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Guatemala, viernes 31 de julio de 2020
Las otras Curie Fotos: Archivo
Eve, quien llegó a ser considerada una de las mujeres más bellas de París en los años 20 y 30, fue una aclamada escritora y activista por los derechos humanos. Con cada una, la física y química polaca construyó un vínculo diferente. Y es que si algo sobresalía de las dos hermanas era cuán distintas eran entre sí.
Marie Curie, la madre
Mucho se ha escrito sobre Marie Curie como la extraordinaria científica, pero quizás no tanto sobre Marie Curie, la madre. “Es difícil imaginar la vida cotidiana de Marie Curie como madre. Pero aunque era implacable en sus actividades científicas, también era devota a sus hijas”, dice Shelley Emling, autora de Marie Curie and Her Daughters: The Private Lives of Science’s First Family (Marie Curie y sus hijas: la vida privada de la primera familia de la ciencia). Cuando Pierre Curie murió en 1906, Marie sufrió uno de los golpes más devastadores de su vida. La “catástrofe” la plasmó en su diario personal: “Todo ha llegado a su fin, Pierre está durmiendo su último sueño bajo la tierra; es el fin de todo, todo, todo”. Marie no sólo perdió a su esposo, a su “mejor amigo” y a su compañero de investigaciones científicas, sino al padre de sus hijas. Vivían en Francia. Irene tenía 8 años y Eve, se acercaba a los 2 años cuando el físico fue atropellado por un carruaje tirado por caballos. “Marie amaba profundamente a su marido y se sentía abrumada por el dolor, tanto que se negó a hablar de Pierre”, señala Emling. “Eso molestó a Irene, quien extrañaba a su padre. Creo que su muerte eventualmente hizo que el vínculo de Marie con sus hijas fuera más fuerte”.
La educación
En esta foto de 1925, se ve a Irene Curie junto a su madre, en el Instituto del Radio de París, pionero centro de investigaciones de Física y Química.
Margarita Rodríguez* ERO AUNQUE no hubiera obtenido semejante honor, sin ella, el mundo no sabría tanto sobre su madre, la primera persona y única mujer en conquistar dos premios Nobel y la única persona en conseguirlo en dos disciplinas científicas diferentes. Eve se encargó de escribir la biografía de la gran Marie Curie, quien en el último periodo de su vida encontró en ella, su hija menor, a una confidente. La relación de Curie con sus dos hijas fue tan fascinante como la vida de cada una de ellas. Irene se convirtió en una destacada científica que obtuvo, junto a su esposo, el Nobel de Química de 1935.
“¿Por casualidad no me estará confundiendo con mi hermana? Verá, soy la única de la familia que no ha ganado un premio Nobel”, le dijo Eve Curie a un reportero que quería entrevistarla.
El duelo de Curie la hizo incluso sumergirse más profundamente en sus investigaciones y “también la obligó a confiar en otras personas para que la ayudaran en el cuidado de sus hijas”. El padre de Pierre, por ejemplo, jugó un papel importante en la crianza de las niñas. Y a menudo, cuando la científica necesitaba trabajar en el laboratorio, enviaba a las niñas a la casa de una tía. Emling cuenta que aunque —debido a sus experimentos y estudios— Curie no podía pasar un tiempo excesivo con sus hijas, estaba absolutamente involucrada en su crianza. “Por ejemplo, Marie no estaba satisfecha con la calidad de las escuelas parisienses de la época. Por eso, las niñas fueron educadas principalmente en el hogar. De hecho, Marie unió fuerzas con un grupo de distinguidos académicos que se turnaron para darles clases en sus áreas de especialización”, indica la escritora. Curie, por su puesto, se encargó de enseñarles Física y, en ese proceso, logró que Irene se enamorara de la ciencia. La niña se destacaba en Matemáticas. Su ejemplo también la cautivó. “Irene observó a su madre muy de cerca desde que era una niña y eso despertó su admiración por ella”, rememora la autora. “Durante la Primera Guerra Mundial, con 17 años, Irene trabajó junto a su madre en la instalación de máquinas móviles de rayos X en los campos de batalla para que los soldados pudieran recibir un mejor tratamiento médico”.
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Irene se desempeñó como enfermera radióloga en los hospitales de campaña.
Irene, la pupila
Tras el conflicto, Irene, quien cursaba sus estudios de doctorado, se dedicó a trabajar junto a su madre en el Instituto del Radio, posteriormente conocido como el Instituto Curie. “Su relación con Irene fue quizás la más fuerte, al menos hasta sus últimos años de vida”, evoca Emling. Irene realizó estudios pioneros sobre los rayos alfa de polonio, hizo sus propios descubrimientos y publicó sus propias investigaciones. Aunque la influencia de su madre fue importante, nadie duda de que su exitosa carrera fuese el resultado de su propio mérito.
