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Conéctate, noviembre de 2026: Una mirada positiva

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CAMBIA TU VIDA, CAMBIA TU MUNDO

Año 27 • Número 11

ADORACIÓN CRISTIANA Una vida de alabanza

La fe de una niña

La esperanza del Cielo

La fragancia de las flores

Despacio, goza de la vida.


Año 27, número 11

A N UE ST RO S A M I G O S la senda de la alegría Se ha dicho que la alegría, y más concretamente el gozo, es uno de los dones de Dios más preciados. Y aunque suene a exageración, ay, qué angustia la que experimentamos cuando la vida se nos hace lúgubre, sombría, o cuando vivimos ansiosos o amargados. La mayoría hemos pasado por esos áridos desiertos; entendemos que perder el gozo es perder un costosísimo don. Es un tesoro que desde luego hay que apreciar, cuidar, proteger y compartir con otras personas. En el deporte, el equipo o competidor que juega con entusiasmo tiene cierta ventaja sobre los que lo hacen simplemente de memoria o por lucro. El talento, el trabajo en equipo y una buena táctica, combinados con la alegría, constituyen una eficaz estrategia. Lo mismo se aplica a otras profesiones o actividades, incluidas las más altas esferas del quehacer y los oficios más humildes y monótonos. El gozo es un ingrediente indispensable en la fórmula para la realización personal y la plenitud. Sin él, nuestro trabajo y la vida misma serían desabridos. Hace 2.500 años Nehemías, gobernador de Judá, exhortó a su pueblo a no llorar por sus pérdidas, sino a trabajar con alegría mientras se embarcaba en la enorme tarea de reconstruir la muralla que resguardaría la ciudad. Su consejo, plasmado para nosotros en la Biblia, tiene hoy la misma validez: «El gozo del Señor es su fortaleza» (Nehemías 8:10). Es dable hallar felicidad en los placeres simples de la vida y en agradecer por lo que se tiene en vez de asomarse a la casa de al lado para ver si «la gallina de la vecina pone más huevos que la mía». La generosidad con el prójimo también nos produce gozo. A veces se traduce en donar cosas materiales, pero también se puede expresar donando nuestro tiempo, prestando oído, respondiendo con compasión, pronunciando una tierna oración u ofreciendo un consejo atinado en un momento de apuro. Y por último en orden pero no en importancia, descubrimos un gozo duradero al procurar las verdaderas riquezas espirituales que se hallan conociendo a Jesús y la verdad contenida en la Biblia, que trasciende y nos lleva más allá de lo trivial y superficial. Rogamos que en la revista Conéctate de este mes halles inspiración que te conduzca por un sendero en que no solo goces de los grandes placeres de la vida, sino también de las dichas más pequeñas de la cotidianidad, recordando siempre que el gozo no es algo concebido para experimentar cuando arribemos a nuestro último destino, sino algo que nos impulsa mientras peregrinamos por el camino de la vida. Sally y Gabriel García Redacción 2

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La fragancia de las flores Curtis Peter van Gorder

Habiendo nacido AI (antes que se inventara

la Internet), a veces cuando veo a alguien escribiendo frenéticamente mensajes de texto, me pregunto cómo habría sobrevivido en los tiempos de Maricastaña, cuando para comunicarse por escrito se necesitaba una máquina de 15 kilos, líquido corrector o una goma de borrar, ir a correos, hacer cola para comprar una estampilla, esperar una semana o dos a que la carta llegara a su destino y otras dos semanas a que nos llegara la respuesta. ¿Por qué estará todo el mundo tan ocupado? Una vez, cuando anduve por la India, hasta el conductor del mototaxi que tomé era un multitarea —andaba haciendo varias cosas al mismo tiempo—. Mientras esquivaba el tráfico, iba negociando un acuerdo con su celular. ¿Tendría edad suficiente para recordar la época en que hacer una llamada telefónica en la calle significaba buscar una cabina, tener sencillo y meter más monedas si la llamada se pasaba de tres minutos? Lo que no me explico es: ¿a dónde fue a parar todo ese tiempo que se supone que deberíamos haber ganado al librarnos de todo eso? ¿No deberíamos disponer de cantidad de ratos de esparcimiento gracias a todas las maravillas modernas que nos ahorran horas y horas? ¿Será una simple cuestión de mala administración del tiempo? Abundan los buenos consejos: priorizar, delegar, hacer primero lo más difícil, desembarazarse de lo superfluo, aprender a decir que no... El tema, sin embargo, tiene otras aristas. A veces la cuestión no es tanto lo que hacemos, sino lo que vamos camino de ser. Como dijo el sabio hindú Rabindranath

