
Dios se refleja en todas las cosas y en todos los seres de Su creación. En todos y en todo ha dejado la huella de Su presencia. Esta es la razón por la cual el Salmista dijo: “LoscielosproclamanlagloriadeDios.Yel firmamentoanuncialaobradeSusmanos…Supregónsaledelatierratoda.Ysuspalabraslleganalos confinesdelorbedelatierra.”(Sal 19, 2-5) P. CÉSAR A. DÁVILA G.
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Por Él, con Él y en Él, el Padre se manifiesta en plenitud. Él es su parábola viviente, su perfecta expresión, su imagen substancial, su impronta suprema. Por Él, con Él y en Él, Dios se revela al hombre en toda su perfección.
Cada palabra de ese Hijo-Dios encarnado, cada sentencia, cada principio, cada axioma moral, cada pensamiento suyo, constituyen la gran luz en el sendero.
Sin esa luz es imposible dar un solo paso en firme.
Sin esa luz no hay en derredor nuestro sino tinieblas.
Quien le sigue camina en la luz (Jn VIII,12).
Él es “Laclave,elcentroyelfindetodalahistoriahumana” (Constitución de la Iglesia en el mundo actual, N°5).
Pero la historia del hombre en nuestro pequeño planeta que es apenas un grano de polvo en la danza cósmica de la creación visible, no es una historia aislada, una historia que se desenvuelve al margen o paralelamente con los demás seres del inmenso cosmos. Es una historia cuyos episodios están profundamente incrustados en el gran Todo.
Así como la historia de cada hombre es solidaria con la de todos los hombres, así también la historia de nuestro pequeño planeta es solidaria con la de todos los demás hermanos que gravitan en la inmensidad de los espacios.
Así lo está estudiando la ciencia.
Así lo están demostrando esas sondas interplanetarias que comienzan a develarnos los secretos de los mundos extraterrestres… Padre CÉSAR A. DÁVILA G.

LasangredeCristonoverificósolamente misqueridosestudiantes,unaredenciónhumana –ylaredenciónhumanasolamente- sinolaredención cósmica:estaredencióndetodoslostiempos, estaredencióndetodoslosseres.
YSusangrepurificó delaescoriadelpecadoatodaslascosas. SuBautismodesangrefueunBautismo quepurificótodaslascosas.
P.CÉSARA.DÁVILAG.


Señor, nosotros estamos acostumbrados a hacer nuestra voluntad y no la del Padre. Enséñanos a hacer la voluntad del Padre, a cumplir la voluntad del Padre y no la nuestra, te lo pedimos por esa oración tuya. Sudaste gotas de sangre frente a esta tragedia inminente que se aproximaba. Pero, yo veo que esa SANGRE solamente es un símbolo del Amor que nos tienes. Cada gota de sangre y toda la sangre que derramaste fue por mí, fue por todos los hombres sin excepción. Permite que en nombre de todos ellos te diga: ¡GRACIAS, OH CRISTO BENDITO! Gracias por ésta, Tu bendición. Que esa sangre Tuya, que esta muerte Tuya, que esta pasión Tuya, que esta cruz Tuya sean reconocidas por el hombre ingrato y orgulloso, que no quiere reconocer lo que Tú hiciste por él.
P. CÉSAR A. DÁVILA G.

Después que el Señor resucitó, se manifestó de distintas maneras y en muchas ocasiones: sea a sus apóstoles, a las mujeres que habían ido al sepulcro, y también a otros discípulos suyos.

