¿Alguna vez te invitaron a un convite al que nunca habías asistido y sentiste cierta zozobra no sabiendo lo que iba a pasar? Además, en esa situación probablemente le hubieras dicho a la persona que te invitó: «Si tú vas, voy yo. Pero si tú no vas, yo no voy». Pues eso fue precisamente lo que Moisés le dijo a su «amigo» Dios cuando él y los israelitas iban camino a la Tierra Prometida. Dado que durante el viaje tuvieron lugar varias rebeliones, el Señor le dijo a Moisés que enviaría un ángel delante de ellos, pero que Él mismo no iría. Moisés reitera entonces su compromiso de perseverar en los caminos de Dios, y el Señor promete: «Mi presencia irá contigo, y te daré descanso». A lo que Moisés responde: «Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí». (Véase Éxodo 33, donde aparece todo el relato.)
¿Qué distinguía al pueblo hebreo de los demás pueblos de aquella época? Que peregrinaban y andaban con Dios. Por eso, hasta el día de hoy Dios no varía un ápice en la promesa que hizo a Sus seguidores: «Nunca te abandonaré ni jamás te desampararé» (Hebreos 13:5). Y dijo: «Habitaré y andaré entre ellos. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo» (2 Corintios 6:16).
Dios ha prometido caminar contigo cada día. No solo eso, sino que Él mora dentro de los seguidores de Cristo y ha hecho Su aposento en tu alma ( Juan 14:23). ¡Qué increíble remedio para la soledad!, ¿no te parece? Te acompañará en las buenas y en las malas. Hasta le puedes expresar tus sueños y anhelos secretos, con la seguridad de que Él entiende los deseos más recónditos de tu corazón.
La revista de este mes nos enseña que podemos cultivar amistades, siempre que estemos dispuestos a salir de nuestro ámbito reservado y estemos atentos a las necesidades ajenas. Al mismo tiempo, aprendemos que Jesús ansía ser nuestro mejor amigo, como lo presenta claramente el artículo de fondo «¿Aislados? Jamás» en las páginas 4-6. Los artículos de este número tienen por objeto fortalecer nuestra relación con Dios y a la vez ayudarnos a conectar con otras personas. Así, al esforzarnos por labrar un mundo mejor, aliviamos nuestra propia soledad y todos ganan.
¡Que los artículos de este mes sean un bálsamo para ti!
Sally y Gabriel García
Redacción
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Aprendí a apreciar cada regalo, grande o pequeño, que me llega de Aquel de quien provienen todas las bendiciones. La libertad de encontrar tu identidad en Jesús y saber que eres hijo o hija del Rey hace que todo lo demás palidezca en comparación.
Aun así, la vida sigue su curso y puede resultar difícil subir, bajar y sortear sus curvas y montañas. Sin embargo, sé que la confianza en el amor de nuestro Creador puede sostenernos durante esos momentos oscuros, junto con el consuelo que nos brindan los amigos y la familia.
Recuerdo el dolor profundo que sentí cuando era adolescente y mi novio rompió conmigo. Estábamos con un grupo de amigos cuando me lo dijo. Como no quería que me vieran llorar, me fui a un pequeño parque cercano y lloré allí sola.
En ese momento, instintivamente y para consolarme, me puse a cantar canciones sobre el amor y la esperanza. Recordé otros acontecimientos tristes de mi vida, como cuando un amigo cercano murió en un accidente de tráfico. Al reflexionar sobre cada uno de esos recuerdos, entonaba una canción. Era como si aquellas melodías me lavaran el alma. Pronto la paz llenó mi corazón, el dolor desapareció y, con una sonrisa, pude volver a reunirme con mis amigos.
Eric Clapton, el famoso cantante y compositor, cuenta en su biografía que hubo un momento de su vida, tras la muerte de su hijo en un accidente a los cuatro años, en el que sintió tanto dolor y tristeza que pasó un año recluido, lamentando su pérdida y tocando la guitarra. Finalmente decidió que para honrar la memoria de su hijo escribiría una canción reconfortante. Entonces compuso «Tears in
Heaven», un tema que llegó al número uno en las listas de éxitos de la época y que sigue siendo un consuelo para muchos en momentos de dolor.
Pensar en el Cielo, el lugar donde Dios secará todas las lágrimas de nuestros ojos, es un excelente antídoto contra la tristeza. Y aquí en la Tierra, una canción, una sonrisa, un abrazo, una palabra de consuelo y una oración sincera pueden ayudar a traernos un toque del Cielo a nosotros y a los demás, y recordarnos que hay un Dios de amor que algún día lo sanará todo.
