CAMBIA TU VIDA, CAMBIA TU MUNDO
Año 27 • Número 10
DIFUNDIR LAS BUENAS NUEVAS
corazón por corazón
Un santuario en el bingo Juegos, charla y café
Una gota en un mar de necesidad Para alguien tiene valor
Año 27, número 10
A N UE ST RO S A M I G O S nuestra misión Cuando Jesús se apareció a Sus discípulos luego de la resurrección, los saludó diciendo: «¡Paz a ustedes! Como me ha enviado el Padre, así también yo los envío a ustedes» (Juan 20:21). Hoy, en calidad de seguidores de Cristo, también a nosotros se nos ha comisionado para dar a conocer las buenas nuevas del evangelio. La revista de este mes explora los diversos medios por los que podemos reflejar la luz de Cristo a este mundo. La gente aprecia cuando nos interesamos personalmente en ella; y una sonrisa amiga casi siempre allana el camino para entablar una conversación. Escuchar es muchas veces el primer paso para demostrar el amor de Dios. Cuando prestamos oído atentamente a alguien, solemos hallar un terreno común que da pie a una plática más profunda. Dar a conocer nuestra fe no tiene por qué ser complicado. Poca gente está presta a oír un discurso cargado de doctrina; en cambio, a la mayoría sí le gusta enterarse de vivencias que hayamos tenido nosotros mismos o escuchar unas palabras de esperanza y fe. El tiempo que pasamos con una persona nunca es perdido ni desaprovechado. «¿De verdad se preocupa alguien por mí?» No es de extrañar cuántas personas lidian con esa pregunta y le dan vueltas y vueltas en la cabeza. Y sin embargo, nosotros tenemos la respuesta: «Claro que sí. Dios se preocupa por ti y te conoce personalmente. Conoce tu misma esencia, todos tus pensamientos y desvelos. Jesús quiere ser parte de tu vida». A medida que el mundo se hace más y más impersonal, nuestra llamita de fe brilla con mayor intensidad. No dejes que parpadee y se apague. No minimicemos el Espíritu de Dios dentro de nosotros. Por muy tímidos que nos sintamos, si damos el primer paso, el Espíritu Santo hablará por medio de nosotros irradiando esperanza y luz en la vida de algún ser humano afligido. Si realzamos a Jesús, Él atraerá a la gente a Sí mismo. «Cristo no tiene otro cuerpo que el tuyo, no tiene otras manos que las tuyas ni otros pies que los tuyos; los tuyos son los ojos por los que la compasión de Cristo se refleja al mundo.»1 El único amor de Dios que la gente distingue es el que ven en nosotros. Quizá te sorprenda el efecto que pueden tener en un alma una palabra de bondad y de fe y una mirada de compasión y ternura. Si vemos a cada persona como alguien que necesita a Jesús, nuestro Salvador, el amor de Dios fluirá a través de nosotros. La gente ya conoce bastante infierno; ¡enseñémosle un poquito más de cielo!
Si deseas información sobre Conéctate, visita nuestro sitio web o comunícate con nosotros.
Sitio web: activated.org/es/ E-mail: activated@activated.org Chile: E-mail: gabrielconectate@gmail.com España: E-mail: conectate@esfuturo.com Tel: (34) 658 64 09 48 www.esfuturo.com México: E-mail: conectate@conectateac.com Tel: (01-800) 714 4790 (nº gratuito) +52 (81) 8123 0605 © Activated, 2026. Es propiedad. Diseñado por Gentian Suçi. Traducción: Gabriel García V. y Felipe Mathews A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995; de la versión Reina-Valera Actualizada 2015 (RVA-2015), © Casa Bautista de Publicaciones/Editorial Mundo Hispano,
Sally y Gabriel García Redacción
utilizados con permiso, y de la Nueva
1. Frase atribuida comúnmente a Teresa de Ávila.
por The Lockman Foundation.
2
Biblia de las Américas™ NBLA™ © 2005
Seamos como el rocío Curtis Peter van Gorder
A lo largo de las Escrituras el rocío es señal de bendición, dado que en un clima árido y hostil ninguna planta sobreviviría sin él.
