Skip to main content

Detrás de los cerros

Page 1


Detrás de los cerros

Ricardo Tres Cuervos

A las diosas oscuras y a los padres del terror, esta minúscula ofrenda.

Miguel siempre había querido vivir en Guanajuato. Desde su primera visita a los doce años le fascinó la ciudad. Sus casitas amontonadas entre los cerros le dejarían una vívida impresión. Le había parecido que era una ciudad de juguete. Sin embargo, no fueron los colores lo que más le había maravillado en esa primera infancia, sino las sombras. La noche anterior ese recuerdo había vuelto en forma de sueño.

De vez en cuando, Miguel recuperaba sus recuerdos con tanta precisión y nitidez como si volviera a vivirlos. Sentado bajo la sombra de las altas jacarandas esperaba a su amiga, Bibiana Balbuena. Durante sus andanzas cotidianas por la ciudad, solía descansar un rato en el jardín del Cantador y esos momentos se prestaban fácilmente a la memoria y a la nostalgia. Por encima de las copas de los árboles se veía el lento avanzar de las nubes, perezosas como ballenas.

Acostumbrado a habitar en la península toda su vida, Miguel sabía del calor húmedo, del viento salobre y de los colores azules del Caribe; pero nada de aquello lo impresionaba ya. Por ello, una vez que terminó sus estudios, buscó a toda costa salir de Yucatán. Incluso antes de saberlo conscientemente, en su mente ya sabía hacia dónde se dirigirían sus pasos.

Cerró los ojos y evocó de nuevo aquella primera vez. Aún podía sentir el aire frío impregnado del olor a tierra mojada, que se había mezclado con el vaho del café servido en el termo de su padre mientras manejaba.

– Detrás de los cerros está la ciudad, Migue, después de atravesar el túnel podrás verla.

Miguel sintió como si sus oídos se destaparan, producto del cambio de presión al cual aún no se acostumbraba en esa época. La oscuridad se cerró alrededor del vehículo y sólo se escuchaba el vibrar de las llantas bajo el asfalto, pero era como si vibrara todo su cuerpo por dentro. La luz al final del túnel crecía y ¡bam! Después de un ligero estallido, era como si el viejo automóvil hubiera travesado a otra dimensión. La realidad golpeó los sentidos de Miguel: volvieron los sonidos, regresó el olor del aire fresco y un pálido sol acariciaba ligeramente la cañada haciéndola resplandecer a todo color. Miguel nunca olvidó esa impresión, se esforzó en buscarla en otros lados, jamás la encontró.

Una vibración en su mano lo trajo de nuevo a la realidad. Recibía un mensaje de Bibiana en su celular: “Llego en cinco minutos, no desesperes. Tengo un recado y noticias”. Bibiana siempre era muy críptica y cuidadosa con lo que mencionaba por medios electrónicos. Periodista desde siete años atrás para un periódico

estatal, era sumamente desconfiada en dejar escrito algo comprometedor en cualquier forma, menos en sus notas.

Miguel observaba desde el jardín el ir y venir de las personas. Para quien haya visitado la ciudad de Guanajuato, sabrá que el Cantador es un espacio delimitado por dos calles paralelas que se bifurcan a partir de una sola vía para volverse a unir unos metros más adelante. Las calles guanajuatenses son curiosas pues obedecen, como en ciertos lugares, a la geografía caprichosa. En su extremo occidental el jardín limita con la llamada Plaza de las Ranas, mientras que, en el extremo oriental, prosigue la vialidad o bien, subiendo por una pequeña colina mediante la calle de Pardo o bien, puede adentrarse hacia el túnel Tiburcio Álvarez. Bibiana llegó por la calle de Pardo.

– Vamos por un café aquí enfrente, que necesito mucha energía. Ando tras algo grueso – dijo a forma de saludo.

– Antes de que se me olvide, ¿cuál es el recado? – dijo Miguel señalando con la mano la banca en la que estaba sentado. Bibiana se sentó y prosiguió a encender, con mucha habilidad, un cigarrillo.

– El cuerpo que encontraron en el boulevard Diego Rivera… lo tiene Pegueros en su refrigerador, Jiménez quiere que vayas a echarle una mano con algo que traía encima. Aspiró profundamente dos o tres veces.

Nicolás Pegueros es el médico legista encargado del SEMEFO a nivel estatal, una figura eminentísima en su profesión y una celebridad en la región. Jiménez es uno de los muchos médicos que hace el trabajo real por el cual Pegueros recibe premios y felicitaciones. Jaime Jiménez es amigo común de Bibiana y de Miguel, en ocasiones le pide ayuda a éste para identificar residuos químicos o biológicos que encuentran en los cadáveres que les llegan.

¿Y por qué no me mandó mensaje?

– Le dije que venía a verte, lo acabo de dejar en la Alhóndiga y nos pareció más rápido

– Vale, al rato le escribo, iré después de la clase de 6.

– Ahora sí vamos por ese café, no me hagas esperar más.

Cada quién tomó su mochila y caminaron hacia el centro comercial que se ubica frente al jardín; ahí en un atrio se encuentra un carrito donde venden una pretensión de café. Ordenaron y se sentaron en una de las pocas mesitas en medio del ir y venir de la gente. En lo público del lugar, encontraron un buen refugio para que su conversación pasara desapercibida.

Bibiana contó algunos detalles escuetos acerca del caso en el que estaba trabajando, nunca hablaba mucho sobre asuntos importantes y cuando alguien le preguntaba, simplemente respondía con un: “ya lo leerás en la próxima nota”. Así convencía a cualquiera de que debía comprar el diario para el que trabajaba. Hablaron de asuntos sin importancia, armaron planes para verse más tarde en el centro y luego cada quién salió por un extremo del centro comercial.

Miguel caminó hacia el túnel, eran las dos de la tarde, debía llegar a comer y a prepararse para regresar puntual para la clase de la tarde. Quien haya estado en Guanajuato sabrá que, si uno se ubica en las zonas adecuadas, no necesita un vehículo para moverse. Para ahorrar tiempo, decidió tomar el túnel y así salir por la calle subterránea, para llegar a cielo abierto en el jardín de la Unión, el corazón triangular de la ciudad.

