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Cartelera digital de Asociación Escuela de Auto-Realización - abril 2026

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JERUSALÉN

1963

Murió para dar cumplimiento al divino decreto que pedía la expiación del pecado. Murió para obedecer la voluntad del Padre. Murió para restaurar no solo la naturaleza humana, sino toda la naturaleza visible e invisible. Murió para lavar los pecados del mundo. Murió para hacernos herederos de la gloria inmortal. Murió en la cruz con los brazos abiertos para invitarnos al abrazo de la reconciliación… Padre CÉSAR A. DÁVILA G.

AEA ASOCIACIÓN ESCUELA DE AUTO-REALIZACIÓN Derechos Reservados


La he visitado. No. He estado presente en ella, no con esa presencia física que al fin nada significa; con la mente, con el corazón. Mi vista espiritual ha estado siempre fijo en ella. Un lugar de la tierra: debía ser algún lugar escogido para el cumplimiento de las leyes de toda esa mecánica celeste del mundo divino. Debía haber un lugar para que se encarne el HIJO DEL PADRE CELESTIAL, para la redención por la cruz se realice, para que quedara lavado el mundo, no con una gota de sangre sino con toda la sangre del HIJO DE DIOS. Sangre de tal virtud y de tal oculto poder que tiene la plenitud de virtud y de poder para lavar todo lo sucio, para limpiar todo lo indigno, para perfeccionar todo lo imperfecto, para crear todo lo que no esta creado y está por crearse o para mantener toda la creación en el equilibrio universal. AQUÍ HE LLEGADO. Se ha materializado un sueño. La vida, mi vida, la de todo mortal, la tuya… no es sino sueño. Este sueño se materializa a cada instante que pasa: El instante que pasó ya es un sueño, ya se materializó pero ya no se materializará más. El instante que viene es un sueño, se materializará quizá: Cuando se materializa ya deja de ser un sueño; materializado, pasa luego a ser de sueño, nada más… Estoy aquí en JERUSALÉN. Todavía me parece un sueño.

Quizá en este mismo lugar donde escribo, hace dos mil años sucedieron tantas cosas. Estoy a pocos pasos de la Basílica del SANTO SEPULCRO. Quizá aquí a mis pies estaba algún curioso al morir de la tarde del VIERNES SANTO contemplando cómo José de Arimatea, Nicodemo, la Virgen María, Juan, la pecadora de Magdalana y otros amigos de Cristo, envolvían ese cuerpo macerado en el lugar donde hace el vino el Padre Celestial: Vino que salva todo y purifica todo: Vino de la sangre de Cristo, vertida toda aquí muy cerca también: en el CALVARIO. Padre Santo: Te doy gracias. No sé cómo agradecerte porque me has concedido un premio al que por ningún título tenía yo derecho. Te pido que Tu Divino Espíritu abra mi mente para ver la verdad, para no ser víctima de la ilusión o del engaño. Si eres Padre, si eres Madre, si eres todo y si todo lo debo a Ti y si por todo débote gratitud: Por este regalo, te doy gracias. Padre Bendito: Tú, solo Tú eres Aquel que has permitido que este sueño se realice. Tú lo sabes bien. Yo lo sé. Sin tu ayuda visible, sensible, plena, milagrosa, no hubiera podido realizar mi sueño.

Padre CÉSAR A. DÁVILA G. Diciembre 1963


Mis queridos hermanos estamos celebrando una vez más, este día en que conmemoramos los cristianos de todo el mundo, el día de la INSTITUCIÓN DE LA DIVINA EUCARISTÍA. Este, hermanos, es un día que nos invita a una profunda reflexión acerca de este gran misterio que conmemoramos. El evangelista Juan en el capítulo 13 que acabamos de escuchar, dice que: el Señor habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Por otra parte, el apóstol san Pablo en la Primera Carta a los Corintios en el capítulo X, versículo 26, dice esto –después de narrar aquello que había recibido él por una tradición-: lo había recibido por tradición

que el Señor en la noche en que iban a entregarle, tomó pan, pronunció el acción de gracias y luego al partir el pan dijo: esto es Mi cuerpo. Lo mismo hizo con el cáliz, después de la cena, y dijo también: este cáliz es la nueva alianza sellada con Mi sangre. Y luego añadió: haced esto cada vez que bebáis, en memoria Mía. Hemos escuchado también la Primera lectura que se narra el gran acontecimiento del pueblo judío: la celebración de la Pascua. Hermanos, estos hechos que recordamos se conjugan para que resalte estas palabras de Nuestro Bendito Señor, que nos trae san Juan: habiendo amado a los suyos que estaban en el

mundo, los amó hasta el extremo.