Tagore: «El que está demasiado ocupado haciendo el bien no encuentra tiempo para ser bueno». ¿Cómo podemos reducir un poco la marcha y disfrutar más de la vida sin dejar de atender a todas nuestras obligaciones? El otro día salía para una reunión cuando mi nieta me tomó de la mano y me preguntó con entusiasmo: —¿Te muestro los pasos que aprendí en mi clase de baile? Antes de contestarle impulsivamente: «Lo siento, cariño, estoy muy ocupado. En otro momento me los enseñas», me trasladé cinco años hacia el futuro en la imaginación y la oí decirme mientras salía presurosa por la puerta: «¡Lo siento, abuelo! Estoy muy ocupada con mi rollo adolescente». —Claro —le dije—, muéstrame tus pasos. Al cabo de cinco minutos de danza bien dinámica y largos aplausos, me fui a mi reunión menos estresado y más optimista. Se me aclaró la incógnita. Si nos detenemos a oler las flores, su fragancia nos acompaña todo el día, recordándonos que la vida es muchísimo más que andar corriendo de una cosa a otra. Curtis Peter van Gorder es escritor autónomo y mimo. Desde 1971 ha participado en actividades misioneras en 10 países. Él y su esposa Pauline viven actualmente en Alemania. ■ 3


ADORACIÓN CRISTIANA: UNA VIDA DE ALABANZA Peter Amsterdam

«Digno eres tú, oh Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, la honra y el poder; porque

tú has creado todas las cosas, y por tu voluntad tienen ser y fueron creadas» (Apocalipsis 4:11). A los cristianos se nos llama a llevar una vida de adoración y alabanza. La Biblia nos recuerda a menudo la importancia de la alabanza y el culto en nuestra relación con el Señor. La Escritura nos dice que entremos por «sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza» y que demos gracias y bendigamos «su nombre porque el Señor es bueno. Para siempre es su misericordia y su fidelidad por todas las generaciones» (Salmo 100:4,5). La adoración es parte integral del primer y gran mandamiento que consiste en amar al Señor con todo nuestro corazón, mente y fuerzas (Mateo 22:36–38; Marcos 12:29,30). Se nos convoca a un amor pleno, profundo, exuberante, un amor con alma, corazón y vida. Es nuestra respuesta de corazón al ofrecimiento que se nos hace de entablar una relación con Dios. Al Padre le apasiona tanto disfrutar de una relación con nosotros que envió a Su Hijo único, Jesús, para salvar la distancia que existía entre Él y la humanidad (Juan

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3:16). Tal es el amor que abriga por nosotros; y se nos insta también a nosotros a desplegar el mismo amor en nuestra relación con Él (1 Juan 4:19). El amor que albergamos por Dios despierta en nosotros el deseo de acercarnos a Él (Santiago 4:8), de labrar una profunda relación con Él y de ir transformándonos a Su semejanza (2 Corintios 3:18). Para ello debemos comprometernos a pasar regularmente momentos de comunión con Él en oración y leyendo Su Palabra. Le expresamos nuestro amor y gratitud a través de nuestra adoración y alabanza, llevando una vida que lo honre y lo magnifique y que exalte Su nombre (Salmo 34:3). Mientras hablaba con la samaritana junto al pozo, Jesús dijo: «La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre busca a tales que lo adoren. Dios es espíritu; y es necesario que los que le adoran, lo adoren en espíritu y en verdad» (Juan 4:23,24). De esto aprendemos que Dios, que es espíritu, busca a quienes lo adoren en espíritu y en verdad. Nosotros, los que amamos a Dios y queremos agradarlo, procuraremos adorarlo con todo nuestro


corazón, alma, mente y fuerzas, ya que así lo desea Él. Solo Dios es digno de nuestra adoración. Adorarlo significa reverenciarlo y tributarle el valor que se merece; es reconocer, expresar y enaltecer Su excelencia y Su mérito sin parangón. «Den al Señor la gloria debida a su nombre. Adoren al Señor en la hermosura de la santidad» (Salmo 29:1,2). La base del valor que posee Dios se halla en Su naturaleza y carácter, en quién es Él… Es el Creador de todas las cosas visibles e invisibles (Colosenses 1:16). Es todopoderoso, omnisciente, inmutable, infinito, eterno y está presente en todas partes. Es sabiduría, verdad, fidelidad, bondad, amor, misericordia, gracia, paciencia, santidad, rectitud, justicia y más. Si bien nosotros, como seres hechos a imagen y semejanza de Dios, poseemos una pequeña porción de algunos de estos atributos, Dios los encarna. Es infinitamente más grande que nosotros y por tanto digno de

