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LA SABIDURIA DE LOS CLÁSICOS

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LA SABIDURÍA DE LOS CLÁSICOS

Jordi Rincón Núria Solsona

A mis alumnos, una de las razones de ser de mi viaje a Ítaca.

A mis padres, por mostrarme la belleza de los horizontes rojizos desde el comedor de nuestra casa.

N. S.

Jordi Rincón

Descubrí a los clásicos desde muy joven, cautivado por la lectura de una adaptación de la Odisea que me abrió las puertas de un mundo fascinante. En casa, la pasión por las letras ya formaba parte del paisaje: mi padre escribía poesía y, sin saberlo, me enseñó a amar las palabras. Ese amor me llevó a estudiar Filología Clásica y, desde hace treinta y cinco cursos, soy profesor de Latín y Griego en la Escola Vedruna Gràcia de Barcelona. He dedicado mi vida profesional a acompañar a adolescentes en su viaje por el pensamiento y la belleza del mundo antiguo. Este libro es, en esencia, un homenaje: una forma de dar las gracias a los clásicos que me han acompañado siempre. Quisiera devolverles, humildemente, una parte de lo que me han dado y que he intentado transmitir con pasión y dedicación en el aula.

Núria Solsona

Vengo de la plana de Lleida, donde los horizontes son lejanos y bien definidos. Cuando era pequeña, jugaba a hacer exposiciones de dibujo con mis primas y alguna vez me escapaba con mi tía para pintar en algún prado de los Pirineos.

Me fui a la costa y, a pesar de tener el mar cerca, a menudo echo de menos aquella luz rojiza de Poniente.

Utilizo el dibujo como vía de escape hacia otros lugares, y, con el paso del tiempo, la línea y el detalle me han devuelto a los conocimientos de fotografía y grabado que estudié en la Universidad de Barcelona. Como si fuera una naturalista amateur, me doy cuenta de que ha sido la observación de los árboles lo que me ha permitido ir recopilando, traduciendo y creando un lenguaje propio y detallado. Entre los viajes que he hecho a lo largo de mi carrera, los paisajes de Grecia y su gente siempre han tenido un espacio reservado en mi memoria.

Publicado por AKIARA books

Plaça del Nord, 4 , pral. 1 ª 08024 Barcelona www.akiarabooks.com info@akiarabooks.com

Primera edición: marzo de 2026

Colección: Akiwow, 5

Dirección editorial: Inês Castel-Branco

Traducción: Elena Martín Valls

Impreso en España: @Agpograf_Impressors

© 2026 Jordi Rincón, por el texto

© 2026 Núria Solsona, por las ilustraciones

© 2026 AKIARA books, SLU, por esta edición

Depósito legal: B 3294 -2026

ISBN: 978-84-18972-95-9

Este libro se ha impreso sobre papel Offset

Coral Book White de 140 g/m 2, y la cubierta

sobre papel Imitlin E/R55 Tela Neve de 120 g/m 2

En la tipografía, se han usado las familias

Adobe Garamond Pro, Trajan Pro y Cambria. Este producto está hecho con material proveniente de bosques certificados FSC bien manejados y de materiales reciclados. Todos los derechos reservados.

LA SABIDURÍA DE LOS CLÁSICOS

manifiesto por la ecoedición

Producción propia

Nuestros libros han sido soñados desde el principio por nosotros, en un trabajo colaborativo, directo y transparente entre todas las personas involucradas.

Ecoedición

Seguimos los principios de la ecoedición en todas las etapas del proceso editorial, con el objetivo de crear objetos únicos con el mínimo impacto ambiental.

Ecodiseño

Cada colección tiene un formato original diseñado en diálogo con la imprenta, para reducir al máximo la merma del papel y para crear una experiencia agradable a los sentidos y de aspecto artesanal.

Impresión local

Imprimimos en Barcelona, a pocos kilómetros de nuestro espacio de trabajo, con papeles certificados FSC o reciclados, con tintas vegetales y máquinas LED UV (neutras en emisiones de CO2 ), y hemos dejado de plastificar las cubiertas.

Producción limitada

Publicamos poco, entre seis y diez libros al año (en tres lenguas simultáneamente), porque cada libro se merece toda nuestra atención y porque no queremos inundar de novedades un mercado ya saturado.

Compromiso con el mundo

Intentamos que nuestros libros sean coherentes en el contenido y la forma, y que ayuden a reflexionar, sin moralidades, sobre las grandes cuestiones del mundo actual.