Rosane Cordoba vive en Brasil. Es escritora independiente, traductora y productora de textos didácticos para niños basados en la fe y orientados a la formación del carácter. ■
¿AISLADOS? JAMÁS
El autor del libro de Eclesiastés o Kohelet escribió estas palabras de sabiduría que trascienden el tiempo: «Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora» (Eclesiastés 3:1). En el curso de nuestra vida pasamos por distintas temporadas o etapas: tiempos de abundancia y tiempos de escasez, tiempos en que nuestra «copa está rebosando» (Salmo 23:5) y tiempos de sequía, de espacios vacíos que antes estaban llenos. Es precisamente durante estos últimos que aprendemos a contentarnos cualquiera que sea nuestra situación, por medio de Jesús que nos fortalece (Filipenses 4:11–13).
Las pruebas, padecimientos y pérdidas que soportamos nos acarrean crecimiento espiritual y bendiciones a medida que depositamos nuestra confianza en el Señor y accedemos a que el Espíritu Santo obre en
Peter Amsterdam
nuestra vida. Claro que es mucho más fácil estar contentos y confiar en el Señor cuando las cosas van sobre ruedas, es decir cuando estamos rodeados de seres queridos y amigos, gozamos de buena salud y no padecemos necesidad. Por contraste, cuando las cosas no marchan bien, aprendemos a depender del Señor y descubrimos Su gozo, aun en circunstancias difíciles (Nehemías 8:10).
La vida en los tiempos actuales nos presenta una serie de factores y pruebas singulares que el mundo no había experimentado jamás. Si bien el advenimiento de la tecnología moderna ha facilitado las comunicaciones entre los seres humanos, también es cierto que ha menoscabado el sentido de comunidad y las interacciones presenciales entre personas. La sustitución en muchos casos del lugar de trabajo tradicional por el virtual y el desplazamiento de ciertas facetas de la educación a espacios on-line ha devenido en menos oportunidades de labrar amistades. Como consecuencia, numerosas organizaciones de salud advierten que se cierne una «epidemia de soledad» sobre el mundo actual.
Los cristianos no somos inmunes a los apremios de la soledad y el aislamiento. Puede ocurrir que pasemos por una etapa en la que tengamos menos conexión con otras personas, por el motivo que sea, ya por complicaciones de salud, ya por la pérdida de un ser querido, por la jubilación y por limitaciones de movilidad a causa de la edad. Es posible que en épocas así nos cueste encontrarle sentido y razón de ser a nuestra existencia, lo que a su vez puede derivar en un sentimiento de desesperanza y depresión. No fuimos creados para llevar una vida solitaria. Desde el principio de la Biblia vemos que Dios nos creó para vivir en comunidad con nuestros semejantes (Génesis 1:27,28; 2:18). Nuestras interacciones con los demás, particularmente con otros cristianos, nos inyectan ánimo y fuerzas, edifican nuestra fe y traen inspiración y alegría a nuestra vida. Nuestras relaciones con la gente —sean con nuestra familia o amigos, en nuestro lugar de trabajo o en la colectividad o vecindario de los que somos parte— pueden moldear y dar forma al perfil de nuestras actividades diarias, además de otorgar sentido a las tareas que realizamos todos los días. Si esa estructura comunitaria se descompone o resulta inaccesible, esas pérdidas pueden afectar nuestro bienestar emocional y espiritual.
Cuando experimentamos momentos de soledad es importante comunicarnos con nuestros correligionarios cristianos y pedir oración y apoyo. Contar a otros las adversidades que enfrentamos abre la puerta para que nos brinden consuelo, oración y auxilio. A su vez, el consuelo que recibimos de Dios y otros creyentes nos capacita para entregar apoyo a otras personas. «Él nos consuela en todas nuestras dificultades para que nosotros podamos consolar a otros. Cuando otras personas pasen por dificultades, podremos ofrecerles el mismo consuelo que Dios nos ha dado a nosotros» (2 Corintios 1:4 ntv).
Tender una mano amiga
Las épocas de soledad nos ayudan a cobrar más conciencia de lo que experimentan otras personas, sobre todo las que todavía no conocen al Señor, y a estar más atentos a ello en las interacciones que tenemos a diario. Muchas veces no sabemos lo que la gente experimenta; no obstante, la Biblia nos enseña que debemos mirar a cada persona con bondad y compasión, lo que nos exige prestar atención y ver más allá de las apariencias.
Se nos llama a reflejar el amor y la misericordia de Cristo a las personas con las que nos encontramos, y se nos requiere que en lo posible causemos un buen efecto en ellas, por más que el trato que tengamos sea pasajero. El Espíritu de Dios puede obrar a través de nuestras interacciones con los demás, por muy cortas que estas sean, y ayudarnos a dar testimonio de Su amor y compasión (Colosenses 3:12). Podemos dirigirle a alguien palabras de fe y esperanza, aunque no tengamos sino un solo encuentro con esa persona.
