

CREADOS PARA CONVIVIR
Reflejar el amor de Jesús
Formar nuevos hábitos
El buen uso de la tecnología
Reflexiones sobre la amistad
Labrar lazos duraderos


A NUESTROS AMIGOS
construyamos amistad
Fue una breve conversación, pero me dejó una marca indeleble. Una amiga me contó que un domingo había asistido a una parrillada fraternal en su vecindario. Acababa de llegar a la ciudad y no conocía a nadie. Cuando todo terminó salió del lugar triste y decepcionada. Nadie trabó conversación con ella, lo que le produjo una sensación de soledad y exclusión. Acudió al mismo encuentro la semana siguiente y el efecto fue básicamente el mismo.
La tercera vez que asistió se topó con otra advenediza que, como ella, no conocía a nadie. La diferencia estaba en que esa mujer lucía una sonrisa y se movía de persona en persona haciendo charla. Mi amiga la fue observando. La otra mujer no esperaba a que alguien se le acercara; tomaba la iniciativa para presentarse y se hacía tiempo para tener un intercambio con cada persona que iba conociendo. Como consecuencia, la pasó regio.
Quizá la cara triste de mi amiga mantuvo a la gente a distancia, pero me alegra decirles que, transcurridos tres domingos, ella finalmente aprendió a ser más amigable y atrayente. Al poco tiempo se sintió como en familia en su nuevo círculo de amigos.
Me identifico con ella, pues a mí también me ha costado relacionarme con gente nueva, sobre todo en situaciones desconocidas. No obstante, con la práctica y con los años se me ha hecho más fácil y he conocido gente interesantísima. Casi todas las personas tienen algo ameno que contar si escucho con atención. Además, aprendo cantidad de cosas.
En nuestro número de este mes exploraremos cómo crear comunidad, cultivar amistades, sintonizar con la gente y comprender las cargas que arrastran los demás. También aprenderemos a ver nuestras propias cargas por el prisma del amor de Dios y el designio que tiene para cada uno de nosotros. Nuestros articulistas nos relatan experiencias personales que enriquecen nuestra noción de lo que significa vivir el cristianismo en términos sencillos y prácticos. Además, en el tema del cristianismo llevado al terreno práctico, el artículo «Formar nuevos hábitos», de las páginas 8 y 9, nos ofrece muy buenos consejos sobre la batalla que enfrentamos en estos tiempos: cómo controlar el uso de la tecnología antes que esta nos controle a nosotros. ¡Todo un tesoro de información a tu alcance!
Que el presente número de Conéctate sea una bendición en tu andar con el Señor.
Sally y Gabriel García Redacción

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EN LOS ZAPATOS DE LOS POBRES
Curtis Peter van Gorder

Dicen que no se debe juzgar a nadie sin haberse puesto en su lugar o caminado en sus zapatos. Si hay alguien que tenía eso muy claro fue la Madre Teresa. Tras haber vivido casi treinta años entre los más pobres de los pobres de Calcuta —algo que siguió haciendo durante otros veinte años—, en 1979 se le concedió el Premio Nobel de la Paz. Inició su discurso de aceptación del premio con la frase «la vida es la vida». De ahí explicó que toda persona, sea quien sea, es única y posee gran valor, y solo cuando aprendemos a respetar esa unicidad podemos empezar a ayudarla a mejorar su vida. La mayoría de la gente andaría con gusto en un lujoso par de zapatos de marca o en unas zapatillas de alta gama; sin embargo, ¿cuántos se animarían a calzarse los zapatos de un pobre obrero? Cuando vivía en Uganda encontré un par de zapatos desechados que, para mí, se convirtieron en símbolo de África y sus habitantes, que no por pasar penurias pierden su afabilidad.
Por las salpicaduras de cemento que tenían, era evidente que su último dueño había sido un obrero de la construcción. Como muchas otras personas a las que observé allí, aquel hombre probablemente trabajó largas horas bajo un calor sofocante, sin protegerse del sol y sin otro almuerzo que un par de trozos de caña de azúcar. Usó esos zapatos hasta que los agujeros en las suelas eran tan grandes que ya no le servían. Cuando ya no tenía caso llevarlos puestos un día más, los abandonó para que los hallara yo. Si bien no fue esa su intención, aquellos zapatos sirvieron para mostrarme la insignificancia de mis problemas.

