹‹¿Qué ocurre, jefe?››. ‹‹¿Qué ha hecho ahora esa buena para nada de Castalia?››. ‹‹Cassandra ha tenido una visión en sus aguas››. ‹‹¿Cassandra?››. ‹‹¿Esa Cassandra?››. Tres de sus nueve empleados se aparecieron ante él. —¿Fue la chica que me ordenaste dejar pasar gratis?
Miró a las dos mujeres con el ceño fruncido y enarcó una dorada ceja ante el hombre que las acompañaba. Otro mito más que se iría por tierra si supiesen que las “musas” no eran todas mujeres. —¿Se ha reencarnado en esta vida? —preguntó Erato. El hombre era un poco más bajo que él, moreno y con una piel bronceada. Pero eran sus ojos, de un intenso verde oliva, los que subyugaban. —Tú y Clio ocupaos de vigilar la fuente —le encargó—. Cassandra ha presenciado la muerte de un niño en sus aguas. Las dos mujeres jadearon al unísono, mientras el hombre juraba por lo bajo. —¡Oh, dioses! —¿En nuestra fuente? —se alteró Calíope—. ¡Esa zorra! ¡Sabía que tenía que haberle retorcido el pescuezo la última vez que la vi! Loxias esbozó una irónica sonrisa, C a l i p o d í a s e r muy vehemente en sus opiniones. —Aseguraos de que los grupos de turistas están completos y no hay nadie perdido por el complejo arqueológico —los despidió. —¿Y tú que harás? Sus ojos se encontraron con los de Erato y suspiró. —Lo que sea necesario para que la visión de Cassandra no llegue a hacerse realidad. Cassie dejó escapar un gemido de alivio cuando encontró la maldita fuente. El mismo guía que había escuchado a su llegada, narraba ahora en voz de teatro las propiedades y la leyenda que existía en torno al lugar. Se paseó por las inmediaciones buscando disimuladamente con la mirada el niño de su visión. —Existen varias leyendas acerca de la Fuente de Castalia — explicaba el guía, el tono de su voz y la entonación que daba al recitar mantenía a la gente totalmente subyugada—. Se dice Castalia era una ninfa, hija de Aquelao y amada por Apolo. Pero ella no deseaba las atenciones del dios, así que huyó de él y se sumergió en una fuente que había al pie del Monte Parnaso. Desde entonces, la fuente fue el lugar de reunión para las musas y las náyades, Apolo a menudo solía acompañarlas con el sonido de su lira creando las más hermosas melodías. Se decía, que el agua era capaz
de dar voz al oráculo, y que por su pureza y cristalinidad, la utilizaban para limpiar los templos de Delfos y en los ritos del Oráculo. Aún hoy sigue conservando sus propiedades y sirve de inspiración para músicos y poetas, ¿alguien quiere un sorbito? Ante la coqueta sugerencia, las mujeres del grupo se adelantaron entre risas, mientras sus Acompañantes masculinos las miraban con indulgencia. Estaba a punto de hacerse a un lado para buscar la piscina de su visión, cuando alguien pasó corriendo a su lado y la empujó. —¡Perdone, señora! —¡Alex, espérame! Se quedó pasmada cuando la niña que vio en su visión, pasó por su lado siguiendo al susodicho Alex; el mismo que había chocado con ella y corría como una liebre hacia un recodo de la explanada. —Mierda —masculló al reconocer al crío. Echó un rápido vistazo alrededor, e n busca de alguno de los padres que había visto en su visión, pero no había ningún adulto cerca que pareciese estar a cargo de esos dos—. Fantástico, sencillamente fantástico. Con un resoplido, dio media vuelta y siguió a los dos niños, que ya se escurrían por debajo del cordón de seguridad lanzándose pullas y peleando como ella y Christopher habían hecho a su misma edad. El pensar en su propio hermano trajo consigo el recuerdo de su accidente y su incapacidad para salvarlo. Todavía hoy lo echaba muchísimo de menos. El recuerdo de su propio destino truncado, hizo que no pensara en nada más, con lo que saltó el cordón y se encontró ante la escena que había visto previamente en su mente. Los chiquillos se peleaban ya para subir al borde que sobresalía de la pared por encima de la piscina, el lugar donde solían dejarse las ofrendas, según había explicado antes el guía. Alex estaba ya de pie, dispuesto a ejecutar una hazaña que no lo conduciría a otro lugar que a la muerte. En un arranque de desesperación, se precipitó y entró en la piscina, la cual no la cubría más allá de las rodillas dispuesta a detener al destino a toda costa. —¡Alexander Calloway, bájate de ahí ahora mismo! —gritó, pronunciando el mismo nombre que recordaba de su visión. En su prisa por aproximarse a la pared para evitar que el chico
resbalase y cayese o al menos, intentar detener o amortiguar su caída, acabó resbalando ella misma y cayó hacia atrás llevándose un buen porrazo y empapándose de pies a cabeza. —Oh, mierda… ¡joder! — masculló al sentir el dolorido trasero.Oyó el murmullo de los niños y cuando giró la cabeza se encontró al pequeño Alex, de pie a su lado, mirándola alucinado. —¿Señora, se ha hecho daño? Cassandra se lo quedó mirando, observó sus ojos y su rostro y al mismo tiempo una nueva visión cruzó fugazmente por su mente. Lo vio varios años en el futuro, graduándose en medicina, casándose con su chica de la universidad y teniendo gemelos. —¿Qué...? —parpadeó, pero la visión ya se había desvanecido y delante de ella solo estaba el niño. —¿Está usted bien? —insistió el crío. Asintió despacio, era incapaz de hacer otra cosa. —Lo hice —musitó para sí. Lo había conseguido, había cambiado su destino y no moriría ahí, por el contrario, tendría un futuro brillante. Oh, dios… ¡Lo conseguí! Su alegría e incredulidad, fueron interrumpidas por la precipitada entrada de otras personas. —¡Alex, Sophie! El grito masculino hizo que ambos niños se giraran hacia la entrada principal. —¡Papá! —clamó la niña y corrió a s u s br azos cuando el hombre penetró en el recinto seguido de uno de los guías y Loxias. El hombre suspiró aliviado al ver a sus hijos sanos y salvos, a juzgar por su expresión parecían haberle quitado varios años de golpe. —¡Alex! ¡Te he dicho millones de veces que no te alejes de mi vista! clamó caminando con decisión hacia la piscina, dónde el niño ya arrastraba los pies compungido—. Sal de ahí ahora mismo. El niño hizo una mueca y salió de la piscina. Entonces se giró y señaló a Cassie con un dedo. —La señora se ha hecho daño —musitó el crío—. Entró corriendo e hizo una plancha perfecta. Fue genial. Ella no pudo evitar hacer una mueca, entonces se echó a reír mientras el padre la miraba avergonzado por la respuesta de su hijo.
—¿Estás bien, Cassandra? — Loxias se acercó a ella, dispuesto a ayudarla a salir de la piscina. —¡Alex! —Una aguda voz de mujer precedió a la chica que había visto en su visión, la madre del niño—. Oh, gracias a dios. ¿Cómo demonios se te ocurre escaparte y con Sophie? Su marido la fulminó con la mirada, era obvio que iban a tener más que palabras. Mordiéndose el labio inferior para evitar echarse a reír otra vez, aceptó la mano que le tendía Loxias y se incorporó. —Estoy bien. Él buscó su mirada y ella dejó de ver u oír nada que no tuviese relación con ese hombre. —¿Segura? Se lamió los labios y se sonrojó. —Pasada por agua, pero bien — aceptó con un hilillo de voz—. Mejor que nunca, en realidad. Él asintió y la ayudó a mantenerse en pie. La recorrió con esos intensos ojos azules y sintió que la desnudaba, consiguiendo que el placer volviese a hormiguear en su interior. Ese hombre la encendía con solo su presencia. —Bien, ya que has decidido seguir la tradición y purificarte en la fuente de Castalia, ahora podrás tener una audiencia con el Oráculo. Ella lo miró sorprendida, parpadeó con rapidez y ladeó la cabeza. —Um, ¿podré preguntarle lo que yo quiera? Los labios masculinos se curvaron hasta formar una devastadora y perfecta sonrisa. —Lo que desees, princesa. Sus palabras la estremecieron trayendo a su mente un lejano eco que tan rápidamente como llegó, se marchó. Parecía que, después de todo, su viaje a Grecia no iba a resultar tan infructuoso como había pensado al principio.
CAPÍTULO 4 E l T h o l o s era sin duda la construcción más reconocida e identificativa del templo de Delfos. Un pabellón circular, del cual ya solo quedaban un par de columnas en pie y varias ruinas. Cassie reconoció que el lugar imponía, había algo milenario en él, un aura de poder que la llamaba como una sirena. Recorrió el recinto en silencio, podía notar la presencia de Loxias con ella aunque él se mantenía en segundo plano, permitiéndole apreciar ese pedazo de historia, que pisaba, por sí misma. La realidad para Cassie, sin embargo era distinta. Estaba nerviosa, a la espera que, de un momento a otro, él hiciese algún comentario en referencia a los recientes acontecimientos. Después del incidente en la fuente, la había invitado a comer con él en un lugar apartado, entre el sol y la sombra, dónde aprovechó también para descalzarse y quitarse todo lo que podía quitarse sin terminar en pelotas. Ambos habían disfrutado de unos bocadillos y de una conversación intranscendental en la que ambos pudieron satisfacer la curiosidad sobre las vida del otro. Cassie empezó a encontrarse esperando que él tocase el tema, que dijese algo sobre lo que ella había murmurado y lo que había sucedido a continuación, pero no lo hizo y ya no podía soportar más la incertidumbre de lo que pensaría o dejaría de pensar de ella. Tras la comida habían continuado con la visita, llegando al Tholos, la más famosa construcción arquitectónica griega de todos los tiempos.—No pensé que sería tan tarde —murmuró, sorprendiéndose de la hora que marcaba el reloj. Eran más de las cinco de la tarde y ellos eran los únicos que pululaban ya por el recinto—. ¿No te meterás en problemas por permitir que los turistas paseen todavía por las ruinas fuera de horario? Se limitó a ladear la cabeza, un gesto que cada vez le era más familiar. —No cuando la turista en cuestión está acompañada por mí —contestó como si nada. Bueno, eso era sin duda confianza en sí mismo. —De todas formas, tengo que volver —insistió ella, aunque la realidad era que lo último que le apetecía era abandonar su presencia
—. Todavía tengo que llegar a la ciudad, buscar alojamiento… Él hizo una mueca. —Yo no llamaría a Delfos ciudad, no de la forma en que alguien se referiría a cualquier otra ciudad europea —comentó con sencillez—. En cuanto al alojamiento, puedo recomendarte alguna pensión limpia y agradable. Asintió. —Eso sería de mucha ayuda aceptó y echó un último vistazo a su alrededor—. Este viaje comenzó siendo una auténtica locura, pero me alegra haberlo hecho. Este lugar es… asombroso —se volvió ahora hacia él—. Y gracias por la gorra y el paseo turístico... y perdón por el chapuzón en la fuente y… bueno… creo que te debo seis euros. Él la miró, con esos ojos azul intenso y negó con la cabeza. —Si has encontrado aquello que parecías venir a buscar, me doy por pagado. Lo miró con cierta sorpresa. —¿Cómo sabes que venía buscando algo? Se encogió de hombros. —Fue la sensación que tuve al verte ante el Templo de Apolo. Dejó escapar un resignado suspiro y se encogió de hombros. —La verdad, ni siquiera estoy muy segura del porqué estoy aquí confesó. Quiero decir, estaba convencida de que debía venir, creí… que podría encontrar... que encontraría respuestas a las preguntas que tengo… pero solo he encontrado más preguntas… y a ti. —¿Cómo cuales? Lo miró y fue muy franca. —Como el que tú no hayas hecho ninguna sobre lo ocurrido en el teatro respondió con firmeza, o en la fuente, con ese niño. No solo no te has sorprendido, sino que… lo aceptaste como algo… —¿Normal? Muy a su pesar, tuvo que asentir. —Sí. Él duplicó su gesto y extendió la mano indicándole el paisaje. —Mira dónde estás —le dijo—, en uno de los Oráculos más
antiguos y conocidos de Grecia. Aquí se decidieron los hechos más importantes a nivel político del país en la época y se hicieron predicciones que con el tiempo se convirtieron en realidad. Las gentes acudían a Delfos para saber si tendrían una buena cosecha al año siguiente, si encontrarían esposo o si ganarían la guerra —enumeró—. No es la primera vez que los peregrinos se ven beneficiados o influenciados por este lugar… No pudo evitar sonar irónica al responderle. —No niego del poder de este lugar de peregrinación, yo misma lo he sentido —admitió, de nada valía negar lo evidente—, pero no se trata de algo pasajero… no en mi caso. Nunca en mi caso. Él la observó durante unos segundos en silencio. —¿Qué fue lo que te impulsó entonces a venir aquí? —insistió él a su vez—. ¿Quién te atrajo a Delfos? Por un breve instante, estuvo a punto de decir “tú”, pero hacerlo sería una locura más grande de la que ya había cometido. Suspiró y sacudió la cabeza. —Ojalá lo supiera —resopló, mirando de nuevo el lugar—. Eso haría que me sintiese menos estúpida al seguir… mis corazonadas. Lo único que sé es que mi salud mental no ha mejorado gran cosa, por el contrario, parece que estoy destinada a seguir la senda de la locura… Él chasqueó la lengua ante sus palabras. —El ver aquello que otros no ven, no siempre es sinónimo de locura replicó, ni siquiera cuando lo que presencias, es el futuro o los acontecimientos venideros. Lo miró un poco intranquila e intrigada por sus palabras, casi podía jurar que él estaba hablando de ella misma ahora. —Sí lo es. Para aquellos que no creen en lo que ves, que no hacen caso de tus advertencias y te toman por una charlatana, lo es insistió, hablando por propia experiencia. Para los que buscan justificaciones banales y absurdas a tus respuestas… siempre serás una persona carente de salud mental. Puede que tú no seas una de esas personas, Loxias, que por el lugar en el que trabajas y al que has dedicado tu vida y estudios, veas las cosas de otra manera… pero la realidad, es que tú tampoco sabes quién soy. Un velo de tristeza cruzó momentáneamente sus ojos. —Te equivocas, Cassandra — murmuró él, haciendo hincapié en
llamarla por su nombre completo, algo que solo había hecho su hermano—. Nadie mejor que yo sabe exactamente quién eres y quien fuiste. —Extendió la mano y deslizó los dedos por su mejilla—. Llevo tu recuerdo grabado en el alma a la espera de volver a encontrarte. No pudo evitar fruncir el ceño ante las extrañas palabras. —¿Por qué tengo la sensación de que esta no es la primera vez que nos encontramos? —murmuró, mirándole, buscando en aquel rostro perfecto algo que atrajese los recuerdos o le diese la respuesta—. No comprendo e l motivo, y juro que jamás me ha pasado nada ni remotamente parecido, pero… cuando te vi… es como si te conociera… y lo mismo pasa con este lugar, es como si ya hubiese estado aquí antes. Y hasta dónde sé, es la primera vez que estoy en Grecia. Él resbaló los dedos, acariciándole ahora el cuello, la clavícula y deteniéndose sobre el corazón. —Quizá, es porque nos conocimos cuando ambos éramos otras personas insistió él, con ese tono de voz sensual y envolvente—. Cuando tú… fuiste otra mujer… —¿Otra mujer? Su mano ascendió y le cogió la barbilla, con suavidad. —Abre tu alma y recuerda quien eres, Cassandra, recuérdame. Había una súplica tan desesperada en su voz, que trajo lágrimas a sus ojos mientras la niebla de las visiones volvía a alzarse a su alrededor durante unos brevísimos instantes. Solo alcanzó a ver a dos amantes ensimismados en ellos mismos, dos siluetas enlazadas entregadas al placer, el mismo tipo de placer y emociones que Loxias despertaba en ella con tan solo su cercanía. Parpadeó y la visión se marchó dejándola de nuevo ante aquellos ojos azules, su aroma era embriagador, su presencia la excitaba y ella estaba tan cansada ya de huir de sus anhelos que se encontró caminando hacia ellos. —¿Quién eres tú? Él le acunó el rostro entre las manos. —Parte de tu locura y maldición, ièreia. No la dejó pensar, no le permitió retirarse o analizar sus propios pensamientos, pues en el momento en que sus labios tocaron los suyos, el poco raciocinio que podía haberle quedado, se evaporó y se
entregó al placer en los brazos de aquel completo desconocido. Loxias no podía saciarse de su sabor; era adictivo, al igual que ella misma. Su cuerpo la reconocía, como también lo hacía su alma. Deslizó las manos hacia abajo rodeándola y acunando sus nalgas. La atrajo hacia él, encajando perfectamente contra sus caderas mientras, su ya erecto pene, se rozaba con su vientre. La deseaba con locura, anhelaba tocar su piel desnuda y hundirse en su interior, sentirla poseyéndolo de la misma manera que él quería poseerla a ella.
