Bernardo Bertolucci
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Guatemala, 30 de noviembre de 2018 AĂąo 6 No. 260
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Carol Za
Editorial Dios es como una huella digital, pues no hay una exactamente igual a otra. De ahí se colige que hay tantas ideas de Dios, como seres humanos en este mundo. Según esto, ese Ser Supremo que habita el infinito se refugia en el corazón de cada uno... Imaginar un mundo sin humanos, según propone un texto que sobre la extinción como horizonte reproducimos, implicaría la noción de un creador sin adoradores. Eso podría considerarse como blasfemo si, como se apunta en la nota en cuestión, no se toma en cuenta que “hubo un tiempo y habrá otro sin seres humanos”. Y siendo el tiempo como lo conocemos, una invención humana, es difícil imaginar un antes y un despues sin nosotros. En efecto, aquello que no responde a un concepto antropomórfico, es decir, a imagen y semejanza de los humanos, se suele denominar como “la nada”. Ese espacio en el que no hay tiempo, no hay movimiento, ni inteligencia que le otorgue a las cosas la categoría de “real”. Es frecuente olvidar que la vida en la Tierra no solo atañe a los seres humanos. Y es menester en estas horas cruciales, para el planeta y sus habitantes, asumir como propia la defensa de todas las formas de vida que le dan razón de ser a la nuestra.
DIRECTORIO Director General: Pavel Arellano Arellano
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Subdirector General Técnico: Rodrigo Carrillo Edición: Otoniel Martínez Diseño Gráfico: Héctor Estrada Digitalización: Boris Molina
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Con pasión
sta novela ofrece un mosaico que abarca varias geografías, épocas y generaciones de mujeres. Resuelta con una arquitectura esférica, lleva al lector a asomarse a una red de tramas narrativas, uno de cuyos ejes es la historia política de Guatemala en el siglo XX. Su estructura y desarrollo se resuelven con belleza poética, intensidad dramática y una alta calidad literaria. Jurado Premio Centroamericano de Novela “Mario Monteforte Toledo”, 2004.
Conferencia de Teherán Esta reunión tuvo lugar del 28 de noviembre al 1 de diciembre de 1943, entre los dirigentes Iósif Stalin, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt, quienes formaban parte del bando de los Aliados. Constituye uno de los ejemplos más exitosos de cooperación de la Segunda Guerra Mundial.
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Edith Piaf La cantante francesa Edith Giovanna Gassion nació el 19 de diciembre de 1915, en el patio de la comisaría del barrio Belleville de París. Fue hija del acróbata Louis Alphonse Gassion y de la ítalo-berebere Line Margrant, cantante de cafés, que estaba borracha y drogada cuando sintió los dolores de parto. Salió a la calle y la encontraron sus vecinos tirada y balbuceante. Trabajó en la compañía de su padre hasta que la dejaron al cuidado de la abuela materna, para dedicarse a sus giras por los pueblos de la campiña francesa. Su abuela Clarissa quien dirigía un burdel, la crió con vino en lugar de agua, pues decía que esta era “mala” para el cuerpo. En sus primeros años no hablaba, no reía, no caminaba y encima tuvo una meningitis que la dejó ciega. El único gesto amoroso de la abuela fue llevarla a la iglesia de Santa Teresita de Lisieux y encomendársela a la virgen. Dicen que un milagro le devolvió la vista. Con 15 años se trasladó a París, donde se ganaba la vida como cantante en la calle y en cafés. En 1935 fue descubierta por el propietario de un cabaret que la bautizó con el nombre de la Môme Piaf (“el pequeño gorrión”). A los 16 años quedó embarazada y tuvo una niña que murió de meningitis, a los 2 años. Su potente voz y su expresivo estilo al interpretar canciones, como Je ne
regrette rien y La vie en rose, le dieron fama. Actuó en películas, comedias y operetas. Realizó giras por Europa, Sudamérica y Estados Unidos. Tuvo relaciones sentimentales con grandes celebridades como Charles Aznavour, Yves Montand y Jaques Pills, con quien se casó. Se trasladó a Nueva York y su éxito creció. Fue muy amiga de Marlene Dietrich. Enamorada del boxeador Marcel Cerdan vivió con él una apasionada relación durante 2 años; la muerte del púgil en un accidente de aviación destrozó a Edith, recurrió al alcohol y a los calmantes para poder seguir cantando. En 1962, cuando se acercaba a la cincuentena, se casó con su peluquero, un Archivo
muchacho de 27 años. Aunque ganó millones durante su carrera, murió en la ruina, víctima de la morfina a la que se había habituado. Edith Piaf falleció el 11 de octubre de 1963, en Plascassier. Cuarenta mil personas caminaron en silencio por París hasta su tumba, en el cementerio de Père Lachaise. En 1958 se habían publicado sus memorias con el título de Au bal de la
chance (El baile de la suerte), compiladas por el periodista francés Louis-René Dauven, con prólogo original del célebre Jean Cocteau.