Durante miles de años el hombre ha ideado formas de recolectar el rocío matutino. En Israel los arqueólogos encontraron muros circulares de poca altura que se construían alrededor de las plantas para recoger la humedad de la condensación. En Egipto y en el desierto de Atacama se disponían montones de piedras, de tal manera que la condensación pudiera correr por las paredes interiores, donde se recogía. Hoy en día organizaciones sin fines de lucro desarrollan métodos de recolección de rocío con la esperanza de obtener agua, un recurso tan preciado. Por ejemplo, en Chungungo, Chile, el pueblo utiliza un sistema atrapanieblas a gran escala para extraer agua potable directamente de la camanchaca (bruma) costera. Con este sistema se captan miles de litros de agua potable en una región desértica extremadamente árida. Una empresa de ingeniería del Reino Unido y la organización benéfica WaterAid organizaron un concurso destinado a encontrar nuevas tecnologías que ayudaran a los habitantes de zonas donde escasea el líquido elemento a acceder a agua potable. El concurso lo ganaron los arquitectos israelíes Cory y Malka, que diseñaron un artilugio para recolectar rocío. Se inspiraron al observar las gotas de agua en las telas de araña del desierto. Su diseño consiste en
una pirámide invertida de material laminado, que recoge el rocío y lo canaliza hacia una unidad de filtración. Científicos chinos estudian las telarañas para comprender por qué son eficaces a la hora de recolectar agua. Descubrieron que las telarañas cambian su estructura al entrar en contacto con el agua, lo que les permite dirigir mejor las gotas de rocío. Al igual que una telaraña, podemos canalizar el «agua de vida» hacia donde más se necesita. Cuando todo a nuestro alrededor está seco y árido, es el momento de fluir. Es entonces cuando más se valora el rocío. Mucha gente en nuestro mundo actual desmaya de sed, no de agua, sino de la Palabra de Dios y de la verdad. Nosotros podemos ser los recipientes de esa agua para saciar la sed de los demás. Así como el rocío extrae agua del aire, nosotros hacemos que la fe en Dios cobre vida. Debemos manifestar claramente, a través de nuestras acciones, los aspectos invisibles del amor de Dios. Jesús dijo: «En esto conocerán todos que [ustedes] son mis discípulos: si tienen amor los unos por los otros» (Juan 13:35). Que se nos conozca por ese amor que visibiliza lo invisible y torna lo abstracto en tangible. Seamos el agua de vida, un pronto auxilio en momentos de angustia, para quienes más lo necesitan. Curtis Peter van Gorder es escritor autónomo y mimo. Desde 1971 ha participado en actividades misioneras en 10 países. Él y su esposa Pauline viven actualmente en Alemania. ■ 3
DIFUNDIR LAS BUENAS NUEVAS CORAZÓN POR CORAZÓN Transmitir tu fe a la gente e indicarle las buenas nuevas de la salvación por medio de Cristo puede ser una tarea difícil pero muy gratificadora. No todo el mundo está interesado en llegar a conocer a Jesús y entablar una relación con Dios. Pero cuando la gente recibe un testimonio y llega a Cristo —ya sea ahí mismo o más tarde— es un gran privilegio poder ser parte de ello. Podría decirse que como embajadores de Cristo (2 Corintios 5:20) nos parecemos a un labrador. Hacemos lo que nos corresponde, que es labrar la tierra, sembrar la semilla de la verdad, regarla y abonarla; pero solo Dios puede hacerla germinar y crecer en el corazón de la gente. Por muy eficazmente que difundas el evangelio, el fruto 4
de tu testimonio está en manos del Señor y depende de la reacción que tenga el individuo. (Véase «La parábola del sembrador» en Lucas 8:5–15.) Es posible que nunca veas los resultados de tu testificación y que con el tiempo sea mucha la gente que acompañe a esa persona en su trayectoria hacia Cristo. Puede que una persona are la tierra, otra siembre la semilla y otra la riegue. Así y todo, Dios es el que da el crecimiento (1 Corintios 3:6). Si somos fieles dando a alguien un testimonio, un folleto del evangelio o un Nuevo Testamento, podemos confiar en que el Espíritu Santo obrará en el corazón y la vida de esa persona. Bien si opta por venir a Cristo o bien si no, habremos sido fieles a lo que nos llama a hacer el Señor: darle la oportunidad de conocerlo (Romanos 10:14). Consejos para comunicar con eficacia las buenas nuevas Nuestra misión es divulgar las buenas nuevas entre todos los pueblos y dar ejemplo vivo del amor de Dios (Marcos 16:15; Juan 13:35). Al emprender esa misión es importante que veamos a cada persona como un individuo con
valor intrínseco a los ojos de Dios y amado de Él. Tenemos que ir más allá de las apariencias, de la fachada de cada persona, y verla como Dios la ve. «La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón» (1 Samuel 16:7 nvi). Jesús nos dio ejemplo cuando trabó comunicación con gente a la que la sociedad miraba con desprecio. Habló con recaudadores de impuestos, como Zaqueo (Lucas 19:1–10), y llamó a uno de ellos, Mateo, a ser Su discípulo (Mateo 9:9). Fue al encuentro de los marginados y sanó a los intocables de su época. Debemos por tanto pedir a Dios que nos ayude a ver a cada persona que Él pone en nuestro camino como Él la ve y a amarla con Su amor. Con frecuencia requiere tiempo, amor y paciencia llevar a la gente a conocer la salvación
en Cristo. En algunos casos hay que labrar una amistad y ser un buen vecino, amigo, colega o compañero de estudios. Algunos se acercan al cristianismo atraídos por nuestro modo de vida y el amor y preocupación que demostramos por los demás. Si la gente con la que interactuamos no está lista para recibir un testimonio cristiano, no debemos darla por perdida. Quizá la influencia que tengamos nosotros en ella sea solo una parte de su viaje espiritual hacia Jesús, que en algunos casos puede tardar años. Podemos orar