Un simple acto de amabilidad puede aliviar la soledad de una persona y hacerle saber que alguien se preocupa por ella. Quizá nos sorprenda el impacto que incluso un pequeño intercambio puede tener en otros seres humanos, no solo porque les brinda esperanza y consuelo a ellos, sino también porque nos aporta a nosotros una razón de ser y un sentido de realización. Las interacciones que tenemos con otras personas, por muy breves que sean, pueden enriquecernos y ayudar, tanto a la gente a la que atendemos espiritualmente como a nosotros mismos. Así todos podemos sentirnos más conectados y menos aislados.
Nuestra relación con Dios y Su Palabra llega a ser un ancla para nuestra fe cuando nos toca soportar una época de soledad. ¡Nunca estamos solos! Sean cuales sean nuestras circunstancias, no estamos solos. Jesús está constantemente con nosotros, cada segundo de cada día. «Les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20 nvi).
Podemos aprovechar los momentos de soledad para avanzar en nuestra relación con el Señor y tomar más conciencia de Su constante compañía. Lo conseguimos «practicando la presencia de Cristo», frase atribuida al hermano Lawrence, un monje francés del siglo XVII. Lawrence trabajaba en la cocina de un monasterio, donde pasaba sus días preparando la comida y limpiando. Resolvió que mientras realizaba sus tareas mantendría una incesante conversación con Dios. Él consideraba que era posible gozar de la presencia de Dios en todo momento, permanentemente.
Cuando estés pasando por un periodo de soledad, la constante compañía del Señor te infundirá esperanza, paz que sobrepasa todo entendimiento, y te ayudará a llenar los espacios vacíos de tu vida (Filipenses 4:7). A medida que nos hacemos más conscientes de la presencia de Cristo y profundizamos en ello, encontramos consuelo, compañía y un sentido de pertenencia que nunca nos defraudará. «Él mismo ha dicho: “Nunca te abandonaré ni jamás te desampararé”» (Hebreos 13:5).
En momentos así necesitamos ajustar nuestra perspectiva y hacer un esfuerzo concentrado para reflejar
la bondad del Señor y dar testimonio de la fidelidad que nos demuestra en todas las etapas de nuestra vida. Pide al Señor que afirme tus pensamientos (Proverbios 16:3) y que te ayude a concentrar la mente en cosas que tengan verdadero valor y perduren, «las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Colosenses 3:2).
También es importante buscar, dentro de nuestras posibilidades, nuevas vías de forjar comunidad con otros; por ejemplo, haciendo voluntariado, participando en una labor o iglesia cristiana, uniéndonos a comunidades virtuales o comunicándonos con los vecinos. Elige emplear tu tiempo y energía en actividades positivas que promuevan la salud y la paz y edifiquen tu fe. Piensa de qué manera puedes tocar la vida de los demás, incluso con pequeños actos, como pueden ser un correo-e, una llamada telefónica, una sonrisa o una palabra de ánimo. Los cristianos somos favorecidos, pues tenemos la certeza de que por muchas circunstancias difíciles que atravesemos en la vida se nos ha concedido el don de la gracia de Dios y la promesa de la esperanza eterna (1 Pedro 5:10 nvi). Jesús es nuestro buen pastor ( Juan 10:11). Cuando nos sintamos cansados podemos descansar en Él y hallar renovadas fuerzas y resiliencia. Él siempre está con nosotros.
«Seguro estoy de que la bondad y el amor me seguirán todos los días de mi vida; y en la casa del Señor habitaré para siempre» (Salmo 23:6 nvi). Podemos confiar en esta promesa, que la bondad y el amor de Dios no mudan nunca; nos acompañarán todos los días de nuestra vida. Además, podemos aguardar con ilusión el día en que estaremos para siempre con el Señor en el Cielo.
Peter Amsterdam es un autor cristiano, profesor de temas bíblicos y codirector retirado de LFI, una red cristiana en línea. ■
Permanente compañía
LO QUE ANHELAN LOS ÁNGELES
Uday Paul
Muchas veces me ha intrigado el pasaje de las Escrituras donde, después de hablar sobre la prédica del evangelio y la salvación de los creyentes, la Biblia dice: «¡Éstas son cosas que los ángeles mismos quisieran contemplar!» (1 Pedro 1:12 dhh).
¿Cuáles son los temas de los seres humanos que los ángeles desean contemplar? Al fin y al cabo, en la creación, los ángeles son un orden superior al de la humanidad (Hebreos 2:9) y están dotados de más sapiencia y poderes que los seres humanos (2 Pedro 2:11).