adoración. «De él y por medio de él y para él son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos» (Romanos 11:36). Además de ser el Creador, es nuestro Redentor. Allanó el camino para que nosotros, los pecadores, nos reconciliáramos con Él. Actuó por vía de la muerte sacrificial de Jesús en la cruz para traer salvación a todos los que creen en Él y lo aceptan como Redentor. Nos redime del pecado y de la muerte (Romanos 5:10,11). Gracias a la muerte y resurrección de Jesús ahora tenemos el privilegio y el honor de poder acceder a la presencia de Dios directamente en oración, alabanza y adoración. A medida que llegamos a conocer más a Dios, a entender Su amor y Su poder, todo lo que ha hecho y hace constantemente por nosotros, comprendemos más claramente que nuestra reacción a Él ha de ser una alabanza y adoración. Expresar nuestra adoración A los cristianos se los llama a rendir culto tanto en privado como en público (o colectivamente). La expectativa es que en ocasiones adoremos en conjunto con otros cristianos (Hebreos 10:24,25), «con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando con gracia a Dios en su corazón» (Colosenses 3:16). Cuando nos reunimos con otros creyentes para alabar al Señor y orar juntos, Jesús prometió: «Donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18:20). De todas maneras, la adoración colectiva no es suficiente; se nos insta a adorarlo también individualmente. En los Evangelios leemos que Jesús solía madrugar y retirarse a un lugar solitario para comulgar con Su Padre (Marcos 1:35; Lucas 6:12). Mantener una estrecha relación con Dios requiere que comulguemos con Él en adoración y alabanza; que le respondamos con amor, ponderación y reverencia; que lo alabemos y le agradezcamos; que nos deleitemos en Él (Salmo 37:4). El culto es más que un ritual de oración, alabanza y canto; es acceder espiritualmente a la presencia de Dios. La alabanza es primordial para el culto que rendimos a Dios y debiera impregnar nuestras actitudes, nuestras perspectivas y nuestros pensamientos (Filipenses 4:8). Los Salmos rebosan de palabras de alabanza de las que 5


podemos hacernos eco en nuestros momentos de comunión con el Señor. La acción de gracias es asimismo parte de la adoración, al tiempo que expresamos nuestra gratitud a Dios por Su bondad y Sus muchos favores. Es más, se nos pide que demos siempre gracias a Dios por todo, en toda circunstancia (Efesios 5:20; 1 Tesalonicenses 5:18). Nuestra vida debe abundar en acciones de gracias (Colosenses 2:7). Son innumerables las cosas por las que debemos agradecer y a medida que nos esforzamos por reconocerlas y expresamos nuestra gratitud al Señor por ellas, el agradecimiento llega a ser parte de nuestro ser. La adoración debería estar presente en la conversación que mantenemos todos los días con Dios. Cuando observamos Su creación podemos rendir honor, alabanza y agradecimiento al Señor por Su inagotable amor y Sus maravillosas obras (Salmo 107:8). Cuando meditamos en Su Palabra, cuando pensamos en las bendiciones que nos prodiga, la misericordia que nos ha demostrado, la gracia que tan libremente nos concede, todo ello nos da ocasión de adorarlo (Salmo 8:3–5). Alabarlo por Su poder, Su presencia y Su omnisciencia nos recuerda que Él siempre está aquí, 6

que sabe todo acerca de nosotros, que nos creó y que conoce los pensamientos y las intenciones de nuestro corazón. Hacer memoria de esto puede reforzar nuestra determinación de hacer todo lo posible por vivir de acuerdo con Su Palabra, tratar a otros con amor y portarnos con los demás como queremos que se porten con nosotros (Lucas 6:31). Un importante medio por el que rendimos culto al Señor es a través del servicio que prestamos a Él y al prójimo. El apóstol Pablo aludió a ese sacrificio calificándolo de «santo y agradable a Dios» y de «adoración espiritual» (Romanos 12:1 nvi). En otro pasaje Pablo escribió: «Esta ayuda, que es un servicio sagrado […], redunda en abundantes acciones de gracias a Dios» (2 Corintios 9:12 nvi). Jesús nos llamó a alumbrar a los demás con nuestra luz para que vean nuestras buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre que está en el Cielo (Mateo 5:16). La adoración no es simplemente una actividad; es un estilo de vida consistente en amar, servir y glorificar a Dios, y reflejar Su amor y Su verdad a los demás. Siempre que acudamos a Él con agradecimiento y alabanza… siempre que expresemos el profundo amor que le tenemos… siempre que lo veneremos y lo honremos… y siempre que llevemos una vida que lo glorifique, adoramos a Dios como Él ansía que lo adoren, es decir en espíritu y en verdad. Cuanto más verbalizamos quién es Dios y lo que ha hecho, más presente se hace en nuestra vida cotidiana y más llegamos a comprender la anchura, la longitud, la altura y la profundidad de Su amor (Efesios 3:18,19). Peter Amsterdam es un autor cristiano, profesor de temas bíblicos y codirector retirado de LFI, una red cristiana en línea. ■


