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Conéctate, marzo de 2026: Esperanza en tiempos de necesidad

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¡ HA RESUCITADO!

Anunciémoslo

Esperanza viva

Una nueva dimensión

Paz después de una pérdida dolorosa

Los vaivenes de la vida

La protección invisible de Dios

No hay mayor seguridad

Año 27, número 3

A NUESTROS

AMIGOS

no desistas

El roble que hoy apreciamos en todo su esplendor es un monumento al vigor y aguante de la semilla de ayer. En momentos de apuro o inquietud aprendemos a resistir y buscar refugio en Dios. Así como el roble, nosotros también nos fortalecemos soportando vientos y tormentas. Es entonces cuando debemos echar raíces profundas en la Palabra de Dios, la cual nos aporta tanto estabilidad como alimento espiritual. ¡Cuán cierto es el versículo que dice: «No pierdan, pues, el ánimo. El premio que les espera es grande» (Hebreos 10:35 blph)! Por eso, hagas lo que hagas, no te rindas. El siguiente poema lo ilustra gráficamente, con un toque de humor para animarnos a persistir.

Cuando van mal las cosas, como sucede a veces, cuando la senda que sigues empinada parece, cuando escasea el dinero y la deuda es elevada, y quieres sonreír, pero te sale una expresión cansada, cuando el afán y la brega te hacen bajar la vista, date una tregua si es preciso, pero no desistas.

La vida es misteriosa con sus curvas y recodos; de eso tarde o temprano nos percatamos todos. ¡Pensar que tuvimos tantos proyectos fallidos que hoy serían éxitos si hubiéramos persistido! No te rindas aunque el progreso aparente ser muy lento. ¿Quién sabe? Puede que triunfes en el próximo intento.

El triunfo, créeme, tras la derrota aguarda, oculto por las nubes de dudas que acobardan. Es imposible precisar lo lejos que se encuentra; puede estar cerca, ahí mismo, aunque no lo parezca. Sigue, pues, luchando cuando te peguen más duro, ¡y nunca jamás te rindas, ni en el peor apuro!

Edgar A. Guest (publicado en 1921)

Como ya lo habrás adivinado, el tema del presente número de Conéctate es cómo hallar fortaleza y consuelo en tiempos de prueba, duelo y adversidad. Encontrarás a continuación artículos que son un faro de esperanza en épocas sombrías y aportan una perspectiva alentadora. Y a fin de prepararnos para la Pascua, Peter Amsterdam nos presenta un detallado recuento del suceso más destacado de la Historia, el día en que Cristo derrotó la muerte por medio de Su resurrección. Bienvenido a nuestro número de marzo, que ojalá te transmita fuerzas y paz y te ayude a afrontar el futuro con fe.

Gabriel y Sally García Redacción

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AGUAS DE REPOSO

¿Alguna vez has caminado a orillas de un lago de aguas tan tranquilas que se veía en la superficie el reflejo de las montañas y árboles que había alrededor? Es tan hermoso, e inspira tanta paz. Yo me quedo pasmada al ver toda esa belleza plasmada en el agua.

«Junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma» (Salmo 23:2,3).

Admirar la creación de Dios suele confortarnos el alma. Nos permite vislumbrar lo que hay en Su corazón y nos lleva a entender verdades espirituales más profundas. La quietud del lago refleja cómo es el Cielo.

El problema es que en mi vida las aguas suelen ser turbulentas. Las olas me impulsan y me ayudan a avanzar. Las ondas se expanden en todas direcciones. El viento sopla, me mueve y logro objetivos.

Puede que en la vida busque aguas de reposo o de quietud, pero me topo con ríos estruendosos. Si intento detener la corriente, me doy cuenta de que debo correr a resguardarme en un punto más elevado.

Al igual que los discípulos en medio de la tempestad en el mar de Galilea, entro en pánico. Entonces Jesús simplemente le dice al lago: «¡Calla! ¡Enmudece!», y hasta los vientos y las olas le obedecen, y se aquietan las aguas (v. Marcos 4:35–41).

Necesito esos momentos de quietud para sentir que estoy lista para encarar el siguiente reto, para entender

por qué debo ir por donde Él me guía. A veces atravieso valles sombríos que ponen a prueba mi fe. Otras tengo que hacer frente a enemigos. Pero aun en esas situaciones de aprieto, con el Señor a mi lado siento que mi alma está llena hasta rebosar de Su bondad y Su amor (Salmo 23:3–5).

El Señor es mi pastor; nada me faltará. (Salmo 23:1). Me ayuda a descansar. Me pastorea junto a aguas de reposo, me conforta el alma. Después de eso estoy lista para todo. Tengo la gracia para atravesar valles sombríos, afrontar el temor y vencer con gratitud. Como he pasado un rato junto a aguas de reposo, aprecio las cosas en su justa dimensión. El Cielo se ve reflejado en mi vida y sé que, pase lo que pase, estaré para siempre con el Señor (Salmo 23:6).