Un aspecto importante de la experiencia humana que los ángeles nunca podrán vivenciar es el gozo de la salvación, de ser liberados de la esclavitud del pecado y pasar de la oscuridad a la luz gloriosa (1 Pedro 2:9). Cuando Adán y Eva se rebelaron en el jardín del Edén, la humanidad cayó de la gracia y de la íntima comunión con Dios. Desde entonces hemos estado esclavizados por el pecado ( Juan 8:34). Jesús dio su vida por nosotros en la cruz del Calvario para redimirnos del poder del pecado y liberarnos ( Juan 8:36). Dios no envió a Su Hijo a morir por los ángeles, sino por nosotros. Como dice la canción:
Santo, santo, cantan los ángeles, y espero ayudarles a que su canto resuene en las cortes celestiales; mas cuando canto la historia de la redención, repliegan sus alas, pues los ángeles jamás sintieron el gozo de nuestra salvación.
Johnson Oatman, Jr. (1856–1922)
Otra concesión hecha a la humanidad es la de caminar por fe y no por vista (2 Corintios 5:7). Los ángeles viven en la presencia de Dios y en un lugar de tal luz y esplendor que alabarlo y adorarlo les nace espontáneamente. Nosotros, en cambio, creemos en Dios y confiamos en
Él por fe, aunque no podamos palparlo con nuestros sentidos físicos (1 Pedro 1:8).
Algunas de nuestras experiencias y pruebas terrenales también pueden rompernos el corazón de una manera que los ángeles no pueden sino observar. Pero Dios promete que todo lo que pasamos en la vida finalmente contribuirá a nuestro bien porque lo amamos (Romanos 8:28).
Jesucristo, el Hijo de Dios, concedió a la humanidad el mayor privilegio que podíamos tener cuando se humanizó y se hizo uno de nosotros. Lo hizo para poder comprendernos mejor y asumir el papel de intercesor nuestro ante el Padre (Hebreos 2:16,17). Ahora se encuentra enaltecido a la diestra de Dios y dispensa libremente Su gracia a todos los que lo invocan (Romanos 10:12).
Uday Paul es escritor independiente, profesor y voluntario. Reside en Uganda. ■
Una pandemia de soledad
Gabriel García V.
Numerosos reportajes nos alertan de que una plaga peor que el COVID azota a muchos países, una plaga cuyos síntomas son silenciosos, pero sus secuelas letales. Algunos la catalogan la globalización de la soledad, un tipo de epidemia que se propaga por el mundo con devastadoras consecuencias.
Mucha gente vive incomunicada, retraída y aislada. Nadamos en un mar de soledad en el que la tecnología táctil ha sustituido el toque humano.
«La soledad es la herida abierta de nuestro tiempo», dice el columnista y entrevistador chileno Cristián Warnken. Y añade: «Nos alerta el cambio climático, pero poco decimos y actuamos ante la desertificación humana», el desierto que se propaga sigilosamente sobre las relaciones interpersonales.
«La soledad literalmente puede acortar nuestra vida», declara Michel Poulain, demógrafo belga, especialista en estudios sobre longevidad y que introdujo el concepto de zonas azules, regiones del mundo en las que la gente goza de vidas excepcionalmente largas. Dice Poulain: «En las zonas azules las personas priorizan las relaciones sociales, se reúnen en las plazas, discuten en los cafés, juegan juntas. El contacto social es un principio verdaderamente esencial. En esas comunidades las relaciones interpersonales son el corazón de la vida diaria». Nos aconseja que «intentemos hablar con dos o tres personas durante el día».
Mucha gente joven también es víctima de esta plaga de privación de compañía humana. Los niños no logran establecer vínculos significativos con sus pares y se ven expuestos a la depresión y a ideas suicidas. ¿Es la solución
un tema exclusivamente médico? Medicalizar el asunto sería muy simplista, ya que es también un tema de índole social y espiritual.
¿Podemos los cristianos hacer algo para aliviar este mal? Indudablemente; poseemos un tesoro de recursos. El Espíritu de Dios puede potenciar nuestra capacidad y enseñarnos ingeniosas maneras de ayudar. Si conocemos a una persona solitaria, a lo mejor agradecería una llamada telefónica. Si nos percatamos de que un vecino rara vez recibe visitas, podemos pasar a saludarlo y preguntarle si le hace falta algo. Si alguien se suelta a contarnos sin parar una vivencia repleta de detalles —lo que suele indicar que no tiene con quién conversar— podemos prestarle oído hasta que termine su discurso. A gente que parece aislada podemos hacerle saber que estamos ahí para ella. De tales sacrificios se agrada Dios (Hebreos 13:16 nbla).
Como enseña Rick Warren: «Fuimos creados para formar comunidad». Estando pendientes unos de otros y amando al prójimo como a nosotros mismos (Marcos 12:30,31) podemos contribuir a remediar ese mal, aunque solo sea en nuestro pequeño rincón del mundo. Y así, al dar ese primer paso para comunicarnos con los demás, aliviamos nuestro propio sentimiento de soledad. Reconfortamos y al mismo tiempo somos reconfortados. Las labores voluntarias, por ejemplo, nos ofrecen la oportunidad de brindarnos a las personas y al mismo tiempo satisfacer nuestra propia necesidad de confraternizar. Eso tiene un efecto maravilloso en nuestro espíritu y nos ayuda a mantenernos conectados, activos y a tono con los problemas del mundo de hoy.
Los cristianos también podemos labrar lazos comunitarios uniéndonos a una iglesia cercana, participando en un estudio bíblico o en un grupo de oración o de WhatsApp, etc. Cuando se dé la ocasión, conviene hacer un esfuerzo
por vencer la timidez, acercarse a alguien y trabar conversación. Te sorprenderá la cantidad de personas interesantes, amigables y empáticas que conocerás y que con gusto charlarán contigo.
De modo que, por una parte, los cristianos somos transmisores de esperanza para los necesitados; y por la otra, si nosotros mismos nos sentimos solos y sin amigos, podemos integrarnos comunitariamente a través de diversos medios.
Hasta ahora hemos tocado el aspecto social. En el aspecto espiritual, la clave está en recordar el amor incondicional que alberga Dios por cada uno de nosotros, Su preciado hijo o hija, y saber que Jesús se preocupa por nosotros y anhela ser nuestro mejor amigo.
De manera que si en estos momentos atraviesas por las hondonadas de la soledad, cobra ánimo. Recuerda que Dios te acompaña y te consuela (Salmo 23:4) y no te dejará ni te desamparará (Deuteronomio 31:6). «Aunque mi padre y mi madre me dejen, con todo, el Señor me recogerá» (Salmo 27:10). La Escritura también nos garantiza que Jesús no nos dejará huérfanos ( Juan 14:18). Para quienes han perdido su sentido de pertenencia —una de las mayores causas de soledad— o quizá no lo han tenido nunca, dice: «Padre de los huérfanos y juez de las viudas es Dios en su santa morada. Es el Dios que hace habitar en familia a los solitarios» (Salmo 68:5,6).
¿Tienes a veces la sensación de que no hay «ni una sola mano amiga», como lo expresó el famoso poeta francés Arthur Rimbaud? Extiende tu mano al Señor y Él será tu mano amiga. ¿Estás desvalido y sin amigos? ¿Te parece que nadie te escucha? Dios oirá tu clamor cuando andes desesperanzado por el desierto de la soledad, así como oyó el lamento de Agar (Génesis 21:14-21) y la súplica desesperada del salmista (Salmo 18:6). Si no tienes a nadie con quien desahogar tu pena y tu angustia, el oído del Señor siempre está presto a escucharte.
Y lo mejor de todo es que podemos estar en paz con respecto al futuro, pues Jesús prometió que estaría con nosotros todos los días hasta el fin. «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20).
Gabriel García Valdivieso forma parte del cuerpo de redacción de la revista Conéctate. Es traductor, escritor y locutor. Vive en Chile con su esposa Sally. ■
LUZ EN LOS AÑOS DORADOS
Permanecer unidos al corazón de Dios
Como madre con el síndrome del nido vacío descubrí que los últimos años de la vida encierran una singular sensación de quietud. Mi bullicioso hogar de años anteriores pasó a un estado de silencio, y el parloteo de mis hijos se ha desvanecido en el recuerdo. En momentos como este es posible que la soledad se nos haga una carga muy pesada. No obstante, para quienes somos cristianos, esta etapa de la vida no es un declive que nos lleva al aislamiento, sino una invitación a forjar una relación más profunda e íntima con Jesús. La verdad más trascendente a la que podemos aferrarnos al envejecer es que el amor de Dios nunca cambia. Él no se aleja por el hecho de que nuestras fuerzas disminuyan o nuestro valor exterior aparentemente se reduzca. Por el contrario, promete: «Aun en la vejez, cuando ya peinen canas, Yo seré el mismo, Yo los sostendré» (Isaías 46:4 nvi). Dios está presente en cada etapa de nuestra vida, en cada cambio y en cada desafío que enfrentamos, incluida la transición a la vejez. Cuando la casa esté demasiado callada, Él es la «voz suave y apacible» que espera ser oída. Cuando las noches se hacen largas, Él es el pastor que no duerme ni descansa.
Permanecer en Su presencia requiere cierta intencionalidad; hay que dedicarle
G.L. Ellens
tiempo. Cuando parece que el mundo exterior nos está vedado, podemos abrir las ventanas de nuestra alma practicando habitualmente ciertas actividades espirituales. Independientemente de la edad que tengamos, la forma de tomar conciencia profunda de la presencia de Jesús es dar prioridad a la Palabra de Dios, la gratitud, la oración y el servicio al prójimo.