—Esto es una verdadera locura —musitó Cassie, al romperse el beso. Sus ojos se encontraron y en ellos había lujuria. Abandonó el delicioso trasero y ascendió por su espalda, moldeando su cuerpo por encima del vestido. Sus dedos se hundieron entonces en la espesa mata de pelo y con un par de movimientos se lo soltó. La masa castaña cayó en cascada sobre sus hombros dotando ahora su rostro de un aire más dulce y desenfadado. —El destino a menudo se construye sobre la locura. Apenas podía contenerse, como un niño deseoso de abrir sus regalos el día de navidad, quería desenvolverla a ella. Deseaba arrancarle ese maldito vestido y resbalar las ansiosas manos por su piel, comprobar si era tan cremosa como parecía. Los senos se apretaban contra el escote del vestido, llenos e invitantes, a pesar de la gruesa tela vaquera, sus endurecidos pezones se marcaban contra ella haciéndole la boca agua. Se obligó a contenerse, se deleitó una vez más bajo su mirada y volvió a tomar posesión de esa dulce boca. Sintió su vacilación durante unos instantes, estremeciéndose cuando penetró la barrera de sus dientes y se sumergió en la húmeda cavidad. La acarició, se embebió de ella, embriagado de su sabor de calor pero nada era suficiente. —Sabes tan bien —murmuró, lamiéndole los labios y sintiendo su estremecimiento como respuesta. La empujó suavemente contra una de las columnas, atrapándola entre la piedra y su pecho, sin permitirle otra cosa que entregarse al placer. Podía sentir su excitación como si fuese la propia, el ligero estremecimiento de su cuerpo entre sus brazos así como la lucha interior que llevaba a cabo su obnubilada mente. Los botones del vestido fueron cediendo poco a poco dejando a la vista la vibrante tela del sujetador y la suave y cremosa piel bronceada. Le resbaló la tela por los hombros y tiró de ella, arrastrándola hasta la cintura, dónde el vestido seguía sujeto por un par de botones. Sus pechos empujaban contra la tela del sujetador, los pezones destacaban contra la breve prenda que los aprisionaba de manera invitadora. Deslizó las manos por su piel, la escuchó gemir y no pudo
evitar gemir a su vez. Su sexo pulsaba a estas alturas con rabiosa necesidad, empujando contra la cremallera de los pantalones, deseoso de salir también a jugar. Se lamió los labios y continuó deleitándose con su piel desnuda, sus dedos la recorrieron con codicia, surfearon sobre la falda del vestido para luego encontrar de nuevo la suave y desnuda piel de los muslos y ascender por ellos. Escuchó s u pequeño jadeo al mismo tiempo que notaba como el cuerpo femenino se tensaba contra el suyo. Deslizó un dedo a lo largo de la baja cinturilla de las braguitas, maravillándose con la suave y lisa piel para luego duplicar su hazaña al arrastrar el dedo por el centro de su sexo. La tela que la cubría estaba húmeda, señal inequívoca de la excitación de la que era prisionera esa adorable mujer. Encontró que las costuras no eran tales, sino que, al igual que un bikini, la prenda se mantenía unida a la cadera con sendos lazos atados a los lados. —Um… creo que m e gusta tu ropa interior.Y para corroborar sus palabras, enganchó los dedos en las delgadas tiras y estiró. Al instante la tela se aflojó de un lado, abriéndose, para hacer luego lo mismo del otro y terminar en el suelo a sus pies; una prueba del delito cometido. —Ya veo que sabes sacarle partido —musitó ella, apretando los muslos. Sus mejillas se habían sonrojado y tenía los labios hinchados por sus besos. Se inclinó una vez más sobre ella, admirando su cuerpo sin tocarla todavía, para luego encontrarse con sus ojos y ver allí la misma lujuria inexplicable que lo recorría a él. —Tú también lo sientes. —No era una pregunta. La vio lamerse los labios, esa pequeña lengua rosada curvándose a lo largo del labio inferior dejando tras de sí una húmeda huella. —¿Por qué te deseo tanto? —la escuchó murmurar, sus ojos parecían perdidos y al mismo tiempo fijos en él—. ¿Quién eres? Le acarició el labio inferior con el pulgar, la mano que la despojó de la lencería ahora hacía dibujos sobre la suave cadera, acercándose a su sexo pero sin llegar a tocarlo. —Alguien que lleva innumerables vidas esperándote. Cassie sentía como todo su cuerpo se derretía ante su presencia y sobre todo, bajo el experto toque masculino. Si no tuviese el cerebro en total cortocircuito quizá hubiese podido pensar en la estupidez que
estaba cometiendo, pero por otro lado, lo prefería de este modo. Nunca se había sentido tan viva en toda su vida. El sexo se había convertido con el tiempo en algo superfluo, en citas de una noche en las que al llegar la mañana podía seguir con su complicada vida. No se permitía involucrarse, no después de dos relaciones fallidas y la manera en que la había mirado su casi tercer novio. Para ella, tres era el número definitivo, el amor no estaba interesado en llamar a su puerta para quedarse y el sufrimiento que soportaba cuando la rozaba para luego pasar de largo, era demasiado doloroso como para desear probarlo una y otra vez. Y ahí estaba ella de nuevo, dispuesta a liarse con un completo desconocido al que su cuerpo anhelaba como si lo hubiese conocido hace mucho tiempo, como si siempre lo hubiese estado esperando. No comprendía las emociones que se generaban en su interior, el temblor que la recorría bajo cada caricia y el anhelo que saboreaba su alma, pero no podía dejar de desearlo, de desearlo a él. —¿Qué estás haciendo conmigo? —gimió derritiéndose entre sus brazos—. No… no puedo hacer que mi cerebro encuentre un solo pensamiento coherente. Él respondió mordisqueándole un punto entre el cuello y el hombro que la hizo estremecer. Le arrancó el aire y envió una ráfaga de calor a través de su cuerpo que colisionó directamente en su sexo, humedeciéndose todavía más. El sordo latido entre sus piernas empezaba a ser insoportable, deseaba ser llenada y alcanzar el bendito alivio que sabía él podría proporcionarle. Su aliento le acarició ahora el o í d o , una de las grandes manos ascendió por su espalda y se detuvo sobre el cierre del sujetador, el cual abrió sin problemas dejando sus pechos desnudos a la brisa del atardecer. —No pienses, Cassandra, limítate a sentir. En circunstancias normales estaría pataleando y dando gritos ante la idea de estar haciendo aquello en un espacio abierto al que cualquiera podía acceder. La luz del sol se iba perdiendo por detrás de las montañas y las luces artificiales de los focos diseminados por el lugar empezaban a tomar el relevo. No encontró ni una sola palabra de protesta, su mente solo parecía dispuesta a concentrarse en una cosa; la boca masculina.
Jadeó al sentir como la caliente cavidad bucal se cerraba alrededor de uno de los pezones y lo succionaba. No pudo evitar gemir, a partir de ese momento su garganta decidió dar un concierto por sí misma sin pedir permiso u orientación. Las sensaciones eran tan intensas, tan desgarradoras que no encontraba palabras para describir lo que ese hombre le hacía a su cuerpo. —He deseado tanto poder tenerte otra vez —creyó oírlo murmurar contra sus senos—, deseaba tocarte, deslizarme en tu interior y poseerte en cuerpo y alma. Sus caricias bajaron de intensidad y se hicieron más suaves y tiernas, pero no por eso menos excitantes. L a m a n o q u e le acariciaba el muslo dejó de jugar para deslizarse ahora entre sus húmedos pliegues, la acarició con los dedos, aumentando su frenesí pero negándole al mismo tiempo la deseada penetración. —Tu piel me atrae, tu cuerpo reclama el mío y me apacigua el alma. Se derritió bajo el sonido de sus palabras, con ese tono de voz tan sensual que la convertía en gelatina. —Quiero enterrarme profundamente entre tus piernas — le susurró al oído. Su lengua le acarició el arco de la oreja—. Quiero penetrarte, llenarte por completo y oírte gemir mientras te poseo. ¡Por dios, esa es una magnífica idea! ¡La secundo! Pensó ella, pero fue incapaz de ponerlo en palabras. Esa capacidad parecía haber quedado irremediablemente dañada en su cabeza. —Siénteme —insistió él, y en un abrir de ojos le cogió la mano y le oprimió la palma contra la dura erección masculina. Se le hizo la boca agua, si era posible se mojó aún más y gimió por algo que ella también deseaba. Lo deseaba rabiosamente. —Lo quiero —gimió. Se mordió el labio y luego se lo lamió—. Debo haber perdido la cabeza por completo, porque nada de esto tiene sentido, pero lo quiero… lo necesito… te necesito. La mano que jugaba entre sus piernas se retiró, su calor la abandonó un momento para regresar en la forma de un beso y con el sonido de una cremallera abriéndose de fondo. —Tus deseos siempre serán órdenes para mí —musitó él, robándole el aliento con un nuevo beso. Sometiéndola con su poder y presencia, con una rabiosa masculinidad que la hacía sentirse como una delicada
y tierna hembra abierta a las necesidades de un hombre mucho más fuerte que ella. En vez de preocuparle, aquello la excitaba. —Esto es una locura —farfulló, pero lo besó a su vez, reclamando su boca, uniendo sus lenguas y deleitándose en su sabor—. He perdido la cabeza por completo. Él le lamió los labios, entonces le cogió las manos y se las subió a los propios hombros. Uno de sus muslos se interpuso entre sus piernas, separándoselas aún más, permitiendo ahora que el aire le acariciase los húmedos y expuestos labios vaginales. —Mientras esté a tu lado, no tendrás que preocuparte por la lucidez o por la locura —le respondió, con un ligero arrullo. Le acarició el muslo con suavidad para después aferrárselo y obligarla a levantar la pierna y enredarla a su cadera. Sintió la dura erección restregándose contra su húmeda entrada, empapándose con sus jugos para luego introducirse lentamente en su apretado sexo. Cassie perdió el hilo y cualquier posible réplica que tuviese para darle. El duro pene se abrió paso en su interior, empalándola por completo al tiempo que la abría para él. Se quedó sin aire, la sensación de plenitud era exquisita, se sentía tan repleta que todo su cuerpo era un hervidero de sensaciones que culminaban allí donde la tocaba. —Oh, dios —jadeó, apretándose contra él, apretando las manos sobre sus hombros mientras el placer la sobrecogía. Él empezó a retirarse lentamente, quedando unido a ella solo por la punta de su erección para volver a introducirse de nuevo en una asombrosa y agónica tortura que adoraba. La tomó despacio al principio, recreándose en cada movimiento, pendiente de cada gemido que salía de entre sus labios, mostrando un obvio orgullo masculino y una desesperada lujuria en sus ojos. Cada vez que se introducía en su interior, era como si le robase un pedazo de alma, como si algo llamase a la puerta de esta y esperase una respuesta. La sensación era tan placentera como nostálgica, como si ya se hubiese sentido antes de aquella manera, algo absurdo puesto que nunca antes se habían encontrado. Sus embestidas aumentaron el ritmo, los jadeos se mezclaron con el sonido de sus cuerpos durante la cópula, podía sentir la tela de sus pantalones acariciándole los muslos con cada
nuevo movimiento, la superficie rugosa de la columna a su espalda, pero nada de aquello la molestaba. El placer la inundaba, se unía con la lujuria y un ciego frenesí que hacía que en todo lo que pudiese pensar era en alcanzar el orgasmo. —No te reprimas —jadeó él, buscando su mirada, sosteniéndola y deleitándose con lo que quiera que viese en ella mientras la follaba—. Déjate ir… regresa al lugar al que perteneces. Yo te sostendré… Sus palabras fueron como un afrodisíaco para ella, no necesitó más para que su cuerpo alcanzase ese punto delicioso en el que se desprendía de la piel y se convertía en sensaciones. Su grito quedó ahogado por la boca masculina, cerniéndose certera sobre la suya, bebiendo su aliento y devolviéndoselo con el propio. Él siguió penetrándola, aumentando el placer de la liberación y buscando su propio final, tomando todo de ella, reclamándola con una efectividad que empezó a pensar si no quedaría marcada por siempre por él. Curiosamente, la idea no le parecía tan mala. —Eíste orycheío [ 1 ] —gimió él, con voz ronca, dejándose ir también, alcanzando su propio orgasmo al tiempo que salía fuera de su cuerpo—. Iéreia mou [2]. Cassie no estaba segura de que significaban aquellas palabras, pero algo le decía que su significado era mucho más importante de lo que estaba dispuesta a aceptar en esos precisos momentos. Se lamió los labios y se dejó ir contra l a columna, jadeando en busca de aire mientras su cuerpo acuciaba los temblores propios del orgasmo. Se sentía tan cansada como aliviada, tanto que no se dio cuenta hasta ese preciso momento de lo frustrada que había estado. Tomó una profunda bocanada de aire y alzó la mirada para encontrarse con ese perfecto espécimen masculino quitándose la camiseta y haciéndola a un lado. La excitación volvió a inundarla al instante, asombrándola de desearle cuando acababa de regalarle el mejor orgasmo de toda su vida. Pero lo hacía, tanto que no dudó en posar su mano sobre la de él cuando se la tendió. —Esto solo ha sido el principio, Cassandra —le dijo, atrayéndola hacia él. Bajó la mirada entre sus cuerpos y jadeó al ver que estaba de nuevo erecto, se lamió los labios. He aquí un hombre que podía competir con
el Conejito de Duracell. —No eres humano, ¿verdad? — acabó soltando una breve risita. Él enarcó una delgada ceja rubia mientras sus labios se curvaron un poco. —No del todo —aceptó, cerniéndose ya sobre ella—, algunos días, recuerdo que soy un dios. No respondió, no pudo hacerlo, su boca ya la estaba reclamando otra vez, dispuesto a llevarla al mismísimo Olimpo.