El admirador que se convirtió en asistente
En el Instituto del Radio, Irene conocería a su futuro esposo. En diciembre de 1924, el ingeniero químico Frédéric Joliot se había postulado al puesto de asistente en ese centro de investigaciones. Tanta era la fascinación que el joven de 24 años sentía por Marie y Pierre Curie que había pegado una foto de la célebre pareja en la pared de su habitación, relata Emling en su libro. Y es que, gracias a sus estudios sobre la radiación, los esposos Curie ganaron en 1903 el Nobel de Física junto al científico francés Henri Becquerel. En 1911, Marie nuevamente ganaría un Nobel, esta vez en Química. El sueño de Joliot de trabajar hombro a hombro con su heroína se veía cada vez más cerca. Sin embargo, Curie tenía otros planes para el entusiasta aprendiz. “El primer día de 1925, Marie puso a Frédéric bajo la supervisión de su hija Irene”, quien “sólo tenía una cosa en mente cuando estaba en el instituto: trabajar”, escribió la autora. “Y, sin saberlo, le dio a Frédéric la peor tarea posible para alguien con su limitada experiencia: estudiar los aspectos químicos del polonio y otros elementos radioactivos, un área sobre la que no sabía casi nada”. “Al principio, se debió haber sentido incluso más desmoralizado. Pero decidió que debía dominar la tarea si se quería quedar en el instituto y lo logró, incluso superando las expectativas de Irene”. Joliot se dedicó con tal ahínco a la misión que le asignó la hija de su ídolo que incluso hizo descubrimientos que ayudaron a mejorar la forma como se realizaban los experimentos en el centro científico. Consiguió ser asistente de Curie y, después, se convirtió en un renombrado científico y profesor universitario.
Los esposos Joliot
Emling cuenta en su libro que quizás Joliot percibía a Irene como lo hacían muchas personas en el Instituto: “fría y distante”. Para algunos incluso era poco amigable, pero posiblemente se debía más a su capacidad de abstraerse en sus pensamientos científicos que a otra cosa. “Era demasiado lejana y algunos pensaban que era muy similar a su madre en lo que se refería a su temperamento fuerte. Pero no importaba lo que sintieran personalmente con respecto a ella, nadie podía descontar su increíble inteligencia y talento”, señala la autora.
Marie Curie junto a sus hijas. Irene nació en 1897 y Eve nació en 1904.
En 1921, Irene y Eve viajaron a EE. UU. con su madre. La periodista estadounidense Missy Meloney organizó una gira de recaudación fondos para las investigaciones de Marie Curie. Emling señala que la científica fue recibida como “una superestrella”.
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Independientemente de las primeras percepciones mutuas, el amor les llegó a los dos, se casaron en 1926 y unieron sus apellidos. La breve biografía de Irene Joliot-Curie publicada en la página web del premio Nobel hace honor a esa unión así como también al talento de la hija mayor de los Curie. “Ya fuera sola o en colaboración con su esposo, hizo un trabajo importante sobre la radioactividad natural y artificial, la transmutación de elementos y la física nuclear; compartió con él el premio Nobel de Química de 1935, en reconocimiento a la síntesis que lograron ambos de nuevos elementos radiactivos”. “En 1938, su investigación sobre la acción de los neutrones en los elementos pesados fue un paso importante en el descubrimiento de la fisión de uranio(...) Se convirtió en profesora en la Facultad de Ciencias de París en 1937, y luego en directora del Instituto del Radio en 1946”. Al otorgarle el honor a la pareja, el Comité del Premio Nobel reconoció: “Los resultados de sus investigaciones son de capital importancia para la ciencia pura, pero además los fisiólogos, los médicos y toda la humanidad sufriente esperan beneficiarse de sus descubrimientos, (que son) remedios de valor inestimable “. Irene también participó en la construcción de la primera pila atómica francesa en 1948. Fue una pacifista y, como Marie, tenía fuertes convicciones. “Cuando Hitler invadió Polonia, Irene y su esposo rompieron con su antigua regla de siempre compartir sus hallazgos y nunca patentarlos por su deseo de hacer de la ciencia un campo completamente abierto. Pero cuando Hitler llegó al poder, escondieron su investigación de fisión en una bóveda durante la duración de la guerra para evitar que cayera en manos de los alemanes”, señala Emling.
Eve, la aventurera
A Eve le encantaba tocar el piano. De hecho, ofreció conciertos en Europa. Pero, aunque una de sus pasiones era la música, decidió dedicarse a escribir. “Se convirtió en crítica de música y cine de varias revistas. Ya en 1932 había traducido y adaptado la obra estadounidense Spread Eagle, de George S. Brooks y Walter B. Lister, para una producción teatral en Francia”, señala Emling. “Sin duda Irene fue notable como científica. Pero Eve también fue increíble, ya que encontró el éxito en un campo ajeno al que había sido educada. Y al final, su vida resultó ser quizás la más aventurera de todas (las Curie)”. Tras la ocupación nazi de Francia, en 1940, Eve se unió activamente a la causa “Francia Libre”. Se convirtió en corresponsal de guerra y cubrió varios frentes durante la Segunda Guerra Mundial. Estuvo en Irán, Irak, India, China, Birmania y el norte de África. De esas experiencias nació su libro: Journey among Warriors, obra que le dedicó a su madre.A inicios de los 50, se convirtió en consejera especial de la secretaría general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
La biógrafa
Pese a que Eve no compartió con su madre el interés por la ciencia, “se acercó bastante a ella durante su último año de vida”, evoca Emling. “Fue su cuidadora y confidente mientras Irene estaba ocupada con sus investigaciones
Frédéric Joliot era tres años menor que Irene.