Una vela en la oscuridad Marie Knight

Cuando la vida es bella, cuando los

pájaros cantan y el sol brilla, la alabanza es una reacción natural. En momentos como esos la alabanza brota espontáneamente del alma. ¿Pero acaso debemos alabar a Dios solo cuando nos va bien? La Biblia dice: «Den gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para ustedes en Cristo Jesús» (1 Tesalonicenses 5:18). Puede parecer exagerado pensar en alabar a Dios en todo, hasta en las dificultades. No obstante, si «sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a los que lo aman» (Romanos 8:28), entonces podemos darle las gracias por todo lo que nos depara la vida. Hay muchos ejemplos en la Biblia de personas que alzaron su voz a Dios en sus momentos más sombríos. Sus vivencias nos recuerdan que la alabanza no es solo un modo de responder a los triunfos, sino que suele ser el camino hacia ellos. David era perseguido constantemente por el rey Saúl. Hubo momentos en los que se desanimó, y en una ocasión hasta se lamentó diciendo: «Algún día voy a perecer por la mano de Saúl» (1 Samuel 27:1). Sin embargo no se quedó sumido en ese estado de abatimiento; sus escritos rebosan de alabanza y gratitud a Dios. En el Salmo 42:11 escribió: «¿Por qué estás tan abatida, alma mía? ¿Por qué estás angustiada? En Dios pondré mi esperanza y lo seguiré alabando. ¡Él es mi salvación y mi Dios!» (nvi). Job perdió su fortuna y sus hijos en un solo día. Así y todo, en su duelo se acordó de Dios y declaró: «El Señor dio, y el Señor quitó. ¡Sea bendito el nombre del Señor!» (Job 1:21). Y al final, Dios le devolvió el doble de lo que tenía al principio. A Pablo y a Silas los encarcelaron por predicar en el nombre de Jesús. Los golpearon, los arrojaron a la parte

más recóndita de la cárcel y les pusieron los pies en un cepo. No obstante, a pesar de esas terribles circunstancias, la Biblia nos dice que «como a la medianoche, Pablo y Silas estaban orando y cantando himnos a Dios» (Hechos 16:25). Alababan a Dios en la oscuridad a pesar del dolor que sentían. ¡Lo que sucedió a continuación fue nada menos que un milagro! Un terremoto sacudió la cárcel y abrió no solo las puertas de las celdas, ¡sino que hasta soltó los grilletes de los presos! Pero ninguno de ellos escapó; todos permanecieron allí. A raíz de eso el carcelero y toda su familia creyeron en Jesucristo y se bautizaron (véase Hechos 16:25–34). La alabanza es como una vela en nuestra oscuridad. Fortalece nuestro espíritu, invita a Dios a estar con nosotros y declara que Él es más grande que cualquier dificultad que podamos enfrentar. Marie Knight es misionera voluntaria en los Estados Unidos. ■ 7


En Deuteronomio 30:19 Dios dice: «Llamo

Escoger la vida Steve Hearts

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hoy por testigos contra ustedes a los cielos y a la tierra, de que he puesto delante de ustedes la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tus descendientes». Por supuesto que al morir en la cruz Jesús tomó sobre sí la maldición del pecado y la muerte que recaía sobre nosotros (Gálatas 3:13). Jesús nos dice en Juan 10:10: «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia». Si bien Jesús —al consumar Su obra en la cruz— deshizo el dominio que Satanás ejercía con su poder, este, «el ladrón», aún no ha sido expulsado del mundo. Como león rugiente todavía anda alrededor buscando a quien devorar (1 Pedro 5:8). Por lo tanto, la elección entre la vida abundante que ofrece Jesús a todos los que crean en


Él y lo reciban, y la muerte y destrucción que procura el enemigo de nuestra alma sigue siendo nuestra. Me gustaría presentar algunos ejemplos de lo que ha significado para mí a lo largo de los años —y sigue significando hoy— la opción entre la vida y la muerte. Empezaré con el poder de mis palabras. Proverbios 18:21 dice: «La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos». A mi entender, según cómo nos expresemos con la lengua —sea para causar vida o muerte, para animar o desmoralizar a otros— recogemos los frutos de lo que hayamos elegido. Es una advertencia aleccionadora que me induce a buscar y obtener todos los días la ayuda de Dios a fin de transmitir diariamente vida, amor y ánimo a través de mis palabras. Yo desde luego no he sido un dechado de virtud en este aspecto; aun así, mis errores me han enseñado valiosas lecciones. Por ejemplo, siendo músico, pues he dirigido algunos coros y bandas musicales, aprendí a elegir con cuidado mis palabras, sobre todo cuando ofrecía críticas constructivas a las personas con las que trabajaba. Aunque tenía buenas intenciones al ofrecer ese tipo de comentarios y mi propósito era motivar a mis compañeros a mejorar su desempeño, a veces fui demasiado áspero al hablar. De ahí que mi crítica constructiva doliera, lo que hizo que un par de personas se desanimaran mucho. Menos mal que en ambos casos me pude disculpar con ellas y remediar la situación, lo que les devolvió la confianza y les renovó el deseo de seguir haciendo música. El Señor sigue enseñándome a hablar la verdad con amor todos los días (Efesios 4:15). También me estoy esforzando por no chismorrear ni hablar mal de otros a sus espaldas, ya que al hacerlo, ocupo la lengua para la muerte y no para la vida. Asimismo es importante declarar la verdad de las promesas de Dios sobre mi propia vida, en vez de limitarme a hablar con negatividad y pesimismo. Escoger la vida también significa perdonar a quienes me han lastimado en vez de guardarles rencor. Esta elección nunca es fácil, pero la Palabra de Dios nos exhorta a perdonar a otros de la misma manera que