Despertar el asombro

Queremos recuperar el sentido de maravilla ante el mundo con las temáticas que elegimos, con atención a los detalles y profundidad poética: libros con luz propia.

• INCIPERE DIMIDIUM EST

Comenzar ya es la mitad

• CARPE DIEM

Aprovecha el momento

• Γνῶθι σεαυτόν

Conócete a ti mismo

• SI SEDES NON IS, SI NON SEDES IS

• SAPERE AUDE

Atrévete a saber

• PER ARDUA AD ASTRA

• Πάντων

Si te sientas, no avanzas; si no te sientas, avanzas

A través de las dificultades hacia las estrellas

El hombre es la medida de todas las cosas

No solo enseñar, sinó también educar

Nada en exceso

• FABER EST SUAE QUISQUE FORTUNAE

Cada uno es artífice de su propio destino

• Ὕβρις

Hybris

• QUIS CUSTODIET IPSOS CUSTODES?

• PECUNIA NON OLET

El dinero no huele

¿Quién vigila a los vigilantes?

• NULLA TAM MODESTA FELICITAS EST QUAE MALIGNITATIS DENTES VITARE POSSIT

No hay felicidad lo bastante modesta...

• HOMO HOMINI LUPUS

• PANEM ET CIRCENSES

El hombre es un lobo para el hombre

Pan y circo

• AD IMPOSSIBILIA NEMO TENETUR

• TRISTIS ERIS, SI SOLUS ERIS

Nadie está obligado a realizar lo imposible

Estarás triste si estás solo

• AMICUS FIDELIS PROTECTIO FORTIS; QUI AUTEM INVENIT ILLUM, INVENIT THESAURUM

• AMOR OMNIA VINCIT

• POST NUBILA PHOEBUS

El amor todo lo vence

Después de las nubes, el sol

• GUTTA CAVAT LAPIDEM NON VI SED SAEPE CADENDO

• NULLA DIES SINE LINEA

• FACTA, NON VERBA

Ningún día sin una línea

Hechos, no palabras

Un amigo fiel es una protección segura...

La gota perfora la roca no por su fuerza, sino por su constancia al caer

• QUO SEMEL EST IMBUTA RECENS SERVABIT ODOREM TESTA DIU

• Χαλεπά τὰ καλά

Las cosas bellas son difíciles

Todo fluye

• NIHIL NOVUM SUB SOLE

• MEMENTO MORI

No hay nada nuevo bajo el sol

Recuerda que morirás

Una vasija nueva conserva largo tiempo el aroma que la impregnó...

Envejezco aprendiendo continuamente muchas cosas

INCIPER E DIMIDIUM EST

Comenzar ya es la mitad

Al inicio de sus Epístolas, el poeta romano Horacio nos invita a dejar atrás la indecisión y la pereza para emprender con determinación el camino del conocimiento y de la vida:

Dimidium facti qui coepit habet: sapere aude, incipe!

Quien ha comenzado ya ha hecho la mitad: ¡atrévete a saber, comienza!

Epístolas, I, 2, 40

El incipere dimidium est es una versión abreviada y emblemática de esta reflexión horaciana: comenzar, iniciar, encender la chispa es haber ganado ya media batalla.

Con solo tres palabras, esta vieja máxima sintetiza una verdad tan evidente como olvidada: el primer paso no solo abre el camino, sino que lo construye. Y, sin embargo, ¿cuántas veces la pereza, esa telaraña invisible del alma, nos encadena a no hacer nada?

La pereza no es no acción ni tampoco contemplación —virtudes tan defendidas por la filosofía oriental—, sino una forma de resistencia pasiva a la vida. Es una vocecita que nos susurra que mañana será

un momento mejor, que ahora estamos demasiado cansados, que no vale la pena. Y, mientras, el tiempo se nos escapa entre los dedos como arena fina. El Tao Te Ching —atribuido a Laozi— lo formula con una claridad preciosa: «Un viaje de mil millas comienza con un solo paso». El eco de Horacio es emocionante y, de algún modo, mágicamente milagroso. Oriente y Occidente, como dos océanos que se encuentran, coinciden al intuir que todo camino, toda obra, todo cambio, nace de un gesto fácil.