Por eso no tuve ninguna vacilación cuando un tiempo después un joven tocó a mi puerta solicitando ayuda. Se había ganado una beca para un internado, pero le faltaba cumplir un requisito: no tenía zapatos. Me preguntó si podía regalarle unos que me sobraran. Los que yo llevaba puestos aquel día le quedaban bien, y no me lo pensé dos veces: se los di.
Por supuesto que ese sencillo gesto de bondad no me puso a la altura de una santa como la Madre Teresa. No obstante, creo que en ese momento sentí en mi interior lo mismo que la motivó a ella durante tantos años: «El amor de Cristo nos impulsa» (2 Corintios 5:14).
Curtis Peter van Gorder es guionista y mimo . Dedicó 47 años de su vida a actividades misioneras en 10 países. Él y su esposa Pauline viven actualmente en Alemania. ■

CREADOS PARA CONVIVIR
Peter Amsterdam
La cultura contemporánea suele promover el individualismo y la autosuficiencia como virtudes que se deben cultivar; la Biblia en cambio enseña que fuimos creados para la vida social comunitaria. Jamás se concibió el cristianismo con el ánimo de que viviéramos ausentes; la intención es que conviviéramos en amorosa hermandad y unidad con otros seres humanos y que lo proyectáramos a los que se encuentran fuera de nuestra comunidad de fe. Dios no nos destinó para ser entes aislados que llevan su propia vida independiente.
En la Escritura se nos revela que el mismo Dios constituye una perfecta comunidad trina, un divino ser
conformado por tres personas distintas —Padre, Hijo y Espíritu Santo— que coexisten eternamente en entrañable relación interpersonal. Él creó a los seres humanos a Su imagen y semejanza (Génesis 1:26). Después de formar a Adán, el primer ser humano, dijo: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea» (Génesis 2:18).
Desde el principio el propósito divino era que los seres humanos se relacionaran con sus semejantes y con Él. Cuando Adán y Eva desobedecieron, se quebró la comunión de que gozaban con Él, lo que trajo como consecuencia la caída de la humanidad (véase Génesis

3). Así y todo, Dios urdió un modo de restablecer la unión que tenían con Él: el sacrificio de Jesús en la cruz. Luego de la muerte, resurrección y ascensión de Cristo, la iglesia se constituyó como comunidad de creyentes, lo que la Biblia califica el cuerpo de Cristo. «Ustedes son el cuerpo de Cristo y miembros suyos individualmente» (1 Corintios 12:27).
No fuimos concebidos para llevar la vida a solas. Paul Tripp lo expresó así: «No fuimos creados para ser independientes, autónomos o autosuficientes. Se nos concibió para vivir en dependencia humilde, amorosa y adorante de Dios y en amorosa y humilde interdependencia con los demás. Nuestra vida fue concebida como un proyecto comunitario».
La esencia misma de habitar en comunidad con otros —trabajando, interactuando y asociándonos con personalidades que difieren de las nuestras; entregándonos y aprendiendo a relacionarnos con otros— nos obliga a ejercitar aquellas cualidades que Jesús quiere que perfeccionemos. Nuestras interacciones con los demás nos ayudan a adquirir una mayor semejanza con Cristo y nos preparan mejor para transmitir con eficacia y reflejar vívidamente el amor de Dios al círculo más amplio de personas que nos rodean. Dios desea que entablemos relación con otras personas, pues con esa idea nos creó. Jesús enseñó que lo único que superaba en importancia al amor por nuestros semejantes era el amor por Dios (Mateo 22:39). Él puso en nuestra vida a nuestra familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos y a la sociedad con el fin de que los amemos y les demostremos que Dios cuida de ellos. John Ortberg señala:

Todos los días cada persona que conocemos se enfrenta a la vida con la eternidad en juego, y la vida tiene su maña y su forma de hundir a la gente. Toda vida necesita momentos en que se la aplaude y se la anima.
Toda vida requiere de vez en cuando alguien en quien apoyarse. Toda vida precisa una oración que la eleve hacia Dios. Toda vida necesita a alguien que la estreche a veces entre sus brazos. A toda vida le hace falta una voz que le diga: «No te des por vencido».
Confraternidad cristiana
Dios quiere que amemos a toda la humanidad y que demos ejemplo de los atributos divinos a quienes vayamos conociendo o con quienes interactuamos diariamente. A Él también le interesa que manifestemos amor por nuestros correligionarios cristianos. Precisamente a ese amor se refería Jesús cuando dijo: «Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Como los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto conocerán todos que son mis discípulos: si tienen amor los unos por los otros» ( Juan 13:34,35).
Escasas horas antes de que lo llevaran preso, Jesús suplicó a Su Padre que los discípulos —tanto los que se encontraban con Él ahí mismo, como todos los que vendrían después— estuvieran unidos, así como Él y el Padre están unidos, «para que el mundo conozca que tú me has enviado, y que los has amado como también a mí me has amado» ( Juan 17:20–23). Rezó para que todos Sus discípulos fueran uno; un solo cuerpo, cohesionado por el amor, con una sola fe, una sola misión y un solo sentir en Cristo.
Cuando estamos unidos y congregados en Él, Él está con nosotros. «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18:20). Tener a Cristo en medio de nosotros nos ayuda a experimentar Su presencia. Asimismo, el gozo y el amor nos acercan más a Él a cada uno y nos unen más entre nosotros. Los cristianos se empoderan cuando se reúnen a fraternizar. Orar, adorar, celebrar la comunión, entablar conversiones profundas y disfrutar de la compañía mutua, todo eso genera un ambiente maravilloso que fortalece y eleva el espíritu de los participantes.
La palabra que se emplea en el Nuevo Testamento para describir la naturaleza de nuestras relaciones con otros cristianos es koinonía, vocablo griego con frecuencia traducido como comunión, compañerismo, relación estrecha y participación. Siendo miembros de Su iglesia, el cuerpo de Cristo (Colosenses 1:24), tenemos comunión con Él