CAPÍTULO 5 —¿Por qué tengo la sensación de haber estado anteriormente aquí? —murmuró Cassie tiempo después, acostada desnuda sobre una manta, a los pies de la entrada del Templo de Apolo. Giró hacia el culpable de tal situación, encontrándose con sus ojos azules—. ¿De conocerte desde hace mucho tiempo? —Porque has morado en estas tierras mucho antes de que los d i o s e s f u e r a n r el egados a ser simples recuerdos —le dijo, sosteniéndole la mirada—. Tu alma lo recuerda, pero, ¿qué en realidad? ¿Me recuerdas por lo que fui o por quién fui para ti? Ella lo miró, sintió el tacto de su mano acariciándole el rostro, trayendo consigo un anhelo que nada tenía que ver con la lujuria que habían compartido durante las últimas horas. Para entonces, la noche había caído ya sobre el complejo arqueológico, Loxias le había asegurado que no había nada que temer, que nadie los molestaría mientras él estuviese con ella. Ahora, viéndolo en frío, no podía creer la locura que se había apoderado de ella. Acababan de profanar, de la manera más deliciosa, el Patrimonio de la Humanidad. Aquello tenía que poner un nuevo nivel en su lista de desastres. —¿Quién eres en realidad? ¿Por qué siento que te conozco a pesar de no haberte visto nunca? —no pudo evitar insistir. Entonces sacudió la cabeza y expuso sus pensamientos en voz alta—. Te das cuenta, que hemos terminado sobre unas piedras que tienen miles de años, y a las que la UNESCO ha declarado Patrimonio de la Humanidad. Y no es que me queje, vaya, soy mayorcita para ser consciente de mis actos… pero aun así… esto se sale de mi rango de locura habitual. Él sonrió y le recorrió el rostro con los dedos, como si quisiera recordarlo. —Me doy cuenta de que estuve esperando esto, mucho tiempo — aseguró al tiempo que le besaba los labios—. ¿No se te ha ocurrido pensar, que quizá, en otra vida, fui alguien que te amó y te dejó marchar? Ese habría sido un error lo suficientemente grande e importante como para desear recuperarte. Ella esbozó una irónica sonrisa, se puso cómoda sobre la manta en
la que se habían recostado y lo miró. No podía dejar de hacerlo, era realmente atractivo. —¿Y quién habrías sido? Volvió a deslizar los dedos por su rostro y se lamió los labios. —Alguien que creyó en las mentiras que yo mismo puse en tu boca, alguien que se pasó toda la eternidad esperándote. Recordándote… — respondió con una voz profunda, casi tan hipnótica como lo eran sus ojos azules—. Alguien que no pudo borrar tu recuerdo por mucho que lo intentó y que ha vivido desde entonces con un profundo remordimiento y la esperanza de poder enmendar lo que te hizo… Sus palabras sonaron lejanas a pesar de que las escuchó alto y claro. Parpadeó, sintiendo como el conocido sopor que la embargaba cuando acechaba alguna visión, caía sobre ella. —¿Por qué hablas como… como si eso hubiese ocurrido de verdad? Su mirada azul dejó de existir, convirtiéndose en un profundo pozo en el que empezó a hundirse sin remedio. —Porque es nuestra realidad, iéreia mou. —Escuchó su voz, cada vez más lejos y por primera vez, entendió lo que esas palabras si gni fi caban. Mi sacerdotisa—. Recuérdame, Cassandra… recuerda lo que una vez fuiste… lo que las Moiras nos depararon a ambos. Siguió perdida en sus ojos, hundiéndose cada vez más y más, mientras sus palabras abrían las compuertas de su alma y extraían de ella el recuerdo de una vida ya extinta y un amor maldito. Como solía ocurrirle cada vez que atacaba una de sus visiones, se sintió extraída de su propio cuerpo y lanzada a través de un túnel hacia el momento que debía ver. Esta vez sin embargo no se encontró como simple espectadora del futuro, su conciencia presente se hundió en la pasada y su alma conectó con aquella que fue una vez, viendo y sintiendo a través de sus ojos la niña que fue en otra época y lugar. Había insistido tanto en que jugasen a las escondidas que a Héleno no le quedó más remedio que acceder. Ella sabía que su hermano prefería estar jugando con la tonta espada de madera e imitar los gestos de su padre, pero a Cassandra no podía importarle menos todo eso. Ella deseaba salir al jardín, corretear por el palacio, disfrutar de un día de juegos, a poder ser lejos de su nodriza. Así que había arrastrado a su gemelo, sobornándolo como solo una niña de ocho
años y adorada por su hermano, podía hacerlo. Se había escabullido por la parte trasera del jardín, sabía que él hacía trampas y la había visto, por lo que no dudó en atravesar el patio como un relámpago y subir con esfuerzo los tres escalones que conducían al templo. La melancólica música d e la lira atrajo su atención, tirando de ella como si fuese una cuerda mágica. Su madre le había prohibido aventurarse en el templo del Dios Apolo, poniendo como excusa su corta edad y la retórica que siempre utilizaba cuando quería meterla en cintura. Puso los ojos en blanco e hizo lo que mejor se le daba; su propia voluntad. El lugar estaba en silencio a excepción de la melodía que se escuchaba de fondo. Las llamas del fuego encendido en los pebeteros iluminaban el interior del templo y marcaban el camino hacia el altar, de dónde procedía la música. Curiosa, y habiendo olvidado ya su juego, se aventuró en el interior de la sala y lo vio allí. Era un hombre, mucho más joven que su padre y completamente dorado. El pelo rubio se le rizaba ligeramente sobre las orejas y creaba ondas sobre las cuales la luz del fuego arrancaba destellos de oro. Estaba sentado con una pierna doblada debajo de él y la lira apoyada sobre el muslo, mantenía la cabeza inclinada mientras los largos dedos arrancaban melancólicas notas. Iba vestido como uno de los sacerdotes que solían acudir en presencia de su padre, con una sencilla prenda blanca con bordados azules y unas alpargatas doradas. Se rascó la nariz, era un gesto que solía hacer muy a menudo, especialmente cuando tenía que pensar en algo con mucha concentración. ¿Debía quedarse o marcharse? ¿Se enfadaría el músico si lo interrumpía? —Es una melodía muy triste — murmuró, con la inocencia propia de su edad. Sin pensárselo más, caminó hacia él para dejarse caer sentada a su lado—. ¿No conoces una canción más alegre? Él levantó entonces la cabeza y pudo ver unos intensos ojos azules mirándola con anodina curiosidad. Guardó silencio durante tanto tiempo, que pensó que quizá no la hubiese escuchado o que no pudiese hablar. —¿No puedes hablar? — preguntó—. ¿Te ha n cortado la lengua? Padre dice que si no me porto bien y guardo silencio, vendrá el dios
Apolo y me cortará la lengua. Pero sabes qué, no creo que lo haga. ¿Para qué iba a querer el dios la lengua de una princesa? Y yo la necesito, si no tengo lengua, ¿cómo voy a hablar? Padre dice que hablo demasiado, pero no hablo tanto, puedo callarme. Él dejó de tocar el lira, apoyó el objeto por completo sobre la pierna y la miró con lo que solo podía ser curiosidad. —¿Y quién es ese padre tan severo, pequeña lenguaraz? Cassandra frunció el ceño, desconocía el significado de aquella palabra, pero tampoco le parecía interesante averiguarlo. —Mi padre es el señor de la ciudad, el Gran Rey Príamo de Troya —recitó tal y como le había enseñado su maestro—. Yo soy Cassandra, princesa de Troya, hija del Gran y Valeroso guer… guer… guerro… no… guerrero. Los labios masculinos se curvaron, la única señal que dio el extraño y silencioso hombre de encontrarla divertida. —¿Y qué ha venido a buscar una pequeña princesa troyana al templo del Dios del Sol? —le preguntó, inclinándose hacia ella —. ¿Buscas el favor de Apolo?
Ella encogió sus pequeños hombros y luego sacudió la cabeza, haciendo que sus rizos volasen en todas direcciones. —Mi hermano Héleno y yo estamos jugando a las escondidas continuó con su locuaz conversación—. Me escapé por la parte de atrás del jardín de palacio. Él hace trampas, así que corrí para que no me encontrase, pero entonces escuché la música y vine a ver quién estaba tocando. Y eras tú. ‹‹¡Cassandra! ¿Cassandra, dónde estás? ¡Ya no quiero jugar más a esto! ¡Sal ahora mismo o se lo diré a padre!››. Ella hizo una mueca al escuchar la voz de su hermano en la entrada del templo, resopló y se levantó. —Tengo que irme —declaró con pesar—. Volveré mañana y tocarás una canción más alegre para mí. Sonrió mostrando los dos dientes de leche que le faltaban y giró sobre su s talones, salió del edificio gritando ya el nombre de su hermano y la poca paciencia de este para con ella. Algo que le había escuchado decir muchas veces a su madre. Ella había vuelto al templo al día siguiente, tal y como se lo había prometido, y él interpretó para ella una nueva melodía, más alegre. Cassie sabía que las citas se habían repetido una y otra vez a lo largo de los siguientes años, podía recordar c on meridiana claridad cada una de ellas, viéndolas a través de los ojos de quien fue en otra vida. Con el paso del tiempo, había entrado a formar parte del mismo templo como sacerdotisa de Apolo, si bien el dios nunca la había honrado con su presencia, Loxias permanecía a su lado, compartiendo cada importante momento de su vida, cada logro y cada pena. A su lado, empezó a despertar como mujer, la niña que fue quedó atrás para dejar paso a una adolescente cuya belleza empezaba a ser ya eco de alabanzas entre su pueblo. En su quince aniversario, su belleza ya se había hecho palpable y el interés de aquellos que visitaban al rey por asuntos de estado comenzó a devenir en ella. Su padre, el Rey Príamo consideró que ya era el momento de empezar a buscarle marido, era una princesa de Troya y su matrimonio sería una alianza política. La sola idea la había enfermado y era motivo de ardientes discusiones co n su progenitor, quien no dejaba de recordarle su puesto como mujer y sus obligaciones de obedecerle. Pero ella solo
deseaba estar al lado de su músico, deseaba huir y dar rienda suelta al tierno sentimiento que le inundaba el pecho. Fue tras una de las muchas riñas con su padre que salió de palacio para refugiarse en el templo y rezar al Dios del Sol en busca de orientación. Esperaba así mismo encontrarle a él, a Loxias, y dejar que la consolase con sus dulces y tiernas palabras, pero lo que descubrió nada más traspasar las puertas hizo que su mundo se tambalease una vez más. No había hecho más que poner un pie en el interior del templo cuando escuchó voces. No deseaba ser vista, así que se deslizó entre las sombras y se acercó de forma sigilosa hacia la sala principal. Los tres sacerdotes que realizaban los ritos diurnos permanecían postrados ante la figura de su amado. Este les daba la espalda y al contrario que otras veces, no solo no vestía el atuendo típico que le conocía, sino que además llevaba una corona dorada de laurel rodeándole la cabeza; algo que solo se permitía llevar a los reyes… y a los dioses. Cassandra se quedó sin respiración, negó con la cabeza y se mordió el labio inferior cuando las palabras de uno de los sacerdotes, puso voz a sus propios pensamientos. —Mi señor Apolo, en pocos días se celebrará la fiesta de la cosecha —dijo Laocoonte, uno de los sacerdotes al servicio del dios. Al igual que los otros dos, de los cuales desconocía su nombre, guardaban debido respeto ante el olímpico, postrados en el suelo—, y las doncellas elegidas seránconsagradas a tu servicio. El hombre que una vez creyó tan solo un músico, se tomó su tiempo en responder. —¿Cuántas? —Quince de las más hermosas doncellas vírgenes de la región, mi señor. No podía respirar, la forma en que los sacerdotes se dirigían a él, la forma en que se humillaban ante él… Las primeras lágrimas empezaron a resbalar por su rostro. —Deseo que la princesa Cassandra se una a ellas. La declaración sorprendió a tanto a los sacerdotes como a ella misma. —¿Mi señor? —se atrevió a preguntar. El sacerdote consagrado a
Apolo, parecía ser el único que encontraba la voz. —Deseo que mi sacerdotisa haga los honores en esta ocasión. El hombre empezó a balbucear. —Pero… pero… mi señor, la princesa es… El sacerdote calló en el mismo momento en que los ojos azules, que conocía tan bien, se posaron sobre él. —Laocoonte, encárgate de que se cumpla m i voluntad o Troya conocerá mi ira. No podía respirar. Era incapaz de apartar la mirada de la escena que se desarrollaba ante el altar. El pobre Laocoonte hizo una rápida reverencia y seguido de sus congéneres, abandonó el templo con rapidez sin llegar a darse cuenta de su presencia. Fue incapaz de moverse durante varios minutos, le temblaban las piernas de tal manera que llegó a pensar que no podría volver a caminar. Él, su Loxias, era en realidad… un dios… el patrono de la ciudad, Febo Apolo. Los últimos rayos del sol penetraban a través del ventanuco situado por encima del altar e incidían directamente sobre la figura inmóvil que permanecía de espaldas. Casi al mismo tiempo, la conocida melodía de la lira inundó el templo. —Sé que estás ahí, princesa — escuchó su voz, alta y clara cuando la lira dejó de sonar—, preséntate ante mí. Cassandra dio un respingo, sintió como el corazón se saltaba un latido y volvía a retomar el ritmo con mayor rapidez. Pensó en huir, llegó incluso a darle la espalda dispuesta a salir como ave que emprende el vuelo, pero no pudo hacerlo. Algo seguía reteniéndola allí, no sabía si era su presencia, su figura o el recuerdo del músico del que se creía enamorada. Recorrió el breve pasillo que la separaba del dios y se dejó caer al suelo, en posición suplicante. —Gran Febo Apolo, perdonadme —musitó, temblorosa, sintiendo el frío del suelo en la frente—. Os suplico perdón y piedad para esta ingenua mujer que ha cometido el mayor de los pecados… Ella no fue consciente de que había acortado la distancia entre ambos hasta que vio, fugazmente, la sombra de sus pies ante ella. —Levanta el rostro, Cassandra y no te postres en mi presencia. Se lamió los labios y empezó a incorporarse con lentitud hasta permanecer de rodillas, sentada sobre sus pies, dudando al elevar la
mirada hasta encontrarse con su amado rostro. Las traiciones lágrimas siguieron brotando de sus ojos y deslizándose por sus mejillas. —¿Por qué lloras? La pregunta llegó a ella con la voz de Loxias, sus ojos la miraban con la misma ternura de siempre, tan solo las hojas del dorado laurel emergiendo sobre sus orejas y el rico atuendo que lucía ahora, rompía la imagen que siempre tuvo de aquel hombre. Se lamió los labios buscando ganar algo de tiempo para dar una respuesta adecuada. ¿Pero había realmente tal respuesta? —Porque mi amor está condenado —musitó—. Amo a un hombre que no existe, cuyo nombre fue una quimera. Lo vio ladear la cabeza, como si meditara en busca de una respuesta. Loxias es otro de los muchos nombres por los que se me conoce, pequeña Cassandra —declaró él con paciencia. Sus ojos encontraron ahora los suyos—. Amas a un mortal, a un músico de la lira, ¿puedes amar también a un dios? Más lágrimas se unieron a las primeras y un ahogado sollozo abandonó sus labios mientras agachaba la cabeza y ocultaba el rostro tras las manos.