Comenzar es una manera de rebelarse contra la apatía, porque, en tiempos de incertidumbres, parece necesario no permanecer indiferente, aunque sea a riesgo de equivocarse. Comenzar es un acto de esperanza, una forma de no rendirse al miedo, de romper la inercia. Comenzar no es hacerlo bien ni hacerlo todo. Es ponerse en marcha. Escribir la primera frase. Realizar la primera llamada. Romper el primer silencio. Abrir la primera puerta.

Por eso hay que tener cuidado con la pereza, que posee —como los cantos de sirena— voz dulce y promesas cómodas, pero es una mentirosa sutil. Nos hace creer que nos protege del fracaso, cuando en realidad nos condena a la no existencia. Ante ella, el antídoto es sencillo pero poderoso: comenzar. Aunque sea con miedo, con dudas. Porque, comenzando, ya hemos hecho la mitad.

CARPE DIEM

Aprovecha el momento

Dum loquimur, fugerit invida ætas: carpe diem, quam minimum credula postero.

Mientras hablamos, habrá huido el tiempo envidioso: aprovecha el momento y no confíes en el incierto mañana.

Horacio, Odas, I, XI

¿Cómo compensar el hecho de que los días se escurran como el agua entre los dedos? ¿Cómo podemos ser conscientes de que caminamos por la cuerda floja del tiempo sin darnos cuenta de que cada paso podría ser el último? ¿Cómo podemos tener presente que el sol, testigo mudo del devenir de los siglos, se levanta, indiferente, para iluminar miradas ancladas en el mar de la rutina y corazones que laten sin prisa, confiados en que el mañana siempre llegará? ¿Cómo comprender que el futuro no existe, que es una promesa fácil, que somos frágiles como lo es ese mañana, que solo existe el aquí y el ahora, que solo existe este momento, este instante único que, como el paso que damos, podría ser el último?

Carpe diem , nos susurra al oído el verso de Horacio; «Aprovecha el momento», nos dice el poeta de Venusia: vive de forma que sientas

el calor de tu aliento antes de que se apague, que no dejes sin decir la palabra largamente pensada y silenciada, que no condenes al ostracismo ese sueño que quiere ser acto. Al fin y al cabo, la vida es esto: la suma de los instantes vividos con plenitud. Fragmentos de plenitud.

Porque es ahora cuando los labios deben besar.

Porque es ahora cuando los ojos deben atrapar la luz para conservarla en la memoria.

Porque es ahora cuando el perdón toma sentido.

Cuando una mirada, una caricia o un te quiero nos ponen a resguardo de la intemperie.

Cuando el abrazo es más necesario que nunca.

Cuando una risa rompe silencios.

Y, cuando llegue el último instante, que puedas decir que has vivido; que estos fragmentos de plenitud te basten para justificar una vida entera. Carpe diem es el peso de un instante.

¿Cuáles son tus instantes de carpe diem?

Gnōthi seautón

Conócete a ti mismo

Si alguna vez viajáis a Grecia, no podéis perderos la visita al santuario de Delfos, el ombligo del mundo. Allí, en el frontispicio del templo de Apolo, quedó recogida la sabiduría de los antiguos en forma de inscripción con pensamientos atribuidos a los Siete Sabios de Grecia. Y, entre estos, destaca el que ha triunfado más: «Conócete a ti mismo», que la tradición ha puesto en boca de un ilustre ciudadano ateniense y uno de los pensadores más influyentes (¡este sí era un verdadero influencer !) de la historia, un tal Sócrates.

La máxima griega γνῶθι σεαυτόν, que en la versión latina sería nosce te ipsum, nos invita de manera imperativa a hacer una reflexión que deberíamos tener siempre presente a lo largo de la vida: que el conocimiento verdadero comienza con un retorno hacia el espejo interior, hacia la propia conciencia y los límites de nuestra ignorancia para cuestionarnos quiénes somos, qué pensamos y por qué actuamos como actuamos.

Mirar hacia nosotros mismos, hacia dentro, es necesario si queremos averiguar el porqué de todo, especialmente cuando nos sentimos expuestos ante la adversa intemperie y admitimos haber perdido el norte sin saber qué hacer. Y en un mundo como el

actual, saturado de selfies e identidades líquidas, de información externa y estímulos constantes y vertiginosos, su mensaje debería hacernos reflexionar profundamente. Nos invita a detenernos.

Parece sencillo, ¿verdad? Pero, ay, qué vértigo da mirarse por dentro y tener el valor de hacerlo y no salir corriendo. Detenernos para conocernos. Y lo cierto es que casi nadie lo consigue del todo, porque nos pasamos la vida huyendo de nosotros mismos, llenando vacíos con trabajos, amores, redes sociales y ruido. Somos unos desconocidos bajo nuestra propia piel.