II

Mientras sus pasos comenzaban a resonar en el túnel, recordó su sueño. Cuando Miguel llegó a la ciudad, algunos años atrás, disfrutaba mucho caminar por los túneles. Hizo las fotos consecuentes en los puntos más estéticos de la calle subterránea, visitó las minas alrededor de la ciudad y hasta tuvo la oportunidad de explorar algunas de ellas, de forma turística, claro.

Jiménez le había invitado varias veces a que fuera con él y con su grupo de aficionados trepacerros a buscar las cuevas alrededor de la ciudad. Así se había familiarizado con varios de los montes y zonas: La Bufa, la más famosa; La Sirena, El Meco, El Hormiguero, la cuenca de la Esperanza, la Sierra de Santa Rosa. Con todo y la experiencia del grupo, en la mejor de las ocasiones apenas si habían dado con algún recoveco prometedor, pero habían llegado tan cansados, que optaban por no entrar.

El ruido de un auto lo había sacado de sus pensamientos. Había avanzado buen trecho, pero el túnel Ingeniero Tiburcio Álvarez era de una longitud considerable para un peatón citadino. Conforme Miguel había ido teniendo que recorrer los túneles más por necesidad que por gusto, la magia se había ido desvaneciendo. La novedad fue sustituida primero por el asombro, luego la curiosidad y al final, sólo quedaba la costumbre.

Pero no paró ahí, Miguel fue descubriendo que conforme pasaba más tiempo en los túneles, poco a poco generaba ansiedad, luego la angustia y, si no alcanzaba a salir en ese momento, venía el miedo. Eso dependiendo del tiempo que durara en el túnel y, resultó, que en Guanajuato había túneles realmente largos.

Miguel volteó a ver su reloj, apenas hacía cinco minutos que había entrado, pero se sentía como una eternidad. Volteó hacia atrás y vio la entrada algo distante, aunque hacía adelante todavía no veía la intersección que usaba como marca de su recorrido. Otro auto interrumpió nuevamente su preocupación.

Algún tiempo atrás había descubierto que las luces de los vehículos generaban un efecto visual interesante en los túneles. Era como una burbuja luminosa que pasaba por la arteria petrificada. La luz recorría rápidamente las siluetas de la piedra irregular del techo y las paredes. Volteó hacia el techo, pero el auto ya iba muy adelante de él. Los vehículos eran como hormigas moviendo bolas gigantes de luz en las entrañas del cerro. Observar este artificio le tranquilizaba un poco. El silencio volvió y sólo se escuchaba el murmullo de las gotas que escurrían cerca de ahí.

No es raro ese sonido gutural dentro de los túneles. Cualquiera que haya caminado por estas vías subterráneas, habrá visto que en los cerros guanajuatenses hay escurrimientos y varias de las galerías subterráneas de la ciudad se caracterizan por tener zonas en las que hay goteras de tamaño variable: a veces una gota tímida que se había abierto paso por la dura roca; en otras zonas, verdaderas regaderas que delatan haber atravesado una piedra más porosa y permisiva.

Como sea, es de ley que, en algún punto, el peatón se puede ver sorprendido por una gota pícara y fría que golpea su cabeza y se desliza furtivamente cayendo hacia la nuca o peor, el cuello o la espalda. En alguna ocasión, Miguel había escuchado decir a un niño, en medio de un paseo escolar, que era agua que escurría de los baños de las casas arriba de los cerros. Algunos rieron, pero otro replicó: “No seas tonto, es baba de roca”.

Miguel se rio ante la posibilidad de aquellas teorías y cruzó, por fin, la intersección que le marcaba el primer tramo de su camino. Ahí, el túnel Tiburcio Álvarez se cruzaba con una vía que entraba de la calle subterránea y seguía, perpendicular al túnel, hacía la zona de Pozuelos. Puso atención a los vehículos que se hacían nudo ante la ausencia de un semáforo y siguió derecho. El ruido de los motores y de más peatones, que habían entrado a la vía subterránea en ese punto, lo tranquilizaban. El recorrido que tenía enfrente era el que le parecía aún más largo.

Quién haya estado en Guanajuato sabe que es una ciudad que se recorre sin problema en las tres dimensiones: hay un adelante y atrás; hay izquierda y derecha; pero también es posible subir y bajar. Es común escuchar en las indicaciones a los turistas perdidos: “Tome esa calle y sígala hasta que suba” o “baje por este callejón hasta llegar a tal”. En el laberinto subterráneo de galerías excavadas en el cerro, también había posibilidad de subir o bajar. La siguiente marca de su recorrido personal era una bifurcación, donde una de las vías sube hacia la parte de atrás del

teatro Juárez. Ante el recorrido que le esperaba, Miguel suspiró, era ya una eternidad.

Miró su reloj de nuevo y, aunque no había pasado mucho tiempo, apresuró el paso. Lo peor de esa zona en particular es que hay múltiples huecos en las paredes del túnel: se supone que son remanentes del proceso de excavación, se abren como bocas oscuras dispuestas a tragarse a cualquier presa incauta que camine cerca de ellas. Estas galerías son de diferente tamaño: algunas pequeñas, pasan desapercibidas en las paredes irregulares; otras son grandes como para meter una pequeña casa dentro. De hecho, algunas similares en otros túneles han sido aprovechadas como estacionamientos improvisados. Todas tenían en común que nunca están lo suficientemente bien iluminadas. En las panzas de los cerros no hay día.

Miguel apresuró el paso aún más, comenzaba a sentir que la ansiedad se apoderaba de él. Respiró, volteó atrás y descubrió que la intersección ya había quedado a una distancia considerable. Hacia adelante, divisó la bifurcación. Cuando la alcanzó, tomó la vía hacia arriba, aliviado, sabía que, al dar vuelta a la curva rocosa frente a él, estaría la salida del túnel… ya se escuchaban los autos que pasaban hacia la calle exterior y casi podía ver la luz del sol asomada en la piedra.