Esta vez entra en una habitación cerrada que era probablemente el Cenáculo -allí se reunían frecuentemente los discípulos del Señor, antes de que se fuera de esta vida-. En esta ocasión se presenta con ese saludo propio de Él, deseándoles la paz, e insufla sobre ellos diciéndoles: "Recibid el EspírituSanto,aquieneslesperdonéislospecados lesquedaránperdonadosyaquieneslosretengáis losquedaránretenidos"(Jn 20, 23). Con estas palabras daba potestad a sus apóstoles de perdonar o de retener los pecados. Esto es lo que en teología cristiana se llama el poderde la absolución . Estas palabras del Señor son el fundamento teológico de la institución del sacramento de la confesión o penitencia.
TOMÁS no estaba con los discípulos en el momento en que se apareció el Señor. Cuando le contaron que el Señor se había presentado y había dialogado con ellos, a pesar que le comunicaron con viva crudeza, esa realidad de ese Cristo resucitado, no lograron convencer a ese apóstol incrédulo.
El Señor después de 8 días se presenta estando TOMÁS presente, y después del saludo ritual, llama a Tomás y le dice: "Aquítienes mismanos,traetumanoymételaenmicostadoynoseasincrédulosinocreyente.TomáscontestaSeñormíoyDiosmío.Jesúsle dice:porquemehasvistohascreído,dichososlosquecreensinhabervisto" . He aquí la demostración palpable de la inmensa bondad del Señor con el apóstol incrédulo. El Señor no solamente se aparece por ese apóstol incrédulo, Tomás es solamente un signo, un símbolo de todos los incrédulos que existirán a través de los tiempos.
¡Cuántos hermanos han puesto en duda la misma existencia del Señor, a pesar de que tienen a su vista toda la historia! Del Señor no solamente se escribieron los evangelios, sino hay datos muy claros en la historia de Roma y en la historia del pueblo judío, que
evidencian la existencia de ese ser extraordinario que pasó tan brevemente sobre la tierra. Muchos como Tomás no creen a pesar de que haya a cada paso tantos monumentos arqueológicos que llevan a la conclusión de que existió en esa tierra ese bendito Señor. Hay tantos a quienes se les ha revelado los grandes misterios de Dios, comenzando desde su infinita bondad y misericordia, sus demás dones y atributos, revelando los velos de la eternidad, esos velos que los descorrió el mismo Cristo.
¡Él enseñó a los hombres, que después de los breves instantes de esta vida-porque la vida del hombre no es sino eso- tendría una eternidad de gozo con la posesión del Reino de Dios, y sin embargo mis queridos hermanos, hay tantos que como Tomás no creen en esa realidad!
P. CÉSAR A. DÁVILA G.




Entonces, este sitio: EL CARMELO, es importante por esto y también porque los carmelitas –miren ustedes- conocen la comunidad de los padres carmelitas, antes de levantar su tradición a Elías como el fundador de su comunidad religiosa y ver que en ese manto que dejó, -la capa que dejó Elías a Eliseo- es el símbolo del escapulario que le dejó la Virgen.
Bueno, en todo caso, ellos también tienen otra tradición, y dicen que el mismo Elías es el que dejó su comunidad religiosa y que entonces, desde ahí comenzó esa comunidad. En todo caso, eso es lo que ellos dicen.
Y este Templo –entiendo- está al cuidado de los carmelitas no de los franciscanos. En todo caso, vamos a ver eso, vamos a comprobar.
P. CÉSAR A. DÁVILA G.



Conocemos por la historia, de ELÍAS que hizo desaparecer en pocos instantes a unos 500 sacerdotes de Baal, que imploraban a su dios, y él para demostrar que era el seguidor de Dios verdadero, hizo bajar del cielo fuego para consumir la víctima y luego, después hizo bajar fuego también, que consumiera a esos hombres. Eso lo sabían, lo sabían ellos.
P. CÉSAR A. DÁVILA G.
En el silencio está Dios y Él es quien nos comunica la fuerza.
ELÍAS, el profeta de fuego pasó por muchas pruebas en el cumplimiento de su misión profética. En su huida de la venganza de Jezabel que quería vengar a sus profetas, pasados a cuchillo, Elías llega a Horeb. Una secreta voz le dice: “SalypontedepieenelmonteanteelSeñor:elSeñorvaapasar” (I Reyes 19,11). Deprontosopla:“unhuracántanviolento,quedescuajalosmontesyhace trisas las peñas…peroel


Señor no estaba en el terremoto. Despuésdelterremotovinoelfuego,peroelSeñornoestabaenel fuego.Despuésdelfuegoseescuchóelaleteodeunatenuebrisa”Al sentirloElías,setapaelrostroconelmanto,saleafueraysepone enpiealaentradadelacuevadesurefugio.Eneseinstanteoyóuna vozquelepreguntaba:¿quéhacesaquí,Elías?”(I Reyes 9, 11-13).
Cuando Dios quiso manifestarse a Elías no lo hizo en medio del estruendo de huracanes y tornados que descuajan árboles, arrasan campiñas, destruyen casas, sepultan caravanas… Dios no está allí. No se manifestó entre cataclismos, terremotos, azotes terribles que
dejan destrucción y muerte… no lo encontró tras el fuego devorador que calcina rocas, destruye bosques y deja al paso desolación y muerte…
Estos signos siniestros representan la problemática humana: sus inquietudes, sus frustraciones, sus luchas, sus pasiones desenfrenadas, su odio, su egoísmo, su soberbia, su lascivia, sus ambiciones, sus intrigas, su sed de placeres… A Dios no se le encuentra aquí. No está en medio de este campo infernal en que han convertido al mundo los hombres.
El Admirable, el Santo, el Bendito, el Todo-Amor, el Todo-Dicha, el Todo-Bienaventuranza, el Todo-Orden… no puede manifestarse al hombre agitado por las tormentas o por el fuego devorador que se agitan dentro de él…
Mientras más se aquiete nuestro corazón, más fácilmente podremos escuchar Su voz. Su presencia en lo más íntimo de nuestro ser es, según se revelo al profeta, como “el silbido de un vientecillo suave”, como “suave brisa” , como los pasos del huésped que entra a hurtadillas para no causar molestia al dueño de casa, como la caricia maternal, como el abrazo de la onda pura de luz, como el beso de un ángel en el rostro del niño que duerme.
P. CÉSAR A DÁVILA G.