por ese hombre o mujer y pedir al Señor que obre en su corazón. Podemos hacerles saber que será un placer seguir conversando con ellos. Además podemos proporcionarles un ejemplo vivo del amor de Dios a través de nuestros actos de bondad (1 Juan 3:18). Algunas personas a las que testifiquemos o demos un folleto del evangelio estarán abiertas y listas para recibir el mensaje y querrán saber más del cristianismo. Ahora bien, no te sorprenda si otras no manifiestan interés. Puede ser desmoralizador hacer un esfuerzo por comunicarle a alguien la verdad que lo hará libre (Juan 8:31–32) y que ese individuo no le haga caso a uno o cambie de tema. Cuando eso suceda, no te desanimes. Puede que algunos reaccionen negativamente cuando se les transmite un mensaje cristiano porque los coge desprevenidos. No estaban preparados para entablar conversación sobre un tema tan profundo como la fe en Dios o el destino último que les aguarda. Otros quizá hayan tenido experiencias negativas o hayan oído argumentos contra el cristianismo que los dejaron desilusionados. A algunas personas les preocupa que si llegaran a reconocer en Jesús al Salvador estarían traicionando la religión en la que las criaron sus padres o que su familia o su cultura las condenaría al ostracismo. Otros todavía no son conscientes de lo inútil que es buscar verdad y sentido en las cosas de este mundo, o no quieren que se les recuerde de la muerte, la otra vida y su eterno destino. Hay quienes criticarán tu fe o polemizarán sobre el cristianismo porque son escépticos e incrédulos y quieren ventilar sus propias opiniones. Habrá también algunos buscadores sinceros que discutirán o debatirán la Biblia y el cristianismo porque de veras quieren encontrar respuestas y que se les despejen sus objeciones. Las respuestas que Jesús dio a quienes lo interpelaban nos ofrecen ejemplos prácticos. Algunas preguntas provenían de personas sinceramente ávidas de la verdad, como Nicodemo que le pidió a Jesús que le explicara cómo podía un hombre nacer de 5
nuevo (Juan 3:1–21) o como la samaritana que le inquirió sobre el agua viva (Juan 4:5–29). Jesús respondió con compasión a las dudas que tenían y les señaló la verdad exponiéndoles quién era Él y cómo podían entrar en el reino de Dios. En otros casos desafió a quienes no le hacían preguntas sinceras, como el fariseo que le preguntó si una mujer sorprendida en acto de adulterio debía ser lapidada por su pecado. Jesús le respondió diciendo: «El de ustedes que esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella» (Juan 8:3–7). Cuando nos topamos con gente que reacciona negativamente o se opone a nuestra fe, la Biblia
Un testigo cautivador El apóstol Pablo declaró: «Me hice siervo de todos para ganar a más [...] A todos he llegado a ser todo, para que de todos modos salve a algunos. Y todo lo hago por causa del evangelio» (1 Corintios 9:19–23). Nosotros también podemos procurar identificarnos con la gente según su situación, su formación y su cultura. Podemos tratar de establecer lo más posible puntos de coincidencia. Al comunicar nuestra fe a gente de formación no cristiana podemos enfocarnos en la persona de Jesús, la única figura religiosa que entregó su vida por la redención de la humanidad. Podemos hablar del gran amor que Él tiene por toda la gente y de Su poder para transformar corazones y vidas por la eternidad. A los cristianos se nos llama a ser testigos de Jesús y a dar a conocer las buenas nuevas a quienes el Señor ponga en nuestro camino (2 Corintios 5:20). Es un privilegio tomar parte en la transformación que Él obra en la vida de las personas y saber que alguien a quien le transmitimos la verdad ha encontrado la salvación eterna. «Hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente» (Lucas 15:10). Además, nosotros, como instrumentos de Dios en la Tierra, también somos partícipes de esa alegría. No siempre es tarea fácil y nos ayuda a recordar que todo sacrificio que hagamos en esta vida valdrá la pena, sin lugar a dudas, cuando veamos a Jesús. Un día experimentaremos la dicha de haber colaborado para que otros obtuvieran la salvación y de haber sido fieles a la Gran Misión que nos encomendó Jesús. Adaptación de un artículo de Tesoros, publicado por la Familia Internacional. ■
nos enseña: «Estén siempre listos para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes, pero háganlo con mansedumbre y reverencia» (1 Pedro 3:15). Muchas veces la mejor manera de abordar discrepancias es no refutar lo que dice la otra persona, sino escucharla hasta que se haya expresado a satisfacción y entonces sí presentarle la verdad con amor y en tono positivo (Colosenses 4:5,6). Y si te das cuenta de que alguien claramente no quiere escuchar la verdad de Dios revelada en la Biblia, puedes retirarte amablemente de la conversación. 6
Vida salvada, corazón sanado
Christian Sergei
En el centro de la ciudad de Numea, Nueva Caledonia,
donde vivía en aquel entonces, había una cantina en la que mi esposa y yo socializábamos con amigos en torno a una taza de café. María, la camarera que habitualmente nos atendía en la mesa, nos había tomado cariño. De vez en cuando conversábamos, y ella contenta, siempre que no habláramos de religión. Era soltera, de treinta y tantos años. Gente a la que había querido mucho la había herido en el alma. Le habíamos dado un folleto que tenía una estampa de Jesús y un hermoso mensaje sobre la salvación, el cual nos confirmó más tarde que no había leído. Cierta noche volvimos al lugar y estaba fuera de sí. Generalmente sonreía, pero ese día tenía el rostro adusto. Parecía desesperada. Nada de lo que hicimos ayudó, y al final abandonó intempestivamente el lugar. Una semana después paramos de nuevo en la cantina. María estaba ahí. Cuando la vimos quedamos pasmados. Era otra persona; ¡se había transformado como de la noche al día! Se sentó con nosotros y nos refirió este impresionante relato: ¡La última vez que los vi fue el peor día de mi vida! Estaba sumida en la desesperanza y el desánimo. Verlos a ustedes dos tan felices y serenos no hizo más que acentuar mi angustia. Decidí, pues, salir del trabajo temprano y arrastrando los pies llegué a casa. ¡Tenía mucho dolor y quería poner punto final a todo! Había unas pastillas para dormir en mi mesa de noche y mientras yacía ahí acostada decidí tragármelas todas de una vez y quitarme la vida. Al abrir el cajón para sacar las píldoras, vi el folleto que ustedes me habían dado con la imagen de Jesús. Él me miraba con tanta paz y amor. Me atrajo como un imán y lo leí. Estallé entonces en un llanto descontrolado. Leí una y otra vez la oración que aparece al final y le entregué mi corazón a Jesús. Luego me dormí. Cuando desperté a la mañana siguiente, era otra persona. Todo lo que me oprimía, la ansiedad y el resentimiento, desaparecieron. Me sentí libre, liberada y realmente feliz, ¡quizá por primera vez en mi vida! ¡Así de poderoso es el amor de Jesús!