Según Sócrates, que convirtió esta máxima en su credo particular, quien no se conoce a sí mismo difícilmente puede aspirar a conocer algo con certeza. Este autoconocimiento no es superficial ni egocéntrico, sino que implica reconocer los propios límites, pasiones, contradicciones y valores. Es una invitación al ejercicio de la humildad, de la autenticidad, y al examen continuo de la propia vida para acercarnos a una VIDA , con mayúsculas, más justa y plena, y quién sabe si más feliz.

Solo quien se conoce no se deja manipular. Solo quien se conoce puede escuchar el dolor de los demás sin miedo. Solo quien se conoce puede cambiar.

SAPERE AUDE

Atrévete a saber

Si, como decíamos al inicio de este libro, comenzar ya es la mitad, pongamos ahora el acento en las palabras que vienen a continuación, y que constituyen una nueva invitación de la sabiduría de los clásicos: sapere aude, ‘atrévete a saber’, ¡ten el valor de utilizar la razón!

Primero de la mano del poeta romano Horacio y, después, del filósofo Immanuel Kant, que la popularizó en su ensayo titulado ¿Qué es la Ilustración?, el sapere aude nos anima a iniciar acciones con valentía y determinación, especialmente en la búsqueda del conocimiento. Lo que el racionalista alemán quería significar es que cada uno debe actuar según sus ideas y su razón, con independencia de lo que piensen y hagan los demás. Kant tomó estas palabras como principio fundamental de la Ilustración, ya que él creía que el ser humano solo puede considerarse mayor de edad cuando es capaz de pensar por sí mismo.

En una escena memorable de La versión Browning, el profesor Crocker-Harris recita un pasaje del Agamenón de Esquilo evocando la incómoda mirada hacia dentro como vía para acceder al conocimiento. Es una escena que conecta con el sapere aude : solo quien es capaz de enfrentarse al dolor y a sus propias sombras puede llegar a comprender el mundo en profundidad.

De forma similar, en El club de los emperadores, el profesor

Hundert desafía a los alumnos a vivir con integridad y comprender el significado profundo de la historia, repitiendo la máxima «la ambición y conquista sin contribución al fin común no tienen ningún valor». En este contexto, sapere aude se convierte no solo en una actitud intelectual, sino también en un compromiso con los demás: atreverse a ser uno mismo, a pensar con criterio propio, a actuar según unos principios éticos.

La actualidad del aforismo es incuestionable y no debería dejarnos indiferentes, ya que es absolutamente necesario no conformarse con verdades prefabricadas ni con rutinas y cantos de sirena que nos anestesian los sentidos.

En el aula, el auténtico educador no puede imponer, debe proponer, porque el verdadero objetivo de cualquier maestro debería ser despertar la curiosidad por aprender con una meta clara: buscar el sentido de la propia vida, como una invitación constante a superar intencionadamente la ignorancia, romper la pasividad del pensamiento y comprometerse con el crecimiento interior.

Podemos afirmar sin tapujos que atrevernos a pensar y hacer uso de la razón ha sido, es y será un verdadero acto revolucionario.

Pánta rheî

Todo fluye

Πάντα ῥεῖ, καὶ οὐδὲν μένει, ‘todo fluye, nada permanece’. Según Platón, que pone en boca de Sócrates estas palabras, el autor de esta máxima fue Heráclito de Éfeso, llamado «el oscuro». Y así, como quien no quiere la cosa, el filósofo griego, padre de esta máxima, nos invita a reflexionar sobre un concepto que nos ocupa (y a menudo nos «pre-ocupa») más de lo que pensamos: el cambio.

Si, según este pensamiento, ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río porque el agua del cauce ya no es la misma que hace un instante, y nuestra naturaleza tampoco, ¿por qué la palabra cambio nos resulta incómoda con demasiada frecuencia?

Quizá la respuesta sea esta: porque nos cuesta dejarnos fluir.

Este aforismo —muy presente también en el taoísmo y gran parte del budismo y del pensamiento oriental— nos dice que, si aprendemos a observar la vida, a confiar en ella y a aceptar que todo sucede porque debe suceder —porque tiene sentido que así sea—, sin pretender que se cumpla nuestra voluntad o se realicen nuestras aspiraciones; si aprendemos a no ofrecer resistencia al sufrimiento aceptando las adversidades, entonces quizá podamos comprender que dejarnos fluir puede cambiar nuestra mirada sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea.