«¡Socorro, Señor!», clamaron en medio de su dificultad, y Él los salvó de su aflicción.

Calmó la tormenta hasta convertirla en un susurro y aquietó las olas.

¡Qué bendición fue esa quietud cuando los llevaba al puerto sanos y salvos!

Salmo 107:28–30 ntv

Joyce Suttin es docente jubilada y escritora. Vive en San Antonio, EE. UU. ■

Joyce Suttin

¡HA RESUCITADO!

Ahora que se acerca la Semana Santa, es el momento ideal para repasar los relatos de la resurrección de Jesús y meditar en la eterna redención que obtuvo para nosotros mediante Su sacrificio en la cruz (Efesios 1:7; Hebreos 9:12). Cuando reflexionamos sobre Su gloriosa resurrección como nuestro Señor y Salvador podemos hacernos eco de la tradicional salutación cristiana: «¡Verdaderamente ha resucitado!»

Los cuatro evangelios narran que Jesús, después de Su resurrección, se apareció a Sus discípulos, tanto hombres como mujeres. En el texto de Mateo, cuando algunas de las discípulas fueron a la tumba para ungir el cuerpo de

Jesús, la hallaron vacía. Les salió al encuentro un ángel que les indicó que fueran donde los apóstoles y les dijeran que Jesús estaba vivo y que se dirigía a Galilea, donde lo verían (Mateo 28:6,7).

Mientras ellas corrían a transmitir el mensaje a los discípulos, el mismísimo Jesús resucitado se les apareció en el camino.

«He aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: “¡Las saludo!” Y acercándose ellas, abrazaron Sus pies y lo adoraron. Entonces Jesús les dijo: “No teman. Vayan, den las noticias a Mis hermanos, para que vayan a Galilea. Allí me verán”» (Mateo 28:9,10).

Cuesta imaginar el júbilo y el asombro que las embargó al ver a Jesús resucitado. Al postrarse a Sus pies y adorarlo, demostraron que entendían que Él era más que un simple ser humano. Era divino.

El Evangelio de Lucas relata la aparición de Jesús a dos discípulos, ninguno de los cuales era parte de los once apóstoles. Estos dos discípulos viajaban ese día a una aldea llamada Emaús. Mientras caminaban y comentaban todo lo sucedido, el propio Jesús se les acercó y habló con ellos, aunque sus ojos estaban velados y no les fue permitido reconocerlo.

«[Jesús] les dijo: “¿Qué son estas cosas que discuten entre ustedes mientras caminan?” Se detuvieron con semblante triste. Y respondiendo uno de ellos, que se llamaba Cleofas, le dijo: “¿Eres Tú el único forastero en Jerusalén que no sabe las cosas que han acontecido en estos días?”» (Lucas 24:17,18).

A Cleofas le extrañó la pregunta de Jesús. Costaba creer que alguien procedente de Jerusalén no supiera lo que había sucedido en los últimos días, ya que el juicio y la crucifixión de Jesús habían sido de conocimiento público. Cuando Jesús les pidió que le explicaran a qué cosas se referían, respondieron diciendo:

«[Lo] de Jesús de Nazaret, que era un hombre profeta, poderoso en obras y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo; y de cómo lo entregaron los principales sacerdotes y nuestros dirigentes para ser condenado a muerte, y de cómo lo crucificaron. Nosotros esperábamos que Él fuera el que habría de redimir a Israel. Ahora, a todo esto se añade el hecho de que hoy es el tercer día desde que esto aconteció» (Lucas 24:19–21).

Cleofas y el otro discípulo habían creído en Jesús y abrigaban grandes esperanzas en Él y Su misión. No obstante, después de todo lo sucedido con Su detención y crucifixión, se habían desilusionado. Habían transcurrido tres días desde entonces, los tres días que Él había predicho que pasarían antes de Su resurrección (Lucas 9:21,22; Mateo 20:17–19).

Entonces los dos discípulos le refirieron a Jesús las circunstancias de las mujeres que fueron a la tumba y descubrieron que Jesús no estaba allí:

«Además, unas mujeres de los nuestros nos han asombrado: Fueron muy temprano al sepulcro y, al no hallar Su cuerpo, regresaron diciendo que habían visto visión de ángeles, los cuales les dijeron que Él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron como las mujeres habían dicho, pero a Él no lo vieron» (Lucas 24:22–24).

En su descripción, esos dos hombres mencionaron la tumba vacía, la aparición de los ángeles y el anuncio de que Jesús estaba vivo. Sin embargo, dijeron que los discípulos que visitaron la tumba la encontraron vacía; no vieron a Jesús. Jesús entonces les respondió diciendo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y que entrara en Su gloria?» (Lucas 24:25,26.)

Jesús les hizo ver a esos dos discípulos que no habían entendido lo que hubieran debido saber a partir de las Escrituras, es decir, que era necesario que Cristo padeciera lo que padeció y entrara en Su gloria (Isaías 53:5–7).