Hermanos, el amor del Padre a la humanidad y concretamente a cada uno de nosotros es un Amor Infinito. Es que hermanos, el Infinito siempre tiene que producir lo infinito: el infinito en sabiduría, el infinito en donación, infinito en poder, infinito en amor. El amor que Él nos manifiesta tiene esta misma característica, hermanos. Pero, ahondemos un poco en este gran misterio. Este Bendito Señor había prometido que se quedaría con nosotros todos los días hasta la consumación de los siglos. Nuestro Padre Bendito, hermanos, se prolonga a través de Su Único Hijo, y esa prolongación es más allá del tiempo y del espacio. Esa prolongación es pues, de carácter infinito. Este Dios Bendito, mis queridos hermanos, cuando instituye la Sagrada Eucaristía cumple Su promesa de quedarse con nosotros para siempre. Y, ¿cuál es el medio que Él escoge para esto? Es sencillamente el tomar una forma visible, una forma de la naturaleza, una forma material; así como nosotros hermanos, al encarnar tomamos una forma material para ponernos en contacto con este mundo, así ese Bendito Señor, después de tomar también la forma material y encarnarse, y como Su encarnación no podía durar aquí en la tierra para siempre porque había Él de dejar esta tierra porque Él había de cumplir una sola misión: la misión de demostrar el Amor que el Padre nos tiene con Su presencia, y todavía más, ofreciendo lo que podía ofrecer, hermanos, de visible para nosotros: Su sangre, Su cruz, Sus llagas, Su muerte; ofreciendo todo lo que podía ofrecer por nosotros, retorna al Padre. ¡Esa fue la misión que el Padre le encomienda! Pero hermanos, este Bendito Señor no quiere desprenderse de la humanidad, no quiere dejar en abandono el ser humano, sino quiere permanecer con el hombre hasta siempre. Y lo cumple hermanos, cuando instituye el sacramento de la Divina Eucaristía. Y el modo como se hace presente es muy sencillo, hermanos. Él toma un poco de pan, de ese pan que se servía en la Pascua, de ese pan que tenía en la mesa. Y toma también un poco de vino, de ese vino que estaba servido y lo pone en una copa; y cuando tiene ya ese pan en Sus manos benditas, pronuncia las palabras consagratorias, palabras muy sencillas: Esto es Mi cuerpo, esta es Mi sangre. Este pan que tengo en Mis manos, esto ya no es un pan cualquiera, pues es Mi propio cuerpo ; este vino que tengo

aquí en esta copa, ya no es el jugo de la vid, es Mi propia sangre.


Él, hermanos, había prometido y nos lo narra el evangelista Juan, había prometido que daría a comer Su sangre y a beber Su sangre en el Sermón del Pan de Vida, del cual nos da cuenta el evangelista Juan. Recuerden ustedes, que allí en un rincón de las ruinas de la Sinagoga de Cafarnaún, allí tuvimos el privilegio de recordar la Promesa del Pan de Vida. Esta promesa que fue allí ampliamente comentada, la cumple cuando Él toma el pan y el vino y pronuncia las palabras consagratorias. Hermanos, ¿esto es posible? ¡Desde luego! Puede un incrédulo, puede aquel que, no ahondado todavía en el poder divino, dudar de esto. Pero, ¿no es una manifestación del poder divino esta naturaleza que nos rodea? ¿No es una manifestación divina ese sol que nos alumbra? ¿No es una manifestación divina esta tierra que nos da lo que necesita el cuerpo para alimentarse? ¿No es una manifestación divina toda esta naturaleza que canta Su grandeza? Hermanos, si Él puede hacer todo eso; si Él puede transformar la energía en vida, en movimiento, en luz, en materia, ¿qué dificultad encontramos entonces, que Él tome posesión de ese pan y de ese vino en virtud del poder que Él tiene, y del poder que comunica también a los suyos? Porque les dice a Sus apóstoles: esto

mismo que Yo acabo de hacer, hacedlo también vosotros. Tomad ese pan, tomad un poco de vino y pronunciad estas mismas palabras que Yo acabo de pronunciar y se verificará también este Milagro de Mi presencia, porque vosotros no seréis quien transforme, quien transmute ese pan y este vino en lo que he dicho: en Mi cuerpo y en Mi sangre, sino seré Yo mismo, porque Yo tengo ese poder, pero me sirvo de vosotros para reviváis este hecho con estos mismos signos del pan y del vino. Hermanos entonces, por qué el apóstol Pablo al final de su narración, dice:

cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del


Señor hasta que venga. Él no dice solamente que quien

come de este pan y de este cáliz rememora la Presencia de ese Cristo, sino que en verdad participa del cuerpo y de la sangre de Ese Bendito Señor. Hermanos entonces, es preciso que nosotros recordando este Misterio de la Institución de la Divina Eucaristía, cada día reavivemos nuestra convicción de esta realidad: de Su presencia en este signo del Pan y del Vino. Hermanos queridos, este Bendito Señor nos ha hecho la merced de congregarnos; nos ha hecho la merced de unirnos en oración, aquí en esta Capilla; y Él nos hace también la merced de descubrirnos, de quitarnos por lo menos un poquito, de ese velo del gran misterio de Su presencia. Hermanos, nosotros cuando nos acercamos a la Divina Eucaristía, pues participamos de verdad de Ese cuerpo, Esa sangre, pero no solamente de eso sino de lo que en Este cuerpo y en Esta sangre divina están ¡LA PERSONA MISMA DE CRISTO! He aquí porque mis queridos hermanos, vosotros lo recordáis cuando en la Filocalia se dice: que después de la oración de Jesús y luego de la participación de la Divina Eucaristía, se les veía a los

cristianos, verdaderos teóforos, portadores de Dios, y había una luz que se proyectaba de sus cuerpos y les causaba admiración a quienes les miraban. ¡Después de su meditación y después de la celebración eucarística, eran realmente portadores de Dios!