Si examinamos en profundidad y con los ojos del espíritu, el mensaje que trajo al mundo del seno del Padre, Nuestro Bendito Señor Jesucristo, descubriremos que ese mensaje se resume en la palabra “Amor”. Esto lo dice con toda claridad el discípulo Juan, que estuvo más cerca de Jesús que ningún otro de los apóstoles, en estas palabras: “Dios es amor y el que vive en amor permanece en Dios y Dios en él” (I Jn 4,16).


Entre los testigos de la resurrección de Nuestro Bendito Señor estaba MARÍA MAGDALENA, de la cual habían salido siete demonios (Lc 8,2), Juana, María de Santiago (Lc 24,10) y otras mujeres que habían sido espíritus malignos y de enfermedades (Lc 8,2). MARÍA MAGDALENA es el prototipo del amor al Señor. Esta mujer venía muy de mañana al sepulcro trayendo los aromas que habían preparado para ungir el cuerpo del Señor. La sorpresa que tuvieron fue muy grande al encontrar vacío el sepulcro.
Según la narración de Juan, testigo inmediato de la resurrección del Señor, María Magdalena, al ver el sepulcro vacío, se quedó fuera, llorando. Mientras lloraba se inclinó mirando el sepulcro vacío y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies donde había estado el cuerpo de Jesús. Le dijeron: ¿Porquéllorasmujer? Ella les dijo: Porque sehanllevadoamiSeñorynosédóndelehanpuesto . Dicho esto se volvió para atrás y vio a Jesús que estaba allí, pero no le conoció. Jesús le dijo: mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, creyendo que era el hortelano le dijo: Señor,silehasllevadotú,dimedónde lehaspuesto,yyolellevaré.Díjole Jesús: ¡María!Ella, volviéndose, le dijo en hebreo: ¡Rabboni!, que quiere decir: Maestro” (Lc 20,12-16).

María Magdalena es el prototipo del Amor. El Amor a Cristo es el eje, alrededor del cual gira toda su vida, desde su conversión. Llora de amor al ver el sepulcro vacío, está fuera de sí y no le reconoce a primera vista al objeto de su amor, pregunta dónde le han puesto. ¿Para qué? Para abrazar ese cuerpo sin vida y llevárselo.
Todo esto demuestra la humanidad, la ternura, la profundidad del amor a su Amado.

La recomendación que hacía Nuestro Bendito Señor a quienes les curaba y, especialmente a los pecadores, era esta: Que debían abandonar el camino del pecado y volver a Dios. Esto lo hizo aquella mujer de la cual fueron expulsados siete demonios.
María Magdalena “amó mucho, por eso, le fueron perdonados sus muchos pecados” (Lc 7, 47).
P. CÉSAR A. DÁVILA G.

El Señor recordó la necesidad de que todos los que oyeran la divina palabra, también la realizaran en su vida. Esto es lo que inculcan insistentemente los verdaderos maestros a sus discípulos.
A través de los siglos han surgido grandes filósofos y maestros que han hecho muchos adeptos. Todos han expuesto sus teorías, más o menos con acierto. Los cinco mil millones de hombres que tiene actualmente la humanidad, profesan distintas religiones. Sus fundadores han creado cuerpos de doctrina admirables, pero, ninguna teoría, ninguna filosofía, ningún principio, ninguna enseñanza por sublime que sean, salvan por sí mismas.
Ninguna tiene el poder mágico de crear la virtud o a santidad en el corazón del hombre. Sólo sirven en tanto en cuanto son aplicadas a la vida. La palabra de Dios es como la medicina. Esta no sirve sino cuando la ha tomado el enfermo y cuando ha asimilado su virtud.
La enseñanza del Señor es muy clara: Nadie que no cumpla la voluntad del Padre que está en los cielos entrará en su Reino. Esta voluntad está expresada en sus leyes. Estas leyes están contenidas en los mandamientos del Sinaí y en estos otros mandamientos del Sermón de la Montaña.