—Estoy condenada, mi señor— musitó, incapaz de mirarle y ver en su rostro la burla o el rechazo —, pues desde que era una niña y os oí tocar, sois el único depositario de mi amor. Él se inclinó entonces frente a ella, cogió sus manos en las suyas impidiéndole ocultarse. —Tu única condena es también tu único castigo, pues el dios al que amas, también te ama, Cassandra —confesó. Le secó las lágrimas con besos y volvió a mirarla—. Sé mía, Cassandra. Accede a compartir mi lecho, sé mi consorte y el mayor de los dones será tuyo. Ella parpadeó, intentando asimilar sus palabras. ¿Acababa de decirle que la amaba? ¡Dioses! ¡Él la amaba! —Entrégate a mí y podrás acceder a los Arcanos de la Adivinación —insistió él, sus ojos clavados en los de ella—. Como mi sacerdotisa, predecirás el futuro, sabrás de ante mano de cada episodio, de cada vida y te anticiparás a las visiones de los profetas. Lo juro por el río Estigia. Sé mía, Cassandra y el don te pertenecerá. Ella aceptó su trato. Lo aceptó a él en su corazón y en su cuerpo, le entregó todo lo que era y lo que sería a cambio de unas migajas de amor y el don de la adivinación.Una decisión que traería consigo su propia desgracia y destrucción. Una vez más, Cassie volvió a sentir ese tirón que anunciaba el final de la visión, quiso luchar, quería permanecer allí, pero el tiempo se había agotado. —No… ¡Apolo! —jadeó, buscando con desesperación el aire que necesitaba para vivir. Se aferró a un cuerpo sólido y duro, cálido y con aroma a bosque, de nuevo fue consciente de su desnudez y del lugar en el que se encontraba. —Respira, Cassandra, respira. —La dulce y sedante voz de Loxias se mezcló con sus recuerdos, obligándola a volver al presente—. Eso es, así… Se tensó, sacudió la cabeza y le empujó, apartándose de él. Tropezando en su intento por poner distancia entre ellos. —Tú… él… —dejó escapar un gemido—. ¿Qué fue todo eso? ¡Qué mierda fue eso! Él se movió con esa gracia felina que había admirado durante buena
parte de la visita de aquel día, recogió los pantalones y se los puso. —Un recuerdo —respondió, pero ni siquiera se molestó en mirarla a la cara mientras recogía la camiseta y se la colaba por la cabeza—, de tu vida pasada… de nosotros. Miró a su alrededor, completamente azorada y consciente de su propio estado de desnudez. Soltó un bufido y se dio prisa en vestirse. —No voy a jugar a este juego — declaró, vistiéndose a toda prisa, dándole en todo momento la espalda—. No, ni hablar. ¿Recuerdos de una vida pasada? Sí, claro… ¡La de la princesa Cassandra de Troya, nada más y nada menos! Se abotonó el vestido con un gesto furioso y se giró hacia él. —¿Haces esto muy a menudo? —le espetó—. ¿Te funciona el traerte a una incauta aquí, seducirla y decirle que en otra vida fue, nada más y nada menos que una sacerdotisa maldita? Para tu información, Lox, esa mujer fue maldecida por el pringado al que dedicaron este templo… y su regalito fue que nadie, nadie en absoluto creyese en sus profecías. Sí, ya puedo ver la ironía… ¡Eres un capullo! Él se giró hacia ella ahora, sus ojos azules se clavaron en los suyos y por un momento llegó a sentir miedo. ¿En qué había pensado al quedarse a solas con él y en medio de ningún sitio? ¡Había follado con un tío al que acababa de conocer esa misma mañana! —Cassandra… Apretó los dientes hasta oírlos reclinar. —Es Cassie —siseó—. Y no se te ocurra volver a acercarte a mí. Recogió su bolso, se calzó y le dio la espalda dispuesta a largarse de allí, así fuera andando si el maldito coche no encendía. —Si deseas saber por qué tienes esas visiones, vuelve mañana —le di j o, deteniéndola e n seco—, y comprenderás que las cosas no siempre son como nos las han contado. Lo miró por encima del hombro. —Sigue soñando, Loxias —le soltó—, si es que realmente te llamas así. Vio como curvaba los labios. —Es uno de los muchos nombres por los que se me conoce y el que actualmente figura en mi identificación —le dijo—. Te deseo una buena noche, Cassandra.
No contestó, todo lo que deseaba hacer era escapar de aquel lugar como alma que llevaba el diablo. Si bien no podía sacarse de la cabeza la sensación de que todo aquello era una completa locura, algo había despertado en su interior con aquella visión y empezaba a tener miedo de lo que podría averiguar al respecto.
CAPÍTULO 6 En Grecia todo el mundo parecía tener prisa, no veías a nadie quieto durante más de unos pocos minutos y nunca, a menos que se tratase de disfrutar de la comida, se detenían a menos que fuese algo importante. Cassie examinó su té con leche y el panecillo que apenas había tocado. Era incapaz de dejar de darle vueltas a todo lo ocurrido el día anterior. Ahora, en frío, lo veía tal y como era; ¡una locura de proporciones bíblicas! Lo peor de todo, es que no sabía que le preocupaba más, si el haber follado en medio de una de las ruinas más importantes del país o toda la locura que se desató después con aquella visión. Hasta ahora, no había tenido nunca visiones del pasado. Todo lo que veía era el futuro, y nunca algo que estuviese relacionado directamente con ella. Nunca se veía a sí misma, esta fue, de alguna extraña manera, la primera vez. —No, no vayas por ahí —se recriminó a sí misma—. Solo es un chalado que se inventó toda esa historia para seducirte… y mira por d ó n d e , el maldito idiota, lo consiguió. Un polvo y era incapaz de quitárselo de la cabeza. —Cassandra… sí, claro — resopló—. Nada más y nada menos que una antigua princesa troyana, que se enamora de un dios y este le ofrece el don de la adivinación a cambio de un polvo. La sacerdotisa maldita. Un conocido mito griego que se revelaba ante ella como parte de una vida pasada de la que, hasta entonces, no había sido consciente. Bufó, levantó la taza y bebió un sorbo, el líquido estaba dulce, como a ella le gustaba pero frío. Había perdido la noción del tiempo. —¿Quién diablos eres en realidad —murmuró para sí. No podía quitarse de encima la sensación de que lo conocía, de que había visto su rostro antes de aquella noche, pero, ¿dónde? No pensaba aceptar la loca idea de que él fuese —o hubiese sido— un dios. Sí, se le daba de puta madre el deporte de cama, pero adjudicarle poderes divinos… y a pesar de todo, seguía sin poder quitarse de encima la extraña sensación de déjà vu que sintió con él. —Me va a estallar el cerebro — resopló y se dejó caer sobre la mesa, con la cabeza entre los brazos—. Y lo peor de todo es, que la
culpa ha sido solo mía. Si no me hubiese empeñado en venir aquí. ¿Qué diablos esperabas encontrar? ¿A ver, dime? —se flajeló a si misma—. Ahí va de nuevo la chalada de Cassie, corriendo hacia ningún lado por lo que le dice un tío, al que ni siquiera le vio el rostro, en un jodido sueño. ¡Pues a la mierda los sueños! Su inesperado comentario, dicho a voz en grito, espantó las palomas que picoteaban las miguitas de pan al lado de su mesa y sobresaltó a los transeúntes que progresaban por la calle. Una niña pequeña, de pelo negro y en tirabuzones clavó sus ojos azules en ella. Los primorosos labios formaron una pequeña “o” antes de decir alguna cosa a la mujer que la llevaba de la mano. Esta se inclinó sobre ella, respondiendo en griego antes de tirar de nuevo de la pequeña y continuar camino. Siguió a la pareja con la mirada unos instantes, pero la llegada de una nueva visión nubló todo el mundo real sumiéndola en un túnel de oscuridad del que pronto emergió de nuevo a la luz. Se encontró de pie a los pies de una montaña, el sol se alzaba por encima de la cima, bañándolo todo con una ambarina luz. No se oía nada, no había nadie a su alrededor y sin embargo sabía que se ocultaba algo en su interior. Echó a caminar observando el paisaje, intentando descubrir dónde estaba. El aire se levantó a su alrededor trayendo consigo el salitre del mar y el sonido de las olas, pero no fue lo único, ya que también llegó a sus oídos una extraña melodía. Se dejó llevar, sabiendo que no podría escapar de la visión hasta haber visto lo que tenía que ver. Ese momento llegó en la forma de una mujer con espeso y largo pelo negro y un corto vestido ibicenco ondeando al viento. Sin embargo, ella no era la dueña de la melodía, ya que esta procedía del conjunto de ruinas que se encontraban a su espalda. Se tensó, allí había algo oculto, fuese lo que fuese parecía estar observando a la mujer. Ella, sin embargo, parecía totalmente ajena a aquella presencia, pues giró sobre sus talones y echó a caminar pasando a su lado sin notarla siquiera. Al verla de cerca se fijó en que llevaba una cámara de fotos al cuello, pero su semblante quedaba oculto tras una cortina de pelo que el viento trenzaba como si no desease que viese su rostro.
La oscuridad la envolvió de nuevo y c ua ndo vol vi ó a ser consciente de la realidad que la rodeaba, su mirada seguía fija en la niña y la mujer cuyo pelo negro hondeaba tras ella como lo había hecho en su visión. —Vaaaaaalep —musitó para sí, parpadeando—. Qué coño ha sido eso. Sintió un escalofrío, se frotó los brazos y sacudió la cabeza. Había tenido una visión del porvenir de la mujer que se perdía ya al doblar la esquina, pero no tenía la menor idea de su significado. Miró su té, hizo una mueca y dejó la taza a un lado. —Voy a tener que dejar de comer comida griega —masculló. Primero ese tío, luego esa visión del pasado y ahora esto. Necesito unas vacaciones de mí misma. Lo más sensato que podía hacer ahora era recoger sus cosas y adelantar su vuelo a casa. Olvidarse de todo, de su sueño, del hombre sin rostro y de su sensual voz. —Tú eres Cassie… Cassie a secas, no fuiste una princesa de Troya, no fuiste maldecida por un dios… y no amabas a ese hombre, sea la reencarnación de un dios o un chiflado… ¡Por todos los diablos, si apenas le conoces! Y era la verdad, no lo había visto en su vida hasta el día anterior, aunque él parecía conocerla a ella al dedillo, especialmente su cuerpo. Se estremeció, su sexo se contrajo en respuesta, humedeciéndose. Incluso los pezones se le pusieron duros y toda la piel empezó a hormiguearle ante el solo recuerdo. Loxias la había encendido, manipulando su cuerpo como un experto artificiero y la había conducido al límite, consiguiendo que muy pocos hombres o nadie, consiguió hasta el momento. Reconócelo. El chico sabe cómo moverse y lo hace muy, pero que muy bien. —¡Cállate! —le gritó a su propia conciencia, haciendo que una vez más los transeúntes le prestasen atención. Siseó en voz baja, cogió el panecillo, se lo metió en la boca y abandonó el asiento solo para escuchar la melodía del móvil en el bolsillo trasero de los shorts. El identificador de llamadas le confirmó que el poli tono era el correcto; su amiga Diana atacaba de nuevo.
—¿Qué tripa se te ha roto? — preguntó nada más descolgar el teléfono. —Hola, hola, holaaaaaa — saludó como siempre—. ¿Qué tal está resultando tu experiencia por tierras Griegas? —Un asco —soltó de golpe y su amiga se rió—. No, en serio. Hace un calor infernal, la gente no entiende el inglés y no dejan de repetir todo el tiempo una frase inteligible. Diana se echó a reír incluso con más fuerza. —Ya veo que lo estás pasando bien —dijo risueña—. ¿Estás ya en Delphos? ¿Has ido al templo? Dudó a la hora de responder, ¿qué podía decirle? Sí, fui y me enrollé con un guía. —Me pasé por allí ayer. —¿Y? ¿Encontraste lo que fuiste a buscar? Resopló al pensar en la respuesta a esa pregunta. —Encontré mucho más — farfulló en voz baja—. Oye, ¿qué sabes exactamente de una tal Cassandra, Princesa de Troya? Hubo un largo silencio, tan largo que pensó que se había cortado la línea. —¿Diana? ¿Sigues ahí? —Sí, sí —contestó ella atropelladamente—. Veamos… Cassandra fue una princesa troyana, hija del rey Príamo y la reina Hécuba… —Puedes saltarte esa parte, ya me la sé —farfulló—. ¿Fue una sacerdotisa? ¿De Apolo, quizá? —Sí a ambas cosas —respondió —. Se la conoce sobre todo como la sacerdotisa maldita. La muy guarra se la jugó a Apolo… —Oye, sin insultar —se ofendió de manera automática, entonces hizo una mueca. ¿Qué diablos pasaba con ella? —¿Qué pasa? ¿Era pariente tuyo? —se burló su amiga. —Como si lo fuese —rezongó —. Continúa… —Se dice que prometió acostarse con Apolo a cambio del don de la adivinación, pero cuando el dios se lo concedió y le enseñó los secretos de los arcanos, lo mandó a freír espárragos, así que él la maldijo —resumió, casi podía verla encogiéndose de hombros—. Los dioses griegos tenían muy mala baba entonces.
—La maldijo —repitió ella, lamiéndose los labios. Entonces arrugó la nariz—. Entonces yo tenía razón, ella es esa profetisa que veía el futuro, pero que nadie creía, ¿no? —¡Bingo! —aceptó su amiga—. El mito dice que cuando Cassandra se negó a cumplir con su parte del trato, Apolo le escupió en la boca de modo que aunque dijese la verdad, nadie la creyese. Ella fue la que profetizó la caída de Troya, ya sabes, la peli del buenorro de Brad Pitt. Sí, había visto la película, la única en la que realmente le gustaba ese idiota del Pitt. Por ella, podía quedárselo todo Doña Morritos Jolie. Había un rubio mucho más guapo y macizorro, en lo que a ella respetaba. Uno que ya había probado y que se creía así mismo, la maldita reencarnación de un dios. —Pero en esa película no había ninguna Cassandra —murmuró intentando hacer memoria—. ¿No? Había una sacerdotisa, sí… pero se liaba con el Brad Pitt… no había tampoco ningún dios por el medio, que yo recuerde. —Recuérdame que cuando vuelvas, volvamos a ver esa peli juntas —le dijo—. Te refrescará la memoria y yo me recrearé con ese dios dorado de Hollywood. Sacudió la cabeza y dejó que los recuerdos que todavía navegaban por su mente se filtraran de nuevo en su alma, sintió una punzada en el corazón, el dolor de la traición, una que no acababa de asimilar. —¿Cómo fue capaz de hacerme tal cosa? —¿De quién hablas? ¿Ha pasado algo que todavía no me has dicho? Negó con la cabeza, un acto reflejo pues su interlocutora no podía verla. —Me refería a Apolo, ¿cómo pudo hacerle algo así a Cassandra? —reformuló la pregunta—. Como si no hubiese infinidad de mujeres a las que asediar sin tener que ir lanzando por ahí maldiciones. Con ligarse a otra ya estaba… Una estruendosa carcajada inundó la línea. —Esa sí que es buena —se reía Diana—. Ligarse a otra. Si conocieses a un solo dios, sabrías que le dan un nuevo uso a la palabra “tozudez”. Nadie le dice que no a un dios… no a menos que quiera ser maldecido, convertido en árbol o cualquier otra cosa creativa.