Y, a pesar de ello, nos empeñamos en querer que las cosas sean como eran, en mirar atrás esperando que el ayer se mantenga intacto. Por eso nos cuesta reconocer a la persona que éramos hace diez años, o la mirada de alguien que creíamos conocer cuando, en realidad, ha cambiado. Pero el río ya no es el mismo, y nosotros nunca somos exactamente los mismos cuando volvemos a él.

Aceptar el cambio no es una resignación, es una forma de sabiduría. Dejarnos fluir no significa perdernos, sino entender que no somos roca, sino mosaico que se va rehaciendo. Que el dolor pasa, las heridas cicatrizan y las circunstancias cambian.

Sin embargo, nos alerta de que la felicidad, la juventud o las relaciones tampoco duran para siempre, y es esta conciencia la que nos impulsa a vivir el presente con más intensidad, a valorar lo que tenemos mientras lo tenemos.

En la vida, resistirse al cambio a menudo genera sufrimiento. Aceptar el fluir natural de las cosas, en cambio, nos acerca a una actitud más serena y madura. Aprendemos que, como los ríos, nosotros también podemos adaptarnos al curso del tiempo sin perder nuestra esencia.

Gēraskō d’aeì pollà didaskómenos

Envejezco aprendiendo continuamente muchas cosas

La tradición nos ha transmitido que fue el muy venerable legislador griego Solón de Atenas quien pronunció estas palabras que, con el devenir de los siglos, se han convertido en una verdad atemporal. Una frase breve pero con una vigencia y profundidad admirables. Dicen que Solón, considerado uno de los Siete Sabios de Grecia, prefería las preguntas a las respuestas, y que no rehuía confesar que, incluso con el pelo blanco, el mundo seguía siendo un misterio por descifrar.

El mensaje, como contenido dentro de una botella que flota entre las olas del mar del tiempo, quiere revelarnos esta verdad: el conocimiento y el aprendizaje no tienen límites ni edad, porque querer conocer y querer aprender manifiestan una actitud vital basada en la humildad y la curiosidad. La humildad necesaria para reconocer que nunca sabremos lo suficiente, y la curiosidad permanente como motor de nuestro crecimiento personal que, sin duda, estará ligado a nuestro entorno social y natural.

Parece como si Solón nos invitara a estar siempre con la mente y los ojos bien abiertos, atentos a cualquier nuevo regalo que nos llegue: las palabras de un profesor, la lectura de un buen libro, la conversación con un amigo o los propios pensamientos.

En los versos del poema Ítaca , de Kavafis, resuena todavía la misma idea de envejecer aprendiendo siempre del viaje de la vida, porque cada etapa nos ofrece nuevas oportunidades para aprender, comprender y crecer con lentitud, sin prisas.

Sin embargo, esta idea entra en conflicto con la visión moderna que muchas personas tienen de su propia existencia, condicionada por una sociedad basada en la inmediatez, la eficiencia y el éxito rápido. En un mundo donde se idolatran la juventud, la novedad y el dominio aparente de la realidad, poco se valora un proceso necesariamente lento y constante como es el del aprendizaje. Cuando una sociedad glorifica la certeza y desprecia la duda o la ignorancia, impide que las personas se desarrollen con plenitud.

Así pues, actualmente, reivindicar el valor del aforismo de Solón es entender que, como seres humanos, por mucho que avancemos tecnológicamente, seguimos siendo aprendices frente a la complejidad del mundo y de nosotros mismos. Que nunca deberíamos dejar de sorprendernos, equivocarnos y seguir preguntando. Porque solo así, envejeciendo aprendiendo, podemos vivir con sentido.

El fascinante mundo de los clásicos es presentado aquí a través de treinta aforismos que han perdurado en la historia y que hoy tienen mucho que decirnos, con ilustraciones evocadoras que se inspiran en el paisaje mediterráneo.

Frente a la tentación de la codicia, la envidia, la pereza o la soberbia, el mundo griego y latino ya defendía el autoconocimiento, la voluntad de saber, el esfuerzo, la honestidad, la aceptación de los propios límites, la esperanza o la verdadera amistad.

El autor, después de haber dedicado su vida profesional a acompañar a adolescentes en su viaje por el pensamiento y la belleza del mundo antiguo, responde a cuestiones actuales e invita a cultivar lo mejor de la naturaleza humana.

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