«Y comenzando desde Moisés y todos los Profetas, les interpretaba en todas las Escrituras lo que decían de Él» (Lucas 24:27). Jesús se puso a explicarles detalladamente lo que toda la Escritura (el Antiguo Testamento) decía acerca del Mesías prometido.

Más tarde, los discípulos reconocieron a Jesús. Mientras comían juntos, Él «tomó el pan, lo bendijo y les dio. Entonces fueron abiertos los ojos de ellos y lo reconocieron» (Lucas 24:30,31). Una vez que lo reconocieron, Jesús desapareció, y no lo vieron más. Los evangelios hablan de que, después de resucitar, Jesús se aparecía a los creyentes y luego desaparecía (v. Lucas 24:36; Juan 20:19).

Luego que Jesús desapareció, los dos discípulos exclamaron: «¿No ardía nuestro corazón en nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos abría las Escrituras?» (Lucas 24:32). Así fue cómo expresaron emocionados el efecto que habían tenido en ellos Su presencia y Sus palabras. Entonces desandaron lo andado y regresaron enseguida a Jerusalén para dar a conocer a los apóstoles la noticia de que habían visto a Jesús.

Pero antes que tuvieran oportunidad de contar lo que les había sucedido, se enteraron de que Jesús también se le había aparecido a Simón. «Hallaron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, quienes decían: “¡Verdaderamente el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!”» (Lucas 24:33–35).

Mientras todos hablaban con júbilo de esos dos encuentros con Cristo resucitado, «Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: “¡Paz a ustedes!” Entonces ellos, aterrorizados y asombrados, pensaban que veían un espíritu» (Lucas 24:36,37).

Con el ánimo de calmar a los discípulos, Jesús les dijo que miraran Sus manos y Sus pies y vieran las heridas que le había causado la crucifixión. También los animó a tocarlo para que constataran que tenía un cuerpo de carne y hueso y no era un espíritu incorpóreo (Lucas 24:38–40).

«Y como ellos aún no lo creían por el gozo que tenían y porque estaban asombrados, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Entonces le dieron un pedazo de pescado asado. Lo tomó y comió delante de ellos» (Lucas 24:41–43).

Al pedir algo de comer y sentarse a la mesa con ellos, Jesús demostró que no era un fantasma ni una suerte de aparición. Se les apareció, les habló y comió con ellos. No cabía duda de Su resurrección de los muertos.

«Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciera y resucitara de los muertos al tercer día; y que en Su nombre se predicara el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones comenzando desde Jerusalén”» (Lucas 24:45–47).

Una vez que a los discípulos se les abrió el entendimiento para que comprendieran lo que enseñaban las Escrituras sobre Su muerte y resurrección, Jesús les presentó el plan de Dios: el mensaje de arrepentimiento y perdón debía proclamarse en todas partes, en todas las naciones. Jesús les indicó que comenzaran su misión en Jerusalén y después llevaran el evangelio a todo el mundo. Jesús prosiguió diciendo: «Ustedes son testigos de estas cosas» (Lucas 24:48). Los discípulos fueron testigos oculares de la vida, muerte, resurrección y ascensión de Jesús. Se les encargó que dieran a conocer su experiencia personal con Cristo resucitado. Su misión consistía en divulgar el mensaje en todas las naciones, y es la misma que tenemos los discípulos actuales. Como seguidores de Jesús, a nosotros también se nos llama a pregonar el evangelio a todas las personas de todas partes del mundo (Marcos 16:15). Seamos diligentes y difundamos la buena nueva de que Cristo «¡verdaderamente ha resucitado!»

Peter Amsterdam dirige juntamente con su esposa, María Fontaine, el movimiento cristiano La Familia Internacional. Esta es una adaptación del artículo original. ■

Esperanza viva

Hace poco estuve reflexionando sobre la muerte. Sentía curiosidad por saber qué dice la Biblia al respecto. Encontré algunos pasajes fenomenales.

Resulta que la muerte es consecuencia directa de la desobediencia del hombre. Dios creó al primer hombre y la primera mujer para que vivieran para siempre, pero la muerte entró en el mundo a causa de la naturaleza pecaminosa del ser humano. «Así como el pecado entró en el mundo por medio de un solo hombre, y la muerte por medio del pecado, así también la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12).

La buena noticia es que con Su resurrección Jesucristo venció a la muerte. La Biblia habla de la «esperanza viva» que tenemos a raíz de la resurrección de Jesús (1 Pedro 1:3). Esta lleva implícita la promesa de que otros también resucitaremos. Eso sucederá en la segunda venida de Cristo, cuando todos los que lo hayan aceptado en su corazón y estén aún con vida recibirán cuerpos sobrenaturales semejantes al cuerpo glorioso que tenía Él después que resucitó (1 Corintios 15:51,52).