Resopló. —Pues al parecer yo lo hice — musitó, entonces pateó el suelo enfurruñada. Se estaba volviendo medio bipolar con eses “yo” y “ella” que utilizaba para referirse a esa tal Cassandra—. No… es imposible que ella fuese yo en otra vida… que yo fuese ella… mierda, lo que sea. —Cass, o estás farfullando o esta conexión es una mierda — comentó su amiga—. Mira, ¿por qué no consultas en una biblioteca? Tienen que tener libros a patadas sobre la cultura, mitos y leyendas del país. Fulminó el teléfono con la mirada. —Da la casualidad de que no tengo n i zorra i de a d e griego, cariñito. Su amiga bufó. —¿Para qué crees que está el internet? —le recordó—. Y si no, también puedes mirar en alguna tienda de suvenires. No sería raro que tuviesen alguna copia en inglés —razonó. Entonces se escuchó el sonido del timbre de la puerta—. Oh, ese debe ser Enrico. Te dejo, hermosa. Llámame tan pronto tengas noticias. Cassie puso los ojos en blanco. ¿Quién diablos era Enrico? Esa mujer cambiaba más de hombre que de ropa interior. —Te llamaré tan pronto esté por subirme al avión de vuelta a casa —se despidió—. Cuídate y no hagas locuras. Ella se rió. —Tú también —pidió y tras lanzarle un sonoro beso, le colgó. Suspiró y negó con la cabeza al tiempo que se volvía a guardar el teléfono. —Así que… Enrico —chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco —. Lo que daría por tener la mitad de vida sexual que ella. Eso tiene solución, vuelve con el guía macizorro y descuenta los meses de sequía, la aguijoneó ahora su libido. —Como si fuera tan fácil — resopló al tiempo que echaba un rápido vistazo a su alrededor—. Vamos a ver dónde diablos encuentro una biblioteca, tienda de suvenires o lo que sea. Con una conexión
decente a internet, me conformo. Suspiró y echó a andar, ni siquiera estaba segura que estaba buscando, pero no podía quedarse de brazos cruzados y aceptar como si nada, que quizá, en otra vida, habría sido… una sacerdotisa maldecida por un dios.
CAPÍTULO 7 Loxias la sintió antes de verla, después de lo de anoche, estaba convencido que podría seguirla con tan solo el pensamiento. Si tan solo ella pensase lo mismo de él… pero no podía culparla. Cassandra, más que ninguna otra, tenía motivos más que suficientes para no perdonarlo jamás. Hacía algo más de una hora que había terminado su jornada, no dejaba d e resultarse irónico el haber conseguido precisamente ese trabajo, casi tanto como el que ambos se hubiesen reencontrado en este lugar. Tendría que darle las gracias a Diana por empujarle a ello; su hermana, de vez en cuando, tenía buenas ideas. El último grupo de turistas había abandonado ya la explanada y ningún mortal irrumpiría en el terreno mientras él así lo quisiera. Estaba decidido a tener una noche más con su sacerdotisa más querida. Se giró al verla subir la cuesta, estaba arrebatadora con unos pantaloncillos cortos y una blusa anudada que dejaba a la vista el ombligo. Una cazadora completaba el atuendo, junto a las botas de montañismo. —Bienvenida de nuevo. Ella frunció los labios y arrugó la frente, sus ojos claros se clavaron en él y podía hacerse a la idea de que estaba de todo, menos contenta de verle. —Tenemos que hablar —ignoró su saludo y se plantó delante de él —. Lo de anoche no pudo ser real, es una locura demasiado… flipante para ser tomada en cuenta. Ladeó ligeramente la cabeza, sabía que aquello no sería fácil. —¿Tanto como el hecho de que tengas conocimiento de lo que vendrá? —preguntó enarcando una ceja—. Todo existe por un motivo y a menudo tiene que ver con quien fuimos en otras vidas. La vio llevarse las manos a la cintura. —No quieres seguir por ese camino… —¿Por qué no? Ella entrecerró los ojos. —Me he pasado buena parte de la mañana en la biblioteca —le
informó—. Sí, lo sé… ya puedes aplaudirte por haber conseguido despertar mi curiosidad. Pero sabes qué, hay muchas cosas que no me cuadran… empezando por mi visión de anoche… Nada de eso aparece en los jodidos libros de historia. —Tienes que ser la primera persona en el universo que cree a pies juntillas lo que está escrito en los libros —bufó. No recordaba que su Cassandra fuese tan obtusa, pero entonces, esta no era la mujer que había amado… no completamente. Cassie era una mujer de pleno siglo veintiuno, la reencarnación de su sacerdotisa, la poseedora de su alma—. Muchas veces las cosas no son como las han contado… Ella alzó la barbilla e imitó su tono anodino. —Ya —rezongó. La ironía goteaba de cada una de sus palabras—. Y esperas que crea que Cassandra, una princesa troyana que mandó al dios Apolo a tomar por culo y que ganó a cambio como castigo el que nadie la creyese, era la única culpable de su propio destino, por su enorme sed de codicia, claro. Bufó ante la despectiva descripción. —Tú nunca fuiste… Ella alzó una mano, interrumpiéndolo. —No, alto ahí, rayito de sol. No sigamos por ahí, que el camino todavía no está pavimentado — sacudió la cabeza—. Nada de yo. Mi maravillosa persona pertenece a este tiempo, no a la antigua Grecia. En cuanto a este asuntito de las videncias, no tiene nada que ver… Ahora fue su turno de detenerla. —¿Cuándo fue la última vez que alguien creyó en tus predicciones, Cassie? La vio tensarse y apretar los labios, sus ojos fulguraban al mirarle. —Hay una diferencia entre que no me crean y que no hable sobre ello siseó—. No sé cómo serían las cosas entonces, pero ahora, si eres más rara que un perro verde, pueden ocurrirte dos cosas: que te tomen por loca y te pongan el último grito en moda psiquiátrica o que intenten darte el finiquito… de esos que no acabas cobrando. La miró con intensidad, ¿habría ella sufrido una vez más por su culpa? ¿También en esta vida? La sola idea lo enfermaba. ¿Cuánto daño le había hecho a la mujer que amaba? —Mi mantra es “cierra el pico y vive tu vida”, después de todo, es
imposible intentar cambiar el futuro —se encogió de hombros—. Créeme, lo sé, lo he intentado. Deslizó la mirada sobre los restos del templo y se detuvo en el lugar en el que se habían encontrado la tarde anterior. —Yo no lo afirmaría con tanta rotundidad, menos aún después de tu intervención de ayer. Ella hizo un aspaviento. —Pura casualidad —desechó la idea—. Estaba en el lugar y momento adecuado, quizá eso es lo que tenía que ocurrir en realidad. Lo dejó pasar. Ella seguiría peleando y resistiéndose hasta que cada uno de los recuerdos de su tiempo juntos regresaran y la enfrentaran con la vida que una vez inundó sus venas. Esa era también parte de su maldición y tortura. La eternidad había sido demasiado larga sin ella, ninguna mujer había podido comparársele y él debió padecer lo mismo que padecería ella, sabiendo que vida tras vida, su alma sufriría por su causa y la maldición que una vez desató. —¿Por qué has decido regresar, Cassandra? Ella hizo una mueca al escucharle llamarla por su nombre completo. Lo odiaba. El sonido traía consigo ecos de unos recuerdos que no deseaba, que no quería aceptar como reales. —Es Cassie —lo corrigió—. Y si estoy aquí ahora, es porque necesito respuestas. Ese es el principal motivo que me trajo a Grecia… buscar respuestas. Se cruzó de brazos y esperó a que ella continuase. Aunque era un poco difícil concentrarse en otra cosa que no fuese la voluptuosa mujer que permanecía de pie ante él. —Supongamos por un brevísimo instante que… considero… todo ese asunto de vidas pasadas le dijo, eligiendo cuidadosamente cada una de sus palabras—, o con mayor exactitud, la visión de anoche. Puedo no ser una experta en cultura y mitología Griega, pero después de pasarme media mañana en la biblioteca, enchufada a una deprimente conexión a internet, la idea que tenía sobre el mito de la Profetisa Maldita no es que haya cambiado gran cosa, a lo sumo, se han ampliado mis conocimientos. Da igual que versión elijas, el final de Cassandra y el único culpable de su desdicha fue el dios Apolo, a quién le entró el síndrome premenstrual cuando ella lo rechazó. Y una pequeña anotación. Escupirle en la boca a alguien es… asqueroso.
Negó con la cabeza y suspiró. —De nuevo haces caso a lo escrito en un libro y lo tomas al pie de la letra. Ella se cruzó de brazos, imitando su postura. —¿Qué? ¿Ahora vas a decirme que él no fue quien la maldijo y que los historiadores se lo inventaron todo? Sus ojos se encontraron y vio en ellos la poca seriedad que le confería a todo aquel asunto. Para ella no era más que un juego. —Él la maldijo, sí… porque ella lo traicionó —murmuró, manteniendo la voz baja y estable —. Le pidió que no lo hiciera… le dijo, que ella era su luz, su vida y la previno sobre su traición… ella… tú me traicionaste… o eso fue lo que creí entonces… y lo que tus adorados historiadores recogieron a su modo. Ella descruzó los brazos y alzó una mano a modo de alto. —Ah, no, no empecemos por ahí, rayito de sol —chasqueó la lengua—. Sigamos con los casos hipotéticos y no nos colguemos todavía la medallita de “En una de mis vidas pasadas fui…”. Abandonó su postura y se acercó a ella, rondándola, disfrutando de su aroma y deleitándose en el recuerdo del cuerpo femenino entre sus brazos. El deseo le estaba ganando la partida a todo lo demás. —¿Y si lo fuiste, Cassie? ¿Y si en otra vida fuiste la mujer que amó un dios? ¿La mujer que… amé? — le susurró al oído desde atrás. Ella se estremeció, pudo notar el cambio en su cuerpo y sonrió para sí. Después de todo, había cosas que no cambiaban y el deseo que ambos sentían era una de esas cosas. —Te diría que te precipitas en tus conclusiones y que no es una buena idea declararte a una chica a la que has conocido… er… anoche —le dijo y se apartó de él, girándose para poder enfrentarlo de nuevo. —Nos conocimos hace varias vidas —contestó él, mirándola a los ojos—. Pero el destino nos traicionó a ambos. Volvió a hacer ese gesto tan propio de ella, de esta nueva Cassandra. Ladeó la cabeza suavemente y lo miró intrigada. —¿Eso es lo que crees que ocurrió? ¿Una traición a dos manos? La miró pero se vio incapaz de responder. ¿Quién había traicionado a quién? La realidad estaba muy lejos de ser lo que contaban los historiadores a los que ella hacía referencia.
—¿Qué pudo haber conducido a un dios a ser tan cruel? —insistió, dispuesta a seguir metiendo el dedo en la llaga—. Ya sabemos que los dioses del Olimpo no eran precisamente un dechado de virtudes, pero de ahí a montar en cólera porque le diesen calabazas… me parece un pelín exagerado. —El amor es, en ocasiones, la más cruel de las razones — respondió—, como lo es el estar ciego a él. —¿Hablas por propia experiencia? Acortó la distancia que los separaba hasta detenerse a escasos centímetros de ella. —Ya que no crees en mis palabras, cree en lo que habita en tu a l ma —declaró al tiempo que le sujetaba el rostro y la atraía hacia él—. Mira en tu interior, busca una vez más entre los recuerdos y ve quien fuiste en otra vida… aquella que ambos compartimos. Cassie sintió el calor de su aliento cuando bajó los labios sobre los suyos en un delicado beso. Quiso protestar, empujarle, pero su cercanía, una vez más, le nublaba el juicio y solo pudo corresponder a su beso, sintiendo al mismo tiempo como su cuerpo se derretía, desvaneciéndose y sumergiéndose en el conocido sopor que traían consigo las visiones. El oscuro túnel se abrió tragándola, arrancando su conciencia del mundo terrenal y arrastrándola a un lugar que ya no estaba segura de querer visitar. La sensación de familiaridad era tan intensa, tan apabullante como las emociones que ahora la consumían, emociones que no debían ser suyas y que sentía en lo más profundo de su alma. Al igual que la vez anterior, se encontró como protagonista y no solo como espectadora, su conciencia tomó el mando y el cuerpo de una mujer que se parecía demasiado a ella físicamente y cuyas emociones, reconocía como si siempre hubiesen sido suyas. Recordó el tiempo pasado con el dios, su paciencia a la hora de enseñarla a controlar los Arcanos de la Adivinación, los furtivos encuentros en los que se entregaba en cuerpo y alma a él. A su lado, fue despertando a un mundo destinado a los dioses y aquellos favorecidos por ellos, de su mano aprendió los secretos ocultos para los mortales y creció en poder, como también creció en amor. Una tarde, como muchas otras, recostada entre sus brazos,
sopesaba los últimos acontecimientos que habían llamado a su puerta. —¿Qué nubla tu mente, Cassandra? Se revolvió y alzó la mirada con una suave sonrisa. No quería poner sobre sus hombros cosas tan banales como las intrigas de palacio o la insistencia de su padre por que su hermano encontrase esposa. El Rey Príamo estaba decidido a que su heredero contrajese matrimonio de la manera más ventajosa posible, pues a ella ya la daba como perdida al convertirse en sacerdotisa de Apolo. —Nada, mi señor —negó y le acarició la tersa mejilla—. Es solo, que no puedo dejar de pensar en lo breve que se hace el tiempo cuando estoy a tu lado. Él la besó, acariciándole los labios, saboreando el néctar que encontraba en su boca para hacerlo luego suyo. —Dime que es lo que ves, Cassandra. En el momento de su mandato, el mundo dejó de existir para ella y ante sus ojos se descorrió el velo que protegía el futuro. —Él regresará —murmuró sumida en su misión—. Vendrá para reclamar el lugar que le pertenece y su llegada traerá consigo sufrimiento… —¿Quién es él? Se lamió los labios y sacudió la cabeza.