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Gavetas Hemeroteca del Diario de Centro América
Carlos Linneo
DCA, 5 de agosto de 1935.Aparecía el siglo XVIII y, como consecuencia del “descubrimiento” y exploración por parte de Europa, de vastas regiones del globo, de la invención de la imprenta y de la observación de los fenómenos naturales, iniciado con grandes brillos en el siglo XVI, se habían acumulado en las ciencias naturales, en confusa mescolanza, revueltos y amontonados, preciosos y abundantes materiales, más que suficientes para levantar el más precioso de los monumentos dedicados al culto de la naturaleza. Faltaba, sin embargo, un talento simplificador, ordenado y clasificador que diera unidad y cohesión a las piezas dispersas del futuro edificio. Y apareció el insigne Carlos Linneo, nacido en Suecia en 1707. De familia oscura, fue aprendiz de zapatero, hasta que bajo la protección del médico Ruthman pudo dedicarse al cultivo de las letras, recibiendo el grado de doctor en 1735. En su obra magistral, Sistema Naturae, de la cual se hicieron numerosas ediciones durante su vida, echa una mirada perspicaz a los reinos animal, vegetal y mineral, estableciendo para las formas vivientes las divisiones fundamentales de clase, orden, género y especie.
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Bernardo Bertolucci
Fotos: Archivo
Permanecerá por tener su capacidad de enhebrar un sello reconocible al saber aunar el conocimiento de su medio, rebasarlo y plantear temas inmortales... mientras fue fiel a sí mismo.
Jordi Corominas i Julián* oco a poco, sin prisa pero sin pausa, el siglo XX entona sus últimos adioses. Cuando recibimos la noticia de la muerte de sus gigantes, algo percute en nuestro interior porque ya eran sombras lejanas, recuerdos de una película mental que resucita durante unos instantes hasta desvanecerse tras el inesperado estupor. Bernardo Bertolucci (Parma 1941- Roma 2018) marcó una época al saber erigirse como uno de los grandes portavoces de una generación destinada a cambiar el mundo hasta que este los trastocó, sin esperanza. Su vida tenía las cartas marcadas. No todos tenemos la suerte de hallar en casa continuos estímulos culturales. Su padre, el olvidado aunque notable poeta Attilio Bertolucci, llenaba el salón de su hogar con la cultura viva de la época, cuando tras la guerra Italia supo postularse en la vanguardia literaria y cinematográfica entre el neorrealismo y el crudo desencanto de muchos escritores de primera fila como Elio Vittorini, Cesare Pavese, Elsa Morante, Carlo Emilio Gadda o Alberto Moravia. Sin embargo, el acicate de esos encuentros, el impulsor de toda una trayectoria, fue Pier Paolo Pasolini. A finales de los 50, el poeta de las cenizas de Gramsci decidió ir a la búsqueda de otro lenguaje, pasándose a la dirección fílmica. Como ayudante de Accatone, su primera aventura tras las cámaras, eligió al joven Bernardo, quien más tarde declaró sentirse durante esos meses en el punto exacto de la refundación del séptimo arte. Esa voluntad pasoliniana de recrear en imágenes sus novelas
de periferia, el tercer mundo dentro del primer mundo, con actores no profesionales, metáforas de altos vueltos y un cromatismo extremo en blanco y negro orientaron los balbuceos de Bertolucci, quien debutó en 1962 con La commare secca. Tenía 22 años, siguió los parámetros de su mentor y consiguió una pieza a revalorizar dentro de su legado tanto por la atmósfera creada como por el lirismo de su lenguaje. Este comenzó a adquirir señas de identidad propias con Antes de la revolución (1964), donde con el título resume su esencia mediante la mítica frase de Talleyrand, “Quien no ha vivido los años previos a la revolución no puede comprender la dulzura del vivir”. El protagonista, hasta cierto punto un trasunto de su creador, se debate entre la militancia y su conciencia burguesa. El ambiente provinciano y las banderas derrotadas son una radiografía precisa de la juventud italiana antes del 69, un poco como lo que, a posteriori, haría Ian McEwan con Chesil Beach y la juventud paralizada por las convenciones antes de la explosión.