A los creyentes que hayan pasado a mejor vida antes de ese acontecimiento Jesús les promete que la muerte no será el fin, sino el umbral hacia una nueva vida en el espíritu. Él dijo: «Porque Yo vivo, también ustedes vivirán» (Juan 14:19). Para los cristianos la muerte es como pasar de una habitación a otra. Nos liberamos de las limitaciones del cuerpo físico y entramos en el mundo sin límites del espíritu.

Diversos autores han documentado miles de casos de lo que hoy en día comúnmente se llama experiencias cercanas a la muerte (ECM). Se trata de experiencias de personas que murieron o rozaron la muerte, tal vez luego de sufrir un accidente o durante una intervención médica, pero que luego revivieron. Muchos recuerdan que en el lapso en que estuvieron clínicamente muertos o muy cercanos a la muerte tuvieron una experiencia espiritual en el Cielo. Les dio la impresión de haber entrado en otra dimensión, donde los embargó la sensación de que eran profundamente amados por un ser de luz que en muchos casos asociaron con Jesús o con Dios. Muchos también vieron ángeles y familiares ya fallecidos. Según contaron, nunca habían vivido nada tan maravilloso. Además, muchos de los sobrevivientes de esas experiencias al filo de la muerte ya no le temen a esta.

Los que confiamos en Jesús tenemos la certeza de que entraremos en el reino eterno de Dios. Allá disfrutaremos para siempre de los esplendores del Cielo, sin el dolor ni las contrariedades que sufrimos ahora. «Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. No habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas ya pasaron» (Apocalipsis 21:4).

Uday Paul es escritor independiente, profesor y voluntario. Reside en Uganda. ■

EL PODER VIVIFICANTE DE JESÚS

Quiero contar una experiencia que ilustra el poder vivificante y redentor de Jesús.

En los seminarios que imparto a los estudiantes que se gradúan, siempre los invito a orar conmigo para pedirle a Jesús que pase a formar parte de su vida y esté con ellos para siempre. Les explico que, aunque se trata de una oración importante, lo que marca la diferencia no son las palabras en sí, sino la fe y sinceridad que haya en nuestro corazón. Luego, para ilustrar ese concepto, les hablo de mi padre.

Cuando mi madre estaba embarazada de mí, la relación entre mis padres se estaba desmoronando. Era el segundo matrimonio de mi padre. Había caído en la adicción a las drogas y tenía antecedentes penales. Era propietario de un barco pesquero y pescaba salmón y atún durante la temporada de pesca, y fuera de temporada trabajaba como mecánico, jornalero y delincuente de poca monta para costear su adicción. Vendía drogas y se inyectaba heroína con frecuencia. Casi todas las semanas se despertaba en la cárcel, tras haberse visto envuelto en peleas de bar de las que no recordaba nada de tan borracho que estaba.

Estaba sumido en una profunda desdicha y confusión. Llegó a la conclusión de que la única forma de ser feliz era andar siempre drogado, pero a menudo no disponía de

suficiente dinero para sufragar ese hábito. Así que ideó un plan para atracar un banco. Pensó que, si se salía con la suya, tendría suficiente dinero para consumir todas las drogas que quisiera, hasta morir, y que si lo capturaban, se enfrentaría a tiros con la policía hasta que lo mataran. En resumidas cuentas, era un plan para acabar con su vida rápidamente de una forma u otra. El único obstáculo era que no tenía pistola y no podía comprar una a causa de sus antecedentes penales, así que se propuso buscar a alguien que le vendiera un arma ilegalmente.

Mientras caminaba por el centro de la ciudad conoció a una joven y, como era atractiva, entabló una conversación con ella. Ella comenzó a hablarle de Jesús, que era lo último que él quería oír. Él le contó que se había criado en una familia religiosa: su padre se comportaba como un buen cristiano los domingos, pero luego maltrataba a su familia, y el resto de la semana sus actos contradecían sus pretendidas creencias. La joven le explicó que no le estaba hablando de una religión o una iglesia, sino de tener una experiencia con Jesús que podía cambiar su vida, y le pidió que rezara con ella para aceptar a Jesús. Mi padre era demasiado orgulloso y terco para rezar con ella en ese momento, pero le prometió que lo pensaría. Después de intentar sin éxito conseguir una pistola, se fue a casa, pensó en su encuentro con aquella mujer y entonces hizo una oración del estilo de: «Dios, ni siquiera creo que existas; pero si acaso es así, necesito ayuda. Si eres real, necesito que cambies mi vida, porque estoy en las últimas».

A partir de ese día su vida comenzó a cambiar. Ya no tenía el ansia de consumir drogas. Una semana después, cuando alguien le ofreció drogas, se dio cuenta de que no las necesitaba porque se sentía feliz. Dejó de beber y comenzó a leer la Biblia. Aunque mi madre al principio se mostró escéptica, vio que su transformación era genuina, y decidieron seguir juntos. Poco después, dedicaron su vida a Jesús y comenzaron a formarse para ser misioneros.