Hermanos queridos, el mundo en estos momentos necesita que haya personas y muchas personas, muchos espíritus que comprendan esto: que sean anunciadores de la Buena Nueva de Cristo. Hermanos, nosotros tenemos esa gran bendición de contarle a Cristo como nuestro Maestro. No, nosotros hermanos, no solamente tenemos un maestro querido, un hombre, un ser que cuide de nosotros y nos guie por el sendero hacia la realización personal, ¡TENEMOS UN DIOS MISMO QUE HACE ESTE OFICIO! Y por eso debemos sentirnos todavía, más obligados para con este Maestro, y para vivir unidos a Él siempre y para que de esta manera: por nosotros Él continúe Su obra. Hermanos entonces, esta tarde de JUEVES SANTO que estamos recordando este MISTERIO DEL CUERPO Y DE LA SANGRE DE CRISTO, de la Presencia Suya en medio de nosotros, pidámosle a este Señor Bendito: que cada día vaya abriendo nuestras conciencias, que cada día vaya aclarándose mejor Su figura en nuestros corazones… P. CÉSAR A. DÁVILA G.


S. Misa en el Calvario: Altar de la crucifixión. A la derecha del altar de la Dolorosa visto de frente. El viernes a las 3 de la tarde hay el Vía Crucis por todos los lugares por los que según la tradición recorrió el Señor. El alma se siente sobrecogida de dolor y se sumerge en profunda meditación al recorrer cada uno de los pasos de la Vía Dolorosa. Ha cambiado mucho Jerusalén desde los tiempos del Señor. Pero la tradición, los estudios arqueológicos hechos en estos últimos tiempos permiten ubicar con bastante precisión los sitios por donde anduvo cargando la Cruz el Hombre del Dolor. El Vía Crucis se hace por las calles de Jerusalén desde el comienzo hasta la X Estación que se hace en la Basílica del Santo Sepulcro. Cada viernes se reproduce al vivo la escena que tuvo lugar hace 20 siglos. Un sacerdote que lleva recordando los distintos pasos de la Vía Dolorosa: El pueblo le acompaña devota y profundamente recogido. Cuando Cristo siguió aquel camino, unos pocos apenas, entre ellos algunas mujeres, miraban la escena con dolor. El resto, sicarios de los sacerdotes, criados, soldados romanos; una turba de enemigos


más duros que las piedras que no daban muestras de compasión para el ajusticiado próximo a morir. Hoy le acompañan sus amigos. Ayer un mundo hostil o indiferente. Hoy también es un mundo indiferente: musulmanes, comerciantes, cambistas, artesanos que no interrumpen su trabajo al pasar el cortejo: ¡Qué les importa! Los ojos de una mujer que asoma por una ventana medio abierta para mirar lo que pasa en la calle. Un niño que se detiene comiendo todavía una golosina y mirando el paso de la gente, grupos de indiferentes que charlan de todo en alta voz, un zapatero que levanta el martillo rítmicamente para clavar las suelas de un viejo zapato, un carpintero que sigue cortando la madera sin que le importe para nada lo que afuera se realiza, una acémila que se abre paso con su carga por entre la multitud, grupos de gente que pugnan por seguir su camino en sentido contrario, un tendero que sigue vendiendo sus viandas, una frutera que ofrece naranjas, plátanos, mandarinas… Sí, la calle, la calle con todo su bullicio, con toda su complicación, con todos sus problemas… El Vía Crucis de hoy: El Vía Crucis del Cristo de ayer son los mismos: Ambos se realizaron y se realizarán en la calle pública. Jesús hizo su Vía Crucis por las calles como se hace hoy, señaló el camino de Su sacrificio con los gritos imborrables de su Divina Sangre.