Si aún no has reconocido en Jesús a tu Salvador, puedes hacerlo repitiendo esta sencilla oración: Jesús, creo en Ti, que eres el Hijo de Dios y que moriste por mí en la cruz para que pueda vivir eternamente contigo en el Cielo. Te abro la puerta de mi corazón. Te ruego que perdones mis pecados. Lléname de Tu Espíritu Santo. Guía mi vida y ayúdame a seguirte. Amén.
Christian Sergei es profesor en Rumania. ■ 7
Un santuario en el bingo
Sam de la Cruz
Llevamos 26 años dedicados a dirigir una organización benéfica, pero ¿quién hubiera imaginado que una sala de bingo podría convertirse en un local de servicio cristiano? Dos veces por semana Diane y yo trabajamos allí de voluntarios, ayudando a nuestra organización sin fines de lucro y a otras entidades benéficas a recaudar fondos para los programas que realizan en la ciudad. Con el tiempo ha llegado a ser más que un evento de recaudación de fondos; se transformó en un espacio donde conocemos gente, escuchamos sus historias y las acompañamos sin aspavientos en sus dificultades. Muchas de las personas mayores vienen no solo por los juegos, sino por compañía. La labor cristiana que realizamos allí cobró vida por el simple hecho de que estábamos ahí para acompañar y apoyar. No lo planeamos; simplemente respondimos a las necesidades que vimos. A la larga nos dimos cuenta de que nuestra presencia —y el simple hecho de prestar oído— marca la diferencia. La sala de bingo, con su murmullo constante de conversaciones y el aroma a café que sale de la cafetería, es un lugar donde la gente hace frente a sus enfermedades, sus pérdidas y a las realidades de la vejez. Una de esas personas es Lona, que perdió a su hijo el Día de la Madre hace dos años. Sigue sumida en el dolor y carga con una culpa que no logra superar. Otra es Marta, que perdió recientemente a su marido y a menudo nos dice que se siente sola. Luego está Linsey, que perdió también a su marido este año. El dolor aún persiste, a tal punto que las lágrimas le brotan espontáneamente durante una partida de bingo. (Se han cambiado los nombres para proteger la intimidad.) Muchos cargan con una tristeza profunda. En esas circunstancias, una palabra amable, un oído paciente o simplemente sentarse juntos en silencio a menudo dice más que cualquier consejo. Me viene a la mente Gálatas 6:2 «Sobrelleven los unos las cargas de los otros y de esta manera cumplirán la ley de Cristo». 8
Aun en los momentos difíciles, la vida sigue y hay pequeños gestos que hacen aflorar la esperanza. A veces es una carcajada por un recuerdo en común o una mano que se posa suavemente sobre el brazo de otra persona. Es en esos momentos en que la tristeza y el consuelo se dan la mano. No cesamos de aprender de los adultos mayores, de sus historias y de cómo esos pequeños gestos significan tanto para ellos. Cada visita nos enseña paciencia, empatía y el sosegado efecto de estar ahí. Hasta un simple «¿Cómo estás hoy?» puede abrir un corazón. Aunque una sala de bingo parezca un sitio vulgar y corriente, para quienes acuden en busca de compañía y conexión, es un sutil refugio. La esperanza crece silenciosamente a partir de esas pequeñas interacciones: escuchar, reír, contarse un recuerdo. No podemos dejar de mencionar el caso de Sara, que recientemente ganó su batalla contra el cáncer. Su sonrisa, carcajadas y renovada energía nos recuerdan a todos que, aun después de largas adversidades, la vida puede traernos sanación, alegría y nuevos comienzos. Por eso seguimos acudiendo semana tras semana a ese rincón imprevisto del mundo donde se presta oído a las vivencias de la gente, donde la presencia amable importa y donde la esperanza cunde en silencio, firmemente. Sam de la Cruz y su mujer, Diane, dirigen una obra benéfica debidamente constituida en Toronto desde 1999. Atienden a inmigrantes y familias de escasos recursos ofreciéndoles asistencia práctica, apoyo moral y compasión cristiana. ■
Atender espiritualmente a los enfermos George Sosich