Estoy agradecido por cómo Dios obró en la vida de mi padre. Suelo reflexionar sobre la forma en que aquella experiencia probablemente también me salvó a mí de una trayectoria muy negativa en la vida y me ayudó a dedicar mi vida a Jesús y a ayudar a los necesitados.

A los jóvenes a los que doy clases les digo: «Jesús tiene poder para cambiar su vida hoy y ayudarlos en cualquier situación en la que se encuentren en el futuro». No se trata de cómo nos presentemos ante Dios; Él solo quiere que acudamos a Él. Jesús dijo en Juan 6:37: «Al que a Mí viene jamás lo echaré fuera». Y Romanos 10:13 dice: «Todo aquel que invoque

Si aún no has aceptado a Jesús como Salvador, te invitamos a hacerlo rezando la siguiente oración: Jesús, creo verdaderamente que eres el Hijo de Dios y que moriste en la cruz por mí para que, gracias a Tu sacrificio, pueda vivir para siempre contigo en el Cielo. Te ruego que perdones mis pecados y te abro la puerta de mi corazón. Lléname de Tu Espíritu Santo y ayúdame a vivir de manera que te glorifique. Guía mi vida y ayúdame a seguirte. En Tu nombre lo pido. Amén.

el nombre del Señor será salvo». Si acudimos a Él con sinceridad, Jesús está presto a darnos Su apoyo.

Recordemos que Jesús no solo murió y resucitó para que pudiéramos tener un lugar con Él en el Cielo, sino también para que, mientras estemos aquí en la Tierra, Él pueda cambiar nuestra vida para mejor, acompañarnos en cada dificultad y ser nuestro Salvador cada día.

Simon Bishop realiza obras misioneras y humanitarias a plena dedicación en las Filipinas. ■

Y ENTONCES… EL SÉPT IMO DÍA

«Ya nació. ¡Nació el bebé!»

¡Qué alegría sentimos! El parto había ido bien y sin complicaciones. Volvíamos a casa para disfrutar de la vida. Le sonreí a mi esposa, y ella me devolvió la sonrisa. El Cielo había bajado a la Tierra.

Aquello fue el día.

Recibí la llamada estando de viaje. Nuestro hijo tenía tres años, y yo no estaba preparado para la noticia.

—Tienes que volver a casa enseguida. Nuestro hijo está enfermo.

—¿Qué le pasa? ¿Por qué tengo que volver? ¿No hay ningún tratamiento médico?

—No lo entiendes —mi mujer estaba desesperada—. Tiene leucemia.

Aquello fue la noche.

Mes tras mes en el hospital. Mes tras mes de médicos, pinchazos, medicamentos y estrés. Enfermeras serviciales

y otras no tanto. Comidas apresuradas. Oraciones y preocupaciones, amigos y solidaridad. Y entonces, por fin, el médico pronunció unas palabras maravillosas:

—Se curó. La leucemia ha desaparecido.

Le sonreí a mi esposa, y ella me devolvió la sonrisa. El Cielo había vuelto a bajar.

Aquello fue el día.

Nuestro hijo tenía siete años cuando nos mudamos a Botsuana, una tierra lejana con magníficas oportunidades para nuestra labor misionera. ¡Qué felices estábamos de dejar Europa, de dejar atrás la leucemia, de darle a nuestro hijo un nuevo comienzo! Iba a ser maravilloso. De eso estábamos seguros…

Pero ¿por qué estaba tan pálido otra vez? ¿Por qué estaba tan cansado, tan agotado?

Pronto lo supimos. El médico lo confirmó. Había vuelto la leucemia.

Podemos aferrarnos fervientemente, hasta con lágrimas, a la certeza de que Dios nos conoce, se desvela por nosotros y nos ama con un amor infinito. Podemos depositar nuestras cargas a los pies de Cristo y recibir lo que Él nos ofrece a cambio. Sarah J. Hauser

Aunque la fe es invisible, se siente. La fe nos infunde fuerzas cuando pensamos que ya no nos quedan. La fe es esperanza cuando todo parece perdido. Catherine Pulsifer

La respuesta a nuestros temores es la fe en el Dios que nos ama y se entregó por nosotros, una fe verdadera, que disipa el miedo. Jani Ortlund

Aquello fue la noche.

¿Cómo son los hospitales africanos? Aterradores, desconcertantes, oscuros, calurosos y sucios. ¿Cucarachas? Sí, muchas, allí mismo, en la sala de reconocimiento. Sin embargo, las manos eran cálidas y amigables, al igual que Dios.

Al cabo de seis meses, el médico sonrió y volvimos a escuchar aquellas dichosas palabras:

—Se ha recuperado. La leucemia ha desaparecido. Le sonreí a mi esposa, y ella me devolvió la sonrisa.

Aquello fue el día.

Nuestro hijo siguió creciendo. Ya tenía 10 años. ¿Había olvidado él la leucemia? Claro que no, y nosotros tampoco. Por eso lo supimos de inmediato al notar los primeros síntomas.