Dios nos perdonó a nosotros en Cristo (Efesios 4:32). La contraparte —el rencor y el resentimiento— es un camino que lleva a la muerte y a la destrucción y que a la postre nos contamina a mí y a otros (Hebreos 12:15). Escoger la vida también es estar dispuesto a perseverar en las metas que no he logrado alcanzar en vez de limitarme a aceptar la derrota. Yo creo que la vida plena y abundante que nos ofrece Jesús es en parte la capacidad de desarrollar todo nuestro potencial y llegar a ser todo lo que Dios quiere que seamos. Los tropiezos ocasionales forman parte del proceso de crecimiento y aprendizaje, pero permitir que una decepción o un fracaso me paralice impedirá que alcance ese objetivo. Por la gracia de Dios, estoy aprendiendo a afrontar las derrotas, a sacar lecciones de ellas y seguir creciendo y obteniendo mayores victorias. Escoger la vida también significa mantener la vista fija en Jesús, Su fidelidad y Sus promesas, aun cuando pareciera que las cosas no podrían estar peor. Por ejemplo, hace poco recibí la triste noticia de que una buena amiga mía había muerto. Por un momento me sentí superado por el dolor y la tristeza, pero al poco tiempo decidí cobrar ánimo en el Señor como lo hizo el rey David (1 Samuel 30:6). A fin de cuentas yo sabía que mi amiga había recibido a Jesús y que se encuentra en el Cielo. De modo que cambié el foco: pasé del duelo y la sensación de pérdida, a percibir la divina y reconfortante presencia del Espíritu Santo. Así encontré la paz y el consuelo que necesitaba. Si bien es cierto que en el Cielo experimentaremos amor perfecto, también sé que Jesús no vino a darnos vida solamente en el mundo venidero. Él tiene preparadas para nosotros muchas cosas buenas aquí y ahora. El apóstol Pablo nos dice: «Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, de manera que siempre, en toda circunstancia, tengan todo lo necesario y toda buena obra abunde en ustedes» (2 Corintios 9:8). Steve Hearts es ciego de nacimiento. Se desempeña como escritor y músico y pertenece a la Familia Internacional en Norteamérica. ■ 9


MEDITAR EN LA PALABRA DE DIOS Simon Bishop

Estuve escuchando un breve devocional

sobre la necesidad de hablarse uno a sí mismo positivamente. Uno de los versículos que se presentó como ejemplo fue el Salmo 42:5: «¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera a Dios, porque aún le he de alabar. ¡Él es la salvación de mi ser!» Si leemos el resto del Salmo es interesante notar que cuando David se dirige a Dios es muy negativo en sus reclamos; en cambio, cuando se dirige a sí mismo da la impresión de que se estuviera automotivando. David no reprimía sus sentimientos; más bien, en lugar de enlodarse en ellos, los transformaba en oraciones. Orientar los pensamientos y emociones por un cauce positivo es algo que desconcierta a mucha gente, ya que esforzarse por pensar favorablemente cuando uno se siente pésimo puede parecer artificioso y afectado. Para mí es algo que tiene que ver más con la autodisciplina y fuerza de voluntad, al tomar conciencia de que permitir que nuestras emociones controlen nuestros pensamientos puede ser perjudicial o por lo menos desalentador. Sí, claro que necesitamos autodisciplina. Pero ser cristiano y confiar en Dios no quiere decir que tengamos que reprimir nuestros sentimientos, sino más bien redireccionarlos. ¿Cómo? Subordinándolos a Dios. Una vez que hagamos eso debemos esmerarnos por hablar en términos positivos, y ojalá a nosotros mismos. 10

Un modo de hacerlo es practicando la meditación cristiana. A menudo, cuando oímos la palabra meditación nos evoca las técnicas orientales, que consisten en vaciar conscientemente el pensamiento. La meditación cristiana, sin embargo, es lo contrario: Se nos instruye a llenarnos el pensamiento de la Palabra de Dios y enfocarnos en ella. «¡Cuánto amo tu ley! Todo el día ella es mi meditación» (Salmo 119:97). «Nunca se aparte de tu boca este libro de la Ley; más bien, medita en él de día y de noche, para que guardes y cumplas todo lo que está escrito en él. Así tendrás éxito y todo te saldrá bien» (Josué 1:8). A continuación les dejo algunas de mis meditaciones favoritas en torno a las Escrituras: Busco al Señor y no carezco de bien alguno (Salmo 34:10). El Señor es bueno y para siempre es Su misericordia (Salmo 100:5). Dios me está devolviendo la salud y me está sanando de mis heridas (Jeremías 30:17). Dios sana mi corazón quebrantado y venda mis heridas (Salmo 147:3). Excelso es el Señor y grande es Su poder (Salmo 147:5). Simon Bishop realiza obras misioneras y humanitarias en las Filipinas. ■


La fe de una niña Ester Mizrany

—¡Mamá, me gusta el reino de los cielos!