Este Vía Crucis sigue repitiéndose hoy…: ante una inmensa multitud –qué digoante toda la humanidad. Y es el mismo Cristo que sigue su camino hacia el Calvario cargando con la cruz. Con la cruz de la incomprensión de su doctrina, con la cruz de la tergiversación de sus principios, con la cruz del desconocimiento, del odio, de la indiferencia de una humanidad que no desconoce su doctrina, sino que no quiere practicarla. Cristo, ayer, hoy es crucificado en su doctrina, en sus leyes, en sus preceptos, todos los días. P. CÉSAR A. DÁVILA G. Jerusalén, 14 diciembre 1963


...aquí se puede reconstruir perfectamente bien lo que aconteció el día de jueves, viernes, Sábado Santo, esos días que se sucedieron para la muerte y resurrección del Señor. El Señor había celebrado la última cena; la última cena la celebró en el Cenáculo. Subiendo por estas gradas que ven ustedes aquí, bueno, se sigue atrás ¿no? atrás de este monte que se llama el Monte de Sion, todo eso se llama el Sion, pero sobretodo el sitio este sagrado, donde -según la tradición- donde ofreció su sacrificio Abraham: de Isaac, que veremos nosotros donde está la cúpula misma de la Roca. Entonces el Cenáculo está acá atrás de este monte, un poquito atrás, está sobre una altura. Entonces Él celebró la Pascua, según Él no podía celebrar el sábado porque dijo que ya se iría, ¿no? que había de morir. Entonces anticipó la celebración de la Pascua que debía celebrar el sábado. Y según los judíos el viernes era la fiesta de la preparación para la Pascua… Entonces el Señor después de celebrar la Pascua, pues por la noche, más o menos a eso de las 8 de la noche, termina la celebración de la Pascua. Y ahí le descubre a Judas, el traidor. Le decía: “haz lo que tienes que hacer”. Entonces él salió enseguida a ponerse de acuerdo con el sumo sacerdote Caifás y Anás, entre los dos que eran pues los que dirigían –digamos- la parte espiritual, los que entendían de la parte espiritual en tiempo del Señor. Entonces, aquí donde está la Iglesia de Gallicanto, o es decir de Gallicantu, han oído ustedes que era la casa de Caifás, ¿no? sumo sacerdote. Bien, entonces Judas viene desde allí, desde el Cenáculo acá a la casa del sumo sacerdote para concertar la


paga y luego, antes se dirige al templo concierta con él también ¿no? la paga y luego con Anás y le ofrecen los 30 denarios. Entonces Judas está ya listo aquí, junto al templo y baja. Mientras nuestro Señor bajaba de aquí, de el Cenáculo, le espera y le acompaña y bajan precisamente por estas mismas gradas. Y se dirigen por cerca de la fuente de Siloé van camino por el torrente de Cedrón y pasan al otro lado del torrente. Había una pequeña acequia –digamos- de agua pues ¿no? Entonces, pasan y llega al huerto de Getsemaní, pero ya iba con Judas. Es en el huerto de Getsemaní donde le toman preso, a eso de las 11 y media o 12 de la noche. De allí le traen nuevamente por este mismo camino acá, pero ya a la casa de Caifás, no al templo. Entonces aquí pasa toda la noche del jueves hasta el viernes por la mañana. Entonces aquí pues, ocurre la negación de Pedro, y ocurre la prisión del Señor. Aquí ocurre la conversión de Pedro también y aquí ocurre esa serie, de hechos relacionados con los azotes, con la corona de espinas que le ponen y todo eso. Desde aquí, desde este lugar, entonces se va el Señor así mismo conducido por la guardia del sumo sacerdote, porque ellos también tenían guardia, guardia propia. Y no es la guardia, la guardia romana, la guardia civil, -digamos- la que le toma preso en Getsemaní, sino es la guardia


sacerdotal. El episodio ese con uno de los guardias de haberle cortado la oreja de Pedro, sucede con uno de la guardia sacerdotal. Entonces de aquí le llevan ya a donde Poncio Pilato, al Pretorio. Nosotros iremos al Pretorio que hoy se llama Litóstrotos. Conoceremos el Pretorio y reconstruiremos también esa escena del Pretorio. De tal manera que así tenemos nosotros pues, una visión más o menos de lo que sucedió entonces. Desde aquí va allá ¿y por qué le lleva? ¿Por qué le manda a Caifás, allá? Ellos bien hubieran tenido, es decir, tenía el hambre, un hambre pero satánica; sí, un hambre satánica de sangre, de la sangre de Esa víctima inocente. Y siendo los dirigentes, los principales dirigentes del pueblo judío, ellos veían derrumbarse toda, todo, todo ese andamiaje de engaño en que había vivido el pueblo judío. Todo ese andamiaje ritual, todo ese andamiaje de interés político religioso que tenían, porque también ejercían ellos un poder político-religioso. Todo eso veían derrumbarse, y ante eso decían: que tenemos que hacer, sino que muera, que muera este hombre. Y enviados de ellos, enviados de los sumos sacerdotes y criados de ellos, y parientes de ellos fueron también los que le acompañaron al Señor, ¿para qué? Con el objeto, tomando instrucciones de estos mismos hombres, ¿para qué? Para que organicen un motín y para que azucen a ese pueblo. El pueblo en sí era un pueblo –digamos- bueno. Pero un pueblo que también podía reaccionar ante argumentos como los que ellos creían esgrimir, como ese gran argumento, para ellos un argumento, un argumento pero muy grande. Tomaron argumentos de carácter –digamos- civil y de carácter también religioso. El gran argumento de carácter religioso era este: “digan ustedes que Este que le hemos aprendido y que este que está en medio de nosotros, este ha dicho que va a destruir el Templo", su templo. Y va acabar con su Templo, va acabar con su religión, va