«No, Dios mío… ¡no! ¡Otra vez no!» ¿Cómo haces para decirle a tu hijo que tiene leucemia por tercera vez?

Suspiramos, rezamos y lloramos. «Dios, no dudaremos. Tú eres un Dios de amor y bondad. Confiamos en Ti». Pero no sonreímos.

Aquello fue la noche.

Probablemente ya te imaginas cómo continúa la historia. Pues sí, volvimos a la lucha. Ya nos habíamos aprendido los complicados nombres de los medicamentos. Sabíamos cuándo iba a vomitar. Aprendimos a ser estrictos con los médicos que no se lavaban las manos antes de entrar en la sala de reconocimiento. La mayoría de las enfermeras nos encantaban, aunque hubo unas pocas que no. Hicimos amigos y rezamos.

Fue entonces cuando el médico dijo que esta vez solo un trasplante de médula ósea podía curarlo. ¿Dónde encontrar un donante compatible? ¿Imposible?

No. Dios lo sabía. Él señaló a nuestro hijo menor. Era compatible.

Le sonreí a mi esposa, y ella me devolvió la sonrisa. Aquello fue el día.

¿Y la noche siguiente?

En este caso, nunca llegó. El trasplante de médula ósea fue un éxito. Bailamos y nos regocijamos, no solo porque nuestro hijo había sanado, sino porque Dios es benevolente. Él siempre lo es, tanto de día como de noche. Quizás especialmente en la oscuridad.

Desde entonces, muchas otras noches han cubierto nuestra vida. Pero todas han terminado. La noche siempre da paso a un nuevo día. Aunque unas parecen más largas que otras, lo mismo sucede con los días. El ciclo es perenne.

El día y la noche, Dios los creó a ambos en el principio. Él creó el mundo en seis días y descansó el séptimo (v. Génesis 1–2:4).

Pronto el ciclo se detendrá. Pronto todos reposaremos con Él. De aquí a poco nos reuniremos con Él en el Cielo, cuando nuestros cuerpos terrenales den paso a los celestiales. Entonces nuestros días y nuestras noches terminarán. Estaremos para siempre con el Señor. No habrá más dolor, y Él enjugará todas las lágrimas de nuestros ojos (Apocalipsis 21:4).

Pronto, en el séptimo día…

Koos Stenger es escritor independiente. Vive en los Países Bajos. ■

PAZ DESPUÉS DE UNA PÉRDIDA DOLOROSA

La vida suele ser una lucha y, aunque hay épocas de felicidad, también las hay de incertidumbre y dolor.

Mi marido murió repentinamente a los 42 años. Yo tenía 37 y siete hijos que criar, con edades comprendidas entre los ocho meses y los 13 años. El dolor y la confusión que sentí fueron abrumadores. Solo mi fe en Dios y mi deseo de no fallar a mis hijos me ayudaron a seguir adelante.

En mi viaje a Argentina para el entierro de mi marido en su ciudad natal, me senté junto a una mujer mayor. Entablamos conversación y le conté mi historia. Ella me dijo que su hijo había fallecido de un ataque al corazón mientras celebraba con sus amigos la victoria de Argentina en la Copa del Mundo. Entonces me tomó de la mano, y ambas derramamos lágrimas. Fue un momento sagrado, en el que el dolor unió a dos desconocidas. De alguna manera, las lágrimas nos reconfortaron. En el aeropuerto de Buenos Aires otra señora me preguntó qué me había llevado a Argentina. Al escuchar mi respuesta rezó por mí y me dijo: «No te preocupes. Jesús estará siempre a tu lado ayudándote, y todo saldrá bien». (Esas palabras se me quedaron grabadas durante muchos años).

Unos días más tarde leí una anécdota oriental sobre una mujer que había perdido a un ser querido. Esta fue

a quejarse al sultán porque no se le prestaba la debida asistencia. Él le dijo que emprendiera una gira por todo el país. Cada día debía alojarse en una casa diferente y escuchar los hechos de vida que le contaran. Descubrió que en todas las familias había penas. Se dio cuenta de que no estaba sola en su dolor y que hasta en su tristeza podía consolar a los demás. Aquella narración me llegó al alma en medio de mi proceso de duelo.

Con el tiempo mi dolor se disipó y quedaron los recuerdos felices. Estoy agradecida por los años de alegría que Dios me concedió junto a mi querido esposo. Ahora me doy cuenta de que una de las cosas que más necesitamos en la vida es paz, paz para afrontar cada dificultad sabiendo que Dios está con nosotros, paz para encomendarle nuestras preocupaciones en oración y confiar en que Él nunca nos abandonará ni nos dejará (Hebreos 13:5).

Como dijo Pablo en Filipenses 4:6,7: «Por nada estén afanosos; más bien, presenten sus peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús».