(…) Al final de su vida, Marie llegó a tener más confianza con Eve que con Irene”, reflexiona la autora. Tras la muerte de su madre en 1934 y con 29 años, Eve aceptó la propuesta de unos editores estadounidenses y se dedicó a escribir la biografía de la científica: Madame Curie, publicada en 1937. “El libro se convirtió en un éxito masivo y Eve ganó varios prestigiosos premios literarios”, señala Emling. En el obituario que realizó The New York Times sobre ella, se destacó el “admirable retrato” que hizo de su madre. Cubrió “desde su nacimiento y su infancia en Polonia, siguió su educación en Francia y el descubrimiento, junto a su esposo, de los elementos radioactivos: radio y polonio”, señaló el periódico. “El libro se convirtió rápidamente en un best seller y en 1943, en una película de Hollywood”. Sin embargo, algunos críticos cuestionaron que no incluyera “el apasionado affair” que Marie Curie tuvo con un hombre casado en los años posteriores a la muerte de Pierre. Pero, más allá de esa omisión, “la obra definitivamente catapultó a Eve en el centro de la atención y la transformó en una estrella por derecho propio”, dice Emling.
“No odio la ciencia”
Cuando Eve viajó a Estados Unidos para hacer una gira, “su rostro sonriente apareció en la portada de la revista Time de febrero de 1940 y fue acogida como una celebridad”. Además de ofrecer conferencias y reunirse con algunas de las figuras públicas más importantes de la época, fue la atracción de la prensa. Cuando los reporteros le preguntaron sobre el camino profesional que tomó, ella respondió: “No odio la ciencia, simplemente me aterroriza”. La hija menor de los Curie se casó con Henry Labouisse, un diplomático estadounidense que entre 1965 y 1979 fue el director ejecutivo de Unicef. Fue él quien aceptó el premio Nobel de la Paz que le fue concedido a la organización
en 1965. Su esposa lo acompañó. Eve se convirtió en una activista por los derechos humanos y visitó muchos de los más de 100 países que estaban recibiendo asistencia de Unicef en esa época. Por ello Eve fue conocida como “La primera dama de Unicef”, entidad en la que “jugó un papel muy activo, viajó con él para abogar por los niños y para brindar apoyo y aliento al personal en lugares remotos y difíciles”.
Dos hermanas, dos mundos
Emling cuenta que Irene era muy parecida a su madre. Le gustaba llevar una vida simple, era muy estudiosa, callada, reservada y prefería quedarse en casa antes que salir a socializar. Eve, al contrario, “disfrutó de un amplio círculo de amigos, así como del teatro y de las fiestas”. Era alta, delgada, de piel clara y cabello oscuro. “Gracias a su figura glamorosafue considerada por muchos como una de las mujeres más bellas de París en la década de 1920 y 1930”. En el pensamiento político también eran diferentes, explica la autora. “A medida que crecían, políticamente Irene se movía cada vez más hacia la izquierda, mientras que Eve siempre se consideraba una moderada con una verdadera afinidad por los Estados Unidos”. “Eve a menudo se refería a sí misma como la oveja negra de la familia ya que el camino que había tomado era muy diferente al elegido por sus familiares más cercanos”, dice la escritora. Irene murió en 1956 a los 58 años, tras sufrir de leucemia, que se cree fue causada por su exposición prolongada a material radioactivo. Su madre había fallecido de la misma causa Eve murió a los 102 años en 2007. Aunque no tuvo hijos, desarrolló una relación muy cercana con su hijastra, Anne L. Peretz, quien dijo, según The New York Times, que al final de su vida, Eve “sintió una enorme culpa por ser la única entre las mujeres de su familia que se había escapado de una vida de radiación y sus consecuencias”. *BBC
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Reporte en V
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Salud mental en la ciencia
Fotos: Archivo
El modo de vida en los laboratorios de investigación quema a los científicos, sobre todo, a los predoctorales.
Jesús Méndez* LA NOCHE después de defender mi tesis, al quedarme dormido en la cama, revisé los últimos seis años de mi vida. Pensé en la primera vez que vi peces y embriones de rana, y en la reluciente mesa de madera donde mi tutor y yo mantuvimos larguísimas conversaciones sobre Biología. Pensé en los experimentos, en la obsesión y en el aislamiento. Vi mis 20 años pasar en un instante y me pregunté: ¿mereció la pena?”. Estas líneas las escribía el exinvestigador estadounidense Justin Chen en la revista científica STAT. Su artículo, muy crítico con el modo de vida en los laboratorios de investigación, generó un alud de respuestas en sintonía con su visión. “Empecé el doctorado con entusiasmo y terminé, como la mayoría de gente que conozco, un poco amargada y deseando simplemente que el sufrimiento acabara”. “Yo envidiaba a aquellos que no estaban atados a los confines del laboratorio, que no tenían que cortar sus actividades sociales para correr a comprobar las células cada fin de semana, aunque solo fuera una hora” Pero el mejor resumen de las respuestas quizás sea este: “el trabajo es gratificante, pero siento que vivo en una burbuja en la que luché terriblemente por entrar y de la que ahora no puedo salir. Aplaudo la honestidad de J. Chen. Es el principio de lo que espero que sea una conversación importante”.