Siguió la curva y el brillo de la tarde guanajuatense golpeó sus ojos. Suspiró y hasta se dio la posibilidad de reducir el paso para reponer el aliento. Salió del túnel, se encontraba atrás del Teatro Juárez. El bullicio de los turistas volvió y el sonido de los motores volvía a sonar naturalmente, no como los rugidos del interior del túnel. Siguió el andador lateral al teatro y se encontró en el Jardín de la Unión. De ahí, subiría por los callejones hasta su departamento. Miró el reloj, su trayecto subterráneo apenas había durado quince minutos.

III

Pensando en las actividades que tenía por delante, subió rápidamente por los callejones. La ventaja de vivir en las alturas es la increíble vista que uno puede conseguir. Al entrar en su departamento, volvió a enamorarse de la ciudad con la visión panorámica que obtenía desde su sala de estar. Puso algo de música y se dirigió a la cocina para calentar algo rápido. Mientras comía, decidió que no volvería a la escuela por el túnel, decidió que tomaría el transporte público y se ahorraría también la caminata.

Se acordó de enviar un mensaje a Jiménez y convinieron en que se encontrarían en la explanada de la Alhóndiga a las 8:30 de la noche. Quien haya vivido en Guanajuato sabrá que los monumentos son puntos importantes de referencia y de encuentro. La fiscalía, donde se encontraban las instalaciones del SEMEFO, estaba a unos metros de distancia del edificio colonial. Las clases de Miguel terminaban a las 8, así que tendría tiempo suficiente para desplazarse. Por otro lado, Jiménez trabajaba jornada completa, de 8 a 8 y a veces hasta más, dependiendo del trabajo. La tarde transcurrió tranquilamente en el sopor de la calma guanajuatense de finales de junio. Los días eran largos, pero la temporada de lluvias ya había iniciado. El profesor Miguel S. Núñez estaba terminando su tercer semestre como profesor titular en la Facultad de Química de la universidad local. Después de titularse como Ingeniero Bioquímico, había hecho estudios de posgrado en investigación. Su currículum, aunque impresionante, no le había garantizado acceso inmediato a la élite académica de la Universidad Cuevanense. Con todo, se sentía contento con el estado actual de su vida.

Al terminar las clases vespertinas, la noche comenzaba a cubrir la cañada guanajuatense mientras la ciudad encendía sus luminarias llenando los cerros de lucecitas que se extendían hacia el horizonte. Miguel salió de la facultad y caminó hacia el centro. Evitó los túneles. A diferencia de la caminata de la tarde, ahora podía ir con más tranquilidad, la frescura de los árboles y las piedras hacían agradable el recorrido. La brisa ligera traía olores distantes, incluyendo ese característico olor a tierra húmeda. El profesor dejó que su mente deambulara en la química vegetal mientras sus pies seguían en automático el camino ya conocido.

Jiménez lo saludó al acercarse. Estaba sentado cómodamente en la barda de piedra que rodeaba la plaza cívica a los pies de la famosa Alhóndiga de Granaditas, edificio histórico de la época colonial que nunca había almacenado granos, como se suponía, pero si mucha sangre cuando fue campo de batalla en la Guerra de Independencia. Nada de eso importaba ya. Miguel sacó una mano del bolsillo de su rompevientos y respondió el saludo de Jiménez.

–¿Qué rollo, mi Yuca? ¿Qué dicen los universitarios?

–¡Hola, Doc! Definitivamente más ruidosos que sus pacientes.

Jiménez y Miguel sentían la complicidad de ser foráneos en las ásperas tierras guanajuatenses. El médico era originario de Veracruz, así que además de todo, su carácter de la costa coincidía en varios aspectos.

–Ni me digas, que acá es el jefe quien trae un ruidazo. Le urge que saquemos unas carpetas que se nos han estado complicando.

–Sí me dijo Bibiana. Dijo que tenías algo para mí.

–Efectivamente, mi Yuca. –Mientras hablaba, se descolgó su mochila y extrajo de ella un frasco estéril con una muestra–. Ya lo corrimos en las pruebas habituales, no es nada usual. Puso el frasco frente a los ojos de Miguel y lo movió lentamente de un lado a otro a contraluz. El líquido semitransparente y viscoso respondió perezosamente al movimiento.

–Podría ser cualquier cosa, Jiménez.

–Mira, te paso el resultado de las pruebas. Es orgánico, tiene pH ácido, es corrosivo, pero solamente si se activa, su densidad es mayor a 1 y tiene una temperatura mayor a las condiciones normales. Observado al microscopio no contiene rastro celular. –De su mochila sacaba unos papeles de entre las carpetas trasijadas. Miguel guardó la muestra en el bolsillo exterior de su maletín. Acomodó las hojas entre sus papeles y libros y cerró todo. Mientras acomodaban sus cosas, Miguel preguntó:

–Oye y, ¿de qué parte del cuerpo salió la muestra?

–No me lo vas a creer. Es un recuperado subdérmico, pareciera como si se lo hubieran inyectado antes de todo lo demás.

–¿Todo lo demás? ¿Pues qué no fue atropellado?

–Nooooo, mi Yuca, te quedaste con lo que dijeron en las noticias. Nada de eso. El cuerpo tenía marcas de alguna especie de tortura, estaba deshidratado y tenía adelgazamiento muscular, llevaba días medio muerto, es curioso, es como si lo estuvieran momificando, pero vivo.

–¡¿Cómo que momificando?!

–Si vas a querer todos los mórbidos detalles vas a necesitar unas cinco chelas encima, así como eres. Mejor hasta te invito un mezcal o algo más fuerte. Además, no se puede hablar de eso en la calle – y volteó a ver hacia todos lados. – Bibiana me dijo que quedaron de verse en “Los Coyotes”, así que, ¿por qué no les acompaño y sirve que me olvido un rato de la chamba? ¿Cómo ves, mi Mike?

– Pues vamos, nomás no me cuentes lo más grueso o no podré dormir.