Rosane Cordoba vive en Brasil. Es escritora independiente, traductora y creadora de textos didácticos para niños basados en la fe y orientados a la formación del carácter.  ■

Rosane Cordoba

Hace poco, tan poco que aún lo recordamos como si fuera ayer, nuestra zona se vio afectada por unas inundaciones repentinas sin precedentes que acabaron con la vida, los medios de subsistencia y los hogares de muchas personas. Hubo comunidades conmocionadas por las pérdidas sufridas y familias que tuvieron que afrontar la muerte o desaparición de seres queridos arrastrados por las aguas. ¡Y no dejaba de llover!

Inicialmente las noticias procedían de las zonas más afectadas, que se encontraban a varias horas de distancia de nosotros. El gobierno del Estado y las autoridades federales, las iglesias de la región y las agencias de ayuda humanitaria acudieron rápidamente.

Luego supimos que una residencia de nuestra zona que ofrece atención de larga duración a niños y adultos con discapacidades graves se había inundado.

Uno de los empleados se vio arrastrado por una riada. Se logró rescatar a los pacientes gracias a una operación militar.

Fueron tantas las personas que se sumaron que el trabajo que podría haber tomado semanas o meses se completó en apenas unos días. Los internos regresaron a su hogar, y el personal los ayudó a recuperarse tras el trauma. Hablé con los directores de la organización, y me dijeron que estaban muy impresionados con la forma en que la comunidad los había apoyado.

NUESTRA CATÁSTROFE

Aunque estoy profundamente agradecida de haber podido ayudar entre todos a los afectados por las inundaciones, lo que más grabado se me quedó fue lo maravilloso que es que todos se junten para hacer algo.

La gente de nuestra localidad se movilizó de inmediato para proporcionar víveres, fondos y otros tipos de ayuda. Todos los internos de la residencia quedaron desplazados, lo que fue doblemente traumático, dado que ninguno de ellos comprendía lo que había sucedido. Su dolor se convirtió en el dolor de nuestra comunidad. ¡Era preciso que el hogar volviera a funcionar de inmediato!

Nunca olvidaré el momento en que llegué al lugar y vi literalmente a cientos de voluntarios de nuestro pueblo que habían venido a ayudar. Limpiamos, despejamos, clasificamos y reparamos durante horas, todos unidos ante aquella crisis.

En nuestro pueblo había un ambiente de unidad y buena voluntad, y nos dimos cuenta de lo mucho que tenemos en común, independientemente de las cosas que se utilizan para resaltar nuestras diferencias, como la política, la religión y los conflictos raciales.

Si bien nadie desea que ocurran calamidades, es indudable que aportan muchísima claridad. Las cosas triviales que priorizamos cuando todo marcha bien pasan a un segundo plano. Ruego que lo sucedido sea siempre un recordatorio para mí y para nuestra comunidad de nuestra disposición para unirnos y superar los problemas que parecen dividirnos en tiempos de menos dificultades.

Marie Alvero ha sido misionera en África y México. Lleva una vida plena y activa en compañía de su esposo y sus hijos en la región central de Texas, EE. UU. ■

Marie Alvero

Respuestas a tus interrogantes

ALIVIO DE LAS PREOCUPACIONES

Pregunta: A veces me siento agobiado por las preocupaciones. ¿Qué puedo hacer para dejar de inquietarme tanto?

Respuesta: ¿Quién no se preocupa a veces? Nos preocupamos de lo que va a suceder en el mundo. Nos preocupamos de que no vamos a dar la talla en el colegio o en el trabajo. Nos preocupamos de que no vamos a poder hacer frente a nuestros compromisos económicos. Nos angustiamos pensando cómo compensar errores cometidos u oportunidades perdidas. Nos inquietamos por el futuro. Nos preocupamos ante la eventualidad de perder a nuestros seres queridos. Nos preocupamos por nuestro futuro. Nos preocupamos por un mar de cosas.

La mayoría de nuestras preocupaciones se encuadran en dos grandes categorías: remordimientos por nuestros fracasos o por situaciones que terminaron mal, y temor ante lo que nos pueda deparar el futuro.

¿Cómo podemos evitar que esas preocupaciones nos afecten? Los buques transatlánticos ofrecen sorprendentemente una buena respuesta. Están construidos de forma que, en caso de incendio o de que se produzca una brecha grande en el casco, se cierran unas compuertas herméticas

e incombustibles con el objeto de aislar el compartimiento averiado y posibilitar que la nave se mantenga a flote. Lo mismo debe suceder en la nave de nuestra vida. Para sacar el máximo provecho del presente y prepararnos adecuadamente para el futuro, debemos aprender a aislarnos de las preocupaciones relacionadas con el pasado —con su cuota de errores y fracasos—, así como de nuestros exagerados temores acerca del futuro. De lo contrario, tantas preocupaciones pueden inundarnos y hundirnos.

¿Has observado que los males que nunca suceden suelen ser los que más nos quitan el sueño? Cierto empresario se preparó lo que llamó una gráfica de preocupaciones, en la que anotaba todos sus temores. Descubrió que el 40% tenía ínfimas probabilidades de hacerse realidad; que el 30% correspondía a decisiones del pasado que no podía alterar; que el 12% tenía que ver con críticas sobre su persona; y que el 10% eran inquietudes infundadas sobre su salud. Concluyó que apenas el 8% de sus preocupaciones estaban justificadas.