El tema no es nuevo, pero sí su visibilidad. Estudios recientes han destapado altos riesgos de depresión y ansiedad para los investigadores, especialmente los doctorandos. Largas jornadas, escasez de plazas, un entorno hipercompetitivo y la sacralización de la vocación están detrás de la toxicidad del sistema. La calidad de vida y las condiciones de trabajo en los laboratorios han sido el elefante en la habitación que durante años casi todo el mundo veía y del que apenas nadie se atrevía a hablar. Y la conversación parece haberse iniciado. Trabajos recientes han mostrado los problemas de salud mental que afectan a los investigadores, especialmente a los más jóvenes. La revista Nature ha comenzado a publicar encues-
tas y monografías sobre el tema. El modelo por el que se mide la ciencia, basado en una supuesta excelencia que promueve la hipercompetitividad, empieza a cuestionarse.
Puestas de sol
En 2018, un estudio publicado en la revista Nature Biotechnology mostró resultados alarmantes. Tras encuestar a más de 2 mil estudiantes de doctorado en 26 países, encontraron que el 40 % de ellos presentaba síntomas moderados o graves de ansiedad o depresión, una probabilidad “seis veces mayor de la que tiene la población general medida con una escala similar”, aseguraban los autores. El riesgo era aún más elevado para las mujeres y las personas transgénero o de género no conforme. Dos factores relacionados eran la dificultad de conciliación entre la vida laboral y personal y la sensación de falta de apoyo de sus tutores. Los datos eran alarmantes, pero no nuevos. Un año antes, un estudio realizado entre más de 3 mil estudiantes de doctorado en Bélgica destapó que hasta la mitad de ellos presentaba al menos dos síntomas de una pobre salud mental y que un tercio mostraba cuatro o más, lo que implica alto riesgo de depresión. Comparativamente, esta probabilidad es entre dos y tres veces superior a la que tienen otras personas con educación superior que no han optado por la carrera investigadora. De entre los motivos, el más importante era el conflicto entre familia y trabajo. Entre
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los factores protectores, curiosamente, estaba sentir que a esa etapa le seguiría una carrera lejos de la investigación. Una revisión de estudios publicada por la Royal Society de Inglaterra llegó a conclusiones muy similares, destacando que solo el 6.2 % de los trabajadores llegaba a comunicarlo a sus instituciones (sobre una estimación de que el 37 % podría sufrir un problema de salud mental). Una encuesta reciente a la que contestaron más de 6 mil estudiantes de doctorado de todo el mundo arrojó datos levemente contradictorios: el 38 % se mostraba muy satisfecho con haber elegido ese camino y el 75 % afirmaba estar satisfecho en alguna medida. Sin embargo, hasta un 36 % reconocía haber tenido que pedir ayuda por ansiedad o depresión. Aunque la mayoría de estos trabajos se han centrado en los más jóvenes, varios de los problemas parecen proyectarse también a los investigadores posdoctorales, que se encuentran en una posición intermedia. Y, en bastante menor medida, pero también digna de consideración, a los sénior, que lideran los grupos de investigación. Los autores del primer artículo concluían así: “El profesorado y los administradores deben establecer un tono de autocuidado, así como una ética de trabajo eficiente y atenta, a fin de pasar a un entorno laboral y educativo más saludable”. Porque “el equilibrio entre el trabajo y la vida privada es difícil de lograr en una cultura en la que se desaprueba abandonar el laboratorio antes de que se ponga el sol. El estrés o la presión cada vez mayor para producir datos a fin de competir por la financiación ha aumentado exponencialmente, y los campos de la ciencia están sintiendo una presión inmensa”.
En busca de las causas
“Se trata de un problema global, pero una de las principales causas es que existen muy pocas plazas en la carrera investigadora en comparación con la cantidad gente que aspira a ellas. Eso da lugar a una competencia feroz”, sostiene Fernando Maestre, director del Laboratorio de Ecología de Zonas Áridas y Cambio Global en la Universidad de Alicante, quien ha publicado varios artículos y columnas de opinión en la revista Nature sobre cómo mejorar la calidad de vida en los laboratorios. Apenas existen estadísticas nacionales sobre el ciclo vital de los investigadores. El estudio más conocido es el realizado por la Royal Society en 2010, y los datos que presentaron son alarmantes. Al momento de defender la tesis, más de la mitad abandona o ya ha abandonado la ciencia, y solo un 3.5 % llegará a tener un puesto estable en la academia. Buena parte de los que continúan encadenarán contratos temporales y terminarán también por abandonarla o, en menor medida, por redirigir su carrera hacia la industria. A ello se le une la presión por publicar la mayor cantidad de artículos posibles y en las revistas más importantes, ya que las publicaciones constituyen el principal requisito a la hora de obtener la financiación necesaria. “Eso da lugar a entornos hipercompetitivos, incluso dentro de un mismo grupo”, asegura Maestre. “Yo veo a jefes que piensan en los doctorandos más como mano de obra que como personas en formación. Es un conflicto de intereses cruzados con mucha hipocresía de puertas hacia
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Más que un laberinto, un auténtico quebradero de cabezas.