y participamos en Su vida y Su misión. Gozamos además de comunión unos con otros y tomamos parte en la vida y misión juntos.
Dios no dispuso que fuéramos islas. Dependemos los unos de los otros. Solo Dios sabe cuántas veces las hazañas realizadas por hombres y mujeres que lo sirvieron a lo largo de los siglos fueron posibles gracias a otro creyente dedicado a ofrecer aliento y oración. Como escribió Rick Warren: «Fuimos creados para convivir en comunidad, modelados para tener comunión con otros y formados para integrar familia. Ninguno puede cumplir los propósitos de Dios por sí solo».
Si bien la participación en la comunidad cristiana abarca reunirse con otros cristianos, también engloba nuestra participación en la prédica del evangelio y trabajar de algún modo para impulsar nuestra misión cristiana. Consiste en llevar a cabo conjuntamente con Dios y otras personas la Gran Misión que representa comunicar las buenas nuevas a todo el mundo, llevar a otros al conocimiento salvífico de Cristo y ayudarlos a progresar en su discipulado (Mateo 28:18–20). Tomándolas en el contexto amplio del griego original, la comunión o confraternidad cristianas pueden interpretarse como participación en el sistema integral de fe. Abarcan nuestra interacción con Dios y con otros cristianos, amén de nuestros esfuerzos conjuntos para cumplir el mandato divino de evangelizar y ser sal y luz para el mundo que nos rodea y la cultura de nuestro tiempo.
Formar comunidad
En el mundo moderno, en el que la tecnología y los medios de comunicación social suelen interceder en nuestra vida laboral y comunicaciones con los demás, es probable que forjar relaciones interpersonales profundas requiera tiempo y esfuerzo. Quizá tengamos que buscar nuevos métodos de cultivar compañerismo si es que estamos en una etapa de la vida en que necesitamos forjar nuevas redes. Hay muchas fuentes de compañerismo cristiano y muchos modos de cultivar amistad que se pueden explorar; por ejemplo, integrarse a una iglesia de la localidad o grupo de oración, o participar en alguna iniciativa solidaria o grupo de confraternidad.
Otra opción para forjar comunidad es el voluntariado, que puede ser un medio de labrar lazos de amistad con otras personas aunando fuerzas en torno a una causa común. Podemos participar en iniciativas vecinales y tender una mano amiga a gente de nuestro entorno. Podemos también cultivar relaciones afiliándonos a un club o grupo de personas que tengan un interés común, lo que a su vez puede abrirnos la puerta para transmitir las buenas nuevas del evangelio.
Los cristianos tenemos el privilegio y la obligación de manifestar el amor del Señor a otras personas de nuestra colectividad. Se nos insta a demostrar amor a toda la humanidad, particularmente a los integrantes de nuestra comunidad de fe (Gálatas 6:10). Por eso, cuando procuramos tejer relaciones con los demás y fomentar un sentido de pertenencia y camaradería, lo hacemos por el amor de Cristo que nos apremia (2 Corintios 5:14 nbla). Viviendo de este modo constituimos Su iglesia, el cuerpo de creyentes, Su comunidad.
Peter Amsterdam es un autor cristiano, profesor de temas bíblicos y codirector retirado de LFI, una red cristiana en línea. ■
¿QUÉ ES EL amor?
Rosane Cordoba