—me dijo mi hija Lily, de dos años, mientras se acurrucaba bajo las mantas. —Mamá, quiero nacer del cielo. —Qué reflexión tan profunda para un corazoncito tan pequeño —me dije para mis adentros. —Pues bien, cariño, sí puedes nacer del cielo. Si creemos en Jesús, la Biblia dice que nacemos de nuevo. ¿Tienes a Jesús en tu corazón? —¡Sí! Jesús está en mi corazón. Él me quiere. Y un día estaré en el Cielo con papá y contigo. —Así es, un día estaremos todos juntos en el Cielo con Jesús. —Sí, quiero estar en el Cielo con Jesús. Esa conversación con mi pequeña me hizo reflexionar. El evangelio es tan sencillo que hasta mi hija de dos años puede entenderlo. Jesús dijo en Lucas 18:17 que

«cualquiera que no reciba el reino de Dios como un niño, jamás entrará en él». Muchas veces me pregunté: ¿Cómo puedo aceptar la verdad divina como lo haría un niño? ¿Cómo puedo dejar de lado mis inseguridades de adulto y simplemente tener la fe de un pequeñín? Mis hijos tienen cualidades de las que puedo aprender. Amor: Aman sin límites ni prejuicios, tal y como Jesús nos enseñó a amar al prójimo (Mateo 22:39) y a nuestros enemigos (Mateo 5:44). Curiosidad: Son curiosos, pero aceptan las respuestas que les damos, confiando en que les diremos la verdad. «Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, pero las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos, para siempre» (Deuteronomio 29:29). Confianza: Confían en que su papá y yo velaremos por ellos y satisfaremos sus necesidades, tal y como nos enseña la Biblia en Filipenses 4:19: «Mi Dios, pues, suplirá toda necesidad de ustedes conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús». A diferencia de mis hijos, la ansiedad y la preocupación me suelen agobiar. Es casi como si olvidara que el antídoto es la fe en Jesús y la esperanza genuina del cielo. Esas son dos cosas que nunca debemos dejar atrás por mucho que crezcamos. Ester Mizrany es esposa, mamá y misionera. Colabora con la organización Helping Hand en Sudáfrica. ■

Si aún no has reconocido en Jesús a tu Salvador, puedes hacerlo rezando la siguiente oración: Querido Jesús, creo firmemente que eres el Hijo de Dios y que moriste en la cruz por mí para que pueda vivir por siempre contigo en el Cielo. Te abro la puerta de mi corazón. Te ruego que perdones mis pecados y que me llenes de tu Espíritu Santo. Guía mi vida y ayúdame a seguirte. Amén. 11


REGOCÍJATE EN EL

SEÑOR Marie Alvero

«Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense! Que su amabilidad sea evidente a todos. El Señor está cerca. No se preocupen por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús. «Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio» (Filipenses 4:4–8 nvi).

Aunque no es fácil poner en práctica esta exhortación de Pablo, es fundamental para nuestra fe cristiana. Una vida que sigue a Jesús es una que conoce la paz y la alegría. Pero el versículo ocho también indica que debemos seleccionar nuestros pensamientos para mantener nuestra mente centrada en las cualidades que fomentan esa alegría y esa paz. La naturaleza humana no se inclina por defecto hacia lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable y digno de admiración. Nos agradan los chismes escandalosos. Nos gustan las narraciones que nos retratan como héroes o víctimas. Nos aferramos al espejismo de que estamos en control. Existe una idea generalizada de que los seguidores de Jesús deben caracterizarse por ser siempre positivos, es decir, ser siempre optimistas y felices. En la cultura actual 12

esto se suele asociar con la falsedad. La idea de que uno cierra los ojos a todo lo negativo o lo malo de modo que solo expresa lo positivo no es a lo que se refiere Pablo. No predica un positivismo tóxico. Lo que dice es que nos regocijemos en el Señor. Aunque no se puede negar que el mundo es una calamidad, Dios es soberano. Si bien es verdad que a veces sufrimos, Dios es fiel. Aunque es innegable que abrigamos miedos y ansiedad, con todo, nuestra esperanza está puesta en el Señor. El único motivo por el que poseemos esa alegría y esa paz es que centramos nuestros pensamientos en quién es Dios y en lo que Jesús consumó en la cruz. La capacidad de centrarnos en lo que es bueno, verdadero y justo proviene de conocer la naturaleza de Dios y de que Él sea la presencia más importante en nuestro corazón y nuestra mente. Si estás en un campo abierto en un día soleado, es fácil centrar la atención en el sol. Sientes su calor, ves su luz. No lo ocultan edificios ni árboles. Al igual que el sol, Dios es más grande que todas nuestras contrariedades e incluso que los males del mundo. Podemos regocijarnos en el Señor sabiendo que Él cumplirá Sus promesas. Marie Alvero fue misionera en África y México. Lleva una vida plena y activa en compañía de su esposo y sus hijos en la región central de Texas, EE.UU. ■