afuera, aun reconociendo que el sistema tiende a forzar esa situación”, continúa. Esto hace que, como sostenía Gareth Hughes, investigador sobre el bienestar del alumnado en la universidad de Derby, hayamos “perdido a muchos investigadores que eran muy buenos académicamente pero que no podían sobrevivir a la toxicidad”. En una guía oficiosa publicada por varios miembros del Instituto de Investigación Biomédica de Queensland, en Australia, se dice: “Trabaja duro. No pienses que podrás salirte con la tuya trabajando 38 horas semanales. Necesitarás hacer jornadas largas durante toda la semana y parte de los fines de semana. Eso te acerca más a las 50-60 horas si quieres tener una carrera exitosa en la investigación. Si es tu pasión, esto es fácil, y si no, entonces estás en el lugar equivocado”. Esta sacralización de la vocación científica es, para Maestre, “una fuente de explotación”.
Modelos de buena ciencia
En 2015, Science publicaba un artículo del investigador de la Universidad de Toronto Eleftherios P. Diamandis bajo el título Llamar la atención es la mitad de la batalla. Esto decía sobre sus inicios en la investigación: “Trabajé de 16 a 17 horas al día, no solo para hacer avanzar la tecnología, sino también para publicar nuestros resultados en revistas de alto impacto. ¿Cómo lo logré? Mi esposa — también doctora en ciencias— trabajaba mucho menos que yo; ella asumía la mayor parte de las responsabilidades domésticas. Nuestros niños pasaron muchos sábados y algunos domingos jugando en el vestíbulo de la compañía. Hacíamos la comida en el microondas de la sala de descanso”. Contra las posibles críticas, terminaba su artículo así: “Nuestra hija, por cierto, es ahora una científica doctora que trabaja como química clínica, y nuestro hijo está formándose para ser neuropatólogo. Mi esposa es una científica de alto nivel en un importante hospital universitario. Asegurarse de que llamas la atención puede darte la ventaja que necesitas sobre tu competencia silenciosa”. Aparte de esta visión y de la posible intrahistoria de la familia Diamandis, Maestre asegura que “necesitamos nuevos modelos de científico
exitoso, más allá del hombre blanco día y noche obsesionado con la investigación. Los necesitamos y, además, existen”. Para María Blasco, directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), “es cierto que en el trabajo de laboratorio, especialmente en los niveles de formación, a veces el proyecto puede exigir que haya horarios flexibles. Al final, sin embargo, debería respetarse la jornada laboral de 37.5 horas semanales”. Gary McDowell, director ejecutivo de Future of Research, una organización en defensa de los científicos jóvenes, lamentaba que la comunicación entre investigadores sénior y júnior es casi nula: “Viven en mundos separados”.
Excelencia, ¿mano de Escher?
Por encima o por debajo de todos estos asuntos planea el concepto de “excelencia”, un término difuso que marca la distribución de recursos, que podría resumirse en que “no basta lo bueno, se necesita lo mejor” y que incluiría “cierta combinación de calidad e impacto de la investigación”. En general, se basa en el factor de impacto de las revistas donde se publican los resultados. Una mano de Escher dibujándose a sí misma y en la que la forma de evaluar condiciona toda la forma de producir. Ese sistema está siendo cuestionado. Para el director de la Fundación Wellcome, Jeremy Farrar, “el énfasis por la excelencia en el sistema de investigación está sofocando la diversidad de pensamiento y los comportamientos positivos, ha creado una cultura en la ciencia moderna que se preocupa exclusivamente sobre lo que se consigue y no sobre cómo se consigue”. Según Farrar, centrarse en la excelencia contribuye a “una hipercompetitividad destructiva, a dinámicas de poder tóxico y a comportamientos de pobre liderazgo”. Esa repercusión no tiene que ver solo con la calidad de vida en los laboratorios, sino con la ciencia misma. Sin embargo, las críticas al sistema son ya objeto de estudio por parte de la Comisión Europea, pues como dijo Gareth Hughes, “existe la creencia de que un doctorado debería enfermarte si lo estás haciendo correctamente. Eso es extraño”. *Sinc
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Contando el tiempo
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Napoleón en Santa H El fiasco de Elba fue clave para la elección de un lugar imposible, un islote en el corazón del Atlántico sur, a casi 3 mil 500 km de Sudamérica y a mil 950 de la costa sudoeste de África Jordi Corominas i Julián* A SECUENCIA de esta novela es velocísima, más por su época. Napoleón Bonaparte se aburría en Elba. Un reinado de 11 meses en una isla, recuperación del poder en Francia, batalla de Waterloo, Cien Días, abdicación, huida y entrega. Este frenesí era la Historia, desde un hombre hasta repercutir en toda Europa, y con ella el mundo. Es imposible no recordar el inicio de La cartuja de Parma de Stendhal y notar esa confusión en la periferia del último combate, seres entregados a la guerra contagiados de adrenalina y empapados de grandeza. El héroe, tras ceder el imperio para siempre, pensó en huir a Estados Unidos desde Rochefort, en la costa atlántica. La marina británica bloqueaba el puerto, y el 15 de julio de 1815 se presentó para ser capturado en el HMS Bellerophon, no sin antes escribir su carta de rendición al Príncipe Regente, el futuro Jorge IV del Reino Unido. El corso esperaba cierta benevolencia. Había soñado con ayudar a la lucha por la independencia de las colonias sudamericanas, infatigable en lo bélico, pero ahora solo le quedaba ser desterrado y antes de saber su destino continuó con lo increíble de cualquier detalle de su existencia, cuando en Plymouth, sin poner pie a tierra, suscitó inéditas pasiones, con el populacho histérico por ver al hombre más famoso de todo el planeta.