—Un príncipe de Troya — respondió. El miedo inundó sus venas como lo hacía la incertidumbre. Las visiones la prevenían, pero no acababan de ser todo lo claras que deberían—. Tengo miedo — confesó—. Temo que su llegada traiga el fin para todos nosotros, que suponga el fin de la ciudad. Él la abrazó, deslizó las manos por su cuerpo haciéndola estremecer y dejándola una vez más d e espaldas contra el suelo mientras la cubría con su figura. —No tienes nada que temer mientras sigas a mi lado, Cassandra — declaró él con total seguridad—. Eres la pureza y la gentileza que necesito para mantenerme cuerdo, es tu amor el que hace que palpite mi corazón, por ti soy capaz de dejar atrás este mundo de guerras y codicia, terrenal y divino. Ámame, Cassandra y mi vida será eternamente tuya, traicióname y tuyo será mi odio. Se abrazó a él, entregándose de nuevo a la pasión, yaciendo para su placer y el propio. —Nunca te traicionaría, Apolo, nunca podría traicionar a mi propio corazón, el cual yace en tus manos. Y sus palabras eran ciertas. Nunca lo traicionó, ni siquiera con la mente, él era todo lo que amaba y siguió siéndolo, incluso cuando el dios enterró el cuchillo en su pecho, haciéndole pedazos el corazón. Llegó el tiempo de los Juegos de la ciudad organizados por el rey y que reunía a numerosos extranjeros. Los días fueron tan ajetreados que apenas tenía tiempo de abandonar sus deberes reales y escabullirse de palacio para encontrarse furtivamente con su amante. Aquella misma tarde había visto con sus propios ojos como una de sus predicciones se hacía realidad. Paris, el hijo perdido del Rey Príamo y la reina Hécuba, su propio hermano, había regresado de entre los muertos, derrotando a sus oponentes en uno de los juegos y atrayendo la mirada de los gobernantes. Su madre lo reconoció al instante, reclamando al hijo que el rey había hecho desaparecer debido al sueño que había tenido la propia madre, estando todavía en cinta, en la que se le anunció que el vástago sería el culpable de la destrucción de su patria cuando fuese adulto. Una visión que había tenido ella misma y que, si nadie lo evitaba, terminaría haciéndose realidad. Cassandra necesitaba del consuelo y la paz que le transmitía
Apolo, deseaba que la sabiduría del dios la guiase, que sus brazos la envolviesen y la mantuviesen alejada de toda aquella muerte que llamaba a sus puertas. Solo él podía aleja r el miedo y la incertidumbre, así como proveerla de la lucidez necesaria para tomar la decisión acertada. Pero las Moiras estaban conspirando para que jamás llegase a recibir tales cosas, en vez de encontra r el consuelo en los brazos de Apolo, recibió una dolorosa traición. Recogiéndose el peplo salió de palacio y atravesó el patio. No podía compartir la alegría de sus padres al dar la bienvenida a su desaparecido hermano y príncipe de Troya. Subió los peldaños del templo, recorrió la antesala que estaba a oscuras y se detuvo a escasos pasos de la sala principal, cuando escuchó una risa femenina en su interior acompañada por una tintineante voz. —Dime que me amas más que a ella, que soy y siempre seré la primera para ti, Apolo. La extrañeza de esa desconocida voz unida a la curiosidad, la llevó a adentrarse en la sala y ocultarse en la oscuridad desde dónde podía ver a la pareja abrazada. La mujer, de una hermosura apabullante, vestida con las más ricas telas, abrazada a su amante y le cogía el rostro entre las manos. —Dímelo, Apolo. Dime que soy más hermosa que esa mortal que proteges. Él le cogió las manos y se las besó, una a una. —Nunca se me ocurriría comparar la belleza de una simple mortal con la perfección de una diosa. Ella rió y le echó los brazos al cuello, para luego bajar la boca sobre su clavícula y besarle allí. —Tú nunca me traicionarás — suspiró ella con alegría, y volvió a alzar la cabeza, enfocándose en él —. ¿No es así? Dime que me amas más a mí, que siempre me escogerás a mí antes que a ninguna otra mujer. Él le acunó el rostro entre las manos, sus miradas encontrándose con familiaridad. —Eres parte de mi espíritu, carne de mi carne y te amo por ello, así como mi lealtad será siempre tuya antes que de ninguna otra. La mujer apoyó la cabeza sobre su pecho, en el mismo lugar que Cassandra lo había hecho tantas veces.
—¿Y tu corazón? Dime que me pertenece, Apolo, que me pertenecerá siempre solo a mí — insistió y lo miró desesperada—. Prométeme que no me traicionarás. Tú no, tú jamás. —Mi corazón es tuyo desde el comienzo, desde el momento en que me diste la vida. Lo sabes, nunca te he demostrado lo contrario. —Te quiero, Apolo, eres el único que realmente me comprende. Él la abrazó y le acarició la cabeza, susurró algo, pero Cassandra ya no escuchaba. El dolor era demasiado grande… por primera vez en su corta vida, sintió dolor, odio y una traición tan intensa que a duras penas podía respirar. El coraz ón se le resquebrajó poco a poco y con cada paso que dio para alejarse del templo y de los dos amantes, fue dejando pedazos del moribundo órgano tras de sí. La niña ingenua que fue una vez murió en aquellos momentos, dejó atrás de sí su inocencia, su calidez y se llenó de amargura. Durante días evitó acercarse al templo, desoyó todo intento del dios por convocarla y se plegó así misma a los deseos de sus padres, olvidándose del amor. Pero Apolo no aceptaba el silencio como respuesta y no tardó en presentarse ante ella en uno de sus paseos por el jardín, sabiendo que la encontraría sola. —Cassandra, ¿por qué no has respondido a mi convocatoria? — preguntó, como si él fuese el único ofendido—. Te he esperado durante varias noches y no has acudido a mí. Ella alzó la mirada, sus ojos vacíos de toda emoción. —Y jamás volveré a acudir, ya no —declaró y escupió a sus pies —. En este mismo momento rechazo cualquier reclamo de tu parte sobre mí, renuncio a tu servicio. Ahora que tengo acceso al futuro ya no te necesito, no hay nada que puedas entregarme y que yo desee. Quiso gritarle, llamarle mentiroso, decirle que le había arrancado el corazón y pisoteado con su traición, pero no podía, no cuando en sus ojos no había ni una pizca de emoción hacia ella. Lo vio alzar ligeramente el rostro, sus ojos azules caer sobre ella con la misma anodina expresión que utilizaba con los anodinos mortales. —Y así revelas tu verdadero rostro y pones de manifiesto tus ardides de mujer —murmuró él entonces, su mirada clavada en todo momento en ella—. Me arrancas una parte del alma, Cassandra y ahora te la arrancaré yo a ti. Ella jadeó y dio un paso atrás inconscientemente. Por primera vez,
contemplaba toda la magnificencia del poderoso Dios de las Profecías, del gran Febo Apolo y comprendió así mismo que nunca había sido más que una piedra en su zapato. ¿Amarla? No, un dios jamás amaría a un mortal, no sin recordarle su mortalidad y castigarle por ella. —Mi palabra te di y se mantendrá, tendrás el don de predecir el futuro, saber de ante mano cada episodio, cada muerte, cada victoria e incluso te anticiparás a las visiones de los profetas… pero nadie te creerá. Su voz retumbó en el solitario jardín, filtrándose en su piel como un viento helado y aterrador. Él avanzó hacia ella, quien helada, fue incapaz de escapar. —Te retiro el don de la persuasión, un don que nunca te prometí y te entregué por amor — concluyó, aferrándola de los brazos y atrayéndola a él—. Podrás y dirás la verdad, pero nadie creerá en tus predicciones. Bajó su boca sobre la de ella y la besó, su lengua incursionó en su boca y la quemó, abrasándola. Enferma por su contacto y el odio que notó en ese gesto, lo empujó. —¡Cómo te atreves! ¿Cómo te atreves a acusarme a mí de traición cuando fuiste tú quien me traicionó? —clamó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, pero él ya no la escuchaba. Le dio la espalda y empezó a alejarse—. Maldito seas, Apolo. Maldito seas por toda la eternidad, malditos seáis todos los dioses. Vuestro reinado será finito, llegará el día en que no seréis más que simples recuerdos y vuestro poder se desvanecerá. Y así sería, los arcanos así se lo estaban mostrando, pero fiel a las palabras que él había vertido sobre ella, nadie la creyó, ni siquiera el dios al que amaba. A partir de ese momento, cada predicción que brotó de sus labios, fue ignorada. Ella misma terminó siendo ignorada o insultada, su propia familia la dio de lado, creyéndola loca en un momento para darse cuenta, demasiado tarde, que siempre había dicho la verdad. La visión comenzó a desvanecerse, el mundo antiguo desapareció de su mirada y se encontró ante los ojos azules de alguien que resurgía de su pasado.
—Me destruiste… —murmuró, mientras un par de solitarias lágrimas empezaban a deslizarse por su mejilla—, me condenaste a la locura y al ostracismo por un crimen que nunca cometí contra ti. El eco de las visiones, las emociones y el dolor y odio que la acunó en otra vida seguían presentes en esta, su alma, despierta ahora por completo, sabía con absoluta certeza que lo que brotaba de sus labios era la realidad. Ella, Cassie Lander, había sido en otra vida Cassandra, princesa de Troya y amante del dios Apolo, ensalzada con el don de la adivinación y condenada a que nadie creyese en sus palabras; la sacerdotisa maldita. La certeza era al mismo tiempo desconcertante, tanto o más que el hecho de encontrarse de nuevo ante el hombre culpable de sus desgracias. —Cassandra… Se tensó y empujó contra su pecho para liberarse de sus manos. La intensidad de los recuerdos la apabullaba y hacía que le fuese difícil distinguir entre quien había sido y quien era. El dolor seguía tan vivo como si acabase de clavarle un cuchillo. La desesperación que la había perseguido, la locura que acarició en muchos momentos, todo ello le acariciaba ahora la piel y se filtraba en su corazón. —Les advertí que Paris traería consigo la destrucción sobre la ciudad. —Las palabras parecían brotar solas, acompañadas de los lejanos recuerdos de cada uno de aquellos actos—. Les advertí sobre Helena… sobre lo que su presencia y la estupidez de Paris nos reportaría, pero ellos no me escucharon… ni uno solo se detuvo a escucharme… ni uno solo creyó en mis palabras. Jadeó, sintiendo como los recuerdos se vertían en ella como un torrente sin medidas de contención, inundándolo todo a su paso. Miró a su alrededor buscando algo a lo que aferrarse, algo que la anclase a esta vida, a su presente, pero sus ojos no veían más que el pasado. —Les grité, supliqué y me humillé para que no introdujesen ese maldito regalo de los griegos dentro de las puertas de la ciudad su voz era a estas alturas un hilo sin fuerza—. Me escupieron en la cara, me empujaron a un lado y se negaron una vez más a escuchar mis palabras. Ni siquiera escucharon a Laocoonte y los mataron. Los mataron a todos, no respetaron a nadie ni nada, la ciudad ardió, fue saqueada… Los templos no sobrevivieron, profanaron las estatuas…
no respetaron ni siquiera a la loca sacerdotisa de Troya… pues una princesa, incluso loca, prometía ser un buen botín. Los ojos arrasados en lágrimas seguían viendo el pasado, la vida a la que se vio arrastrada entonces y las cosas que se vio obligada a hacer para sobrevivir. —Me entregaron al rey griego como esclava, un demente capaz de acabar con su propia hija… — musitó, sintiendo las lágrimas resbalarle por el rostro—, y cuya esposa no era mucho mejor que él… Él no respondió, sabía que seguía frente a ella, sus claros ojos clavados en los suyos, pero no articulaba palabra. Lo miró con atención, comparando sus rasgos actuales con los que recordaba su alma. El único cambio notable era la presencia de la recortada perilla y el pelo rubio largo, así como la ropa moderna. Pero seguía siendo él, Apolo en toda su gloria. —Cuando ya no me quedaba nada… incluso cuando mi locura era lo único que me mantenía cuerda… hui y te busqué en Delfos. El gran templo dedicado al Dios de las Profecías —continuó sin despegar su mirada de la de él—. Vagué por la tierra como un fantasma hasta que conseguí acariciar la entrada del templo, y lo hice porque a pesar de tu traición… te amaba. ¡Te amaba, maldito seas! ¡Te amaba y tú me traicionaste! La desesperación la llevó a estirar los brazos hacia él, no sabía si deseaba arañarlo o aferrarse a él. —Grité tu nombre, supliqué y rogué ante las puertas de este mismo lugar —gritó, mostrando con un gesto de la mano las ruinas que les rodeaban—, pero tú jamás respondiste a mis ruegos… nunca te importó lo que le pasara a la estúpida y sucia mortal con la que jugaste. Por primera vez en mucho tiempo lo vio reaccionar, vio como tensaba la mandíbula y sus ojos se entrecerraban. Había algo en ellos, emociones que no acababa de descifrar. Él siempre había sido un misterio para ella. —No te permito que hables de ti de esa forma. Se echó a reír, no pudo evitarlo, sus palabras le causaron gracia. —¿Qué no me lo permites? — jadeó entre risas, y se agachó en un acto reflejo y recogió una piedra del suelo que luego le lanzó—. ¡Me traicionaste, Apolo!
Él esquivó el proyectil. —Cassandra… —¡Te entregué todo lo que era y me hiciste a un lado como a un perro! volvió a repetir la jugada, pero él esquivó también el segundo proyectil. Me rogaste que no te traicionara… ¡Y jamás te traicioné!¡Maldito, cabrón, jamás te traicioné! Dejó los proyectiles y se lanzó sobre él como una gata encolerizada, a estas alturas ya no era capaz de razonar, las emociones y los recuerdos la habían sumido en una especie de locura de la que era incapaz de escapar. Descargó los puños contra su pecho, amenazó con arrancarle los ojos, vertiendo en sus esfuerzos toda la furia, el odio, el dolor, la soledad e incapacidad que había guardado su alma. —Yo te amaba, jamás dejé de amarte a pesar de tu traición gimió, acompañando sus palabras con cada golpe—. ¡Ni un solo instante, en el transcurso de mi vida, dejé de amarte! ¡Tú fuiste el que me traicionó! ¡Tú y esa perra! Él le aprisionó entonces los brazos y la empujó de espaldas contra una dura superficie, manteniéndola inmóvil a pesar de sus intentos por seguir golpeándole, incluso darle alguna patada. La sometió con su cuerpo y su envergadura. —¡Te odio! ¡Maldito, seas! ¡Maldito seas! chilló con todas sus fuerzas. ¡Te amaba y me traicionaste! ¿Por qué, maldito seas? ¿Por qué lo hiciste? Él consiguió subirle los brazos por encima de la cabeza y evitar así que siguiese golpeándole, su tacto la obligó a dejar atrás la neblina de rabia y empezar a centrarse. —¡Nunca te traicioné, Cassandra! —Ahora fue él quien alzó la voz, clavándola contra la columna de piedra, gritando con la misma desesperación que ella—. Como tampoco dejé de amarte. He soportado una eternidad de desgracia y sufrimiento solo para volver a encontrarte en otra vida y rogarte que me perdones. Ella sacudió l a cabeza, luchó por soltarse, pero solo consiguió que él le aferrase el rostro con una mano mientras le sujetaba los brazos con la otra. —¡Mientes! ¡Té vi! ¡Te vi en el templo con ella! —escupió—. ¡Te vi, maldito seas! ¡Te vi! Clavó sus ojos en los de ella y la obligó a permanecer quieta.
—Sí, me viste —aceptó y la apretó una vez más con su cuerpo, cuando ella siseó para volver a pegarle—, viste una escena y no supiste interpretarla. Abrió la boca para decirle un par de cosas pero él no se lo permitió. —Te he esperado todo este tiempo con la esperanza de poder corregir mis errores —declaró—, con la esperanza de que quizá, en otra vida, me amarías. Las lágrimas siguieron vertiéndose de sus ojos, pero ahora lo veía a él, no el fantasma de un recuerdo, no una visión, sino al hombre que estaba ante ella, humillado y desesperado. —Una vez te dije que, si me amabas, tendrías a un dios a tus pies —insistió él sin dejar sus ojos —. Y ya es hora de que comprendas lo que eso significa. Su boca se cernió sobre la de ella con la misma fiereza que habitaba todavía en su interior. No era suave, no era dulce, pero Cassie tampoco deseaba que lo fuese. Le mordió y saboreó la sangre en su propia lengua, uniéndola a la de él al tiempo que daba rienda suelta a toda la desesperación y a las emociones que su alma había mantenido cautivas vida tras vida esperando su regreso.