A medida que van entrando en edad, cada
vez más amigos míos tienen que internarse un tiempo en hospitales. Mi corazón late por ellos, pues sé muy bien lo que es eso habiendo pasado yo mismo largos periodos en el hospital desde que sufrí una insuficiencia renal en 1999. Sentirse mal y tener que hospitalizarse es duro. Tiene uno que soportar el dolor y los efectos colaterales de la enfermedad y de los procedimientos médicos, amén de soledad, incertidumbre sobre su salud y su futuro, el estrés que produce en la familia y pare usted de contar. Una cosa que he aprendido tras incontables estadías en el hospital y más de 1500 visitas para hacerme diálisis y tratar otras afecciones es que muchos de los demás pacientes que conocí pasan por dificultades muy similares. Estoy convencido de que una de las principales razones por las que el Señor permitió que yo estuviera allí es que fuera un testimonio para ellos. Les relato un ejemplo: Conocí a una señora japonesa en el comedor del hospital. Tenía casi cuarenta años y también había sufrido insuficiencia renal. Aunque se había hecho un trasplante, presentaba complicaciones y el desenlace no estaba claro. Llevaba largo tiempo hospitalizada y se sentía muy
sola, deprimida. Ella y su marido viven en una isla y la distancia hacía muy difícil que él la visitara. Le testifiqué, y recibió con gusto al Señor. Su transformación fue evidente. ¡Estuvo completamente radiante por el resto de mi estadía! Cuando me dieron el alta, le regalé una Biblia en japonés; luego nos mantuvimos en contacto. Con el tiempo a ella también le dieron el alta y regresó a su casa a vivir con su marido. Nos encontrábamos durante las citas mensuales de seguimiento que teníamos con los especialistas en trasplantes que revisaban nuestra función renal, y no quedaba duda de que ella se había convertido. Me escribió una carta bellísima agradeciéndome por haberla ayudado y expresando cuánto había cambiado su vida para mejor después de recibir a Jesús. Ser un instrumento del Señor para traer salvación y transformación a esa señora japonesa fue para mí una experiencia bellísima y muy gratificadora. Hubiera preferido no haber sufrido esa enfermedad crónica y no haber tenido que visitar y quedarme tanto tiempo en el hospital. Pasaba incontables horas en que lo único que podía hacer era luchar por mi propia vida y salud; no tenía fuerzas para atender a otros. Por otra parte también ha habido muchas oportunidades de dar aliento y consuelo espiritual a otros sufrientes como yo, a pesar de mi propio sufrimiento. «Quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones. De esta manera, con la consolación con que nosotros mismos somos consolados por Dios, también nosotros podemos consolar a los que están en cualquier tribulación» 2 Corintios 1:4. George Sosich fue misionero en Japón durante muchos años. Ahora vive en Australia donde produce el podcast «The Bible Made Easy» que se encuentra en YouTube y en las principales plataformas de emisiones de multimedia. ■ 9
TU HISTORIA ES UN PUENTE PARA OTRA PERSONA G.L. Ellens
10
¿Qué significa vivir nuestra fe en el mundo actual? Para mí ha llegado a ser algo
profundamente personal. Ya no se trata solo de explicar en qué creo, sino de ofrecer mi experiencia de vida como testimonio de la fidelidad de Dios. Con los años descubrí algo muy valioso. Cuando comparto a Cristo con alguien, lo que le llega al corazón no es un discurso cuidadosamente preparado. La mayoría de las veces es una experiencia que yo misma he vivido. Una y otra vez me di cuenta de que cuando hablo con alguien que está sufriendo, llorando la muerte de alguien, descorazonado o ansioso por el futuro, el Señor a menudo me recuerda una experiencia similar que yo tuve. Me acuerdo de haber hablado con mi amiga Nona luego que su hermana sufriera un accidente de moto y muriera poco después de una hemorragia cerebral. Mi amiga estaba desconsolada. Yo había pasado por algo parecido cuando perdí a mi hermano por un infarto y el dolor me superó.