El confinamiento
El 31 de julio le comunicaron su rumbo definitivo, la isla de Santa Helena adónde llegó el 16 de octubre tras dos meses y una semana de travesía en el Northumberland. El fiasco de Elba fue clave para la elección de un lugar imposible, un islote de 122 kilómetros cuadrados en el corazón del Atlántico sur, a casi 3 mil de Sudamérica y a mil 950 de la costa sudoeste de África. El objetivo era no ver disturbada la paz de nuevo por culpa del general más joven del Viejo Mundo, mito causante en cierta parte del Romanticismo. Su ausencia hizo brotar la nostalgia de tanta épica, algo agravado por la erupción en abril de 1815 del monte Tambora, el año sin verano y, sobre todo, el tránsito hacia un
Napoleón camino de Santa Helena
paradigma donde, de conquistar capitales con las armas, se pasaba a tenerlos en la caja fuerte.
El calabozo perfecto
Durante dos meses, Napoleón se instaló en el pabellón de Le Briars, para trasladarse en diciembre a Longwood. Era una mansión inadecuada para la detención de su ilustre huésped, más bien sórdida, con el viento como un martillo en el exterior y un interior paupérrimo. Estaba a 6 kilómetros de Jamestown, la principal localidad de Santa Helena, el infinito cuando uno se aclimata a la concepción espacial de los habitantes. En este sentido el recluso usó la ironía por traspasar el límite transigido de sus movimientos, burlando a la guarnición inglesa compuesta por 2 mil 784 soldados. El acto tenía algo de desafío de risa floja. Hoy, los prisioneros en la isla pueden caminarla sin ningún tipo de traba, porque por sí misma es un confín. El mar y las distancias son obstáculos físicos y psicológicos. Dentro de las investigaciones sobre esta agonía del vencedor de Austerlitz aún no se pue-
de articular una tesis sólida sobre si contempló evadirse. Los hechos demuestran lo contrario, y para confirmar ese encarcelamiento irrompible, Santa Helena era el calabozo perfecto. Solo faltaba volcarse en el pasado legendario, algo aún más propulsado si cabe por el séquito de fieles, quienes tomaron ese exilio voluntario junto a su ídolo, no como un castigo, sino como una oportunidad de escribir la Historia.
Los apóstoles
A ello se emplearon, en esa corte esperpéntica cada vez más decrépita, los apóstoles, Emmanuel Las Cases, autor del Memorial de Santa Helena, Gaspar Gourgaud, Henri Gatien Bertrand y el marqués de Montholon, célebre en el reparto por su hipotética participación, como autor material, en el asesinato de Napoleón, cuyos cabellos contenían arsénico suministrado a cuentagotas durante la reclusión, confundiéndose durante más de un siglo con una úlcera de estómago. Montholon, desde estas premisas, fue el ejecutor de una conspiración dirigida des-
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Helena
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un cuchillo. Estos cuatro elementos cerraban el círculo de su infierno. La distracción de recopilar información sobre sus navegaciones debió remediarle muchos quebraderos de cabeza y suscitarle otros igualmente graves. Cuando lo deportaron no había cumplido aún los 50 años y sentía cierta energía; al no poder desplegarla en su arena podía dedicar horas al análisis de los errores en Waterloo, su tormento. Recogido por sus acólitos, poco a poco embarcados hacia la Galia por capricho y maldad de Lowe quien, no contento con estrechar el cerco, lo despojaba de sus únicos bienes, con la marcha de Las Cases, el único inteligente de la comitiva, sumiéndolo en el más absoluto desamparo, y ese adiós no sería la única perla en la desquiciada serie de catastróficas desdichas. Napoleón solía decir tener de todo, menos tiempo. Aquí le sobraba, y el sopor se transformaba en depresión. No salía, detestaba el clima alocado y notaba empeorar progresivamente, engordándose como si fuera un tonel de metro 57 centímetros. Las fuerzas lo abandonaban y tras la partida del médico irlandés Barry O’Meara se sintió desahuciado, empecinado en vaticinar una hora marcada para su deceso, acaecido el sábado 5 de mayo de 1821, a las 5:40 de la tarde.