La revolución y el color
Durante la segunda mitad de la década de los 60, Bertolucci se imbuye del espíritu de su tiempo hasta representarlo para muchos. El proceso lo conduce a intimar con la Nouvelle Vague, protagonizar alianzas teóricas con JeanLuc Godard, empaparse del experimental Living Theatre y firmar una serie de obras transicionales anteriores a su verdadero esplendor. Es indudable cómo quizá el futuro retrate a Bertolucci como un estandarte del 68
y ese juicio tampoco será errado, si bien esa memoria puede que parta más de Soñadores (2003), cinta menor que sintetizaría su última etapa desde Pequeño buda (1993), cuando las ideas de sus cintas mostraban una especie de nostalgia por una juventud irrecuperable. Su verdadera trascendencia para con la frustrada revolución, si es que alguna vez quiso serlo, de esos meses con lemas y adoquines estará relacionada con el mantenimiento de su espíritu y la resistencia mediante un cine autoral que desde la tradición hablaba al presente. La última frase chirriará a algunos, pero de otro modo es incomprensible esa conjugación de fuentes literarias, planos modernísimos al ser clásicos y la fuerza de lanzar conceptos intemporales. Ese estado de gracia emerge con El conformista (1970). Han pasado 2 años del mayo francés y Bertolucci se atreve a narrar, desde la sensacional novela de Alberto Moravia, la existencia de un hombre normal que quiere confundirse entre la masa, aceptar los preceptos de la sociedad y renunciar a su libertad individual con tal de lograrlo. Situar la acción durante el fascismo plasma mejor ese ordenamiento del fracaso, simbolizado a la perfección en la escena donde Jean-Louis Trintignant, legendario en su atuendo de gabardina y sombrero, pasea por el Ara Pacis romano, envuelto al completo por las memorias de Augusto, decálogo de comportamiento y cima de cómo el poder graba el comportamiento en la piedra. Quizá por eso la siguiente película vira hacia otro paradigma. El último tango en París (1972) es ahora mismo una bomba dentro de otra bomba con mecanismos más letales
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que la trituradora de Bansky. Esto sucede por polémicas sobre mantequillas, consentimientos y respuestas de Trivial Pursuit que no llevan camino de generar ningún tipo de consenso entre fake news y escaramuzas esporádicas. Lo cierto es que El último tango reúne todos los ingredientes para ser inmortal desde motivos ajenos a sus intenciones. En cambio, si uno observa su desarrollo, es fácil definirla como una obra maestra, y el ego de Bertolucci lo pretendía. Los créditos de cabecera, con música del Gato Barbieri y los lienzos de Francis Bacon, es una declaración de intenciones. Cuando llegamos a París se produce el fenómeno de congelar el todo. De repente lo visto adquiere un valor irrepetible. El escenario de los hechos, el puente de Bir Hakeim, ese puente de hierro hacia el portal naranja de Jules Verne, pasa de ser un rincón más a ser de todos porque la ficción ha superado a la realidad, dándole nuevos significados. Lo que sigue es el naufragio dentro del caos de dos personas entre una jauría de hienas muy contentas en su conformismo, término que viene y va por su filosofía, aquí entre coitos, una velocidad sutil, desquicies entre la antigua arquitectura del baile y ese apartamento como microcosmos de una rebelión utópica y resignada.
Cortesía: de sus familiares
El director de El último tango en París recibió fuertes críticas en los últimos días por el tratamiento que le dio a la escena sexual del clásico filme.