CUANDO LA MENTE TE JUEGA UNA MALA PASADA Sam de la Cruz

Hoy en día abundan los estafadores. Parece

que cuanto más avanza la tecnología, más astutos se vuelven. Como paso mucho tiempo delante del ordenador, me he convertido en todo un experto en detectar estafas. Aun así, un día estaba en medio de un trabajo de redacción cuando de repente toda la pantalla se fue a rojo y apareció un mensaje en negrita que parpadeaba: «¡ATENCIÓN! TU ORDENADOR ESTÁ INFECTADO. ¡LLAMA A ESTE NÚMERO INMEDIATAMENTE O PERDERÁS TODOS TUS DATOS!» Debo admitir que se me aceleró el pulso. Por un instante casi me lo creo. Pero luego respiré hondo, esbocé una mueca de escepticismo e hice lo que la experiencia me ha enseñado. Pinché la pequeña «X» para cerrar la advertencia y volví al trabajo. Estafa frustrada. Por desgracia no todo el mundo reacciona así. Mucha gente entra en pánico, llama al número y en menos que canta un gallo le ha facilitado los datos de su tarjeta de crédito o su número de la Seguridad Social a un tipo sentado en un sótano mal iluminado en algún rincón del mundo. Al reflexionar sobre esto me di cuenta de que a veces nuestra mente nos tiende sus propias trampas. Nos envía mensajes que parecen urgentes y creíbles: ¡No das la talla! ¡Todo el mundo te está juzgando! ¡Esto nunca va a dar resultado! Y antes que nos demos cuenta ya hemos caído en la trampa. Hace poco nuestra organización sin fines de lucro recibió una carta de un organismo gubernamental en la que decían que me llamarían para preguntarme sobre la situación laboral de uno de nuestros empleados. Nada

de qué preocuparse, ¿verdad? Excepto que mi cerebro no lo veía así. En cuestión de minutos entró en modo de catástrofe total. Empecé a imaginarme los peores escenarios posibles: auditorías, sanciones, montones de papeleo. En esencia, convertí mentalmente una carta que era asunto de trámite en una crisis de envergadura. Efectivamente recibí la llamada. ¿Y saben qué? La persona al teléfono fue amable y se mostró realmente dispuesta a ayudar. Hablamos durante diez minutos, aclaramos el asunto y eso fue todo. Sin dramas. Sin catástrofes. Mi cerebro simplemente había tejido su habitual truco, convenciéndome de que algo terrible estaba a punto de suceder cuando en realidad todo iba bien. Nuestra mente puede engañarnos y hacernos ver montañas donde solo hay montículos. Pero no tenemos por qué caer en esa trampa. La Biblia dice: «Por nada estén afanosos; más bien, presenten sus peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Filipenses 4:6). ¿La moraleja? Haz una pausa, respira, verifica los hechos y, en última instancia, confía en el Señor. Él ve el panorama global, disipa nuestros temores y nos guía para superar tanto las estafas que urde el mundo como los engaños que fabrica nuestra propia mente. Sam de la Cruz y su mujer Diane dirigen desde 1999 una organización benéfica en Toronto, que atiende a inmigrantes y familias de escasos recursos, ofreciéndoles asistencia práctica, apoyo anímico y compasión cristiana. ■ 13


EN EL DESIERTO Marcela Cedeño Madrigal

La vida es un viaje por diferentes estaciones; algunas prósperas, con buenas cosechas y un sol

revitalizante, y otras tormentosas, con nubes grises y días fríos. Y otras más son como un desierto: calurosas, áridas, polvorientas y desoladas. En cierta época muy difícil de mi vida en que perdí la alegría de vivir y la esperanza de un mañana mejor, me encontré en un lugar así de desolado. Vivir en un desierto puede conducirnos a conocer a Dios. «La llevaré al desierto y allí le hablaré con ternura» (Oseas 2:14 nbv). No es lo mismo saber de Dios que conocerlo. Aunque en los momentos felices es más fácil afirmar que conocemos a Dios, puedo atestiguar que también lo conocí en el desierto. Allí estábamos Él y yo solos. Fue entonces cuando ese versículo que al principio me había parecido tan bello cobró un nuevo sentido. Allí aprendí a depender completamente de Dios. Allí sentí verdadera sed y llegué a anhelar el agua de la vida eterna (Juan 4:15). En mi desierto encontré a Jesús, mi buen Pastor, quien en un acto de amor me tocó los pies para detener mi paso apresurado. Cuanto más difícil se hacía mi estancia allí, más comprendía lo necesario que era para mí confiar en Dios hasta que me sacara de allí. Quienes hemos atravesado desiertos nunca volvemos a ser los

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mismos. ¡Se nos abren los ojos espirituales y aprendemos a confiar en Dios! Si hoy te encuentras en un desierto, aférrate a la mano divina. Confía en que los designios que tiene para ti son buenos, en que esta difícil situación por la que atraviesas no es mayor que Aquel que te sostiene y que nunca te abandonará. Aprovecha ese tiempo en el desierto para renovar tu fe, para dejar atrás todo lo que te impida avanzar, todo lo que te distraiga. Pide a Dios que te fortalezca. Intima con Él, dale autoridad sobre tu vida. Él sabrá cuándo proporcionarte una salida del desierto; y cuando lo haga, tu boca se llenará de risa, tu corazón de amor y tu vida de alegría. Recordarás la crisis que te hizo buscar a Dios, ¡y le darás gracias! Ruego a Dios que te dé paciencia para resistir en el desierto en que te encuentras, para crecer en la fe, para recobrar tus fuerzas, de modo que puedas disfrutar de la nueva vida que solo Él puede darte. Ten la seguridad de que cuando salgas del desierto estarás preparado para recibir la abundancia de bendiciones novedosas que Dios tiene para ti. Marcela Cedeño Madrigal vive en Costa Rica. Trabaja en relaciones públicas y colabora en programas de radio en que se abordan temas sobre el cuidado de la piel. ■