Música y alabanza: Comenzar cada día con música y alabanzas a Jesús me llena el alma y me eleva a Su presencia. La música tiene la singular virtud de conmover el espíritu. Sea que prefieras los himnos clásicos antiguos, como yo, o las melodías de adoración contemporáneas, tomarte el tiempo para comenzar el día con canciones de alabanza invita al Espíritu Santo a entrar en tu espacio.
La Palabra de Dios: Después de eso me tomo un tiempo para leer la Biblia. Al fin y al cabo, las Escrituras son el principal medio por el que Dios nos habla. Leer un salmo o un capítulo de los Evangelios puede convertir lo que de otra manera sería una mañana solitaria en un diálogo con Jesús.
Gratitud y oración: Llevo un diario de gratitud en el que escribo mientras tomo mi café matutino. Antes me resultaba difícil pensar en cinco cosas por las que estar agradecida, pero ahora suelo seguir escribiendo hasta que acabo anotando quince o más cosas que suscitan mi gratitud. También aprendí a cambiar mi perspectiva sobre la oración, pasando de una recitación unilateral de mis necesidades y deseos a una conversación íntima con Dios. La montaña de obstáculos que parece alzarse ante mí se reduce a su verdadero tamaño cuando hablo con Dios en oración. Cuando le encomendamos nuestros caminos, Él nunca deja de afirmar nuestros pensamientos y encaminarnos por una senda despejada (Proverbios 16:3 rvc).
Labrar relaciones: Después de mi tiempo matinal de alabanza y oración, también dedico tiempo a prepararme para invertir en mis relaciones con los demás. Nuestra relación con Dios es fundamental, pero Él también nos creó para establecer vínculos con otros seres humanos. Sentirse incluido y útil es vital para la salud del alma.
Aprendí que aunque tenga 76 años, no tengo por qué sentirme incompetente o descalificada. De hecho, nunca es tarde para que Dios se sirva de nosotros. Basta con que nos pongamos a Su disposición. ¿Quién sabe? Quizás hoy sea el día para embarcarte en algo nuevo. Si te sientes marginado, aquí tienes algunas ideas para poder vincularte con otras personas:
Orar por los demás: Aunque nuestra movilidad física sea limitada, la Biblia nos enseña que «La oración del justo [de quien está bien con Dios] es poderosa y eficaz» (Santiago 5:16 nvi). El papel de intercesor fiel es muy importante en el reino de Dios.
Servicio de apoyo: El buen tino y la perspectiva que tenemos como ancianos son tesoros que la generación más joven necesita muchísimo. Una simple nota escrita a mano, un mensaje de texto o una llamada telefónica a un nieto que pasa por dificultades pueden ser un salvavidas.
Voluntariado: Busca oportunidades para hacer voluntariado en tu círculo social. Suele haber orfanatos, residencias de ancianos o guarderías que acogen con gusto a quienes desean dedicarse a los niños o a los ancianos, ya sea a través de juegos, música, actividades educativas o manualidades.
Ten en cuenta que la vejez no es una sala de espera para el último trance, sino el umbral de la eternidad. Aunque nuestros seres queridos hayan partido, nunca estamos realmente solos. Dios siempre está con nosotros y promete renovarnos las fuerzas. «Los que confían en el Señor renovarán sus fuerzas» (Isaías 40:31 nvi). Al dedicar tiempo a la Palabra de Dios y tender la mano a los necesitados descubrimos que nuestra razón de vivir no expira; simplemente evoluciona. Nuestro Padre Celestial nos ve y nos ama, y a Sus ojos somos sumamente necesarios.
G.L. Ellens ha sido misionera en el Sureste Asiático desde hace cuatro décadas. Realiza voluntariado con niños menesterosos y ha venido explorando su veta de escritora. ■
LA EFICACIA DEL SILENCIO
Josephine Kind
Henri Nouwen escribió: «Cuando nos preguntamos sinceramente qué persona es la más importante para nosotros, a menudo descubrimos que son aquellas que, en lugar de dar consejos y proponer soluciones o remedios, han optado por participar de nuestro dolor y tocar nuestras heridas con una mano cálida y tierna. El amigo capaz de guardar silencio con nosotros en un momento de desesperación o confusión, capaz de permanecer a nuestro lado en un momento de dolor y duelo, capaz de soportar no saber, no curar, no sanar y afrontar con nosotros la realidad de nuestra impotencia, ese es un amigo que de verdad se preocupa por nosotros».