En aquel momento Dios me consoló con inmensa ternura y me dio la certeza de que mi hermano estaba en el Cielo disfrutando de la presencia de Jesús y de nuestros seres queridos allá. Cuando empecé a contar lo que Dios hizo por mí en ese momento de dolor, algo cambió. La mirada de Nona se suavizó. Sus hombros se relajaron y empezó a bajar la guardia. Lo que escuchaba no era una idea abstracta, sino palabras de vida eterna que le reconfortaban el alma. Poco después Nona entregó su corazón a Jesús y hoy se mantiene firme en su fe cristiana. Cuando el Señor obra de esa manera me siento hondamente agradecida. No tengo que buscar y rebuscar la historia que compagine, porque Él simplemente me recuerda un incidente de mi pasado. Él se vale aun de las experiencias más duras para ofrecer consuelo y esperanza a otra persona. Lo que antes percibía como mi íntimo dolor se transforma entonces en un puente para otra alma. El apóstol Pablo escribe que Dios «nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que, con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren» (2 Corintios 1:4 nvi). Vi cumplirse ese versículo en muchas ocasiones. El consuelo que Él me dio nunca estuvo destinado a quedarse solo conmigo; era para que lo desbordara sobre los demás. Hoy en día a la gente ya no le impresiona el lenguaje religioso. Busca autenticidad. Se pregunta: ¿Lo que dices sigue siendo cierto cuando la vida se desmorona? ¿Me sostendrá aun cuando parezca que mis oraciones no tienen respuesta? Cuando revelamos cómo Dios se nos acercó en nuestras noches más oscuras, respondemos a esas preguntas sin necesidad de argumentos. Nuestra experiencia vivida deriva en prueba y testimonio. Aun así, vivir nuestra fe no se reduce solo a lo que comunicamos; tiene que ver también con el modo en que vivimos. Nuestras acciones suelen hablar mucho antes de que pronunciemos una sola palabra. Una respuesta suave en una conversación tensa. Una disculpa ofrecida sin demora. Mantener la integridad cuando sería más fácil ceder. Negarse a cotillear cuando los demás lo hacen. Esos son sermones sin púlpito. También aprendí que la vulnerabilidad es eficaz. Cuando admitimos «a mí también me costó» o «yo
tampoco entendía lo que Dios se proponía», creamos un espacio para la franqueza. Demostramos que la fe no es la inexistencia de dificultades, sino confianza en medio de ellas. Cuando entablé amistad con Sari, una madre soltera con cuatro hijos, comprobé que exponer mis propias experiencias como madre soltera la animaba a seguir confiando en Dios y a buscar en Él las soluciones. El ejemplo que damos cada uno tiene un peso enorme en el quebrantado mundo de hoy. Nuestra vida da peso o debilita el mensaje que proclamamos. Cuando el amor rige nuestras respuestas, cuando la humildad afianza nuestras convicciones y la gracia templa nuestro tono, la gente lo percibe. Vivir nuestra fe hoy en día no significa necesariamente ser dinámicos o locuaces. En muchos casos se trata de permitir que Dios se sirva de nuestras historias de vida, tanto de nuestros momentos de adversidad como de nuestros triunfos. Se trata de recordar que la gente observa no solo lo que decimos, sino también cómo vivimos. Cuando ofrecemos nuestras experiencias como puentes, cuando actuamos de modo que se refleje Cristo y confiamos en que el Espíritu Santo nos inspirará las palabras justas en el momento oportuno, nuestro testimonio resulta personalizado y a la vez convincente. El consuelo que recibimos de Dios se convierte en consolación que podemos transmitir a los demás. Nuestra vida se torna en testimonio vivo. Así, mi corazón recurre a una oración que todos podemos rezar: Jesús, haz que mi vida sea el fiel relato de lo que proclaman mis palabras. Cuando me tiente a dar consejos precipitados, enséñame a ofrecer comprensión. Cuando me encuentre con alguien que sufre, recuérdame cómo me ayudaste Tú a superar mi propio dolor. Guía mis acciones para que reflejen Tu carácter. Que mis respuestas estén signadas por la gracia, mis palabras por la dulzura y mi ejemplo por la integridad. Y cuando los demás vean algo bueno en mí, que te vean a Ti. En el nombre de Jesús, amén. Si mi vida puede acercar siquiera a una persona a Cristo, con eso me basta. G.L. Ellens ha sido misionera en el Sureste Asiático desde hace cuatro décadas. Realiza voluntariado con niños pobres y ha venido explorando su veta de escritora. ■ 11
UNA GOTA EN UN MAR DE NECESIDAD Lilia Potters
El otro día, mientras visitaba a
una anciana amiga en una residencia asistida, entablé conversación con la directora, Sein. Me contó que era originaria de Birmania (actualmente Myanmar). Le expliqué que había vivido diez años en Tailandia durante los años noventa del siglo pasado y que en varias ocasiones había visitado a los refugiados karén en la selva, cerca de la frontera tailandesa. Para mi sorpresa, exclamó: «¡Yo era una refugiada karén! ¿Estabas con la gente que venía con regalos y cantaba canciones con nosotros?» Cuando le confirmé que sí, me dio un fuerte abrazo, con los ojos llenos de lágrimas. Nos contó cómo ella y su familia huyeron a pie a través de la selva, llevando solo lo que podían cargar, para escapar de las fuerzas birmanas. Dijo que nuestra visita valió oro para ellos. Recordaba perfectamente cómo se pusieron en fila para elegir una prenda de ropa de entre las que habíamos traído. Solo pudimos llegar a su campamento en barcas, lo cual limitó lo que pudimos llevar. A pesar de que nuestros esfuerzos parecían una mera gota en el enorme océano de necesidades, nos conmovió profundamente saber cuánto lo agradeció ella. Sein nos contó que al cabo de un tiempo su familia consiguió permisos de residencia y se mudó a Bangkok, donde tramitaron visados para trasladarse a los Estados Unidos. Tras muchos años aquí se graduó de la universidad, se casó con otro refugiado karén y tienen un hijo.