CAPÍTULO 8 Cassie quería marcarle, dejarle grabadas las uñas en la piel y los dientes. No deseaba suavidad, todo lo que quería hacer ahora era desahogarse, erradicar el tumulto que corría por sus venas, eliminar los recuerdos y sobre todo sacárselo de su sistema. Quería odiarle, castigarle por haberla dejado sola cuando más la necesitaba, por negar su traición y al mismo tiempo deseaba acercarle más, fundirse con él y obligarle a amarla una vez más. —Cassandra… Lo cayó uniendo de nuevo su boca a la suya, acariciando con la lengua la pequeña punzada que le propinó en el labio inferior. —No digas una sola palabra — fue una súplica. Una que no deseaba emitir y que había surgido sola—. No quiero escuchar… no quiero… Ahora fue él quien la besó, con dureza, la apretó contra la columna haciendo que notase la piedra a su espalda y su cuerpo al frente. Mantuvo sus manos por encima de la cabeza obligándola a arquearse para acercarse a él, aplastándole los senos contra el duro torso mientras restregaba una palpable y dura erección contra su estómago. El deseo bullía en sus venas aumentando la necesidad que le despertaba la proximidad de su cuerpo, su aroma, sus besos y quería más de él, quería su piel al desnudo, su pene enterrado profundamente entre sus muslos. Quería que la arrancase del remolino de emociones que los recuerdos habían iniciado en su interior y lo quería ahora. Como si le leyese el pensamiento, una de sus manos bajó a la ceñida blusa y le apretó el pecho por encima de la tela. Los pezones se le endurecieron al instante, reaccionando al contacto de sus manos. Gimió, era imposible no hacerlo cuando todo su cuerpo estaba en llamas y se retorció contra él. —¿Cómo puedo odiarte y al mismo tiempo desear arrancarte la ropa? —rumió, desesperada por hacer eso mismo—. Suéltame… quiero… necesito tocarte… Él no solo desoyó su orden, sino que trasladó la boca a la sensible zona inferior del cuello, en el punto en que se unía con su hombro y la mordió. Un bajo y agónico gemido se le escapó de entre los labios, mientras las piernas se le convertían en gelatina.
—¿Cómo…? Él le lamió la zona que había mordido y sopló suavemente. —Te conozco, de la misma forma que tú me conoces a mí — murmuró lamiéndole ahora el lóbulo de la oreja—. Nuestros destinos se entrelazaron hace mucho tiempo, agapi, esta no es más que la reunión que siempre hemos esperado. El corazón le dio un vuelco al escucharle llamarla “amor” en griego. No era la palabra en sí, ni el tono de su voz, era lo que esta significaba para ella, los recuerdos que traía consigo y despertaba en su alma. —Dime, Cassie —pronunció su nombre al tiempo que la soltaba, solo para atraerla contra su pecho y clavar esa rabiosa mirada azul sobre ella—. ¿Será en esta vida? Cerró los ojos para no mirarle y se cerró a todo pensamiento. Sus manos se perdieron en su pelo, enganchó la goma que le sujetaba la coleta con los dedos y tiró de ella hasta soltárselo mientras le comía la boca. —No hables —insistió una vez más, volviéndose agresiva, necesitando que él reaccionara en consonancia—, solo… fóllame. Hazlo duro y fuerte… aleja toda esta irrealidad de mí. La mano masculina se cerró alrededor de su propio pelo y tiró hacia atrás, arrancándola de su beso y obligándole a mirarla. —No podrás huir de quien eres por mucho que lo intentes — aseguró—, créeme, llevo milenios intentándolo. Gimió, dispuesta a decirle que si no hacía algo y pronto, l o mejor sería que la soltara y cada uno se fuese por su propio camino. No fue necesario. Se sintió vapuleada, impulsada hacia atrás una vez más, su espalda impactando contra la dura columna. Al instante sus manos deshacían el lazo que le ataba la blusa y tiró con fuerza haciendo saltar todos y cada uno de los botones. —No me dejes recordar — musitó, deshaciéndose ella misma de la estropeada blusa—. Hagas lo que hagas, no dejes que siga pensando en nada que no seas tú y este maldito momento. La empujó una vez más, su mano apoyada firmemente sobre su estómago mientras la dominaba con su altura. —No puedes dejarlo atrás, no sirve de nada fingir ser alguien
más… —insistió él, aferrándole con fuerza la cabeza, enterrando los dedos en su pelo—. No podrás recuperar lo perdido… Sacudió la cabeza. —No quiero recuperarlo, solo quiero huir de este sufrimiento — insistió buscando la respuesta en sus ojos—. Durante un breve instante, puedes hacer que mi alma deje de llorar, ¿no es así? Él cerró los ojos, lo vio suspirar y al abrirlos de nuevo, la resolución estaba de nuevo en ellos. —Sí, puedo —confirmó y volvió a bajar sobre sus labios, magullándolos pero no le importó. Quería aquello, por encima de todo, quería que la marcase y huir del sufrimiento que él le había provocado. Enlazaron sus lenguas, dejó que le arrasara la boca al tiempo que le magreaba los pechos por encima del sujetador. La tenía inmovilizada con una mano hundida en el pelo, reteniendo su cabeza en un ángulo pr opi ci o p a r a é l . S e contoneó, frotándose contra su cuerpo, deseando arrancarle la ropa como él le había arrancado la blusa, deshacerse de cada una de las prendas hasta que no hubiese más que piel entre ellos. —Quítate la ropa —demandó, deslizando ya sus manos a la camisa y tirando de ella con fuerza. Estaba decidida a arrancársela con los dientes si hacía falta, pero la maldita tela no cedió como esperaba, ya que se quedó atascada al segundo botón—. Demonios, ¿por qué solo los tíos os divertís rompiendo la ropa? Él le dedicó esa misteriosa sonrisa que recordaba a la perfección y con un leve tirón hizo volar cada uno de los botones para luego desprenderse de la prenda. Cualquier pensamiento coherente voló en el mismo momento en que posó la mirada sobre el dorado torso, un fino vello le espolvoreaba el pecho así como bajaba desde su ombligo para perderse más allá de la cinturilla de los pantalones. Se lamió los labios, sus manos se movieron por propia decisión al botón y cremallera que mantenían encerrada la dura erección. Él pareció tener la misma idea, pues ya se había deshecho del botón que cerraba su short y tiraba de él hacia abajo en su necesidad de tenerla desnuda. Se lamió los labios, casi podía sentirse como una gatita
relamiéndose ante un delicioso plato con el que saciar su hambre. Los pantalones cedieron al paso de sus manos, él ya se había deshecho de las botas y no hubo nada que le impidiese quitárselos. Tragó, el hombre poseía una musculatura envidiable, no había ni un solo gramo de grasa en ese cuerpo y sus piernas largas y fuertes estaban salpicadas por un fino vello rubio que lo convertía en lo que era realmente, un dios dorado. Un breve slip negro, a duras penas podía contener el pene totalmente erecto y perfilado por la tela. Se le hizo la boca agua, le hormigueaban los dedos por tocarle y comprobar si era tan magnífico como parecía. Sin embargo, sus dedos no llegaron a alcanzar la meta, pues él la giró sobre sí misma y la empujó de nuevo contra la antigua columna. Sus pezones se erizaron al contacto con la fría piedra, pero en vez de apagar el fuego que le corría por las venas, se sintió todavía más encendida. El sujetador se aflojó casi al instante, los dedos masculinos deslizaron las tiras por sus hombros y se lo arrancó de golpe, dejando que sus senos al aire. El tanga no tardó en seguir su mismo destino. En un abrir y cerrar de ojos estaba totalmente desnuda, con las manos apoyadas en la columna y la boca masculina mordisqueándole el cuello. Las manos de su amante encontraron el camino a través de su cuerpo y se cerraron sobre sus pezones. —¿Estás segura de que esto es lo que quieres, Cassandra? Sintió la piedra bajo sus dedos cuando los curvó alrededor de la piedra desigual. —Si tienes que preguntarlo, es que has perdido facul… —se atragantó—. Oh, joder… Una de sus manos había abandonado sus pechos y se deslizó sin preliminares entre sus piernas, apretándole el sexo en un gesto totalmente posesivo, y no fue la única advertencia a sus palabras, pues su boca se había movido ya sobre su oreja mordiéndosela al punto de sentir un pequeño aguijonazo. —La respuesta es sí —gimió, dándole lo que había pedido. Apolo nunca había sido precisamente paciente en aquellas lides, no cuando se trataba de saciar el cuerpo y obnubilar la mente. Él no dijo nada, se limitó a torturarla con mordiscos, besos y caricias, se introdujo entre sus piernas y la empaló de una sola acometida, obligándola a ponerse de puntillas para ganar algo de
espacio. Al igual que el día anterior, su cuerpo lo reconocía y su sexo le daba la bienvenida humedeciéndose aún más, pero ahora también su alma era capaz de comprender las conexiones que anoche se le habían escapado. No pienses. No pienses. No pienses. Se repitió el mantra una y otra vez, pero su alma no deseaba guardar silencio, no ahora que se había reunido con aquel al que había añorado durante toda una eternidad. Se obligó a apretar los labios y cerrar los ojos con fuerza mientras la tomaba, despertando su cuerpo de una manera que nadie había hecho hasta el momento, recordándole silenciosamente a quien pertenecía y pertenecería eternamente. Rogó porque las lágrimas que amenazaban con abandonar sus ojos permaneciesen detrás de estos, que se replegaran hasta abandonarla por completo pero la traicionaron. —Más fuerte —siseó entre dientes. Deseaba que la castigara, que la marcara, que hiciese con ella lo que fuese menos amarla. Porque si la amaba todavía, ella se rendiría a él y no quería hacerlo. No podía. No quería volver a ser de nuevo aquella mujer. Ella era Cassie, solo Cassie—. Sigue… más fuerte. Sintió sus dedos clavándose en sus caderas mientras la follaba desde atrás, podía sentirle abriéndose paso en su interior, empalándola con fuerza solo para retirarse y repetir el movimiento. Y le gustaba, por dios que le gustaba la manera en que la montaba, el jugo que resbalaba por sus muslos era prueba más que suficiente de ello. Él la ponía caliente, la enardecía como ningún otro y la doblegaba su cuerpo a su voluntad, sometiéndola a su propio placer. Una de las manos se hundió entre sus cuerpos y creyó quedarse sin respiración cuando los dedos masculinos jugaron con su clítoris. —Oh, dios. Echó la cabeza atrás con un gritito, afirmó las manos contra la columna y se mordió el labio inferior hasta sentir dolor. —¿No has sufrido ya bastante? —murmuró él en su oído, sin dejar de poseerla—. ¿Es necesario que nos castigues a ambos de esta manera? Gimoteó, el deseo crecía con fuerza en su interior, anudándose como una serpiente en su bajo vientre.
—No vas a ahuyentarme, Cassandra —insistió, lamiéndole ahora el arco de la oreja—, y no puedes castigarme más de lo que ya lo has hecho con tu ausencia. Apretó los dientes. —Cállate, no me llames así. Él le mordió la oreja y le apretó suavemente el clítoris creando un ramalazo de placer que la recorrió entera, pero no fue suficiente para que alcanzara el orgasmo. —¿Cómo deseas si no que te llame? No pienses. No pienses. No pienses. No quería volver allí, ahora no, no quería recordar, no quería nada más que terminar con aquello y marcharse. Olvidar que aquel encuentro se había realizado alguna vez. Pero ahora, con él profundamente en su interior, la sola i d e a d e separarse era… cuando menos dolorosa. —¡No me tortures más! —clamó en voz alta. Él la dejó entonces, salió de su interior y con la misma fuerza y decisión de antes, volvió a tomarla, obligándola a enlazar las piernas alrededor de su cintura de modo que ahora se miraban a la cara. Se impulsó en ella, clavándola a la columna, usando el inanimado objeto como puntal para sus acometidas. —Mírame, Cassandra —ahora fue él quien siseó—, no huyas de la realidad, de quien eres… de quienes somos. Gritó de nuevo, desesperada, decidida a luchar contra unos recuerdos que no deseaba. Le mordió en el hombro, con fuerza y ahogó con ello los gemidos de placer cuando él la poseyó con frenesí, utilizándola y arrastrándola hacia su propia perdición. El orgasmo llegó con la fuerza de un tsunami, abriendo la compuerta a todo aquello que se obligaba a mantener a un lado, a lo que no deseaba ver, a los vívidos recuerdos de su tiempo juntos y a la desesperación y la soledad que la sobrecogió cuando lo perdió. —¡Te odio! gimió, abrazándose con fuerza a él, dejando que se hiciera cargo de todo—. Te odio, te odio, te odio… ¿por qué has tenido que volver? ¿Por qué me has hecho recordarte, recordar tu traición? Te odio… oh, dios mío… llévame contigo o mátame, pero no me obligues a pasar de nuevo por lo mismo.
—Perdóname, Cassandra — murmuró él, acunándola en sus brazos —, si todavía queda algo de piedad en tu alma, perdóname, amor mío.