El monstruo y la gloria
Ese pesimismo se evapora en parte con Novecento. Durante los primeros 70, Italia padeció el terrorismo de Estado y el derivado por los reacios a limitar el espectro izquierdista a los partidos tradicionales. Asimismo, los años de plomo conllevaron un aumento electoral del Partido Comunista Italiano, que hasta soñó con el sorpasso a la Democracia Cristiana de Moro y Andreotti. Mientras otros, caso de Leonardo Sciascia con su impecable Todo Modo, prefirieron la sátira punzante y descarnada, él optó por un fresco que combina una desmedida ambición, la impronta de la militancia y un reparto inigualable. Bertolucci hizo Novecento (1976). Sus 6 horas de metraje están en otra categoría. El inicio de esa barbaridad deslumbra y acota. El 25 de abril de 1945 el norte se liberó del fascismo. Vemos a los campesinos contra la bestia, representada por Attila, ese Donald Sutherland pletórico en el mismo año que rodó Casanova, de Fellini. El canadiense es la encarnación del mal. Van contra él y nada podrá parar ese grito contra tanta y despiadada crueldad nada gratuita. Pero de ahí retrocedemos hasta el 27 de enero de 1901. Muere Verdi y en una hacienda rural nacen Olmo y Alfredo, Depardieu y De Niro, pobreza y riqueza, condensadas en el mismo espacio, que es Italia entre dos fronteras muy significativas, pues uno tiende a pensar que, en realidad, Bertolucci no tenía esperanza en el porvenir pese a ese final de lágrima con la bandera roja y las risas, uno de esos fragmentos a enmarcar por cómo tocan al espectador desde la autenticidad del sentimiento. La deriva, por eso, era negativa. Una cosa era la pantalla y otra bien distinta el terremoto, bien visible en el horizonte. Novecento y su conclusión eran un canto del cisne. El neoliberalismo llamaba a la puerta y la vejez asomaba. Puede sonar extraño decir lo segundo. Bertolucci no había cumplido los 40. Sin embargo,
la intensidad cedió a una segunda fase muy notable con un perfil más simple, con afición a navegar por escenarios exóticos sin renunciar a la insistencia de plantear sus historias desde una cotidianidad a enlazar con la Historia en mayúsculas. Quien escribe disfrutó en su momento de todo este último ciclo a sabiendas que la oferta ya era menor. El último emperador (1987) recibió muchas estatuillas, pero tiene algo del genio que rebaja sus estándares para acoplarse al gusto mayoritario. Lo sucesivo estaba por encima de la media sin alcanzar el promedio de su director, quien en sus últimos compases, como tantas veces ocurre, era alguien en vida que había callado porque ya había dicho todo lo que debía decir.
Enfermo y en silla de ruedas aún tuvo arrestos para regalarnos en 2012 Tú y yo, adaptación de una novela de Niccolò Ammaniti, un autor menor de un país muy rebajado en lo cultural, una caricatura de lo que fue. Bernardo Bertolucci pudo haber muerto en 1976 y nada hubiera cambiado. Entonces ya había ingresado en el panteón. El cine, y más en esta era borracha de velocidad, es de los artes que pueden envejecer peor. Permanecerá por tener su capacidad de enhebrar un sello reconocible al saber aunar el conocimiento de su medio, rebasarlo y plantear temas inmortales, válidos entonces y ahora, desde un fondo de Humanismo. Mientras fue fiel a sí mismo la épica nunca estuvo en las alturas. * Con den ia
Bertolucci justificó que a la actriz de 19 años María Schneider no se le informara de los detalles de la escena de violación que grabó con Marlon .
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Los hijos de Darwin Fotos: Archivo
Esta biografía de Charles Darwin muestra su lado más íntimo.