IV

Hay una especie de ruido blanco en los oídos de Miguel. Una de las lámparas de luz blanca en el techo parpadea. Miguel está sentado frente a la computadora de su laboratorio, observa la pantalla, pero no entiende qué está viendo. La espalda tensa, la nuca doblada tratando de sujetar la cabeza que cada vez pesa más a causa

de las ideas que corren, primero lento, luego rápidamente, como en círculos, dentro de ella. La mano aprieta el mouse con fuerza e imprime presión también sobre la mesa debajo. Nada en los resultados de la muestra tiene sentido.

Afuera, el cielo va oscureciendo más rápidamente. Es tarde, hay silencio. Seguramente el profe Miguel es el único que queda en su edificio, quizá en dos o tres edificios a la redonda. Las clases han terminado hace unas dos horas y el ruido de los afanadores aseando los salones contiguos ha cesado hace ya un rato. Nada tiene sentido bajo la noche que se cierne.

De pronto, una idea nace de entre el remolino mental de Miguel. Coge el celular y toma fotos de la pantalla. Envía un mensaje a Jiménez: “No tiene sentido”. Esperando que Jiménez pueda interpretar de la misma forma los resultados que han obtenido las máquinas del laboratorio, Miguel espera. El mensaje no ha sido entregado. “Contéstame, por fa”. Sabe que la súplica es ociosa.

De entre las ideas que siguen girando como en una especie de batidora, comienza a formarse una masa, semi congruente: la sustancia es alguna especie de secante ácido que sólo se activa en ciertas circunstancias, además podría tener efectos sedantes o alucinógenos. No reacciona con la capa subdérmica, porque ésta es lipídica mayormente… por eso no se activó... ¡Pero es un compuesto proteico! Si esa sustancia logró llegar al interior del cuerpo… no sólo lo deshidrató, sino que debió comenzar una reacción en cadena de disolución… La cabeza de Miguel da vueltas… sólo una sustancia conocida, pero mucho más simple es capaz de dar estos datos, estos efectos… Miguel piensa en las hormigas.

Los ojos de Miguel duelen y se da cuenta de que los ha abierto desmesuradamente. Lo que tiene ahí mismo en su laboratorio es un arma biológica de gran ingeniería. No tenía noticia de algo así. Miguel desespera: “Contéstame, Jiménez, esto es urgente”. Sabe que sigue siendo inútil porque los mensajes no se han entregado. Opta por viejos métodos, presiona el ícono de llamada. Se pone el celular al oído, no da tono, la llamada se cuelga en automático pues no hay señal en el receptor.

–¡Carajo, Jiménez!

Miguel imprime unas hojas con los resultados. Una voz en su mente le dice: “¡Borra, esconde, guarda!” Aún con el remolino de ideas, la voz suena convencida, así que obedece. Imprime otro tanto de hojas, limpia todos los archivos de la computadora, toma lo que queda de muestra y la mete en un termo limpio que guarda en su casillero. Después, se deshace de todos los residuos en las máquinas del laboratorio. Duda un poco, dobla las hojas y las mete entre un altero de trabajos pendientes de revisar. Los deja en un cajón del escritorio asignado para él en el laboratorio, bajo llave. Toma el juego restante, lo coloca en su maletín, recoge su chamarra y sale del laboratorio apagando todo rápidamente.

Sale del laboratorio y el edificio está vacío, es casi el fin del semestre. Recorre pasillos y escaleras, todos vacíos. Atraviesa el campus (la facultad está en la ladera de un cerro) y el frescor de los árboles le da una sensación de irrealidad, como si estuviera en una especie de película o sueño. La noche se ha cerrado sobre la ciudad. Algunas nubes relampagueantes se acercan. En su recorrido, Miguel continúa sus llamadas desesperadas a Jiménez con los mismos resultados. Tendrá que irlo a buscar a la fiscalía. Sale de la facultad y voltea a todos lados, tardará más esperando el autobús o un taxi.

La fiscalía está cerca, realmente, sólo tiene que atravesar la zona del parque conocido como Pastitos. Quien haya visitado Guanajuato sabrá que la vía de entrada al centro de la ciudad pasa por el antiguo lecho del río, que ahora fluye, constreñido mediante obras hidráulicas, por debajo de la ciudad. Las antiguas zonas de la rivera dieron origen al parque en cuestión. Después del parque sólo tiene que… atravesar un túnel. Pequeño, pero subterráneo, a fin de cuentas. Es la vía más rápida.

Miguel camina rápidamente por entre las personas. La mochila le pesa, no sabe si a causa del cansancio o a causa de las muchas hipótesis que carga sobre la muestra. Jiménez no responde y los mensajes enviados siguen sin llegar. Piensa en Bibiana, le marca y ella atiende después de tres timbrazos:

–¿Qué pasó? ¡No me digas que nos veríamos hoy! Aún no me recupero de las chelas de anoche en Los Coyotes.

–No, no es eso. ¿Jiménez se ha comunicado contigo?

–En la mañana hablé con él, antes de que fuera al trabajo.

–Le estoy marcando y no me responde, le mandé mensajes y no le entran. ¿Sabes si tenía alguna comisión hoy? Me urge encontrarlo. ¿Tú dónde estás?

–En la redacción, dónde más. Mira, si está trabajando, tendrá que regresar a su oficina en algún momento, no creo que esté en su casa y no responda.

–Precisamente voy a la oficina… tengo que decirle sobre la muestr…

–¡Shhhhhhhhhhh! No digas nada por aquí. Mira, déjame hablar con unos conocidos míos y suyos a ver si lo ubico; repórtate más tarde conmigo.

–Está bien. Nomás te digo, que aquí hay algo muy macabro.

–¡Ya, ya! No seas miedoso, Mike. Todo aquí es turbio siempre.

–Voy a atravesar el túnel, al rato te aviso.

No es que el túnel interrumpiera la señal, es que Miguel se sentía nervioso. El túnel en cuestión mide sólo unos 300 metros. Atravesarlo, le ahorra al peatón una vuelta

de 10 o 15 minutos de recorrido. Miguel no tiene ninguna razón real para temerle al túnel, pero algo dentro de él se agita desesperadamente como una presa tratando de escapar del depredador. Miguel se arma de valor y cruza el umbral. Se escucha el continuo goteo de los escurrimientos. Hay pocos vehículos circulando, pero en sus oídos resuena el bramar de los motores como si viniera de su propio corazón. Sólo hay dos lámparas del alumbrado público encendidas.