Las preocupaciones son como una mecedora: entretienen, pero no llevan a ninguna parte.

Anónimo

Cuando le presentamos a Jesús nuestros temores e inquietudes, Él nos da Su paz. «Por nada estén afanosos; más bien, presenten sus peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (Filipenses 4:6,7).

El famoso predicador Dwight Moody (1837–1899) solía decir: «Se puede viajar al Cielo en primera o en segunda clase. “En el día que temo, yo en Ti confío” (Salmo 56:3) es como un boleto de segunda clase. En cambio, el de primera es: “Confiaré y no temeré” (Isaías 12:2, énfasis añadido). Entonces, ¿por qué no viajar en primera clase?»  ■

LA PROTECCIÓN INVISIBLE DE DIOS

Un domingo por la mañana nos estábamos preparando para dirigirnos a una zona muy pobre y desfavorecida de las afueras de nuestra ciudad donde impartimos una clase semanal de catequesis.

Mientras metíamos las cosas en el vehículo, mi hermano dijo:

—Presiento que no debemos ir.

Nos sorprendió. No era propio de él querer quedarse en casa.

—¿Te encuentras mal?

—No, es que me da mala espina ir a la escuela dominical hoy. Presiento que algo no está bien.

Entonces me acordé:

—Es muy extraño. Anoche soñé que estábamos en la escuela dominical y sucedía algo terrible.

Oramos y sentimos que el Señor nos indicaba que no fuéramos a la escuela dominical esa semana. Decepcionados, pero tranquilos, descargamos el vehículo y nos quedamos en casa.

A la semana siguiente, cuando llegamos al edificio de la escuela dominical, vimos señales inconfundibles de disturbios: marcas negras de neumáticos quemados, vidrios rotos por todas partes y alambre de púas. Un espeluznante guardia de seguridad armado pasó con un cóctel molotov colgado de los dedos.

Rápidamente reunimos a los niños y entramos en el recinto para darles la clase. Le preguntamos a uno de los chicos mayores qué estaba pasando. Con ojos como platos nos dijo:

—La gente quiere construir casas allí, pero no se lo permiten, así que el domingo pasado hubo disturbios. El Gobierno tuvo que llamar a las fuerzas de seguridad para controlar la situación.

A ninguno de los niños se le había permitido acercarse al lugar mientras ocurría todo eso. Afortunadamente todos estaban bien.

Nos sentimos muy agradecidos de haberle hecho caso al Señor. Da mucha paz seguirlo y esforzarse por actuar en el momento y el lugar que Él nos indica. Él nos cuida muy bien, eso me ha quedado demostrado muchas veces. Pero no podría contar todas las veces que el Señor me ha protegido porque probablemente en la mitad de los casos ni siquiera me di cuenta. Mi padre solía cantar una canción que dice:

Solo Dios sabe cuántas veces mi vida hoy peligró. Por poco va y me arrolla un imprudente conductor. Aquí y allá accidentes evitados por los pelos, y las manos que me amparan con los ojos nunca veo.

No debemos subestimar nunca la maravillosa protección del Señor. Quizá no llegaremos a enterarnos de todo lo que hace para mantenernos a salvo, pero sabemos que estamos en Sus manos, y no hay mayor seguridad que esa.

Amy Joy Mizrany se dedica de lleno a labores misioneras en Sudáfrica con la organización Helping Hand. En su tiempo libre enseña violín. ■

De Jesús, con cariño

Gracia para hoy, mañana y todas las mañanas

Es natural preocuparse a veces por el futuro. Aunque te es imposible saber lo que ha de acontecer, confía en que Yo conozco el futuro y los planes que tengo para ti, que siempre serán para tu bien a causa de tu amor por Mí (Romanos 8:28). Quizás ahora no te sientas capaz de afrontar un futuro desconocido, pero confía: tendrás lo necesario cuando llegue el momento. Por tanto, si el futuro te inquieta o te produce ansiedad, encomiéndame todas tus mañanas. Entrégame en oración todas tus preocupaciones y cargas (1 Pedro 5:7). No te afanes por el día de mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Basta a cada día su propio mal y sus propias preocupaciones (Mateo 6:34). Si confías en Mí y descansas en Mi gracia, podrás capear cualquier tormenta que se te presente.

Concéntrate en lo que te he encargado que hagas hoy. Sígueme fielmente y pon por obra Mi Palabra. Centra tus decisiones y acciones en el amor que abrigas por Mí y por los demás. Recuerda que tu futuro está en Mis manos y que he prometido cuidarte y proporcionarte todo lo que necesites (Filipenses 4:19). Mi gracia siempre será suficiente para afrontar los retos del día a día, tanto hoy como mañana y todas los mañanas (2 Corintios 12:9).

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