El retorno de las cenizas
La impiedad de Hudson Lowe con su presa era casi inmoral. El último deseo del finado fue ser enterrado al lado del Sena para ser agasajado antes de reposar bajo tierra. Hasta 1840 una pequeña tumba, hoy visitable y vacía, fue su demora. Mientras tanto en Francia y Europa los acontecimientos empezaban a virar hacia una lenta decadencia del modelo absolutista renacido en el Congreso de Viena. Los acólitos del corso ya no lo exhibían solo con dibujos naif, las pinturas de Épinal, un fenómeno de esa época para recordar un tiempo irrecuperable, sino también a través de un espíritu burgués, melancólico al adolecer de pujanza
perdida con la mediocridad borbónica. Desde esta perspectiva el reinado de Luis Felipe de Orleans, aupado al trono tras las tres jornadas gloriosas de julio de 1830, tiene un imaginario colectivo y una producción cultural donde los grandes nombres de las letras, de Stendhal a Balzac, refinaban los géneros y plasmaban lo napoleónico sin casi ninguna negatividad. Esa Francia en vías de expandirse y ser una potencia colonial con el capitalismo como bandera, en consonancia con los vaivenes del tiempo, echaba de menos la pátina imperial y por ello Thiers, uno de esos seres fundamentales y envueltos en cierta amnesia, apostó por una operación de prestigio para la corona y positiva por eso de insuflar un estado de ánimo apoteósico a una nación muy amante de este tipo de rituales. En Santa Helena, Bertrand, uno de los últimos en quedarse junto al genio, volvió para repatriarlo y ver un cadáver casi intacto, propio, y necesario para el relato, de un santo. El retorno de las cenizas culminó con el fastuoso entierro en los Inválidos, en un sarcófago de cuarcita roja de Finlandia sobre un zócalo de granito verde de los Vosgos. Napoleón duerme ese sueño eterno protegido por seis féretros, el más interior es de una lámina de acero recubierta con estaño, el segundo de caoba, los dos siguientes de plomo, el quinto de madera de ébano y el último de roble. Otro confinamiento más a la lista, como si, en esta ocasión, quisieran impedir su salida por pánico a no poder lucirlo. Con su funeral, su influjo, esa ascendencia de lo invisible siempre omnipresente, se consolidaba, de Santa Helena a un santuario, del anticristo a la divinidad. Ocho años después, su sobrino Luis Napoleón ganó las elecciones presidenciales de la recién constituida Segunda República y desde esas alturas dio un golpe de Estado el 2 de diciembre de 1851, aniversario de Austerlitz y de la coronación de su tío. Justo un año después devino emperador de los franceses.
de las altas esferas de la Restauración borbónica, temerosas de un regreso napoleónico, no tanto por eso de a la tercera va la vencida, sino más bien por no ignorar la persistencia de su carisma entre las clases populares y en los soldados de la Grande Armée. El añorado no debió ser ajeno a la impronta depositada en el Hexágono, sin embargo se hallaba tan preso de lo pretérito como para desatender cualquier atisbo de presente. El agua, las longitudes y el memorialismo lo encerraban más aún, con la guinda siempre en las inmediaciones.
El carcelero
Se llamaba Hudson Lowe y era el gobernador de Santa Helena, el carcelero de Boney. El duque de Wellington lo juzgó como una muy mala opción para este cometido al ser escaso de educación, un estúpido sin mundología y, como todos los de su calaña, desconfiado y envidioso. Estos defectos lo hicieron idóneo para sacar de sus casillas a su némesis, con quien mantuvo diálogos de aquellos con el aire cortándose con
Representación pictórica de la muerte de Napoleón.
*El Confidencial
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Henry Cavendish, el científico tímido
Fotos: Archivo
Se decía que era extremadamente tímido, solitario y misógino. Que no veía a nadie, ni siquiera a su familia más cercana; que se comunicaba con sus “sirvientas” solo mediante notas escritas y que nunca tuvo interés en publicar sus geniales hallazgos. BBC* E TRATA del excéntrico científico Henry Cavendish, a quien hoy muchos llaman “el personaje más notable en la historia de la ciencia”. Y aunque actualmente se ha sugerido que, en realidad, su falta de interés social se debe a que padecía el síndrome de Asperger (trastorno neurobiológico perteneciente al espectro del autismo), lo cierto es que en esa época —entre 1760 y 1810—, nadie comprendía a este extraño genio multimillonario. Eso no significó, sin embargo, que pasara desapercibido: sus descubrimientos fueron tan impresionantes que, sin quererlo, saltó a la fama. Pero ¿cuál es la historia personal de Cavendish y por qué es tan reconocido en el mundo de las ciencias?