12
Son muy felices y están muy agradecidos de estar en el país, aunque los recuerdos de haber huido de su tierra natal siguen muy presentes. Me relató el miedo que le daba no tener zapatos, ya que de adolescente había caminado descalza por el campamento de refugiados. Me explicó que su baja estatura y su constitución delgada se debían a la desnutrición que sufrieron. Le hablé de nuestros esfuerzos por reunir suministros y de cómo se los entregábamos a un pastor que viajaba regularmente a Bangkok para recoger todo lo que habíamos juntado. Asombrada, me reveló que ese mismo pastor era amigo de su familia y que su hija era su mejor amiga. Más tarde me dijo que ella y su familia coincidían en que volver a encontrarnos aquí después de más de 30 años era nada menos que un milagro orquestado por Dios. Ahora, cuando visito a mi anciana amiga, Sein siempre está en la puerta esperándome. Verla me recuerda que cada acto de bondad, por pequeño que sea, deja huella. Aun cuando parece una gota en un mar de necesidad, para alguien tiene un gran valor. «Echa tu pan sobre las aguas, porque después de muchos días lo volverás a encontrar» Eclesiastés 11:1. Lilia Potters es escritora y especialista titulada en recursos para el autismo. Vive en los Estados Unidos. ■
LA PAZ:
MÁS UNA TRAVESÍA QUE UN DESTINO Irina Munteanu
¿Qué es la paz interior? ¿Es un concepto, un
sentimiento o una decisión que debemos tomar a diario? ¿Cómo podemos mantener la serenidad en un mundo marcado constantemente por la incertidumbre, el estrés, los conflictos y las crisis? Estas preguntas me han rondado en la cabeza durante años. No obstante, mi perspectiva sobre la paz fue cambiando a lo largo de las décadas. Cuando tenía veintitantos años la vida me parecía emocionante y motivadora. Mi objetivo era explorar el mundo, conocer gente nueva y vivir nuevas experiencias. Al cumplir los treinta, ya había vivido en tres países de Europa (Rumania, mi tierra natal, Hungría y España) y había trabajado en programas en el Reino Unido y Dinamarca. Fue una época de crecimiento y aprendizaje. Sin embargo el agotamiento y la ansiedad comenzaron a hacer mella. Mi alma anhelaba descanso y calma, un sentido más profundo de la vida que el de vagar de un lugar a otro y saltar de un trabajo a otro y de un grupo de personas a otro. No tenía ni idea del plan que Dios me depararía. En 2011 me condujo hacia un grupo de misioneros cristianos que pronto se convirtieron en mis queridos amigos. Como voluntaria de su ONG encontré un nuevo propósito: retribuirle algo a la sociedad. Con el paso del tiempo, la bondad, el amor y el cariño sinceros de mis amigos por las personas se hicieron cada vez más
evidentes. Siempre han tenido un aura de paz, verdadera alegría, fe y sabiduría. Me tomaron suavemente de la mano y me condujeron a Jesús, por lo que les estaré eternamente agradecida. Pensé que una vez que abriera mi corazón al Señor mi camino sería fácil. Pero no, mi vida sigue estando llena de desengaños, fracasos e inestabilidad, y sigo tomando decisiones equivocadas y cometiendo errores. Jesús dijo que en el mundo tendríamos tribulaciones. Sin embargo, en Él podemos tener paz y por eso debemos estar alegres. (Véase Juan 16:33.) También dijo: «La paz les dejo, mi paz les doy. No como el mundo la da yo se la doy a ustedes. No se turbe su corazón ni tenga miedo» (Juan 14:27). Siempre podemos recurrir a Jesús en momentos de caos y dificultad. Sus palabras y promesas nos dan apoyo y consuelo. Su compasión y sabiduría siempre se han hecho presentes para mí, ayudándome a recuperar la calma y la fuerza, la fe y la alegría. Así pues, mi mente puede percibir la paz como una experiencia o un estado. No obstante, en última instancia hallamos paz cuando confiamos en Dios y experimentamos Su amor inquebrantable, incondicional y eterno. Irina Munteanu es actriz, guionista y profesora de teatro. Vive en Rumania y es voluntaria de Noi Orizonturi Familia. ■ 13
INTEGRI DAD Y HONRADEZ EN EL LUGAR DE TRABAJO Marie Knight
En un mundo en que hay gente arribista que
haría casi cualquier cosa para trepar, con muy poca conciencia por los sentimientos ajenos, es refrescante conocer a alguien que se conduce con integridad y honradez en el trabajo. Estas cualidades no tienen precio. Clientes a los que se ha tratado bien, regresan. Médicos amables y rectos en su ejercicio profesional labran una relación estrecha con sus pacientes, que a su vez los recomiendan con elogios a su familia y amigos. Un técnico en reparaciones que trabaja sin hacer economías que no corresponden será muy solicitado para otros trabajos. Un taller automotriz con precios justos y buenos mecánicos tendrá un negocio próspero. La gente espera de los cristianos que sean honrados y demuestren integridad, y a menudo nos observa para ver si somos cristianos en hecho y en verdad, o si lo somos solo de nombre. Les presento enseguida unos cuantos versos bíblicos que me recuerdan qué acciones espera la gente de mí como cristiana:
«Nos preocupamos por lo que es honrado, no solo ante los ojos del Señor, sino también ante los ojos de los hombres» (2 Corintios 8:21 lbla). «Al Señor le agrada más cuando hacemos lo que es correcto y justo que cuando le ofrecemos sacrificios» (Proverbios 21:3 ntv). «El Señor detesta los labios mentirosos, pero se deleita en los que dicen la verdad» (Proverbios 12:22 ntv). «Recuérdales […] que estén dispuestos para toda buena obra, que no hablen mal de nadie, que no sean contenciosos sino amables demostrando toda consideración por todos los hombres» (Tito 3:1,2). «El amor tiene paciencia y es bondadoso. El amor no es celoso. El amor no es ostentoso, ni se hace arrogante. No es indecoroso, ni busca lo suyo propio. No se irrita, ni lleva cuentas del mal. No se goza de la injusticia, sino que se regocija con la verdad» (1 Corintios 13:4–6). «En esto conocerán todos que son mis discípulos: si tienen amor los unos por los otros» (Juan 13:35). «Pórtense con los demás como quieren que los demás se porten con ustedes» (Lucas 6:31 blph). Conviene pensar cómo te sentirías si estuvieras en el lugar de un compañero de trabajo o de un cliente, y de ahí actuar en consecuencia. Trata a los demás como quisieras que te traten a ti, no por reacción a cómo te han tratado. Dios quiere amar a los demás a través de nosotros, y es importante tener presente que obras son amores y no buenas razones. Marie Knight es misionera voluntaria en los Estados Unidos. ■
14
LA ORQUESTA DIVINA Marie Alvero
Una de las trampas que nos llevan a muchos cristianos a ocultar nuestra luz es
comparar nuestros dones con los de los demás. Veo a esa cantante que entona hermosas y sentidas canciones de adoración y alabanza y me pregunto qué puede hacer mi voz chillona en comparación con eso. Al oír la elocuencia de un pastor u orador, o de alguien que realmente conoce la Biblia, mis palabras y mi testimonio se me antojan débiles. Alguien que dirige una organización benéfica o realiza acciones que dejan huella en una comunidad me despierta gran admiración, y a la vez la influencia que yo pueda tener me parece nimia. Mis dones no son resonantes. Siento que se parecen a instrumentos de acompañamiento, que consisten en apoyar a quienes brillan, incentivar a quienes lideran y servir entre bastidores. En el momento en que menospreciamos nuestros dones y pensamos que no sirven de nada, nuestro testimonio colectivo se debilita y nuestra luz comienza a titilar. Eso me ha pasado más veces de las que quisiera admitir. Las Escrituras abordan este asunto: «Teniendo diferentes dones, según la gracia que nos ha sido dada, usémoslos» (Romanos 12:6). «Cada uno en la vocación en que fue llamado, en ella se quede» (1 Corintios 7:20 jbs).
«Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Pero ahora son muchos los miembros y a la vez un solo cuerpo» (1 Corintios 12:19,20). Para Dios todos nuestros dones son importantes y tienen un gran impacto. De hecho, la forma en que logramos el mayor efecto es valiéndonos al máximo de ellos dentro de nuestras posibilidades, aun de los más discretos. Nuestros dones fueron concebidos para emplearlos en conjunto con los de otras personas, en armonía y apoyándonos mutuamente. En una orquesta cada instrumento es importante; cada sonido es necesario para coronar la experiencia. Una orquesta compuesta exclusivamente por violines, todos tocando las mismas notas en la misma tonalidad, no tiene ni de lejos el mismo impacto que todos los diferentes instrumentos de cuerda, de viento-madera, de viento-metal y de percusión que se unen para crear la plenitud de una sinfonía. Por eso te invito a que utilices tus dones silenciosos «en voz alta». Formas parte de la grande y bellísima orquesta divina. Las notas que estás llamado a tocar tienen importancia. Recuerda: el sonido del flautín no proviene del violín. Marie Alvero ha sido misionera en África y México. Lleva una vida plena y activa en compañía de su esposo y sus hijos en la región central de Texas, EE.UU. ■ 15
De Jesús, con cariño
LA MISIÓN DE TODOS LOS DÍAS Cada uno de Mis seguidores tiene la misión y el llamado de ser un testigo y un ejemplo vivo del amor que abrigo por la humanidad y por cada persona que la compone (Juan 3:16,17). No subestimes nunca las oportunidades de comunicarte con personas que encuentras en tu camino y darles a conocer Mi amor y Mi Palabra. Nunca sabes el efecto que tendrá un folleto o una pequeña manifestación de Mi amor o alguna palabra de aliento en la vida de quienes tienen una necesidad desesperada y buscan la verdad. Todo sacrificio que realices por hacer el bien y compartir lo que has recibido, por reconfortar corazones y llevar a la gente a conocerme, es agradable a mis ojos (Hebreos 13:16). Tal vez consideres que no tienes mucho que ofrecer; sin embargo, al abrir tu corazón a quienes te rodean, que están desprovistos de la verdad y no me conocen, te darás cuenta de las inmensas riquezas espirituales y bendiciones que posees. ¡Imagínate cómo sería tu vida si no supieras que hay un Dios que te ama incondicionalmente y que tu existencia tiene un sentido eterno! Todos los días te cruzas con personas que andan perdidas en la oscuridad y la angustia y que esperan encontrar su razón de ser, la verdad y el sentido de la vida. Por eso no dudes en aprovechar hasta las más pequeñas oportunidades de sembrar las semillas de Mi amor y verdad en el corazón de la gente, y confía en que obraré en su vida como consecuencia de tu testimonio.