Amor es una de las primeras palabras que aprendemos de niños, junto con mamá, papá y otras expresiones cariñosas. Estoy seguro de que se han escrito más canciones sobre el amor que sobre cualquier otra palabra. Pero ¿qué es exactamente el amor? La Biblia nos dice que «Dios es amor» (1 Juan 4:8).
Cuando tenía 19 años comencé a leer la Biblia y recuerdo que me impresionó un versículo en particular: «Lo que vale es la fe que actúa mediante el amor» (Gálatas 5:6). Todos cometemos errores, pero debemos tener fe y paciencia, y no permitir que las faltas de los demás nos impidan amarlos.
Como esposa, madre y compañera de trabajo, tuve que aprender a perdonar a los demás por cosas que me hirieron, hasta por acciones que sospechaba que podrían haber sido intencionadas. Eso me ayudó a comprender
Si aún no has reconocido en Jesús a tu Salvador, puedes hacerlo mediante la siguiente oración: Querido Jesús, creo firmemente que eres el Hijo de Dios y que moriste en la cruz por mí para que, a través de Tu muerte y resurrección, pueda vivir para siempre contigo en el Cielo. Te ruego que perdones mis pecados. Te abro la puerta de mi corazón. Por favor, lléname de tu Espíritu Santo y ayúdame a llevar una vida que te glorifique. Guíame por Tu senda. En tu nombre te lo pido. Amén.
mejor el corazón de Dios, que es el ejemplo supremo del perdón, la manifestación del amor. Él sabía que ninguno de nosotros puede ser bueno por sus propios medios, a raíz de lo cual entregó a Su único Hijo para nuestra salvación.
También aprendí que la oración es una forma de amor. Cuando me costaba perdonar a alguien, descubrí que no podía guardarle rencor a alguien por quien oraba. Así que rezaba por esa persona y confiaba en que Dios me daría la gracia para perdonarla.
Aunque el amor humano es limitado y en muchos casos se queda corto, comprendí que Dios puede ayudarme a amar incluso a quien me crispa. «Toda buena dádiva y todo don perfecto proviene de lo alto y desciende del Padre» (Santiago 1:17).
El amor es acción, confianza, perdón y oración. También es bondad, comprensión, cariño, paciencia y muchas otras cosas maravillosas. Jesús nos enseñó que amáramos al prójimo como a nosotros mismos y que el prójimo es cualquier persona que necesite nuestra ayuda, independientemente de su credo, color de piel, nacionalidad o condición social.
Rosane Cordoba vive en Brasil. Es escritora independiente, traductora y productora de textos didácticos para niños basados en la fe y orientados a la formación del carácter. ■
FORMAR NUEVOS
Marie Knight

No hay duda de que la tecnología ha facilitado y agilizado muchas cosas. Con unos pocos toques y pulsaciones en un teléfono se pueden realizar tareas de investigación y educación, comunicación, transferencias de dinero, compras, asesoramiento sobre tareas de bricolaje, consejos de salud y mucho más.
Hay muchas maneras en que los cristianos podemos aprovechar la tecnología para nuestro beneficio. Por ejemplo, en el estudio de la Palabra de Dios, en nuestra comunión con creyentes de nuestro mismo pensamiento y como medio de atender espiritualmente y animar a otros.
Pero junto con las ventajas también viene el peligro real y fácil que supone pasar demasiado tiempo en el mundo virtual, descuidando las relaciones importantes de la vida real y los asuntos cotidianos.
Navegar por las redes sociales, ver videos o reportajes, escuchar podcasts o audiolibros, sumergirse en los videojuegos o leer artículos interminables, etc., puede ocupar buena parte de nuestro tiempo que, al final, nos parece perdido. Además, por la noche puede afectar nuestro patrón de horas de sueño, provocando que nos sintamos aturdidos, lleguemos tarde al trabajo o a otras actividades o no podamos dar lo mejor de nosotros mismos durante el día.
Lo sé porque me ha pasado muchas veces. Es una trampa en la que es fácil caer ya que la oportunidad está casi siempre al alcance de la mano. Muchas veces se pueden perder una o dos horas solo por querer consultar algo.
La sociedad en general ya empieza a ser más consciente de los males y peligros que pueden causar las adicciones digitales, a saber: privación del sueño, desórdenes de salud mental, sedentarismo y la tendencia a llevar una vida recluida, por nombrar algunos.
Entonces, ¿cómo podemos protegernos o romper el ciclo? A continuación, ofrecemos algunos consejos prácticos que pueden resultar útiles:
HÁBITOS
1
2
Reconoce que necesitas cambiar. Este es el punto de partida para lidiar con cualquier adicción o mal hábito. Examina cuáles son tus debilidades y en qué debes mejorar.
Organiza tu tiempo de forma inteligente y limita las horas que pasas conectado. Si sabes que te distraes fácilmente, intenta seguir un horario en lo que respecta al tiempo que pasas frente a la pantalla.
3 Reserva un tiempo cada día para actividades que no requieran un teléfono, un ordenador portátil o dispositivos digitales. Sal a caminar, emprende algún hobby o retoma uno antiguo, visita a un amigo o haz voluntariado en una organización benéfica de tu barrio o ciudad. Tómate un tiempo para alejarte de los aparatos y tecnología modernos a fin de gozar de las alegrías y bondades que acarrea el tomar conciencia de tu entorno.
4
Si tienes hijos, programa algunas actividades que puedan hacer juntos, como juegos de mesa, repostería, manualidades, ciclismo u otros deportes.
5 Pide ayuda u oración. Nuestra familia o amigos por lo general conocen cuáles son nuestras debilidades y trabas antes que las veamos nosotros mismos, y pueden ayudarnos y apoyarnos para superarlas, además de acompañarnos en esos temas conflictivos que necesitamos resolver.
6 Haz que la hora de acostarse sea un momento libre de dispositivos digitales. Ese suele ser el momento en que nos dejamos llevar y eso afecta nuestro horario de sueño. Hazte una costumbre nocturna que incluya leer un libro impreso, tomar una infusión, rezar por tus amigos y seres queridos o por el día que te espera, escribir en un diario o cualquier otra cosa que te ayude a relajarte y descansar.
7
Anticípate a las actividades del día partiendo con oración. Antes de echar mano del móvil a primera hora de la mañana, dedica unos minutos a