Apretó el paso. Una gota fría cayó en su frente, en lugar de limpiarla con la manga, la limpió con los dedos desnudos, eso no era agua, era más espeso y un poco pegajoso. Volteó instintivamente hacia arriba, la oscuridad devolvió la mirada. El pavor le hizo sudar frío, no distinguía el techo del túnel. Casi choca con un señor que venía de frente. Trató de controlar los nervios. Pasó justo por enfrente de una de las cuevas laterales, le pareció ver un brillo entre las sombras. Caminó más rápido y salió de nuevo a la noche urbana. Sentía como si hubiera escapado de las tenazas de la oscuridad.

La fiscalía está a unos metros de la salida del túnel. Ocupa un viejo edificio acuartelado: paredes de piedra con torreones intercalados delimitan el perímetro, hacia el fondo, un edificio de cantera. Hay dos entradas: una pretende ser moderna y renovada, es la entrada oficial. La otra es una especie de entrada de estacionamiento. Siempre hay patrullas estacionadas afuera.

Miguel era conocido no sólo porque ayudaba a Jiménez, sino que regularmente era requerido por otros médicos debido a sus conocimientos muy específicos. En dos o tres ocasiones desde que había comenzado a colaborar, sus pistas habían ayudado a resolver ciertos casos.

Se adelanta hacia la entrada del estacionamiento y saluda al guardia de turno, ¡qué suerte! ¡Es un conocido de Jiménez!

–¡Profe Miguel! ¡Qué hay, qué dice!

–Buenas noches, Gonzalo, ando buscando al Doc, ¿tú lo has visto?

–Me parece que salió a recoger muertito, pero no ha de tardar ya. Pásele a la oficina, si no le da miedo, ahí lo puede esperar.

Miguel decide ignorar la alusión al miedo, sabiendo que aún tiene la piel erizada por el túnel. Aun cuando está agitado por la caminata, siente como si algo le respirara frío en la nuca. De alguna forma, le tranquiliza saber que Jiménez estará de vuelta pronto.

Mientras atraviesa el estacionamiento, vuelve a repasar los resultados de los análisis. Rodea la gran mole de roca que es la fiscalía y continúa hacia atrás, hacia la morgue, que ocupa un edificio pequeño aledaño, cuya espalda está ya en la base del cerro. Enfrente de la morgue hay una carroza de funeraria estacionada, ni un

vehículo más. La carroza está vacía, asume que los empleados han ido a fumar mientras esperan que llegue alguien.

Atravesando el vestíbulo encuentra la oficina de Jiménez, separada de la sala de autopsias apenas por un pasillo y una puerta doble, como las de los quirófanos. Ya no hay nadie en la recepción. Atraviesa los escritorios de entrada entre el olor de los antisépticos y la parpadeante luz blanca omnipresente. Atraviesa el pasillo y antes de entrar a la oficina, escucha voces en la sala de autopsias. Pensando que Jiménez ya estaría de regreso, gira y se dispone a abrir la puerta. Escucha una voz desconocida, dura y fría, se detiene a tiempo. Observa por las ventanillas. Siente como si de pronto alguien hubiera abierto la puerta desde el otro lado y le hubiera golpeado la cara; la escena que presencia le impacta contundentemente.

V

Tres tipos rodeaban la mesa de autopsias, vestían el uniforme de la funeraria, pero era claro que no era más que un disfraz: dos de ellos sujetaban las extremidades de un cuerpo que parecía demasiado ligero, daba la impresión de ser carne seca, los músculos estaban disminuidos y había lugares donde la piel se pegaba directamente al hueso. Los hombres amarraban unas cuerdas en los pies del cadáver, que parecía tener una abundante cabellera apuntando hacia la puerta desde donde Miguel observaba.

Otro hombre estaba doblado hacia el cuerpo como si observara algo en el torso con mucha minuciosidad, pero se advertía cierto horror en su rostro a pesar de la concentración. El cuarto hombre era el que estaba más cerca a la entrada y el que poseía la voz dura y fría que había mantenido clavado a Miguel en su sitio, contemplaba la escena de espaldas a la puerta. Mantenía las manos en la espalda y en una de ellas sostenía un cigarro de olor peculiar. Éste seguía hablando:

–… ahora tenemos que ver si la colonia aún acepta la ofrenda o, de lo contrario, tendremos que buscar un reemplazo. Si esto sucede, serás tú, Olvera.

El interpelado, que era quien estaba inclinado sobre el cuerpo, volteó a ver al hombre de la voz fría con más miedo aún y respondió:

–Pero, jefe, en serio no supe cómo fue que se escapó y menos cómo logró llegar. Hay al menos cinco kilómetros de distancia desde el altar en el cerro hasta la carretera. Además, no creo que yo sea buena ofrenda para la colonia.

–Serías buena ofrenda para mí, Olvera, no te confundas. Date prisa y dime si tienes una respuesta de la colonia.

Olvera volvió la vista hacia el tórax del cuerpo mientras los otros dos se reían por lo bajo y, de pronto, de entre las costuras hechas en el cuerpo por la necropsia, empezó a brotar una especie de fluido grumoso de color rojo, con tal fuerza que el cuerpo parecía vibrar y convulsionar. A causa del movimiento violento, la cabeza del muerto cayó hacia atrás y unas cuencas vacías y oscuras como túneles voltearon a ver a Miguel, la boca, ensangrentada profería un grito perpetuo que no podría escucharse ya.

El profesor apenas pudo taparse la boca con fuerza, cayó hacía atrás presa del horror. Sintió como si un rayo le recorriera el cuerpo y percibió el rostro, las manos, la cabeza y la espalda empapadas de sudor viscoso y frío. Afortunadamente, el ruido que hizo en el pasillo fue opacado por una especie de chirrido que provenía de la sala.

Miguel trató de sobreponerse rápidamente, se levantó y siguió observando por la ventana impulsado por una malsana curiosidad que provenía del miedo. El chirrido que había escuchado era el movimiento de una polea que pendía del techo sobre la mesa y de la cual ahora estaba suspendido el cuerpo.