CAPÍTULO 9 Cassie nunca había sido buena con las despedidas, en realidad, las odiaba. Por ello, tendía a desaparecer sin decir adiós, huir sin mirar atrás aunque ello supusiese una cobardía. Y ahora, era todo lo que quería hacer, levantar el vuelo y marcharse una vez más. Sin embargo no lo hizo. Prueba de ello estaba en el que se encontrase a n t e l a Puerta de Milcíades, la entrada principal al complejo arqueológico de Delfos sin atreverse a traspasarla una vez más. Los recuerdos estaban demasiado frescos en su mente, fragmentos de una vida pasada, una llena de tragedia y dolor que la llevó de la mano desde la locura a la soledad. Si cerraba los ojos podía verse a sí misma en otra época, traspasando ese mismo umbral en un desesperado intento por encontrarse una última vez con el hombre que amaba, el mismo que había vertido sobre ella la más odiosa de las maldiciones. Sacudió l a cabeza y obligó a esos recuerdos a permanecer en el pasado. Troya ya no existía y ella ya no era una princesa o una sacerdotisa, era Cassie, una mujer, irónicamente también condenada por el don de la visión, pero libre para tomar sus propias decisiones. Una de ellas era la que la traía aquí una vez más. Tomó una profunda bocanada de aire y se obligó a traspasar la puerta y recorrer una vez más la Vía Sacra hasta el Templo de Apolo. Sabía por una de las chicas que se encargaban del museo, que él estaba atendiendo al primer grupo de turistas de la mañana. Había deseado dejarle un mensaje e irse, pero la muchacha insistió en que subiese a hablar con él ella misma. Se había encargado también en enviar a uno de los hombres que charlaba con una visitante a ocuparse del grupo para que ambos pudiesen hablar con tranquilidad. Cassie no pudo evitar preguntarse por una milésima de segundo qué les habría dicho él sobre los dos, o si serían simples humanos. Ya no se fiaba de nada. Se tomó su tiempo en subir. El día estaba algo nublado, el sol parecía dispuesto a hacer juego con su humor, puesto que se negaba a salir de detrás de las nubes. La humedad de la esporádica lluvia que
hizo acto de aparición hacia el amanecer, todavía colgaba en el ambiente reticente a marcharse. Los había sorprendido a noche en plena intemperie, después de ella hubiese dado rienda suelta a la rabia, el dolor y la desesperación que llevaba en su interior en el cuerpo de su amante y este se hiciera eco de la suya propia. Loxias no le había permitido marcharse en el momento en que quiso hacerlo, él se mantuvo estoico, soportando sus insultos y golpes, abrazándola cuando todo se venía abajo y también cuando su rabia volvía a resurgir como un geiser dispuesto a hacerlos pedazos. Solo la lluvia los disuadió a ambos de seguir con esa interminable contienda, él la hizo bajar entonces hasta el aparcamiento dónde había dejado el coche y tras quitarle las llaves, la llevó él mismo a la pensión en la que pernoctaba en Delfos. No insistió en quedarse, se limitó a entregarle las llaves y la contempló hasta que se metió tras las paredes del lugar. No había pegado ojo, ni siquiera lo había intentado, se metió bajo la ducha y continuó llorando hasta que se terminó el agua caliente. Solo entonces abandonó el cubículo y volvió a su dormitorio, dónde cambio el vuelo de vuelta para aquella misma tarde. Había considerado marcharse sin más, pero eso sería aceptar que lo ocurrido los dos últimos días había marcado su vida. Dos días. Dos míseros días y todo su mundo se venía abajo. Suspiró y alzó la mirada, un grupo de turistas parecía muy interesado en lo que le estaba contando el guía. Algunos, cámara en mano, se afanaban por retratar los alrededores y a sí mismos en caóticas selfies. Algunas palabras sueltas traídas por el viento llegaron hasta ella y sintió como le daba un vuelco el corazón y las lágrimas le picaban tras los ojos. —Ni se te ocurra, Cassie — siseó para sí misma, luchando por controlarse—. Esto tiene que terminar y debe hacerlo ahora. Deja el pasado dónde debe estar… ya no eres ella… Ya no eres ella. Ese había sido su mantra desde el momento en que salió de la ducha. Su vida presente era todo lo que tenía, todo lo que debía contar e iba a hacérselo saber antes de marcharse. —Las ruinas se remontan al siglo IV a. C. y pertenecen a un templo
dórico períptero, esto es lo que queda de la última de las dos remodelaciones de las que se tienen constancia —oyó su explicación, a medida que avanzaba—. En su tiempo, fue uno de los principales lugares de peregrinación y tal y como se confirma con vuestra presencia, lo sigue siendo hoy en día. Las risas corearon sus palabras. —Ahora, si miráis a vuestra espalda y hacia arriba, podréis ver el teatro de Delfos, una de los mejores conservados de toda Grecia —continuó, moviéndose para adelantarles y quedarse al lado del guía que había visto el primer día que puso los pies en las ruinas—. Euterpe os acompañará y os explicará cuales eran las obras más importantes que se representaban hace más de mil años. No necesitaba llamar su atención pues sabía que la había visto, o quizá incluso presentido. —Si me acompañáis, iremos por aquí para evitar saltarnos los límites del vallado —explicó el Euterpe, atrayendo de inmediato al grupo—, podréis ver que desde el koilon —aquello que conocemos todos comúnmente como gradas o platea—, tenemos unas espectaculares vistas del valle de Cirra. Los turistas se apresuraron en seguir a su nuevo guía, saludando y agradeciendo a Loxias su atención hasta el momento para luego desaparecer en el teatro. Sus ojos azules parecían tristes, aunque su rostro no reflejaba emoción alguna, más allá de la consabida tranquilidad q u e lo caracterizaba. —Cassandra… Alzó la mano para detenerle. No quería volver a escuchar ese nombre en su voz. —Te dije que mi nombre es Cassie —repitió, sus ojos encontrándose con los de él—. Esa es quien soy, Cassie Lander. Nacida en el condado de Glamorganshire, Gales, hace veintisiete años. Él no dijo una sola palabra, se limitó a mirarla. —He venido a despedirme. Aquello sí pareció cogerlo por sorpresa, per o l a tensión e n su cuerpo se fue tan rápido como había llegado. —Entiendo. Sacudió la cabeza.
—No, me temo que no entiendes nada en absoluto —replicó y se obligó a apretar los dientes para no volver a insultarle, o peor aún, llorar—. No quiero ser quien fui… ya no me importa… ella… forma parte del pasado y este es mi presente. —Huir de quien somos o quien fuimos, nunca es la respuesta — razonó él—. Lo sé, lo he intentado y el resultado fue funesto. —No estoy huyendo respondió, aunque ambos sabían que era una mentira—. Solo… vuelvo a casa. A dónde pertenezco… lejos… de toda esta locura colectiva. Él siguió su mirada, vagando por el valle. —Entonces, no será tampoco en esta vida —le escuchó susurrar, un murmullo que se llevó el viento. ¿Será en esta vida? ¿Será esta la vida elegida, iéreia? La pregunta que le hizo la noche anterior, se unió a la que escuchó en el hombre encapuchado que la atrajo hasta Grecia, y esta vez en su mente sonaron bajo una sola voz. —Fuiste tú, desde el principio, tú me atrajiste hasta aquí — comprendió. Entonces sacudió una vez más la cabeza, su pelo se desparramó sobre sus hombros—. Espero que encuentres lo que buscas… Loxias. Él se giró hacia ella, su rostro había cambiado de expresión y la ironía tiñó sus palabras. —Lo había encontrado… pero pareces estar decidida a arrebatármelo una vez más. Cassie no respondió, no podía. No quería enfrentarse con la respuesta a esa pregunta. Se lamió los labios y dio un paso atrás, luego otro y por fin giró dándole la espalda y emprendió el descenso. Se obligó a mantenerse estoica, no importaba que las lágrimas le bañasen el rostro y que el corazón se hubiese roto en mil pedazos, ni que su alma gritase tan alto que casi pudiese oírla en sus propios oídos. Tenía que marcharse, solo así podría seguir adelante con su vida presente y olvidar, de una vez y por todas, lo que nunca debió recordar. Que una vez, hace miles de años, una princesa troyana, había entregado su amor a un juglar que resultó ser un dios del Olimpo.
CAPÍTULO 10 Una semana después. —¿Piensas quedarte en la cama hoy también todo el día? Diana asomó la cabeza por la puerta. No insistió, no la juzgó, se limitó a hacerle una sencilla pregunta y aguardar una respuesta que sabía que no llegaría. Hoy hacía una semana que regresó de Atenas, una semana desde que l e vio por última vez, siete malditos largos días en los que el pasado y el presente se confundían haciendo que se hundiese un poco más en la desesperación. Había llegado a un punto en el que ya no sabía quién era, una encrucijada en la que no tenía la menor idea de qué camino seguir y cada día, cada hora, cada minuto y segundo que pasaba, se hacía incluso más difícil el encontrarse a sí misma. —¿No has sufrido ya bastante? —insistió Diana. Dejó el marco de la puerta y penetró en la habitación —. ¿No lo habéis hecho ya los dos? Cassie la miró, incluso e n la penumbra en la que estaba sumida en el dormitorio, podía apreciar la decisión en su rostro. Nada más llegar, se habían encontrado con ella esperándola en el aeropuerto, la gran sonrisa que lucía empezó a morir hasta convertirse en una mueca. Se había echado a llorar, no podía evitarlo, se había contenido todo lo que había podido, pero al verla, su mundo, el “real” se impuso a todo lo demás y la pérdida se hizo incluso más grande. No era fácil renunciar al amor, y ella lo había hecho, esa segunda n o c h e ,l l o r a n d oe n t r es u s brazos, había renunciado al hombre por quien su alma sangraba de dolor. —Cassie… Negó con la cabeza, apretó las sábanas entre sus manos y se aferró a su decisión. —Él es mi pasado —musitó—, y allí debe quedarse. Después del primer acceso de llanto en el aeropuerto, Diana la había traído a casa y se quedó con ella. En una secuencia, posiblemente no cronológica, le contó cada una de las vivencias que
había tenido en el pasado y en el presente, mientras ella se limitaba a escucharla en silencio. —Si solo fuese tu pasado, no estarías ahora llorando por él — murmuró su amiga—. Y no habrías permanecido a las puertas del Templo de Delfos durante siete días con sus siete noches, padeciendo hambre, insultos y las inclemencias del tiempo. Si fuese tu pasado, no habrías terminado rogando, con tu último aliento ante el templo de Afrodita, que te concediese al menos otra vida más en la que estar con él. Con cada nueva palabra que brotaba de los labios de Diana, volvió a revivir cada uno de esos momentos, cada pequeño recuerdo que conservaba de otra vida, una en la que lo había amado tan intensamente, que su último pensamiento antes de expirar, fue si él sería capaz de amarla en otra vida. Parpadeó alejando los recuerdos, necesitando ver la realidad que se encontraba ante ella, una para la que había estado ciega hasta ese preciso momento. Su amiga y la mujer que había visto aquella vez en el templo eran como dos gotas de agua. —Eras… tú… —Se le quebró la voz, sacudió la cabeza y dejó que las lágrimas fluyesen de nuevo—. No… tú no… fue… todo fue… Su amiga respiró profundamente, sus ojos azules se clavaron en los suyos y su voz fue mucho más allá de dónde estaba su alma. —No sabía que estabas allí, que estabas escuchando —murmuró al tiempo que se sentaba a un lado de la cama. Había pena en su voz—. No sabía que acudirías al templo. En aquellos momentos, yo solo pensaba en mi misma…, necesitaba el consuelo de mi hermano y cuando fui consciente de lo que había ocurrido, ya era demasiado tarde. Volvió a negar con la cabeza, no podía aceptarlo, no quería, no podía dejar que el destino fuese tan cruel. —Artemisa… —dijo su nombre en voz alta. Su amiga, una diosa griega, asintió con la cabeza confirmando su identidad. —Escuché tus ruegos fuera del templo de Delfos —continuó ella —. Intenté que mi hermano lo hiciese también, pero estaba herido y tú solo eras una débil mortal. Cuando por fin conseguí que me prestara atención y que escuchase lo que tenía que decir, ya era demasiado
tarde, Hades había reclamado tu alma. No supo que decir, no había palabras que pudiesen encajar en aquellos momentos. Ni siquiera sabía cómo se sentía ante tal revelación. —Entonces, Afrodita me habló de una creyente, con amor en sus venas y el corazón en yagas — siguió narrando—. Me dijo que nunca había sentido un amor así en un mortal, que su alma desafiaba incluso a los dioses y que había decidido concederle su petición… reunirse con su amado, pues quizá, en otra vida, él correspondería a ese amor. Su amiga cogió su mano entre las de ella. —Se lo dije a Apolo, él estaba tan muerto en vida como puede estarlo un dios —aseguró, haciendo una mueca—, pero al saber que podría tener otra vida contigo, para pedirte perdón y enamorarte de nuevo, recuperó la esperanza. Él nunca ha vuelto a perderla desde entonces, Cassie, por muy eterna que se ha hecho la espera. No deseaba escucharla, se cubrió las orejas, pero Diana se lo impidió. —Dices que él forma parte de tu pasado —insistió—, pero siempre será tu futuro. Hizo un juramento por el río Estigia, juró amarte vida tras vida, hasta que llegase aquella en el que tú lo amarías a cambio. —No sigas… —No hay muchos dioses que sacrifiquen su divinidad e inmortalidad por amor, y él lo ha hecho —continuó, sin darle tregua —. Ha sufrido y penado todas estas vidas por ti y solo por ti. No cometas el mismo error otra vez, Cassie, no renuncies al amor y abraza tu destino, sea cual sea. Sacudió la cabeza. —No lo entiendes… las cosas ya no son… aquellos días se marcharon, ocurrieron hace miles de años, en otra vida —se negó, necesitando creer ella misma en sus propias palabras—. Yo ya no soy esa mujer, soy… —La mujer que lo ama. Diana resbaló la mano por su rostro, acunándole la mejilla y obligándole de esa manera a sostenerle la mirada. —No lo dejes vagar otra vida más en soledad, Cassandra —le rogó ella—. Él no ha dejado de esperarte, de amarte… Permítele… permítetelo a ti misma la oportunidad de empezar de nuevo, de
recuperar esa vida que perdiste y que los dioses han tenido a bien regalarte. Se lamió los labios y la miró. —Siempre has sabido quien era yo —declaró sin dejar de mirarla a los ojos—. Por eso te acercaste a mí ese día, en el escaparate. Ella sonrió y ladeó el rostro. —Sabía que te encontraría, en alguna vida, nuestros caminos volverían a cruzarse —aceptó con suavidad—, y estaba dispuesta a hacer lo que hiciese falta para reparar mi propia culpa. Sonrió abiertamente, su rostro mostraba una felicidad plena y un optimismo que Cassie deseaba para sí misma en aquellos momentos. —Eres una persona muy especial, hermanita y un alma que admiro por encima de todas las cosas —aseguró con un firme movimiento de cabeza—. Y sé que le amas, por encima de todas las cosas, sé que estás destinada a él. La pregunta es, ¿le amarás en esta vida?
EPÍLOGO El sol incidía directamente sobre las montañas haciéndolas dignas de su nombre. La luz poseía un encanto especial, algo místico cuando se reflejaba en esas montañas y contribuía a aumentar el atractivo de todo el conjunto. Esa tarde además, había llovido, la humedad perfumaba el aire y empapaba las milenarias piedras, al igual que había mojado al hombre, que cubierto con una capucha corta y vestido en pantalones de cuero y doradas sandalias espartanas, aguardaba con el rostro girado hacia el valle. —Apolo —musitó su nombre, el del dios que siempre había sido. El hombre giró la cabeza. Su rostro seguía oculto por la capucha, mientras, los mechones rubios y húmedos caían sobre su pecho desnudo. El pesado collar con el símbolo del sol que descansaba sobre su clavícula, completaba el atuendo. —Cassandra. Su voz sonó suave, nostálgica y tan amorosa como l a recordaba. Resbaló una mano sobre la capucha y se la retiró, dejando a la vista una corona de hojas de laurel doradas que le enmarcaba las sienes. —Sigues aquí —murmuró ella. Entonces, sin pensárselo más, pasó por encima del cordón de delimitación de la zona. Él la esperó, sus ojos puestos sobre ella, pero no se acercó. —No hay otro lugar en el que pudiese estar —aceptó, contemplándola con esos profundos ojos azules—. Fue dónde rogaste por mí y yo nunca llegué a escucharte. Se detuvo ante él, lo recorrió con la mirada y acarició la corona con un dedo. —¿Siempre te vistes así? Él se quitó la corona de laurel y sonrió. —Se ha llevado a cabo una representación en el teatro — explicó y le ciñó la corona a ella —, confieso que prefiero el uniforme del trabajo a esto. Se tocó la corona que ahora le adornaba el pelo y se sonrojó. —Lo imagino —aceptó y miró a su alrededor—. El paisaje es especialmente bonito tras la lluvia. Él le acarició la mejilla como solía hacer y le cogió la barbilla,
haciéndole girar el rostro hasta que sus ojos se encontraron. —Dime, Cassie —le preguntó, llamándola por su nombre, reconociendo la mujer que era hoy en día—. En esta vida, ¿me amarías? Ladeó la cabeza, saboreando su tacto. —Puedes llamarme Cassandra, Apolo —respondió y llevando su propia mano al rostro masculino, replicó su caricia—. Y nunca dejé de amarte, Loxias, jamás lo hice. Bajo los últimos rayos del sol, que teñían el Monte Parmaso, dos almas que e l destino había separado, volvieron a encontrarse. A partir de ahora, ni la más oscura de las profecías podría separarlos, pues esta era la vida en la que ambos se amarían. [1] Eres mía. En Griego. [2] Mi sacerdotisa. En Griego.
Table of Contents COPYRIGHT DEDICATORIA ARGUMENTO ÍNDICE PRÓLOGO CAPÍTULO 1 CAPÍTULO 2 CAPÍTULO 3 CAPÍTULO 4 CAPÍTULO 5 CAPÍTULO 6 CAPÍTULO 7 CAPÍTULO 8 CAPÍTULO 9 CAPÍTULO 10 EPÍLOGO