leer un pasaje de las Escrituras o a rezar por el día que comienza. Empieza la mañana con algo motivante que eleve el espíritu.
A la hora de adquirir buenos hábitos o superar los malos, la clave es ser constante. Puede que al principio no sea fácil, pero con la práctica podrás controlar tu tiempo y tus hábitos.
Aquí tienes algunos versículos que pueden ayudarte a mantener la vista en tu objetivo:
«Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. Ellos lo hacen para obtener una corona que se echa a perder; nosotros, en cambio, por una que dura para siempre» (1 Corintios 9:25 nvi).
«Tengan cuidado de no perder lo que hemos logrado con tanto trabajo. Sean diligentes para que reciban una recompensa completa» (2 Juan 1:8 ntv).
«En verdad, Dios ha manifestado a toda la humanidad su gracia, la cual trae salvación y nos enseña a rechazar la impiedad y las pasiones mundanas. Así podremos vivir en este mundo con dominio propio, justicia y devoción» (Tito 2:11,12 nvi).
«Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano. Pero Dios es fiel y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más bien, cuando llegue la tentación, él les dará también una salida a fin de que puedan resistir» (1 Corintios 10:13 nvi).
«Él fortalece al cansado y acrecienta las fuerzas del débil» (Isaías 40:29 nvi).
«Muchas son las angustias del justo, pero el Señor lo librará de todas ellas» (Salmo 34:19 nvi).
«¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!» (Filipenses 4:13).
Marie Knight es misionera voluntaria en los Estados Unidos. ■

ADOPTAR UNA NUEVA IDENTIDAD
Uday Paul
Desde hace algunos años tengo una afección crónica en la espalda. Una de las causas eran los malos hábitos posturales. Había adquirido la costumbre de mantener las rodillas rectas y doblar la espalda al agacharme, cuando debería haber hecho lo contrario: mantener la espalda recta y doblar las rodillas. Últimamente me he ejercitado para adoptar la postura correcta, lo cual me ha ayudado y ha mejorado considerablemente mi espalda. Eso me recordó mis ejercicios espirituales. La Biblia nos dice que cuando acogemos a Jesús en el corazón nos convertimos en nuevas criaturas «Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Pero la salvación no pone fin automáticamente a nuestra tendencia al pecado. En nuestra antigua vida criamos hábitos y patrones pecaminosos que llevamos con nosotros a nuestra nueva vida. Nos toca ejercitar el corazón por nuevos derroteros, encaminados a la piedad (vivir como Dios quiere) (1 Timoteo 4:7,8). Necesitamos despojarnos de los hábitos del viejo yo y revestirnos de los hábitos del nuevo, creado a imagen y semejanza de Dios (Efesios 4:22–24).
En su consagración de la iglesia de Tesalónica, el apóstol Pablo oró para que Dios los santificara completamente y que todo su espíritu, alma y cuerpo fueran guardados sin mancha al regreso de Jesucristo (1 Tesalonicenses 5:23). Al igual que el tabernáculo del Antiguo Testamento tenía tres ámbitos principales —el Lugar Santísimo, el Lugar Santo y el Atrio Exterior—, podemos considerar que los seres humanos tienen tres entidades: espíritu, alma y cuerpo. Nuestro espíritu podría representar el Lugar Santísimo o la parte más íntima del templo; nuestra alma y nuestra mente podrían ser como el Lugar Santo, y nuestro cuerpo como el Atrio Exterior. Cuando nacemos de nuevo somos recreados a imagen de Dios en nuestro espíritu. Sin embargo, nuestra alma y nuestra mente tienen que ser renovadas para que la piedad se manifieste exteriormente (Romanos 12:2).
Como creyentes, debemos andar con conciencia de nuestra nueva identidad en Jesús; en Él somos hechos justicia de Dios (2 Corintios 5:21).1 El Espíritu Santo obra en nosotros en la medida en que dejamos atrás viejos hábitos y formamos otros nuevos. «El que en ustedes comenzó la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús» (Filipenses 1:6. «Porque Dios es el que produce en ustedes tanto el querer como el hacer para cumplir su buena voluntad» (Filipenses 2:13).
Uday Paul es escritor independiente, profesor y voluntario. Reside en Uganda. ■
1. ¿Qué significa que Jesús se hizo pecado por nosotros (2 Corintios 5:21)? | GotQuestions.org/Espanol
Respuestas a tus interrogantes
Cuando la vida es DURA
P.: A veces la vida se me hace muy dura y cuesta arriba. Hasta me da la impresión de que es lisa y llanamente injusta. No puedo esquivar entonces la pregunta: ¿Por qué, si Dios me ama, no interviene y cambia mi situación?
R.: Dios nos ama a todos, a cada uno de nosotros en particular y quiere que correspondamos a ese amor y vivamos muy unidos a Él. Además ha dispuesto un plan para cada uno de nosotros, que Él sabe que sacará a relucir lo mejor que tenemos dentro y a la larga redundará en nuestro bien.
Dios no nos prometió que la vida cristiana sería fácil o exenta de problemas. Es más, Jesús nos advirtió que enfrentaríamos pruebas y dificultades. «En el mundo tendrán aflicción, pero ¡tengan valor; yo he vencido al mundo!» ( Juan 16:33.) Los momentos de apuro y de batalla tienen su razón de ser: si permitimos que nos acerquen a Dios, refinarán nuestra fe (1 Pedro 1:6,7).
Él obra de manera diferente en la vida y el corazón de cada uno, porque cada individuo es distinto y Él sabe lo que cumple más eficazmente Sus designios en la vida de cada uno de nosotros. No obstante, es todo con la misma finalidad: Dios quiere que reconozcamos que no nos bastamos a nosotros mismos y que lo necesitamos a Él; eso nos lleva a buscar Su voluntad por sobre la nuestra.
Dios permite que algunos sufran dolencias físicas con el fin de que se acerquen a Él. A otros les otorga buena salud, pero permite que sufran otro tipo de pérdidas, lo que los impulsa a acudir a Dios para llenar ese vacío. Algunas personas quizá gocen de prosperidad, poder o la aclamación del mundo, pero lamentablemente descubren que esos privilegios pueden llegar a ser cargas pesadas que jamás satisfarán su más profunda carencia; eso hace que los que acarrean esos lastres se vuelvan a Dios y le pidan ayuda a través de la oración y la lectura de Su Palabra. Él obra en nosotros los cristianos por medio de todas las cosas que experimentamos, las que no siempre nos parecen justas o equitativas. En todo caso, sea lo que sea que experimentes en tu vida, no olvides que Jesús te ama. Si Dios se toma la molestia de contar los cabellos de tu cabeza, como afirmó Jesús (Mateo 10:30), sin duda es que se interesa por ti.