Una vida solitaria
Henry Cavendish nació en 1731 en el seno de una de las familias más ricas de Inglaterra de ese momento. Su padre, lord Charles Cavendish, era el hijo menor del duque de Devonshire, miembro de la nobleza británica. Su madre, lady Ann Gray, murió dos años después de que el científico naciera, al dar a luz a su hermano Frederick. Ambos, Henry y Frederick, vivieron solos con su padre en Londres. A los 11 años, Henry entró a estudiar en la Escuela de Newcome en Hackney, al este de la capital inglesa. Luego, a los 18, ingresó a Peterhouse, uno de los colegios más antiguos de la famosa Universidad de Cambridge. Su timidez generó incomodidad en su entorno, donde se decía que estaba siempre en su propio mundo y que no interactuaba con nadie. Esto, en parte, fue razón para que decidiera abandonar sus estudios antes de graduar-
Esta es una de las escasas imágenes que existen de Henry Cavendish.
Guatemala, viernes 31 de julio de 2020
se. Fue entonces cuando se aisló y se dedicó exclusivamente a lo que más lo apasionaba: la investigación en las áreas de las Matemáticas, la Física y la Química. Y a pesar de que en 1773 heredó de su tío una fortuna de un millón 200 mil libras esterlinas —convirtiéndose en uno de los hombres más ricos de Reino Unido— el dinero no hizo diferencia en su estilo de vida. Él continuó con su trabajo, dedicado a buscar verdades.
El palacio de la ciencia
Construyó un enorme laboratorio en una de sus residencias, ubicada en la villa suburbana de Clapham, en Londres, donde una de las calles del barrio lleva su nombre en la actualidad. El “palacio de la ciencia” —como lo llamaban—, estaba lleno de artilugios, balanzas, termómetros, barómetros, cubetas y muchísimas cosas más. A pesar de su riqueza y de las comodidades con las que vivía, no le gustaba que nadie lo fuera a visitar. Nunca se casó ni tuvo hijos y su servidumbre tenía estrictas instrucciones de no acercarse a él. El científico pedía la comida utilizando notas escritas. Y así, en su soledad, logró concentrarse como pocos y hacer investigaciones únicas como “pesar” la Tierra, analizar el aire y observar el agua y el fuego.
La composición del agua
Uno los descubrimientos más notables de Henry Cavendish es el que se relaciona con la composición del agua, en 1766. El científico tomó partículas del mineral zinc que luego mezcló con ácido clórico. Tras ello, comenzó a burbujear la solución generándose un gas al que llamó “aire inflamable” que hoy conocemos como hidrógeno. La tarea de Cavendish no terminó allí: quiso saber cómo el hidrógeno reaccionaba con elementos, como el aire. Y voilà, para su sorpresa la reacción química generó el hallazgo de la composición del agua. Así, el científico inglés descubrió que el agua estaba compuesta de dos partes de hidrógeno y una parte de oxígeno, la reconocida fórmula H2O. Su habilidad para observar el funcionamiento de la naturaleza lo llevó después, en 1789, a determinar la densidad de la Tierra y, por lo tanto, su peso. Esto fue conocido como el “Experimento Cavendish”. Aparte, estudió la densidad de la atmósfera, realizó investigaciones en mecánica, óptica y magnetismo, además de experimentos eléctricos. Todos estos descubrimientos quedaron plasmados en sus informes. Muchos de ellos los envió al Royal Society Club de Londres —su única conexión con la sociedad—, siendo inmediatamente reconocido. Sin embargo, otros estudios los almacenó en su residencia, razón por la que muchísimos de sus inventos fueron reconocidos décadas después. Es el caso de la mayor parte de su trabajo relacionado con la electricidad. La hoy conocida como Ley de Ohm — postulada por el físico y matemático alemán Georg Simon Ohm y que habla de la resistencia eléctrica—, en realidad fue descubierta también por Cavendish, aunque esto se supo 100 años después, cuando sus escritos fueron publicados por el científico escocés James Clerk Maxwell.
Legado
En febrero de 1810, Cavendish (por entonces de 79 años), fue víctima de una enfermedad
A su gran capacidad de observación, unía una imaginación ilimitada.
Mediante un instrumento llamado “balance de torsión”, Henry Cavendish pudo medir la fuerza gravitacional y determinar la densidad de la Tierra.
que terminó con su vida. Más de 200 años después, su legado sigue vivo. Algunos lo llaman el “padre de la Física cuantitativa”, mientras otros le dicen el “Newton de la Química”. Como sea, este hombre incomprendido debido a su aversión a las mujeres y a su fobia social, es considerado actualmente uno de los científicos más brillantes (y extraños) en la historia de Reino Unido. Y sus investigaciones, que le llevaron a descubrir algo tan básico e importante como la composición del agua, siguen vigentes hasta el día de hoy. *British Broadcasting Company
Cavendish se dedicó a experimentar con el nitrógeno y el oxígeno atmosférico y el paso de chispas eléctricas.