Charles Darwin es uno de los científicos más importantes y conocidos de todos los tiempos. Menos conocido es el cariño que profesaba por sus hijos o que fue un férreo opositor a la esclavitud imperante en la época. Dario Fo escribe en Hijos de Darwin la biografía más personal del naturalista, salpicada por dosis de sátira. Laura Chaparro*
ras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, el jovencísimo Dario Fo descubrió un nuevo mundo donde el conocimiento científico iluminaba las zonas grises. En esos años se enteró de que el primer hombre y la primera mujer no surgieron en el jardín del Edén, entre el Tigris y el Éufrates, como dice la Biblia, sino en el mismísimo corazón de África. Si los dos primeros seres humanos eran de piel negra y, según la Biblia, Dios los creó a su imagen y semejanza, Fo llegó a una conclusión. “¡Dios también tenía que ser negro!”. El Nobel de Literatura de 1997 refleja su admi-
Dickinsonia, el primer animal
Un estudiante de doctorado de la Universidad Nacional de Australia (ANU, por sus siglas en inglés), Ilya Bobrovskiy, descubrió un fósil de un enigmático organismo llamado Dickinsonia muy bien conservado, en un área remota cerca del Mar Blanco, en el noroeste de Rusia. El tejido de estos restos aún contenía moléculas de colesterol, un tipo de grasa que es marca distintiva de la vida animal. Un equipo de científicos liderado por la ANU ha concluido, gracias al análisis de estas moléculas de grasa, que este ejemplar es el primer animal confirmado en el registro geológico, ya que vivió en la Tierra hace 558 millones de años. El investigador principal del estudio, que publicó la revista Science, el profesor asociado Jochen Brocks, explica que la explosión cámbrica sucedió cuando animales complejos y otros organis-
mos macroscópicos, como moluscos, gusanos, artrópodos y esponjas, comenzaron a dominar el registro fósil. “Las moléculas de grasa fósil que hemos encontrado demuestran que los animales ya eran grandes y abundantes hace 558 millones de años, mucho antes de lo que se pensaba”, añade. Bobrovskiy apunta que el equipo desarrolló un nuevo enfoque para estudiar estos fósiles, que tienen la llave entre el viejo mundo dominado por las bacterias y el mundo de los grandes animales que surgió hace 540 millones de años durante la explosión cámbrica. La mayoría de las rocas que contienen estos fósiles, como las de Ediacara Hills en Australia, han soportado mucho calor, presión y erosión. Los paleontólogos llevan décadas estudiándolas,
lo que explica por qué estaban atascados en la verdadera identidad de Dickinsonia. Estos fósiles estaban en medio de los acantilados del Mar Blanco, que tienen entre 60 y 100 metros de altura. “Tuve que colgarme del borde de un acantilado con cuerdas y excavar enormes bloques de piedra arenisca, arrojarlos, lavar la piedra y repetir este proceso hasta encontrar los fósiles que buscaba”, explica Bobrovskiy. Para Brocks, el hecho de poder estudiar las moléculas de estos organismos antiguos es algo revolucionario. “Cuando Ilya me mostró los resultados, simplemente no podía creerlo. Pero también de inmediato comprendí su importancia”, asegura. En la investigación colaboró la Academia Rusa de Ciencias y el Instituto Max Planck de Biogeoquímica y la Universidad de Bremen en Alemania. (SINC)
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ración por la teoría de la evolución en Hijos de Darwin (2018), una biografía personal del legendario biólogo en la que inserta vivencias personales con su característico humor. La obra, traducida ahora al castellano, fue publicada solo unas semanas antes de que el escritor falleciera, en octubre 2016, a los 90 años. Su sátira llevó a la academia sueca a concederle el máximo galardón de las letras “a quien emula a los bufones de la Edad Media al flagelar a la autoridad y defender la dignidad de los oprimidos”. Precisamente esa atención hacia las personas más débiles es algo que admiraba de Charles Darwin. En los siglos XVIII y XIX los europeos trasladaron de África a las nuevas colonias de América del Sur entre 10 y 12 millones de esclavos, a los que consideraban de una raza inferior. Darwin se esforzó en demostrar que era falso, al revelar que todas las especies tienen un origen común.