O SA M O RU C S ÑA E A A T D I ON V LA NA M U Ro

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Hace poco cumplí 70 años y pensé: «Pues bien, ya es hora de despreocuparme, leer, escribir, cuidar mis plantas, asistir a mi reunión de adultos mayores y a los oficios religiosos y reuniones de la iglesia, visitar a mis hermanas y disfrutar de mis hijos y nietos cuando vengan a verme. A partir de ahora, la vida será pan comido». ¡Qué ilusa! Al poco tiempo mi hermana de 80 años enfermó y ahora tengo que atenderla. Surgieron otras situaciones menos urgentes y tuve que admitir: «La vida es tan maravillosa como una montaña rusa. Está marcada por multitud de altibajos. El Señor nos da periodos de descanso y relajación, pero también enfrentamos momentos de dificultad, de decisiones difíciles y de angustia en los que debemos aferrarnos con fuerza a Él, que nos mantiene bien sujetos a nuestros asientos para que no nos caigamos». A medida que envejecemos, aprendemos que siempre es prudente ir con calma, hasta estar seguros de que nuestro plan de acción está en consonancia con la voluntad de Dios. Pablo nos enseña: «Por nada estén afanosos; más bien, presenten sus peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Filipenses 4:6). Recuerdo que cuando buscaba un hombre con quien casarme tenía expectativas muy altas. Al cabo de un tiempo entregué mi voluntad al Señor y oré: «Jesús, te

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ruego que me des un buen hombre, alguien que te ame tanto como yo y que quiera servirte como yo». Y así fue, al poco tiempo conocí a mi marido y tuvimos una vida fabulosa juntos. Era cariñoso, leal, alegre y lleno de fe. Ese principio de entrega lo apliqué a muchas otras decisiones, tanto grandes como pequeñas. A menudo rezo la oración de la serenidad, muy conocida entre los grupos de terapia: «Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedo cambiar y el buen sentido para reconocer la diferencia».1 Dicho de otro modo: «Muéstrame, Señor, lo que debo o no debo hacer en este momento. ¿Qué me corresponde a mí y qué debo dejar en Tus manos? ¿Y cuál es la mejor manera de lidiar con esta situación?» Después de mis setenta vueltas al sol, en esta montaña rusa que es la experiencia de ser humano, puedo garantizar que vale la pena buscar la voluntad del Señor mientras peregrinamos por este mundo. ¡Dios da lo mejor de lo mejor a quienes dejan las decisiones en Sus manos! Rosane Cordoba vive en Brasil. Es escritora independiente, traductora y productora de textos didácticos para niños basados en la fe y orientados a la formación del carácter. ■

1. Redactada inicialmente por el teólogo protestante Reinhold Niebuhr a principios de la década de 1930. 15


De Jesús, con cariño

CAMBIO DE PERSPECTIVA La alabanza te ayuda a cambiar de perspectiva y a ver las cosas a través del prisma de la fe, con la certeza de que llevaré a cabo Mis buenos propósitos en todas las cosas (Isaías 46:10). Sea cual sea la situación, puedes tener fe en que siempre estoy contigo. Aunque camines por el valle más oscuro, Yo estaré contigo (Salmo 23:4). Alabarme no es ver la vida a través de lentes color de rosa. Es proclamar tu confianza en Mí y en Mi soberanía. Es adoptar una perspectiva de fe y gratitud. Así que cuando tu corazón esté agobiado por preocupaciones, problemas o estrés, ven a Mí y entra en Mi presencia con acción de gracias y alabanza (Salmo 100:4). Haz espacio para que Mi gozo llene tu corazón y renueve tu valor y tu fuerza. La alabanza y la adoración generan gozo, y Mi gozo será tu fuerza (Nehemías 8:10). Una perspectiva de alabanza puede convertir un día difícil en uno positivo si optas por fijar tus pensamientos en las muchas cosas buenas, verdaderas, hermosas, excelentes y dignas de alabanza que rodean tu vida (Filipenses 4:8). Esfuérzate por pensar en esas cosas y Mi alegría te dará la fuerza para superar los obstáculos y las luchas de la vida cotidiana. La alabanza eleva tu espíritu a Mi presencia. Te da una mejor visión y una perspectiva verdadera sobre los temas que te conciernen: una perspectiva imbuida de fe y del conocimiento de que todas las cosas realmente cooperan para el bien de quienes me aman (Romanos 8:28).


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