acabar con sus sacerdotes, va acabar con sus tradiciones, va acabar con, con su culto levítico, va acabar con todo, es decir, va a introducir este hombre: el paganismo, como también lo hicieron los enemigos del pueblo judío, como lo hicieron los persas, como lo hicieron los medos, como lo hicieron últimamente los romanos, poniendo en el mismo Templo de Dios un ídolo. Entonces ellos le azuzaron y decían: bueno ustedes tienen que salir por los fueros de ese Templo que va a ser destruido por este loco. Un argumento muy grave dado también al fanatismo en que había sido criado el pueblo judío. Un argumento para ellos de suma importancia. Pero ese argumento lo reforzaron ellos, con el engaño. Luego el argumento de carácter político. Si no se convencían, porque también Pilato no podía convencerse ante un argumento. Este argumento que esgrimían estos señores, Era solamente un argumento de carácter religioso que les importaba a estos que vivían de la explotación de la religión de esos hombres y de esos pueblos. De esos pueblos a los cuales el Señor se referirá muchas veces: que andan pues, como ovejas sin pastor. Como hemos recordado, y Él sentía compasión, sentía piedad de esas muchedumbres. Luego, el argumento de carácter político es este otro: “Este, quiere hacerse rey”. Este sí era un argumento bastante grave digámosle así-. ¿Y por qué decían? Bueno quiere hacerse rey. El relato evangélico es sintético, es decir, son esquemas, los evangelios solamente son esquemas. Pero esquemas que nosotros tenemos que seguir descifrándolos. Una especie de jeroglíficos, pero una especie de jeroglíficos que nosotros tenemos que descifrarlos y tenemos que tomar su sentido real. Entonces, el argumento de carácter político era este: que Este quiere hacerse rey. Y tan es así –decían ellos- que el Domingo de Ramos, -y estaba tan fresca la idea y tan fresca, tan fresco el recuerdo del Domingo de Ramos-. Precisamente desde aquí podemos ver de, de donde entró el Señor ese Domingo de Ramos triunfalmente en Jerusalén, a la mañana. Bajaba desde el monte que vemos, tenemos al frente que hoy se llama el Monte de la Ascensión- bajaba por allí por un camino, y venía desde el otro lado desde Betania, y el camino era directo, no daba esa vuelta entonces, sino, el camino


era directo. Había que ascender y luego a organizar la comitiva hasta llegar y entrar por la puerta “preciosa”, se llama esa puerta que da hacia el este. Entonces, ahí se organiza la gran procesión, el gran desfile del Domingo de Ramos, en que le gritan el rey de David, Bendito el que viene en nombre del Señor, y entra triunfalmente montado en un burrito y luego le ponen al paso los vestidos. Y era realmente un delirio de toda esa gente, porque entonces todo el mundo creía que ese Cristo ya, ese Cristo había venido, había llegado para la redención del pueblo de Israel. Pero una redención en la que soñaron y que pensaron. Una redención no de las conciencias, no de las almas, un romperse de las cadenas no de los espíritus esclavizados al mal, esclavizados al odio, esclavizados a la venganza, esclavizados a las distintas pasiones que se desenvuelven en el corazón del hombre. Ellos se imaginaron que era un Mesías que no venía para eso, que no venía para enseñar el camino de Dios. Ellos imaginaron siempre el Mesías político y un rey. Ellos esperaban un rey, ¿por qué? Porque estaban bajo la dominación de un yugo extranjero, bajo la dominación romana. Y esperaban el rey y ese rey –decía- ya ha llegado, por eso hacen ellos, esa entrada triunfal en Jerusalén. Entonces el argumento que ponían entonces, era un argumento, un argumento –digamos- para ellos muy grave, muy grande, porque sencillamente, Este quería hacerse rey. Y tan es así que este mismo Caifás, presentará esa acusación ante Pilato. Y lo MÁS RIDÍCULO y lo más imposible que parece es esto: ¡Cómo es posible que un pontífice, un pontífice sea el acusador de el Hombre más puro y el más santo, Aquel que vino a realizar esa transfiguración de los espíritus! Un pontífice que se arrastraba ante una autoridad civil para acusar a un inocente. Un pontífice que llevara él personalmente la acusación. ¿A quién? A un gobernador civil, reconociendo así con toda claridad también, la autoridad civil a quienes detestaba… P. CÉSAR A DÁVILA G.