Lo que Miguel confundió con liquido rojo eran en realidad miles de hormigas rojas que ahora se movían en círculo sobre el acero brillante de la mesa de autopsias, algunas aún continuaban bajando del cuerpo por el cabello. Como si se tratase de una macabra parodia, el cadáver colgaba de los pies, amarrados juntos, y abría los brazos en cruz por acción de la gravedad.

–… al menos podemos recolectar el ámbar rojo para seguir con el ritual, pero será necesario encontrar otro cuerpo para la efigie. De eso te encargarás tú, Olvera, que no se te olvide que estamos limpiando tu desmadre.

El hombre de la voz fría ya se había acercado al cuerpo y con una navaja cortaba algunos de los hilos de las suturas. Se puso un guante de látex y metió la mano al cadáver, hurgó un poco y sacó algo que metió en un gran frasco.

–¡Carajo! ¡Estos idiotas limpiaron el cuerpo! ¡Lo dejaron vacío!

Hurgó un poco más dentro del cadáver.

–¡Es imposible! No hay nada más. Habrá que ver si esto nos sirve aún. Todo por tus tonteras, Olvera. No podemos hacer más, ya se echó todo a perder. Será mejor que lo dejemos aquí o nos podría echar a perder lo demás. Limpien todo.

Miguel estaba paralizado de asco y miedo, pero empezó a sentir un extraño hormigueo en la mano, que tenía recargada en el postigo de la puerta. Cuando reaccionó volteó a ver sus brazos y vio que una delgada línea de hormigas rojas recorría su mano, su antebrazo y subían por su brazo metiéndose bajo la manga de su camisa.

Ahora sí gritó y bastante. Palmoteando su brazo, trató de sacudirse los rojos insectos que ahora correteaban en todas direcciones. Todo pasó en un instante. Por si el grito no hubiera sido suficiente, el movimiento de Miguel hizo que la puerta de la sala de autopsias se abriera batiéndose hacia adentro y afuera. El profesor miró hacia adentro lo suficiente para vislumbrar el rostro iracundo del hombre de la voz fría volteando a verlo.

Miguel se incorporó y giró en redondo hacia la salida del edificio mientras se escuchaba el rugido: ¡¡¡AGÁAARRENLOOOO!!! El ruido de los zapatos golpeando el piso y corriendo hacia él le llegaba al profesor a sus espaldas. Sin detenerse a ver, corrió todo lo que sus piernas le permitían. Salió al patio de la fiscalía, caía una llovizna fina pero potente, y sus pisadas resonaban en los charcos formándose sobre la piedra húmeda del piso. Aprovechando lo resbaloso del suelo, Miguel patinó por debajo de la pluma de acceso al estacionamiento sin saber cómo. No había guardias.

Se levantó y siguió corriendo entre la gente que caminaba monótonamente por la concurrida calle. Miguel seguía sin voltear. Sus pasos lo dirigieron hacia el túnel por el que había llegado, pero cuando volteó a verlo, el grito silencioso del cadáver golpeó su memoria, trastabilló un poco, pero cambió el rumbo, siguió corriendo hacia una cercana parada de camiones, hizo señas y paró uno que estaba por partir.

Acostumbrado a las personas con prisa, el chofer apenas se detuvo lo suficiente para que Miguel trepara con rapidez los escalones del camión. Cerró la puerta y avanzó. Miguel caminó por el pasillo mientras el vehículo avanzaba, desde la última ventanilla, el profesor alcanzó a ver a los tres individuos trajeados, como los de las funerarias, que perseguían inútilmente al armatoste metálico en el que iba montado. VI

El profesor Miguel se desploma aliviado en el duro asiento del camión, mientras éste avanza brincando a gran velocidad por las calles guanajuatenses. El alivio dura poco cuando se da cuenta de que el vehículo gira enfilándose hacia otro túnel, hacia abajo. Aun cuando se siente más seguro en las entrañas del gigante metálico, no puede dejar de pensar ansiosamente en los peligros que acechan en la oscuridad.

Miguel ve su propio reflejo aterrado en el vidrio de la ventana del camión iluminado. Con la velocidad, la oscuridad del túnel avanza rápidamente, pero sigue siendo aterradora. Tras el cristal, sólo las luces dispuestas cada cierto tramo dan

cuenta del movimiento y de la distancia. De pronto, aparece una de las cavernas en el túnel, puede que lo haya imaginado, pero le ha parecido ver unos grandes ojos ovalados mirando desde la oscuridad. Un chasquido, como de pinzas, el camión rechina, frena un poco, pasa un tope y acelera. Han salido del pasaje, el centro de la ciudad queda atrás del cerro.

Con el aire fresco de la noche, algo de calma viene a la mente del profesor. De pronto, recuerda: ¡Bibiana! ¡Ella está en la redacción! Voltea hacia afuera y trata de ubicar el paisaje silvestre por el que avanza el camión. ¡Claro! ¡El camión va hacia el sur! A prisa, Miguel saca el celular y marca a su amiga, se da cuenta de que tiene varias llamadas perdidas de ella.

– ¡Bib! ¿Qué pasó? ¿Dónde estás?

– ¿Qué pasó contigo? – Su voz sonaba tranquila – Te estuve llamando para decirte que ya ubiqué a Jiménez. Andaba por los rumbos del periódico, fueron a otra encomienda dizque urgente.

– ¡No manches, Bibiana! Ni te imaginas lo que me sucedió. Creo que estoy en peligro, pero no sé realmente de qué. A lo mejor son solamente locuras.

– A ver, espérate, Miguel, ¿pues qué pasó? – Ahora sí sonaba preocupada.

– No te puedo contar por aquí, por si acaso, ¿pero entonces dónde estás? Yo voy saliendo del centro, ahorita pensaba tomar un taxi para la redacción. Necesito verte para que me ayudes a pensar mejor, dile a Jiménez que se lance contigo.