Esas palabras me desconcertaron. Pensaba que la verdadera amistad era mucho más que eso, ¡sin duda mucho más activa! Luego de años participando en labores humanitarias, mi inclinación natural es intervenir de forma práctica cada vez que me encuentro ante una situación de necesidad. Formé a innumerables voluntarios, impartí seminarios y envié correos, todo ello con el ánimo de ensalzar el valor de dar y de hacer. ¡El amor llevado a la acción!
Me llevó un tiempo comprender finalmente el sentido de las palabras de Henri Nouwen. Recordé mi primer viaje a Mostar, una ciudad devastada por la guerra. Como no sabía sino unas pocas palabras en el idioma nacional acompañé a algunos voluntarios curtidos mientras distribuían comida. Entramos en muchos hogares consumidos por el duelo. Quedé en shock, ya que era la primera vez que visitaba un lugar destrozado por la guerra. Un amigo tuvo la amabilidad de traducirme las conversaciones que se daban.
Estaba a punto de llorar cuando una anciana, con heridas de metralla en las piernas, me tomó de las manos y comenzó a contarme sus cuitas. Hablaba y hablaba. Yo solo escuchaba. No entendía nada, ya que mi traductor estaba ocupado en otra parte. Al final, me dio las gracias efusivamente, nos abrazamos y ambas lloramos.
Fue una experiencia inolvidable, y no la única que tuve de ese tipo.
Los jóvenes a los que formo se enfrentan a la misma situación que enfrenté yo en aquella primera visita a Mostar. No conocen el idioma, se sienten impotentes e incómodos, y yo les digo: «No se preocupen, que simplemente sientan su presencia. Tómenlos de la mano, mírenlos con amor y compasión, y escúchenlos. Préstenles atención y lloren con ellos».
Ahora hablo el idioma del lugar y ayudo de diversas maneras. Pero todo empezó de esa forma tan sencilla, que sigue siendo eficaz hoy en día. La semana pasada, cuando la esposa de un querido amigo falleció repentinamente en un accidente de tránsito, le dije: «No tengo palabras, solo lloro contigo. Ven. Mi casa es tu casa».
Josephine Kind ha participado activamente durante las últimas tres décadas en labores humanitarias en países del sur de Europa. ■
UN REGALO EN EL SOSIEGO
Sin los vínculos y la intimidad cotidianas que necesitas para sentirte completamente vivo, la soledad te consume a fuego lento. Los cambios que ha experimentado la sociedad en las últimas décadas han conseguido más que nunca que la gente se sienta desconectada. Por ejemplo, leí que el 30% de los adultos padece soledad semanalmente o hasta diariamente, que uno de cada cuatro adultos nunca se casará y que al menos el 12% de las personas afirma no tener amistades reales.
Aunque hay muchas teorías sobre cómo llegamos a este punto, la tecnología y el quiebre de la unidad familiar son los que más figuran como culpables.
La soledad es distinta para alguien que tiene una relación con Jesús que para alguien que no la tiene. Él nos prometió que nunca nos dejará ni nos abandonará (Hebreos 13:5). Él está siempre con nosotros, y si nos acercamos a Él, Él se acercará a nosotros (Santiago 4:8). Si bien recordar esto implica un cambio radical a la hora de lidiar con la soledad, no deja de ser difícil.
El punto de partida es reconocer que te sientes solo y que eso te duele. En lugar de combatirlo, acéptalo. Isaías 45:3 dice: «Te daré tesoros escondidos en la oscuridad, riquezas secretas. Lo haré para que sepas que yo soy el Señor, Dios de Israel, el que te llama por tu nombre» (ntv).
Aventuro una posibilidad: ¿Pudiera ser que la soledad constituya una magnífica invitación para conocer mejor al Señor? Dios nos creó para compartir, para convivir y conectarnos con otras personas, pero a veces atravesamos temporadas de soledad. Allí hay algo que descubrir, o sea, la cercanía con Jesús y la paz que nos transmite el saber que Él nunca nos abandonará.
Una vez que abrazamos la soledad y dejamos que profundice nuestra relación con Jesús, también puede ser útil buscar cosas prácticas que nos permitan labrar relaciones comunitarias. Es verdad que puede costarnos tiempo y que quizá nos saque de nuestra zona de confort, pero vale la pena. Y si somos constantes en nuestra conexión con el Señor, podemos aprender a relacionarnos con las personas que entran y salen de nuestra vida hasta encontrar a las más valiosas, aquellas que se quedarán a nuestro lado.
Aunque estas pocas palabras no logran captar todo lo que abarca ese recorrido, lo que quiero decir es que si te sientes solo o sola, no te asustes. Si tienes a Jesús, la soledad no es tema. En el sosiego encontrarás un regalo.