Mis queridos estudiantes, el Señor cuando estuvo presente aquí en la Tierra, cuando vivió con sus hermanos, hizo una promesa solemne “He aquí –dijo- que estaré con vosotros, todos los días hasta la consumación de los siglos”. Este Bendito Señor dejó establecido también que Él es el camino, que es la Verdad y la Vida. No dijo solamente: Yo soy Quien indica el camino, no Soy solamente Aquel que proclama la Verdad y Aquel que conduce a la Vida; sino que Él se presentó con éste triple título de: Camino, de Verdad y de Vida. Y añadía también “El que me sigue,

no anda en tinieblas, sino que ve la Luz de Dios”. Siendo esto así, entonces Él no podía engañar, Él no podía desfigurar siquiera ese mensaje que le encomendó dar a los hombres, el Padre celestial. Porque Dios es la Verdad y el Verbo es también manifestación, expansión de esta misma Verdad absoluta de Dios.


Esta premisa mis queridos estudiantes, hace que estas palabras que he dicho al principio: He aquí que estaré con vosotros, todos los días hasta la consumación de los siglos, tengan el sello de la Verdad absoluta. Él realiza la promesa de quedarse para siempre con sus hermanos, pero también anunció por varias ocasiones, que iba a someterse a la muerte. Pero que esa muerte padecida por sus hermanos sin excepción, esa muerte no sería sino, el inicio de una vida nueva. Que esa muerte que Él iba a sufrir, sería también como el modelo de nuestra muerte, mis queridos hermanos; ya que según la expresión del apóstol Pablo: Él se hizo en todo semejante a nosotros. Sí, nuestro Bendito Señor, se propuso quedarse para siempre con sus hermanos, Él no quería dar la impresión de algo que desapareció, que algo se consumó y que en el momento de la muerte queda definitivamente olvidado. De algo que no tiene autoridad siempre. Por eso mis queridos estudiantes, el Señor escoge un camino para permanecer para siempre con nosotros: el camino de SU RESURRECCIÓN. Ese Dios Bendito, mis queridos estudiantes, está demostrando que no es un Dios de los muertos, que no es un Dios desaparecido, que no es un Dios en la cual la muerte manifestó su señorío absoluto. El demuestra con Su resurrección que es el que vive siempre, el que está siempre presente con sus hermanos, y el que estará presente no solamente aquí, en los momentos transitorios de ésta vida, sino eternamente. Nosotros mis queridos estudiantes, también tendremos que participar de esa misma Gloria Divina de Jesucristo. También nosotros tenemos que vivir no una vida efímera, no una vida transitoria, no una vida que cada día se desmorona, sino la Vida Eterna. Y Él mismo dice, en que consiste esta vida eterna “esta es la Vida Eterna –dice- que Te conozcan a Ti Dios Verdadero y a Tu enviado Jesucristo”. ESTO ES LA VIDA ETERNA, mis queridos estudiantes, el CONOCER ETERNAMENTE A DIOS, el conocer eternamente a su Jesucristo, el vivir en ellos y con ellos y no solamente el de conocerlos sino el de amarles, el vivir en ellos y con ellos por toda una eternidad. Pero esa eternidad no va a ser ya, una eternidad de dolor, una eternidad de frustración, una eternidad en la cual nuestra esperanza quede fallida, una eternidad en la cual tengamos ni el menor asomo de sufrimiento, sino una eternidad completamente feliz.


Pero mis queridos estudiantes, nosotros debemos preparar esa eternidad y debemos abrir la conciencia para esta preparación. Nosotros aquí, durante esta vida, tenemos que realizar esta preparación y no tenemos que perder el tiempo. Desventuradamente muchos, muchísimos hermanos nuestros, porque tienen desviado su espíritu, desviada su conciencia y encaminadas solamente a las cosas materiales, no son capaces de percibir las cosas de Dios. Pero vosotros mis queridos estudiantes, estáis en condiciones mejores que otros, de percibir la Verdad de Dios. Por eso, a vosotros se os da pues, el alimento sólido que os nutra, no ese alimento que solamente es algo que no es sino aparente, alimento que no tiene ninguna vitamina, ninguna consistencia. Nosotros mis queridos estudiantes, estamos pues, en condiciones de comprender mejor estas verdades del Evangelio. Y las verdades proclamadas también por inspiración de éste mismo Verbo que se encarnó y que habitó entre nosotros, esas verdades que exponen también los maestros a los adeptos de tantas otras religiones. Mis queridos estudiantes, este es el día en que conmemoramos la resurrección del Señor. Resurrección de la cual nos hablan unánimemente los 4 evangelistas, resurrección de que habla el apóstol Pablo. Y luego resurrección que recibió como verdad y como herencia la Iglesia de Cristo. Hermanos, este es un DÍA DE TRIUNFO PARA NUESTRO BENDITO SEÑOR, triunfo en el cual cumple Su promesa. Pero no solamente es el día de Su triunfo, sino del nuestro, porque también nosotros mis queridos estudiantes, viviremos con Él, participaremos de Su Gloria, pero no de una Gloria efímera sino de una Gloria Eterna. Mientras tanto, mientras peregrinamos todavía en esta vida mis queridos estudiantes, nosotros debemos trabajar con tesón para que ésta perla escondida que hay dentro de nosotros, para que éste fuego que ya hemos prendido y estamos alimentando, no desaparezcan. Para este fuego de nuestra comunión con Dios, cada día vaya aumentando para que ese fuego permanezca siempre puro, para que ese fuego crezca siempre, es la meditación. Con la meditación, si podremos progresar en el camino, sin la meditación es claro, no solamente hemos de retroceder, sino ese retroceso puede ser tal vez definitivo, y esto no puede pasar entonces.