La próxima vez que pases por un momento particularmente difícil o que la vida te parezca injusta, busca al Señor a través de Su Palabra. Dile a Dios que lo amas a pesar de todo y que cuentas con que Él hará que todo coopere para tu bien, pues así lo promete Su Palabra (Romanos 8:28 nbla). Dios no te abandonará ni te desamparará. ■
REFLEXIONES SOBRE LA AMISTAD
Gabriel García V.

Nunca había apreciado tanto las amistades hasta que pasé por mi última crisis de salud. Luego de una delicadísima operación de la aorta que tomó ocho horas, seguida de dos días de coma inducido, desperté y descubrí que una red impresionante de amigos nos apoyaban y nos atendían con mucho cariño a mi esposa y a mí. Eso sin mencionar los cientos de mensajes de todas partes del mundo que me llegaron por teléfono y correo electrónico. El ánimo y la empatía que me manifestaron mis amistades me dieron el espaldarazo que me hacía falta para recobrar fuerzas. Esa experiencia me abrió los ojos al valor de la amistad.
De pronto me di cuenta de que cada fracción de tiempo que había dedicado a esos queridos amigos, cada
llamada, cada visita que hice y cada nota que escribí había contribuido a crear un vínculo especial. Hay momentos en que termino tan enredado en mi trabajo que postergo contestar un mensaje personal o no me detengo a buscar al Señor para responder a una petición de oración. No obstante, después de la dura prueba por la que pasé tomé conciencia del valor de dedicar tiempo a un/a amigo/a o concentrar mi atención en un colega que necesita que le presten oído.
Por otra parte, las amistades sinceras no siempre requieren una gran inversión de tiempo. Hubo una amiga a la que no habíamos visto en varios años que se presentó en la sala de urgencias del hospital momentos antes de mi cirugía. Es una doctora bastante reconocida, que cuando supo de mi difícil situación partió inmediatamente al hospital para infundirme ánimos. Su reacción fue tan rápida que llegó al hospital antes que la ambulancia que me traía desde otro hospital. No se imaginan lo alentador que fue eso para mí en ese momento crítico.
Mientras convalecía en la cama del hospital esa semana, leer los distintos mensajes de amigos y conocidos jugó un importante papel en mi recuperación. «Una palabra a tiempo, ¡cuán agradable es!» (Proverbios 15:23 lbla.)
Muchas veces se habla de amigos que nos traicionan o que no están presentes cuando los necesitamos. La Biblia también habla de estos, concretamente de Judas en el caso de Jesús y de muchos otros en la vida de David. Pero también es importante saber de aquellas personas que se mantienen firmemente a nuestro lado o que están presentes en nuestros momentos de apuro. Como yo mismo lo constaté en la hora de mi adversidad, cantidades de amigos estuvieron ahí para robustecerme en mi debilidad y entregarle apoyo a nuestra familia.
Lo único que hizo falta para consolidar esa lealtad fue un poquito de tiempo, interés sincero, una oración por quien se halla en un aprieto, una palabra