Como las crías de chimpancé
Aunque pueda parecer que del biólogo inglés se ha escrito todo, lo cierto es que Fo consigue sorprender al lector con datos curiosos, como las 14 mil cartas almacenadas por el naturalista, fruto del intercambio de misivas con sus colegas científicos. “Una gran cantidad aún no se ha revisado”, destaca el escritor. También llama la atención la cara más familiar del científico, que jugaba con sus hijos y los observaba con detenimiento, comparando su comportamiento con el de las crías de chimpancé. El amor que profesaba a su esposa Emma pasaba por alto que ella no aceptara sus teorías sobre la evolución de las especies, dadas sus férreas creencias religiosas. De los 10 hijos que tenían en común, tres murieron de niños, lo que supuso un duro golpe para el biólogo. Haciendo gala de su sátira, Fo recuerda un trastorno psicosomático que sufría Darwin y que se manifestaba con fiebre, flatulencias y eructos que se convertían en vómitos. La tensión que parecía originar este trastorno se debía a George Jackson Mivart, un antiguo colaborador del biólogo que no paraba de
Pese a que su esposa no compartía sus teorías evolutivas, debido a sus acendradas creencias religiosas basadas en la Biblia, Darwin la amaba entrañablemente. Algunos de sus hijos fallecieron siendo muy pequeños.
criticarle por sus teorías. “Darwin había tenido la osadía de atacar al último bastión efectivo de la Biblia y había logrado trastornar a toda una generación de creyentes incondicionales”, resume el escritor.
La chispa de la curiosidad
Si hay un elemento que une al Nobel con su admirado naturalista es la curiosidad. Fo nombra varias veces a su abuelo Bristìn, un “campesino científico” que le hechizaba con su sabiduría. Con unas descripciones exquisitas rememora cómo eran los encuentros con él, en los que tras un “por qué” siempre venía otro y otro más.
Un acierto del escritor es incluir ejemplos personales cuando habla de conceptos como la inteligencia animal. Que un perro de su infancia asocie una canción de Brahms con su dueño desaparecido es una muestra de lo sofisticados que son los sentidos de estos animales. De hecho, el can sobre el piano protagoniza una de las ilustraciones que aparecen al final del libro, una sucesión de coloridas imágenes pintadas por Fo con la ayuda de Jessica Borroni. En ellas se resume de un vistazo la vida de Darwin, sus aportaciones a la ciencia y su pasión por la biodiversidad. El toque más personal para una biografía que se sale de lo habitual. *Sinc
¿Dónde se esconden las cucarachas?
Las cucarachas rubias o alemanas (Blattella germanica) se han convertido en una verdadera plaga en todo el mundo. Los lugares estrechos, húmedos y oscuros son sus preferidos, sobre todo si tienen disponibilidad de residuos humanos. Por eso nuestros hogares son sus sitios predilectos. Para predecir qué casas son más propensas, un equipo de científicos, liderado por la Rutgers University-New Brunswick en Estados Unidos, ha entrevistado a residentes mayores y discapacitados de 388 apartamentos de siete edificios del estado de New Jersey. Además, los científicos comprobaron las condiciones de los pisos y colocaron trampas para atrapar cucarachas. Los resultados del trabajo, publicado en el Journal of Economic Entomology, revelan que en el 29 por ciento de los hogares se han en-
contrado estos insectos, una tasa alta en comparación con el resto de la sociedad, señalan los autores dirigidos por Changlu Wang. Sorprendentemente, el 35 por ciento de los residentes que vivían con cucarachas desconocían su presencia. Para los investigadores, este hecho es alarmante porque la falta de conciencia permite que las cucarachas se reproduzcan, contaminen los alimentos, se propaguen a otros vecinos, depositen alérgenos que pueden afectar a la salud humana y disminuyan los futuros esfuerzos de control de la plaga. El estudio ha permitido demostrar que la higiene en cocinas y baños está directamente relacionada con la presencia de cucarachas. Así, el equipo encontró que en los apartamentos con una calificación deficiente en las instalaciones sanitarias en cocinas y baños te-
nían 2.7 veces más probabilidades de tener cucarachas que apartamentos más limpios. Además, los residentes que son más indulgentes con las cucarachas también tenían tasas más altas de plaga y mayor número de estos insectos en sus viviendas. Para los investigadores, es necesario mejorar el control de las cucarachas en estos edificios y esto requerirá de educar sobre los peligros de la infestación y ayudar a las personas a mejorar la limpieza de sus hogares. Debe recordarse que entre los peligros de su propagación están la peste bubónica, la disentería, la fiebre tifoidea, la hepatitis A, diversas complicaciones como la gastroenteritis y hasta la lepra. Preventivos caseros como las hojas de laurel, el bicarbonato y el ácido bórico resultan buenos auxiliares de la higiene. (SINC)