– Miguel, ya no estoy en la redacción. Precisamente me vine con Jiménez que va a la fiscalía y yo iba a buscarte a…

– ¡NO! ¡Dile a Jiménez que no vaya a la fiscalía! ¡Es peligroso!

– ¡A ver, espérate! ¡¿Cómo que peligroso?! ¡¿Qué pasó?!

– ¡Sólo dile que no vaya! ¡Detenlo antes de que entre! Yo… deja veo cómo vuelvo al centro, sólo ve por él y tenemos que encontrarnos en algún lugar seguro. ¡Pero rápido, primero detén a Jiménez! Ahorita te marco en 5 minutos.

– ¡Miguel, espérate! Mira, Jiménez anda con los ministeriales y con sus compañeros, no creo que nada malo le pas…

Pero Miguel ya había colgado.

El profesor analiza la situación rápido. Si Jiménez va a la morgue solo, está en peligro. Eso si los matones siguen ahí. También es probable que se hayan ido o que estén buscándolo. No sabe si vieron o no la ruta del camión al que se ha subido, pero sería una buena idea cambiar de dirección en algún lugar concurrido.

Está cerca de la central de autobuses… podría simplemente tomar alguno hacia destino desconocido, pero quizás no sería tan buena idea. Si estuviesen buscándolo, la central sería un buen lugar para empezar. Quizás regresar al centro de la ciudad era más ilógico y, por lo tanto, menos predecible.

El camión se acerca a una parada atestada. Son muchas las personas que transbordan ahí. El profesor no lo piensa más y aprovecha la oportunidad. Baja del camión, cruza la avenida por el puente peatonal y espera nerviosamente un camión en sentido contrario. Mira el reloj, apenas reacciona de la hora, seguro debe haber al menos un camión que lo regrese o podría tomar un taxi. De momento le parece que la multitud es su mejor cobijo.

Aparece un camión con la palabra “centro” escrita en el parabrisas, lo toma sin pensar. Con dificultad, se desliza hasta un asiento junto a la ventanilla. Revisa su celular: tiene un mensaje de Bibiana y varias llamadas. Abre el mensaje “Tengo a Jiménez, ¿dónde estás?”. Le marca:

–¡Wey, nos tienes muy preocupados! –Le creía, era raro que ella usara ese apelativo.

–No te apures, ya estoy un poco más tranquilo. No sé qué fue lo que vi, pero creo que es algo muy grueso y peligroso. ¿Entró Jiménez hasta su oficina?

–No, lo alcancé en la puerta de la fiscalía. Le dije que estabas mal y sólo así optó por venir conmigo, aquí te está escuchando:

–¡Pinche, yuca! ¿Qué pedo, wey? ¿Qué es ese alucín que traes?

–Escúchame, Jiménez, fui a buscarte y vi algo que no debía. ¿Checaste las imágenes que te mandé?

–¡No he podido, wey! Primero por la chamba que al final se salió de control, luego por la Bibiana. Ahorita las checo.

–Okei, revísalas, pero vayan por favor a algún lugar seguro. Algo concurrido donde podamos vernos y hablar sin que nos noten.

–Ah, pues nos vemos en el café que está bajando el jardín de Embajadoras. Ese donde te llevé alguna vez a probar el chocolat…

–Sí, sí, ya sé cuál. Está bien, ahí nos veremos. Por favor, cuídense mucho. Si ven algo sospechoso… No sabía cómo terminar esa frase, por suerte, Jiménez replicó:

–Wey, es Guanajuato, aquí hay muchas cosas sospechosas. – Y se rio fuertemente; por otro lado, Bibiana le dijo:

–Ven con cuidado, Miguel. Acá te vemos.

Colgaron

Miguel volteó hacia la ventana.

El camión había tomado el rumbo del boulevard Diego Rivera. Quien haya visitado Guanajuato sabrá que la ciudad goza de varias áreas naturales bellísimas; una de ellas, sumamente famosa, es la del cerro de la Bufa. A mediados de la década pasada, el gobierno en turno decidió abrir un nuevo acceso al centro de la ciudad que atravesara dicha zona para dar una hermosa vista de bienvenida a los visitantes de la ciudad. A decir verdad, es un agradable recorrido silvestre que une la zona exterior de la ciudad con la zona histórica y, no podía faltar, el tramo final es a través de un túnel que atraviesa el corazón de uno de los cerros que limitan la cañada.

En medio del recorrido, el profesor Miguel se tranquilizó un poco. Atrás quedaban las luces de la ciudad mientras el colectivo se deslizaba suavemente por la ondulante cinta del asfalto en medio del monte. Las luces blancas iluminaban las mitades de los cerros entre los cuales pasaban. Algo resonó en la memoria del profesor.

En ese lugar, algunos metros más adelante es donde habrían encontrado el cuerpo cuya profanación presenció. Aún no podía entender qué había pasado realmente. Los hombres estaban hablando de rituales, ofrendas y altares. Algo que no pertenecía realmente a lo racional. Al principio, cuando se acercó, hubiera esperado escuchar sobre ejecuciones, secuestros, narcos o algo parecido, algo más real, más concreto, algo más cotidiano. Acostumbrado a la racionalidad, el sinsentido de lo vivido le molestaba profundamente.

El profesor veía a través de su propio reflejo. A lo lejos se perfilaban las sombras de los cerros más importantes. Él sólo reconocía el de La Bufa, por su peculiar forma, y el del Hormiguero que, desde aquella zona, parecía una enorme torre de piedra, una especie de chimenea paleolítica, sólo le faltaba humear. Miguel reparó en un detalle que no había visto antes: a los pies del cerro alcanzaba a ver pequeñas luces vacilantes alrededor de una piedra más o menos redonda que se erguía entre la vegetación. Como si se tratara de una oblea rocosa, estaba apoyada en otra piedra, también plana, pero no tan redonda y no tan grande. Ambas formas destacaban entre la oscuridad del paisaje.

Miguel parpadeó y las luces se habían ido. Pensó en si había imaginado o no aquello. Tendría que volver de día para ver mejor. Una voz lo sacó de su ensimismamiento:

– ¡Señores, señoras, una disculpa, hasta aquí llegamos! Al parecer ya nos cerraron el túnel y no alcanzamos a cruzar hasta el otro lado en el camión.