de confianza para quien pasa por momentos de ansiedad, una oportuna llamada telefónica, un toque de humor, un elogio por un trabajo bien realizado, etc. Como reza el proverbio: «En todo tiempo ama el amigo, y el hermano nace para el tiempo de angustia» (Proverbios 17:17).
No olvidemos que Jesús, pese a ser el Hijo de Dios, nos trató como amigos. (Véase Juan 15:14,15.) Y si deseamos ahondar más en el tema, otras lecturas sumamente estimulantes sobre las amistades profundas se hallan en los relatos de Rut y Noemí (Rut 1:16,17), y David y Jonatán (1 Samuel 18:1–4).
Hace algunos años las conexiones o redes de contacto eran términos muy de moda, es decir la idea de crear listas de contactos que después pudieran resultar útiles. El concepto bíblico, sin embargo, es bastante distinto. Jesús nos exhortó a hacer el bien y dar con liberalidad, sin esperar nada a cambio (v. Lucas 6:35). Además dijo: «De gracia han recibido; den de gracia» (Mateo 10:8). Si damos con la esperanza de que un día recibiremos compensación podríamos privarnos del gozo que trae aparejado el amor abnegado.
El famoso cantante brasileño Roberto Carlos compuso hace unas décadas una canción que quedó grabada en el alma latinoamericana y que todavía se oye en las radios de todo el continente.

Recordarán la letra: «Quisiera tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar. Quiero llevar este canto amigo a quien lo pudiera necesitar». Así fue efectivamente, en mi momento de aflicción sentí que tenía un millón de amigos.
Si te agobia la soledad, te encuentras en situación de aislamiento

o eres proclive a recluirte, te animo a conectar con otras personas. Toma la iniciativa y entabla una conversación amistosa. Escucha con empatía. Tiende una mano amiga. Hay un pequeño poema que dice:
Salí en búsqueda de un amigo, pero ninguno encontré; salí a brindar mi amistad y hallé amigos por doquier.
«Mejor dos que uno solo, pues tienen mejor recompensa por su trabajo. Porque si caen, el uno levantará a su compañero. Pero, ¡ay del que cae cuando no hay otro que lo levante!» (Eclesiastés 4:9,10.)
«Para el abatido, debe haber compasión de parte de su amigo; no sea que abandone el temor del Todopoderoso» ( Job 6:14 lbla).
«El ungüento y el perfume alegran el corazón, y dulce para su amigo es el consejo del hombre. No abandones a tu amigo ni al amigo de tu padre […]. Mejor es un vecino cerca que un hermano lejos» (Proverbios 27:9,10 nbla).
«El hierro con hierro se afila y el hombre afina el semblante de su amigo» (Proverbios 27:17).
Gabriel García Valdivieso dirige la revista Conéctate y forma parte de la Familia Internacional. Es traductor, escritor y locutor. Vive en Chile con su esposa Sally. ■

¿QUIÉN SE ACUERDA DE TI?
Amy Joy Mizrany
Me encontraba en el fondo de una sala de conferencias presenciando una reunión de despedida que tenía lugar al frente de la sala. Una empresa se despedía de una de sus integrantes. Cuando el gerente pidió a los presentes que expresaran algunas palabras amables sobre la persona que se marchaba, nadie, excepto la persona con la que trabajaba directamente, tenía nada que decir sobre ella. Algunos se levantaron y balbucearon unas palabras de despedida. «Siempre me pareció muy simpática». «Aunque nunca hablamos, era muy organizada en su trabajo».
Al salir de la sala, de pronto todo aquello me pareció muy triste. Ella había trabajado con esas personas durante años y solo una de ellas había llegado a conocerla de verdad. Las probabilidades de que sus compañeros de trabajo la extrañaran y la consideraran única e irreemplazable eran remotas.
En cierto modo eso me asustó. Pensé en mis interacciones con mis compañeros de trabajo y me pregunté: ¿Esa podría haber sido yo? ¿O me recordarían, no solo como una persona que estaba allí, sino como Amy, por quién soy, lo que pienso y cómo los hice sentir? Muchos ámbitos de mi vida laboral implican mucha interacción personal: enseñanza, asesoramiento, organización, planificación y práctica. ¿Estaba poniendo yo empeño para mejorar la vida de las personas? ¿Cómo me recordarán?
Esa pequeña crisis me incitó a observar a las personas con las que trabajaba. Me planteé cuáles eran los compañeros de trabajo a los que realmente podía decir
que conocía. Entonces me fui dando cuenta de algo interesante. Los más conocibles eran los que siempre se esmeraban por conocer a los demás. Hablaban con todo el mundo en actos sociales, saludaban sin falta hasta al compañero de trabajo «menos importante» y mostraban interés por las labores de los demás. Es decir, los que notaban a los demás eran los más notables. Los que prestaban atención a los demás inspiraban naturalmente a otros a hacer lo propio con ellos. Los más influyentes lo eran porque se interesaban por los demás y, a cambio, los demás se interesaban por ellos.
A fin de cuentas, para influir en una comunidad y fomentar un sentido comunitario me pareció necesario amar. Amar a la humanidad tanto como para interesarse por cada persona. Valorar y fomentar las relaciones.
Como dijo Pablo en Romanos 14:7, ningún hombre debe vivir (o morir) solo para sí mismo. Y Jesús enseñó que el amor más grande que existe se encuentra en dar la vida —y la propia importancia, individualidad o independencia— por los demás ( Juan 15:13). En esta época en la que tantos sufren aislamiento y soledad, conectar con los que te rodean y amarlos es deber esencial del cristiano. Constituye un objetivo que creo que haría sentir orgulloso a Jesús.
Amy Joy Mizrany se dedica de lleno a labores misioneras en Sudáfrica con la organización Helping Hand. En su tiempo libre enseña el violín. ■
VENCER EL MAL CON EL BIEN