SANTIAGO, apóstol y pariente del Señor, repetía esta misma enseñanza del Maestro a sus discípulos:“Sedhacedoresdelapalabra ynosolamenteoidoresdeella,engañándoosavosotrosmismos”(Sant 1, 22)
Las enseñanzas de nuestro Bendito Maestro Jesús, son salvadoras en todo el sentido de la palabra, pero sólo te servirán cuando las apliques a tu vida, cuando vivas esta doctrina. En caso contrario no tendrán para ti, ninguna eficacia, ningún valor. Serán como nubes que se disipan en el firmamento. Serán paja que arrebata el viento. Serán como la estela de un barco que no deja huella alguna en el mar.
P. CÉSAR A. DÁVILA G.

“QueCristohabiteporlafeenvuestroscorazones,paraquearraigadosy cimentadosenelamorpodáiscomprendercontodoslossantos,cualesla anchuraylalongitud,laalturaylaprofundidad.YconocerelamordeCristo queexcedeatodoconocimiento,paraqueosvayáisllenandohastalatotal plenituddeDios”.(Efesios3,17-19)


Y aquí otra palabrita mis queridos estudiantes, una palabrita sobre la cual ven, vendremos constantemente, esa palabrita que se llama: el AMOR. Habla del amor de Cristo, y de ese amor de Cristo que habita por la fe en nuestros corazones. Ese Cristo habita por la fe, en nuestros corazones.
Ese Cristo es un Cristo omnipresente. Ese Cristo no es un Cristo ideal o idealizado. Y no es un Cristo como quieren pintar cierta clase de revolucionarios. Ese Cristo es el CRISTO del AMOR. Es el Cristo que nos une. Ese Cristo cuya, cuyo amor –dice- es incomprensible. No podemos comprender porque su anchura, su longitud, su altura, su profundidad excede a todo conocimiento. Excede a todo conocimiento.
¡Qué hermosas palabras del apóstol Pablo, mis queridos hermanos! ¿Se dijo esto, algo, de algún maestro? ¿Se dijo, se dijo esto de algún instructor? ¿Se habló así del amor que tuvo ese Cristo, y que tiene ese Cristo a sus discípulos?
Podemos SENTIR mis queridos hermanos, algo de ese amor que Cristo tuvo para sus admiradores, y tuvo para sus seguidores, y tuvo para sus hijos, cuando nosotros también
nos situamos –sin parangonarlo desde, sin parangonarlo desde luego porque esta comparación siempre fallaría- cuando nosotros nos situamos en un sitial más o menos idéntico, y cuando nos convertimos en guías de nuestros hermanos, en instructores de nuestros hermanos.
Creedme mis queridos estudiantes, que se SIENTE realmente, se experimenta tan grande amor por quienes son guiados, que realmente toda ponderación, toda



palabra es inadecuada. Medio inadecuada de expresión, para decir lo que se siente por esa, esas personas.
Y Cristo, ¡ese Cristo siente ese mismo amor por todos, absolutamente por todos sus hijos! Y ese amor se prolonga a través de los maestros, y a través de los instructores.
Comentando esa misma palabra mis queridos estudiantes, comentando esa misma palabra amor, voy hacer una brevísima consideración ya que me he extendido –quizá- demasiado en la explicación de ese texto de San Pablo, acerca de lo que era el amor de Cristo a esa familia compuesta por LÁZARO, MARTA y MARÍA, tres hermanos.
Cerca de Jerusalén, más o menos a unos 3 kms. de distancia, se encuentra esa poblanciocita pequeña de BETANIA. Estuve allí, en ese mismo sitio, lo tengo profundamente grabado en mi mente. Hay una colina alta hacia el oriente de Jerusalén, esa colina separa a Jerusalén por el Torrente de Cedrón. Y allí, a los lados de ese Valle y Torrente de Cedrón, están los sepulcros de los antiguos judíos, entre ellos está y se ve el sepulcro de Absalón. Subiendo
esa colina y al otro lado está la pequeña aldea de Betania, no ha perdidodespués de dos mil años- ni su nombre, ni su tradición. Está todavía Betania como el signo en donde se realizó ese milagro del Señor, de la resurrección de Lázaro su amigo. El Señor no se quedaba en Jerusalén cuando venía del norte, desde Galilea o de la Judea, o de las demás provincias de Palestina. Cuando venía a Jerusalén, salía y se hospedaba en la casa de sus amigos.
Pero mis queridos estudiantes, yo quería hablaros y quiero hablaros de qué clase de amistad tenía el Señor con ellos, eso quiero indicaros.