Imploro para todos y cada uno de vosotros mis queridos estudiantes, las bendiciones del Señor en este día de Pascua, de Resurrección. E IMPLORO DE ÉL, QUE OS BENDIGA A TODOS Y A CADA UNO DE VOSOTROS, que bendiga a vuestras familias, que Él os de una luz particular para afrontar todas las dificultades, todos los problemas, todas las contradicciones, todas las frustraciones y los sin sabores de que está tejida ésta existencia. Hermanos, muchas veces nos sentimos un poco desilusionados y quizá bastante desilusionados también y bastante sufridos por la montaña de preocupaciones que tenemos delante. Pero no hay nada, absolutamente nada que pueda vencer el poder de Dios. Cuando nosotros confiamos en El, todas las dificultades por gravísimas que sea, son resueltas. Y este Bendito Señor está dispuesto precisamente a darnos la fuerza que necesitamos en la lucha. Mis queridos hermanos, estamos unidos por la meditación. Nosotros mis queridos estudiantes, formamos una comunidad pero una comunidad en la cual, Dios es la meta y a esa meta se dirigen todos nuestros esfuerzos. Y en esa comunidad de amor, en esa comunidad de oración nosotros mis queridos estudiantes, nos ayudamos mutuamente. Porque, si hay estudiantes fervorosos, hay estudiantes dóciles, hay estudiantes que mediten; esa meditación y ese espíritu de oración de ellos, revertirá también en todos vosotros mis queridos hermanos. De tal manera que, contáis también con ésta fuerza de la meditación de vuestros hermanos. Para que esa fuerza os haga perseverantes, para que esa fuerza cada día, cada día os motive para ser también fieles a la oración. Tenemos mis queridos estudiantes también, que llevar nuestro mensaje, como ya lo estáis llevando muchos de vosotros, mensaje a los leprosos, mensaje a los necesitados, mensaje a esos hermanos que sufren. Pues, allí está el camino de vuestra realización, en la ayuda a vuestros hermanos. Continuad siempre cada día creciendo en entusiasmo, creciendo en dedicación a esos hermanos que sufren. Cuanto hicierais por alguno de estos hermanos míos, dice nuestro Bendito Señor, tenedlo hecho por mí mismo. Así es mis queridos estudiantes. Y por cada acto que realizamos a favor de nuestros hermanos, nosotros recibimos el mil y mucho más por recompensa, el uno por mil y mucho más. Mis queridos estudiantes, hemos de reunirnos muy pronto, pero mientras tanto, trabajemos unidos en la oración, teniendo la seguridad de que ese Dios Bendito, nos ayudará en todos los problemas de nuestra vida. P. CÉSAR A. DÁVILA G.


Tenemos mis queridos estudiantes, todos y cada uno de nosotros, un inmenso recurso, un manantial inagotable del cual podemos nosotros aprovecharnos en todo momento. Así como podemos acercarnos, cuantas veces queramos saciar nuestra sed a un manantial que perennemente desciende de la montaña, tenemos ese manatial inagotable. Manantial en el cual nosotros podemos beber cuantas veces queramos. Y ese manantial es pues: esa vida Divina, ese Amor Divino, esa MISERICORDIA DIVINA. P. CÉSAR A. DÁVILA G.


La mayoría de los hombres no vive sino de la emoción del momento, del acontecer diario, del sensacionalismo intrascendente de la última noticia, del dato trivial abultado en grandes titulares de revistas y publicaciones que hacen dinero de todo esto. ¡Qué difícil resulta encontrar cerebros que piensan, almas que reflexionan, espíritus que se esfuerzan por penetrar en los deslumbrantes misterios del cosmos o en las cimas abismales de las divinas perfecciones! ¡Qué difícil resulta encontrar la respuesta a tantos hechos trascendentales de la historia humana! ¿Por qué? ¡Porque hace falta el verdadero filósofo, el investigador inquisitivo que se esfuerza por descifrar las inquietudes y los signos de los tiempos! Nos encontramos frente a un hecho extraordinario, que trasciende los límites del vivir prosaico, que necesita una explicación, alguna explicación. Las circunstancias que forman el marco de este hecho, no son nada extraordinarias. ¿Qué tiene de extraordinario un comedor en donde están cenando en las primeras horas de la noche unos niños? ¿No sucede esto todos los días, centenares de miles de veces? ¿Qué tiene de extraordinario que en ese