Romanos 12 es uno de esos capítulos en el que algún pasaje me llama la atención cada vez que lo leo. Si siento que mi camino de fe está un poco desviado, me indica claramente el rumbo que debo seguir. Dice así:
Ámense los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente. Nunca dejen de ser diligentes; antes bien, sirvan al Señor con el fervor que da el Espíritu. Alégrense en la esperanza, muestren paciencia en el sufrimiento, perseveren en la oración. Ayuden a los hermanos necesitados. Practiquen la hospitalidad. Bendigan a quienes los persigan; bendigan y no maldigan. Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran. Vivan en armonía los unos con los otros. No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes. No se crean los únicos que saben. No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. […] No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien (Romanos 12:10–21).
Este pasaje nos ofrece una guía muy clara sobre cómo navegar por las partes más difíciles del mundo actual.
El mismo efecto tuvo en la época de Roma. Solemos lamentarnos de que el mundo en que vivimos es malvado e impío, y no nos equivocamos; pero siempre ha sido así.
Todos esos versículos me llegan al alma; no obstante, tengo particular inclinación por el último: «No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien». Los versículos anteriores nos enseñan cómo es el «bien». Ofrecen una lista de comportamientos y actitudes que son contrarios al mundo. Esperar con alegría las promesas de Dios, ser paciente en el sufrimiento, orar en lugar de estar ansioso, preocuparse por los demás y compartir lo que se tiene, no enojarse, aceptar a los demás en el lugar donde se encuentren en su camino, confiar en que Dios hará justicia, ir más allá del deber para poner en práctica el perdón.
Si me invade la desesperación o mis esfuerzos me parecen inútiles, este pasaje me ayuda a reorientarme hacia la verdad. Es muy sencillo, pero siempre, siempre, da en el clavo. Me indica cómo seguir a Jesús, cualesquiera que sean los titulares de las noticias que me agobien.
Marie Alvero ha sido misionera en África y México. Lleva una vida plena y activa en compañía de su esposo y sus hijos en la región central de Texas, EE.UU. ■
Marie Alvero
De Jesús, con cariño
EL AMOR EN ACCIÓN

Declaré que ustedes son Mis amigos y les encargué que amen a los demás como Yo los he amado ( Juan 15:12–15). El amor que construye amistades y comunidad se cultiva a través de sus acciones cotidianas. Se demuestra mostrando interés por los demás y buen ánimo para brindarse a sí mismos a fin de ser un amigo, un compañero y alguien que escucha a los demás. Significa dedicar tiempo a acompañar a alguien que pasa por un momento de soledad o tristeza, animar a los demás en sus periodos de necesidad y contribuir a aliviar sus cargas.
Tú mismo puedes reflejar Mi amor hacia los demás a través de actos y gestos de bondad y cariño, ayudándolos a llevar su carga y demostrándoles consideración y amabilidad. Tómate el tiempo para fijarte en las personas que te rodean y apreciarlas, para ofrecerles palabras de aliento y esperanza. Piensa en qué puedes hacer para que su día sea un poco más alegre, más esperanzador, menos estresante y pesado.
Anteponer a los demás y sus necesidades a las tuyas propias brinda una particular dicha. Las acciones y los actos de bondad no solo benefician a quienes los reciben, sino también a ti mismo. La alegría que se obtiene al realizar acciones generosas y solidarias produce una profunda sensación de satisfacción y propósito. Cuando haces algo amable y cariñoso por otra persona, recibes una bendición a cambio. A medida en que das lo que has recibido, te prometo que te colmaré de bendiciones hasta que sobreabunden (Lucas 6:38).