Bueno, hay amistades y amistades. Nosotros podemos formar amistades y amistades, y tener, y podemos tener amigos y amigos. Pero amistades fundadas, constituidas en lo que se llama el amor que viene de Dios, son realmente raras, muy raras. Y la que existía, lo que existía entre la familia de Betania y el Cristo, era precisamente esa amistad nacida del amor que viene de Dios: amor verdadero, amor desinteresado, amor que todo, absolutamente todo lo sacrifica, amor que lo da todo y no se reserva absolutamente nada. ¡ESE ES EL AMOR DE DIOS!
Cuando nosotros mis queridos estudiantes, buscamos una amistad. Y cuando nosotros mis queridos estudiantes pues, queremos de verdad a una persona, y decimos que le amamos, llevamos a cristalizar eso que decimos amor, llevamos a cristalizar en un sacramento que se llama: el sacramento del Matrimonio, vamos allá. Allí lo cristalizamos y lo sintetizamos, aquello que decimos es amor.
Pero a veces nos equivocamos, y nos equivocamos profundamente. Ese amor no ha sido realmente un amor verdadero, porque ha tenido otras razones. No ha sido el amor puro, ese amor que viene y que se manifiesta de Dios y a través de nosotros, ha sido por otras causas. Y por eso es por lo cual muchos matrimonios fracasan, porque no habido en realidad verdadero amor.
Recuerdo lo que dice Paramahansa Yogananda, y este pensamiento os transmito a vosotros y que, y quiero que lo meditéis. Hablando él a – una de las secciones- hablando precisamente de lo que significa el amor, el verdadero amor decía: quenosotros cuandonodescubramosalapersonaenlacualbuscamoseseverdaderoamor,mientrasnodescubramos,volveremosunas tantasvecesacá,aesteplano,hastaelmomentoenquelodescubramos .
Y se explica él también más, cual es el sentido de esa expresión, de lo que dice. Dice él: que el corazón humano, naturalmente se siente inclinado amar, pero tiene –dice- que encontrar a la persona que le va a brindar ese mismo amor puro, amor desinteresado, amor a toda prueba. Amor que no tenga ningún fundamento humano. En otras palabras, tiene que encontrar –dice- a la persona que refleje en su totalidad el puro amor divino.
Es decir, tiene que haber esto: Dios-amor, la persona en la cual se manifiesta ese amor puro de Dios y yo. Entonces, yo me sintonizo con esa persona en quien he encontrado ese amor puro de Dios, y por medio de esa persona me he encontrado con Dios.
Y mientras no se realice éste círculo perfecto: YO, esa persona reflejo del amor divino, y Dios. Mientras no se complete ese círculo, el hombre volverá tantas veces cuantas sea necesario, hasta el momento de encontrarle.
¡Pensamiento profundo! para manifestar que nosotros mis queridos estudiantes, necesitamos de este VERDADERO AMOR en nuestra vida.
Y lo encontramos mis queridos estudiantes, encontramos en nuestra vida. Vosotros lo habréis encontrado, quizá encontraréis personas que en realidad os aman. Pero os aman no por ninguna cualidad, no por ni, no por lo que hacéis, por lo que vosotros deis, o por lo, lo que sea, sino porque vosotros sois: ¡esa PROLONGACIÓN de ese mismo DIOS, esa prolongación de ese, del Espíritu Santo, esa prolongación del amor que tiene Dios! Y cuando encontréis, tenedlo de seguro mis queridos estudiantes, que habéis encontrado aquello de lo cual habla con tanto interés Paramahansa Yogananda.


Y esto es precisamente mis queridos estudiantes, lo que había en esa relación: Cristo, la familia de Betania y el Padre. El Padre reflejado en Cristo, y ese Cristo reflejado y prolongado en esa familia. Un amor, un solo amor, una sola voluntad, un solo pensamiento, un, una sola conciencia: la conciencia divina del Padre en Cristo y en esa familia.
Hermanos –con esto concluyo-, nosotros tenemos mis queridos estudiantes, que también constituir, comenzar a constituir ya este ideal de la verdadera familia de hijos de Dios, para ver en nuestros hermanos, ver a hijos de Dios. Y comenzar a ver, no solamente en nuestros hermanos, sino en todas las cosas los reflejos de Dios, y a criaturas hechas a imagen y semejanza de Él.
P. CÉSAR A. DÁVILA G.
NOTA: Tomado de nuestro archivo.