Las quejas se generalizaron entre los pasajeros. Miguel se sobresaltó. Le preguntó al señor que se había sentado junto a él:

– Oiga, disculpe, ¿por qué cerraron el túnel?

– Son las fiestas de San Juan. No hay circulación desde la presa hasta acá, porque todo está lleno de puestos y de juegos mecánicos. Al ver la cara de sorpresa de Miguel, el interlocutor pensó que era extranjero y continuó:

– Es como una feria, hay comida, juegos y espectáculos, es algo muy tradicional de la ciudad, aproveche a conocerlo. Además, sólo es cuestión de caminar por el túnel para llegar al otro lado.

El profesor se sobresaltó al escuchar sobre el túnel. Todos estaban comenzando a bajar del camión. Le dio las gracias al señor y esperó a los últimos pasajeros. Se acercó al conductor:

– Disculpe, ¿no hay otra forma de llegar al centro que no sea por el túnel?

– Pues… puede subir a pie por el cerro y bajar por el otro lado, llegaría directamente al paseo de la presa, pero tendrá que bajar algunos callejones peligrosos.

Miguel se quedó pensando.

– La verdad, joven, el túnel es más rápido y efectivo. No le tema, es de los más iluminados y ahorita hay mucha gente circulando.

– Sí, tiene razón…

– Aunque si va a la zona de Embajadoras, escuché que el túnel de pozuelos está abierto a la circulación. Puede preguntarle a los de los taxis que están ahí y chance uno de ellos lo lleva hasta allá.

El profesor vio otra oportunidad y la tomó. Agradeció al chofer y bajó del camión. Miró el reloj, se estaba haciendo tarde. Se acercó a un taxista y éste le dijo que en efecto aún había paso en otros accesos, pero tenían que apurarse porque había otros eventos en la ciudad y nunca se sabe en qué momento puedan o no cortar la circulación.

Se subió al taxi después de acordar con el conductor que se daría prisa para dejarlo lo más pronto posible. Quien ha recorrido Guanajuato sabrá que el rodeo que estaba dando Miguel con tal de no entrar al túnel, implicaba una distancia de varios kilómetros y al menos media hora de recorrido en el vehículo, siempre que no hubiera congestionamiento vial.

El viaje se le hizo infinito al profesor. Avisó a Bibiana que estaba bien, pero que había tenido que tomar vías alternas por las fiestas locales. Ellos aún estaban preocupados por Miguel, pero acordaron que lo esperarían hasta que estuvieran frente a frente para hablar mejor. En el asiento trasero del taxi, tuvo por fin oportunidad de tranquilizarse un poco. Pensaba en todo lo sucedido mientras veía pasar las luces de la ciudad a gran velocidad. Bajaron y subieron por diferentes avenidas. Miguel sintió que las manos le hormigueaban, recordó lo sucedido en la morgue y volvió a sacudirse los brazos, entonces reaccionó en algunos piquetes que tenía en las manos. Apenas empezaban a dolerle.

–¡Chin! Híjole, joven. Ya no vamos a llegar

–¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!

–Ya cerraron este túnel también. Sólo hay paso a pie.

–¡No! Pero… ¿hay alguna otra entrada?

–Pues, puede irse por el túnel, joven, o puede subir el cerro y bajar; también puede rodear por aquel lado, pero serán otros 30 minutos para llegar a la entrada y, si va a Embajadoras, serán otros 30 minutos por el otro túnel…

La cabeza del profesor empezó a dar vueltas… túneles por todos lados… ¿por qué había tantos túneles? ¿Acaso esta ciudad estaba construida sólo sobre túneles?

¿Acaso Guanajuato es un maldito hormigu…? Un corto circuito recorrió el cerebro de Miguel: primero se hizo la luz y luego todo se fue apagando poco a poco, nebulosamente.

No supo en qué momento había pagado y bajado del taxi, pero de pronto estaba de pie frente al túnel. Su cabeza no había dejado de girar, pero era como si de pronto, las cosas fueran acomodándose poco a poco gracias a la gravitación; como si fuera una muestra en la centrifugadora, todo iba cayendo por su propio peso. Se sentía algo mareado, pero el terror lo mantenía de pie… Tenía que contarles, tenía que decirles, tenía que advertirles…

Las fauces del túnel se abrían ante él, expectantes. Sabía que, si tardaba más, no podría llegar. Él y el túnel sabían que sólo había un camino, la decisión ya se había tomado. Quizá era por la hora, pero no había nadie alrededor. Recordó como si se tratara de un sueño, que la circulación vehicular estaba cerrada, pero, ¿por quién? ¿por qué? Miró hacia atrás, todo se veía borroso. Alcanzaba a ver las luces azules y rojas de las patrullas, también giraban, pero la oscuridad del túnel se tragaba todo.

Una niebla empezaba a cubrirlo todo, empezando por su mente. No había nadie, intentó gritar. No podía. Sentía arder las manos, los antebrazos, el dolor subía hacia su cuello, sentía agujas clavándose en su piel, como si fuera un dolor viejo. Quizá

desde el taxi lo sentía, ¿o empezó en el camión? O antes, ¿dónde había estado antes? No tenía la seguridad de nada, no sabía qué era eso tan urgente o a dónde iba…ni siquiera tenía la certidumbre de existir. Miguel camina tambaleante hacia el túnel, como si estuviera bajo el control de alguna sustancia. Se adentra en él, la niebla se ha instalado totalmente en su mente, pero algo sustituye sus pensamientos. Un ruido emerge de la oscuridad, son chasquidos: chaz, chaz… Miguel avanza, chaz, chaz, chaz, se hunde más en el túnel… Chaz chaz, chaz chaz… está dentro del mundo subterráneo. Las luces se apagan. Chaz chaz chaz, chaz chaz chaz… El profesor responde al llamado, se adentra en lo desconocido. Un brillo ocular, extensiones viscosas recorren su rostro y algo oprime su pecho. Las tenazas de las tinieblas se han cerrado alrededor de él. Desaparece.

Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook