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Guatemala, viernes 22 de noviembre de 2019
Editorial Metáforas en piedra. Algunas ciudades antiguas lo son.
Benito Pé
Trafa
Eso es literalmente palpable digamos en Roma, en Stonehenge, en Tikal y en la cordillera de los Andes, reino primigenio de los dioses. Y sí, hay ciudades en erupción perpetua. Antiguos volcanes respiran allí bajo el musgo centenario, mientras caldean sus mares y añaden rojos imposibles a los atardeceres. Ciudades hay que son mudas. La Habana no es una de ellas. Es una fortaleza cuyos costados aúllan tiempo, y desde hace 5 siglos se amuralla en el Caribe, a lomos de un caimán legendario. El fugaz silencio habanero de la madrugada es apenas una tregua, un armisticio que permite escuchar cómo el Atlántico pule sus amatistas y cantos rodados en el malecón. El viento allí suele ser un rumoroso manto azul sobre los hombros del viajero. Mundo de fuegos, La Habana. Mundo de amores y batallas. Blasón heroico calcado sobre muros que convocan a vivir el futuro como una consigna del presente
l autor ha conservado en el gran friso narrativo de los Episodios Nacionales toda la compleja vida de los españoles a lo largo del agitado siglo XIX. Los acontecimientos bélicos, las inquietudes políticas, la vida cotidiana y las reacciones espirituales y psicológicas se suceden novelescamente engarzados en la verdad histórica del suceder de una centuria. Trafalgar es el primero de estos episodios e inicia una serie protagonizada por un muchacho, Gabriel de Araceli, a quien el azar de la vida lleva a ser testigo de la gran batalla naval. Desde su mirada, casi de niño, se ofrecen objetivamente los perfiles del combate y la personalidad de oficiales heroicos, viejos marinos, familias gaditanas... todo un sector de la España que poblará el conjunto de los Episodios que comprende 46 novelas redactadas entre 1872 y 1912.
en perpetuo movimiento. La Habana moldea el tiempo con sus manos y el mar es un lienzo de sal, en el que se desparraman los adioses y se dibujan los abrazos.
Entidad pacifista
DIRECTORIO Director General: Pavel Arellano Arellano
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Subdirector General Técnico: Rodrigo Carrillo Edición: Otoniel Martínez Diseño Gráfico: Héctor Estrada Digitalización: Freddy Pérez
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La Unesco (por sus siglas en inglés) se fundó el 16 de noviembre de 1945, con el objetivo de contribuir a la paz y a la seguridad en el mundo, mediante la educación, la ciencia, la cultura y las comunicaciones. Su constitución entró en vigor el 4 de noviembre de 1946, ratificada por 20 países. En 1958 se inauguró su sede principal, en el distrito VII de París. En 2017 contaba con 195 Estados miembros y 10 integrantes asociados.
érez Galdós
Semblanza
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Franz Schubert
Archivo
Franz Schubert nació el 31 de enero de 1797 en Lichtenthal, cerca de Viena. Fue el duodécimo de 14 hermanos. Como hijo del párroco maestro de coro Franz Theodro Florian y de Maria Elisabet Katherina, Franz recibió sus primeras clases musicales a los 8 años. A los 10 años escribió sus primeros temas. Varios documentos lo describen como corpulento, miope, cara redonda y cabellera exuberante. Autor de 600 composiciones en forma de lieders (canción lírica breve), en el trabajo que dejó se cuentan, entre otras, 21 sonatas, 7 misas y 9 sinfonías; de estas, la más conocida es La Sinfonía Inconclusa, obra magistral de dos movimientos. En 1808 sería becario en la Capilla de la Corte, siendo alumno de composición de Antonio Salieri en 1813. En este mismo año ingresó en la Academia de Profesores de enseñanza básica de Annagasse, para convertirse en 1814 en profesor de escuela. Destacó con algunas de sus canciones, Hagars Klage (1811) y Der Vatermöder (1811). Fue influenciado por Beethoven, cuya música le apasionaba. En 1813 comenzó a dar clases en la escuela de su padre. Un año después tuvo lugar la creación de su primera ópera, Des Teufels Lustschloss, su primera misa (en fa mayor), y 17 canciones. En 1815, Schubert finalizó su segunda y tercera sinfonías, compuso dos misas, en sol y si bemol mayor, otras obras religiosas, música de cámara y 146 canciones, El rey de los elfos entre ellas. Un año después compuso la Sinfonía trágica (nº 4), la Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, más música religiosa, una ópera y unas 100 nuevas canciones. Se enamoró de María Teresa Grob, una soprano que actuaba en su Misa en Fa. Pese al éxito, el fracaso en este amor marcaría de forma importante sus composiciones posteriores, significando el nacimiento del Lied (canción para voz solista y acompañamiento). En 1820 escribió la música para el melodrama El arpa encantada, y Los hermanos gemelos (1820). Además, creó música religiosa, como los Veintitrés salmos y el oratorio incompleto Lazarus. En 1821 compuso la Sinfonía inconclusa, y la Misa en la bemol. El ciclo de canciones La bella molinera lo compuso en 1823, y el Octeto y las Canciones de Sir Walter Scotten, en 1824. Los siguientes 2 años los dedicó a componer La grande (1825) y el ciclo de canciones El viaje de invierno (1827). Pertenecen a 1828, la Misa en mi bemol mayor, el Quinteto para cuerda en do mayor, las tres últimas sonatas y el último grupo de canciones El canto del cisne, editadas tras su muerte. Nunca prescindió de las estructuras clásicas, y por ello no se le considera un precursor de lo Romántico, sino más bien el último en seguir la senda de Haydn, Mozart y Beethoven. El 29 de marzo de 1827, Schubert fue uno de los 30 compositores que acompañaron el féretro del finado Beethoven. Franz Schubert falleció a causa de una gonorrea complicada con una fiebre tifoidea, el 19 de noviembre de 1828 en Viena, en casa de su hermano, tras componer El pastor en la roca, su último Lied.
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500 años
Entre sus propias ruinas y el mar, La Habana mira todavía la huella gloriosa de su pasado.
de La Habana
A sus 500 años, la capital de Cuba sigue siendo una metáfora en piedra del país, una ciudad que muere y que renace, un sitio que se ahoga y sobrevive.
Lioman Lima* uvo, en algún momento, más lujo y vida que Nueva York; algunos incluso la comparaban con París: a ella llegó el ferrocarril primero que a España, el cine poco después de su invención, las primeras y las últimas creaciones imperiosas de la modernidad. Luego, llegó la Revolución cubana, pasaron los años y la capital en muchos sentidos se convirtió en una máquina del tiempo, un baúl de memorias donde pasado y presente se difu-
minan en un mismo espacio. Y de esos tiempos que han marcado la historia de la ciudad, se conservan diversos monumentos que dan fe de la historia y los azares de este medio milenio. Con motivo del aniversario de la ciudad, consultamos con arquitectos, profesores universitarios, restauradores, historiadores del arte y urbanistas, para elegir edificios que cuentan la historia de glamur, gloria y decadencia de La Habana. A algunos de los seleccionados los separan siglos y a otros solo años; los criterios van de lo arquitectónico a lo histórico, pero todos representan, en mayor o menor medida,
la metáfora de un lugar y tiempo, una idea, una poética, un movimiento, el testimonio de un tiempo o de una forma de vida.
Castillo de la Real Fuerza (1558-1577)
Es el vestigio más antiguo del pasado colonial de La Habana. Está en una esquina de la Plaza de Armas, que fue por siglos no solo el centro político de la ciudad: allí empezó La Habana. Fue la primera gran fortaleza y es la construcción militar más antigua que se conserva, la defensora y vigía de La Habana por casi medio siglo. Desde una de sus cúpulas, la Giraldilla, el símbolo femenino y guerrero de la ciudad, recuerda una vieja historia de amor: la de Isabel de Bobadilla, la única mujer que ha gobernado Cuba y que murió con la nostalgia de la espera de su amado, Hernando de Soto, que se fue a conquistar Florida y nunca regresó. Siglos más tarde, La Habana sigue mirando hacia al mar, como metáfora de una ciudad marcada por nuevos exilios, nuevas separaciones y por la gente que sigue esperando qué noticias les traen, desde otros lados, las olas de entonces, las de todavía. “Fue la primera fortaleza con baluartes que se levantó en América y tuvo una importancia tremenda, porque no solo inició las construcciones militares que caracterizarían la ciudad siglos después, sino que marcó la política, la economía y la sociedad habaneras durante varios
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siglos”, indica Nelson Herrera Ysla, arquitecto e historiador del arte. La Fuerza fue por siglos la residencia del capitán general, y allí era donde guardaba el oro y las riquezas que traían las flotas de toda América, por lo que tuvo una importancia decisiva para el comercio de España con sus colonias, pero también para la política de Cuba durante sus primeros siglos de colonización y conquista.
Convento de Santa Clara (1638-1644)
Hasta su reciente restauración, obra de la Oficina del Historiador de la Ciudad, fue una de las joyas menos conocidas y más deterioradas de la ciudad y, tal vez, uno de los mejores exponentes de su arquitectura religiosa. Fue el primer convento femenino de La Habana y, todavía, sigue siendo el mayor que se construyó en la ciudad: ocupa dos manzanas, y las autoridades coloniales tuvieron que cerrar varias calles para su construcción. Tuvo la primera fuente pública de La Habana y sus techos son todavía uno de los mayores exponentes del estilo mudéjar en América en el siglo XVII. Desde que las monjas clarisas lo abandonaron a inicios de la década de 1920 no fue solo motivo de escándalos de corrupción, sino también de leyendas. Cadáveres encontrados allí de niños revelaron el oscuro pasado de sus inquilinas: generalmente jóvenes habaneras que eran enviadas por su familia o por “voluntad propia” para escapar de los “vicios y las juergas” de la entonces escandalosa ciudad. Luego de que las monjas se mudaran, pasó a ser una oficina del Gobierno y luego acogió equipos de la Oficina del Historiador mientras se caía a pedazos, y sus jardines, fuentes y techos
sufrían las inclemencias del tiempo y el olvido. “No nos queda otro ejemplo tan espléndido de la arquitectura conventual y religiosa. Es quizás el edificio que más valores tenga en sus techados de toda la arquitectura colonial habanera, y sin dudas uno de los de carácter religioso más importante que tenemos. Es sin dudas la construcción más notable del siglo XVII habanero”, señala Daniel Taboada Espiniella, arquitectorestaurador, profesor universitario e investigador cubano. El Convento de Santa Clara ha sido un testigo callado de la vida en el centro histórico de La Habana, del poder de la religión sobre la moral y la vida de la época y un testimonio tardío del papel de la mujer habanera durante los primeros siglos de la colonización.
esa Habana abandonada, sin mantenimiento, llena de barbacoas y llena de intervenciones foráneas, uno de esos edificios que nos recuerda que hay partes de La Habana que son como Roma, cuando entran los bárbaros, destruyen todo y las vacas terminan pastando en las plazas de mármol”, expresa Rafael Fornés, arquitecto y profesor de Estudios sobre La Habana de la Universidad de Miami. El Palacio de las Ursulinas es una muestra de la transición entre la arquitectura religiosa y civil de La Habana y un ejemplo de las llamadas cuarterías, grandes edificaciones o viviendas de lujo de la ciudad que se convirtieron en núcleos multifamiliares donde viven decenas de personas en condiciones muchas veces inhabitables.
Palacio de las Ursulinas (1913)
La subida de los precios del azúcar tras la I Guerra Mundial llevó a una época de gloria a la arquitectura de Cuba, los estilos de vanguardia comenzaron a florecer en la ciudad y La Habana se volcó a las formas macizas y elegantes del Art Déco. Un pequeño grupo de grandes familias controlaban la economía del país y una de ellas, los Bacardí, creadores del ron que lleva su nombre, quisieron dejar en La Habana una muestra de la gloria de su imperio. El edificio que construyeron como oficinas de su ronera utilizó algunos de los materiales de mayor calidad y las técnicas más revolucionarias de su momento, desde acero y hormigón hasta granito natural, terracota, ladrillos prensados, mármol rojo, loseta de gres cerámico o tejas policromadas... Intervenido tras la Revolución cubana, actualmente acoge diversas oficinas con ven-
Otra de las joyas desconocidas y en ruinas de La Habana, no solo fue testigo de un período de experimentación y de rejuego arquitectónico, sino también uno de los primeros edificios civiles de la naciente república. Diseñado por el arquitecto José Toraya en uno de los centros de la ciudad tras el derrumbe de sus murallas, recuerda por momentos a una pequeña mezquita de Córdoba al otro lado del Atlántico: fachada de arabescos, arcadas moriscas y azulejos sevillanos se mezclan en un palacio ahora decadente convertido en cuartería, donde viven hacinadas decenas de familias. El palacio de las Ursulinas es un testimonio tardío de la influencia de la cultura hispana en Cuba: fue construido solo 15 años después de la salida de España y una de las primeras expresiones internacionales del estilo neomudéjar. “Creo que es uno de los grandes ejemplos de
Edificio Bacardí (1930)
El convento es una de las joyas menos conocidas del arte religioso en La Habana.
El Castillo de la Fuerza es la construcción militar más antigua que se conserva en La Habana.
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El Capitolio fue la sede de las dos cámaras del Congreso de Cuba hasta el inicio de la Revolución cubana.
tanas y puertas rotas, materiales carcomidos y filtraciones. “El Bacardí, que pertenecía a esa familia, de gran historia y linaje, es una de las grandes joyas del Art Déco mundial, un edificio a la escala de Nueva York. Hecho con granito, con doble puntal, con esculturas. Es realmente una construcción alucinante, una de las edificaciones más importantes de la arquitectura cubana de todos los tiempos”, manifiesta Nelson Herrera Ysla. El Bacardí no es solo el símbolo más extraordinario del estilo Art Decó en La Habana y el recuerdo de un tiempo en que las grandes fortunas construyeron algunos de los edificios más vistosos de la ciudad, sino también el testimonio de las confiscaciones de la Revolución de Fidel Castro y del fin de la propiedad privada.
lamento cubano, la Asamblea Nacional, que se reúne solo dos veces al año. “Yo diría que es el edificio de La Habana que podría sobresalir sobre cualquier otro. Tiene una calidad de ejecución, de materiales y representatividad que no tienen otras construcciones. Es lo último de la modernidad constructiva y funcional de la ciudad”, sostiene Daniel Taboada El Capitolio fue el símbolo de la vida política de la Cuba de la República (1902-1959), pero su historia no solo marca el intento de construir un cuerpo legislativo democrático en una nación marcada a lo largo del siglo XX por dictaduras e intervenciones militares, sino que también fue una víctima callada del conflicto ideológico que ha marcado la relación de Cuba con EE. UU. durante los últimos 60 años.
El Capitolio de La Habana (1929)
La Plaza de la Revolución (1958)
Fue por casi 30 años no solo el núcleo de la vida política cubana, sino el centro simbólico de la ciudad. Terminado en 1929 bajo las órdenes del arquitecto Eugenio Raynieri y durante el régimen de Gerardo Machado, estaba destinado a albergar las dos cámaras del Congreso de la República. Para su edificación se utilizaron algunos de los materiales más costosos de su tiempo y cuenta con numerosas esculturas y arte en relieve. En uno de sus salones, un diamante que perteneció a la corona del último zar de Rusia marcaba el inicio de todas las carreteras de Cuba (la joya fue robada en una ocasión antes de la Revolución, apareció poco tiempo después y cuando llegó Fidel Castro al poder fue retirada, sin que se conozca su paradero). Es considerada por muchos la construcción más importante que se ha erigido en Cuba, aunque estuvo por años olvidado dado que el Gobierno consideró que su arquitectura imitaba la del Congreso de Washington, enemigo de los comunistas. El Capitolio de La Habana siguió en realidad el modelo del Panteón de París, de la iglesia San Pablo de Londres y del Capitolio de Estados Unidos, aunque su cúpula es más alta que este último. Restaurado recientemente con apoyo del Gobierno de Rusia, acogerá otra vez al Par-
Es sin dudas uno de los símbolos políticos y arquitectónicos de La Habana y el lugar, por antonomasia, de las grandes marchas de la Revolución y los maratónicos discursos de Fidel Castro. El proyecto final, llamado Centro Cívico, resultó de la mezcla de dos obras que se presentaron a un concurso y que buscaban crear un monumento que homenajeara a José Martí, el héroe de la independencia de Cuba, y que creara un nuevo centro para La Habana. Las obras, que se inspiraba en diseños de la Italia de Mussolini, según los arquitectos, nunca se terminaron, pues su finalización coincidió con el inicio de la Revolución cubana, en 1959. Sin embargo, Fidel Castro transformó el destino del proyecto y convirtió al lugar como centro del Gobierno y del poder militar de Cuba (las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior fueron ubicadas en sendos edificios, cerca de donde también opera el Consejo de Estado y de Ministros). Desde su propia concepción fue un proyecto muy extraño que nunca se logró terminar. El urbanismo allí no logró consolidarse, es un lugar difícil que nunca pudo resolverse en su totalidad, pero su importancia política supera en toda medida su importancia arquitectónica. La Plaza de la Revolución ha sido el epicentro del proceso político que inició en 1959 y que
aún continúa, 60 años después. Ha sido testigo de los grandes acontecimientos que estremecieron el país durante el último medio siglo y, también, un ejemplo de los grandes edificios que la Revolución reutilizó, transformó y nunca terminó.
Escuela Nacional de Arte de Cubanacán (1961)
El proyecto de la naciente Revolución de llevar lo más alto de la cultura a toda Cuba llevó a la construcción de una serie de escuelas para la enseñanza del arte. Para un propósito de tal magnitud, fueron convocados tres renombrados arquitectos, Ricardo Porro, Roberto Gottardi y Vittorio Garatti, para transformar los terrenos del antiguo Country Club de La Habana. El diseño de grandes cúpulas conectadas por pasillos encapsulados en bóvedas catalanas es todavía visto como un juego maravilloso de la imaginación. Sin embargo, el proyecto nunca llegó a terminarse. A poco tiempo de su terminación, el Gobierno consideró un gasto innecesario invertir fondos en unas construcciones “artificiosas” que eran “incompatibles” con “los ideales de la sociedad socialista”. Abandonadas a la vegetación y a las inclemencias del tiempo, tres de las cinco escuelas quedaron sin terminarse y muestran estados notables de deterioro. “Son un símbolo emblemático del movimiento moderno de los años 60 y 70. Hubo una campaña muy negativa porque se decía que se estaba gastando mucho dinero en ellas en un momento en el que se debía hacer viviendas o escuelas. Se optó de una manera mecánica asentar ese tipo de crítica de tipo político y se detuvieron esas construcciones, lo que fue algo dramático porque hubieran sido un ejemplo indiscutible de lo mejor de la arquitectura cubana de la Revolución”, reseña Herrera Ysla. Las Escuelas de Arte son consideradas el símbolo de la arquitectura moderna de los 60, pero también una muestra del cambio político e ideológico de la Revolución cubana hacia la influencia soviética, que marcaría la vida, la política, la economía y la arquitectura hasta inicios de 1990. *BBC
Gavetas
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Hemeroteca del Diario de Centro América
Capitán general Matías de Gálvez
DCA, 15 de enero de 1936.- Del rey “al Gobernador y Capitán General de las Provincias de Guathemala y Presidente de mi Real Audiencia de ellas. En carta de cinco de Enero y ocho de Febrero de mil setecientos setenta y ocho, dio cuenta con cinco testimonios vuestro antecesor Don Martín de Mayorga de las excusas qe., produjo el Mui Reberendo Arzobispo de esa Diócesis, el Dr. Pedro Cortes y Larraz por no aver concurrido a la junta mandada por mi Real Cedula de seis y siete de junio de mil setecientos setenta y cuatro para la traslacion de esa capital
y distribucion del ramo de Alcabalas qe., por diez años fui servido ceder para socorro de su vecindario y obras publicas pretextando varias ocupaciones de su ministerio qe., se lo impedian, oficios qe., el nominado vuestro antesesor le dirigio y sus contestaciones y reselos qe., tenia de qe., el enunciado prelado procuraba persuadir a los incautos a qe., no se esforzasen a salir de la arruinada ciudad, segun manifestaban las cartas qe., acompaño, testimoniadas de los Combentos de Monjas de su afiliación. Yo el Rey”. “En la nueba Guathemala, a doze de Diciembre de mil
setecientos ochenta y un años. El Mui Ilustre Señor Don Mathias de Galbes, Brigadier de los Reales Excércitos, Presidente de esta Real Audiencia, Gobernador y Capitán General de este Reino: Habiendo recibido y visto la Real Cédula, de las dos foxas con esta las cojio en sus manos, la bezó y puso sobre su cabeza, estando en pie, y destocado (como tratabase de Carta de Nuestro Rey y señor qe., Dios guarde), dijo qe., para su cumplimiento se pase con los antecedentes al Señor Fiscal y firmo y doy fe. Matias de Galbes. Ante mi: Joseph Manuel de la Parte”.
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Reporte en V
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El aguacate, un anacronismo evolutivo En estos días, una cosa parece cierta: los aguacates han conquistado lugares en los que hasta hace unas décadas ni siquiera habían oído hablar de ellos. En Instagram, una búsqueda “básica” del #avocado (como se dice en inglés) actualmente arroja más de 7.5 millones de publicaciones. Y no todas son fotos de los aficionados a mostrar qué comen diariamente.
Decididamente irresistible.
Guy Kelly* ay cafés servidos dentro de las cáscaras de aguacate, juguetes tejidos con forma de aguacate, huevos de Pascua con temática de aguacate, aguacates en tarjetas de felicitaciones y, más recientemente, imágenes de hombres que al proponerle matrimonio a las chicas usan aguacates como portadores del anillo. Definitivamente, el humilde aguacate tiene a personas de todo el mundo bajo su hechizo. En Estados Unidos, por ejemplo, el consumo anual de aguacate de una persona promedio ha aumentado de 0.5 kg en 1989 a más de 3 kg en 2016. En el Reino Unido, los aguacates tuvieron el tercer mayor crecimiento de ventas de cualquier artículo de abarrotes el año pasado, justo detrás de una marca de cerveza y una bebida energética. El consumo de esta baya —en términos botánicos lo es— es tan abundante que, en 2016, a los millenials australianos les recomendaron dejar de comprar tantos aguacates, si querían tener dinero suficiente para comprar una propiedad. ¿Cómo llegó hasta aquí? Tracemos la historia de este discreto escalador social.
15 mil a. C.: ¿inmortales?
Empecemos con una noticia sorprendente: los aguacates en realidad ya no deberían existir en absoluto. Al igual que muchas plantas, la supervivencia del aguacate depende de que los animales coman todo su fruto, se vayan en otra dirección y luego defequen la semilla en un lugar nuevo. Excepto... ¿has visto el tamaño de una semilla de aguacate? Alguna vez hubo animales enormes, como mamuts y perezosos terrestres
gigantes que podían devorarlos a voluntad, pero todas esas criaturas se extinguieron hace unos 13 mil años, y no quedó nada lo suficientemente grande como para cumplir con esa labor. Es lo que se conoce como un “anacronismo evolutivo”. En resumen: nadie está seguro de cómo los aguacates lograron mantenerse vivos, hasta que los humanos comenzaron a plantarlos.
10 mil a. C.: los primeros hipsters
Los arqueólogos han encontrado evidencia de que había seres humanos que los consumían en América Central alrededor del año 10 mil antes de Cristo. Los aguacates se cultivan predominantemente en México y Centroamérica, pero se pueden encontrar mucho más al sur, así como en el Caribe, California, y ahora Israel y el sur de Europa. Ah, ¿y el nombre? Se deriva de ahuacatl, una palabra en el idioma náhuatl (hablado por los indígenas nahuas de México y que en algún momento se extendió hacia el sur), que también significaba “testículo”. Encantador.
1696: gusto europeo
Se dice que el conquistador español Fernández de Oviedo fue uno de los primeros europeos en probar un aguacate, a principios del siglo XVI. “En el centro de la fruta hay una semilla como una castaña pelada, y entre esta y la corteza está la parte que se come, que es abundante, una pasta similar a la mantequilla y de muy buen gusto”, escribió en su brillante versión temprana de un blog de comida. El primer registro escrito de la palabra “aguacate” en inglés fue de Hans Sloane. Lo hizo en un índice de plantas jamaiquinas de 1696.
Viernes
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Fotos: Archivo
Quizás inventó el agua tibia pero para algunos fue toda una revelación, y si la “receta” lleva el nombre de Paltrow...
Los aguacates debían haber dejado de existir cuando desaparecieron los animales grandes que podían comérselos, pero de alguna manera sobrevivieron.
1920: comienza una campaña de relaciones públicas
A fines del siglo XIX, en California empezaron a plantar aguacates con semillas de México y Guatemala y los llamaban “pera de cocodrilo”. Pero no se vendían. Entonces, la Sociedad del Aguacate de California sacó avisos en las revistas The New Yorker y Vogue, ensalzándolos como el “aristócrata de las frutas para ensaladas”. Este fue el comienzo del aire ahora familiar de superioridad que tiene el aguacate en algunos países.
1968: ¿qué demonios?
La famosa tienda Marks & Spencer afirma que introdujo los aguacates a los supermercados del Reino Unido, en 1968, y los llamó “peras de aguacate”. Pero los británicos no se mostraron muy interesados. Además, el nombre los confundía. Una clienta se quejó, pues lo había hervido y servido con crema inglesa como si fuera un postre, pues su nombre decía que era una pera. M&S tuvo que empezar a venderlos con folletos, explicando que eran para comerlos como ensalada.
1990: la estrategia ganadora
A principios de la década de 1990, los cultivadores de aguacate en California seguían buscando nuevas formas de comercializar su producto. Decidieron apuntar al Super Bowl. Ver el fútbol americano, razonaron, iba de la mano con comer papas fritas con salsas, ¿y qué mejor salsa que el guacamol? Distribuyeron muestras, ofrecieron recetas, y funcionó. Actualmente, los fanáticos del guacamol consumen más de 47 millones de kilos de aguacate, cada año, en el domingo del Super Bowl.
2010: dominación mundial
Con el aumento del guacamol, la gente comenzó a preguntarse qué otra cosa podían hacer con ellos. En 2013, la actriz y vendedora de estilo de vida Gwyneth Paltrow convirtió “aguacate sobre pan tostado” como uno de los componentes clave de su muy exitoso libro de cocina It’s All Good. El libro coincidió con el aumento de la tendencia de “comer sano”, un movimiento que podría decirse que comenzó con la adopción generalizada de un estilo de vida “californiano” —athleisure, jugos verdes, ensaladas— como lo muestran celebridades destacadas. Las recetas de aguacate comenzaron a aparecer en todas partes, la mayoría de ellas citando sus cualidades de “súper alimento” (en particular, el hecho de que el 75% de la grasa en aguacates es no saturada, “buena grasa”) y su gran versatilidad como ingrediente. Antes de darnos cuenta, los aguacates habían cautivado a los millennials conscientes de la salud. Comenzaron a venderse tan bien que el fenómeno de la “mano de aguacate” se convirtió en una condición médica reconocida, aunque difícil de comprender para quienes vienen de países en donde el aguacate es local. Pronto generaron un imperio de mercancías suaves y verdes, desde jarras de aguacate hasta una tienda de regalos en línea con temática de aguacate. La gran fiebre de aguacate no ha estado libre de consecuencias negativas. Aunque no se suele mencionar a menudo, hay informes de cárteles de la droga que controlan el suministro de aguacate en América Central, así como afirmaciones de que el consumo de aguacate está alimentando la deforestación ilegal en México. Además, los aguacatales son plantas sedientas: según la mayoría de las estimaciones, el cultivo de aguacate requiere al menos dos o tres veces
más agua que el cultivo de papa. No obstante, su carrera hacia la dominación global sigue avanzando. En Asia se están tomando la economía de más rápido crecimiento del mundo: China importó 32 mil 100 toneladas de aguacates el año pasado, que fue más de mil veces el número de 2011. Al parecer, el futuro es suave, verde e innegablemente bueno para la salud. El aguacate maduró, ¡y está aprovechando su momento! *BBC
Hípster: subcultura de jóvenes bohemios de clase mediaalta que se establecen por lo general en barrios que experimentan procesos de gentrificación.
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Contando el tiempo
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reflexionar sobre el ahora sin ataduras más bien retóricas ni drásticas continuidades. No aspiraba a emular y por eso mismo consideraba los privilegios de los Estados como algo excepcional desde una trampa léxica. Al supeditarlos a su yugo siguió las tendencias propias del siglo —para muestra, la Francia del Rey Sol—, y añadió su particular rúbrica con la tolerancia religiosa mediante la acogida de los hugonotes y un equilibrio entre protestantes y calvinistas para potenciar el comercio en sus dominios. La Historia era una locomotora a pleno gas y con el cetro en mano debía manejarse su velocidad para construir su estación de destino. Con el Gran Elector lo pretérito se tambaleó. Se intuye en su proceder una conciencia de modernidad bien distinta a la de Federico el Grande, rey historiador partidario de un tiempo inmóvil. Clark menciona su afición a los lienzos de Watteau, donde lo anterior y el porvenir penden de un hilo, como si ese suspiro congelado del paréntesis fuera la esencia fundamental. El recurso pictórico es interesante, pero mientras avanzamos en las pesquisas de su filosofía, indudablemente influenciada por Voltaire, contemplamos un retroceso desde la manipulación de las fuentes.
Obstaculizar el movimiento
Tiempo y poder
Hitler, pasándolo bien junto a su amiga Leni Riefenstahl en 1934. (Cordon Press)
Tiempo y poder es el reciente ensayo del británico Christoper Clark, luego de Sonámbulos, donde diseccionó con maestría cómo el Viejo Mundo se lanzó cual caballo desbocado a la I Guerra Mundial. Jordi corominas i julián* lo largo de la Historia pocos han sido los gobernantes capaces de marcar una era hasta sintetizarla con su nombre. Este logro implica condicionar toda la línea cronológica del momento a las acciones de un núcleo irradiador con suficientes tablas como para determinar el contexto y metamorfosearlo desde el trono. Augusto, Pericles, Luis XIV, Napoleón o Stalin son ejemplos ilustres de esta categoría, pero cualquier dirigente aspira a dejar ese tipo de impronta, y bien pocos lo consiguen por la dificultad intrínseca de controlar el reloj has-
ta maniatarlo. Esta es la temática de Tiempo y poder (Galaxia Gutenberg), reciente ensayo del británico Christoper Clark tras el éxito de Sonámbulos, donde diseccionó con maestría cómo el Viejo Mundo se lanzó cual caballo desbocado hacia el desastre de la Primera Guerra Mundial. En esta ocasión centra el tiro en su especialidad, el universo germánico, y de la Prusia posterior a la Guerra de los 30 Años alcanza el Tercer Reich como conclusión de cuatro giros inesperados enmarcados en la mente de cada uno de sus mandamases.
El Gran Elector
El primero es Federico I de Prusia, el Gran Elector o el dinamismo entre pasado y presente para ir hacia el futuro. Desde sus posesiones de Brandenburgo comprendió sin mucha complicación la necesidad de alterar las relaciones con los Estados, demasiado seguros por sus privilegios debidos a la tradición. Estos mismos negaban la centralización administrativa y la posibilidad de verse supeditados a quien ostentaba la corona, obsesionado tras el reciente y devastador conflicto bélico de los tres decenios (1618-1648) en forjar un ejército permanente para proteger las fronteras y tener preparadas las piezas para ofensivas de carácter expansivo. El Gran Elector fue soberano durante una era donde empezó a cultivarse una historiografía del presente, y este factor enlazaba con su ideario, desprovisto del culto a la Antigüedad al
Federico omite el impasse de la claudicación de los Estados porque quiere engarzarse con lo romano desde lo imperial. Otro punto a no desdeñar de sus postulados versa sobre su sexualidad. Rechazó la sucesión dinástica impuesta y prefirió conservar una atmósfera idílica entre la libertad personal y una sociedad estática para prevenir algaradas y transformaciones demasiados contundentes. Amaba las composiciones de su profesor de piano y composición, Johann Joachim Quantz, y renunciaba a tocar otras piezas para frenar el vendaval de caprichos y reprimir la eclosión de las modas. Si su antecesor modeló las manecillas él quiso obstaculizar su movimiento, aunque compartía lógicas con otro gigante, Bismarck, al privilegiar ambos instantes concretos desde valencias opuestas. El Gran Elector tuvo el mando de Brandenburgo-Prusia entre 1640 y 1688. Federico II permaneció en lo más alto entre 1740 y 1886, mientras Otto Von Bismarck, tras una brillante carrera diplomática, fue canciller del reino y después del Imperio entre 1862 y 1890, 28 años transcurridos con una aceleración vertiginosa. Como si la Historia se hubiera desmarcado para plantar retos a sus protagonistas entre el nacimiento de la industrialización, el auge tecnológico, el surgimiento de la clase trabajadora y el cuestionamiento del edificio desde 1789. Fue cuando en Francia se cimentó la contemporaneidad con principios radicalmente distintos a los del Antiguo Régimen, con la ciudadanía por bandera y una serie de valores aún vigentes pese toda la andanada populista de la actualidad. Además de lo dicho otro vector impulsaba la catapulta, el nacionalismo como catalizador y síntesis desde una perspectiva burguesa. Bismarck quiso regular todo este entorno, y para hacerlo eligió varias metáforas. En 1848, el panorama estalló con la Primavera de los Pueblos. París estornudó y toda Europa se resfrió. ¿Qué hacer? El juego del ajedrez tiene infinitas variantes, imposibles de recrear en una sola vida humana.
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Guatemala, viernes 22 de noviembre de 2019
Esta imprevisibilidad es uno de los grandes retos del orden. La revolución no fue una molestia para el futuro generador del Reich. Debía aceptarse si se supeditaba a la corona, y desde este planteamiento observó la Dieta de Frankfurt. El parlamento podría legislar, sí, pero sin independencia del monarca prusiano, siempre con un as en la manga o una última palabra para emanar decretos y propuestas. Este hálito de juventud cobró otras formas cuando fue designado Canciller. Tenía experiencia, había departido en todas las embajadas de postín y en su mapa los peones estaban dispuestos a la perfección. Pero para ser efectivos debían atacar en la apoteosis del momento, como en 1864 con la invasión de la impronunciable Scheslwig-Holstein, en 1866 con la guerra contra Austria, hasta mermarla en su hegemonía sobre el mundo germánico. O en 1870, cuando pervirtió el lenguaje del telegrama de Ems para forzar la reacción de Luis Napoleón y destrozar el Imperio Francés para matar dos pájaros de un tiro con la derrota del enemigo eterno y unificar Alemania en el mismísimo Palacio de Versalles. Para Bismarck, la Historia era el cambio permanente y el único pilar inmutable debía ser la corona, de ahí la extrema racionalidad en refrendar el sufragio universal masculino y potenciar un embrión de seguridad social para el proletariado. El contenido podía alterarse desde la inevitable preponderancia y persistencia de la dinastía Hohenzollern, aunque si me apuran el linaje también podría depositarse en la basura mientras se mantuviera su estructura de sustento. Cuando esta cayó Bismarck criaba malvas. Desde su adiós al poder, el tiempo normal caducó. Brotaron muchos relojes y los oídos debían permanecer bien abiertos para no errar en las señales horarias.
Otto von Bismarck
excepcional en su manejo de la imagen, como si fuera por delante en su comprensión de la contemporaneidad. Para ello usó todo el campo al alcance, desde el cine hasta la estética de sus concentraciones, pero entre sus artefactos propagandísticos se ha soslayado en demasía el valor de sus exposiciones, receptáculos con mensajes sobre su concepción de la Historia y, por ende, del tiempo.
Residuos de la democracia
Un examen lúcido desde la Guerra de los 30 Años hasta Hitler.
El desmorone y el tiempo nazi
La secuencia hilvanada por el “canciller de hierro” se desmoronó el 9 de noviembre de 1918 y remitió a 1848. El SPD había ganado mucho peso en el Parlamento, pero hasta entonces no había aupado a ninguno de los suyos hasta la Wilhelmstrasse. La revolución como consecuencia de la inapelable derrota en la Gran Guerra canceló la era de Bismarck y dio inicio a la República de Weimar, para muchos una anomalía histórica, entre ellos Adolf Hitler. Cuando ascendió a la cúspide, el 30 de enero de 1933, se propuso desmantelar los restos del naufragio para erigir otra realidad. Según sus concepciones, el Estado era un medio para alcanzar un fin, en su caso la conservación y el fomento de una comunidad de seres humanos física y psíquicamente iguales desde un acervo racial para posibilitar el libre desarrollo de todas las fuerzas adormecidas en la raza. Cualquier Estado ajeno a este objetivo carecería de significado. El régimen nazi fue
En las primeras, los residuos de la democracia se exhibían sin tapujos, material desechable solo digno de ser conservado desde un trato aniquilado. Más tarde, además de mostrar el éxito de sus políticas, se dio un paso más. Himmler quería retrotraerse, en desacuerdo con Hitler, a la prehistoria y el tópico siempre comenta el wagnerismo como fuente, pero para los nazis la Historia era pura contingencia hasta alcanzar su momento desde una perspectiva mesiánica. Nada más existió antes ni después, esta era la máxima y la supervivencia se expresaba en actos como esparcir Mein Kampfs dorados en las profundidades para reafirmar los mil años de esplendor venideros. El final es sabido por todos. Clark concluye su interesante ensayo con un suave viraje hacia el siglo XXI, víctima del presentismo y carente de estadistas. Antes de llegar a este fragmento uno cavila con la súbita aparición de Angela Merkel, pero en cambio damos con Emmanuel Macron y un discurso de 2017 desde el europeísmo y la necesidad de dar más poder a Bruselas en detrimento de los Estados-Nación, y de este modo regresamos al Gran Elector con nuestros ropajes desde el anhelo de cancelar voces amparadas en lo vetusto para facilitar la eficacia en la gestión, soterrar banderas y caminar unidos con fronteras menos espinosas y mucho más coherentes. *El Confidencial
Pintura de Federico I de Prusia (Antoine Pesne, 1713)
Guatemala, viernes 22 de noviembre de 2019
Una buena biografía de Francisco Cánovas muestra al escritor como un tipo cordial, liberal, republicano y laico, tan amigo de conservadores ultramontanos como de izquierdistas revolucionarios. Ramón González Férriz* ubo un momento del Siglo XIX en que se descubrió algo moderno y asombroso: la clase media. “La clase media […] es el gran modelo, la fuente inagotable. Ella es hoy la base del orden social; ella asume por su iniciativa y su inteligencia la soberanía de las naciones, y en ella está el hombre del Siglo XIX con sus virtudes y sus vicios, su noble e insaciable inspiración, su afán de reformas, su actividad pasmosa…” Quien escribía esto era Benito Pérez Galdós, el gran novelista español que se propuso (y consiguió) hacer el retrato más completo, brillante, intenso y compasivo de la España del Siglo XIX. “La gran aspiración del arte literario de nuestro tiempo es dar forma a todo esto”, decía: las masas urbanas de funcionarios, comerciantes, médicos, abogados y periodistas que para los liberales como Galdós eran la gran esperanza de la regeneración política.
Benito Pérez Galdós, y la clase media
El imperio de la levita
En Fortunata y Jacinta, una de sus grandes novelas, escribió: “Era por añadidura la época en que la clase media entraba de lleno en el ejercicio de sus funciones, apandando todos los empleos creados por el nuevo sistema político y administrativo […], constituyéndose en propietaria del suelo y en usufructuaria del presupuesto, absorbiendo, en fin, los despojos del absolutismo y del clero, y fundando el imperio de la levita”. Más tarde, Galdós se decepcionaría con esa clase media, que no solo no fue capaz de expulsar a la oligarquía, como él esperaba, sino que se volvió conservadora por miedo a la revolución de quienes les seguían por abajo, los obreros que surgían debido al incipiente desarrollo industrial. Todo esto lo cuenta Benito Pérez Galdós. Vida, obra y compromiso, una notable biografía del historiador Francisco Cánovas Sánchez, recién publicada en la editorial Alianza. En ella, Galdós aparece como un tipo cordial, liberal, republicano y laico (y cada vez más anticlerical), perfectamente capaz de mantener amistades sólidas con conservadores ultramontanos, pero que se impacienta tanto con estos como con los revolucionarios de izquierdas que querían arrasar con todo. Un hombre reacio y dubitativo, pero que acabó convirtiéndose en algo parecido a la conciencia de una nación que se desesperaba por su incapacidad, y que se fue preocupando cada vez más por los trabajadores, aunque nunca aprobó las tentaciones revolucionarias. Como decía Tito, uno de los personajes de sus Episodios nacionales, Galdós percibía que
Retrato de Benito Pérez Galdós.
“mi papel en el mundo no era determinar los acontecimientos, sino observarlos y con vulgar manera describirlos para que de ellos pudieran sacar alguna enseñanza los venideros hombres. De tales enseñanzas podía resultar que acelerasen el paso las generaciones destinadas a llevarnos a la plenitud de los tiempos”. Fue la época de Fortunata y Jacinta , La Regenta, Los Pazos de Ulloa y las demás novelas inspiradas en las técnicas francesa y británica Era el gran momento de la novela, cuando era
considerada el medio más efectivo para retratar una sociedad incipientemente capitalista, ruidosa, financiera y fabril, que estaba generando sus propias formas de injusticia y desarraigo mientras el viejo régimen —de curas, nobles y cortesanos— se resistía a desaparecer. Y, con suerte, era también el mejor recurso para educar a las masas. Los conservadores se oponían, por lo general, a esta forma literaria que les parecía sucia y alejada del idealismo metafórico. Por ejemplo, Cánovas del Castillo,
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Vida, obra y compromiso de Benito Pérez Galdós. (Alianza)
cómo el Gobierno le margina, mientras su yerno asciende en la jerarquía gracias a su oportunismo y hábil manejo del enchufismo y la inmoralidad. En cambio, en Misericordia, una de sus mejores novelas, Galdós se propuso: “Descender a las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca o criminal”. Se hizo acompañar de policías para recorrer los barrios del sur de Madrid y se disfrazó de médico de la Higiene Municipal para visitar las casas más pobres de Lavapiés. Nada era ajeno a Galdós, de la monarquía —la biografía de Cánovas describe muy bien su encuentro con Isabel II—, la alta burguesía o los funcionarios de clase media con ínfulas, a las “casas de dormir” de los devastados barrios del sur de Madrid.
Herramientas para regenerar
historiador y presidente conservador del Consejo de Ministros en varias ocasiones, creía que la novela realista podía tener algún valor documental, pero sin duda no tenía valor artístico. Fue, sin embargo, la época de inmensos retratos sociales de una España que observaba con asombro una enorme pluralidad de voces protodemocráticas, la crisis de la Restauración y las transformaciones económicas y laborales. Nada captó aquel ambiente como esas novelas, que además, en el caso de Galdós, estaban muy
influidas por el trabajo de periodista que había ejercido de joven.
Nada le era ajeno
En Miau, una novela que él consideraba floja pero que sigue siendo extraordinaria, hacía una crítica brutal a la ineptitud de la Administración Pública, lastrada por la insistencia de los políticos en colocar en ella a sus partidarios, e inevitablemente ineficiente y clientelar. En ella, un funcionario escrupuloso y ejemplar ve
Pérez Galdós fue un hombre ejemplar que intentó una y otra vez recurrir a la mejores herramientas para regenerar una sociedad. No fue un santo laico, como a veces se le ha querido representar. Fue un hombre de su tiempo, tuvo amantes —la más célebre, Emilia Pardo Bazán, pero también una actriz joven a la que intentó ayudar sin éxito en su carrera—, ambiciones —triunfar en el teatro; su obra Electra sobre la influencia de la Iglesia en la mujer desató un enorme escándalo— y fue vanidoso—al final de su carrera decidió entrar en la política activa para propiciar el acercamiento entre republicanos y socialistas—. Recurrió a la pedagogía, a la literatura, a la observación, a la tolerancia para regenerar una sociedad española a la que veía con frecuencia corrompida, atrasada y atenazada por los viejos poderes. La biografía de Francisco Cánovas es una buena forma de entrar en el personaje histórico. Pero lo mejor sigue estando en sus novelas, tanto en las dedicadas a su época como en los ‘Episodios nacionales’, obras históricas con las que reconstruyó todo el siglo XIX español. Es asombroso cómo siguen diciendo cosas de la España actual un siglo después de la muerte de su autor. *El Confidencial