Marie Alvero ha sido misionera en África y México. Lleva una vida plena y activa en compañía de su esposo y sus hijos en la región central de Texas, EE.UU. ■
Marie Alvero
AMIGO DE JESÚS
Samuel Ouvinte
Jesús dijo: «Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando» ( Juan 15:14).
Nuestras prioridades en la vida deben ser amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y mente, amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:37–39) y buscar primeramente el reino de Dios y su justicia (Mateo 6:33). A pesar de ser el creador del universo, Dios quiere tener una relación personal con cada uno de nosotros. Desea que lo adoremos en espíritu y en verdad (Juan 4:24). Podemos hacerlo comunicándonos con Él en oración, leyendo y obedeciendo Su Palabra y sometiéndonos a Su voluntad.
Debemos estar agradecidos por las muchas bendiciones que recibimos (Salmo 103) y alabarlo por Su fiel amor y cuidado y por Su presencia constante en nuestra vida.
Cantar canciones que glorifican a Dios es una estupenda manera de alabarlo. Me acordé del himno que dice: «Oh, qué gran amigo es Cristo. Él llevó nuestro dolor. Nos ha dado el privilegio de buscarlo en oración».
Si aún no has reconocido en Jesús a tu Salvador, puedes hacerlo mediante la siguiente oración:
Jesús, sé que eres el Hijo de Dios y que moriste en la cruz por mí para que a través de Tu muerte y resurrección pueda vivir para siempre contigo en el Cielo. Te pido que perdones mis pecados. Te abro la puerta de mi corazón. Te ruego que me llenes de Tu Espíritu Santo y me ayudes a llevar una vida que te glorifique. Guíame y ayúdame a seguirte. En Tu nombre te lo pido. Amén.
Cuando era joven, una de mis maestras me dio una tarjeta con una imagen de Jesús. En el reverso escribió: «Sé siempre amigo de Jesús». Más adelante aprendí una canción que aún recuerdo y que dice: «Soy feliz, Señor, porque Tú estás conmigo. Caminas a mi lado, mi mejor amigo».
Jesús dijo: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo» (Apocalipsis 3:20). Desde que pedí a Jesús que entrara en mi vida, siempre me he esmerado por ser amigo de Jesús. Él vino para que tengamos vida en abundancia ( Juan 10:10).
Samuel Ouvinte es escritor, traductor y profesor de inglés de nacionalidad brasileña. Él y su mujer han colaborado como voluntarios en misiones y actividades filantrópicas en varias ciudades del Brasil. ■
RESPUESTAS
DE DIOS
Así contesta Dios en la Biblia a todo lo negativo que nos decimos interiormente.
Dices: «Es imposible».
Dios dice: «Para Mí, todo es posible» (Mateo 19:26).
Dices: «¡Qué agotamiento tengo!»
Dios dice: «Yo te daré descanso» (Mateo 11:28-30).
Dices: «Nadie me quiere».
Dios dice: «Yo te amo» ( Juan 3:16 y Juan 13:34).
Dices: «No aguanto más».
Dios dice: «Te basta Mi gracia. Estaré a tu lado en la angustia» (2 Corintios 12:9 y Salmo 91:15).
Dios dice: «No te desampararé, ni te dejaré» (Hebreos 13:5). ■
De Jesús, con cariño
Siempre contigo
Siempre estoy contigo, Mi presencia te rodea, voy delante de ti y nunca te dejaré ni te desampararé (Deuteronomio 31:8). Incluso en esos momentos en que la soledad te asedia y te parece que no tienes a nadie, y en momentos en que no percibes Mi presencia, Yo estoy tan cerca de ti como lo he estado siempre y sigues siendo la misma persona especial para Mí que has sido siempre. En cualquier momento puedes traerme todas tus preocupaciones en oración y hallar el descanso que te prometí para el alma (Mateo 11:28–30).
Yo me valgo de las dificultades que experimentas para que te acerques a Mí y comprendas la necesidad que tienes de Mí. De no enfrentar penalidades y contratiempos, tu fe no se fortalecería y no aprenderías a confiar en Mí y en las promesas que te hice en Mi Palabra. En tus momentos de apuro aprendes a buscarme de todo corazón, y es justamente en esas circunstancias cuando me encuentras ( Jeremías 29:13).
Recuerda que estoy siempre contigo, hasta el fin del mundo (Mateo 28:20). Soy tu buen pastor que te escolta cuando atraviesas los más oscuros valles de tu vida. Te guío y conforto tu alma (Salmo 23:1–4). Por eso, tráeme todos tus afanes y déjame que Yo cargue con tus preocupaciones, quebrantos y cuidados al tiempo que hallas tu reposo en Mí. Que Mi Palabra te proporcione la paz, la esperanza y la sabiduría que procuras para cada etapa de tu vida. En Mí encontrarás todo lo que te hace falta (Salmo 23:1 ntv).