comedor presida desde el lugar principal algún cuadro, alguna imagen de Cristo, de la Virgen, de algún santo o simplemente algún paisaje? ¿No se decoran con estos objetos, salas y comedores en todo el mundo? Pero, aquí viene lo excepcional, lo extraordinario, lo trascendente: Una imagen de la Virgen María, Madre del Verbo, que creó un artista anónimo, bajo la inspiración del dolor lacerante… que trasladó al lienzo el rostro de una mujer única, tierna como ninguna; de mirada dulce, con la dulzura de todas las madres de la tierra; con los ojos nublados por infinita tristeza; con las mejillas humedecidas con las lágrimas que condensan todo el dolor de la raza humana, con las manos delicadas de pétalos de azucena que han florecido la paradoja de agudas espinas; con el corazón despedazado por simbólicos puñales… Que ese cuadro que la noche del 20 de abril de 1906, pendía de una pared del comedor de los niños del Colegio de los PP Jesuitas, de pronto cobrara vida, que en ese Cuadro se produjera una verdadera transmutación, que toda la contextura externa de esa Imagen, dejara de ser por unos momentos la sencilla representación del símbolo más excelso de los cristianos y se convirtiera en la Madre verdadera, exactamente en esa misma Madre que experimentó en su corazón la muerte del Hijo que ofrendó su vida por el hombre, que palideciera, que moviera los párpados, que expresaría el dolor supremo con el mejor lenguaje: el de las lágrimas… ¿No es esto, en verdad un hecho excepcional, único, imposible de explicar siguiendo los cánones estrictos del razonamiento meramente humano? Esto sucedió en Quito, en el comedor del antiguo Colegio San Gabriel, en presencia de numerosos niños y del sacerdote que ejercía entonces la vigilancia. Cada quien explique e interprete como quiera la motivación de este milagro. El milagro es incontrovertible. La Virgen María quiso manifestarse a nosotros, a nosotros ecuatorianos. A nosotros que, en la corta vida de Nación independiente, hemos tenido tantos, tantos altibajos en todo orden: En lo social, económico, político, religioso. A nosotros que estamos hasta el día de hoy en la encrucijada: Queremos una Nación fuerte y la hemos minado en sus instituciones. Queremos una Nación próspera y no pensamos sino en la prosperidad egoísta de unos pocos. Queremos una Nación respetable internacionalmente y utilizamos al hombre mediocre para que nos represente. Queremos una Nación territorialmente íntegra, intocable y expulsamos con saña inaudita a los misioneros del Oriente, centinelas vigilantes únicos de nuestras fronteras. Dios nos ha hecho el regalo de un suelo ubérrimo con todos los climas y nuestra desidia lo va convirtiendo en erial inhóspito. ¡Queremos para el futuro, hombres responsables en la


conducción de los destinos de esta Patria Bendita y hemos creado escuelas, colegios, universidades de niños, adolescentes, jóvenes –triste es decirlomediocres! ¡Mientras otras naciones civilizadas ni siquiera plantean si en su legislación encabezarán o no sus Constituciones con el Santo Nombre de Dios, nuestros legisladores se enfrascan en discusiones bizantinas para terminar matándolo, esto es, expulsándolo de sus leyes! Pudiéramos añadir otras brochadas más a este cuadro. Pero basta. Basta para hacernos reflexionar que con las leyes divinas no se juega. O se las observa o no. O se las cumple o se las viola. Aparejada va a cada una su sanción o su recompensa. Madre Dolorosa, que tu mirada permanezca puesta siempre sobre el Ecuador. Es tu pueblo. Somos tus hijos engendrados en el dolor. Vela especialmente por la niñez, por la juventud, por el gobierno de esta Patria terrena para que aquí aprendamos todos, el arte de prepararnos debidamente a vivir la vida verdadera. P. CÉSAR A. DÁVILA G.


He llegado acá. He buscado con ansia, donde hay un templo para adorarte, donde está el sitio de tu crucifixión, donde, en fin, donde hay alguna señal visible de la inmensa tragedia que presenció esta ciudad. Pero lo que era cuando te crucificaron y lo que es hoy hay mucha distancia: Hay muchos siglos por encima; aquí está el sitio de la antigua ciudad de David y nada más. Lo demás son conjeturas más o menos fundadas, más o menos creibles. Yo sé que es aquí el lugar de Tu tragedia. Esto me basta. Por lo menos en espíritu Te contemplaré colgado del patíbulo, despreciado por Herodes, vendido por Judás, traicionado por Pedro, escupido por los paganos, flagelado por los lacayos, cargando una cruz y muriendo en ella. Te pido que, mejor comprender me hagas Tu evangelio y el gran misterio de Tu crucifixión. Lo mismo te pido para los míos, Tú sabes quiénes…

Padre CÉSAR A. DÁVILA G. JERUSALÉN, 11/XII/1963


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